INUYASHA NO ME PERTENECE, PERO LA TRAMA SI
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ESTE FIC ES UNA SECUELA DE TRAICION EN LAS TIERRAS ALTAS
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PASION EN LAS TIERRAS ALTAS
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CAPITULO 8
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Al día siguiente, temprano el viaje se reinició. No podían demorarlo más en opinión de Hiten, quien temía una nueva incursión de los Ogilvy, quienes se revelaron como los enemigos que estuvieron siguiéndolos desde el comienzo.
La prioridad para Hiten ahora era alcanzar Fort William y solicitar asistencia al destacamento. Lo otro que le preocupaba es que el otro soldado que había enviado antes aun no aparecía.
A pesar de su olfato para el rastreo, las huellas que vio no alcanzaban para hacer un rastrillaje.
Y ahora era responsable de la vida de tres mujeres y del soldado a su cargo, quien no estaba en condiciones de lucha, ya que se estaba recuperando de las heridas.
Miró de reojo a Kikyo, quien cabalgaba con su hermana detrás.
La profunda intimidad que compartieron la noche anterior estaba haciendo mella en él, y no podía ponerle un nombre porque ni siquiera comprendía del todo lo que ocurría.
Le exasperaba la posibilidad que apareciera un batallón de Ogilvy, atacándolos como los cobardes que eran, y que él no pudiera protegerlas, en especial a Kikyo.
De solo pensar que sufriera el mínimo daño le desesperaba y aun le enojaba el saber que, si ayer hubiera llegado minutos tarde, esa escoria la hubiera violado.
Una mezcla de impotencia y rabia lo subsumía por un lado al pensar en aquello, pero por el otro, una feroz rabia homicida lo acometía.
No tenía el menor interés de perdonar la vida a ninguno de esos enemigos.
Jacobitas fanáticos que preferían perjudicar la estabilidad de su clan en pos de un rey depuesto.
Estaba furioso, pero se ocultaba bajo un manto de paciencia que ya no tenía.
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Kikyo, por su parte, al igual que Hiten, iba callada.
Como si fuera una mujer totalmente diferente a la que embarcó al viaje. Lejos de la mujer irónica y arrogante que solía comportarse de forma despótica.
Sus ojos estaban fijos en la enorme espalda del jinete que iba delante. La de Hiten, quien cabalgaba vigilante, con una mano en la espada para poder reaccionar a cualquier ataque despreciable.
La mujer observó de reojo a su hermana, quien iba callada también, pero estaba a salvo.
―Si deseáis beber o algo, os ruego que aguantéis hasta llegar a la fortaleza de Fort William, allí podrán descansar y comer algo. No es mi intención que volváis a dormir en el suelo de este bosque ―pidió Hiten
Kikyo asintió.
No podía exigir más a un hombre que estaba haciendo todo lo humanamente posible por quitarlas del peligro en el cual su propio padre las metió.
Siguió fijándose en la ancha espalda de Hiten Campbell y se sintió conmovida de su fiereza. Habían tenido muchas peleas y combates durante el camino, incluso con desventaja numérica, pero él no estaba herido lo cual hablaba mucho de su magnífica destreza.
Era un hombre solitario sin familia, salvo los colaterales de su clan que él protegía. La mujer se preguntaba el motivo por el cual aquel talentoso guerrero prefería mantenerse soltero y sin hijos.
―Es una lástima…―murmuró para sí la joven
― ¿Has dicho algo, hermana? ―le preguntó Moroha atrás
Kikyo se percató que habia pensado en voz alta, lo cual no era bueno para su coraza que ocultaba sentimientos.
―No ha sido nada, Moroha.
De repente, las sombras de bosque se terminaron y entraron a un claro. Kikyo no conocía la zona, pero había oído hablar de ella.
Estaban entrando a la aldea de Fort William, donde se asentaba la enorme fortaleza construida por orden del fallecido rey Guillermo para controlar a los clanes de las Tierras Altas.
Kikyo se alivió al ver a lo lejos los picos del fuerte y divisó a varios casacas rojas caminando por la zona, lo que destacaba que se trataba de un fuerte inglés.
Pero Hiten entró seguro al mismo.
Era un Campbell y su clan era un fiel aliado de la corona inglesa.
Kikyo se aseguró de colocarse detrás de él, aunque no fuera una mujer temerosa, no olvidaba que su clan de los Gordon fue un enemigo de este grupo hasta hace poco tiempo.
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Al ver los colores de Hiten, y sobre todo reconocerlo, los guardias ingleses se apresuraron en darle la bienvenida al fuerte.
Hiten Campbell era un firme aliado de su causa y un partidario leal de su majestad inglesa.
―Comandante Hiten Campbell del clan Campbell ―los soldados que lo veían le daban una reverencia.
Hiten devolvía el saludo con un gesto en la cabeza. Ya luego iría por los formalismos, ya que estaba más interesado en poder dejar a las mujeres allí, y luego solicitar audiencia con el comandante de la fortaleza.
Cuando llegaron a la entrada, Hiten bajó primero para ayudar a Kikyo y a Moroha.
El otro soldado hizo lo mismo con Brianna.
―Abrid las puertas para las damas ―pidió Hiten―. Necesitan comida y descanso.
El encargado de guardia de la puerta se apresuró en ordenar la apertura.
Hiten se acercó a Kikyo, quien parecía algo temerosa de entrar.
―Mi señora, no tema, aquí podréis descansar y comer.
Pero la mujer parecía preocupada.
― ¿Y usted…?
―Todavía hay un asunto del que debo ocuparme.
― ¿Regresará…?
Él asintió con la cabeza.
Los soldados cogieron a los caballos para darles de comer y beber, y el encargado se llevó a Kikyo, Moroha, Brianna y al soldado Campbell herido para que recibieran asistencia.
Pese a que le irritaba un poco el separarse de ellos, y en especial de Kikyo, sabía que ellos estaban en buenas manos. Su camarada necesitaba curarse y ellas necesitaban descansar luego de un viaje tan incidentado.
Cuando el encargado regresó ya sin las mujeres, Hiten fue directo.
―Informad a vuestro comandante sobre mi petición de adjuntar un convoy de soldados a nuestro viaje para protección de las mujeres a mi cargo.
―No se preocupe, porque hemos sabido del horrible percance y emboscada que tuvieron que sufrir ―dijo el hombre―. Pero antes de eso, le sugiero que pase usted también a descansar.
Hiten negó con la cabeza.
―Tengo otra petición.
―Usted diga.
―Que me proporcionen un caballo fresco y tres de sus mejores rastreadores para buscar a alguien. Quiero aprovechar la luz del día para poder encontrar al soldado Campbell desaparecido o al menos hallar huellas que me conduzcan a él.
El encargado hubiera preferido que aquel valeroso guerrero descanse primero, pero conocía que Hiten Campbell era el hombre más testarudo y obcecado que conocía. Que no descansaría hasta saber a salvo a uno de los suyos, así que no le pondría trabas a su pedido.
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Kikyo se sintió aliviada luego del baño y la suculenta comida que le sirvieron.
Los sirvientes del Fort William las trataron con mucha deferencia y ella se daba cuenta que fue por pedido expreso de Hiten Campbell, quien era una figura de respeto para ellos.
Al fin podían descansar en una cama, con acceso a agua caliente y limpia. Incluso las criadas del lugar se presentaron a llevar sus ropas para lavárselas y plancharlas.
Kikyo aceptó, porque después de todo Moroha era una novia rumbo a su futuro esposo y no podía aparecer en un lamentable estado.
Lo único que no permitió que se llevaran fue la capa de tartán que Hiten le había puesto.
Y no sabía si era porque aun podía percibirse algo del aroma masculino o porque se sentía incapaz de separarse de aquella prenda.
Hiten le había dicho que aún tenía un asunto pendiente, y la mujer no se separaba de la ventana, a medida que desaparecía el sol.
Pero Hiten no daba señales de vida.
Pero se asustó cuando vio regresar a tres jinetes, pero él no volvía con ellos. Kikyo estaba segura que esos hombres fueron con Hiten en algún sitio.
Finalmente, su genio Gordon pudo más con ella, así que salió de la habitación y fue hacia el área de las barracas, porque imaginaba que allí estaría reposando el otro soldado Campbell.
Afortunadamente todos los castillos tenían idéntica distribución y a ella no le costó encontrarlo.
Y para más suerte suya, se encontró con aquel hombre con el brazo ya vendado y con un cabestrillo cuando salía de las barracas. Tenía aspecto limpio y que le estuvieron restañando las heridas.
Fue directamente hacia él.
― ¿Dónde está tu comandante?
El hombre bajó la cabeza.
―Aun no regresa, mi señora ―respondió el sujeto, sorprendido de verla allí―. Este no es un lugar apropiado para una dama.
Kikyo se fijó que los tres sujetos de hace un rato estaban sentados en las barracas. Tenían aspecto cansado.
A la mujer no le importó que ese sitio no fuera apropiado para mujeres, y entró, sorprendiendo a los soldados que descansaban dentro.
― ¡Mi señora, espere! ―quiso detenerla el guerrero Campbell.
Kikyo se dirigió directamente a los hombres.
― ¿Dónde está el comandante Hiten Campbell? ―exigió saber, mientras los tres sujetos se miraban unos a otros, totalmente atónitos por la presencia de aquella mujer.
Detrás de ella, llegó el otro Campbell y quiso cogerle un brazo con su mano sana, pero Kikyo se desasió del agarre.
―Exijo que me digáis donde está.
Los hombres se miraron. No se sentían capaces de desobedecer a una dama tan segura de sí misma.
―Mi señora, el comandante quedó a beber en la tumba del soldado Campbell.
― ¿Cómo?
―Que encontramos al soldado perdido…asesinado por los Ogilvy, probablemente unos días antes del último ataque a ustedes ―informó otro, con cierto pesar de dar este tipo de noticias a una dama―. El comandante lo sepultó allí mismo y quedó a beber en su honor, porque fue un soldado caído en cumplimiento de sus órdenes.
Oír aquella horrible noticia descorazonó a Kikyo.
Ella sabía cómo Hiten apreciaba a cada uno de sus soldados y aquella perdida seguro lo tendría devastado.
Kikyo no quería que pasara solo aquellas tristes horas, además la culpa la carcomía, ya que los Ogilvy eran enemigos de los Gordon. Y fueron esos bastardos los que los emboscaban todo el tiempo.
―Llevadme donde se encuentra el comandante ―ordenó con voz firme.
―Mi señora, os ruego entréis en razón, es muy tarde…
― ¡Bien!, si no me lleváis vosotros, entonces peinaré el bosque buscándolo sola.
La posibilidad de que ella se perdiera en el bosque horrorizaba a los hombres, ya que Hiten Campbell no se los perdonaría, más cuando había dejado expresas instrucciones de que protegieran a las mujeres.
Pero razonaron que, si se llevaban a la mujer junto al comandante, finalmente ella no correría peligro, ya que el propio Hiten Campbell la protegería.
Uno de los rastreadores ingleses finalmente se ofreció a llevarla al sitio donde se había erigido la tumba del joven soldado, casi al inicio del bosque.
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Hiten se bebió la última gota de whisky y comenzó a entonar despacio algunas notas en gaélico.
El guerrero muerto por los Ogilvy se llamaba Broderick y fue un soldado que entrenó con él. Joven y valiente ante la adversidad, tenía un futuro brillante por delante.
Hiten, como su comandante estaba decidido que su nombre siempre fuera recordado.
Decidió que pasaría la noche en el bosque. Estaba demasiado enervado consigo mismo, ya que desde que comenzaron este viaje, éste se presentó muy incidentado.
Se preguntaba si acaso su primo Bankotsu la hubiera dirigido si las cosas serían diferentes. Por algo fue él quien finalmente fue escogido para ser heredero del clan Campbell.
Hiten se sentía lamentable y aunque aceptaba que estaba confundido por causa de Kikyo, eso no mermaba su capacidad de soldado.
―Yo hice lo que estuvo en mis manos…―se decía en voz baja.
Habia sepultado a Broderick bajo un enorme árbol, que daría sombra y paz a su última morada. Él decidió ir a beber a la orilla de un pequeño lago a unos metros de allí.
Aunque abrió los ojos cuando sintió el casco de un caballo. Hiten se puso en guardia, aunque continuó sentado en la misma posición como si mirara el lago, aunque luego se relajó cuando se percató que el ruido era de uno de los rastreadores que trajo consigo antes. No necesitaba voltearse para darse cuenta, seguro venía a buscarlo.
Hiten arrojó su botella a un costado.
―He dicho que me dejéis solo.
Nadie respondió.
Pero si oyó que el caballo que llegó poco antes volvía a irse.
Hiten volteó a ver qué demonios pasaba y fue ahí que la vio, como si fuera una aparición caída del cielo, en medio de la oscuridad y desolación.
―Sólo soy yo…
Hite parpadeó confuso y guardó su espada en la cintura.
―Mi señora, no debería estar aquí.
Pero ella tenía los ojos vidriosos y comenzó a acercarse a él, haciendo caso omiso a su pedido.
Kikyo se puso frente a él, poniéndolo nervioso.
Ella acercó su mano hacia la mejilla de Hiten y lo acarició.
Aquel gesto tan tierno y dulce fue más de lo que voluntad de hierro podía aguantar. Apretó esa mano que lo acariciaba y en un movimiento imprevisto, pero que su corazón, alma y cuerpo ya no aguantaba, la atrajo hacia él para capturar aquellos labios de fresa.
Kikyo no lo rechazó ni empujó, era como si lo esperara. Cuando ella se abrazó a él, Hiten arrojó lo último que tenía de cuerdo y apretó su cuerpo en la medida posible para no dañarla, mientras sus bocas comenzaron una danza inexplicable de dulzura y devoción.
Cuando llevó sus labios al blanco cuello de Kikyo, el usualmente tranquilo Hiten perdió la cabeza en ese mismo instante. La cargó en brazos como si fuera una recién desposada.
Todo podía irse al infierno, que se lo aprovechen a todos porque lo único que él deseaba era estar con ella. Acunarla entre sus brazos, protegerla, besarla, adorarla.
La llevó a un lecho de hierbas, aunque ella se mereciera más que eso.
La tendió y comenzó a desvestirla muy despacio, como si descubriera una obra de arte. Y lo mejor es que ella se entregaba abriéndose, tendiéndose, desplegándose cerrando sus ojos, gimiendo para que él supiera que todo estaba permitido.
Que podía tomar lo que veía, que ella no tenía reparos. Eso lo volvió aún más loco, pero se contuvo de hacerle daño. Llevó uno de sus brazos bajo la cabeza de la muchacha, y usaba la otra mano para explorar la humedad de su cuerpo, mientras ella suspiraba de placer, arqueándose para que él hiciera con ella lo que quisiese.
Hiten ya no soportó aquello y la poseyó allí mismo, encontrándose con que Kikyo estaba tan preparada y encendida como él.
El ultimo sacrificio que hizo él fue tomarla despacio, para disfrutar cada roce, cada contacto. Podía actuar como una bestia, invadiéndola brutalmente como la llamaban sus instintos más bajos.
Pero él jamás podría hacerle daño, y más cuando sabía que aquella mujer, alguna vez fue objeto de rabia por parte de un esposo miserable.
Como odió a Sesshomarou Macdonald, cuando sintió al acariciarla en la espalda, la impresión de sus cicatrices. Hiten se encargó de besar cada marca, aunque ella le dijo que moría de vergüenza, pero se encargó de callarla con su boca.
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Kikyo estaba temblorosa, por el placer recibido, y en brazos de aquel hombre tan fuerte que la mecía como si fuera lo más valioso que tenía.
Acababa de hacer el amor con Hiten, de un modo desconocido para ella, borrando de un plumazo los horribles recuerdos con su marido.
Nunca nadie la había tocado de esa manera. Su piel vibró con todo lo que él hizo.
Ambos estaban desnudos en la orilla de aquel pequeño lago, pero ella no sentía frio, porque él se encargaba de asegurarla. No intercambiaron palabra alguna. Pero se sentía en profunda intimidad y mancomunión.
Se miraron largamente a los ojos, porque sus miradas eran suficientes para decirse todo lo que no podía salir de sus bocas.
Él acariciaba con una mano la tersa mejilla de ella y Kikyo sentía que su corazón iba a desbocársele. Tanto que sus manos estaban agitadas. Deseaba tanto que aquella noche no terminase nunca.
―No puedo permitir que duermas aquí…―dijo él, cortando parte de su fascinación.
―Quiero quedarme aquí ―pidió ella
Él sonrió débilmente, como si también le costara trabajo levantar todo esto.
―Pero además de ser un lugar inapropiado para que descanses…preferiría morir antes que alguien hablara de tu reputación ¿Cómo quedaría que se supiera que pasaste la noche conmigo bajo las estrellas?
―Ya lo hicimos antes ―se quejó ella
―No es lo mismo, dormir con tanta gente alrededor…
Él tuvo que incorporarse primero para poder convencerla. Ella se tuvo que levantar a regañadientes.
No volvieron a hablar, salvo que se ayudaron a vestir.
Él se encargó de anudar los cordoncillos de su vestido, y ella ayudó de liarle su kilt.
Como si fueran una pareja que llevaba tiempo casada, y que se conocía al dedillo.
Regresaron juntos a Fort William y Kikyo sentía que en cualquier momento se desmayaría de emoción al sentir el olor de él tan cerca.
Tan cerca y no podía tocarlo.
Se sentía como una jovencita revolucionada.
Él era su primer amante. Su primer y verdadero amante.
Él la despidió en las puertas del fuerte, mientras él regresaba a las barracas, cuidando que nadie los viera demasiado acaramelados, para no suscitar habladurías,
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Horas después de aquella despedida, Kikyo seguía sin poder conciliar el sueño.
Brianna y Moroha dormían aún más profundamente, totalmente ajenas a los embates de Kikyo, quien finalmente apartó la manta y se levantó.
¿Qué le pasaba?
Pensaba que aquella aprehensión se le pasaría y que dormiría apenas tocase la cama, pero tal cosa no pasaba. Se acercó a la ventana y vio algunos soldados abajo, cuidando la guardia nocturna, en realidad ya de madrugada.
La mujer se rozó la piel que aún seguía roja en algunas partes, donde él la había tocado. Finalmente, ya no aguantó, se puso sus botas, se echó una capa encima del camisón y salió afuera.
No sabía exactamente qué estaba haciendo, pero tenía que comprobar que no todo era un sueño, así que caminó hacia las barracas.
A estas horas ya no había nadie y apenas se alumbraba por algunas antorchas del pasillo.
La muchacha respiró profundo y cruzó la puerta de las barracas.
Habia varios camastros y otros ocupados por hombres durmiendo profundamente, pero a Kikyo no le importó y siguió avanzando hasta hallar la que estaba buscando. Aunque caminaba despacio para que nadie la oyera, cuando finalmente encontró el catre con el ocupante que estaba buscando, no le sorprendió encontrarlo despierto, aunque adormilado, con su espada en la mano. Él era el único que despertó con sus pasos, demostrando que era un soldado atento hasta cuando dormía.
Hiten abrió mucho sus ojos al verla, llegar como si fuera un hada celta. Dejó su espada y no se atrevió a decirle nada cuando ella se acercó.
Kikyo lo miraba intensamente y movió el bastidor cubriendo el catre con un ligero cortinal blanco que hacía de mampara entre camastros.
Él se quiso mover, pero ella le hizo un gesto que se quedara quieto y otro poniendo un dedo sobre sus labios para que no hablara.
Hiten tragó saliva, cuando la vio subirse al camastro, levantándose apenas la falda para trepar sobre él.
No eran necesarios más juegos, ya que él estuvo listo desde que la vio llegar.
Ella se encargó de moverle su ropa lo suficiente, antes de dejarse caer sobre él para tener tan ansiada posesión.
La mujer comenzó a moverse lentamente, pero sin dejar de mirarlo a los ojos. También debían cuidar de no gemir fuerte para que los demás no se dieran cuenta.
Él abrazó sus caderas mientras se dejaba amar por ella, que se movía con deliciosos, lentos y rítmicos movimientos
Aquella diosa había venido a buscarlo esa madrugada y él se sentía incapaz de negarle absolutamente nada.
CONTINUARÁ
Gracias Nena Taisho por comentar el 07 y seguro se irán uniendo las que faltan.
Porque voy a actualizar muy seguido, quiero sacar el 9 mañana domingo.
Los quiero.
Paola.
