INUYASHA NO ME PERTENECE, PERO LA TRAMA SI

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ESTE FIC ES UNA SECUELA DE TRAICION EN LAS TIERRAS ALTAS

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PASION EN LAS TIERRAS ALTAS

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CAPITULO 6

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Hiten se paralizó ante la visión. No es que antes no hubiera visto una mujer desnuda, pero se sentía extraño y hasta aturdido. Él siempre respetó a aquella dama, desde el momento en que le confiaron su cuidado, pero era un hombre después de todo y no podía evitar que sus ojos se volverán ansiosos con ella.

Esa ligera ansiedad se cortó cuando notó algo con la luz que se delineaba en la figura de ella. Kikyo tenía varias cicatrices en la espalda.

¿Cómo es que alguien podría intentar hacerle daño a una mujer tan frágil?

Eso mismo lo quitó de aquel ensueño, apretó su espada y se concentró en su estrategia. Eran seis rivales, así que, para ayudarse, sacó la daga que tenía en la bota. Iba a matar a esos seis desgraciados.

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Moroha intentó acercarse a su hermana, pero fue cruelmente apartada por uno de los hombres.

― ¡Déjala!, la condición es que no le hagáis daño ―exigió Kikyo al ver el golpe.

El líder le ordenó al sujeto que se limitara a atrapar a la chiquilla y le tapara la boca.

El hombre estaba ya completamente dominado por el deseo hacia Kikyo. Era imposible resistirse a alguien como ella.

Comenzó a desatarse el cinto.

―Bien, seré el primero ―aceptó el sucio sujeto.

Kikyo tragó saliva, pero no se movió, aunque la acometían las ganas de vomitar al ver acercarse a ella a aquel monstruo.

― ¿Qué hacemos con la criada? ―preguntó otro

― ¿Cómo podríais interesaros una criada cuando aquí hay un premio mayor? ―murmuró ya ronco el líder Ogilvy, acercándose a Kikyo quien estaba de piedra y procurando poner su mente en blanco.

La mujer cerró los ojos cuando percibió la mano de ese animal cerca de su vientre. Pero un grito agudo y el sonido inmisericorde de un tajo que cortaba le hizo abrir los ojos, asustada.

Hiten estaba frente a ella, y le había cortado la mano al hombre de un golpe tan rápido, que ni le dio el tiempo de gritar.

Retrocedió unos pasos y cayó al suelo. Y todo fue tan rápido, ya que Hiten mostrando su destreza con sus manos, decapitó de un impacto al líder Ogilvy sin mucho preámbulo. Solo allí los otros parecieron percatarse de lo que verdaderamente estaba ocurriendo.

Pero Hiten, un consumado guerrero no les dio tregua, que con un salto ágil se abalanzó sobre dos, a uno le clavó la espada y con la otra mano, degolló al otro, mostrando una pericia excepcional de combate con ambas manos.

Kikyo nunca habia visto algo así.

Los otros tres Ogilvy sobrevivientes lo atacaron al mismo tiempo, pero Hiten los repelió, evadiendo sus ataques. A uno de ellos, Hiten le cortó la pierna antes de también decapitarlo. Al otro lo mató con un pedazo de rama que le incrustó en el ojo y al último, que era el más cobarde, lo estranguló con su cinto.

Kikyo nunca vio tanta carnicería, aunque se jactara de tener mucha sangre fría, aquello le afectó, pero como sea que había ocurrido, Hiten llegó a tiempo para salvarlas y se deshizo de sus captores de la manera más cruel posible, para que ellas sintieran que estaban siendo vengadas por haber sido vejadas.

Luego que el ultimo asesino cayera, Hiten se quedó estático unos segundos con su espada en la mano. Tenía un rostro serio, que vislumbraba su letalidad, siempre oculta bajo una faceta discreta y tranquila.

Todo había ocurrido tan rápido que Kikyo seguía en el mismo sitio.

Hiten pareció despabilarse un poco.

Se quitó el tartán que usaba como capa y que era de los colores Campbell y se acercó, con infinito cuidado a Kikyo para arroparla y cubrir su desnudez.

― ¿No le hicieron daño? ―le preguntó, asegurándose de mirar hacia otro lado, para no agobiarla por su estado desnudo.

El corazón de Kikyo aun latía con fuerza, por la adrenalina provocada por haber sido espectadora de aquel despliegue de lucha brutal. Una que se había enternecido cuando sintió sobre su fina piel, el contacto con aquel tartán que tenía un aroma tan masculino.

Kikyo apretó la capa contra ella. Negó con la cabeza.

Entonces él se alejó unos pasos a revisar a su compañero herido, quien seguía con vida. Hiten lo ayudó a reclinarlo contra un árbol, dejó sus armas en el suelo y rebuscó algo en el morral.

Kikyo observó que tenían un bulto con hierbas medicinales y hierbas. Eran soldados preparados.

Mientras Hiten limpiaba la herida que su camarada tenía en la cabeza, fue que volvió a dirigirse a ella, sin mirarla.

―Mi señora, puede vestirse tras el árbol, no la incomodaré ni miraré ―y como ella no se movía, añadió―. Yo estoy aquí, nadie os hará daño.

Fue ahí que la mujer pareció despertar de su trance. Él estaba muy concentrado curando a su amigo, así que se la joven volteó hacia detrás del árbol para vestirse.

Moroha y Brianna también se reunieron con ella, para llevarle el vestido y ayudarla a ponérselo.

La mujer abrazó a su hermana.

―Kikyo…―sollozó Moroha

―Sabes que nunca permitiré que nadie se aproveche de ti, si yo lo puedo detener ―le aseguró Kikyo, tratando de imprimir firmeza a sus palabras. No era hora de mostrarse débil.

―Ese hombre es un animal…―murmuró Brianna

La criada no lo vio venir, salvo cuando sintió el golpe de la bofetada de Kikyo en su mejilla. No fue fuerte pero suficiente para advertirla.

―No vuelvas a decir algo parecido…nunca más. Le debes tu vida.

Brianna, sumisa, bajó la cabeza.

―No volveré a hacerlo, mi señora ―y con temor, siguió ayudando a vestirla.

Kikyo olvidó el asunto, para enfrascarse más en las sensaciones que la acometían. No es que viera con temor las acciones de Hiten, sino que ella se percató de algo más.

Que hubiera pasado de la brutalidad de la lucha a la extrema terneza al posarle aquel tartán que aún tenía puesto y que no quiso sacarse aun cuando ya tenía puesto el vestido.

Cuando las mujeres salieron, ya Hiten había vendado a su amigo y este reposaba tranquilo, bebiendo algo de una botella, que era claro que era whisky.

Hiten estaba preparando una fogata.

Los cuerpos aún estaban tirados en el suelo, y Hiten las tranquilizó.

―Me desharé de ellos, así podréis calentaros en el fuego ―las calmó él.

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Con ayuda del otro soldado, quien se negó a no ayudar, pese a que Hiten le dijo que descansara, se encargaron de arrastrar los cuerpos hacia otro sitio.

Kikyo no quería saber el destino de esos cadáveres, pero imaginaba que los enterraría en algún barranco, porque ambos hombres regresaron cubiertos de algo de lodo en las botas.

Cuando Hiten regresó para llevarse el segundo par de cuerpos, les trajo un conejo.

―Dejadla allí, volveremos luego a prepararla.

Pero Kikyo sabía que esos hombres estarían agotados, así que ella misma se levantó, y con asistencia de Brianna y de Moroha se encargó de prepararlo. Si bien en el castillo de su padre y menos durante su vida con los Macdonald nunca realizó estos trabajos serviles, sí aprendió a hacerlo en los dos años que vivió en la abadía durante el castigo de Inuyasha.

Recordaba la carne tan deliciosa que Hiten preparó una de las primeras noches de su viaje.

No sabía si era capaz de hacer algo así, pero deseaba poder ofrecerle algo bueno a su salvador.

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Cuando Hiten y el hombre volvieron se toparon con la sorpresa de que la comida ya estaba lista porque la carne se asaba.

Vio como la propia Kikyo se afanaba en cuidar la cocción.

La observó cuando comenzó a cortarlo en trozos cuando alcanzó un punto tierno. Aun así, Hiten no se acercó a ella.

El soldado herido volvió a acomodarse junto al árbol y fue Brianna la encargada de llevarle un cazo de carne.

Hiten se mantuvo reclinado en su sitio, con la espada en la mano, para mantener ojo avizor por si aparecía algún enemigo insidioso.

Al cabo de unos minutos, vio que la propia Kikyo se acercaba a él con un platillo con carne cortada. Ella se agachó un poco para poder entregárselo.

Hiten lo tomó.

Entre ellos se había instaurado un particular silencio, donde ambos ya no podían verse de la misma forma desde que comenzasen el viaje.

Hiten probó la carne y sabía bastante bien. Y no estaba seguro si era por el sabor o por saber que ella lo preparó con sus propias manos.

Pero cuando ella se sentó muy cerca de él, se sintió desconcertado.

―Quiero disculparme con usted ―fue Kikyo la primera en hablar.

Hiten bajó el plato.

― ¿Por qué?

―Por haberlo juzgado mal y lo malinterpreté por eso. Usted ha salvado mi vida y la de Moroha.

―Es mi deber ―aseguró él, y sus ojos se encontraron.

Ambos se sentaron en un silencio significativo, frente a la pequeña hoguera.

Moroha ya dormía y Brianna terminaba de comer, en una esquina, aun avergonzada con su ama por la bofetada ganada.

De todos modos, la criada y menos el soldado Campbell que reposaba podían oírlos.

Porque Hiten tenía una pregunta que le atoraba la mente.

―He visto esas marcas en su espalda…

El rostro de Kikyo se puso pálido.

Al verlo, Hiten se arrepintió de mencionárselo.

―No hace falta que me cuente, si no quiere. Aún me cuesta entender cómo podría dañarse una mujer como usted.

Pero Kikyo se sentía en confianza, aunque aquellas cicatrices sólo le traían a colación las horribles torturas que su finado esposo le propinaba.

En su mente le venían las crueles imágenes de Sesshomarou abusando de ella, obligándola a dormir en el suelo por el simple placer de hacerlo, o de golpearla con una fusta por la espalda, cuando ella cansada, se negaba a acostarse con él. El desgraciado se guardaba de azotarle el rostro y otras partes visibles para otros. Una vez la obligó a ver cuándo violaba a una muchachita que hizo raptar en la aldea, porque eso parecía excitarle. Lo peor es que luego le hizo lo mismo a ella.

Kikyo cerró los ojos.

Todas esas imágenes se agolpaban en su mente, pero se guardó de decirlo.

Prefirió solo decir una parte, para no asustar a Hiten, aunque dudaba que un hombre con su valentía y ferocidad se acojonase por las acciones de un cobarde como Sesshomarou Macdonald.

―Mi marido no era un hombre paciente…y nunca me tuvo muchos miramientos ―expresó la mujer, en voz baja―. No sólo son marcas en mi piel, sino en mi alma.

Hiten se indignó tanto.

Y ahora sentía que tenía una razón más para despreciar a los Macdonald, aunque ahora estuviesen en tregua con su clan. Si ese Sesshomarou estuviera vivo, sin duda que lo hubiera buscado y exigido rendir cuentas por dañar de ese modo a una mujer tan frágil como Kikyo.

Y ahora relacionaba que la actitud de Kikyo, en gran parte se había endurecido y formado por culpa de ese maldito sujeto. Apretó sus puños por el deseo, imposible de satisfacer, de buscar venganza por ella.

―Soy una mujer dañada…―mencionó la mujer, y tenía los ojos cristalizados.

Hiten tuvo el impulso de tocarle la mejilla, pero se abstuvo, él era un hombre caballeroso y entendía del pudor de las damas. No se atrevería nunca a ponerle un dedo encima sin que ella no se lo permitiera antes.

Pero sí quiso corregir las palabras de ella.

―Usted no está dañada, además de ser la mujer más bella que hayan visto mis ojos, es también una dama heroica, por todo lo que es capaz de hacer por su hermana ―observó él, haciendo que ella girara a mirarlo, muy sorprendida―. Si vuelve a casarse, ese hombre debe hacer muchos méritos, porque no cualquiera podría merecerla.


CONTINUARÁ

Gracias hermanas y perdón por el capi tardío.

Veremos si esta semana completamos tres capítulos más.

BESOS A LITAMAR Y LUCYP0411 por el comentario en el 5

Nos vemos esta semana con los episodios prometidos.

Paola.