INUYASHA NO ME PERTENECE, PERO LA TRAMA SI
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ESTE FIC ES UNA SECUELA DE TRAICION EN LAS TIERRAS ALTAS
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PASION EN LAS TIERRAS ALTAS
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CAPITULO 10
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Varios Meses después.
Se había dispuesto la preparación de la mesa más larga. Era el cumpleaños del Laird Suikotsu Campbell, así que la propia Lady Kagome se encargaba de supervisar la cocina, ya que su tío político tenia debilidad por su sazón.
Y no sólo él, en la lista también estaba su propio esposo Bankotsu y sus tres hijos, quienes solían ponerse caprichosos y pedían solo comer la comida preparada por ella.
Kagome tenía que ponerse dura en ocasiones o sus cuatro hombres se saldrían con la suya.
Mientras separaba las listas de comida, se acordó que en la bodega todavía tenían algo de vino francés, que era una de las bebidas favoritas de su cuñado Hiten, y que no podía faltar en la mesa.
Aunque Kagome suspiró al recordar eso.
Hiten nunca fue un hombre charlatán, pero en los últimos tiempos, su carácter huraño se había acrecentado.
Le preocupaba ese detalle en su primo político.
Se lo comentó a Bankotsu, cuando fue a llevarle una bebida caliente al despacho donde su marido estaba inmerso en papeles, ocupándose de asuntos oficiales.
Bankotsu dejó los papeles y la pluma sobre la mesa.
Últimamente estaba demasiado ocupado con el gobierno del clan, porque Suikotsu ya no podía, que ya no tenía tiempo de cultivar la confianza e intimidad con Hiten.
Hiten siempre fue un hombre reservado, pero su mayor confidente y cómplice siempre fue su primo Bankotsu.
Pero lo cierto es que estaba más misántropo que nunca, aunque cumplía con sus deberes a rajatabla, ya no venía a consultar con su primo las dudas que tuviere.
Incluso, aunque Hiten siguió ocupándose de entrenar a Kendrick, su hijo mayor pero escasamente hablaba sino era algo relacionado a la seguridad del castillo, del clan o de la propia misión.
Bankotsu, automáticamente se sintió culpable.
A veces sentía que su primo estaba sacrificando su vida, para que él y su familia pudieran vivir bien.
Hiten no tenía esposa ni hijos y aparentemente lo hacía, para poder sumergirse completamente a la protección del clan.
Bankotsu caviló un momento.
¿Sería posible que la causante de tanto hermetismo fuera una mujer?
Pero Bankotsu no le conocía ninguna importante para su vida. Sacando cuentas pudo percatarse que el extraño cambio en su primo se suscitó desde su regreso desde Londres, cuando fue a cumplir las órdenes de la reina de escoltar a la muchacha Gordon.
Decidió que luego del cumpleaños de su tío, invitaría a Hiten a beber. Trataría de sonsacarle algo y descubrir que es lo aquejaba a su primo.
―Me da lástima el primo Hiten ―concordó Kagome, como si adivinara los pensamientos de su esposo―. ¿Crees que deberíamos arreglarle un matrimonio?
Bankotsu rió.
El clan Campbell precisamente no era famoso por los vínculos matrimoniales. Casi todos sus miembros se habían casado por amor y por elección propia, aun cuando la elección de pareja nunca fuera la más propicia.
―No creo que a nuestro primo le guste que nos metamos en sus asuntos, querida. Déjalo que decida por su cuenta.
―Sólo decía ―justificó Kagome, sentándose en el regazo de Bankotsu―. Pensé que una ayuda le vendría bien, ya que siempre está ocupado y nunca está por la labor de conocer muchachas.
Bankotsu palmeó la nalga de su esposa.
―No todos tienen la misma suerte que nosotros.
―No te pases de listo, que aún recuerdo que querías deshacerte de mí, cuando nos conocimos ―recordó ella, abrazando por el cuello a su marido.
Él entornó los ojos.
―Pues te debió haber gustado, porque tuviste tres hijos míos…y si todo sale bien, tendrás aún más.
Kagome se levantó como un resorte de las rodillas de Bankotsu.
― ¡Ni en sueños!, con todos ustedes tengo suficiente hasta para mi siguiente vida.
Ella intentó escapar, pero él la atrapó fácilmente para besarla.
Kagome se derritió en ese mismo instante. Nunca había podido resistirse a Bankotsu Campbell, ni al mínimo coqueteo.
Y ese hombre tenía razón. Si seguían así, no sería raro que volviera a embarazarse muy pronto.
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Hiten había ido a saludar a su tío por su cumpleaños.
Pero luego regresó a trabajar en asuntos que le competían como comandante del ejército Campbell. Quería estar alerta porque hoy tendrían muchos visitantes por causa de la fiesta.
―Y ustedes se encargarán del ala norte ―daba indicaciones a sus hombres y luego señalando a otros, agregó―. El patrullaje debe estar cubierto en todos los frentes.
―Sí, comandante.
Hiten tenía en la mesada, el mapa completo del castillo e iba delimitando indicaciones a sus lugartenientes, para que luego ellos fueran a ejecutar sus órdenes.
Él era muy meticuloso en todo lo que se refiriera a la seguridad, así que no pasaba por alto ningún detalle.
Cuando acabaron la reunión, los hombres se retiraron a cumplir con las instrucciones.
Hiten se dispuso también a salir. El banquete iniciaría en poco tiempo más, pero, aun así, fiel a su diligencia, decidió inspeccionar el patio del castillo y verificar otros detalles.
Apenas salió, entornó los ojos cuando se topó con ese Hamish del clan Gordon, que apenas lo vio, por poco se arrodilla frente a él.
Ese pequeño soldado Gordon fue el hombre que Hiten salvó, mandándolo de regreso, cuando lo del viaje a Londres, donde fueron permanentemente emboscados.
Aquel viaje, cuyos recuerdos le dolían mucho a Hiten, porque le rememoraban todo lo que tuvo que abandonar.
Hamish era un buen chico, pero ciertamente bastante pegajoso porque le guardaba una reverencia servil a Hiten, y cada que podía venía a visitarlo. Hiten, por lastima, le acabó enseñando algo del arte de la espada y técnicas de lucha, y había que reconocerle que ese pequeño Hamish le ponía empeño.
― ¡Comandante!, esperaba tanto verlo ―Hamish se puso a caminar junto a Hiten, feliz de haberlo encontrado.
― ¿Y qué haces aquí? ¿no tendrás problemas con tu Laird por tantas visitas?
Hamish rió.
―Es el cumpleaños de milord de los Campbell, así que mi señor ha enviado un obsequio, porque no puede venir porque está enfermo ―el hombre señaló la carreta en la que había venido.
― ¿Era necesario que vinieras en carreta? ¿Qué no te he dicho que es mejor cabalgar solo? ―le increpó Hiten
Hamish hizo un gesto de resignación.
―Créame que lo hubiera hecho, pero allí tengo algunas cosas que debo transportar a Londres como pieles y otros objetos que mi señor enviará a sus hijas como regalo. Luego de acabado el banquete de milord Campbell, partiré a Londres.
Al oír eso, Hiten se sintió tocado, pero disimuló.
Hamish estaba muy distendido y sacó una botella de whisky para beber.
―Además con dos yernos ingleses, mi señor quiere asegurarse de que vean a sus hijas recibir los mejores objetos ¡vaya con estos ingleses!, hasta se llevan a las más bonitas.
― ¿Yernos? ―Hiten no pudo evitar voltear al oír eso
―Que además de llevar algunas cosas a la condesa de Warwick, Lady Moroha, también tengo encargo de llevar otras a la baronesa de Milton, la hija mayor ―explicó Hamish y en este punto Hiten estaba estático.
― ¿La baronesa de Milton?
― ¡Claro!, si las dos hijas que transportasteis aquella vez acabaron casadas con dos ingleses…
Hamish siguió hablando, pero Hiten no le escuchaba.
Kikyo se había casado…
Apretó sus puños, aunque no tuviera sentido, porque él mismo la ahuyentó esa noche que ella vino a declararle su amor.
Pero él creía que estaba haciendo lo mejor.
Aun así, el saber que ella se había casado le produjo un dolor profundo en el corazón. Siempre le desesperó la idea de que alguien más pudiese tocar a su Kikyo.
Y ahora que lo sabía con certeza, lo desolaba.
Hamish siguió hablándole, pero Hiten ya no le prestaba la mínima atención.
De hecho, apenas se dio cuenta, cuando vino Hughie a avisarle que el banquete estaba por empezar.
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Cuando Bankotsu se levantó un momento para ir al despacho, en medio de la algarabía del banquete, Hiten se levantó y fue detrás suyo.
― ¿Primo? ―inquirió Bankotsu al verlo.
Hiten estaba muy serio, y parecía hasta descompuesto.
Durante la comida había estado muy callado y Bankotsu lo vio incluso hasta distraído.
―Vengo a pedir permiso para marcharme a Londres a por unos asuntos personales.
Bankotsu abrió sus ojos, de sorpresa. Hiten nunca pedía licencia para nada, lo cual era malo porque todos consideraban que siempre estaría disponible.
Él no estaba en posición de negarle nada.
Su tío Suikotsu estaba ebrio, así que el siguiente en decidir era Bankotsu, por eso Hiten vino a pedírselo.
Bankotsu estudió a su primo. Algo grave tenía que ser, para que quisiera abandonar sus deberes y para que estuviera en aquel estado.
Suspiró resignado.
―Entiendo que no quieras hablar de ello, pero créeme primo, que siempre tendrás en mí toda la ayuda que pueda proporcionarte.
―Lo sé ―adujo Hiten.
Ambos primos se miraron, pero Bankotsu decidió no insistir en el tema privado de Hiten.
―Puedes ir con tranquilidad, yo mismo me encargaré de todo ¿de acuerdo?
Hiten asintió, con agradecimiento.
―Entonces, prepararé mis cosas. Quiero marcharme al amanecer.
―Escoge los soldados que quieras para que te escolten.
Hiten negó con la cabeza.
―No será necesario, iré con ese soldado Hamish Gordon. Tenemos un vínculo amistoso, además mi ida no es oficial.
Bankotsu aceptó la petición, y aunque tuviera mucha curiosidad se abstuvo de seguir preguntando.
Hiten se lo contaría, cuando estuviera más cómodo.
El comandante militar de los Campbell fue a su habitación, preparó lo suyo, y luego fue a decirle a Hamish del clan Gordon, que él iría con él.
Por supuesto, aquel pequeño soldado estuvo encantado con la noticia.
Viajar con un guerrero legendario siempre daba mucha confianza en los peligrosos caminos.
Se despidió de su familia y esa madrugada, ambos hombres partieron a un largo viaje.
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El viaje de dos semanas pasó pronto para Hiten, ya que tenía mucha prisa por llegar y comprobar aquello que le dolía con sus propios ojos.
Lo otro interesante que le comentó Hamish es que la baronesa de Milton pasaba la mayor parte en el castillo de Warwick, porque el esposo era vasallo del conde y cumplía funciones en la corte.
Así que el único destino sería el castillo de Warwick, un sitio que Hiten afortunadamente conocía. También esperaba que Kikyo realmente estuviera allí o de lo contario tendría que idear un plan para salir a verla.
Cuando llegaron a los dominios del conde, la carreta fue bien recibida por los hombres Warwick, ya que eran obsequios del suegro del señor.
Pero todos se sorprendieron de ver a Hiten Campbell.
Un guerrero de tal importancia no podía pasar desapercibido y su llegada fue informada al conde, quien vino personalmente a saludarlo.
El joven conde Hisui Neville era muy amable, e incluso lo invitó a hospedarse en las habitaciones del castillo.
Hiten se negó, él era un soldado acostumbrado a las barracas, además no se sentía cómodo tomando habitaciones, cuando su visita distaba de ser algo oficial.
―Por supuesto, acepto vuestro pedido de hospitalidad, pero insisto que deberíais tomar las habitaciones dentro del palacio, pero no os incordiaré con ello.
Hiten le había dicho que vino por un asunto personal, y que el castillo le quedaba cercano.
El joven conde no indagó más.
―Mi esposa estará encantada de saber la visita del hombre que hizo posible su llegada a salvo aquí.
―Gracias, milord, y por supuesto en pago por su amabilidad, me ofrezco a ayudar a entrenar a sus soldados. Siento que no puedo estar ocioso.
HIsui aceptó encantado y dejó instrucciones para ello.
El conde se marchó y casi enseguida, mientras acomodaba sus cosas en las barracas, Hiten se enteró que la baronesa de Milton ni su esposo se encontraban en el castillo, pero que no era extraño que llegaran de visita en cualquier momento.
Decidió que esperaría y no cometería el error de ir a infiltrarse en la casa del barón de Milton, creándose un problema innecesario, cuando lo único que quería era pasar desapercibido.
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Cada tanto, Hiten echaba un vistazo cuando salía de las barracas y en una ocasión se topó con la condesa de Warwick, aquella chiquilla que alguna vez él mismo se encargó de escoltar, ahora convertida en toda una condesa.
La saludó con una reverencia. Llevaba varios días en el castillo, pero era la primera que la veía.
La joven lo trató con cierto desdén, muy lejano del amable recuerdo que tenía de la muchacha.
Pero cuando parecía que la joven Moroha ya se iba a retirar, lo que hizo fue enviar a la criada que estaba con ella.
― ¿Milady?
―Ve y espérame para servir el té en mi habitación ―le ordenó a su doncella.
Cuando la joven hubo desaparecido, Moroha volteó a mirar a Hiten.
―Cuando mi esposo me comentó que estabas aquí, no quería creerlo.
―Tengo algunos asuntos que manejar, Milady ―refrendó Hiten, extrañado de la actitud de la dama.
―Pues espero que los solucione pronto y regrese de donde vino.
― ¿Puedo preguntar que daño le ocasioné a Milady?
Moroha hizo una mueca.
― ¿Qué no sabes lo que hiciste mal? ¡estoy al tanto lo que ocurrió entre mi querida hermana y tú!
Hiten se sorprendió.
No había pensado que Moroha podía saberlo.
Seguro Kikyo se lo había dicho, así como el final de su relación, que nunca llegó a ser una, porque él se aseguró que fuera así.
Eso le dio valor a Hiten para hablar.
―Entonces entenderá que tengo que verla y comprobar con mis propios ojos lo que oí de ella.
Moroha negó con la cabeza.
―No puedo decidir por mi hermana, pero te juro Hiten Campbell, que si vuelves a hacerle daño me aseguraré que nunca vuelvas a pisar Inglaterra ¿me has oído?
La joven se marchó airada, dejando anonadado a Hiten por la seria advertencia.
Moroha estaba enfadada con él hasta límites insospechados.
Un par de días después de aquel encuentro, un carruaje lujoso hizo entrada al castillo. Hiten estaba junto a un par de soldados, acomodando la carreta que llevaría de regreso a Hamish Gordon.
Justamente fue ese hombre quien le iluminó.
―Es el carruaje del barón de Milton.
Al oír aquello, Hiten dejó de prestar atención al resto para ver la llegada.
Cuando quedó en el patio, el primero en bajar fue un hombre de rostro anodino, de estatura media y facciones de enfado constante. Era un hombre que fácilmente sobrepasaba los cincuenta años. Eso sí, estaba ricamente vestido, con florituras de oro en toda su túnica. Era de esos nobles que nunca habían hecho nada en su vida.
El hombre bajó rápidamente cuando vio que los condes de Warwick vinieron a recibirlo.
La mirada de Hiten quedó puesta en el carruaje, donde había alguien más. Tenía que haberla.
En ese momento, la siguiente en bajar fue una criada, que Hiten reconoció como a Brianna, la sirvienta escocesa que viajó con ellos.
La mujer ayudó a bajar a otra.
Y cuando Hiten la vio, se le paralizó el corazón.
La hermosa mujer de largos cabellos negros que ahora llevaba colgada en una trenza negra, tomó fuertemente la mano de la doncella.
El corazón de Hiten comenzó a palpitar con fuerza. Todo lo demás a su alrededor desapareció. Solo estaban ellos dos.
Porque justo en aquel momento, ella se dio cuenta del hombre que la veía intensamente, como si quisiera beberse su rostro desde los metros que lo separaban.
Una vez pasada la impresión del primer encuentro de miradas, Hiten reparó en algo.
Kikyo estaba embarazada. Era una gravidez muy avanzada, probablemente en las ultimas, por el volumen de su vientre.
Eso dejó de piedra a Hiten.
La mujer se puso junto a su marido, aquel ridículo barón para recibir los saludos formales de los condes de Warwick, pero lo cierto es que Kikyo no advertía eso, porque había girado su cabeza para seguir mirándolo.
Hiten la vio abrazar su vientre y ella parecía decirle algo con aquella mirada proveniente de sus hermosos negros.
Al final, la mujer entró del brazo de su esposo, tras los condes de Warwick.
Hiten casi los siguió, pero la mano de Hamish lo detuvo.
―Comandante, no creo que sea buena idea.
Hiten se maldijo, tuvo que haber sido tan obvio que hasta Hamish se dio cuenta que del cruce de miradas.
Afortunadamente, Hamish no volvió a mencionar el tema cuando volvieron a lo suyo. Ese hombre era muy discreto.
Pero Hiten no había quedado tranquilo, no podía estarlo, cuando una idea se plantó en su mente. Esa noche difícilmente podría dormir.
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Al día siguiente, Hiten intentó colarse por el pasillo de las cocinas al interior del castillo, para ver si podía interceptar a Kikyo a solas.
Pero una de las criadas le comentó que la baronesa de Milton estaba por salir de cuentas, y que esperaban que diera a luz en el castillo, que la condesa había hecho acondicionar una habitación en el último piso, a la espera del nacimiento.
Estaba pensando en un plan adecuado a eso, cuando vio a la condesa de Warwick volver de la corte, donde fue a por una diligencia por su esposo que se encontraba cumpliendo servicios en el consejo privado de la reina.
El impulso de Hiten no pudo detenerse y fue directamente hacia Lady Moroha, sin siquiera saludarla, lo que hizo que una de las doncellas de Moroha le riñera por su falta de etiqueta.
Pero la condesa le hizo un gesto a la muchacha que se retirara. Y miraba a Hiten como si entendiera lo que éste venía a decirle.
Cuando se supo a solas con lady Moroha, Hiten fue bastante frontal.
― ¿El hijo que espera Kikyo es mío?...
Moroha rió.
― ¿Cómo te atreves?, ella está casada, es la baronesa de Milton, por si no te has dado cuenta, insolente.
Él meneó la cabeza.
―Algo me dice que ese bebé es mío ―volvió a referir él con voz segura.
― ¡Deje de hacerse ilusiones!
―Me quedaré hasta que nazca. Tengo que verlo, a como dé lugar ―informó él―. Y asegurarme que ella esté bien.
―Ella tiene esposo, no lo necesita.
―Pero yo si necesito saber la verdad, y aunque me prohíban verla, me las ingeniaré ―advirtió Hiten―. No intentéis echarme si no queréis que haga un escándalo. Es mi derecho.
Moroha no cabía de la sorpresa, por lo cabezota de aquel sujeto.
―No sé de qué derecho habla ¿él que perdió cuando rompió el corazón a mi hermana? ―sermoneó la joven, pero al darse cuenta de que no se libraría de aquel hombre tan fácil, añadió―. Sea, le permitiré quedarse, siempre y cuando no incordie a mi hermana. Ella está confinada hasta dar a luz.
Hiten no necesitaba más que eso.
Y aunque Moroha no lo permitiera, igual se hubiera ingeniado para quedarse.
CONTINUARÁ
Gracias doñas LUCIP0411 Y Lita mar. Veré de sacar el capítulo 11 entre domingo y lunes.
A ver cuando vuelven a hablar nuestros protagonistas.
Los quiere.
Paola.
