El ser humano es algo complejo, lleno de emociones, sentimientos y pensamientos que lo diferencian de otras criaturas. Con esto no quiero decir que los humanos estén por arriba de otros seres vivos, pues los animales y las plantas también sienten, pero de diferente manera a los hijos del hombre. Un perro, por ejemplo, es capaz de olvidar un agravio y perdonar fácilmente si se le da un trato digno; mientras que los cuervos son rencorosos, no olvidan nunca un rostro y si los tratas mal, te odiarán por siempre. Estas son distintas maneras de procesar el dolor y las emociones que llevan en su interior. Mientras, un humano podrá a veces perdonar, pero nunca olvidar, o podrá dar su perdón e iniciar desde cero; dependerá de la persona, de su carácter y de cómo razonan, pues la principal diferencia entre el reino animal y el de los hombres, radica principalmente en la evolución de su cerebro. Pero esto, nos condena a pensar que, en realidad, saber cómo reaccionará alguien frente a una ofensa no es nada fácil de deducir.

Para mi tranquilidad, aún faltan quince minutos para las siete, justo los minutos necesarios para que Mikasa salga de su clase, antes de dirigirse nuevamente al restaurante, en donde tiene que presentarse para arrancar el turno a las 7:30. Veo a Levi debatirse con el el teléfono en las manos, preguntándose si debería enviarle un mensaje o mejor esperarla en el punto de donde siempre sale. Al final, se decide por la segunda opción, acomodando su celular, aún conectado a la batería portátil, dentro del bolsillo trasero de su pantalón, mientras piensa en qué decirle o cómo disculparse por la falta cometida.

Del otro lado de la calle que divide los edificios, un grupo de amigos observa expectantes al muchacho recostado sobre la motocicleta, quien mueve nerviosamente una pierna, girándose rápidamente hacia las gradas cada vez que su visión periférica divisa a un nuevo individuo bajar por ellas; hasta decidir finalmente que lo mejor será acercarse a los escalones y esperarla ahí.

—Con razón Mikasa me dijo que estaría ocupada hoy. —Dijo Armin, alzando las cejas.

—¿Qué tanto le habrá visto a ese tipo? —Bufaba molesto Jean.

—Concuerdo. No parece como alguien decente. —Rezongó a su lado Eren.

—Ustedes tampoco, pero aquí están. —Habló Connie. —No sé, a mi me parece un tipo genial, con actitud. Justo lo que Mika necesita. —Dijo asintiendo firmemente.

—Tú cállate, bola de billar. —Respondió molesto nuevamente Jean, propinándole una palmada en la cabeza rapada.

Al mismo tiempo, la muchacha de quien se conversaba en ese momento avanzaba rápidamente hacia la salida, pensando en el tiempo que le quedaba para llegar a su trabajo. Inició a bajar rápidamente las escaleras hasta detenerse abruptamente al ver una mata de cabello negro, con un corte peculiar, recostado sobre el pasamanos que daba directo a la banqueta de la calle, observando pensativo hacia el cielo, como pidiéndome ayuda, como si supiera que yo conozco el debate al que se enfrenta y que, si pudiera, bajaría en su ayuda sin dudarlo por un segundo. Pero no puedo hacer nada más que observar en silencio, pidiendo porque todo se solucione.

Su corazón dio un vuelco al reconocerlo, seguido del punzante dolor en la boca del estómago que la había acompañado durante todo el fin de semana. Con paso lento comenzó a avanzar hacia él, quien aún no se había percatado de su presencia, hasta que la sintió parada a sus espaldas. —Oh. Entonces no fuiste abducido por los aliens. —Le recriminó.

—¡Mikasa! Hola, emmm ¿Cómo has estado? —Preguntó nervioso.

—¿Yo? Muy bien, preocupada porque no supe nada de ti desde el viernes. Pensé que quizás te había pasado algo, pero por lo que veo, estás en perfecto estado. —Le dijo, cruzándose de brazos y dándole un pequeño vistazo a su reloj, aún se podía permitir un par de minutos.

—Lo siento, no debí dejarte así, pensé que...

—Al menos lo reconoces. Debo irme, es un gusto ver que estás bien.

—No, no, ¡espera! —Dijo con latente desespero.

—Tengo que irme, estoy ocupada. Así cómo tú no tuviste tiempo en tres días para escribir un maldito mensaje, yo no lo tengo ahora para escuchar excusas. Buenas noches. —Dijo furiosa, comenzando a caminar.

Desde lejos, cuatro pares de ojos veían con curiosidad el intercambio.

—Uy, parece que tenemos problemas. Maldita sea Jean, ¿los salaste o algo? —Preguntaba Connie.

—Cállate. Cómo quisiera saber qué están diciendo. Apuesto a que el muy infeliz le hizo algún desaire. —Observó. —Ojalá ella no se lo ponga tan fácil.

—¿No creen que deberíamos intervenir? El tipo la está jaloneando.

—Eren, apenas le puso una mano sobre el hombro. No la está jaloneando. —Interrumpió Armin.

Y era cierto, la escena ni siquiera podía considerarse cómo una discusión. Él, completamente acongojado, sólo buscaba una oportunidad para ser escuchado, aunque ni siquiera sabía qué decir.

—Por favor, escúchame. Yo te llevo a donde quieras, sólo escúchame. No te daré excusas, no las tengo de todas formas. Fue mi culpa, total y completamente. —Admitió.

—Bien, te escucharé... mándame una nota de voz y yo te respondo la otra semana. Adiós. —Refutó, girándose para reiniciar con su caminata.

—Está bien, te dejaré en paz entonces. Lo siento por molestar. —Dijo derrotado.

—¿Entonces lo dejarás así? —Inquirió deteniéndose y dándole un vistazo mordaz por sobre su hombro izquierdo.

—¿Qué? No entiendo, en serio. No quieres que hable y si no lo hago te enojas. —Dijo con una marcada confusión.

—Olvídalo entonces. —Bufó rendida, y levantando ambos brazos.

—Perdón. —Habló exasperado, tomándose fuerte de la cabeza. —Isabel ya me dijo que fui un idiota, yo sé que fui un idiota. Debí haberme quedado contigo, no simplemente dejar una estúpida nota ¿Quién demonios hace eso de todos modos? Debo dejar de ver esas malditas películas...

—¿Dejaste una nota? —Preguntó con curiosidad.

—Sí. Sobre la almohada, vaya idiotez. Luego me fui, apagué el celular porque ese imbécil no deja de pedirme cosas para el maldito estúpido... —Pausó por un segundo, rebuscando las palabras correctas. —Emm... reporte final, —dijo finalmente. —Y yo no sabía ni siquiera por dónde empezar y luego no dormí, creo que arruiné mi cafetera y tuve un par de alucinaciones, tengo recuerdos vagos de haber visto un conejo y zanahorias o algo así. —Hablaba rápido, casi enredándose con las palabras que salían a borbotones de su boca.

—¿En serio? Dime, ¿Qué te fumaste? —Interrogó enojada.

—Casi cinco paquetes de cigarrillos e ingerí una libra y media de café. Te lo juro por la vida de mis hermanos que fue lo único nocivo que entró a mi cuerpo. Todavía me tiembla el ojo por la cafeína. —Le mencionó casualmente, parpadeando rápidamente y con un ligero tic en su ojo izquierdo.

Ella suspiró cansada. —Es que es demasiado difícil de creer, —Le dijo, viéndolo directamente. —¿Qué te pasó en la cara?

—En mi estado zombie, me golpeé con la puerta del baño. —Admitió avergonzado.

—Estoy comenzando a sospechar que tu historia no es más que una fachada para ocultar que te peleaste con alguien y te detuvieron.

—¿Qué? ¡No! Mira, mis manos están limpias —Le dijo, mostrándole los nudillos de ambas. —Si hubiera estado en una pelea, estaría mucho peor, y sería una historia menos vergonzosa para contar que admitir que me dormí cuando me lavaba las manos y caí de lado, golpeándome con la puerta. Yo sé que no lo merezco, que te lastimé y te hice sentir mal, pero ¿podría por favor, pedirte que confíes en mí?

Ella bufó exasperada, rodando los ojos —¿Qué propones?

—¿A qué hora tienes que estar en el lugar a dónde vas?

—7:30 y son las 7:15. —Habló irritada.

—Permíteme llevarte a donde necesitas ir, Prometo que estarás ahí en diez minutos sin exceder los límites de velocidad.

—Ni siquiera sabes a dónde voy.

—Ok, reformulo mi oferta. Prometo que estarás ahí quizás en un poco más de diez minutos si el lugar queda muy lejos y tal vez tenga que acelerar un poco más, pero te prometo que llegaremos sanos y salvos.

—Ajá. ¿Y eso cómo ayudará a solucionar todo esto? —Inquirió, haciendo ademanes que los señalaba a ambos

—Déjame acompañarte el resto de la noche y responderé a todas las preguntas con total honestidad. Si después no quieres volver a verme nunca más, lo entenderé y te dejaré tranquila. Pero, sinceramente, no quiero que eso pase, no quiero arruinar lo único bueno y real que he tenido en muchísimo tiempo.

—Aún estoy muy molesta contigo. —Señaló, cruzándose de brazos.

—Con justa razón, lo merezco.

Ella lo observó detenidamente, entrecerrando los ojos y balanceando sus opciones. —Aceptaré tu oferta porque debo llegar a tiempo al trabajo o me lo descontarán de la paga y en serio necesito el dinero.

—¿Vas a trabajar, a esta hora?

—¿Me vas a cuestionar tú, quien supuestamente tuvo una crisis de insomnio durante tres días, en el fin de semana, a causa de su trabajo?

—Tienes razón, no digo nada. —Admitió derrotado.

—Y no me pongas esos ojos de cachorro triste que los odio.

—Me los sacaré ahora mismo, si así lo deseas, préstame tu navaja de cacería.

—No estoy bromeando contigo, tonto.

—Lo sé, soy un idiota. Esa es la razón por la que estoy acá, a tu completa merced.

—Bien, vamos. —Murmuró, con un largo suspiro.

—Con gusto, ponte esto. —Le dijo, extendiéndole su pesado abrigo. —¿A dónde te llevo?

—Al Diner que está sobre la calle principal, en la esquina de la séptima avenida, antes de tomar la salida hacia Stohess. —Indicó en tono serio.

—¿El Garrison?

—Sí. ¿Lo conoces?

—Muy bien, de hecho. No te preocupes, llegaremos antes de tiempo. —Dijo confiado, arrancando la motocicleta y saliendo a toda velocidad hacia la dirección indicada.

El grupo que los había estado observando a detalle, ahora veían pasmados como partían rápidamente, después del pequeño altercado anterior.

—Bueno, Jeanbo, creo que aún no tendrás la oportunidad de relinchar de felicidad al lado de Mikasa.

—Déjame en paz, ¿Quieres, Connie? —Dijo irritado.

—Tal parece que lograron solucionar su problema, espero que todo esté realmente bien. ¿No crees, Eren? —Cuestionó el rubio, que había aprovechado el tiempo para tomar, a distancia, un par de fotos de la pareja.

—No lo sé, Armin. Ese tipo no me da buena espina.

—A mí no me parece mala persona. Pero le escribiré a Mikasa, para saber si todo marcha bien. Por cierto, ¿Desde cuándo te preocupa tanto?

—Pero ¿qué dices? Ella es nuestra amiga, siempre me he preocupado por su bienestar. —Respondió molesto.

—Ummmm bueno, si tú lo dices. —Dijo dubitativo.

Cinco minutos antes de las siete treinta de la noche, una potente motocicleta se detenía frente al comedor, cuyo rótulo de luces neón llevaba escrito el peculiar nombre, adornado con dos rosas rojas a cada lado de este.

—Promesa cumplida. —Habló orgulloso.

—Ajá. Gracias por traerme, te veo luego, supongo. —Respondió ella, entregándole de vuelta el abrigo.

—No me iré, dije que te acompañaría, y aquí me tendrás. Si no te molesta, claro.

—Te dije que vengo a trabajar, no tengo tiempo para estar escuchando cuentos sobre conejos voladores o cosas así.

—Y no lo harás, seré un cliente más, con ojos de cachorro triste que te verán desde lejos. —Habló, parpadeando despacio.

Ella intentó contener una sonrisa involuntaria que se formó en su boca al escucharlo. —No es gracioso. —Lo increpó.

—No intento serlo. —Negó serio.

La muchacha lo observó detenidamente, de arriba abajo, sopesando en su mente si debía mandarlo al caño o simplemente darle una oportunidad de redimirse. Aunque su cerebro consideraba todas las alternativas, su corazón bombeaba acelerado, clamando por ser escuchado al gritar sonoramente que debía dejarlo explicarse mejor. Dio un rápido vistazo al interior del restaurante que se encontraba casi vacío, con un par de clientes que, por lo que se veía, ya habían sido atendidos. —¿Responderás a todas mis preguntas? —Cuestionó.

—Todas y cada una de ellas. —Aseguró.

—Bueno, ya qué. Vamos.

—Pasa tú primero, debo hacer un par de llamadas.

—¿A quién?

—Oh, vaya, empezamos fuerte. A un amigo de Farlan y a una amiga personal de Isabel.

—¿Para qué?

—A él debo pedirle un favor, y a ella, ver si puede conseguir un artículo que quiero comprar. Nada malo, lo juro. —Dijo, levantando la palma derecha a la altura de su hombro.

—Bien. Te veo dentro entonces. —Respondió con desgano, entrando al local. Aún tenía algunos minutos para cambiar su ropa por el horrible uniforme amarillo pálido con un delantal que debía usar para sus turnos dentro del restaurante, además de la estúpida cofia blanca de tela que debía asegurar con ganchos sobre la redecilla que cubría su oscuro cabello. Al estar lista, salió de la parte de atrás, justo después de marcar su tarjeta de empleada y coordinar con la chica que, en ese momento se retiraba y a quien debía cubrir. Desde la barra observó que el número de clientes aún no se había incrementado, y como Levi caminaba en la parte de afuera, exclamando y agitando sus manos con el teléfono al oído, para luego marcar y hacer una nueva llamada, mucho más tranquila y que le llevo menos tiempo. Lo vio entrar, y sentarse directamente frente a ella. —Buenas noches, señor. ¿Qué se le ofrece? —Preguntó en un tono de fingida cordialidad.

—¿Me echarás a la calle si no pido nada y sólo me quedo aquí?

—Seguramente sí, es parte de nuestro slogan. Puedo ofrecerle un café, ¿quizás? —Cuestionó con ligera malicia.

El gesto del muchacho cambió radicalmente a uno lleno de asco ante el solo pensamiento de tomar un trago de la amarga bebida con la que se había intoxicado los días anteriores. Conteniendo una ligera arcada, se apresuró a responder. —Creo que deberán pasar un par de meses antes de que vuelva a querer siquiera oler el café. Mejor un té verde, por favor.

Ella lo anotó con fastidio en su libreta y se dirigió a preparar la orden, para minutos después regresar con lo solicitado, junto con una rebanada de pastel de pollo.

—Gracias, pero sólo pedí el té. —Le dijo confundido.

—La casa invita, no deberías ir por ahí con el estómago vacío. —Mencionó, restándole importancia.

—Suenas igual que mi hermana, obligándome a comer. —Respondió, esbozando una sonrisa.

—No te rías tanto, Ackerman, aún estoy molesta contigo. Y si no lo quieres, me lo como yo y listo, eso me pasa por ser amable. —Bufó, intentando retirar el plato; acción que fue interrumpida por la mano de él quien la apretó ligeramente.

—Si lo quiero, muchas gracias. —Le dijo, viéndola directamente a los ojos.

—Ok, vas a comer, pero también vas a hablar. —Advirtió.

—Dispara, con todo lo que tengas.

—¿Qué te distrajo tanto como para entrar en "modo zombie" y desaparecer por tres días?

Él suspiró sonoramente —Como te dije, trabajo para una empresa grande y estoy a punto de terminar un... contrato, algo muy importante y confidencial que, si rompo el trato, tendré que seguir trabajando para ellos muchos años más y no quiero. Entonces para cumplir este contrato, debo entregar una serie de grandes... emm digamos informes sobre el avance de mi trabajo, el primero lo presento el lunes... y no he hecho nada, ni siquiera sé dónde comenzar. Y mi superior me está presionando, me escribe tanto y a toda hora que preferí callarlo por un rato y por eso decidí apagar mi teléfono y dedicarme a avanzar.

—Y si tienes tanto qué hacer, ¿Por qué estás aquí?

—Porque entre enfrentar a mi posible muerte... profesional, por supuesto —Aclaró, aunque con un tono un tanto inseguro, al ver la mirada de horror en el rostro de ella. —O enfrentarme al hecho de perderte a ti, honestamente, prefiero lo primero. He tenido muchos trabajos, uno más no me afectará.

Ella rodó los ojos, aunque por dentro lo que daba un vuelco era su acelerado corazón. Lo observó detenidamente ahora con una luz más directa, el golpe en su mejilla resaltaba con notoriedad, pero sí parecía haber sido a causa de un objeto liso y recto, lo que la llevó a pensar que quizás no mentía con respecto a eso. Luego pasó a detallar sus ojos, no estaban tan rojos como la última vez que le había confesado que no había dormido, aunque bajo estos resaltaban unas profundas ojeras más marcadas que en otras ocasiones. —Sí se ve que te ha ido mal. —Admitió.

—Sí, lo sé. —Murmuró cabizbajo. —De no ser por mis hermanos, quizás hubiera colapsado con un desmayo, en el mejor de los casos.

—Pero sí colapsaste, por eso tienes eso en la cara. —Dijo, señalándolo con el índice.

—No me desmayé, solo cabeceé en un lugar y momento inapropiados. —Corrigió. —Y baja la voz o arruinarás mi reputación de rudo.

—Esto no es gracioso, ni un juego. Si te exigiste tanto como dices, podrías hasta poner tu vida en peligro. No puedes seguir así. —Lo regañó preocupada.

—En serio lo lamento tanto, me dejé abordar por todo el estrés y tensión que esto me genera, que me excedí y perdí la noción del tiempo. Sé que es difícil de creer y que suena a un invento, pero estoy diciendo la verdad. Tengo muchos demonios en mi interior, Mikasa, y los dejé ganar, cayendo ante ellos como un simple observador detrás de un espejo gigante. Y me duele el hecho de saber que esto no sólo me dañó a mí, sino que también dejé que te hiriera, y eso en serio me lastima; saber que dañé a la única luz que me ha alumbrado y me ha hecho salir de toda esta oscuridad que me abruma. —Ella lo observó por un largo instante, viendo el cúmulo de emociones que recorrían su mirada. —Y, por lo mismo, entenderé si prefieres que me aleje y no te moleste más.

Antes de que ella pudiera dar una respuesta, la campana de la puerta tintineó levemente, dando paso a varios comensales que hacían su entrada dentro del local, sentándose en diferentes mesas y comenzando a ojear ansiosos el menú. —Bueno, parece que mi turno acaba de ponerse más activo. —Mencionó sin emoción. —Lo siento, debo ir a trabajar. —Indicó, comenzando a caminar hacia los clientes. Alcanzó a verlo asentir ligeramente, con evidente decaimiento, antes de tomar un lapicero y comenzar a garabatear rápidamente sobre una servilleta.

A los pocos minutos del arribo de este grupo de personas, se unieron más y más que poco a poco fueron llenando cada una de las mesas. La pobre muchacha estaba cada vez más ajetreada, moviéndose de un lado para otro con bandejas que llegaban llenas de comida y regresaban repletas de platos vacíos. En unos escasos cinco minutos en los que disminuyó la actividad, regresó a su lugar en la barra para hacer cuentas de lo que se había vendido en ese tiempo. Ahí la seguía esperando inmóvil Levi, quien se había dedicado a llenar de escritos varias servilletas. —Perdón, escribir sobre papel me ayuda a pensar. —Le dijo, levantando su desorden, doblando todas las notas y guardándolas en el bolsillo de su pantalón. —Parece que estás muy ocupada, puedo ayudarte si quieres.

Ella interrumpió su contabilidad para verlo directamente, —No creo, ya dejé que alguien me ayudara una vez y me metió en más problemas. Aunque gracias de todos modos.

—Seré de ayuda, la noche estará más pesada. Esta es la temporada alta en las maquilas de por acá; de ahí vienen todas estas personas. Dame un delantal, una red y un gorrito y verás cómo pongo este lugar en orden.

—No creo que mi jefe acepte que un extraño haga un servicio voluntario.

—¿Keith? El tipo me adora, le brillarán los ojos cuando me vea.

—Espera, ¿lo conoces?

—Claro, el viejo Keith Shadis también fue mi jefe en este lugar.

—¿Trabajaste aquí? —Preguntó sorprendida.

—Estás viendo al empleado más condecorado en los tres años que estuve a su servicio. —Ella lo miró dudosa, siendo interrumpida por el insistente llamado de varias manos levantadas que exigían su atención. —Lavaré los platos cuando termine tu turno. —Ofreció.

—Contratado. —Exclamó apretando su mano, antes de correr a buscar los implementos necesarios para completar el improvisado uniforme. Él se los colocó rápidamente, de manera experta; tomó un bloc de notas y un lápiz y se dirigió hacia una de las mesas.

En media hora, el desorden había disminuido y todo marchaba de manera fluida. Para sorpresa de Mikasa, Levi se desenvolvía muy bien dentro del restaurante; hasta lograba completar las tareas en la mitad del tiempo que le tomaría a ella, pese a llevar ya un buen rato como empleada del lugar. Poco antes de las doce, cuando el bullicio había finalizado y ya solo quedaban un par de comensales terminando sus últimos sorbos de café, un hombre alto, sin cabello y de mirada hostil, hacía su ingreso dentro del local.

—Señorita Ackerman. —La llamó.

—Señor Shadis, señor. Buenas noches. —Saludó nerviosa.

—¿Por qué veo a un segundo mesero cuándo sólo debería estar usted? —Preguntó con tono mordaz.

—Yo, puedo explicarlo él es...

—Hola Keith. —Lo saludó Levi desde lejos.

—¿Realmente eres tú, pequeño bribón? —Dijo el hombre con un tono de grata sorpresa, y para asombro de la muchacha, un ligero resplandor cruzó su mirada en cuanto lo observó.

—En carne y hueso.

—Pero ¿Qué haces aquí? —Preguntó, haciendo a un lado a la chica y caminando directamente hacia el muchacho que limpiaba una de las mesas.

—Pasé a visitar a Mikasa y vi que había muchas personas, demasiadas para ser atendidos por ella sola, así que decidí ayudar. Deberías tratar mejor a quienes te apoyan a sacar adelante este lugar.

—Tienes razón muchacho. Te pagaré por tu valiosa ayuda.

—No, a mí no. Lo hice para no olvidar los días que pasé acá. Pero si te sientes generoso, podrías darle mi parte a ella, que hizo todo el trabajo. —Mencionó encogiéndose de hombros y sin interrumpir la limpieza de la mesa.

—Cierto, cierto. Señorita Ackerman, con gusto reconoceré su esfuerzo de hoy y, lo lamento mucho, debí considerar que estaríamos en temporada alta y llamar a alguien más. —Le dijo con cortesía, algo que la sorprendió pues nunca se había dirigido a ella con ese tono, jamás. —A menos que este joven quiera recuperar su antiguo empleo, sabes que eres más que bienvenido por acá.

—Gracias, pero no caeré en tus redes otra vez.

—Sabes que debía intentarlo. Por cierto, ustedes ¿de dónde se conocen? ¿Son familia o algo? Pensé que tú no tenías familiares de sangre.

—No los tengo, es sólo una curiosa coincidencia que compartimos, pero no estamos relacionados. Si me disculpas, debo ir a lavar los platos.

—¡Ja! ¿Qué no era eso lo que más detestabas hacer? Siempre hacías que otro los lavara gracias a algún truco barato.

—No eran trucos baratos, se le llama ser ingenioso y saber apostar. Pero se lo prometí a ella y voy a cumplir, tú encárgate de pagarle lo que se merece y yo dejaré relucientes tus mugrosos platos. —Le indicó, adentrándose en la cocina, en dónde los cocineros y ayudantes, lo recibieron con júbilo, pese a que ya los había saludado anteriormente.

—No sabía que era una celebridad en este lugar. —Mencionó ella aún sorprendida.

—El mejor empleado que he tenido, sin ofender. —Dijo viéndola de reojo.

—Para nada, me quedó claro que se ganó a pulso su buena fama.

—Yo no suelo halagar a nadie, pero ese niño, bueno, en realidad ya es todo hombre. —Corrigió con una ligera sonrisa. —Es una gran persona que ha sufrido mucho, pero nunca se ha dejado vencer. Pese a sus problemas, siempre ha seguido avanzando, para poder vivir bien, no sólo él, sino sus hermanos también. Hasta puedo decir que lo admiro.

—Y si era tan bueno en esto, ¿Por qué se fue?

—Consiguió un empleo mejor, limpiando suelos en una universidad o algo así. Lamenté mucho su partida, pero era para mejorar. —Dijo suspirando, mientras se disponía a hacer cuentas y redactar el cheque correspondiente a la paga del día para los trabajadores. —Ten, esto es lo que ganaste hoy. Agregué un pequeño bono por hacerte trabajar un turno doble.

Ella observó con ojos abiertos el monto, —Guau, señor. Muchísimas gracias.

—Sí, sí, sólo no te acostumbres a tanta generosidad y dile a Brauss que la quiero mañana aquí, aunque tenga que venir con el maldito suero aún conectado a la vena.

—Claro, señor.

—Y cuida mucho del pequeño bribón, merece un poco de felicidad en su vida. —Le dijo, antes de retirarse hacia la cocina.

Ella se dedicó a pensar en todo lo sucedido en las últimas horas, mientras finalizaba de ordenar el lugar para su cierre. Meditaba sobre la honestidad que había percibido de parte de Levi, su sincero arrepentimiento y su aceptación del error cometido. Se cambió despacio, colocándose de nuevo su blusa negra, y su falda negro con rojo, adornada con un patrón de cuadros, no había necesitado quitarse sus medias negras ni sus botas de plataforma ancha, pues el código de vestimenta no se lo exigía. Pasando sus manos sobre la prenda inferior, rozó suavemente sus muslos, pensando en las palabras expresadas anteriormente y concordando que cada uno carga con sus propios demonios, que a veces pueden llegar a ser bastante abrumadores. Salió del área de vestidor, dispuesta a solicitar un auto de alquiler para retornar a su casa, cuando lo vio ahí, parado cerca de la puerta, con la mirada fija en el suelo y pateando suavemente una pequeña piedrecilla que rodaba a sus pies. —Pensé que ya te habías marchado. —Le dijo, mientras acomodaba su suéter sobre su blusa.

—Quería esperarte y preguntar si me dejabas llevarte a casa.

—Gracias, pero quizás sea mejor que pida un Uber.

—Entiendo... ¿Puedo esperar acá mientras viene? —Preguntó con tristeza.

—Claro, la calle es libre. —Respondió ella, cuestionándose internamente si debía ser tan dura. Tratando de acallar un rato su voz interior, se decidió a solicitar el transporte en la aplicación, cuando notó que se había quedado sin batería. —Demonios, se apagó y no me di cuenta. —Bufó molesta.

—Ten. Usa esto, sólo lo conectas con tu cable. —Interrumpió él, pasándole su batería portátil.

—Gracias, qué oportuno. —Señaló, tomando el dispositivo en sus manos. —No sabía que te gustaban las cosas lilas adornadas con flores moradas. —Dijo, conteniendo una sonrisa.

—El morado es un color hermoso. —Habló serio. —Y no es mía, se la robé a Isabel.

—Ajá, tan hermoso que lo llevas en la cara. —Mencionó, señalando su pómulo. —Imaginé que no era tuya, no es tu estilo.

—Quédatela, te puede ser útil en estas situaciones. Además, Farlan tiene una gris que desaparecerá en estos días.

—¿Por qué no me dijiste que habías trabajado acá? —Preguntó cambiando el tono.

—No encontré el momento oportuno para mencionarlo.

—Sabes, creo que todo esto está mal. Hicimos todo mal desde un principio. Ni siquiera te conozco realmente. Despareciste por días y luego apareces como si nada diciendo que te dejaste llevar por el estrés de tu trabajo y eso me hace pensar que no sé en dónde trabajas, y el no saber de ti me preocupó tanto que incluso pensé en ir a buscarte para ver si estabas bien, pero ni siquiera sé dónde vives, las preguntas básicas con las que se empieza a conocer a la gente. Sólo obtuve de ti un perfil falso y respuestas vagas en cuanto a tu vida personal y no me parece correcto. —Le dijo, sacando de su interior todo aquello que había estado reteniendo.

Él la miró durante unos segundos, su mirada azul plagada de una profunda tristeza. —Tienes razón, eso estuvo mal. Pero, nunca te he mentido y en poco tiempo tú me has llegado a conocer mucho mejor que personas que conozco desde hace mucho más, te lo digo en serio. Y soy honesto cuando digo que no quiero perder esto, si hicimos mal todo desde un principio, ¿me permitirías comenzar de nuevo?

—No lo sé. Quizás lo mejor sea... —Comenzó a decir. Pero, su conversación se vio cortada, al momento de ver llegar al vehículo que la llevaría a casa. —Será mejor que me vaya.

Ella intentó devolverle el artefacto prestado, pero él negó ligeramente. —Úsalo. Así podrás llamarme por cualquier cosa y yo iré a dónde estés en cuestión de minutos. —Dijo fuertemente, sin apartar la vista del conductor, que se removía incómodo en su asiento evitando cualquier contacto visual.

—Gracias, descansa Levi. Nos vemos. —Respondió ella, adentrándose en el auto.

—Adiós, cuídate mucho. —La despidió con una mirada plagada de tristeza. Ella no pudo evitar sentir un nudo en su estómago al pensar en que estas palabras podrían ser una despedida definitiva. Mientras el auto avanzaba, dirigiéndose a la dirección indicada, decidió girarse sobre el asiento, para ver su silueta, cada vez más difusa, desaparecer en la lejanía, pensando y meditando si volvería a verlo de nuevo y si todo podría volver a la normalidad.

Al llegar a su casa, encontró a Poe en su habitación, jugando entretenido con una pequeña bola de papel que había sacado de debajo de su cama. —¿Qué tienes ahí, pequeñín? —Preguntó con dulzura. Sus ojos se aguaron al leer las palabras escritas con una perfecta caligrafía; palabras que hablaban de partir con prisa, dejándola dormida porque el trabajo apremiaba. Su corazón latía fuertemente, debatiéndose sobre los pasos a tomar, cuando su teléfono vibró repentinamente. Se dedicó a observar el aparato un par de segundos, era una notificación de cierta aplicación de citas, indicándole que alguien había gustado de su perfil. Una pequeña curvatura cruzó por su boca, mientras observaba a su gato, quien la miraba expectante. —A ti te cae bien Levi, ¿No es así? —Un sonoro maullido fue emitido como respuesta. —Sí, a mí también me agrada mucho. Quizás demasiado. —Dijo antes de deslizar sus dedos por el teclado táctil, desbloqueándolo y leyendo con atención lo que se mostraba en pantalla. —Pero, que nos agrade no quiere decir que le pondremos las cosas tan fácil ¿verdad? —Cuestionó, sin dejar de sonreír.

Quien sabe realmente cómo terminará esto, ni siquiera yo lo puedo predecir. De lo único que tengo certeza es que todo se está gestando para dar paso al caos y no sabemos qué será lo que nacerá de este; sólo podemos esperar, pedir porque todo acabe bien y que nuestras súplicas sean escuchadas. Otra noche se acaba, para dar paso al día, confiando en que nos traerá buenas noticias.