Después de dedicarse la mayor parte del miércoles a replantearse si estaba tomando la decisión correcta y su breve pero profunda conversación con Farlan, Levi se encaminó a su auto, colocando en el asiento de atrás las bolsas las cosas que había comprado en su nada placentero viaje a la capital. Se encaminó con la resolución de que debía limpiar su consciencia y ser completamente honesto con Mikasa. Le revelaría todo lo que le había ocultado hasta el momento, esperando de todo corazón que no fuera demasiado tarde y que ella pudiera aceptarlo así. Ese sería el día en el que daría el primer paso a su libertad definitiva.

Condujo todo el camino al campus con relativa dificultad, el cansancio comenzaba a cobrarle factura, pero estaba decidido a no detenerse. Llegó al lugar de siempre, a la hora precisa, cinco minutos antes de que resonara fuerte la campanada que marcaba el fin de sus clases. Aparcó un poco más lejos de la entrada habitual, debido a la falta de espacio. Se permitió un par de segundos para verse un momento en el espejo, acción que lamentó al instante al ver sus constantes ojeras, mucho más pronunciadas esta noche en especial, junto con los remanentes de un hematoma en su mejilla y la cortada en su labio inferior que aún no sanaba del todo. Con una mano estilizó su cabello y acomodó su impecable camisa, frunciendo el ceño al notar que, gracias a su largo momento de reflexión, había olvidado cambiarse de ropa, pues en su prisa por llegar puntual a su encuentro, se había puesto de nuevo la prenda que había utilizado en su última reunión esa mañana, antes de tomar el vuelo de regreso, y que se había quitado mientras se dedicaba a su exhaustiva limpieza hogareña. —Qué asco. Has caído demasiado bajo. —Se regañó a sí mismo mientras se disponía a salir del vehículo y pararse a un costado de la escalera, ocultándose mientras se sacudía las bacterias y gérmenes que sólo él era capaz de identificar. Estaba concentrado en eso cuando escuchó las voces alzadas de un grupo de personas que se iban acercando.

—No, Connie. Ya te dije que no voy a pedirle que te preste las llaves para que des una vuelta en el auto.

—Pero Mikasa...

—No.

—Es mejor así, Connie. Podría tener denuncia de robo o algo.

—¿Quieres zanjar ese tema? Creí haber dejado las cosas claras contigo el otro día.

—¿Cuál tema? ¿Que el tipo ese que viene siempre por ti es un criminal? —Señaló fastidiado el castaño.

—Déjenme en paz, ¿quieren? Ni siquiera sé por qué están aquí, si ustedes salen hasta las nueve ¿en publicidad nunca reciben clases o qué?

—Estamos aquí porque nos preocupamos por ti, Mikasa.

—Jean, no. —Advirtió.

—Es que lo que dice Eren es cierto, a mí no me da buena espina. Y sabes lo mucho que detesto darle la razón a este bastardo.

—Oye, tampoco te pases, cara de caballo. Y dinos, ¿qué tanto conoces sobre este tipo como para estar tan segura de su inocencia?

—Lo diré una última vez, y si vuelvo a escuchar una palabra sobre esto de parte de cualquiera de ustedes, par de idiotas, juro que iré con la profesora Rheinberger y levantaré un acta de acoso para que no se vuelvan a acercar a mí, ¿entendido? —La amenaza resonó con seriedad. —Levi Ackerman es un hombre decente, para nada relacionado con ningún tipo de red criminal, mucho menos un delincuente común. Él es alguien noble, inteligente, romántico y muy educado. De hecho, viene hoy desde Mitras, de una reunión importante de su trabajo. Mucho mejor de lo que ustedes pueden presumir. —Finalizó, cruzándose de brazos.

—Oigan, creo que en serio se están pasando ya con esto. Ella ya les dijo que todo está bien con él, ¿por qué siguen insistiendo? Mikasa lo conoce perfectamente, sabe quién es y lo que hace. Es feliz con él y yo estoy feliz por ella, ustedes también deberían. —Sentenció molesto el tercero en la conversación, rascándose con una mano su cabeza rapada.

—Gracias. Pero no darás una vuelta en ese auto, ¿ok?

—Pero, Mikasa. —Se quejó en un lloriqueo.

Observé con tristeza como el hombre de quien se hablaba en ese instante cerraba con fuerza sus ojos, mientras mordía nervioso su labio lastimado, sintiéndose el ser más miserable que había pisado este planeta. Viendo sus manos temblorosas, apretadas ahora en puños, imaginaba cómo su plan de honestidad y un nuevo y limpio inicio, se derrumbaba frente a sus ojos. ¿Por qué ese tipo de estigmas caían siempre sobre él? ¿Por qué de entre todos los oficios a los que pudieron dedicarse aquellos que lo habían rodeado, tuvieron que elegir los más infames? Toda una vida luchando por ser el hombre que Mikasa había descrito, sólo para ser arrastrado siempre a las cloacas sociales. Con un sonoro golpe, dejó caer el peso de su cuerpo sobre la pared de concreto, sin darle importancia al dolor en su cráneo al rebotar contra el duro material. Olvidando por completo lo magullado de su cuerpo, decidió que lo mejor era salir y dar la cara; no ganaría nada si se iba en ese momento, pues su transporte no pasaría desapercibido. Alejándose del grupo, para dar la impresión que venía desde donde había estacionado el auto, hizo acto de presencia, un poco alejado de la farola donde siempre esperaba, confiando en las sombras proyectadas por mi gigante linterna, en esa particular noche oscura, para cubrirlo y minimizar su apariencia desaliñada.

Ella lo distinguió enseguida, dejando plantado al grupo que la había disgustado anteriormente, haciendo oídos sordos a sus insistentes llamados, para correr a su encuentro y lanzarse sorpresivamente a sus brazos, dando un salto para envolver su cuerpo con ambas piernas, tomándolo por el cuello y depositando un dulce beso en sus labios. —Ahora confirmo que el mensaje diciendo que me extrañarías era totalmente verídico. —Murmuró él, abrazándola con fuerza, ocultando su dolida mirada en su cabello, lejos de sus brillantes ojos grises.

—Me ofende la duda.

—Nunca dije que lo dudara, sólo que me agrada confirmarlo.

—Idiota.

Él suspiró con pesadez, recordando todas las veces que esa singular palabra había sido usada en su contra, sonriendo levemente aún sin soltar su agarre. —Sólo tú puedes llamarme como quieras. —Musitó junto a su cuello, antes de dejar un dulce beso sobre este. Permanecieron así unos segundos, hasta que un carraspeo a sus espaldas los hizo sobresaltarse, obligando a la chica a plantarse nuevamente sobre el pavimento.

—Señorita Ackerman, ahora veo el por qué de su distracción en mis clases. Espero entienda que este establecimiento no es un lugar apropiado para este tipo de... espectáculos. —Dijo, dando una mirada despectiva a la pareja.

—Profesor Weilman, yo...

—No, por favor, no diga nada. Las justificaciones sobran bajo esta vista. Por cierto, el profesor Dietrich me pidió hace un momento que les comunicara a los de su clase que su asignación para este semestre ya está en manos de Sandra, su asistente. Puede pasar a recogerla ahora si gusta y puede separarse un rato de este muchacho.

—Con todo respeto, profesor Weilman —Interrumpió Levi con seriedad. —Fue mi culpa, estuve ausente de la universidad por varios días debido a una emergencia y quise sorprender a Mikasa. Mi actitud no fue correcta y me disculpo por eso. Trataremos de limitar nuestras interacciones, obedeciendo a la moralidad que distingue a esta tan noble institución. —Dijo con fingido pesar, utilizando su mano izquierda para cubrirse ese lado del rostro.

—Jmm, me alegra ver que al menos lo acepta.

—Por supuesto, es mi deber como estudiante. —Afirmó aún serio. —Por favor, ve por tu asignación, yo esperaré aquí. —Alentó a la joven que lo veía confundida y aún ruborizada. Ella asintió lentamente antes de retirarse, entrando nuevamente al edificio. —Siempre los estudios deben ser lo primero, es lo que le digo constantemente. —Entonó casual, girándose a un lado para seguir manteniéndolo oculto.

—Ya veo, —musitó el profesor, observándolo con evidente escrutinio.

—Algo que creo que los muchachos de por allá parecen no comprender. Qué raro, tenía entendido que la carrera de publicidad salía más tarde de clases. —Dijo con fingida inocencia, dándole un vistazo a su reloj.

—Tengo entendido que es así. —Acordó el hombre, antes de dirigirse al grupo que charlaba amigablemente.

Desde lejos, Levi observó con malicia cómo eran reprendidos, recibiendo una amenaza de reporte directo con el coordinador de su facultad debido a la inasistencia a sus clases. Al observar a Mikasa salir del edificio, le dedicó una pequeña sonrisa, antes de tomarla de la mano y caminar juntos hacia el auto. Dentro de este, evitó por completo mirarla de frente, retrasando el momento en el que tendría que afrontarla y hablar sobre las heridas en su rostro. —¿A dónde vamos? —Preguntó, fingiendo prestar mucha atención a las luces en el tablero.

—Podemos ir al mirador, nunca he estado ahí y dicen que es muy bonito. —Sugirió con emoción.

—Y lleno de bichos también, pero claro, podemos ir ahí. —Aceptó con la piel erizada de imaginarse a los grillos que rondaban en ese lugar.

Condujo por varias calles, siempre prestando más atención a lo que sucedía a su lado izquierdo para que sólo el derecho estuviera al alcance de esos agudos ojos grises.

—¿Puedes decirme qué te pasa hoy? —Preguntó ella repentinamente.

—¿A qué te refieres?

—Después de cerrar mi puerta, mientras rodeabas el auto para entrar del otro lado, te vi cojeando y has evitado verme de frente desde el momento en el que te saludé. —Él permaneció en silencio, sabiendo que cualquier cosa que pudiera decir, sería utilizada en su contra, tal y cómo el interrogatorio en el que se vio envuelto el fin de semana. —Mírame, por favor.

—Estoy conduciendo, no puedo apartar la vista del camino.

—Ya no hay más camino, estaciónate y mírame. —Demandó.

Tch.

Reacio y derrotado, cerró los ojos con fuerza, deteniendo la marcha y aparcando en el lugar más cercano y con la mejor vista hacia la brillante ciudad, para luego darse la vuelta y permitirle una visión completa de su rostro. Ella se apresuró a encender la luz interna del auto, cambiando su gesto de enfado a uno de preocupación al verlo con detenimiento. —¿Qué te pasó? Y no me digas que fue otra puerta porque no es así.

—Un incidente menor.

—¿Golpeaste a alguien? —Preguntó seria.

—No. Ya te había dicho que no voy por ahí golpeando a las personas sólo porque sí; es sólo cuando se lo merecen.

—Y esta persona ¿lo merecía?

—No, él no. Pero yo sí.

—¿Qué fue lo que sucedió?

—Fue alguien que conozco de mi trabajo, hablé de más e hice que lo metieran en problemas. Lo suspendieron dos semanas sin sueldo y esa falta quedó marcada en su historial. Tenía motivos sólidos para golpearme.

—Pero no fue intencional.

—¿El golpearme? Yo creo que sí, su intención se sintió y mucho.

—No, tonto. Lo que sea que hayas dicho, no lo hiciste con la intención de que lo suspendieran.

—Por supuesto que no. Sólo... no medí las consecuencias de mis actos y cómo pueden afectar a otros. Por eso digo que lo merecía.

—No es cierto, tú no te mereces eso. —Dijo, acunando el lado herido en su mano. —Ahora quiero ir a ver a ese tipo y demostrarle lo que sería una verdadera suspensión, una por hospitalización. —Dijo enojada.

—Estoy seguro que tú sola podrías dejarlo en coma. —Respondió esbozando una sonrisa. —Los golpes sanan, pero las lecciones permanecen. —Meditó aún recargando su rostro sobre la suave y tibia palma femenina.

—Bueno, al menos aprendiste que tu boca te puede meter en problemas.

—Sí, eso lo aprendí hace mucho. Pero no es lo único que puede hacer. —Susurró, capturando sus labios con los suyos en un beso que les robó el aliento a ambos. —No era mi intención decepcionarte.

—No lo haces. Sólo me preocupas, y mucho. Quizás no debería, es sólo que a veces puedo ser... demasiado.

—¿Demasiado qué? —Preguntó confundido.

—Sobreprotectora, insistente, apegada, enojona, celosa... y la lista sigue y sigue.

—¿Quién dijo eso? —Ahora su gesto era de enfado.

—¡Ja! ¿Quién no? —Bufó. —A veces no era necesario que lo dijeran, podía verlo en sus ojos.

—¿Y puedes ver eso en los míos en este instante?

Ella lo examinó por unos segundos, tratando de descifrar las emociones contenidas detrás de su mirada índigo. —No. —Se percató finalmente.

—Bueno, eso es porque no lo pienso, no de esa manera. Tú eres única, especial, exótica, demasiado sí, pero para alguien como yo, sin nada bueno por ofrecer y lleno de cicatrices. Esta de acá es sólo una nueva para todas las lecciones que he aprendido en mi vida. —Musitó cabizbajo.

Apoyando los dedos sobre su barbilla, la chica empujó levemente su cabeza hacia arriba, para restablecer ese contacto visual que se había detenido. Gris sobre azul, lo observó detenidamente. —No eres el único con cicatrices, ¿ves esto de aquí? —Preguntó señalando su mejilla. —Y tienes mucho por ofrecer, más que muchos idiotas que vagan por ahí. —Afirmó con seriedad. Una de sus rasposas manos rozó ligeramente la sutil y rosácea marca que cubría la mejilla derecha de la chica. —Al menos a ti no te quedará una, yo tengo que vivir por siempre con esta cosa horrible. —Murmuró ella con desagrado.

—A mí no me parece horrible, es la señal de que ahí hay una historia por contar.

—Una no muy buena. Al menos tenemos algo en común, también recibí esto por meter en problemas a alguien más, o algo así. —Dijo melancólica.

—Espera, ¿alguien te hizo esto? ¿no fue un accidente? —El muchacho preguntó sorprendido.

—Fue mi tía, devota religiosa que puede memorizar cada punto y coma presentes en las sagradas escrituras, pero es incapaz de demostrar amor al prójimo. Había planificado una cena, para compartir con los integrantes de su secta, asistentes a su iglesia, culto o lo que sea eso, nunca entendí bien la diferencia. —Habló encogiéndose de hombros. —Estaba castigada, por haberle respondido mal. Ella había encontrado uno de mis libros favoritos, una antología de los cuentos e historias cortas de Poe. Trabajé e hice tantos sacrificios para comprarlo, y ella simplemente le arrancó las hojas que pudo frente a mí y lo tiró al fuego, sólo porque era rojo, con unas calaveras doradas y un cuervo negro posando sobre ellas. Era hermoso y ardió en llamas. En cuestión de segundos ya era sólo media pasta y un montón de cenizas. Le dije que era una bruja sin corazón y eso me costó permanecer dos días en mi cuarto sin tener derecho si quiera a un vaso con agua. Ese día en específico, la cocinera preparó un gran festín, yo me moría de hambre y me escapé de mi encierro para escabullirme y robar un pan al menos, pero ella apareció de repente y el verla me asustó tanto que tropecé y terminé tirándole encima la mesa de los postres. Se puso roja, como un tomate enorme. Pese a la situación, no pude más que reír ante esa visión, lo que la hizo enojar más. Todos sus invitados nos veían con reproche, a mí como una bestia que no puede ser controlada y a ella como una fracasada. Sin pensarlo, fue por una justa que mantenía colgada en la puerta. —Pausó un momento para observar al chico que la miraba atento. —Me golpeó sin compasión, sin importarle dónde lo hacía. Algunos fueron sobre mi ropa, pero uno de sus remates fue en mi cara, justo aquí, tan brutal que me reventó la piel del pómulo. Ni siquiera la sangre en mi mejilla la hizo detenerse. Fue hasta que mamá intervino que paró. Y esa es la historia detrás de esta cosa horrible con la que tendré que vivir hasta que muera. Algunas lecciones no son tan poéticas de aprender, ¿No crees?

—Esa no fue una lección. Eso fue salvajismo. Dime, ¿ella te hizo algo más?

—Preferiría no hablar de eso, no me siento cómoda discutiéndolo. —Dijo después de un rato. —Parece que al final, todos estamos rotos de alguna manera.

—Sí, tal parece que sí. —Musitó consternado.

—Y, creo que con eso he ganado al premio de la infancia más triste. Dame mi premio. —Anunció, tratando de diluir la pesadez con la que se había cargado el ambiente con su relato.

—Oh, no sabía que estábamos compitiendo. Podría darte el premio... o podría decirte que dos de las cicatrices que tengo en el torso son porque mi tío me apuñaló.

—¡¿Qué?! Espero que esto no sea una broma como lo del bisturí.

—No, lo digo en serio. En sus clases de "defensa personal con objetos punzocortantes" creyó que era buena idea que él tuviera un arma real y yo una de plástico. Y bueno, la lección fue aprendida, ahora sé cómo evitar un ataque frontal y lateral... y cómo curar una herida de navaja sin desangrarme. —Mencionó orgulloso. —Parece que me llevo tanto la categoría de historia más triste, como la de peor praxis de crianza infantil. Dame mis premios.

—Oye, eso no cuenta como historia triste.

—Viví en la calle, Mikasa, ¿qué quieres que te cuente? ¿cómo tuve que dormir rodeado de perros en el frío invierno, o algo así?

—Espera, ¿en serio pasó? —Inquirió con ojos brillantes y llenos de lágrimas.

—Ok, quizás me tomé libertades creativas con eso, pero pudo haber pasado.

—Eres un idiota. —Gruñó ella, golpeándolo en el brazo.

—Auch. Ok, sí lo soy. Hablando de idiotas... —Comenzó a formular, antes de ser interrumpido.

—Ah, Eren. —Dijo entornando los ojos.

—No pensaba en él, sino en tu profesor, pero ¿Jaeger te dijo algo? —Preguntó con curiosidad.

—Nada importante. Pero el profesor Weilman se ha ensañado conmigo últimamente, la semana pasada me sacó de su clase. —Recordó con tristeza.

—¿Por qué?

—Por usar mi teléfono.

—¿Durante su clase? —Cuestionó enarcando una ceja.

—Ajá.

—Mikasa...

—Estaba hablando contigo, ¿ok? Y no era la única, pero él me odia y no importa lo que haga, siempre estará mal ante sus ojos. Y no es sólo él, mis compañeros siempre hablan de mí a mis espaldas, creen que no lo sé pero los escucho. Creen que todo lo que diseño es triste y melancólico, que ni siquiera Tim Burton aprobaría mis bocetos y muchas cosas más. Se burlan de mi ropa y de mí.

Él suspiró con pesadez, pasando una de sus manos por su rostro. —Las personas que más juzgan, son las que nunca llegarán a nada, por temor a encontrarse a otros iguales a ellos, temiendo el qué dirán, quedándose en su caparazón escondidos, hablando con la envidia que les carcome por ver a alguien expresando su verdadera esencia con libertad. —Ahora fue su turno para levantar su rostro y verla fijamente. —Nadie tiene poder para hacerte sentir menos, no si tú no se lo das. Lo que sea que hagas, debe gustarte a ti, no a los demás. Sonará irónico viniendo de mí, pero, todo lo que hagas, debes hacerlo porque te gusta y te sientes cómoda con ello; no por encajar en lo que hacen los demás. Si la vida fuera así, todos vestiríamos igual y sería aburrido. Yo amo tus atuendos, porque reflejan quien eres y lo que te gusta. Y allá afuera hay un mundo enorme en dónde habrán personas que también lo valoren. Así que, tu tía, tus compañeros, el viejo imbécil ese, y la monja que se atrevió a echarte agua bendita, pueden irse todos a la mierda.

Ella sonrío levemente. —¿Acabas de insultar a una monja?

—Por ti, insultaría al Vaticano entero. —Afirmó.

—Quiero ver eso.

—Si nos vamos ahora, alcanzamos la audiencia papal del medio día. —Mencionó, revisando su reloj.

—Estás loco. —Dijo entre risas.

—Me hechizó una bruja certificada. —Murmuró antes de besarla nuevamente, ahora con mucha más pasión y palabras no dichas, pero que eran evidentes entre cada jadeo en busca del aire que hacía falta a momentos. Quizás fue la mejor decisión, pues existen ocasiones en la vida en dónde las palabras sobran o no son necesarias; este fue uno de ellos. —Por cierto, te traje algo. —Susurró, alejándose de esos labios que lo hacían perder la poca cordura que aún poseía.

—A ver. —Dijo ella, girándose para observar con mayor detenimiento las bolsas colocadas en la parte trasera del auto. En ella sobresalían dos grandes, una rosa y una lila, ambas con diferentes modelos impresos de cierta gatita con un lazo rojo en la cabeza. —¿Si fuiste a la tienda de Sanrio? —Preguntó risueña.

—No sabes la cantidad de miradas y burlas que atraje hacia mi persona cuando me veían caminar con, no una, sino dos bolsas llenas de la cara de Hello Kitty.

Ella soltó una sonora carcajada ante su confesión. —Ya me imagino, un punk con bolsas tan tiernas.

—Oye, ya te dije mil veces que no soy un punk. No soy un maldito anarquista. —Rezongó molesto.

—¿Ah no?

—Que no alabe a la policía es una cosa, pero de eso a pensar que lo mejor sería que desaparezca, es otra. El anarquismo es un movimiento tonto, eliminas la autoridad y no han pasado ni dos días cuando ya ruegas porque esté de vuelta, ¿sabes por qué? Porque la humanidad está plagada de idiotas que nunca cumplirían con nada y se encargaría de hacer que la utopía caiga en un abrir y cerrar de ojos. Así que no, no lo soy. Ahora abre las estúpidas bolsas. —Refutó con indignación.

—Estaba bromeando, no te enojes. Me alegra que no pienses eso. —Dijo, antes de besarlo dulcemente. Al abrir las bolsas, se topó con dos suéteres, uno con una conejita de gesto travieso y otro, un poco más grande, en donde resaltaba en pequeño, un pingüino aburrido. —Kuromi y Badtz Maru. —Chilló emocionada. —Entonces este es tuyo —Señaló entregándoselo en sus manos.

—Fue lo que pediste ¿no? —Dijo, emulando involuntariamente el gesto del personaje que se le había asignado.

—Sí, gracias. Los usaremos el sábado.

—¿Perdón? ¿Qué hay el sábado?

—La convención anual de Artes Oscuras. Porque iremos juntos ¿verdad?

—No recordaba. Claro que podemos ir juntos, pero no me pondré esto. —Dijo, alzando la prenda.

—¿Por qué?

—Te acabo de decir que se rieron de mí por caminar con estas bolsas ¿y quieres que vaya a un evento, al que dijiste que nadie se me acerca porque me consideran peligroso, usando esto?

—No sabía que lo habías comprado para guardarlo. —Habló sarcástica, entornando los ojos.

—Lo compré porque tú me lo pediste, y pensé que podíamos usarlos pero de manera privada, no en un evento público.

—Bueno, me acabas de dar un discurso sobre cómo no debo dejar que lo que los demás piensan de mí, me afecte. Así que sí, si quiero que lo uses en un evento público y yo usaré este.

—¿Por qué todo lo que digo se me regresa? —Refunfuñó molesto. —Bien, usaré el estúpido suéter.

—¿Ves que no es tan difícil? —Dijo en voz baja, acercándose nuevamente a su rostro.

—Mmmm voy a necesitar el nombre de ese hechizo.

—Claro, se llama "Poder de convencimiento". Oye, ¿Porqué el mío tiene el estampado más grande que el tuyo?

—La discreción es mi sello personal, y, porque así el tuyo combinará con lo de la otra bolsa.

Hasta ese momento la chica cayó en cuenta de que sólo había abierto uno de los paquetes, con rapidez abrió el otro, descubriendo y sacando lo que había en su interior. —Una mochila de Kuromi?! —Preguntó llena de emoción.

—Ajá, deberías haber visto la cara de la encargada cuando me la probé.

—Jajajaja, —Río divertida, hasta ver que no se trataba de una broma. —¿En serio te la probaste?

—Debía comprobar si era cómoda y práctica. No te iba a obsequiar algo que generara incomodidad. Apliqué el método científico. Pero eso no es todo, —Dijo estirándose para alcanzar una tercera bolsa, una más pequeña y con un color un poco más discreto.

—Esa marca... —Murmuró ella, reconociendo el elegante logo estampado en el empaque.

—Es la tienda más buscada por los diseñadores ¿no? En donde venden todos los artículos que usan.

—Sí, es esa. —Afirmó embelesada. —¿Un cuaderno de bocetos?

—Y no cualquiera, resiste todo tipo de pinturas, crayones o lo que quieras usar. Para que plasmes tus diseños más excéntricos y que ningún cerdo estúpido te diga que no puedes.

Mikasa lo observó con ojos brillantes, como si el universo entero estuviera contenido en esos brillantes fanales. Sin mediar palabra, escaló la brecha que dividía sus asientos y con un rápido movimiento ya se encontraba sentada sobre su regazo, abrazando fuertemente al aturdido muchacho que la miraba expectante, confundido y sin respuesta sobre si su obsequio había sido bien recibido o no. —Gracias. Por el suéter, por la mochila, el cuaderno que es perfecto, por tus palabras y por estar aquí. —Dijo a tropel, bajo un silencioso gimoteo.

—Por favor, no llores. No era mi intención ponerte triste.

—No estoy triste. —Señaló, abrazándolo con más fuerza. Él la dejo ser, acariciando suavemente su cabello y sintiendo como el cansancio y fatiga acumulados de los días anteriores, comenzaba a afectar su cuerpo, y que ahora, en la tranquilidad de ese abrazo y bajo el ritmo de un segundo corazón cercano a su pecho, sucumbía al sueño, relajado y dejándose llevar por la suave arena del buen Morfeo. Su suave respiración se vio interrumpida por la voz ahora tranquila de ella, que habló en voz baja sobre su cuello. —Son hermosas, ¿no crees?

—¿Cuáles? —Susurró con los ojos entrecerrados.

—Las luces de la ciudad, parecen luciérnagas.

—Tú eres hermosa. —Afirmó en un suspiro.

—No has dormido bien, ¿verdad?

—Ocho horas.

—¿En cuántos días?

—Repartidas en cuatro. —Alcanzó a decir antes de volver a caer en la semi-inconsciencia.

Ella lo movió ligeramente, para despertarlo. —Tienes que dormir, vamos. —Dijo, regresando a su asiento.

—¿A dónde? —Preguntó, restregándose ambos ojos para espabilar.

—A mi departamento, te prepararé algo para que te relajes y duermas.

—Conque te recuestes a mi lado, me basta para dormir tranquilo. —Señaló, besándola una última vez, antes de encender el auto y emprender el viaje a ese pequeño espacio que comenzaba a sentir más como su hogar.

Luces de gran intensidad brillaron esa noche en especial, enlazando aún más a dos almas en completa sincronía, olvidando por un momento que llevaban rotas mucho tiempo; al encontrar en el otro, el reflejo de sí mismos; un compañero que comprendía y no juzgaba. Lo dicho y expresado en ese sitio, curó esas heridas que se reabrían de a ratos, pero, que en la presencia de ambos cerraban, como piezas de cerámica sometidas al más fino arte del kintsugi, siendo reparados con oro para enaltecer la belleza de algo que estuvo roto pero que ahora mostraban esas marcas con orgullo. Aunque no todo puede ser bueno siempre, pues la vida se compone de diferentes momentos, algunos felices y otros que distan de serlo, porque como ya te dije, esta es un cambio constante; si fuera igual, sería monótona, simple, o sea, en demasía aburrida. Aún nos falta averiguar qué tipo de cambios nos traerá esta historia, deseando con ímpetu que estos sean positivos.