He sido una testigo silenciosa de incontables historias y escenas románticas; con algunas hasta he llegado a emocionarme tanto, como si fuera la primera vez que atestiguo un suceso de esa índole. Esta es una de esas historias en donde incluso quisiera decirle al sol que desaparezca por un tiempo y me permita seguir contemplando como se desarrollan los hechos, pero, si hiciéramos eso, acabaríamos con los humanos en su totalidad y entonces volverían los días aburridos sin nada qué contar. Así que debo conformarme con conocer sólo la mitad de lo que sucede realmente, ¿triste? Sí, lo es, pues mi compañero no coopera y posa su único ojo sobre temas banales que muchas veces son irrelevantes para mí. Lo divertido siempre pasa en mi turno, y, curiosamente, esta es una historia que ha visto sus mejores momentos durante mi vigilancia. Como este, en donde he atestiguado su primer, segundo y tercer beso; debo admitir que en cierto punto dejé de contar. Ni siquiera el clamor de los comensales del restaurante fue capaz de separarlos una vez que unieron sus labios. Ahora, los veo compartir miradas y sonrisas cómplices mientras salen tomados de la mano del local y se dirigen hacia donde la carroza de metal se encuentra inmóvil esperando por sus ocupantes. Antes de subirse, Levi toma de uno de los compartimentos una bufanda azul oscuro que posa sobre el níveo cuello de Mikasa.
—Ten, para abrigarte un poco más. Ahora recordé que la traje conmigo, aunque no sé si te guste ponerte eso.
—Oh, gracias. Sí me gustan, tenía una roja que me regalaron, pero ya no me agrada mucho usarla. —Dijo, recordando al chico que se la había dado como obsequio en su primer cumpleaños lejos de su hogar. Aquel muchacho del que había estado platónicamente enamorada por tres años y que la había decepcionado tanto, irónicamente, también en su cumpleaños.
—Yo no la uso, puedes quedártela, si quieres. La había traído para que te cubrieras, pero en mi adolorido estado anterior olvidé mencionarla. Lo siento.
—Si vuelves a disculparte, no me dejarás otra opción que besarte de nuevo. —Habló en un tono de fingida advertencia, mientras ocultaba su barbilla bajo la nueva prenda.
Él la observó expectante, contemplándola por un momento, antes de hablar finalmente —Perdón, en serio estoy muy arrepentido. Discúlpame de verdad, me siento tan mal... —Su corto soliloquio fue interrumpido por una tibia boca que lo acallaba con premura.
—¿Quieres ir a tu casa o a la mía? —Preguntó ella, recuperando el aliento y comenzando a sentir cómo la adrenalina que la llenó de valor para dar ese paso se iba desvaneciendo lentamente de su sistema.
—Mmmm voto por ir a la tuya, así tendré el agrado de conocer personalmente al noble Poe.
—Ah. Ojalá esté de buen humor. —Mencionó en tono bajo, tanto que la frase fue apenas audible.
—¿Dijiste algo?
—Nada. Vamos.
Y así, con esa indicación, el vehículo arrancó sonoro para dirigirse a su destino. Giraron a la izquierda en la calle Rose, para luego seguir recto por el boulevard principal, hasta llegar al humilde edificio de apartamentos para los pocos estudiantes privilegiados con un espacio, concedido por la Universidad Central. Una vez ahí, los vi descender lentamente, con Mikasa abrazándose para minimizar los efectos del frío ambiente en su cuerpo. Mientras él caminaba sereno, con las manos dentro de sus bolsillos, observando despreocupado los alrededores.
—¿Cómo es que yo traigo capas de ropa encima y aun así siento que tengo congelada la cara mientras tú caminas tan tranquilo con sólo una playera?
—Viví varios años durmiendo a la intemperie, superé el frío hace mucho tiempo. —Mencionó restándole importancia al asunto.
—Ah. Perdón, debí pensarlo mejor. No quería que tuvieras recuerdos amargos.
—No es tu culpa, y si te sigues disculpando tendré que besarte otra vez. —Sentenció, levantando el índice en advertencia.
Ella lo observó con sus grandes y brillantes ojos, fingiendo estar aterrada —Mil disculpas, lo lamento tanto, no era mi intención.
Por su parte, él rio por lo bajo, acercándose a ella para fundirse nuevamente en el cálido contacto.
—Lo siento.
Beso.
—Me disculpo...
Beso.
—Lamento tanto esto...
Beso.
—Perdóname...
Beso.
Así siguieron durante el corto recorrido desde la calle, subiendo los dos tramos de escaleras que los conducirían al pequeño apartamento. Risueños, disfrutando de su infantil juego que los hacía sucumbir ante las apasionantes caricias. Absortos en el aliento del otro, entraron a la estancia, en donde fueron interrumpidos por un lastimero maullido y un insistente timbre de un teléfono de pared. Mikasa corrió rápidamente a atender el llamado, dejando plantado al indeciso muchacho que observaba todo desde el umbral, a merced de unos ojos amarillos y alargados que lo veían desde abajo.
—Hola, tú debes ser el famoso Poe. —Saludó agachándose.
El gato lo observó de abajo para arriba, dándole una mirada inquisidora antes de responder con un pequeño maullido, levantar su cola y dirigirse lentamente hacia el nuevo invitado.
Mientras, Mikasa contestaba el teléfono, no sin antes dar un largo y sonoro suspiro sabiendo parte del discurso que iba recibir.
—Hola haha.
—Te llamé más de veinte veces a tú celular y no me contestaste. Llamé a tu apartamento y nada tampoco, son las once de la noche Mikasa, ¿Dónde estabas?
—Lo siento, puse el aparato en silencioso y no vi tus llamadas. —Mintió. —Y, mamá, son apenas las diez y veinte, no las once como dices. Salí a comer con mis amigas, nos quedamos charlando un rato y se me hizo tarde pero ya estoy acá.
—Espero que me estés diciendo la verdad, sabes muy bien que no me gusta que andes por ahí sola. Hay mucha gente mala allá afuera.
—Mamá, ya te dije que no estaba sola, estaba con mis amigas.
—Pues de todos modos tú no estás allá para estar saliendo con amigas, tu prioridad es la universidad. Debes portarte bien para retribuir un poco de todo lo que tu tía nos ha dado. No le diré nada de esto porque no quiero que te llame únicamente para darte uno de sus regaños, aunque no quieras. Sólo no la decepciones, por favor. Sabes que ella no aprueba esas actitudes.
La muchacha inconscientemente se llevó la mano a su mejilla derecha, en donde sobresalía una pequeña pero visible cicatriz. La acarició despacio, con la tristeza cruzando por su semblante. —Sí, lo sé perfectamente. —Él la veía cauteloso desde el único sofá que amueblaba su minúscula sala de estar y que muchas veces le servía como comedor improvisado. —Haha, creo que será mejor que te deje descansar, la tía tampoco aprobaría que te desveles. —Habló con un suave carraspeo en su garganta, evitando que el cúmulo de emociones que tanto se esforzaba por contener, salieran imparables por sus lagrimales.
—Mikasa, mi amor. Sabes que todo esto siempre ha sido por tu bien, si no fuera por Kyomi... no sé qué habría sido de nosotras solas y desamparadas. Sólo busco lo mejor para ti.
—Lo sé, mamá.
—¿Vendrás pronto a casa?
—No creo.
—Entiendo, pero tienes que disculparla. Ella quiere verte y hablar contigo.
—Para hablar conmigo puede enviar una carta. Buenas noches, Haha. Descansa, te escribo mañana.
—Mik... —Ni siquiera terminó de pronunciar su nombre, cuando la llamada ya había sido cortada.
La muchacha suspiró nuevamente, colocando el auricular del teléfono en su lugar y dándose un momento para cerrar los ojos, recostar su frente sobre la fría pared y limpiar discretamente un par de lágrimas silenciosas que habían corrido cuesta abajo por sus mejillas. Lentamente se giró hacia su invitado, tratando de emular la mejor de sus sonrisas, pero con sus ojos plagados de una tristeza vieja que se había apoderado de su mente y su corazón desde hacía mucho tiempo atrás. Esto, hasta que el sentimiento anterior fue desplazado para dejar paso a la sorpresa y terror que la embargaron de repente al ver la escena que se desarrollaba ante sus ojos. —¡No! ¡No lo toques! —Gritó, al ver como Levi sostenía a un despreocupado Poe sobre su regazo y acariciaba suavemente su pelaje.
—¿Por qué no? —Preguntó desconcertado sin detener su acción.
—Espera, ¿no ha actuado como el gato poseído de cementerio de mascotas?
—Emmm no. De hecho, no deja de ronronear y acomodarse en mis piernas.
—¿No te ha intentado morder?
—No.
—¿Arañar?
—Tampoco.
—¿No ha gruñido de manera pasivo-agresiva, más agresiva que pasiva?
—En ningún momento. Mira, ahora quiere que le rasque la pancita.
—Guau. Domaste al Mefisto. —Dijo finalmente, estupefacta al ver como su mascota dormitaba plácidamente sobre un extraño para él. Algo que nunca sucedía, ni siquiera con personas familiares que conocía desde hace mucho; si no era Mikasa, él siempre estaría a la defensiva. El observar esta tierna escena había logrado que olvidara por un momento su estado anterior y que en su corazón, que por un instante se había plagado nuevamente de frialdad y dolor, recorriera una calidez que sólo había sentido en compañía de Levi. Su ensoñación fue interrumpida por la grave voz del muchacho en cuestión.
—Siempre he tenido química con los gatos, me hacían compañía en la calle. Tal vez es porque me siento identificado con ellos.
—¿Por ser un despreocupado, adicto a la limpieza, gruñón y tosco?
La cabeza del muchacho giró a su costado, para verla directamente con enfado ante los adjetivos utilizados para describirlo, pero, antes de poder utilizar alguna respuesta ponzoñosa; esas de las que su catálogo personal estaba repleto, calló al ver el rastro húmedo de lágrimas recientes en su rostro. —¿Todo bien? ¿Quieres hablar o prefieres que me vaya y te dé tu espacio? —Inquirió, bajando lentamente al pequeño animal que refunfuñaba al ser dejado de lado y poniéndose de pie para acercarse hacia ella y tomar su fino rostro entre sus manos curtidas después de tantos años de duras tareas y el uso excesivo de detergentes.
—¿Qué tal si mejor te quedas, vienes conmigo y me abrazas un rato? —Respondió, tomando una de sus manos, que, a su tacto no se sentían rasposas sino tibias y suaves, y dirigiéndolo hacia su habitación.
—Claro, vamos. —Dijo, siguiéndola obediente. Con su mirada recorrió cada uno de los detalles del cuarto, decorado con una serie de objetos que probablemente habían sido comprados en temporadas previas de Halloween en los supermercados. Un edredón negro con detalles en dorado cubría el colchón, con almohadas a juego sobre las que reposaban los muñecos de felpa que él había ganado para ella en la feria; momentos que se sentían ya lejanos, como si toda una vida hubiera pasado desde esa noche y no una simple semana como tal; una serie con luces rojas y naranjas cubría la pared de la cabecera, al lado izquierdo de la puerta una librera repleta de diferentes volúmenes de historias variadas adornaba la pared, junto con un pequeño cactus con forma de cerebro, sembrado en una maceta blanca que simulaba ser un cráneo. Toda la visión contrastaba con la pared blanca con la que estaba pintada la habitación, pero, en donde relucían contrastantes, cuadros enormes de diferentes posters de películas de terror proyectadas en décadas pasadas. El joven dio algunos pasos hacia el lugar que más llamaba su atención, la librera. —No mentías cuando decías que eras fan de este tipo. —Mencionó, señalando la colección de los once tomos que recolectaban la antología de historias escritas por el autor favorito de Mikasa, Alec Van Krime. —¿Hasta guardas los artículos del periódico en donde han hablado de él? —Preguntó sorprendido. —Esto parece sacado de Misery. —Murmuró por lo bajo.
—Oye, no me compares con esa loca psicótica. —Refunfuñó molesta, sentándose sobre la cama y abrazando a su peluche de gato. —Sólo admiro su trabajo, es todo.
—Claro, porque no lo conoces. Quizás si lo hicieras, lo secuestrarías y atarías a tu cama.
—No creo. No estoy tan obsesionada. Sólo me parece alguien genial; debe ser una persona elegante, muy inteligente y culta. ¿Sabes? Siempre lo he visualizado como un hombre rubio, alto y de ojos azules, con voz profunda y mucha elocuencia al hablar. Aunque también podría ser una mujer, o un anciano, como dice mi amiga. —Dijo pensativa.
—Sí que lo tienes bastante idealizado. —Mencionó él, sin apartar la vista de los títulos de las novelas. —Dime, ¿Qué harías si tuvieras la oportunidad de conocerlo?
—No sé, gritar como loca quizás, o simplemente pedirle un autógrafo.
—¿Nunca has aplicado a esos eventos especiales en donde escogen a personas para entregarles ejemplares firmados? He oído que llega ahí y los firma de primera mano, aunque sin que le vean el rostro o algo así.
—No. Siempre los hacen en las ciudades grandes y nunca he podido ir. —Habló decepcionada.
—Ya veo. Tal vez hagan uno más cerca, uno al que puedas asistir.
—Tal vez, algún día. No pensé que estuvieras tan bien informado de las actividades del señor Van Krime, seguro eres de esos que lo siguen en sus redes sociales sólo para criticar.
—No, para nada. Ni siquiera tengo redes sociales para empezar. —Respondió, encogiéndose de hombros.
—¡¿Qué?!
—Que no tengo redes sociales. —Repitió lentamente, como quien señala la más obvia de las afirmaciones. —¿Es tan difícil de creer?
—No, es solo que, estamos en pleno siglo XXI y es imposible que alguien decida no tener comunicación con el resto del mundo.
—Oye, tampoco es que vaya por la vida haciendo señales de humo sobre una montaña. Sí poseo un celular sólo que no tengo presencia en redes sociales, pero leo las noticias y las páginas sobre cultura. Simplemente no me llama la atención ver los platos de comida aburrida o los pensamientos snob de los demás.
—Bueno, en eso tienes un punto.
—¿Ves? Mi vida no cambia si no me entero de que alguien fue a su quinto entrenamiento de la semana en el gimnasio y ya se cree un macho musculoso, o si alguien se siente superior a los demás sólo por tener un vago conocimiento sobre algo en particular y desea compartirlo con medio mundo, aunque quizás otros sepan hacerlo también y mejor. Los días se pasan más tranquilamente así, sólo hablando con la gente que te importa y de la que sí quieres saber cómo le fue en el día. —Habló tranquilo, mientras se sentaba a su lado.
—¿Ah sí? ¿Cómo qué tipo de gente?
—Cómo tú, por ejemplo. —Le dijo, viéndola directamente mientras acercaba lentamente su rostro hacia el de ella. —Aunque en realidad, me gusta más estar así, frente a frente. —Murmuró antes de sellarse en un beso apasionante. —¿Aún quieres que te abrace para que te sientas mejor? —Preguntó sobre su boca.
—No, quiero algo mejor que eso. —Respondió ella, antes de levantarse para inmediatamente después posarse sobre su regazo y continuar con las caricias que, de a poco, iban subiendo de tono e intensidad.
Prendas de ropa caían torpemente al suelo, en un patrón despreocupado de telas y artículos que cubrían el piso de la habitación. Tibias pieles que se unían en un contacto de caricias, toques y una sensualidad desbordante que hacía que esa fría noche de septiembre incrementara su temperatura. Besos de los que antes había perdido la cuenta, se habían triplicado, haciendo de su cálculo una tarea imposible. Las manos masculinas recorrieron la suave piel de ella, subiendo desde sus piernas que descansaban a los lados de las suyas, hasta reposar en esa parte trasera y redonda que era apenas cubierta por un par de pequeñas bragas rojas. Sus manos recorrían sus fuertes muslos de manera delicada, sintiendo con el tacto unas pequeñas irregularidades, pero, antes de saber realmente qué era, fue detenido repentinamente por las finas manos femeninas, que reposicionaron su agarre en la parte de arriba, para que, en lugar de sus piernas, se aferraran a su ceñida cintura. —Voy a apagar la luz, así me siento más cómoda —Dijo ella, besando dulcemente su nariz y levantándose rápidamente para apagar el foco de la estancia, dejándolos envueltos a ambos en completa oscuridad. —No te molesta ¿verdad? —Cuestionó mientras caminaba lentamente a su posición anterior, colocándose de nuevo sobre él, quien había perdido su playera desde los primeros momentos de esta interacción y la esperaba paciente, recostando el peso de su torso sobre sus codos.
—Para nada. Llegaremos hasta donde tú quieras y cómo quieras. —Dijo, antes de recibirla nuevamente entre sus brazos, retomando su acción anterior; ahora, teniendo en cuenta que a ella le disgustaba de alguna manera que tocara sus muslos y sin intención de cuestionarla sobre algo de lo que claramente no quería hablar.
Las últimas prendas que se interponían entre la fricción de sus cuerpos cayeron rápidamente, uniéndose al resto que yacían ahí desde ya varios minutos. Se unieron bajo un compás de sonoros jadeos, respiraciones entrecortadas y ligeros sonidos provocativos que los hacían sentir como en su propia sinfonía, subiendo y bajando en un choque de caderas que los llevaba lentamente hasta alcanzar su clímax más alto.
En un rápido movimiento intercambiaron posiciones, con él ahora contemplándola desde arriba y deleitándose con la visión bajo su propio cuerpo, pensando en que un ser tan etéreo y refulgente no podía ser más que una diosa que había descendido desde las mismas estrellas hasta llegar a él, quien la atesoraría y trataría como la más delicada de las criaturas. Después de recuperar la respiración que le había sido arrebata sin siquiera notarlo, se dedicó a dirigir sus trémulos labios para recorrer su cuerpo con delicadeza, colmándola con besos tibios en cada parte de su piel expuesta. Bajó lentamente por su cuello, cayendo al valle en donde sobresalían sus senos, cubriendo momentáneamente sus areolas con su boca, acariciándolos suavemente, para luego seguir con su húmedo recorrido a través de su abdomen, cediendo ante la tentadora hendidura entre sus piernas que lo invitaba a adentrarse en ella. Besó delicadamente ese monte de Venus, ah, la diosa del amor, justo aquella a quien tenía en sus pensamientos cuando la vio desnuda y sonrojada bajo su propio peso; un ser caído del cielo y nacido de la espuma, tan perfecta e inmaculada como lo era la propia Mikasa ante sus ojos. Perdido en su propio éxtasis y pensamientos, cambió su rumbo, haciendo más largo el preámbulo y generando una anticipación llena de deseo, para hacer un recorrido lento desde sus pantorrillas. Sin embargo, al momento de llegar a sus muslos, fue detenido nuevamente, al sentir como unas suaves manos alzaban su cabeza y lo conducían a subir, para dirigir sus labios a los de ella, que ya habían perdido su peculiar e intenso carmesí. —¿Quieres que me detenga? —Preguntó con cautela.
—No. Es sólo que... no me gusta el tacto sobre esa parte de mi cuerpo. —Murmuró por lo bajo.
—¿Dónde? ¿Las piernas? —Inquirió, acariciando su rostro.
—Ajá... bueno, es de la cintura hacia abajo, en realidad.
—Bien, tú dime qué quieres que haga y yo te obedezco.
—No pensé que fueras tan sumiso. —Bromeó, tratando de distraerse.
—No lo soy. No con nadie más. —Afirmó, causando que ella se mordiera el labio inferior y lo observara atentamente a los ojos.
—Me alegra oír eso. —Dijo, antes de besarlo y rodar para intercambiar de nuevo sus posiciones. Ahora fue su turno de verlo con más detalle, gracias a mi luz lunar que se colaba sin permiso por una pequeña ranura de la ventana. Si ella era Venus, él era como Marte, tonificado, estoico y con ojos que invitaban a perderse en ellos sin siquiera tener el ánimo de querer luchar; una guerra perdida ante un alma que dominaba todo el lugar con su sola presencia. Trazó un camino con sus uñas a lo largo de su torso, sintiendo y observando cada músculo tensarse ante su toque. —Tenías razón sobre lo de cuidar tu templo... —Comentó, recordando esa charla en el restaurante horas antes. —Realmente parece muy bien construido. —Su mano siguió su recorrido hasta llegar a la parte baja del abdomen, en donde sobresalía una larga y abultada cicatriz, haciendo retroceder su mano casi al instante. —Lo siento, espero que no te moleste que la haya tocado.
—¿Qué cosa? —Preguntó con genuina inocencia.
—Tu cicatriz.
—¿Esto de acá? —Cuestionó nuevamente, tomando la mano de ella entre la suya y dirigiéndola a la marca mencionada con anterioridad. —No me molesta, no es nada.
—¿Qué te pasó?
—Me acuchillaron. —Soltó despreocupado.
—¡¿Qué?!
—Me abrieron el abdomen en dos, con un bisturí... —Sus palabras sonaban sin emoción, pausadas con sus ojos fijos en el rostro de ella, dejando un silencio sepulcral de por medio, hasta continuar con su oración —...en un quirófano, por una apendicitis.
—Idiota. —Lo regañó sin enojo.
—Debiste ver tu cara —Dijo él, riendo ligeramente. —Aunque tengo otras que sí fueron hechas con navajas, entre otras cosas. Pero no son importantes, son sólo marcas viejas de momentos pasados que me recuerdan de dónde vengo y me indican hacia dónde voy, a un lugar en donde esas marcas queden como tal, recuerdos borrosos que no se repetirán.
Ella lo contempló pensativa, viéndolo sin verlo realmente, remembrando sus propias marcas y recuerdos pasados. —Sí, tal vez tengas razón. —Dijo en un suspiro. —Sabes, me gusta mucho cómo hablas, pareces tener las palabras perfectas para los momentos adecuados.
—Bendito don de la elocuencia, que me fue otorgado. —Mencionó con un tono de falsa soberbia.
—Me encanta.
—Y a mí me encantas tú. —Afirmó, pasando sus dedos por el rostro de ella, detallando el contorno de sus mejillas y observándola con detenimiento.
Este intercambio de palabras y bromas en un momento de tal intimidad dio paso a un brote de confianza mutua, que les permitió reanudar su sesión de caricias y pasión desbordada que los conducía a un viaje del que no había vuelta atrás. Dedos detallando piel cubierta con un leve rocío producto del calor que cubría la habitación, contrastante con la baja temperatura del exterior; besos que invitaban a más, piernas que se entrelazaban uniéndose fuertemente hasta que finalmente él se abrió paso entre sus paredes y la llenó por completo, con una serie de movimientos lentos que incrementaban su ritmo hasta llevarlos a ambos a alcanzar el pico más alto del placer, que los recorrió por completo como una corriente eléctrica que explotaba en la profundidad de la parte intermedia de sus cuerpos.
Decidí dejarlos ahí por un momento, aún entrelazados intentando recuperar el aliento y compartiendo miradas brillantes llenas de ilusión y dulzura, hasta adormitarse y sucumbir ante otra de las necesidades imperantes de la naturaleza humana, el descanso. Me enfoqué en otros asuntos para no ser tan invasiva con la intimidad ajena, aunque nadie puede culparme por ser curiosa y desear atestiguar el desarrollo de algo que yo misma vi nacer. Me enfoqué en otras historias, menos interesantes, algunas incluso aburridas y otras un tanto impactantes.
Minutos antes de marcharme para continuar con mi viaje perpetuo quise verlos de nuevo, sólo para observar cómo Levi se había despertado ya, se vestía silencioso, dejando olvidada a propósito su chaqueta de cuero, escribiendo una nota para la durmiente joven que respiraba tranquila acurrucada aún sobre su cama, "Lo siento, tuve que irme temprano para trabajar. Te veías tan hermosa y tranquila durmiendo que no quise molestarte." Dejó el escrito sobre la almohada vacía del lado derecho de la cama y, dándole un casto beso sobre la frente, se retiró de ahí, no sin antes despedirse con una caricia del pequeño gato negro que lo miraba relajado, desde su pose colgante en el brazo del sofá. Subió a su vehículo y se retiró a toda velocidad, llegando a su casa en poco tiempo y dirigiéndose a tomar un baño.
Por primera vez en lo que parecía una eternidad, una sonrisa boba cubría su rostro y parecía no querer desaparecer. Aunque, esta se desvaneció por completo, regresando a su gesto habitual al momento de leer la larga lista de mensajes en su celular, cada uno con un tono más exigente que el anterior y todos de parte de la misma persona. Suspiró pesadamente y se llevó una mano a su húmedo cabello, antes de apagar por completo el teléfono y lanzarlo violentamente hacia la cama en donde permaneció inmóvil. La felicidad que lo había acompañado desde la noche anterior se había esfumado, debía poner manos a la obra para acabar cuanto antes ese pendiente que le estaba robando tiempo vital y del que quería deshacerse lo más pronto posible para recuperar su tan ansiada libertad.
Como te dije desde un principio, la libertad no es algo que se te conceda sin dar nada a cambio; me retiré de este lugar del mundo con ese pensamiento, a veces la vida puede ser un tanto injusta.
