Nada puede superar ese sentimiento de nerviosismo que te acecha al momento de iniciar algo nuevo. Observé a Mikasa dos noches seguidas sentarse frente al espejo cuestionándose si lo que usaría sería lo correcto para su cita, preguntándose si debía llevar ese peinado o no, si el lápiz labial oscuro era lo correcto o si era mejor optar por algo natural. Su alegría inicial se transformaba en una incertidumbre que la agobiaba, no por su cita, sino por ella misma y sus propias inseguridades.

El miércoles, siendo las seis menos diez, mientras despedía a mi eterno compañero, quien se marchaba para alumbrar el otro hemisferio, la vi nuevamente parada frente al espejo del baño de su universidad, repasando sus decisiones de estilo. Con sus manos alisaba nerviosa la falda de su vestido negro de terciopelo, pensando si debía haber escogido uno con un largo más apropiado, apretaba varias veces el cinturón de cuero, también en negro, que hacía que su ya fina cintura se viera más estrecha. Estiraba una y otra vez sus medias oscuras, amoldándolas a sus piernas, amarrando también los cordones de sus botas largas ceñidas a sus pantorrillas. Posó sus dedos en su largo cuello, acomodando antes su escote con forma de corazón y alineando las tres gargantillas que portaba como accesorios. Giró también sus aretes circulares de pentagrama y como último retoque peinó su cabello, y se dio un largo vistazo al espejo, tocando suavemente la rosácea cicatriz que resaltaba en su mejilla, estremeciéndose ante el recuerdo del momento en el que la herida había sido causada, abrazándose tímida, pasando ambas manos por sus brazos cubiertos por las mangas largas de su atuendo. Mordió su labio inferior, pintado también de negro, y sonrió nerviosa, murmurando que debía confiar en sí misma y en quien era realmente. Su corazón se aceleró por completo al sentir la vibración de su teléfono, con un mensaje de un contacto recién agregado pero cuyo nombre iba acompañado ya por un pequeño corazón.

«Señorita de las artes oscuras, su carruaje de metal la espera a las afueras del edificio "C"»

Ella sonrió con dulzura al leer la notificación, un último vistazo al espejo, seguido de un suspiro sonoro y emprendió su camino al exterior. Había dado un par de pasos cuando otra vibración la hizo detenerse, era un nuevo mensaje que rezaba:

«La falta de caritas felices es prueba fehaciente de la autenticidad del emisor del mensaje anterior»

Rio nuevamente, reanudando su andar, caminando ahora animada hacia el punto de encuentro. En su recorrido se topó con sus compañeras de clase, Rico e Ymir quienes la saludaron con una mirada curiosa.

—Hey, Mikasa. ¿A dónde tan contenta? —Cuestionó Ymir, la más alta de las dos, con su nariz llena de pecas inclinándose directamente hacia la chica de negra cabellera.

—Déjala, ¿no ves que lleva prisa? —Regañó la otra muchacha de pelo platinado.

—Tengo que ir a un lugar. Nos vemos mañana —Respondió rápidamente, retomando presurosa su andar y despidiendo a ambas con la mano. Luego de un par de minutos lo divisó sobre la calle, recostado casualmente sobre su motocicleta, observando pensativo hacia arriba con ambas manos metidas en su chaqueta de cuero, aquella tan cálida que la había cubierto en esa primera cita. El recuerdo de esa calidez la envolvió en cada paso dado, hasta llegar ante él. —Hola. —Susurró en voz baja, llamando su atención.

—Buenas noches. —Saludó en respuesta, girándose y dando un rápido vistazo a la joven parada frente a él, quien evitaba su mirada y pasaba nerviosa un mechón de cabello por detrás de su oreja. Su boca ligeramente abierta demostraba sus verdaderos pensamientos, estaba embelesado por su belleza, totalmente radiante a la luz de la luna. —Así que aquí está.

—¿Qué cosa?

—La verdadera tú. —Le dijo, viéndola directamente.

—No te gusta. —Afirmó, evitando aún su mirada.

—No, me encanta. El estilo te queda perfecto, en serio. Te ves hermosa. —Respondió con seguridad.

Ella se ruborizó al instante, dedicándole una mirada llena de emoción. Algo en su interior le decía que era honesto. —Gracias. —Murmuró en respuesta, tapándose la boca con una de sus manos.

—Nada de qué agradecer. Es la verdad. —Reafirmó. —¿Lista para partir? —Preguntó mientras retiraba de su cuerpo la pesada chaqueta oscura, alcanzándosela a la chica junto con un segundo casco que llevaba colgando en el manubrio.

—¿Y esto para qué? —Cuestionó ella tomando ambos artículos.

—El casco para protección, y la chaqueta para que te cubras. —Respondió con obviedad, mientras se subía a su vehículo, y se colocaba el artefacto que cubría su cabeza.

—Sí. Entiendo lo de la protección, pero ¿Por qué quieres que me cubra? ¿Crees que mi ropa es demasiado reveladora o algo así? —Preguntó dándole un vistazo nuevamente a su atuendo.

—¿Qué? ¡No! Sólo no quería que pasaras frío como el otro día. Perdón si te ofendí. —Dijo casi tartamudeando.

—Ah. Lo siento, es que me ha pasado antes; una salida casual, halagos y luego la oferta de ponerme un suéter que curiosamente estaba bien doblado y guardado en el auto, para cubrirme, aunque la temperatura fuese de treinta grados. Dando razones como que mi ropa era demasiado llamativa para el lugar a dónde iríamos, que todo era por mi bien y así. —Murmuró cabizbaja, recordando sus pasadas y fallidas relaciones.

—En mi defensa diré que no me considero tan idiota como para querer cubrir un vestido tan bonito, y mucho menos la alegría y belleza que irradia su portadora. Y, para afianzar mi argumento, hoy estamos a doce grados, dos menos que el sábado, y mi meta era evitar una posible hipotermia. Pero la tomaré de vuelta si prometes decir al final del recorrido "Eso es todo amigos". —Respondió serio, extendiendo su mano para recibir de regreso la prenda.

Mikasa resopló divertida. —Me la pondré, sólo porque odio que me compares con Porky. —Dijo, colocándose la indumentaria ofrecida. —¿Y tú? ¿No tendrás frío?

—No te preocupes por mí, el frío no me afecta. —Habló, encogiéndose de hombros. Levi sintió el cuerpo de su acompañante, subir al vehículo, mientras sus manos se aferraban fuertemente a su torso, descansando su cabeza cubierta sobre su hombro derecho. Quizás su cuerpo era inmune al frío, pero eso no evitó el pequeño temblor involuntario que lo invadió al sentir la corriente eléctrica al momento del contacto. Dio un ligero respingo y arrancó para partir al destino acordado días atrás.

Mientras, Ymir y Rico veían boquiabiertas como su callada, tímida y extraña compañera, se abrazaba a la espalda de un hombre bajo, de aspecto rudo, y partían a toda velocidad sobre un vehículo de dos ruedas.

—Quien diría que la gótica tendría novio. —Dijo la de cabellos castaños.

—Y se ve igual de raro que ella. —Mencionó la otra, entre risas.

Del otro lado de la calle, un segundo grupo de estudiantes comentaban animados sobre la escena que acaban de presenciar.

—Parece que Mikasa ya superó su enamoramiento por Eren, y no fue contigo. Suerte para la próxima, Jean. —Decía Connie, burlándose de su amigo y compañero de clase.

—¿Quién será ese tipo? Parecía como salido de una correccional. —Dijo el aludido, demostrando su enojo, mientras se pasaba una mano por su cabello castaño claro.

—A mí me pareció muy guapo. —Decía Historia pensativa, mientras tomaba del brazo a su ahora novio. —Qué bueno por ella, me alegra mucho, ¿No crees? —Le preguntó a este.

—Sí, qué bien por ella. ¿A ti te contó algo de esto, Armin? —Cuestionó al pequeño rubio que intentaba capturar el momento con su cámara profesional.

—¿Ah? ¿Yo? No he hablado últimamente con ella, sólo por mensajes, pero no me comentó nada sobre ningún chico. Le preguntaré mañana. —Respondió emocionado. Eren sólo respondió dudoso, sin apartar la vista de la motocicleta que se desvanecía en la distancia.

Aunque todos estudiaran diferentes carreras, pertenecían a la misma facultad. Mikasa y Armin, estudiando profesiones separadas de los demás, siendo estas diseño de modas y fotografía respectivamente, mientras que el resto del grupo se formaba en diferentes ramas de publicidad. Se habían conocido en el primer año, al compartir un par de clases de área común. Su relación se había afianzado con el tiempo al convivir fuera de la universidad saliendo a algunos lugares, o juntándose en la casa de alguno de ellos. Siempre me llamó la atención verlos en grupo, tan joviales y alegres, pero lo que realmente me atrapaba era la visión de una oscura cabellera siempre caminando cabizbaja, sintiéndose sola y excluida aun estando rodeada de gente. Fueron ellos quienes organizaron la fiesta de febrero para celebrar el cumpleaños de Mikasa, cada quien con un motivo en particular. Connie por el simple hecho de querer festejar, Jean para agradar a la chica que era el objeto de sus suspiros y sonrojos, Armin porque en serio la apreciaba y quería compartir con ella y Eren e Historia porque simplemente querían asistir juntos, aunque ninguno sabía que, a la cumpleañera, las fiestas la hacían sentir incómoda y su aceptación se debía a que había declarado que ese sería el día en el que hablaría y le confesaría al chico de ojos verdes sus verdaderos sentimientos. Pero ya todos sabemos como acabó esa historia, con un corazón roto, una fiesta arruinada y un par de ojos que escurrían delineador negro.

Pero no todo en la vida es una tragedia, a veces debes dejar ir algunas cosas para que a tu vida lleguen otras que pueden llegar a ser incluso mejores. Ella había decidido poner un punto final a un capítulo y ahora iniciaba otro que, en poco tiempo hacía que su corazón se sintiera revolotear cual mariposa, aleteando en su pecho y haciéndola volar. Se sumergió en esos pensamientos, mientras nuevamente abría sus brazos, recibiendo el viento helado que ahora no le afectaba tanto, pues estaba envuelta en cuero negro, cálido y aromático. De la prenda emanaba una masculina esencia que la hacía sentir embriagada, entusiasmada y libre. El conductor por su parte se sentía mareado, no por las brillantes luces que se reflejaban en su visor, sino por el acelerado latir en su corazón que provocaban las suaves manos que se aferraban a su pecho, dejándolo por ratos para abrirse, simulando ser alas que vuelan en el aire, haciéndolo sentir igual de emocionado y liberado.

En diez minutos llegaron a su destino, la biblioteca pública se alzaba frente a ellos, enorme e inamovible, guardiana fiel del conocimiento contenido dentro de sus paredes. Entraron juntos, caminando entre estantes llenos de libros. La encargada no era la misma anciana mal encarada que había conocido Levi, pero tenía la misma mirada fría y de desconfianza que poseía la anterior, juzgándolos antes de tiempo. La saludaron y siguieron con su recorrido.

—A veces dormía aquí —Mencionó él de repente, recordando aquellos difíciles días de antaño. —Me escondía en los pasillos menos visitados, esperando a que todos se fueran. Leía todo lo que podía antes de dormir y luego al siguiente día esperaba a que hubiera suficiente gente para irme sin que me vieran.

—¿Cuántos años tenías? —Inquirió ella con voz temblorosa.

—Como trece. Odiaba cuando la vieja bruja me encontraba y me sacaba a la calle, esas noches dormía en algún callejón. Aunque después de unos meses dejó de buscarme, como si hubiera aceptado que usara la biblioteca como hogar provisional. No se podía quejar, dejaba acomodado todo antes de irme, incluso los libros que otros dejaban regados por ahí, yo los organizaba. Le hacía el trabajo más fácil. —Su voz sonaba ahora más reanimada después de esa confesión inicial.

—Deberías haber tomado su lugar.

—Tal vez. Pero odio lidiar con la gente y sus estupideces, así que creo que no hubiera durado en el puesto.

Ella sonrió divertida. —Eso me lleva a preguntar, ¿en qué trabajas?

—Trabajo desde casa. —Respondió casi en automático. Mientras rebuscaba en los estantes un título en particular.

—¿Homeoffice? ¿En qué área? —Preguntó curiosa.

—En el área de... ¡Lo encontré! Ojalá la bruja no haya encontrado estas, murmuró recorriendo las páginas del libro.

—"Autosuficiencia" Ralph Waldo Emerson. —Leyó ella en voz alta. —No parece un título muy interesante.

—Eso es porque no se trata de una novela o cuento, es un ensayo. Quizás parezca aburrido, pero te enseña muchas cosas, como esta frase, por ejemplo. —Mencionó, señalando un pequeño y amarillento papel con una escritura en cursiva que descansaba entre las hojas del libro.

"Lo que está detrás de ti y lo que está frente a ti, palidece en comparación a lo que hay dentro de ti". —Leyó Mikasa en voz alta. —Es una frase muy bonita. —Dijo pensativa.

—Esa es para ti. No importa lo que algunos imbéciles te hayan dicho en el pasado, o lo que te pueda llegar a decir alguien más en el futuro. Sé autentica a tu propio estilo.

Ella sintió como sus ojos comenzaban a aguarse, soltando un par de tibias gotas saladas que cayeron delicadamente sobre el pequeño papel que aún sostenía en sus trémulas manos, recordando su indecisión y pensamientos sombríos ese mismo día. —Gracias. Creo que necesitaba escuchar eso. ¿Tú la transcribiste en este papel?

—Ajá, uno de mis tantos hobbies de cuando pasaba mi tiempo aquí. —Respondió, sacando de su bolsillo trasero un pulcro pañuelo blanco, y ofreciéndoselo a la llorosa dama frente a él. —No era mi intención traerte aquí para que lloraras. Nuevamente estoy dando una pésima onceava primera impresión.

Ella recibió el pequeño retazo de tela, y sonrió ligeramente. —Lo siento. ¿Entonces cuál era la intención de venir acá? —Preguntó, mientras se secaba la humedad emanada de sus ojos.

—Para contarte una triste historia de un solitario niño... quizás no pensé bien en las repercusiones de esto. Pero, en mi defensa, diré que, ya que tú me contaste la historia que te motivó a adoptar tu estilo en un lugar de tu preferencia, yo quise hacer lo mismo. Por favor, ya no llores, comprometerás mi doceava primera impresión. —Dijo consternado, pasándose una mano sobre su rapada nuca.

Ella bufó divertida, para luego reír sonoramente. —Ok, lo prometo. Guardaré mis lágrimas para la próxima película conmovedora de animales parlanchines que vea en la televisión. —Habló mientras alzaba la mano a la altura del pecho, simulando un juramento. —Entonces, cuéntame tu historia.

—Bien. Para eso, vamos a donde tantas veces establecí mi dormitorio. —Dijo, señalando un rincón en un oscuro pasillo, alejado del resto.

—¿Por qué aquí? —Preguntó ella caminando detrás de él.

—Porque es el área de religión, teología sistemática para ser exactos. No muchos venían por aquí, así que era fácil esconderme. —Murmuró, encogiéndose de hombros y sentándose en el suelo. Ella siguió su actuar y se sentó a su lado. Lo observó con cautela, detallando como sus ojos se perdían en una memoria lejana. Luego, después de un largo y sonoro suspiro, se dispuso a iniciar con su relato. —La vez anterior te conté sobre mi tío y cómo había conocido a Farlan e Isabel. —Ella asintió ligeramente. —Pero fueron cuatro años, entre el abandono de Kenny y mi llegada a la casa hogar en donde encontré a mis hermanos. Los primeros meses los pasé rebotando de un lugar de acogida a otro, pues nadie quería adoptar a un preadolescente de doce años con una permanente cara de culo, entrenado en artes marciales y capaz de usar armas punzocortantes para su defensa. —La observó de reojo, con cautela, contemplando si quizás había revelado demasiada información.

—Guau. Eso suena increíble ¿Qué tantas armas manejas? ¿Dónde aprendiste? Y ¿Por qué decidiste formarte en eso? —Sus preguntas, para tranquilidad de su interlocutor, fueron expresadas con emoción y no con el temor que él esperaba.

Se permitió un par de segundos para soltar el aire contenido y proseguir con su narración. —Como mencioné, mi tío me acogió por seis años. Tiempo en el que se dedicó a enseñarme cómo sobrevivir y protegerme, quizás anticipando que él no estaría siempre para mí, y enseñándome que el mundo es un lugar cruel y debes estar preparado para afrontarlo. Cuando se marchó, lo esperé por algunas semanas, hasta que comprendí que el viejo no volvería y que estaba solo. Salí a las calles y así me mantuve por algún tiempo, huyendo y siendo atrapado por los de servicios sociales quienes querían creer encarecidamente que yo podría llegar a ser parte de una familia, y lo logré, pero no como ellos pensaban. Sin embargo, antes de encontrar a ese par de idiotas, tuve que superar momentos muy difíciles y dolorosos, siempre solo. Los únicos amigos que logré encontrar son estos que ves acá, muchos de ellos fallecidos pero que dejaron su legado y fueron compañía fiel para un niño solitario. Gracias a este lugar, pasé de casi ser un analfabeta, a mejorar mi lectura y escritura. Incluso practiqué caligrafía hasta el cansancio, porque odiaba que la gente se burlara de mi mala letra. Mi tarea diaria era transcribir diez frases que me gustaran, cada vez con mejores trazos. Las venas en la frente de la vieja bibliotecaria salían a relucir cada que encontraba uno de mis papelitos. —Recordó, divertido. —Así que el escape que a ti te brindó el cine gótico, a mí me lo dieron los libros. Leí tantos de diferentes géneros y autores, que creo que eso fue lo que terminó de definir mi propio estilo. Como te dije, Isabel le dice grunge, yo sólo le llamo ponerme lo que quiera y con lo que me sienta bien. —Finalizó, dejando caer su cabeza hacia atrás, observando los estantes que se alzaban altos sobre sus cabezas.

La chica permaneció en silencio por algunos minutos procesando las similitudes y el sentimiento de soledad que habían acompañado a ambos durante sus años de juventud y sintiéndose reflejada en el hombre sentado a su lado, de la misma forma como se había sentido ese sábado en la rueda de la fortuna, en donde ella había sido la narradora. Internamente agradecía haber encontrado a alguien que comprendiera cómo se sentía realmente, cómo se había sentido durante tanto tiempo, escuchando a todos con sus infancias felices, relatando historias sobre sus familias perfectas y completas. Ella había experimentado la armonía y calidez de un hogar, sólo para perderlo abruptamente y ser lanzada a una nueva casa, en donde había vivido una variedad de horrores que la habían marcado para siempre. Armin había sido el único con el que se había podido relacionar y empatizar, pero aún con la pérdida de sus padres, su vida había sido relativamente normal gracias a su amoroso abuelo. Era hasta ahora que había logrado encontrar a alguien igual de roto que ella, pero con ánimos de seguir adelante y luchar; alguien a quien había conocido por error pero, a quien ahora deseaba seguir escuchando y descubriendo con más detalle. —El mundo es un lugar muy cruel, sin duda, pero también puede llegar a ser muy hermoso. —Dijo finalmente, moviendo su fría mano hasta alcanzar la de él, que descansaba inmóvil sobre su regazo. —Vamos a buscar más de tus frases, dijiste que era imposible que la bibliotecaria las encontrara todas, debe haber más por aquí. —Mencionó levantándose del suelo y tirando suavemente de la extremidad masculina para que la acompañara en su recorrido. —Cuéntame, ¿Quién es tu autor favorito?

Él la observó anonadado, ella no lo había rechazado, incluso se mostraba más animada ahora después de escucharlo, caminando feliz y decidida por los pasillos. —Creo que lo conoces bien, tú gato lleva por nombre su apellido.

—Ah, cierto, ya me lo habías dicho. El buen Poe. Vamos a la sección de terror, entonces. —Dijo, cambiando de dirección. —¿Por qué te gusta tanto?

—No sé. Me gustan tanto sus relatos como sus poemas. Y eso que yo no disfruto la poesía, sólo él puede generar esos sentimientos en mí.

—¿Qué? ¿No te gusta la poesía? ¿Por qué?

—No sé, me aburre leer que todo esté en verso.

—Debe haber una razón para que aborrezcas los versos. Freud dice que hay una razón para todo.

—¿Estás tratando de psicoanalizarme?

—No. Estoy tratando de conocerte.

—¿Psicoanalizándome?

Ella negó con la cabeza, —Escuchándote.

—No tengo ningún trauma con los versos, sólo no me generan interés. A ver, psicoanalista, cuéntame ¿Quién es tu autor favorito?

—Mmmm pues, Poe me gusta. Pero en los últimos diez años he desarrollado una afición extrema por los libros de Alec van Krime.

—¿Él imbécil incógnito? —Preguntó él con sorpresa y desagrado.

—Oye, no es un imbécil. Es un hombre culto que ha logrado revolucionar el género de la novela negra.

—Hablas como si lo conocieras. En mi opinión, sus libros no son la gran cosa. No entiendo como un tipo que ni siquiera da la cara es tan popular con una escritura tan mediocre. —Mencionó sin interés.

—No es escritura mediocre. —Dijo enojada.

—Ay, admítelo. Su primer libro fue interesante incluso, luego se vendió y comenzó a escribir para complacer a la audiencia.

—Bueno, de hecho, su primer libro es mi favorito. Pero los otros también tienen un lugar dentro de mi corazón, cómo mezcla los elementos fantásticos con las historias que deben ser resueltas por su personaje principal, para mí es un genio, digas lo que digas. Mi sueño es conocerlo algún día y conversar con él sobre su trabajo. —Dijo decidida.

—Espero que lo logres un día, y cuando eso pase, por favor, dile de mi parte que es un imbécil y no me gustan sus historias. De hecho, veamos uno de sus libros... aquí está —Dijo tomándolo del estante y sacudiendo sus páginas. —"No pierdas tu tiempo, la historia se contradice a sí misma hasta el final. No te hagas esto, yo lo hice y me arrepiento" —Leyó en voz alta. —Esta la escribí hace poco, como advertencia para los lectores de su último trabajo.

—Cuando eso pase, quizás ni siquiera te recuerde si sigues mencionando ese tipo de cosas. —Le dijo, fingiendo molestia.

—Acabo de echar a perder mi décimo quinta primera impresión ¿no es así? —Preguntó derrotado.

—He de confesar que, de hecho, tu primera impresión ante mi vista fue buena, muy buena incluso. —Dijo, con un ligero sonrojo. —Fue hasta que abriste la boca que todo se arruinó, justo como está sucediendo en este momento. —Habló entornando los ojos.

—Anotado. No debo abrir mi boca en las próximas citas. —Dijo de manera pausada.

Ella sintió un escalofrío recorrer su piel ante la implicación en sus palabras. —¿O sea que planeas que haya más citas? —Inquirió.

—Sólo si tú así lo deseas. —Dijo acercándose por detrás.

—Sí. Pero sólo si prometes no demeritar el trabajo de mi ídolo literario.

—No le llames ídolo literario en mi presencia y tenemos un trato. —Susurró en tono grave junto a su oído.

—No es una negociación. —Dijo ella, girándose para encararlo de frente. —Pero acepto. —Acordó extendiendo su mano para cerrar el trato.

—Trato hecho. ¿Lista para nuestro siguiente destino?

—Más que lista, estoy emocionada. Nunca he ido a un restaurante bohemio.

—Te va a encantar, o eso espero. Si no te gusta, al menos me quedo con la tranquilidad de que sí di una buena primera impresión, o citando tus propias palabras, una muy buena incluso.

—Bueno ya, olvida que dije eso. —Habló sonrojada.

—A partir de ahora y hasta mis últimos momentos hablaré de la chica a la que conquisté a primera vista.

—Espero que agregues que la perdiste gracias a tus comentarios idiotas. —Le dijo codeándolo con fuerza.

Han pasado apenas un par de horas desde que este par inició su velada. A mi parecer todo marcha bastante bien, pues los veo bromear divertidos mientras salen del recinto, aún con la mirada juzgona de la encargada que los sigue en su recorrido hacia la salida. Risueños, se dirigen hacia su transporte, preparándose para abordarlo y dirigirse hacia su próximo destino. Esta noche apenas comienza y estoy ansiosa por ver qué otras situaciones se desarrollarán en esta historia.