El paso del tiempo pareció no importunar a nuestra querida pareja, quienes conversaban cada vez más entusiasmados, descubriendo el sinfín de cosas que tenían en común. Sin embargo, fueron interrumpidos por la camarera, quien les indicaba amablemente que el café ya debía cerrar; fue ahí que se percataron de que ellos eran los únicos comensales dentro del local que ya se hallaba vacío. Los observé detenidamente, su trato hostil había cambiado a uno más amigable, al fin se habían dado cuenta de que eran más similares de lo que creían. A lo largo de mi existencia, he observado a un sinfín de humanos encontrando su otra mitad, algunos lo hacen de manera romántica y otros como una hermosa amistad que perdura con los años; ambas formas están bien, pero, ahora me intriga saber qué camino tomará este par. Son casi las diez, y como he escuchado que dicen por ahí: "La noche es joven". Una frase bastante acertada pues yo no envejezco, solo termino para unos, mientras para otros apenas inicio, en un ciclo sin fin de eterna existencia... pero ya basta de hablar de esto, que de mí ya se ha hablado mucho y por mucho tiempo, mejor volvamos a ver hacia donde se dirigen Levi y Mikasa.
—Es la primera vez que me echan de un lugar sin merecerlo. —Dijo él, mientras caminaba despreocupado por la acera, con sus botas pateaba un pequeño pedrusco que se cruzó en su camino.
—Empiezo a creer que no tienes una gran vida social. —Respondió ella con desgano.
—¿Y tú sí? —Preguntó con reproche.
—No. De hecho, no suelen invitarme a muchas fiestas. Y a la última a la que me invitaron, fue porque no les quedaba de otra si era mi cumpleaños, y necesitaban un motivo para celebrar. Aunque la terminé arruinando por completo. —Recordó con tristeza.
—¿Y sí querías esa celebración?
—No realmente, odio las fiestas. Son demasiado ruidosas.
—¿Y cómo te hubiera gustado celebrarlo entonces?
—Mmmm. —Pensó en las opciones por un momento. —Yendo a la feria. —Dijo al fin con una sonrisa nostálgica.
—¿La feria? ¿Estás hablando en serio? —En su ceño se podía leer la desaprobación.
—Sí. ¿Qué tiene de malo? —Preguntó con genuina sorpresa.
—Son lugares demasiado brillantes, con gente amontonándose por todos lados, gritos, vómitos, comida grasienta y asquerosa, y música que parece sacada de un juego de terror de bajo presupuesto. —Dijo asqueado.
—Ok, lo confirmo, no eres una persona social. —Dijo la muchacha, a lo que él sólo respondió entornando los ojos. —Además, no piso uno de esos lugares desde que era niña, siempre les pedía a mis papás que fuéramos a la feria de nuestro pueblo para celebrar mi cumpleaños. —Añadió con tristeza.
Levi sólo pudo suspirar sonoramente, observando el gesto que había ensombrecido el rostro de la chica, que lo observaba con una mirada empañada por el recuerdo de una vida que pudo deducir, había quedado atrás desde hace mucho tiempo. No supo cómo o por qué, pero cuando lo notó, en su mente ya se había trazado una idea. —¿Ya quieres ir a tu casa? —Preguntó, contemplando el reloj plateado en su muñeca.
—¿Me estás abandonando o algo por el estilo? —La pregunta salió con un tono de enfado, mientras ella se cubría el torso con ambos brazos, esperando lo peor, ese sentimiento de rechazo que había experimentado tantas veces en el pasado.
Levi pudo sentir como el pánico se apoderaba de su cuerpo cuando vio los gestos de la muchacha frente a él, por lo que se apuró a responder. —¡No! Sé que fui un idiota al principio, pero Dios, ¿puedes dejar de suponer lo peor de mí? Estoy tratando de dar una... tercera o cuarta buena impresión. Preguntaba porque te quería proponer que fuéramos a celebrar tu no cumpleaños a una feria. —Finalizó, viendo hacia el suelo, avergonzado.
Su gesto de tristeza fue sustituido abruptamente por uno de sorpresa, —¿Lo dices en serio? —Preguntó para nuevamente ser golpeada por la desmoralizadora realidad. —Pero, no hay ferias en esta época. —Agregó con tristeza.
—Siempre las hay, son como una plaga, cuando menos te lo esperas, aparecen. Y justo hoy vi una cuando venía para acá. ¿Quieres ir?
—¡Sí! ¡Vamos! —Mikasa retomaba la energía y alegría que la habían abandonado hacía algunos pocos minutos, cuando pensó que nuevamente la dejarían de lado, por ser una aburrida, por no ser especial.
—Bien. Te acompaño a tu auto y luego me sigues. —Dijo él, comenzando a caminar.
—Emm, yo no tengo auto.
—¿Entonces en qué viniste hasta acá? ¿O vives cerca?
—No. Vivo al otro lado de la ciudad, tomé un Uber para venir aquí.
—¿Viniste a una cita con un desconocido, en un auto junto a otro desconocido? ¿Sabes la alta tasa de crímenes que hay en esta ciudad?
—Sí, eso fue lo que hice. Y no, nunca he estado al pendiente de las noticias, la realidad a veces asusta más que la ficción. Además, traigo mi navaja, revisé bien los reviews del conductor de Uber, y tengo un plan de acción en caso de emergencia; no es mi objetivo convertirme en un titular amarillista.
—¿Una navaja? ¿Puedo verla? —Preguntó con curiosidad.
—¿Prometes no apuñalarme con ella? —Le dijo bromeando mientras sacaba el objeto negro de su bolsa y se lo entregaba.
—Eras tú la que planeaba apuñalarme. Y lo haré si sigues pensando lo peor de mí, para que al menos tengas pruebas para hacerlo. —Dijo molesto, examinando el arma. —Navaja Suiza Victorinox Hunter Pro, interesante... Pensé que estas sólo las utilizaban los cazadores, para destripar a su presa. —Mencionó casualmente, relajando su gesto y alzando una ceja, mientras le devolvía el cuchillo a Mikasa.
—No iba a apuñalarte, o sea no sin que lo merecieras. A ese punto no sabía si eras o no un psicópata y es mejor prevenir. —Dijo avergonzada, con la cabeza gacha. —Y sí, me gustó porque es bastante ligera y su utilidad puede servir para dejar incapacitado a un atacante con un movimiento rápido. Veo que sabes mucho de este tema. ¿También tienes una, no es así? —Lo interrogó, guardando nuevamente su arma y observándolo curiosa.
—Nunca salgo de casa sin ella. —Dijo, esbozando una pequeña sonrisa, mientras le extendía el pesado y grueso cuchillo a la chica, que curiosamente, también era de color negro. —Navaja táctica de la Marina, acero inoxidable con cuchilla clip point. De lo mejor que podrás encontrar en el mercado, respaldada por el ejército. Además, también llevo esta, —Decía mientras se quitaba una especie de collar que llevaba en el cuello, bajo la chaqueta de cuero. Era una pequeña daga de puño con su propio estuche. —Es como un as bajo la manga, pero en tu cuello. —Le dijo orgulloso.
—Guau. En serio eres peligroso. —Mikasa, más que asustada, se encontraba extasiada. Pensaba que su gusto por los objetos punzo cortantes, alejaba a la gente por temor, aunque ella nunca hubiera herido a nadie, solo la llevaba por precaución.
—Yo no, la ciudad es peligrosa. Yo sólo no dudo en defenderme de ser necesario, pero para tu tranquilidad, nunca las he usado. No es que vaya por ahí clavándoles navajas a la gente, no es mi estilo. Y, hablando de peligros, será mejor que nos vayamos. ¿Te molesta si vamos en mi moto? —Preguntó, guiándola a su vehículo, una Harley Davison clásica, que relucía con sus brillantes cromos que reflejaban la luz emanada por mi querida Selene.
La muchacha estaba que estallaba del estupor que invadía su cuerpo, siempre había querido subirse a una motocicleta así; para ella era como un sueño hecho realidad, mientras que, para su madre, esto sería como la peor de sus pesadillas. —¿Molestarme? ¿Cómo? Si es una belleza. —Habló conteniendo su emoción, mientras acariciaba el impoluto asiento de cuero brillante. Pasó sus dedos por encima del tanque pintado de un impecable color negro, sin tocarlo pues no quería dejar marcadas sus huellas, ya que intuía que a su compañero eso lo enervaría y haría resaltar más esa venita que a ratos se asomaba peligrosamente en su frente; con sus yemas detalló en el aire el logo de la marca, que se alzaba ostentoso. —Se parece a ti, —dijo luego de un rato. —Es impecable, amenazante y muy elegante, igual que tú. —Finalizó con una sonrisa.
—Tch. Para alguien que ha pasado la noche suponiendo lo peor de mi persona, imagino que compararme con un vehículo es equivalente a un halago. Así que lo tomaré, gracias... creo. —Dijo dubitativo mientras se posicionaba en su asiento. —Adelante, sube.
Cuando sintió al fin el peso de la chica sobre la motocicleta, se dispuso a partir a su destino, la feria que había visualizado unas cuadras antes del café. Por el retrovisor veía como Mikasa abría sus brazos recibiendo el viento, entendía lo que ella estaba experimentando, esa sensación de libertad, de sentirse volar gracias a la helada brisa de septiembre que los envolvía a su paso. Iba concentrado en el camino, hasta que sintió los brazos de ella, ahora aferrándose a su torso y cómo su quijada caía suavemente sobre su hombro derecho, los escalofríos recorrieron su cuerpo cuando sintió su dulce voz resonando cerca de su oído. —Entonces, si ir por ahí apuñalando gente, no es tu estilo, ¿Cuál es? ¿Ser un punk con una navaja pomposa que se pelea a puños con otros en las calles? —Preguntó, con atrevimiento.
—Ya dije que no soy un punk. ¿Cómo es que una estudiante de moda no sabe distinguir entre un punk y alguien grunge? —Dijo fastidiado.
—Sé la diferencia, sólo me gusta molestarte. —Le respondió, mientras reía por lo bajo. Acción que desencadenó en Levi un estremecimiento que lo atacó como si un latigazo hubiera sido dado para activar todos sus nervios; desde el lóbulo de su oreja, hasta recorrer su espalda, sintió perfectamente como cada uno de los vellos de su brazo derecho se elevaron al mismo tiempo, piel de gallina provocada por una hermosa mujer que reía cerca de su oído.
Su mejor táctica para evitar perder su fachada de chico rudo e impasible fue mantenerse en silencio hasta que llegaron a su destino. Al bajar de la motocicleta vio como ella tiritaba de frío, llevaba un suéter puesto, pero el estar tan tarde, viajando a toda velocidad en un vehículo abierto, indefensa ante el fuerte viento y usando un vestido, era motivo suficiente para que su temperatura corporal se viera afectada, y bajara drásticamente en los quince minutos que duró el paseo. Fue entonces que decidió evocar al caballero que llevaba dentro, aquel que permanecía oculto la mayor parte del tiempo, y, cual galante hidalgo, procedió a ofrecerle su pesada pero reconfortante y cálida chaqueta de cuero para que se cubriera. —Ten, úsala. —Le dijo, extendiéndole la prenda.
Ella se la colocó con cuidado, agradeciendo el bondadoso gesto y hundiéndose en el calor emanado por esta y que la cubría de apoco, disminuyendo los temblores de su desesperado e hipotérmico cuerpo. Observó que, al él haberle dado su chaqueta, quedaba solo con una playera negra de manga corta con un logo de una banda estampado en el pecho, metida de manera impecable dentro de su pantalón, y coronada con un cinturón de cuero, también en negro. Levi adoraba ser monocromático. —G-graci-i-as-s. ¿T-tú n-n-no t-tie-n-nes-s f-frí-í-o? —Habló, aún temblorosa.
—No, yo estoy bien. Vamos, busquemos algo caliente que puedas tomar para que ya dejes de hablar como Porky. —Dijo tomándola de la mano, mientras se adentraban en la feria. Luego de un par de minutos, encontraron un pequeño puesto donde vendían ponche. Compró uno y se lo alcanzó con cuidado a la chica que aún se estremecía ligeramente. La observó sorber despacio el caliente líquido que rápidamente la relajó e hizo que los temblores cesaran. —¿Mejor? ¿El famoso puerquito ya volvió con sus amigos los Looney Tunes? —preguntó con una ligera curvatura en sus labios.
—Y-ya me s-siento mejor. G-grosero. —Dijo ella, bebiéndose el resto de su bebida, hasta recuperar por completo el control sobre su cuerpo y sus palabras. —Ahora sí, chico no punk. Dime cuál es tu estilo, y no me refiero a la moda. El logo de Pearl Jam ya me lo dejó bastante claro, grunge. —Mencionó, señalando su playera con el dedo índice.
—Oh, lo notaste. —Respondió palmeando ligeramente su pecho. —Bueno, supongo que mi estilo no es ser un tipo agresivo que se la pasa golpeando y sacándole los ojos a cualquiera que lo ve feo, si fuera así, esta ciudad tendría una población mayoritaria de tuertos. —Dijo con desdén. —En realidad soy más de pelear cuando veo que es extremadamente necesario, para defender a mis hermanos o a mí mismo incluso, y para mi infortunio, he tenido que hacerlo en varias ocasiones; no es algo que me enorgullezca, pero si veo que alguien a quien aprecio está en peligro, o incluso si es alguien que no conozco, pero que sé que está siendo maltratado, pelearé con quien sea para ayudar a esa persona. Supongo que ese es mi estilo, pelear por causas que creo justas, enfrentar los problemas, mantenerme de pie y seguir avanzando. ¿Y tú, qué me dices de tu estilo?
—¿Te refieres a mi vestimenta o a mi estilo personal?
—Ambos, supongo. Me interesa saber cómo alguien que gusta de pasar sus cumpleaños en un lugar tan colorido como este, se desencanta por algo tan funesto como lo gótico, no me malinterpretes, sólo me da curiosidad. —Dijo mirándola de reojo.
—Te contaré mi historia... si te subes conmigo a la montaña rusa. —Lo retó, con una sonrisa que mostraba sus perfectos y perlados dientes.
—Dije que te traería, no que me iba a subir a esas trampas mortales llenas de gérmenes.
—Bien. Entonces, señor germofóbico, tienes que ganarme ese peluche de gatito negro que está ahí, si quieres saber como una niña normal, fanática de los unicornios y cosas brillantes, cayó en las garras del horror. —El brillo en su mirada hizo que Levi omitiera su discurso sobre cómo los rifles utilizados en esos juegos también están sucios y llenos de bacterias, y, en su lugar, caminara decidido hacia el puesto de tiro al blanco.
—Está bien, pero sólo porque soy en extremo curioso.
Podría seguir contándote como, Levi después de un par de intentos, algunas miradas retadoras hacia el encargado del juego, y varias palabras malsonantes, sostuvo triunfalmente el peluche, cual premio ganado luego de una intensa batalla y se lo extendió a Mikasa, quien lo abrazó dulcemente para luego proceder y avanzar a los siguientes puestos, logrando que él ganara más cosas para ella, sin contarle aún nada sobre su historia personal. Al final, nuestro huraño muchacho, se terminó subiendo al juego de las tazas, a los carritos chocones, al barco pirata y no admitió su derrota hasta verse sentado en la tan famosa montaña rusa, cruzado de brazos enfurruñado y bufando por lo bajo durante toda la duración de la atracción. Él no lo admitiría nunca, pero esa noche se había divertido más de lo que lo había hecho en toda su vida, ahí justo en lo más alto del paseo, antes de caer al abismo, se sintió como lo había hecho ella durante el viaje en motocicleta, libre, siendo llevado por la voluntad del viento; la observaba riendo y dejando que su corto cabello fuera alborotado por la ventisca, estaban volando juntos y él empezaba a disfrutar esa sensación. Pero la libertad viene siempre con un precio, ahora me pregunto ¿Cuál será el que ellos tendrán que pagar?
