Los personajes de Saint Seiya no me pertenecen, son propiedad de Masami Kurumada, Shiori Teshirogi y Chimaki Kuori.
Milo estaba en la cámara fría de su trabajo en ese momento, acomodaba refrescos y luchaba por no morir de frío, era un trabajo difícil, pero mejor que tener que atender la caja. Estaba tratando de acomodar todos los paquetes en una gran hilera cuando Shoko entró al lugar, corriendo y saltando toda la basura que el mayor tenía en el suelo.
—¡Milo! ¡Ocurrió una emergencia!
—¡¿Qué?! —El ruido de las máquinas que emitían el frío no lo dejó escuchar.
—¡¿Qué?! —Shoko alzó la voz.
—¡¿Qué?! ¡¿Shoko, dijiste algo?!
La pelirroja se frotó los brazos, el frío ahí era terrible y con la emergencia ella sólo entró corriendo sin pensar, usando su playera de manga corta del uniforme. Sin decir nada más lo agarró del brazo y lo jaló hacia la salida, no había tiempo para peleas sin sentido.
—¡Shoko! ¿Qué ocurre? Pareces desesperada, si es otra visita del dueño… —Milo se interrumpió cuando vió a su jefa y a Katya paradas afuera de la puerta de la cámara, serias— ¿Ocurrió algo, jefa? Tienen cara de que alguien se murió.
—Milo… —Olivia agarró al joven del brazo, en sus años mozos dió muchas noticias como la que estaba por dar, pero siempre la asaltaba esa sensación de duda, de no saber cómo decirlo—, tu padre está en el hospital.
Milo palideció; en menos de un minuto ya había recogido su teléfono celular de manos de Katya y salido de la tienda sin decir nada.
—Katya, será mejor que vayas con él, en su estado puede que él también termine en el hospital.
Katya asintió, estaba por recoger sus cosas cuando se detuvo para mirar a Shoko, que parecía nerviosa, sin dejar de ver la entrada de la tienda.
—Shoko, será mejor que lo acompañes, aún hay muchas cosas que no sabes hacer aquí, y sabes que los hospitales me ponen nerviosa, yo le avisaré a Kanon.
Shoko no necesitó escucharlo dos veces, apenas la rubia terminó de hablar salió corriendo detrás del griego. Katya miró a Olivia asentirle y después sacó su celular para tratar de contactar con su amigo. No era necesario, Kanon ya había sido notificado y en ese momento se dirigía al hospital acompañado por Minos y Aiacos, este último a punto de entrar en una crisis nerviosa.
—¡¿Por qué carajo nos detenemos?! Dio, pasa arriba de los autos, Minos, hay que bajar y comenzar a correr —Aiacos intentó abrir la puerta, pero fue detenido por Kanon y Minos que lograron sostenerlo antes de que saliera por completo.
Minutos antes los tres estaban en su hora de almuerzo, Minos y Kanon se burlaban de la dieta a base de lechuga de Aiacos cuando el teléfono del pelinegro comenzó a sonar; Aiacos había fruncido el ceño, nadie debía de llamarlo durante el trabajo. Ignorando los comentarios, contestó el teléfono algo confundido; un minuto después estaba corriendo fuera del edificio, con Minos detrás y Kanon preguntandose qué rayos había pasado.
Defteros fue el encargado de informarle a su sobrino lo que sucedía después de que su padre hablara con él por teléfono. Kardia se había desmayado en el trabajo, uno de sus empleados lo encontró y no tardó en llamar a la ambulancia. Recursos humanos se encargó de comunicárselo a su esposa, quien no estaba en casa, así que hablaron con la única persona disponible en ese momento, Zaphiri, que estaba a punto de tomar su ducha vespertina.
Zaphiri había hablado primero con Calvera y después con Defteros que se encargó de terminar de pasar todo el mensaje a los demás miembros de la familia.
Gracias a eso, padre y nuera pudieron llegar casi al mismo tiempo. Calvera encontró a su suegro en la recepción, golpeando a todos con su bastón para poder pasar primero.
—¡Galanis! ¿Dónde y cómo llego?
La enfermera lo miró algo asustada, cosa que no ayudó cuando Calvera se acercó igual de exasperada, haciendo las mismas preguntas.
Defteros y Asmita los encontraron fuera de la sala de emergencias, ambos a punto de entrar al lugar para exigir respuestas de la primera persona con la que se encontraran. Defteros trabajó en calmarlos y en tratar de mantenerse con calma; no era la primera vez que Kardia iba a parar a la sala de urgencias, pero ya no eran adolescentes, una parada al hospital a su edad era una señal de alarma.
—… le hablaré a los chicos —dijo Calvera, tratando de mantenerse ocupada para no sumirse en los nervios.
—No te preocupes, Calvera —Defteros sostuvo sus manos temblorosas—, hablé con una de las compañeras de Milo, Aiacos, Kanon y Violate… No pude contactar a Saga y Aspros dijo en la mañana que tenía una junta más o menos a esta hora, pero ya le dejé un mensaje.
Asmita se mantuvo en su lugar en silencio, después de que su amigo se entera salió del hotel corriendo. El rubio tuvo que hacerle ver a su amigo que no podía conducir en ese estado alerta; después le tomó algo de tiempo hacerle entender a Defteros que él tampoco podía conducir. Era increíble que llegaran a tiempo.
La familia Galanis era desorganizada, escandalosa y bien conocida por la policía, no siempre por alguna buena razón; pero también eran muy unidos, las alarmas se encendían si algo malo le ocurría a uno de ellos.
Kardia era el menor, en su juventud fue el favorito de su madre, era quien siempre estaba metiéndose en problemas con su gran banda de amigos, el primero en casarse y el único en quedarse en la casa familiar, con su amada esposa, hijo algo emo y su mini copia el doble de desastroso. Cuando Aspros y Defteros peleaban sólo Kardia podía intervenir sin salir herido, también era el que siempre ofrecía su casa y quien aceptó la responsabilidad por todos los líos en los que sus amigos se metieron (la mayoría provocados por él).
—¿Ya llamaste a Dégel y los demás? —preguntó Asmita, recordando al siempre compañero de aventuras de Kardia.
En esos momentos Dégel y su esposa estaban en un almuerzo con los señores Benoit. Era un almuerzo silencioso, las conversaciones estaban prohibidas sobre la mesa. Dégel estaba algo aburrido, acostumbrado a las comidas, almuerzos o cena con los Galanis, al bullicio, las charlas en cada extremo de la mesa, las anécdotas que terminaban en risas y a veces algún que otro accidente con las bebidas; los encuentros Benoit habían perdido su encanto, ya no era suficiente sólo estar con sus padres, necesitaba escucharlos. Tampoco le gustaba la forma en la que se comportaba Seraphina frente a sus padres, siempre dejaba de lado su actitud alegre para dar paso a una versión seria de ella, que intentaba, desesperadamente, caerle bien a Garnet.
Estaban por pasar al postre cuando su teléfono comenzó a sonar. Dégel abrió los ojos, ganándose la mirada de todos en la mesa; los aparatos estaban prohibidos. Murmurando una rápida disculpa se levantó de su asiento y caminó fuera de la elegante habitación de hotel.
—Habla rápido Defteros, estoy con mi padre.
—Defteros entró en una crisis nerviosa, creo que se desmayó… ah, no, Calvera dice que sólo se está jalando el cabello...
—Asmita…
—Sí, lo siento, divago. Debes venir al hospital universitario, área de urgencias.
—¿Qué…? —Dégel palideció.
—Kardia está internado, dicen que se desvaneció en su oficina, Calvera dijo que lleva meses sintiéndose mal; falta de respiración, sudoración, dolor de pecho y brazo izquierdo, cansancio extremo, sospecho…
—Infarto —el francés soltó su teléfono y se derrumbó contra la pared. Utilizó toda su fuerza de voluntad para recoger su aparato, segundos o minutos después, no lo sabía—. Voy para allá.
Regresó serio a la habitación, tanto que sus padres se preocuparon.
—¿Ocurrió algo, cielo? —preguntó Garnet.
—¿Malas noticias con tu última publicación?
—Seraphina, debemos de irnos.
Tan rápido como entró, Dégel recogió su saco del respaldo de su silla e hizo lo mismo con la chaqueta y bolsa de su esposa, a quien después tomó de la mano para salir corriendo. Seraphina apenas y alcanzó a gritar un "hasta luego", antes de mirar a su esposo para preguntarle que sucedía. Pero Dégel no tenía palabras, sólo pudo decirle que condujera al hospital universitario lo más rápido posible.
Aún recordaba cuando era un niño sin amigos. Para muchos era un jovencito demasiado aburrido, era como un estirado adulto en versión infantil, todos los de su edad lo ignoraban.
Pero no Kardia; Dégel lo había visto por primera vez después de ver a su padre discutir con Zaphiri en un evento escolar. Posterior a eso Kardia hizo el primer movimiento, ignorando las proclamaciones paternas de odio mutuo por generaciones. Fue su primer amigo, su amigo secreto, el único que le dijo que cometía un gran error cuando se casó la primera vez, y que lo apoyó cuando se reencontró con Seraphina. Había pasado toda una vida a su lado, no podía perderlo.
Milo fue el primero de los más jóvenes en llegar, demasiado exaltado como para formular una pregunta con el enfermero en recepción. Shoko, que lo había tomado de la mano para que no se perdiera, tuvo que hacer las preguntas y guiar al peliazul por todo el hospital hasta el ala de urgencias; su madre tuvo razón, cuando ella lo encontró afuera de la tienda estaba por ser arrollado por el camión que se suponía debía tomar.
—Milo, me estás sosteniendo muy fuerte, cálmate —le dijo en el elevador, sintiendo que perdía la sensibilidad en su mano. Sorprendiendo a todos en el lugar, Shoko cambió de táctica y no dudó en darle una bofetada al mayor.
—Shoko… —Milo se llevó una mano a la mejilla, era la cuarta vez que ella lo abofeteaba— gracias, ahora necesito que lo hagas de nuevo porque estoy a punto de salir corriendo de este lugar para llegar más rápido con papá.
Defteros se habría burlado de la marca que las palmas de Shoko habían dejado en ambas mejillas de su sobrino; pero no tenía la suficiente fuerza para hacerlo. En su lugar, se unió al abrazo que Milo le dió a su madre y dejó que el chico se fuera a sentar con su compañera cerca de ellos.
Después de Milo, Violate llegó, con una expresión seria que para todos fue símbolo de su preocupación. Aiacos, Kanon y Minos llegaron poco después, haciendo preguntas para las que aún no había respuestas. La pequeña sala se mantuvo llena de murmuros y hombres paseándose a lo largo y ancho de esta, ansiosos; todos maldiciendo a los doctores que no salían a decirles al menos si todo estaba bien. La llegada de Dégel y Seraphina sólo aumentó el ambiente de desesperación e incertidumbre.
—Bien, haremos esto —cansada de verlo nervioso, Shoko sacó su teléfono celular para entregárselo a Milo—. Sé que no es un buen momento, pero no ayudas a tu familia estando todo nervioso, veremos una película.
—No quiero ver una película.
—No se trata de ver una película, es sobre mantener tu mente en otra cosa para que no entres en crisis; si fuera algo malo ya les hubieran notificado, las malas noticias corren rápido.
—Ella tiene razón —le dijo Aiacos, sentado al lado de ellos, antes de ponerse sus audífonos a máximo volumen mientras recargaba su cabeza contra el hombro de Violate, que habla en voz baja con Asmita.
Milo se talló la cara antes de acercarse más a Shoko para que ambos pudieran ver la pantalla del aparato. Sabía que no pondría mucha atención a la pantalla, pero la cercanía de Shoko era reconfortante, así como sus críticas contra cualquier cosa que no tuviera sentido en la cinta. Ella casi era una crítica de cine; por eso le gustaba pasar tiempo con ella, escuchar sus ingeniosos comentarios y mirar su pelirroja cabellera suelta, meciéndose con suavidad ante sus movimientos.
Kanon y Minos estaban un piso abajo, en un área abierta dónde podían hacer llamadas sin molestar a nadie. El peliazul comenzaba a frustrarse porque no podía localizar a su gemelo y Minos sólo le había dado la orden expresa a Rhadamanthys de no llevar a su hermano. El abogado estaba por sugerir regresar arriba, pero no tardó en notar que su ex-cuñada se acercaba a ellos corriendo, sosteniendo un montón de papeles entre sus manos.
—Mi-Minos —dijo Dysnomia, entrecortada y estrellándose contra él, llamando la atención de todos, incluyendo Kanon que incluso bajó su teléfono—. ¿Có-cómo está Ai…? ¡Oh, maldición…! Por eso no hago ejercicio.
—Dysnomia —interrumpió Kanon, viendo cómo el peliblanco sostenía a la chica de los hombros—. ¿Puedes darme el teléfono de tu hermana? Estoy tratando de localizar al idiota de Saga, pero me envía al buzón.
Dysnomia cerró los ojos y trató de regular su respiración. No le avergonzaba su pasado, las cosas o personas que le gustaban. Cuando era adolescente y su hermana salía con Minos ella le había tomado gran cariño a Aiacos, mucho cariño, lo suficiente como para portarse como una anormal frente a él y estar celosa de Violate. Aún le guardaba algo de cariño, por supuesto que se había preocupado cuando escuchó que su padre estaba en el hospital, doblemente porque Milo también era su amigo. Sosteniendo las hojas de sus tareas futuras contra su pecho, trató de concentrarse en el presente.
—No servirá de nada —dijo, recuperada y contra Minos—. Ellos estuvieron peleando porque el teléfono de Saga no deja de sonar y Atë trabaja con un sujeto que evidentemente no es gay, hicieron un trato, no responden cuando están juntos, ambos argumentan que el otro podría estar viendo perfiles en internet de otras personas.
—Esos dos... van a matarme —Kanon negó con la cabeza, su hermano se enteraría de su opinión sobre eso después.
Dysnomia lo sabía porque Aioria le dijo, quien se había enterado porque Kanon había colgado un mensaje en su chat grupal. El castaño había dejado sus tareas universitarias para correr directo al hospital a apoyar a su amigo, al igual que la mayoría de los chicos. Esta vez sólo eran ellos y los pocos extras que estaban ahí; amigos cercanos que comenzaban a desesperarse porque aún no sabían nada de Kardia.
Todos tenían distintos recuerdos con el hombre; Kardia era como el tío relajado que confiaba en ellos para hacer las tareas más peligrosas; mientras sus padres se la vivían preocupados, él no temía ayudarlos a cumplir sus metas, aunque eso significara uno o dos huesos rotos. Por supuesto, también tenía ese lado sobreprotector, pero sin duda él apoyaría algo potencialmente ilegal.
Camus podría dar testimonio de ello. El francés acababa de salir de una pesada entrevista de trabajo; durante sus estudios más de una vez le recomendaron no iniciar su carrera en la enseñanza, pero a él le gustaba enseñar, era divertido calificar trabajos y ver la expresión de desesperación en los alumnos. Salió con una expresión relajada que cambió cuando encendió su teléfono celular y vió la enorme cantidad de mensajes y llamadas perdidas.
La noticia le pegó directo al hígado; ni siquiera supo cuándo se encontró a Saga o cómo llegaron al hospital. Sólo pudo reaccionar cuando, cerca de una máquina de café, vio a Milo hablar con Shoko y Aioria; siendo apoyado por otros, aunque aún no sabía de dónde había salido Shoko.
Las puertas de la sala de emergencias fueron abiertas de par en par, provocando que la sala de espera de llenara de preguntas sobre una única persona. Odysseus parpadeó varias veces, las tragedias eran lastimosamente recurrentes, pero hasta donde sabía no había pasado nada que ameritara tantas personas en la sala de espera.
—¿Familiares de Kardia Galanis? —preguntó en voz alta, llamando la atención de todos.
—¡Sí! ¡Nosotros!
—¿Familiares directos de Galanis? —especificó cuando la gran mayoría, por no decir todas, de las personas respondieron.
El grupo se vió notablemente minimizado, pero aún seguían siendo muchos.
—Hablaré con la esposa.
—¡Yo soy su padre!
Odysseus se apartó con esposa y padre para dar su diagnóstico. El corazón de Kardia llevaba cierto tiempo fallando; los corazones eran así, a veces ya no daban para más. El del hijo menor de los Galanis llevaba tiempo avisando, pero como la mayoría de las personas, Kardia lo ignoró.
Su corazón había visto suficiente; aventuras en el extranjero, un amor apasionante que parecía nunca terminar, dos hijos que parecían imanes de problemas, el ocaso de una guerra fría, grandes conciertos, borracheras de fin de semana, grandes amistades…
Pero aún no lo había visto todo. Recostado en su cama, Kardia se llevó la mano al corazón y pensó en todas las cosas que le faltaban por ver; el capítulo de ese anime que se quedó pendiente, la película de Elvis, nietos, bisnietos, el deseado Nobel de literatura de Dégel, a sus sobrinos triunfando, a los hijos de sus amigos cumpliendo sus sueños, a su padre olvidando su absurda pelea con el señor Benoit. Aún le faltaba mucho por ver, aún no debía darse por vencido, todavía no podía encontrarse frente a frente con la muerte.
Sus pensamientos se interrumpieron cuando la puerta de su habitación fue abierta de golpe. Frente a él, Calvera entró seria, como pocas veces se veía. Sin decir nada la mujer entró a la habitación y se arrojó sobre él, escondiendo su rostro en su cuello. Él puso una mano sobre su cintura y otra contra su cabeza, presionándola fuerte contra él.
—Te dije que vieras a un doctor.
—Lo sé… como siempre tenías razón.
Calvera se alejó para poder mirarlo. Siendo cuidadosa, le tocó el rostro y acomodó su cabello, comprobando que él de verdad estuviera ahí.
—Ibas a dejarme…
—Calvera…
—No, ibas a dejarme. Escúchame muy bien Kardia Galanis, si de nuevo se te ocurre morirte, voy a revivirte sólo para matarte con mis propias manos por abandonarme con tus hijos.
Kardia sonrió, era una amenaza que debía de tomarse en serio, pero le hacía feliz ver que su accidente no le quitó el sentido del humor a su esposa. Sin decir nada, acomodó la cabeza de la mujer sobre su pecho y la abrazó con fuerza; al mirar al frente notó que su padre e hijos estaban en la puerta.
—Vamos chicos, no se queden ahí, todo está bien.
—Es difícil de creer considerando que sufriste un infarto —Aiacos se acercó por el lado izquierdo, con cuidado puso una mano sobre el hombro de su padre y vió a su hermano menor acercarse tímidamente.
—¿Papá…?
—Estoy bien, Milo, Aiacos, papá —Kardia sonrió cuando su padre asintió—, ¿donde están los demás.
—Había demasiadas personas, no nos dejaron pasar a todos.
—Defteros y Aspros vendrán a verte después de nosotros, con los gemelos, Violate, Dégel y Camus —terminó de explicar Zaphiri; había pasado por casi una tormentosa hora, aún no podía cantar victoria pero ver a su hijo hablar y actuar con normalidad, ignorando todos los cables a su alrededor, fue suficiente para tranquilizarlo.
—¡Oh! Camus, mi pobre muchacho, pasé los últimos quince minutos pensando en lo preocupado que debe de estar…
Milo y Aiacos intercambiaron una mirada sobre las cabezas de sus padres; sin duda su padre estaba bien, demasiado bien como para lanzar esos comentarios, pero el susto continuaba en ellos.
—Viejo, me alegra ver qué estás lo suficiente bien como para bromear —dijo Aiacos, con su mano aún sobre el hombro de su padre y ganándose una mirada molesta por el sustantivo que había utilizado—. Pero siendo más serios, no vuelvas a hacerlo.
—Es cierto, tu infarto casi me causa un infarto —apoyó Milo—. Papá, ya te he dicho que por tu edad debes de bajarle al tocino en las mañanas, ya no eres joven.
—¿Ni siquiera porque estoy convaleciente pueden tratarme bien, maleducados?
—Ya, ya, ya, tu empezaste —calmó Calvera, levantándose su lugar para que Aiacos se acomodara.
Zaphiri se recargó contra la piecera de la cama y miró a su hijo menor bromear con sus hijos. La mayor pesadilla de todo padre siempre ha sido perder a un hijo, no importa que este ya tenga sus propios hijos y comenzaran a salirle canas (aunque lo negara, al igual que los otros dos). Para Zaphiri, Kardia aún era ese niño que siempre traía moretones que no sabía cómo se hacía, que lo retaba más que Defteros, que pasó semanas sin hablar después de perder a su madre pero que fue el primero en clamar que todo estaría bien, la vida seguía y su madre no estaría feliz de ver que ellos no podían continuar por ella. Cómo lo había hecho en ese entonces, él se prometió, y le prometió a la memoria de su esposa, que cuidaría del pequeño Kardia que todavía era adicto a las manzanas.
