En este punto de este peculiar relato, probablemente te encuentres al borde de la desesperación, tratando de descubrir los secretos celosamente guardados hasta el momento. O quizás ya lo has deducido y sólo esperas una confirmación. Lastimosamente para ti y tu curiosidad, no soy yo la encargada de revelarlos. Eso sería aburrido, y, para aburrirme, basta con cerrar mis miles de ojos y dedicarme a contemplar mi propio e insonoro vacío; algo para nada agradable. Me gusta más la idea de mantenerme vigilante y narrarte lo que acontece alrededor de nuestra pareja, quienes ahora se encaminan velozmente hacia la misteriosa y, hasta el momento, desconocida morada del taciturno Levi. Lo cual, imagino, es algo que deseas con ansias conocer, tanto como lo hace la curiosa Mikasa.

—Pensé que vivías más cerca. —Mencionó ella, notando que los edificios en esa zona eran cada vez más escasos.

—Dije que vivía "en el lado opuesto de tu departamento" y eso abarca un amplio espectro.

—Sí, pero esto se ve como abandonado. —Notó.

—¿Tienes miedo? —Preguntó él, observándola.

—No me gusta esa pregunta, suena a película con mal final para la protagonista.

Él suspiró pesadamente, utilizando toda la paciencia que era capaz de albergar su ser. La cual, para el mundo exterior era mínima; un grano en un reloj de arena. Para Mikasa, por el contrario, era la playa entera. Aunque habían días específicos en donde incluso esta podía agotarse. —¿Acabas de insinuar que soy un psicópata que va a hacerte daño? Porque creí que habíamos superado esa fase. —Dijo exasperado.

—No lo dije por eso. Es sólo que me parece extraño que vivas en un lugar tan solitario.

—Tienes razón. Yo, que soy el alma de las fiestas, viviendo sin vecinos molestos es algo impresionante ¿no?

—Con ese sarcasmo, me suena más a que son los vecinos los que huyen de ti.

—Eso suena un poco más acertado. Si tanto te preocupa, puedo girar y llevarte a casa. Digo, yo no juzgo pero tu edificio tampoco está en uno de los mejores puntos de la ciudad.

—Pues es lo que la universidad me otorgó, no puedo hacer nada con eso.

—Bueno, esto es lo que logré conseguir yo. Así que tampoco puedo hacer nada con eso.

—Bien ya, me callo. Confío en ti. —Soltó en un suspiro.

—¿Perdón? No escuché lo último.

Ella rodó los ojos y bufó con sonoridad. —Que confío en ti.

—Genial, es bueno saberlo. Y ya llegamos. —Anunció, antes de girar a la izquierda, para toparse con un enorme portón automático.

Al abrirse, las rejas dejaron ver la construcción frente a sus ojos. Una casa de dos plantas, bastante moderna y muy iluminada se alzaba ahí, en la zona más alta de la ciudad. Ella lo desconocía, pero la falta de edificaciones vecinas no era porque el punto fuera de mala reputación o peligroso, sino porque no muchos podían permitirse pagar ese tipo de plusvalías. —Es una broma ¿no?

—Y las palabras de confianza se acaban de ir al caño. Sí, es una broma. Conduje todo el camino hasta acá, conseguí el control que abre el portón y pedí al dueño que me dejara entrar sólo para decirte ¡ja! ¡caíste! —Respondió impasible. —Ahora, si me disculpas, debo colarme al armario y robar algo para cambiarme de ropa, porque ya no soporto este estúpido suéter.

—¿Tienes algún botón para apagarte el "modo sarcástico"?

—Sí, pero se activa el "modo irónico". Fallo de fábrica. —Dijo, saliendo del auto.

—Odio tus respuestas mordaces. —Se quejó.

—Y yo odio tus especulaciones, pero henos aquí. —Señaló con clara molestia.

—No son especulaciones.

—¿Ah no? Pasaste todo el trayecto quejándote de si este era un lugar seguro. Llegamos aquí, a lo que es una vivienda perfectamente normal y dudas de que yo la habite. Dime, ¿no puedo vivir en un lugar así? ¿Dónde crees tú que debería hacerlo? ¿En una cueva? ¿Bajo un puente? —Inquirió viéndola fijamente. —Bueno, ya cumplí con esos estándares un par de veces y no es agradable ni es un lugar al que quiera volver. Pero si tanto dudas, puedes ver de primera mano que abro con la llave y que sé muy bien el código de la alarma. Ah, y que básicamente todos mis objetos personales están adentro.

—¿Por qué estás tan a la defensiva? —Cuestionó con sorpresa.

—Porque me duele que dudes de mí. Jamás te pondría en peligro y tampoco te llevaría con engaños a otro lugar. —Confesó finalmente, girándose para evitar su mirada.

—No tienes por qué ponerte así. No estoy dudando.

—¿Qué hacías entonces? Explícame. —Demandó, viéndola de reojo.

—Sólo me sorprendió ¿sí? No me esperaba algo tan...

—¿Bonito? ¿Decente?

—¿Me vas a dejar hablar? —Inquirió, alzando la voz. —Me refería a que no me esperaba algo tan parecido a las casas de las películas. Quizás no escogí las palabras correctas, pero, ¿qué chica de campo no se sorprendería de ver algo así? Esperaba un edificio normal o una casa sencilla. Pero ya vi que me equivoqué y lo lamento. No quiero que este día que fue tan especial acabe mal porque no me supe expresar. —Dijo, abrazándolo por detrás.

Él guardó silencio por un momento, respirando pausadamente antes de hablar. —Por ti he hecho cosas que no haría por nadie más, nunca, ni en otra vida. Si alguien más me exigiera conocer donde vivo, le mandaría una ubicación cerca del final de las vías del tren, o lo mandaría a la mierda, lo que sea que me genere mayor entretenimiento en el momento. Pero no contigo, porque quiero conocerte y que me conozcas, aunque tuviera que abrirme el pecho y demostrarte que soy sincero, lo haría porque eres tú. Quizás nunca seré quien tú esperas, pero hay cosas que no puedo cambiar. No importa lo mucho que lo intente. —Expresó con tristeza.

—Lo sé. Lo siento. —Se disculpó sincera. —Y no hay nada de ti que quisiera cambiar. De hecho, en realidad amo tus respuestas mordaces, aunque preferiría que no fueran en mi contra. —Dijo riendo.

—Yo sí detesto tus especulaciones. —Afirmó, antes de recibir un certero golpe en el antebrazo. —¡Oye! ¡pero si es la verdad!

—Pues por eso.

—Bien, quizás pueda utilizar ese tipo de respuestas sólo con el resto. ¿Satisfecha?

—Sí. Y yo no haré especulaciones sobre ti.

—¿Promesa?

—Promesa. —Aseveró. —Ahora, ¿podemos entrar? Se me está congelando el trasero acá afuera. —Dijo con un estremecimiento.

—Sí. Yo necesito darme un baño y quitarme este maldito pingüino.

—Oye, hay algo que no pregunté. —Recordó nerviosa, mientras tomaba su pequeño equipaje.

—No tengo una esposa oculta o algo así. —Mencionó casual con tono aburrido.

—No me refería a eso. —Respondió frunciendo el ceño.

—¿Entonces?

—¿A tus hermanos no les molesta que esté aquí?

—¿Por qué habría de molestarles?

—O sea, sé que ellos saben sobre mí, pero no sé qué tanto.

—Conocen lo suficiente, pero sigo sin entender porqué habría de importunarles.

—Porque también es su casa.

—¡Ja! ¿Desde cuándo? —Bufó con burla.

—Desde siempre ¿no?

—Pues no.

—Espera, ¿ellos no viven acá?

—No. Vivo solo.

—¡¿En esta casa gigante?!

—No es gigante, y sólo tengo amuebladas un par de habitaciones. Las otras tres están vacías.

—Pero, teniendo todo este espacio ¿por qué no viven contigo?

—Porque no quiero ser la tercera rueda por siempre. Ellos necesitan privacidad como pareja.

—¡¿Pareja?!

—Oh, ya veo. —Dijo, al percatarse de la razón tras su sorpresa. —Mira, cuando digo que tenemos una relación fraternal, me refiero a ellos dos conmigo. Entre ambos nunca hubo ese lazo tan de hermandad, siempre fueron unidos pero por otro motivo, que afloró cuando las hormonas salieron a relucir. Crecimos juntos desde el orfanato, pero no estamos relacionados, pensé que quedaba claro.

—O sea sí sabía que no eran hermanos de sangre pero, entendiéndolo así, si queda claro.

—Aunque hacíamos todo juntos, siempre me sentí un poco excluído, así que quise darles su espacio. Prácticamente están juntos en modo romántico desde los 16. Yo los dejé para independizarme cuando cumplí 21.

—¿Y cómo le haces para pagar esto solo? Si no fuera por la universidad, yo no podría pagar ese mugroso piso donde vivo.

—No pago renta. La casa le pertenece a alguien más, que me deja vivir aquí sin costo. Pero tal vez algún día sea mía. —Expresó con esperanza. —¿Quieres pasar o seguirás viéndola un rato más?

—Es que es muy bonita, y no hay más casas alrededor. Se puede sentir el viento fresco y el olor a la naturaleza. —Contempló, estremeciéndose por el frío aire que calaba en su ropa.

—Sí, sí, ya olerás mejor la naturaleza mañana que haya sol y no te congeles el trasero. —Habló conduciéndola hacia el cálido interior. —Desde la sala, en el día, puedes apreciar mejor las montañas a lo lejos. —Dijo, encendiendo la calefacción. —Puedes poner tus zapatos acá. —Indicó, retirándose los propios en el espacio designado para estos, no sin antes desinfectarlos y colocarlos de manera apropiada.

—Es mucho más bonita por dentro. —Mencionó admirada, desatándose las botas y colocándolas en el lugar correspondiente. Un par de pantuflas especiales le habían sido entregadas para su uso. Si el exterior la había sorprendido, el interior la dejaba atónita. El reluciente piso de madera se sentía rechinar ante sus pies; las pulcras paredes, algunas con detalles en piedra y otras en donde la madera relucía; Las lámparas y luces que brindaban esa calidez a la casa entera; los enormes ventanales que ahora permanecían cerrados, pero que de seguro proporcionaban una vista preciosa de la naturaleza en el día; todo parecía tan irreal, tan limpio, tan ordenado. —¿Cómo se pueden ver las montañas si todo está cubierto? —Preguntó con curiosidad, datallando el espacio.

—Tienes que usar ese control de ahí para levantar los paneles. Pero, ahora está muy oscuro y no verás... —Calló al escuchar el sonido de estos levantándose automáticamente. —No importa, haz lo que gustes. —Dijo derrotado. —Dejaré puesta la calefacción y me iré a bañar. No tardaré mucho, esta de acá es mi habitación; estaré en el baño de adentro, si quieres usar el otro baño, está por acá. —Indicó mientras abría las puertas.

—¿Qué hay en la parte de arriba? —Preguntó viendo fijamente las escaleras.

—Nada. Son cuartos vacíos que están cerrados con llave. —Respondió rápidamente. —¿Quieres algo de tomar? Sé que a ti te gusta más el café, por eso compré una de esas maquinitas que traen estas cápsulas para hacer diferentes bebidas...

—¿Puedo ir contigo? —La pregunta fue repentina, enunciada con un tono nervioso, mientras se mordía el labio inferior.

—¿A dónde? ¿Al baño? —Cuestionó confundido.

—Ajá. A menos que quieras tener un momento íntimo de relajación. Está bien si quieres estar solo, lo entiendo completamente. —Agregó apenada.

—No. Vamos. —Dijo, ofreciéndole la mano y guiándola hacia la estancia. —La bañera es lo suficientemente amplia.

—¡¿Tiene bañera?!

—Tranquilízate. No es para tanto. —Rezongó, poniendo los ojos en blanco.

—Claro, no para ti. Pero para alguien como yo, que se baña con una ducha que se muere de ganas de electrocutarte, sumado al gato que te observa atento, esperando a que caigas para comerte... esto es sorprendente y... ¡Santo Dios! ¿Todo esto es tu cuarto?

—Sí. —Respondió sin interés, adentrándose en la puerta que conectaba al armario.

—Guau. Es uno de esos clósets donde puedes entrar. —Admiró cada estantería y espejo con la boca abierta.

Walking closet, así se llaman. —La corrigió, mientras se quitaba el suéter que lo había atormentado toda la noche. —Esa puerta de ahí es la que da al baño.

Sin dudarlo, ella se apresuró a entrar a la habitación que nuevamente la dejó pasmada. —Es hermoso. No sabía que un baño podía ser tan bonito. —Dijo atónita.

—Cierra la boca mocosa, se te meterán las moscas. —Habló, caminando a su lado para comenzar a llenar la tina.

—¿Cómo haces para que todo esté tan limpio? —Preguntó.

—Dejar los zapatos en la entrada ayuda mucho. También le dedico una gran cantidad de tiempo a que todo se mantenga impecable, aunque Rova es quien tiene mayor crédito en esto.

—¿Rova? —Cuestionó enarcando una ceja.

—Sí, mi ama de llaves.

—Ah, ¿y viene todos los días a limpiar? —La interrogante sonó con cierta intranquilidad, con ella cruzándose de brazos y sintiendo un nudo conocido en la boca de su estómago.

—No. Ella vive aquí. Por cierto, debería andar por allí.

—Pensé que habías dicho que vivías solo. —Reclamó, alzando una ceja.

—¿Quieres conocerla? Es preciosa. Voy a llamarla —Mencionó, sacando su celular del bolsillo. La muchacha, aún de pie en el umbral, sentía como su visión se nublaba y cambiaba los colores por diferentes tonalidades de carmesí. Sus manos temblaban en puños y su respiración se había detenido de golpe. Él, indiferente a este arranque de ira, seguía tecleando en su teléfono, sonriendo ligeramente ante la pantalla. —En un minuto estará aquí. Cuando Isabel la trajo, estuve escéptico al principio, pero al verla trabajar quedé perplejo. Fue perfecto. —Comentó, finalizando con un suspiro. —Ahora ¿En dónde demonios están esas sales de baño? —Se cuestionó antes de rebuscar en su mueble.

—Tal vez deberías preguntárselo a Rova, si es tan perfecta debería saberlo. Es más, si es tan buena, quizás hasta ella debería bañarte. —Dijo con enfado.

—Ojalá pudiera. —Respondió sin prestar atención a lo que sucedía realmente.

Ella estuvo a punto de levantar la voz, explotando de enojo y celos hasta que sintió rebotar en su pierna a un pequeño robot circular. —¿Qué es eso? —Preguntó, haciendose a un lado.

—¡Ah! ¡Las encontré! —Anunció él, antes de girarse a ver el objeto en cuestión. —Es Rova. ¿No te parece hermosa? Está configurada para aspirar toda la planta baja tres veces al día. Ha sido el mejor regalo de cumpleaños que mi hermana pudo darme. —Mencionó con orgullo, observándola en su paso por el piso.

—Oh. Sí es muy hermosa. —Acordó abochornada, dándose cuenta que había sentido celos de un simple robot. —¿Por qué le pusiste ese nombre?

—En la caja decía "Robot Vacuum", primero traté de generar un anagrama, porque siempre me han gustado, pero ninguno quedaba bien, entonces tomé las primeras dos sílabas de la caja y la bauticé así, Rova. Es tonto, pero me gusta que tenga un nombre propio. Ha sido mi única compañía en este sitio por dos años. —Admitió con tristeza. —Pondré estas en el agua, Farlan dice que son relajantes. Nunca las usé porque no uso la tina muy seguido, prefiero la ducha. ¿Quieres que apague la luz? —Preguntó él, haciendo de menos su confesión anterior.

Ella lo observó perpleja, sabía perfectamente el sentimiento detrás de esas palabras. La soledad era algo difícil de sobrellevar, ella lo había experimentado durante mucho tiempo ya. Por supuesto existen personas con las que hablar y convivir, pero son momentos esporádicos, instantes de compañía que culminan para luego dar paso a ese sentimiento de vacío, de estar completamente en soledad, acompañada únicamente por la voz de su interior, y, en su caso, de un mauillido demandante que la ayuda a sobrellevar esos momentos. Pero él no tenía a nadie más que a sí mismo, sin compañía que lo motive a salir de la cama porque es momento de comer, o que exija una caricia porque ya han pasado cinco minutos sin contacto. Sólo tenía a un triste robot que lo ayuda a limpiar, que lo acompañaba en esos ratos en silencio después de que sus hermanos se retiraban a su hogar, dejándolo nuevamente con el sonido de una aspiradora incansable y una mente que no deja de procesar. Con el corazón acongojado y diferentes pensamientos pasando por su cabeza, le dedicó una sonrisa compasiva al muchacho frente a ella, quien la observaba expectante. —¿Perdón? No escuché lo que me dijiste. —Respondió después de un rato en silencio.

—Dije que si ¿quieres que apague la luz? Para que te sientas más cómoda. —Repitió, recordando que esta ha sido siempre una petición de ella, en sus momentos más íntimos.

—No, está bien así. No te preocupes.

—¿Segura? Esto tiene un sistema de media luz o algo así. —Dijo, revisando los controles del interruptor.

—Completamente. Está bien así.

—Ok. Sólo dame cinco minutos para pasar por la regadera y te acompaño.

—Pero la tina ya está lista. —Dijo confundida.

Él sólo pudo estremecerse, y frotarse nervioso las manos. —Emmm sí, pero me genera cierta incomodidad meterme directamente al agua y estar un rato sumergido ahí. Prefiero limpiarme antes de entrar, para mayor tranquilidad.

—¿Y yo si puedo entrar sin problema? —Cuestionó con tono incrédulo.

—No es lo ideal, pero no me afecta tanto si viene de ti. Es difícil de explicar, ¿ok?

—Te vas a volver a bañar al salir, ¿verdad?

—Probablemente. —Admitió con bochorno.

—Ok. Entonces te acompaño.

—¿A bañarme con agua fría?

—Te espero en la bañera. —Dijo, cambiando rápidamente de dirección para despojarse de su ropa.

—Espera, ¿puedo pedirte un favor?

—¿Dime?

—¿Puedes poner tu ropa doblada en el contenedor azul? La pondré a lavar cuando salgamos.

—¿También te incomoda?

El asintió en silencio, claramente avergonzado. —Lo siento. Trato de controlarlo pero, por más que quiera, no puedo ignorarlo.

—Está bien, no hay por qué disculparse. No me molesta, yo también lavo mi ropa inmediatamente después de usarla.

—Lo estás diciendo sólo para hacerme sentir mejor y no funciona. —Recriminó desde la ducha.

Ella rió ligeramente, antes de dejar sus prendas en donde se le indicó y entrar en el agua tibia que la reconfortó al instante. Mientras lo esperaba, se convencía a sí misma de que quizás se acercaba el momento de abrirse un poco más. Mentalmente cruzaba los dedos para no decepcionarse, no como en las situaciones anteriores, en dónde sus momentos e historias más personales sólo habían generado un gesto de sorpresa, desconcierto y muchas miradas de lástima. Haciendo una retrospectiva, esto nunca había pasado con Levi, quien lejos de sentirse mal por ella, la había motivado en cada situación, con su comprensión, su cálido abrazo y sus palabras reconfortantes. Quizás todos esos dichos tenían algo de razón, y la persona indicada siempre llega a ti, en el momento preciso. Lo observó desde lejos, contemplando su entorno y sintiéndose cómoda y tranquila, justo como siempre se sentía a su lado. —Creo que ya no voy a querer salir de aquí nunca. —Dijo en un suspiro.

—No lo hagas. —Habló él acercándose. —Es más, vamos ahora mismo por el mocoso peludo y vivamos los tres aquí en el baño. —Bromeó.

—No creo que al dueño le parezca tener un gato poseído en su casa.

—No creo que le importe.

—¿Y si te saca por llenar su casa de pelos?

—Para eso está Rova y él no se atrevería a sacarme, no con lo mucho que le soy útil. Además, le queda poco tiempo de vida, y cuando eso pase, todo será completamente mío.

—Oye, pero eso es muy triste. ¿No te da pena pensar que morirá?

—No. Tuvo una buena vida, es momento de que se vaya en paz.

—Yo no lo conozco y ya me siento triste por él. Por cierto ¿Quién es? ¿Cómo se llama?

—¿Por qué te interesa? ¿Acaso planeas seducir a un moribundo para quedarte con su herencia? —Preguntó enarcando una ceja.

—No, y no me serviría de mucho ahora que ya seduje al principal heredero. —Dijo coqueta. —Aunque tengo una amiga a quien podría interesarle. —Sugirió en tono de broma.

—Me reservo completamente esa información, y lo siento por tu amiga pero no creo que esté interesado.

—¿Por qué? Todos merecen un poco de amor, no importa la edad.

—Nunca dije que fuera viejo, y tienes mucha razón, por eso él ya tiene a alguien en su corazón.

—Oh. Qué bien, al menos no está solo.

—No pensé que esto fuera un sauna, me estoy cociendo a fuego lento. —Se quejó, cambiando de tema. —¿Salimos?

—Un rato más. —Suplicó con un puchero, a lo que él accedió, negando con la cabeza, pero con una leve sonrisa coronando sus labios.

La palabra hogar, a menudo es utilizada para definir a una vivienda; el lugar en dónde se habita. Pero, también puedes encontrarlo en los lugares que amas. Un hogar incluso puede ser una persona que te ve con ojos brillantes, sonriéndote ampliamente mientras reposas en una tina con agua demasiado caliente para tu gusto personal; o alguien que se asemeja a un gato mojado, con gesto de disgusto pero que te envuelve dulcemente entre sus brazos. He visto innumerables ejemplos de hogares, cada uno diferente, porque cada quien decide cómo, a qué o a quién designar como tal. Quizás en esta noche dos personas habían encontrado en el otro ese hogar que nunca tuvieron, o aquel que perdieron hacía tanto tiempo que se sentía ya como si no hubiese existido. ¿Y tú? Dime, ¿Ya sabes dónde está tu hogar?