Cuando alguien se enamora por primera vez, su percepción de la vida cambia considerablemente, porque, claro, puedes haber estado atraído hacia muchas personas antes, pero el enamoramiento es algo más; este es un hito, un impacto que marcará un antes y después en tu vida. Un recuerdo que atesorarás por toda la eternidad, ese despertar de tu alma ante un nuevo sentimiento.
Enamorarse es encontrar a esa persona que te hace querer ser mejor y buscar siempre devolverle esa felicidad que te genera en el interior, es algo que no se ve con los ojos, sino con el corazón. Un sentimiento divino, capaz de arrastrarte al mismo infierno cuando no sale cómo pensabas. Tan divino es, que incluso puede llegar a nublar tu vista, enalteciendo a la persona frente a tus ojos, rodeándola de un halo de luz, proyectando todos los colores presentes en el arco iris, haciéndote pasar del blanco y negro al color.
Tan colorido como las luces brillantes de una ciudad que no descansa, vistas desde lo alto de un peñasco, entre lágrimas, besos, heridas que cierran y palpitantes corazones que ahora se alejan un tanto soñolientos, pero bastante tranquilos y alegres, gracias a la mutua compañía.
Dos días y noches pasaron desde ese momento, ahora, en sábado me encuentro presenciando su visita en conjunto a la famosa convención a la que ambos han asistido por mucho tiempo, observándose a momentos desde lejos con curiosidad contenida y que ahora, recorren juntos, de la mano, cada uno de los puestos y actividades. Ella con suma emoción y alegría, se bambolea gustosa presumiendo sus regalos, mientras él refunfuña a su lado, sintiéndose un tanto ridículo con su suéter a juego, pero satisfecho de ver que la mujer por la que su corazón repiquetea cual campana en domingo, sonríe feliz.
—Tomémonos una foto. —Menciona ella de manera repentina.
—No. —Replicó él de inmediato.
—Oh, lo siento, no pensé que te molestaría. —Dijo con la cabeza gacha.
—¡No! No es porque no quiera o me moleste. —Admitió nervioso.
—¿Entonces? —Él suspiró sonoramente, antes de balbucear palabras inteligibles. —¿Perdón? —Preguntó confundida, pidiéndole que hablara nuevamente.
Otro sonoro suspiro abandonó sus pulmones para proclamar en voz baja —No me gustan las fotos, porque no salgo bien en ellas. —Habló avergonzado.
—¿Qué? —Inquirió aún confusa.
—No salgo bien en las fotos ¿ok? Siempre parece que me retrataron para un maldito cartel de "Se busca" del viejo oeste.
—Oye, no es necesario que te alteres. Es que me parece tonto que no salgas bien en una imagen cuando en persona eres muy atractivo.
—Mentir es innecesario. —Refutó.
—Podrías creerme, porque digo la verdad o podríamos pedirle al tipo de la capucha que haga un sondeo antes del próximo show de ejecución en la guillotina, cómo si te estuviéramos subastando o algo así y verás que tengo razón. —Dijo con seguridad. —Aunque no será una subasta porque cortaré a cualquiera que se atreva a intentar llevarte. —Agregó con tono sombrío.
—Creo que eso no será necesario. Pero, a ver, compruébalo. Toma la foto y ve con tus propios ojos que las cámaras no me aman.
Decidida a probar su error, ella sacó su destartalado teléfono y trató de captar como pudo, y como su rota pantalla se lo permitió, la instantánea de ambos. Al observar a detalle la imagen, se vio a sí misma con una leve sonrisa y brillantes ojos, pero al verlo a él, no pudo evitar su gesto de desconcierto al notar que, en efecto, su imagen se veía como si hubiera sido detenido, encontrado culpable y luego reingresar a máxima seguridad, todo eso minutos después de haber salido libre de esta. —¡Diablos! —Exclamó en voz alta.
—Te lo dije. —Gruñó con disgusto. —Ponle números aleatorios en la parte de abajo y es una foto policial.
—Tal vez si probamos con otro ángulo. —Dijo pensativa.
—No va a funcionar.
—Sí lo hará. —Habló convencida, mientras intentaba capturar una imagen del muchacho. Probó diferentes ángulos y luces, recordando los consejos impartidos por su mejor amigo y fotógrafo semi-profesional, pero nada resultaba. —¿Podrías no pensar que te estoy fotografiando? Sales así porque tienes consciencia de la cámara, actúa normal y verás como todo funciona mejor.
—Imposible si me estás apuntando con eso a la cara. Por cierto, ¿qué tanto le hiciste? Me sorprende que no te hayas cortado los dedos con los cristales.
—Oye, no juzgues. Claro, como tú tienes uno de alta gama, puedes presumir. Pero, es lo que puedo pagar y si sirve, no voy a comprar otro ¿ok?
—Te cambio el mío. Tal vez teniendo el tuyo este explota y ya no recibiría las odiosas llamadas de mi jefe.
—Ja, ja. Muy gracioso. Ahora no te muevas y... ¡listo! Esta sí salió bien, lo presiento. —Canturreó, mientras abría la imagen. —Mierda.
—¿Parezco como un asesino en serie o algo así?
—Y de los psicóticos.
—Te lo dije. Ríndete.
—No. Ven aquí —Dijo decidida. —Pon tu cabeza sobre mi hombro y gírate para mirarme.
—Mikasa...
—Por favor —Suplicó, haciendo que él cediera al instante, abrazándola por la cintura y acomodándose como se le había indicado. Ella giró su rostro para besar su frente, gesto que generó en él una involuntaria sonrisa sutil, mientras se dejaba embriagar por su suave y dulce esencia. Ni siquiera notó cuando la imagen fue capturada, volviendo a la realidad sólo cuando la escuchó gritar victoriosa. —¡La tengo! —Chilló llena de júbilo.
La imagen presentada ante sus ojos no podía ser él, definitivamente había sido sustituido por otra persona que posó en su lugar, en el mejor de los casos, o poseído por algún fantasma o demonio fotogénico en el peor y más inquietante escenario. Se veía relajado, tranquilo y feliz, incluso. Alguien totalmente diferente a quién era normalmente, pero con el mismo cabello, misma fisionomía y piel; era él, no había duda, una versión nunca antes vista ni por él mismo, o quizás era ese yo que había olvidado hacía mucho tiempo atrás, en el mismo instante en el que dejó de recordar lo que significaba la felicidad. —¿Así me veo? —Preguntó aún sorprendido y con un nudo en la garganta.
—Así te veo yo. —Le aseguró la mujer a su lado.
Reanudaron su trayecto, deteniéndose en distintos puestos, comprando cosas y prestando atención a los diferentes actos presentados. Con la excusa de tener que utilizar el servicio sanitario, el muchacho se escabulló rápidamente a un puesto en particular, ocultándose entre la muchedumbre y los atuendos exóticos hasta alcanzar al encargado. —¿Lo conseguiste? —Preguntó en tono bajo.
—Me diste muy poco tiempo y tus indicaciones fueron un tanto vagas. —Reprochó el hombre a media boca.
—No te pedí que me dijeras lo que hice o dejé de hacer. ¿Lo tienes o no? —Cuestionó enojado.
—Sí. Pero no será barato.
—No me importa. Quiero verlo.
Él otro hombre refunfuñó molesto, mientras abría un compartimento secreto bajo su mesa y dejaba a la vista, sólo del otro chico, el artículo en cuestión. —¿Era esto? Porque ya te digo, conseguirlo no fue fácil.
—Creo que sí.
—¡¿Crees?! ¡¿Sabes lo que tuve qué hacer y las influencias que tuve que mover para que tú no estés seguro?!
—No, y tampoco te pregunté. Rápido, envuélvelo y mételo aquí. —Dijo, señalando la bolsa frontal de su suéter, girándose para evitar miradas curiosas; evadiendo una en particular.
—¿Qué llevas puesto? —Preguntó el hombre con tono burlón. —No pensé que fueras del tipo de persona que utiliza ropa de muñequitos.
—Pues no me conoces ni una mierda y yo puedo usar lo que me plazca. Ahora, ¿vas a entregarme el paquete o me vas a dar consejos de moda? Imbécil.
—Ya, ya. Ahí está.
—¿Cuánto es?
—Te dije que no sería barato.
—Esa no es una cifra. ¿Cuánto? —Repitió entre dientes. Enarcando una ceja, el tipo, señaló silencioso y misterioso un papel con el monto total. Levi lo miró con gesto aburrido, mientras tomaba su teléfono y generaba una transferencia electrónica. —Listo. —Afirmó, finalizando la operación. —Pude haber pagado más. —Admitió con soberbia.
—Y yo pude haber pedido menos. —Replicó el hombre con el mismo tono.
Levi le dedicó una mirada hostil, antes de que un destello púrpura y negro llamara su atención. —Debo irme, te llamaré si necesito algo más. —Dijo apresurado mientras se alejaba del lugar y sorteaba obstáculos para alcanzar a la muchacha que movía su cuerpo de un lado a otro en su búsqueda.
Todo esto ante la mirada del encargado del puesto que veía la escena ante sus ojos y comprendía en ese instante el por qué del singular atuendo del chico serio y amargado que conocía desde hacía mucho tiempo. —¿Todo bien, Gelgar? —Preguntó su colega, que llegaba a su lado.
—Sí, sólo vi algo un tanto peculiar. —Respondió con una sonrisa torcida.
—¿Aquí, en la convención de raritos en donde abunda lo "peculiar"? —Inquirió con sarcasmo el otro, entornando los ojos y enfocándose en acomodar los artículos exhibidos.
Al otro lado del recinto, Levi se alejaba de Mikasa nuevamente, luego de decirle que los baños estaban demasiado sucios y que debía, de manera imperiosa, ir al auto para desinfectarse con el aerosol que guardaba en la guantera. Apresurado y ocultando con vehemencia lo que guardaba con recelo, llegó a la zona de parqueo. Con un rápido movimiento abrió la cajuela y guardó en un recóndito espacio el paquete que acababa de adquirir. Suspirando aliviado, abrió la puerta delantera para sacar el producto que había dicho que necesitaba. Se lo aplicó en el cuerpo, acción que, pese a ser una simple coartada, le pareció reconfortante luego de varias horas de movilización entre tantas personas, algunas de ellas con una higiene un tanto dudosa, a su parecer. Satisfecho, ingresó nuevamente al lugar en dónde su acompañante lo esperaba inquieta. —Sólo tú puedes ser capaz de tener todo un kit de desinfección en tu auto. —Se quejó. —Vamos, están por elegir al dibujo. —Dijo, tomándolo del brazo, hacia el pie del iluminado escenario.
—Ya quiero ver cuando anuncien que el tuyo fue el ganador.
—No tengo muchas esperanzas, a mi profesor no le gustó el vestido. Dijo que la naturaleza muerta era algo demasiado sombrío.
—Él es demasiado sombrío. Tch, viejo cerdo inculto.
—No debí haber cedido ante tu insistencia porque lo presentara.
—¿Cuál insistencia? Sólo dije que era muy bueno y que deberías considerar participar. Con esas exactas palabras.
—Odio que tu memoria sea tan buena. —Se quejó.
—No es muy difícil de recordar si pasó hace dos días.
—Shh. —Lo reprendió ella, mientras afinaba el oído para distinguir la proclamación del nombre ganador.
Alcanzó a identificar las sílabas "kasa" y "erman" entre el bullicio, sintiéndose un tanto derrotada al no figurar ni siquiera en esta oportunidad, pensando en el peculiar nombre de quien había sido escogido como el mejor. Encogiéndose mentalmente de hombros al recordar que, en ese lugar, la mayoría utilizaba ese tipo de extraños pseudónimos, cuando un insistente golpeteo en su brazo derecho la hizo volver a la realidad. —Ganaste. —Le susurró él al oído. —Creo que debes ir a recoger tu premio. —Agregó, dándole un ligero empujón hacia adelante.
Aturdida por los aplausos y chiflidos de la concurrencia, alcanzó el escenario detrás del que ahora se proyectaba en pantalla gigante su arte. Veía todo y a todos como en un sueños difuso, luces demasiado brillantes, rostros borrosos y sonidos que se perdían como ondas debajo de las profundidades acuáticas. Con manos temblorosas, recibió una estatuilla dorada en la que resaltaba el título "Mejor artista oscuro", las voces alzadas de la muchedumbre pedían que dijera algunas palabras, frente a un micrófono abierto que la esperaba a un par de pasos de distancia. Aclarándose la garganta y dejando atrás los nervios al enfocar su atención en dos puntos azules que la veían con atención y orgullo, tomó el aparato con su mano derecha, mientras acunaba el premio en la izquierda y habló —Esta premiación siempre fue mi favorita de todo el evento. Ver diferentes tipos de arte presentados acá, siempre me llenaba de emoción. Nunca me había animado a participar porque jamás me consideré como una buena dibujante, pese a que mi profesión casi me obliga a hacerlo bien, bueno, a dibujar ropa, al menos. Esa que ven ahí, —dijo, señalando a la imagen a sus espaldas, en donde resaltaba una mujer de cabello negro, enfundada en un elegante vestido que simulaba una gigante rosa del mismo color que sus mechones, rodeada de un mar de pétalos rojos, —soy yo, o un tipo de interpretación de mí misma, que surgió gracias al galán que ven ahí. —Apuntó con su rostro al punto desde dónde la observaba Levi. —Sí, él, quien viste un precioso suéter de pingüino. —Denotó, causando que el aludido se cubriera medio rostro con pesar, evitando ver directamente a los muchos ojos curiosos que se cernían sobre su figura dando pequeñas risas ante su imagen. —Esto comenzó como un boceto para mi clase de diseño, pero mi profesor lo descartó, por ser demasiado lúgubre para la alta costura. —Permitió un momento para que se alzaran los abucheos hacia el hombre. —Hasta que este guapo lo vio y me dijo que era hermoso y que nadie debía decirme que lo que a mí me hacía feliz, no era lo suficientemente bueno. Así que me armé de valor, y decidí convertirlo en algo más artístico. Y hoy estoy aquí, recibiendo un premio que añoré por mucho tiempo en silencio, ganando contra artistas muy buenos y muy reconocidos. Levi, gracias por creer en mí y hacer que yo crea en mí misma, haciendo oídos sordos a esos cerdos que abundan allá afuera. —Dijo, finalmente antes de descender airosa del escenario, siendo recibida por unos fuertes brazos que la rodearon en el aire, haciéndola sentir como una pluma flotante, alzándola por sobre los escalones faltantes hasta tocar el suelo con sus pesadas botas, encajando sus labios frente a otros que sabían a dulzura y estimación.
—Pensé que habías dicho que tenías pánico escénico. —Le dijo el muchacho al oído, haciéndose escuchar sobre los fuertes aplausos.
—Lo tengo, pero tal vez lo superé esta noche. Si tú puedes dedicarme un poema y una canción en el karaoke, yo puedo dedicarte un discurso de agradecimiento. Es un intercambio equivalente. —Mencionó, recordando su frase.
—No lo es, falta la parte musical.
—¿Qué tal si te dedico una sonata completa, pero con otro tipo de sonidos, unos un tanto más excitantes esta noche? —Cuestionó alzando una ceja.
—Ok. Intercambio equivalente. ¿Nos vamos, artista oscura del año?
—Claro, señor con el enorme pingüino enojado que reluce en su espalda.
—No voy a caer en eso y voltear. El pingüino solo está en la parte de enfrente
—Oh no, dime que estás bromeando, porque yo no lo hago.
—No. —Respondió preocupado.
Ella se carcajeó sonoramente. —Pensé que lo habías visto, déjame decirte que la discreción no es tu sello personal. Porque eso no es nada discreto ni sutil. —Dijo, fotografiando su espalda
Al ver la imagen, sus ojos se agrandaron en consternación. —Mierda. Se veía normal cuando lo compré, pero no le di la vuelta.
—¿Ni cuando te lo pusiste?
—Sólo metí mi cabeza en él, Mikasa, no me detuve a revisarle la espalda. —Habló molesto. —Maldición, recorrí este lugar por horas, con ese estúpido muñeco atrás. Ahora entiendo las burlas y lo que dijo ese imbécil.
—¿Quién? —Preguntó entre risas.
—Nadie. Un tipo en el baño. Vámonos ya. —Indicó abatido, caminando fuera de la conmoción, en busca del auto.
Ella rió durante todo el trayecto, tomándose con fuerza el estómago que comenzaba a acalambrarse de tanto reír. No paró hasta que las lágrimas salieron de sus ojos y sus pensamientos cayeron en otro asunto. —¿Crees que Poe estará bien? —Preguntó ella, luego de varias cuadras en silencio.
—¿Te preocupa que tu amigo no llegue a alimentarlo?
—No, Armin es muy responsable. Estoy segura que llegará, quizás envuelto en papel burbuja porque le aterroriza, pero no lo dejará sin comer. Es sólo que, no sé cómo tomará mi ausencia. Será toda una noche afuera.
—Podemos ir a tu casa entonces. —Dijo, encogiéndose de hombros.
—¿Y perderme el conocer dónde vives... después de tanto tiempo? —Preguntó, añadiendo un tono de reproche en la segunda oración.
—Bueno, podemos ir por él. Te dije que no me molesta.
—Mira, una madre reconoce a sus hijos, y el mío, lamentablemente, es ese tipo de retoño que sólo le muestras a la visita de manera superficial y luego lo mandas a entretenerse a otro lugar o a encerrarse a su cuarto, porque sabes de lo que es capaz y nunca es nada bueno.
—Pero conmigo no es así.
—Contigo no, pero en tu casa, no estoy tan segura. Es un ambiente nuevo para él y no sé cómo reaccionaría.
—Podríamos probar. —Sugirió.
—Sí, pero sería llevarlo por un tiempo corto para que reconozca el sitio y se adapte. Si es llevado ahí durante toda una noche y de manera repentina, podría estresarse y hacer cosas malas.
—No me molestaría si hace travesuras, no lo hace por maldad.
—Créeme, él sabe lo que hace y lo disfruta. Pero creo que si te molestaría si arañara tus muebles o algo peor.
—¿Cómo qué? —Cuestionó curioso.
—Como hacerse pipí en ellos. Y el pipí de gato huele horrible y ni hablar de la popó. —Dijo, arrugando la nariz.
—Ok, suficiente. Será un paso a la vez entonces... un paso y muchos protectores de muebles y desinfectante para mascotas. —Acordó, haciendo una lista mental para sus próximas compras.
—Exacto. —Dijo, antes de soltar una pequeña risilla.
—¿Qué? —Inquirió, viéndola de reojo.
—Parecemos una pareja madura conversando sobre cómo hacer que el niño se adapte a su nuevo papá. —Soltó, arrepintiéndose al instante. —Lo siento, no quería decir nada incómodo. —Mencionó nerviosa, viendo fijamente sus rodillas.
—Arriesgaré los muebles necesarios para ganar esa tutela. Al menos no tendrá que cambiar su apellido. —Enunció con seriedad, tomando la mano de ella y depositando un dulce beso sobre su dorso. Un gesto simple, pero seguro, que afirmaba que no había nada que ella pudiera decir que lo hiciera sentir incómodo ni mucho menos querer dar un paso atrás en esta relación que subía escalones rápidamente y los unía cada vez más, deseando no separarse en ningún momento.
Como te dije antes, el amor se toma su tiempo para llegar, en algunos sucederá más rápido que en otros, pero, cuando te ves cegado por su luz resplandeciente, cual neones en una ajetreada feria, o los focos incandescentes de una impasible ciudad, sabrás que estás perdido y que has caído, víctima de la certera flecha de Eros.
