Antes, te mencioné que el amor es un proceso más del cerebro, que del corazón. Y, como todo proceso, lleva su tiempo y pasos necesarios para llegar a ese sentimiento idealizado por muchos y experimentado por algunos afortunados. El primer escalón es la atracción, esa dilatación en las pupilas cuando observas a ese ser que no sólo te atrae, sino por quien empiezas a sentir ese hormigueo interior que pone en alerta a tus sentidos. Un mundo gris que va llenándose de halos de color, rodeando a esa persona especial, llenándola de luz ante tus ojos y pintando todo a su paso.

Tan colorido, como los fuegos artificiales que siente Mikasa en su interior, imperceptibles para observadores externos, pero para ella, que es quien los lleva por dentro, están llenando su cuerpo de luces y colores resplandecientes, elevándola hasta la nube más alta en el cielo, flotando en la inmensidad, aún cuando su cuerpo se encuentra cómodamente posado sobre unos asientos de lustroso cuero negro, en el interior de un vehículo clásico que muchos quisieran, al menos, tener la oportunidad de tocar; un hecho fácil de deducir gracias a las miradas de asombro que roba a su paso.

—¿Este auto es tuyo? —Pregunta curiosa.

—Algo así, es de un amigo, realmente. —Murmura, pasándose una mano por la nuca.

—¿Y a tu amigo no le molesta que lo uses? Se ve caro.

—No, a él no le importa. Lo usa muy poco, de hecho, es casi como si fuera mío. Además, necesitaba usarlo por dos razones importantes.

—¿Ah sí? ¿Cuáles son?

—En primer lugar, a donde vamos queda un poco lejos; ya estamos en otoño y me preocupaba que tu inquietante tendencia a ser afectada por el frío, terminara conmigo llevándote a urgencias por una hipotermia causada por un simple viaje largo en motocicleta.

—Jaja, muy gracioso. —Respondió, mientras rodaba los ojos. —¿Y la segunda?

—Es un lugar al que debe irse en auto, está implícito.

—Si mantienes el misterio, pensaré que vamos a un Autolavado.

—Lamento decepcionarte, pero no. Aunque, no sería mala opción. Conversar mientras rodillos gigantes lavan el auto, definitivamente sería una cita inolvidable. Lo anotaré en mi libreta de ideas geniales para citas.

—Anota también buscarte a alguien más para eso. —Bufó, cruzándose de brazos.

—Ok. Anotado. —Dijo asintiendo. ¡Ouch! —Se quejó. —A la próxima me pondré una cota de caballero bajo la ropa, mi brazo no soporta más maltratos de tu parte.

—Eso te pasa por hacerte el gracioso. Ni siquiera te queda con ese rostro tuyo tan enigmático.

—Parte de mi encanto, supongo.

—Ajá. —Dijo ella, restándole importancia. —¿Es aquí?

—No, tenemos algo de tiempo y quiero llevar un té porque no se qué tipo de comida tendrán ahí, ¿Quieres algo? —Inquirió mientras entraba a la fila del autoservicio de una popular cafetería.

—No sabré qué pedir si no me dices a dónde vamos, señor enigmático.

—Voy a empezar a enumerar los apelativos que me has asignado, y ¿Qué tiene que ver el lugar con la bebida?

—Si vamos a un lugar a campo abierto, querré algo caliente, si, por el contrario, es un lugar cerrado, podría llevar algo frío. También si sólo hay comida salada, podría elegir una bebida con azúcar, si es un lugar de postres, preferiría algo menos dulce... y puedo seguir dando muchas más razones que validen esto.

—Ok, ok. Iremos al auto cinema ¿contenta, señorita arruina sorpresas? —Preguntó con molestia.

—¿¡Al auto cinema!? ¡¿Es enserio?! —Gritó emocionada.

—Sí, muy en serio. El último que queda en esta ciudad y que hoy proyectará una función especial. Imaginé que, para una fanática del cine, sería algo emocionante, ¿acerté?

—¡Muchísimo! —Chilló nuevamente, mientras lo tomaba del cuello para darle un estrujante abrazo y depositar varios sonoros besos en su mejilla.

—Ok, te creo. —Le dijo, mientras se soltaba de su agarre para emitir su pedido en la bocina. —Buenas noches. Quiero un...

—Un té negro sin azúcar. —Remedó la muchacha a su lado.

Él la observó entrecerrando los ojos. —Un Masala Chai, por favor. ¿Y tú? —Preguntó con una mirada de superioridad.

Ella, en respuesta le sacó brevemente la lengua. —Un Caramel Macchiato, gracias. —Esperó unos instantes mientras él terminaba de dar la orden para su siguiente pregunta, algo que golpeaba las frágiles barreras de su curiosidad. —¿Qué película vamos a ver?

—Ah, una de esas tantas que están basadas en uno de los mil libros de Nicholas Sparks. Esa donde uno de los dos protagonistas muere, creo. —Respondió con voz plana, mientras pagaba su orden.

—Oh, ya veo. —Habló con decepción en su timbre.

El muchacho le dio un ligero vistazo con el rabillo del ojo, mientras recibía su pedido por la ventanilla. —Gracias, ¿podría agregarme algunos sobres de mayonesa, por favor? —Preguntó a la cajera, quien le dio una mirada igual de confundida que la de su acompañante.

—¿Mayonesa? —Preguntó insegura. —Amm, c-claro, aquí tiene.

—Gracias. —Dijo él sin inmutarse, mientras colocaba tranquilo las bebidas en los posavasos del auto, y dejaba las bolsas de mayonesa en el cenicero.

—¿Para qué quieres mayonesa? —Cuestionó Mikasa.

—Para nada realmente. Sólo me divierte ver ese tic en sus ojos cuando pido algo que los hace salirse de su programación habitual. A veces es mayonesa, otras es cátsup, picante, o salsa soya. Esas miradas de desconcierto son muy divertidas, como la tuya, sobre la película que te mencioné. Abre la guantera. —Indicó, señalando con la mirada.

—En serio estás demente, —Dijo ella, conteniendo una carcajada y abriendo el compartimiento indicado. Dentro, se encontraba un volante que anunciaba la función de ese viernes en particular. —¡No! ¡¿El gabinete del doctor Caligari?! —Preguntó nuevamente con gritos de emoción.

—Supuse que te gustaba mucho, por los tantos posters y referencias que tienes en tu habitación. No creerías que era cierto que veríamos una de esas películas que te inducen al coma diabético ¿o sí?

—No sé, de ti puedo esperar lo que sea. —Respondió, mientras lo veía fijamente. —Y esta es mi película favorita, de hecho. Pensé que las películas mudas ya estaban fuera de los cines.

—Probablemente sí, pero tengo mis influencias.

—¿Y crees que permitan que entremos con estos? —Inquirió mientras señalaba los vasos.

—Será mejor que sí, prácticamente alquilé todo el lugar. —Musitó en tono bajo.

—¿Que tú hiciste qué? —Preguntó sorprendida.

—Tuve que hacerlo, es una función especial y no a muchos les gusta este tipo de cine. Además, amenazar al encargado con no darle la paliza que se merece no ayudó de mucho.

—No sé qué te hizo pensar que funcionaría.

—La vida es un riesgo, y él no quiso aceptar la oportunidad de hacerme desistir de la idea de barrer el suelo con su estúpido cabello de escoba.

—¿Puedo preguntar qué fue lo que hizo para que lo odies tanto?

—Le gusta molestarme, siempre va por ahí con sus comentarios sarcásticos y la última vez me ofreció un descuento especial, para que entrara con un boleto de niño. Estúpido Porco, sólo el ver su cara me provoca querer patearlo.

—¿Porco Galliard?

—Ese bocón maldito, ¿lo conoces?

—Era o es novio de una chica con la que llevé algunas clases de la universidad, hace un par de años. Es todo un brabucón, solía discutir con Jean todo el tiempo.

—¿Jean? —La pregunta salió con un tono un tanto... curioso.

—Sí, es de mi grupo de amigos.

—¿El que parecía un hippie con mucha rabia en su interior? —Cuestionó con desdén.

—Ah, no. Ese era Eren. —Aclaró, expresando su disgusto.

—Eren... me suena ese nombre, creo haberlo escuchado antes. —Meditaba en tono bajo, tratando de recordar.

—¡Llegamos! —Anunció ella viendo con asombro el rótulo iluminado con varias bombillas de colores. —Auto cinema Paradis, bienvenidos. —Leyó en voz alta.

—Llegamos. Sorpresa. —Habló sin emoción, dándole una mirada de reproche.

—No me mires así, igual sigue siendo una sorpresa genial. Nunca había venido a un lugar así... no voy al cine desde hace mucho tiempo. —Admitió con melancolía.

—¿Una cinéfila que no va al cine? Eso es tan irónico.

—A mi tía no le gustaba dejarme salir, y menos a esos lugares porque "promovían y enaltecían la indecencia" —Mencionó con palpable tristeza.

Él la observó por unos segundos, —Bueno, ella no está aquí ahora, así que vamos a promover y enaltecer la indecencia. —Agregó, luego de aparcar el auto frente a la gran pantalla.

—Qué elocuente.

—Lo sé. Me lo dijiste una vez y creo recordar que también mencionaste que eso te encantaba.

La muchacha enrojeció al recordar el momento en que esa charla había tenido lugar, justo una semana antes, en su habitación, bajo sus sábanas, de hecho. —Y lo mantengo. Espero que tú también sigas pensando lo mismo que dijiste sobre mí.

—¿Qué me encantas? No habría alquilado todo un cine, ni dialogado cortésmente con el encargado si no fuera así.

—Pero no dialogaste cortésmente, lo amenazaste.

—Detalles, detalles. —Dijo, con un movimiento en la mano, indicando la irrelevancia del asunto. —Pero sí, lo mantengo. —Afirmó, haciéndola sonrojar nuevamente. —¿Quieres algo del snack bar?

—Emmm no sé, creo que con esto es suficiente. —Respondió tímida, señalando su bebida.

—Quieres palomitas, ¿verdad?

—Sí —Admitió avergonzada. —Pero las compro yo. Todo esto ha sido suficiente, en serio.

—Bien. —Aceptó finalmente, luego de un silencioso intercambio de miradas. —Te acompaño, vamos.

La barra para comprar palomitas y otro tipo de aperitivos para deleitar mientras la película se proyectaba, es muy similar a otras encontradas en la salas de cine convencionales. A pesar de haber acordado que las películas clásicas no eran tan solicitadas por los clientes, en la fila había diez personas más, esperando por ser atendidas. Pactando esperar por Mikasa cerca del mostrador, Levi buscó un lugar frente a una columna, en donde se recostó, observando las brillantes lozas del piso, hasta que una conocida e irritante voz para él, lo saludó animadamente.

—Hola, pequeñín. ¿Te perdiste? Puedo anunciar por la bocina que buscas a tu mamá.

—Oh, maldita sea. La gente habla de ver a los puercos volar como algo increíble y que difícilmente pasará, pero aquí estoy, escuchando a uno hablar. —Respondió con molestia.

—Deberías ser un poco más amable, pequeño demonio. Gracias a mí, hoy se proyectará esa porquería que pediste.

—¿Y qué quieres? ¿Una estatua por hacer tu trabajo?

—Un trabajo por el que estoy perdiendo dinero. Apenas tenemos siete autos más, contando el tuyo. Todo un fracaso para una noche de viernes, gracias por eso.

—¿Cómo demonios es una pérdida si pagué por todo el lugar como si estuviera lleno? Los autos extra son ganancia, maldito ignorante.

—Lo mínimo que deberías hacer para lograr impresionar a esa pobre alma con la que viniste acá, porque dudo mucho que esté contigo por tu increíble apariencia. Sin mencionar que la hiciste comprar sus propias palomitas... lamentable.

—Tú no sabes una mierda, y será mejor que te calles si no quieres que meta mi pie tan hondo en tu trasero que haga que se te caiga la mandíbula de una patada.

Antes de que el otro hombre pudiera responder, Mikasa se acercó sonriente con su orden —Compré el grande para compartir. —Dijo animada, antes de callar abruptamente al ver la mirada asesina que su cita le dedicaba a un hombre de porte petulante. —Oh, creo que interrumpí algo.

—Nada que sea importante, vamos.

—Oye, no eras tú la gótica novia de aquel tipo, Jaeger... ¿Irán? ¿Erin? —Se preguntaba en voz alta. —No, ya me acordé, Eren. Eren Jaeger. —Dijo finalmente.

—¿Jaeger? —Preguntó Levi a Mikasa.

Ella, dirigiéndose directamente al otro muchacho, se plantó frente a él. —No. Pero tú si eres el novio de Pieck, ¿no?

—Era. —Respondió cortante. —Me parece raro que digas que no, si estabas pegada a él como garrapata.

—En primer lugar, bien por Pieck, por librarse de un patán. En segundo lugar, tú no me conoces ni sabes nada de mí, y en este momento somos tus clientes, maldito idiota. Merecemos un poco de respeto, imbécil petulante, porque, aunque sería divertido ver como Levi te parte la quijada, que tanto te gusta usar para hablar, será más divertido decirle a tu jefe que nos está observando justo ahora, que estás siendo bastante descortés con quien alquiló todo esto por una noche, ¿no crees?

—Tú no...

—Buenas noches. Su función especial comenzará en diez minutos, señor Ackerman. Espero que sea de su agrado —Saludó, al acercarse al grupo, un hombre alto y de cabello corto y oscuro. —¿Todo bien? Imagino que Porco les está brindando la mejor de las atenciones.

—Yo... —Intentó responder nerviosamente el hombre.

—Sí, justo nos estaba ofreciendo unos boletos de cortesía para próximas funciones, ¿no es así? —Preguntó con malicia la chica, mientras comía gustosa sus palomitas.

—Oh, ya veo. Él no tiene permiso para hacer eso, pero, claro, como son clientes especiales, merecen un trato único. Pueden pasar al mostrador a solicitar cuatro entradas de cortesía, nos encantaría tenerlos de vuelta por acá, en especial si el señor Ackerman desea otra función especial.

—Sí, puede ser. Estoy disfrutando mucho de esta noche. —Respondió él, dándole una mirada burlona al nervioso muchacho, quien respiraba con rabia contenida.

—Muchísimas gracias. —Dijo Mikasa, caminando al mostrador para ir por sus entradas.

—Es un gusto, señorita. Diga en la vitrina que Theo Magath aprobó lo de los boletos.

—Gracias, señor Magath. Creo que sí reservaré esa próxima función especial, con la buena atención que recibimos, será un gusto volver. —Dijo Levi en voz alta, antes de acercarse al muchacho que entornaba los ojos, preso del enojo. —Y será un gusto darte esa paliza que tanto estás buscando, Puerco idiota. —Susurró a media boca, antes de seguir a la chica que lo recibía con cuatro boletos en la mano. Juntos, se dirigieron al auto para sintonizar en la frecuencia radial, el audio de la pantalla y prepararse para la función. Él veía el volante, enfocado en los pensamientos o más bien recuerdos que nublaban su mente.

—No tuve nada importante con Eren, no fui su novia ni nada de lo que dijo ese tipo. —Dijo ella, cabizbaja. —Fue una etapa tonta de mi yo del pasado.

—¿Ah? —Preguntó consternado. —Oye, no. No me interesa nada de lo que salga de la boca de una escoria como Galliard. Mírame, por favor. —Pidió mientras tomaba su mentón entre sus ásperas manos y la giraba delicadamente hacia él. —Tú eres quien tiene control sobre tu vida, sólo tú. No me tienes que explicar nada de lo que consideres que está en el pasado... o sea, sí puedes contarme, pero no porque me debas una explicación ni nada. Si tú quieres que después de esta cita haya más, podrás contarme lo que quieras y yo te escucharé y te diré que tu yo del pasado tenía muy mal gusto, porque estoy noventa por ciento seguro de que este tipo no se baña y debe apestar como el demonio.

Esto último logró sacarle una sincera sonrisa que alivió un poco esa pesadez que la embargaba de a poco. —¿Aunque lo que tenga por contar no sea lindo?

—Ninguna historia que sea interesante estará plagada sólo de momentos felices. Además, todo lo que hay detrás, errores, momentos de angustia, tristeza, alegrías, dolor, es lo que te hace ser quien eres. Y ya dije que me encantas tú, y eso incluye todo. ¿Por qué no querría escuchar eso?

—No sé, la gente tiende a hacer oídos sordos cuando se relatan tragedias.

—La mayor parte de mi vida fue una tragedia, pero no dejé que eso me consumiera. De haber sido así, estaría ahora bajo un puente, en el mejor de los casos, o simplemente ya no existiría; pero, en lugar de eso, estoy aquí, comiendo palomitas con mantequilla rancia, que seguramente me dolerán más tarde en el estómago, en compañía de una chica extremadamente especial e interesante, quien aceptó darme una segunda oportunidad, pese a que fui un idiota, y con quien disfrutaré de una película muda alemana de los años 20. Para mí, es el mejor escenario al que podría haber aspirado.

La muchacha lo observó por varios segundos, centrándose en su mirada índigo, rebosante de sinceridad, antes de acercarse lentamente a su rostro para culminar esa charla con un lento y profundo beso que sabía a sal, café, unos tintes de té masala y mucho más a comprensión mutua. Se separaron al momento en el que la pantalla se puso en negro, con las primeras notas de la sinfónica que anunciaban con grandes letras blancas el título del filme.

Decidieron centrarse por completo en la trama, con imágenes algo difusas por el tiempo transcurrido desde su realización. Pese a que ella conocía muy bien de qué iba la historia, verla presentada en una gran pantalla, como reviviendo sus glorias pasadas, era una sensación única; el ver el maquillaje exagerado, la infraestructura con tintes góticos y espirales que se unían para intensificar el misterio, la hacían sentirse dentro de su elemento, soñando con algún día, crear un atuendo icónico que se presentara en una pantalla como esa y que generara en alguien más, las sensaciones que ella sentía en su interior en ese momento.

Cuando el giro del final inesperado fue presentado, para luego dar paso a los créditos que ponían fin a la presentación, acompañados de una ligera música que mimetizaba todo lo que habían presenciado, Mikasa decidió sacar de su pecho esa pregunta que martillaba aún en su cabeza. —¿Por qué repetiste el apellido Jaeger, como preguntándome si era verdad?

—Ah, eso. —Dijo, pasándose una mano sobre los costados rapados de su cabeza. —El nombre me sonaba de algún otro lugar y cuando lo escuché, comprendí. Conozco a su hermano mayor, era alumno de la Universidad Metropolitana de Marley.

—¿Estudiaste ahí?

—¿Yo? No, yo era considerado una lacra social, aspirar a entrar a una universidad era mucho pedir para alguien que apenas había terminado la escuela nocturna. Mucho menos entrar a ese campus de ricachones mimados como un estudiante, yo era el conserje.

—Lo siento, no pensé antes de preguntar. —Dijo apenada.

—No te preocupes.

—¿Y cómo lo conociste?

—Zeke Jaeger estudiaba en la facultad de Literatura de la Universidad. Según él, era el mejor alumno que podría tener esa área. Pero, no contaba que el tipo que fregaba los pisos todos los días se convertiría en el protegido del doctor Zackley.

—¿En serio? —Preguntó con una sonrisa brillante.

—Sí. Solía sentarme atrás de la puerta a escuchar sus clases. Mi amor por los libros me hizo soñar con, algún día, recibir clases de uno de los genios literarios que ha tenido este país... y no, no voy a incluir acá a tu amado ídolo.

—Ni siquiera he dicho nada sobre él.

—Pero lo pensaste. En fin, mi sueño se cumplió... como puede cumplírsele a un desdichado como yo, y me dieron ese trabajo en la universidad. Por eso fue por lo que dejé el Diner, me entusiasmaba más barrer los suelos de un lugar en dónde podría aprender algo, y no ahí en dónde sólo podía aprender de la tacañería de Shadis... sin ofender.

—No me ofendo, la necesidad de un trabajo me mantiene ahí. ¿Y qué pasó con Zackley?

—Un día me encontró tomando notas afuera de su puerta, me hizo un par de preguntas y luego me invitó a presenciar un debate que sostenían en ese momento sobre la influencia de Jane Austen en la literatura universal, Zeke mantenía que sus aportes no fueron tan considerables y que su más grande obra no era tan especial. Estaba muy confiado y su oponente, demasiado nervioso.

—Qué imbécil, Orgullo y Prejuicio es un clásico que aún se mantiene vigente. ¿Y qué fue lo que pasó?

—Luego, el doctor me invitó a dar mi opinión, y sólo dije lo que pensaba: que el aporte de Austen a la literatura había sido entregar relatos avanzados a su época, colocando protagonistas femeninas frente a situaciones convencionales por las que atravesaba la sociedad en ese momento, satirizando la novela romántica clásica, presentando personajes inteligentes, libres y con muchas ambiciones; algo que en esa época no era bien visto pero que convirtió a sus obras en algo atemporal que puede disfrutarse por mucho tiempo. Prueba de ello es lo que mencionaste, sigue siendo un clásico preferido por muchos.

—Además de que el señor Darcy sigue siendo uno de los mayores crushes literarios de la historia.

—Con justa razón.

—¿Y qué dijo Zackley?

—Se impresionó de que un simple conserje se plantara con argumentos sólidos y sin inmutarse frente a uno de sus estudiantes. A raíz de eso, pactó con el Rector que yo pudiera estar presente, al menos en sus clases. Siempre me hacía partícipe de ellas y me llenaba de halagos. Hasta me daba tutorías fuera de mis horarios laborales y se convirtió en un gran amigo después de que salí de ese trabajo. Todo eso me hizo ganar el desprecio del rubio, cerebro de chimpancé, que se dedicó a hacerme la vida imposible y recalcarme siempre que no era más que un pobre diablo, con un poco de suerte.

—¿Qué tan idiota puede ser para odiar a alguien por ser más inteligente?

—Ser un idiota nivel Zeke, supongo. Además de que tal vez me enojó de más y me vi involucrado en un par de incidentes menores.

—¿Lo golpeaste?

—La primera vez, se resbaló por el piso mojado y cayó de cara en la cubeta de agua sucia.

—Lo empujaste, admítelo.

—Ligeramente, pero eso nadie lo supo.

—¿Y las otras veces? Porque asumo que hubo más "incidentes menores" —Dijo, enfatizando la última frase con unas comillas en los dedos.

—La segunda vez lo golpeé accidentalmente con mi escoba, mientras barría.

—Dos accidentes dirigidos a la misma persona y no te despidieron ¿en serio?

—Fingí inocencia y era demasiado bueno en mi trabajo. Esa universidad nunca tuvo ni volvió a tener un espejo en el piso de tan reluciente que lo dejaba. —Soltó con orgullo, mezclado con añoranza de tiempos pasados. —Y la tercera y última fue cuando ya no trabajaba ahí y me lo encontré en la calle. Trató de revivir viejas glorias insultándome y yo le respondí elocuentemente... con mi puño en su cara. Después de eso no lo he vuelto a ver, pero el sólo escuchar ese apellido me da malestar estomacal, uno que no puedo atribuirle a esas grasosas palomitas, que tampoco ayudaron.

—Bueno, yo tampoco tengo gratos recuerdos con ese apellido. —Dijo, antes de tomar un largo respiro. —Si bien es cierto que nunca salí oficialmente con Eren, si me gustaba y pensaba que podría llegar a ser su novia o algo así. Me metí tanto en eso que buscaba formas de agradarlo, para que pensara que yo era una buena candidata a novia y que le gustara. Dejé de hacer mis propios proyectos para ayudarlo con los suyos, y, en mi mente de niña ingenua, pensé que estaba funcionando. De evitarme, pasó a buscarme y a pasar tiempo juntos, nos relacionamos más, y pensé que me quería y quería algo conmigo, pero, siempre decía lo mismo, que no buscaba una relación formal, quería vivir el presente, que no era necesario definir eso como una relación... hasta que, en mi fiesta de cumpleaños, lo vi besándose con otra, con quien luego oficializó su relación, frente a todos.

El muchacho se apretó con fuerza el entrecejo, luego de escuchar esta historia, suspirando sonoramente. —Isabel siempre negó mi teoría sobre la existencia de un cromosoma estúpido, ahora compruebo que esos dos lo tienen de nacimiento.

Ella rio suavemente. —Fue mi culpa, mi ingenuidad me cegó hasta que abrí los ojos y preferí alejarme.

—Eso está bien, de los errores se aprende. Pero, no malgastes tu tiempo pensando en cosas que no valen la pena.

—Sí, tienes razón. Estoy disfrutando mucho de esta noche, como para centrarme en eso tan irrelevante. —Le dijo, tomando su dulcemente su rostro entre sus manos. —Gracias por esto, por las rosas y por tener siempre las palabras correctas, señor Elocuente.

—¿Uno más a la lista de apelativos? —Preguntó, acercándose lentamente.

—Sí, junto con señor Buen besador. —Respondió, antes de fundirse en un nuevo contacto, mucho más demandante y pasional, hasta que fueron interrumpidos por la vibración insistente del celular de Levi.

Él le dedicó una mirada de fastidio al aparato, antes de disculparse con la muchacha por la interrupción y responder con notoria molestia. —¿Qué? —Saludó enojado.

La voz al otro lado de la línea sonó con carencia de emoción. —Ya vi lo que enviaste, eso no fue lo que acordamos.

—¿En qué momento acordamos algo? —Preguntó viendo de soslayo a la curiosa mirada gris que lo observaba atenta. Con un dedo le indicó que volvía en un segundo, saliendo del auto y caminando apresuradamente a un lugar un poco más apartado. —Hice lo que querías.

—No. No fue así, hiciste lo que quisiste. Y eso no es parte del trato. Dimo no aprobará esto y será mejor que estés aquí el lunes si no quieres que todo acabe, y de la peor manera posible.

—Dije que no iría.

—Tendrás que hacerlo, para explicarle a los Reeves, que estás arruinando todo un trabajo de diez años por un capricho infantil.

—No es un capricho infantil.

—Estás tan cerca Levi, tan cerca de ser libre como quieres y no cooperas. Si te comportas así, no podré ayudarte y sabes las consecuencias que trae no cumplir con el trato.

Luego de una breve pausa, el hombre respondió tajantemente. —Llegaré el lunes y le explicaré al idiota de Jabba the Hutt y a su estúpido hijo lo que tengo planeado.

—Me parece perfecto. En tu correo encontrarás los boletos de avión, para salir el domingo por la tarde. Te quiero ahí a primera hora de la mañana y sin excusas.

—Ahí estaré.

—Bien, y será mejor que prepares algo bueno. Disfruta tu noche, te veo el lunes. —Nuevamente, la llamada fue cortada repentinamente, sin esperar una respuesta.

Levi bufó sonoramente, pateando algunas piedras a sus pies, clara muestra del coraje y frustración que lo incomodaban. Pasó una mano por su cabello, halando con esta unas hebras oscuras, hasta que unas suaves manos rodearon su tórax y una delicada barbilla se posó sobre su hombro. —¿Todo bien? —Susurró ella, cerca de su oído.

—Sí, es sólo que mi jefe no aprobó el trabajo que le envié y quiere verme el lunes en la cede central, en la capital.

—¿Lo de los informes?

—¿Ah? Ah, sí, eso... los informes. Pero, no dejaré que eso arruine esta noche, ya tendré tiempo mañana de preparar algo. Ahora, mi tiempo, mente y atención te pertenecen ¿Quieres ir a comer algo? Hay un nuevo restaurante italiano en el distrito María, ¿Te gustaría ir ahí? ¿O a otro lado?

—No, estoy bien. Quizás podamos reservar eso para otro día. Mejor te invito a comer algo ligero en mi apartamento, ¿te parece? —Preguntó con una mirada coqueta.

—Sí, claro. Vamos. —Respondió caminando hacia el vehículo. —Aunque, mañana tendré que ver eso de mi trabajo. —Recordó con una mueca.

—Y tendrás que irte temprano, y no te veré en los siguientes días. Al menos ahora lo sé y sabré que estás ocupado, pero vivo. —Recordó enarcando una ceja.

—¿O sea que me estás invitando a dormir en tu casa? —Inquirió con voz grave.

—Pensé que había quedado claro, haremos una pijamada, tengo mascarillas hidratantes y exfoliantes faciales.

—Con tal de pasar tiempo contigo, acepto hasta ponerme pepinos en los ojos.

—Awwww, qué lindo. Y yo, pensando en otro tipo de situaciones para pasar el tiempo juntos. —Dijo, casi emulando un ronroneo, mientras pasaba su mano izquierda por la ingle masculina.

Él tragó sonoramente, antes de emitir palabras entrecortadas. —T-también es un buen plan. Estaremos ahí en diez minutos. —Dijo, mientras cambiaba la velocidad en la palanca y se disponía a culminar la ruta lo más pronto posible. Ella rio divertida, contemplándolo con admiración, viendo ilusionada como los faros incandescentes de la ciudad creaban halos refulgentes a su alrededor, reflejados en unos ojos azules que, la observaban también contemplativos cuando los semáforos o señales de alto se lo permitían.

Aparentemente el primer escalón había sido conquistado, permitiendo que esta relación iniciara su camino cuesta arriba. Mientras yo, omnipresente como siempre, me regocijaba emocionada, dejando que Orión brillara y expresara silencioso la emoción que sentía en mi interior.