"La memoria del corazón elimina los malos recuerdos y magnifica los buenos, y gracias a ese artificio, logramos sobrellevar el pasado".Una frase célebre de un famoso autor colombiano, bastante certera, pues es bien sabido que el cerebro humano tiende a olvidar o minimizar el impacto de los hechos dolorosos o trágicos de la vida. Quizás recuerdes ese momento triste, ahora un poco difuso y con menos dolor del que sentiste en ese punto; un instinto de supervivencia del cuerpo para hacerte seguir avanzando, siempre hacia delante y sin mirar atrás. Aunque, como ya mencionaron antes, existen aspectos de la vida que no pueden ser borrados, pues son parte de ti y de quién eres, no importa qué tan malos puedan llegar a ser. Si bien pueden estar borrosos en tu memoria, es un hecho que sucedieron y que te llevaron al lugar en el que te encuentras ahora, sea bueno o malo. Es por eso por lo que estás aquí, en este momento; un instante insignificante en este universo infinito en el que me encuentro yo, pero que para ti, pequeño ser, es un segundo, un minuto, un suspiro, que marcará el resto de tus días.

Aunque, claro está que esos recuerdos aún distorsionados, pueden convertirse en sombras acechando en la oscuridad, preparadas para arrastrarte al abismo al que pertenecen, utilizando la escasa luz que te rodea para emerger y acobijarte en su perpetua negrura. Sombras que no se irán, pero pueden ser minimizadas al alumbrar tu camino y seguir adelante, dejando a estas atrás, en donde pertenecen. A veces, la luz puede salir de otras personas para ayudarte y dejar que tu propia esencia brille, pero recuerda: es sólo una ayuda, jamás dependas del brillo de alguien más, pues extinguirás el tuyo y las personas no son eternas y puede que deban marcharse, en ocasiones para no volver jamás.

Veintitrés horas después del arresto, Mike Zacharius gritaba fúrico en la oficina de Nile Dok, amenazando con una demanda monumental, enlistando una gran cantidad de afrentas que incluían abuso de poder, violencia policial, difamación, detención ilegal, entre otra gran verborrea de términos legales.

—No los demandaré. —Dijo repentinamente el muchacho de cabello oscuro.

—¿Qué? —Cuestionaron con sorpresa todos los involucrados dentro de la oficina, incluyendo a su abogado.

—En ningún momento quise perjudicar a nadie, sólo quiero irme. No me volverán a ver cerca de una patrulla o de algún oficial, sin un motivo importante, al menos.

—Mi cliente no sabe lo que dice, la falta de sueño lo ha dejado en ese estado. —Habló en voz alta el abogado. —Señor Ackerman, acompáñeme un momento, por favor. —Pidió en tono más bajo, jalando al muchacho. —¿De qué demonios estás hablando? ¿Cómo que no vas a proceder con la demanda?

—No quiero hacerlo.

—Pero es dinero fácil. Con todo esto, la ciudad te debería a ti. Es lo mejor que pudo haberte pasado, desde acá puedo oler todos los billetes que podríamos ganar.

—No me interesan los billetes. Sólo quiero irme, dejar que los Reeves acaben conmigo y me coman vivo como los carroñeros que son y listo.

—¿Vas a dejar ir esta oportunidad?

—¿Oportunidad? La policía ya me odia sólo por respirar; no tengo buena fama; un oficial me golpeó aún sabiendo lo que le podía costar, ¿y tú quieres que los demande? Gano la demanda un día, y al siguiente tengo la garganta cortada de extremo a extremo porque "era de esperarse si soy parte de la mafia más poderosa de este lugar" O porque "quizás la presión de ser un mafioso me hizo suicidarme", con un tiro dado en un ángulo imposible para el cuerpo humano, pero es lo que hay porque es lo que la policía dice. Caso cerrado. —Habló molesto. —No quiero tener problemas, suficiente tuve con perder todo un día aquí, cuando debería estar ya en ese maldito avión para seguir con esta vida de mierda de la que, ahora estoy seguro de que no voy a salir; esclavizado siempre por esos infelices, hasta el día que me lancen a un maldito río o me desaparezcan, en el mejor de los escenarios. ¿Sabes qué es lo que quiero? —Cuestionó enojado al otro hombre, quien pese a ser varios centímetros más alto, ahora lo veía con nerviosismo ante su exabrupto. —Quiero estar sentado en un sofá de un departamento sencillo pero muy cálido, con un gato en mi regazo que me araña si no lo acaricio el tiempo suficiente; mientras la estancia se llena del olor a bollos de cerdo preparados al vapor por manos expertas, que también dan abrazos y caricias, mientras conversamos sobre cosas triviales pero interesantes. Es lo único que quiero, maldita sea. —Enfatizó, pateando fuertemente una de las mesas. —Así que no, no voy a demandar. Pero haré que les caiga encima el cielo y la tierra si alguno de ustedes, malditos incompetentes, vuelve a llamarme delincuente o idiota. Estoy harto de esos estúpidos peyorativos. —Bramó molesto hacia los oficiales que lo veían asustados. —Especialmente tú, cara de jubilado en desgracia. —Habló, señalando directamente al oficial Bozado.

—Bueno, es suficiente. —Intercedió Mike, cortando la tensión en el ambiente. —Decir que no demandarás por maltrato es una cosa, pero amenazar al cuerpo policial ya es ir a las grandes ligas. —Le susurró con discreción. —Como ya vio, Capitán Dok, el señor Ackerman ofrece desistir de la demanda y aceptar que lo que pasó no fue más que un error. Si bien no está del todo exento en su historial, tampoco hay nada de qué inculparlo actualmente y creo que con eso podemos irnos ya, en son de paz.

—Bien, me parece lo más civilizado por hacer. Hange, creo que le debes una disculpa.

—¿Yo? Pero si... —Calló al ver la intensa mirada de su superior. —Lamento los inconvenientes, señor Ackerman. Pero también espero que no se repita esta situación.

—No, definitivamente no se repetirá. Veinticuatro horas fueron suficientes para mí. No soportaría verlos un segundo más... sin ofender.

—Bien, puede pasar con los oficiales de la entrada, a recoger sus pertenencias y firmar los papeles necesarios.

Luego de un par de firmas, revisiones de sus pertenencias y un corto duelo de miradas con un par de policías, Levi Ackerman procedía a salir, libre al fin, de su corto pero atenuante cautiverio. En plena calle y a un sólo paso de su tan ansiada y momentánea libertad, fue interrumpido por una mano firme que se posó sobre su hombro. —Antes de que te vayas, ¿puedes soportar ver mi rostro un par de minutos más? Quiero hablar contigo. —Preguntó la detective, ahora con un tono más relajado.

—Demonios, ¿Qué hice ahora? ¿Fue por patear la mesa? —Preguntó, frunciendo el ceño. —Porque la pagaré si eso es el problema.

—No, para nada. Aunque aceptamos la donación, no nos caería mal una nueva que no se mueva y te haga tirar el café.

—¿Entonces qué fue? Si es por haberle llamado "jubilado en desgracia" a ese oficial, no me retractaré. Un anciano tiene mejor gesto que ese tipo.

Ella rio ante su comentario —No creo que ese sea el peor insulto que Auro haya escuchado en su vida. Sólo quiero conversar contigo, como civiles. Después de que yo misma me asigné tontamente trabajar horas extra este fin de semana, creo que merezco unos minutos de descanso.

—Te escucho entonces. —Habló él, cruzándose de brazos.

—Pese a que estas no fueron nuestras mejores horas y que, gracias a mí, perdiste tiempo y un poco de sangre, quiero decirte que, sea lo que sea que estés haciendo, lo dejes atrás. No sé cuáles son tus propósitos y me carcome la curiosidad por descubrirlo, pero tampoco quiero hacerlo. Si te detuve esta vez fue porque no tenía opción, realmente no quería hacerlo pero era mi deber. Y, aunque cumplí y agoté todos los recursos a mi disposición, agradecí internamente que no pudiéramos encontrar nada; en serio quiero creer que no tramas nada malo o fuera de la ley, que sólo eres un chico curioso, con un pasado complicado y con un poco de mala suerte. Me agradas muchacho, creo que tienes el potencial de lograr grandes cosas, lo veo en tus ojos y en las palabras afiladas que salen de tu boca; eres listo, aprovecha eso. Y, aunque tu cara da otra impresión, me pareces muy simpático. —Agregó con una sonrisa. —Haz las cosas bien, Levi. Ten una buena vida, y en serio, espero no volver a verte ni en esta comisaría, ni en ningún otro lugar comprometedor. Lo digo de corazón.

Él la miró por unos breves segundos, con tanto por decir pero conteniendo la miríada de palabras y sentimientos que se agolpaban en lo profundo de sus cuerdas vocales. Asintió levemente, tragando con fuerza antes de hablar. —Gracias, Hange. Trataré de mejorar... para que no puedas atraparme.

—Levi, sé que te dije que era una conversación como civiles, pero aún soy una oficial de la policía. —Le advirtió.

—Mala mía, sólo bromeaba. En serio agradezco tu preocupación y también espero no volver a poner un pie en este lugar y ya no le haré caso a mi innata curiosidad, lo prometo. No más escenas del crimen. Aunque, extrañaré verte en acción; nunca había visto a alguien que se emocione tanto ante la presencia de cadáveres y sangre. Es asqueroso y un poco entretenido, he de admitir. Supongo que también eres simpática, aunque estés totalmente desquiciada.

—Asumiré que la última parte es porque no tienes filtro, como mencionaste antes.

—No. Esto sí lo dije a consciencia. Estás loca.

—Bien, fue una charla encantadora. Ahora vete y no vuelvas. —Dijo dando una negativa con su cabeza, con una suave sonrisa ante la falta de tacto del hombre que aún la veía con seriedad.

Él asintió firmemente y se despidió con un gesto, antes de por fin caminar hacia la calle, en donde lo esperaba su abogado dentro del auto que lo sacaría de ahí. Caminó despacio, renqueante gracias a su episodio de ira dentro de la estación. Al llegar al auto, se topó con un serio Mike, quien no se veía en mejores condiciones. —¿Seguro que no quieres ir al hospital a que te revisen la pierna? —Preguntó el rubio. —Tal vez no debiste patear esa mesa, estaba fijada al suelo.

—¿Y ahora me lo dices? —Si bien, la conversación con Hange lo había tranquilizado un poco, era claro que estaba más que enojado por todos los hechos sucedidos en las últimas horas. —Si voy al hospital, me olvido del vuelo, de la reunión con los Reeves y de mi vida en general, así que no. Gracias, pero no. ¿Sabes si Erwin logró cambiar el boleto?

—Sí, me escribió hace rato. Todavía te quedan algunas horas para ir al aeropuerto.

—Genial, al menos podré darme un baño. —Murmuró mientras ingresaba al auto y revisaba su recién devuelto teléfono. —Mierda. Le prometí que no me iba a desaparecer. Estúpidos policías. —Se quejó al leer varios mensajes escritos por diferentes personas, de las que un sólo nombre sobresalía del resto. Se apresuró a leer precisamente los escritos por este contacto en especial, a quien había agendado utilizando solo la primera letra de su nombre "M", como si se tratase de un código secreto, algo que era sólo suyo para atesorar y guardar con recelo.

«Aún no te vas y ya te extraño. La ciudad se sentirá diferente sin tus improperios»

«Recuerda comer y dormir bien. O tendré que cambiar todas tus bebidas por café, para que aprendas»

«Hoy, una monja en el autobús, me puso la mano en la cabeza y rezó casi todo un rosario en mi presencia. ¿Me exorcizaron? Porque no me siento diferente, nada de vómito verde y no puedo girar la cabeza completamente sobre mi cuello. Me siento estafada»

Tres mensajes escritos en diferentes momentos del día anterior, textos simples que a ojos externos sólo generarían un par de miradas de desconcierto, pero que para él eran un combustible que lo entibiaba por dentro, calentado su frío y adormitado corazón y generando en su rostro una suave sonrisa y un suspiro ahogado. Gesto que no pasó inadvertido por su compañero, quien lo vio horrorizado y preocupado ante esta faceta nunca antes presenciada, ni por él ni por nadie, de hecho. —Tú... ¡¿Estás sonriendo?! —Cuestionó con una mueca de genuina sorpresa. —Siempre pensé que no tenías emociones, que eras una especie de cyborg, estatua o algo así.

Tch. Idiota. El término correcto es androide. Un cyborg es parte humano. Maldito ignorante.

—Ok, ya vuelves a ser tú. Androide sin sentimientos.

—Cállate. Sí tengo sentimientos, pero no los demuestro contigo. Rarito huele cabello.

—¡Oye! Fue sólo una vez y a ella le gustaba eso. Además, dijiste que ya no me ibas a molestar con ese tema. —Se quejó.

—No me molestes y yo no te molesto a ti; es un intercambio equivalente. Y, ahora, déjame en paz que tengo mensajes por leer.

Su anterior gesto de satisfacción cayó a una mueca de intranquilidad al leer los últimos mensajes recibidos.

«Sé que estás ocupado, pero me preocupo. Por favor, ten cuidado»

«¿Todo bien?»

«Lo siento si mis mensajes te abruman o algo, trataré de limitarlos. Es que no puedo evitar preocuparme, responde cuando puedas»

Se maldijo internamente, pensando en que nuevamente había faltado a su promesa, otra vez dañando y preocupando a la única persona, después de sus hermanos, que lo motivaba a seguir adelante, queriendo convertirse en la mejor versión de sí mismo. Una versión que pudiera salir a la calle con la frente en alto, sin la carga constante en su espalda de fingir ser alguien diferente; ser alguien sin ataduras, sin un pasado complicado, sin un expediente policíaco, sin miradas aterrorizadas que lo hacían sentir culpable de algo que no había hecho, sin recuerdos dolorosos que lo traían de vuelta a su triste y dolorosa realidad que sólo le provocaba ocultarse de todo bajo sus cobijas; escondiéndose de quien es realmente, pero sin poder hacerlo en realidad. Dando a todos su rostro más duro, sin oportunidad de mostrar ese lado vulnerable que lo sumía en la depresión, siendo ese Atlas que carga el peso del mundo en sus hombros, avanzando sin detenerse. Hasta que la encontró, a la musa que lo inspira y lo motiva a dejar caer ese orbe gigante y caminar libre de su mano, sin temores, sin ataduras, solo ellos dos; seres vestidos de negro, pero rodeados de una luz invisible a los ojos de terceros, que brilla únicamente en complicidad para ambos.

—Esa chica, ¿es tu novia? —Fue la frase emitida por el rubio a su lado, que lo hizo salir del trance en el que había caído desde horas antes de tomar el vuelo, cuando aún se encontraban en el auto. Ensoñación que lo hizo llegar a su casa, asearse, preparar su maleta y salir nuevamente hacia el aeropuerto, sin prestar atención al recorrido o a la charla del abogado. Hasta este momento en donde este tomó el valor necesario para sacarlo de ese estado, y hacerle una pregunta directa, antes de dejarlo partir hacia su terminal.

—¿Ah? ¿Quién? —Cuestionó, rompiendo el hechizo y rebuscando a alguna mujer entre la gente presente que pudiera dar pie a esa pregunta en específico.

—En la estación de policía, mencionaste pasar tiempo con alguien y comer bollos de cerdo mientras te acariciaba y no creo que hablaras de Isabel y mucho menos sobre Farlan. Además de que cuando llegué a ayudarte con tu problema con la policía, tenías un sutil aroma a fragancia femenina que no creo haya sido de la detective, lo que me indicó que se trataba de otra chica que está muy, digamos, apegada a ti. Y si a eso le añadimos que tú máscara de estatua de piedra se rompió por una fracción de segundo y pude ver claramente cómo le sonreías a la pantalla de tu teléfono; eso me lleva a una conclusión: tienes una novia. ¿Es así?

—No es mi novia, al menos no por ahora. —Admitió con timidez.

—O sea que apenas están iniciando, pero, si dijiste que no por ahora, quiere decir que hay planes a futuro.

—Eso es lo que espero. ¿A qué se debe este interrogatorio? ¿No bastó con las 24 horas en la comisaría? ¿Y por qué sigues aquí de todos modos? No te voy a pagar esto como honorarios extra ni nada.

—Es que me intriga verte en esta etapa. Quién lo iba a creer, Levi Ackerman enamorado y pensando en una relación seria. Voy a perder la apuesta. —Recordó acongojado.

—Mike, eres un imbécil. Espera... ¿qué apuesta?

—Oh. Aposté a que te quedarías solo por siempre con alguna que otra relación fugaz y Erwin apostó a que encontrarías a alguien que lograra dominarte. Y por lo que veo, voy perdiendo.

—Ustedes dos... par de hijos de... —Su insulto se vio interrumpido gracias al llamado por alta voz que indicaba que era preciso abordar por la puerta nueve para subir al avión. —Esto no se va a quedar así. —Amenazó con seriedad mientras tomaba su maleta. —Apuesta con Erwin a ver a quien de los dos desaparezco primero. —Dijo molesto, mientras se alejaba y dejaba al otro hombre perplejo y tragando sonoramente en la sala de espera.

Ya en su asiento y con su maleta acomodada, se dio tiempo para relajarse y leer nuevamente los mensajes escritos con tono de tristeza que aún se mantenían sin respuesta en su bandeja. Con un suspiro pesado tecleó rápidamente.

«Lo siento, mi bella rosa negra. Otra vez dejé que los demonios que me acongojan, me alejaran de ti hacia esas sombras oscuras que no me permiten escuchar tu dulce llamado. Pero he logrado salir, y después de un par de contratiempos, voy rumbo hacia la infame ciudad capital. Prometo traerte algo a mi regreso. Y, Mikasa, amo tus mensajes, por favor no dejes de enviarlos. Aunque fueran miles, los leería gustoso, porque vienen de ti. Jamás podrían abrumarme. Yo también te extrañaré, el mundoafuera se oscurece sin tu presencia; aún con mis remarcablesy elegantesimproperios.»

Su mensaje fue enviado y leído casi al mismo tiempo, mientras que la respuesta no se hizo esperar para ser emitida y recibida.

«Me alegra saber que este es otro día sin que seas abducido por los aliens.»

«No creo que me quieran, aunque quizás ellos sí entiendan mi brillante humor. Mi contador de abducciones sigue en cero, lastimosamente no puedo decir lo mismo del tuyo sobre exorcismos. »

«Ya llevaba invicta varios meses, sin recibir oraciones, señales de cruz o agua bendita encima. En mi defensa diré que ni siquiera llevaba ni la mitad de mis accesorios habituales.»

«Qué te puedo decir, algunas personas no saben apreciar el buen gusto.»

«¿Y tú sí?»

«A mí me encantas con todo lo que te pongas... o te quites.»

«Siendo ese el caso, ojalá estuvieras aquí ahora. Tendrías una vista privilegiada.»

«No me tientes, o me bajaré de este avión y lo mandaré todo al demonio en este instante.»

«O mejor retomamos esta charla a tu regreso, el martes ¿verdad?»

«No lo sé aún, quizás no regrese ese día. Pero prometo ir por ti el miércoles sin falta. Palabra de No Scout. Mi avión saldrá ya, te escribo cuándo llegue.»

«Ok, buen viaje. Cuídate mucho.»

«Igual tú, clávale esa navaja a cualquiera que quiera pasarse de listo»

«Lo haré. No dejes que las sombras te alejen de nuevo.»

«No pasará, lo prometo»

El avión despegó con treinta y un pasajeros; treinta de ellos somnolientos y cansados luego de una ardua faena, y sólo uno quien, pese a no estar en las mejores condiciones, sonreía torpemente a la pantalla de su teléfono, gesticulando palabras que no habían sido enviadas, pero que se sentían en lo más profundo de su corazón. —Eso no pasará porque he encontrado un faro que me guía con su luz.

Lunes y martes pasaron rápidamente con juntas, amenazas, voces alzadas y exasperadas y mucho temor sobre el futuro. El miércoles, Levi arribó a su hogar por la mañana, aturdido, insomne, y demasiado preocupado como para descansar por un momento. Según mi compañero, dedicó horas al aseo minucioso de su hogar, para luego sentarse pensativo en el comedor; lugar en el que se mantuvo sentado, permaneciendo en la misma posición hasta mi arribo, cuando lo vi observar el reloj, sorprendido por el tiempo transcurrido y dispuesto a salir para cumplir con su promesa, no sin antes, toparse en la puerta con su hermano, quien pasaba para dejarle un par de cosas por encargo de Isabel.

—Pensé que no estarías en casa. —Señaló el rubio. —Te ves mal, ¿Qué pasó? ¿Tan mal te fue? —Inquirió consternado.

—Sí, he tenido muchas cosas en qué pensar. Ellos... me pidieron que me quede. —Ante esta confesión, Farlan lo observó sorprendido.

—¿Aceptaste?

—Es parte de lo que tengo que pensar.

—Pero si estabas seguro de que querías dejar todo eso atrás, ¿Qué te hizo cambiar de opinión?

—Yo... no sé qué haré al salir de ahí ¿y si fracaso? ¿Y si no logro nada y debo volver a la calle? ¿Qué futuro podré tener? ¿Podré ser capaz de tener un futuro? ¿Y si arrastro a alguien más conmigo? No puedo hacer eso, no otra vez. —Dijo, derrumbándose al fin, frente a la mirada aprehensiva del hombre parado frente a él.

—Hermano ¿Tú, el hombre más inteligente y más capaz que conozco, fracasando? Imposible, tú nunca fracasas, aprendes de tus errores y tomas decisiones que te llevan a otros caminos. Gracias a ti, Isabel y yo tenemos un hogar. Tú y sólo tú has logrado lo que tienes, y quizás el camino no ha sido del todo agradable pero te ha hecho aprender de él. No dejes que esos miedos irracionales te aten a un lugar que quieres dejar. Siempre supiste que tu libertad costaría un alto precio y estuviste dispuesto a pagarlo sin cuestionarlo. Todos estamos dispuestos a apoyarte en lo que decidas, siempre y cuando te haga feliz. Dime, si aceptas quedarte ¿Serás feliz?

—No. —Admitió, negando con tristeza. —Es sólo que no quiero decepcionar a nadie.

—Quien se sienta decepcionado por ti, es porque no sabe apreciarte realmente. Tú no decepcionas, generas admiración. Yo te admiro, a ti y a todos los sacrificios que has hecho por nosotros. Creo que es momento de que hagas uno más, pero por ti y por tu felicidad. Eres capaz de todo lo que te propongas, Levi, nunca lo olvides. Y diles a esos malnacidos que se vayan al infierno, tú no eres esclavo de nadie y ya es hora de que empieces a vivir tu vida. Confía en ti y confía en nosotros, que nunca te dejaremos solo.

Pese a su actitud derrotista de hace algunos instantes, Levi sonrió ligeramente, sintiendo como el peso en su pecho se aligeraba de a poco. —Farlan, gracias, en serio. —Dijo, colocando una mano sobre el hombro del otro muchacho.

—Ahora saca esas ideas tontas de esa mente privilegiada tuya y ve por tu colegiala que se te hace tarde.

—No le llames colegiala, me haces sentir como un pervertido. —Habló haciendo una mueca, aunque aliviado del cambio de tensión en el ambiente.

—Bien, ve por esa chica especial que te trae loco. Y duerme un poco, parece que caerás desmayado en cualquier momento.

—Sí, sí, luego. Ahora debo cumplir una promesa. Te veo mañana y agradécele a Isa de mi parte.

—Claro, la capitana conejito se alegrará de saber que sigues sin dormir.

—Entonces no le digas nada y este será nuestro secreto ¿ok? No necesito a dos mujeres preocupadas por mi lamentable estado mental.

—No diré nada, si tú prometes pensar en lo que te dije.

—Ya lo estoy haciendo, me ayudaste mucho. Gracias. —Sus palabras eran sinceras, con una mirada de puro agradecimiento reflejada en su cansado semblante.

El auto encendió con un sonoro rugido, saliendo de la casa y encaminándose por un trayecto que conocía ya como la palma de su mano. A veces, el abismo parece ser demasiado profundo, imposible de abandonar, hasta que una mirada de esperanza, una risa traviesa, intercambio de mensajes, palabras de ánimo y una mano amiga pueden dar ese empujón necesario para seguir avanzando fuera de él, con la vista hacia un brillante futuro.