Quizás el nombre de Agatha pueda sonarte conocido, más aún si le agregamos un segundo, Christie. Una mujer encantadora, con una mente brillante. Experta en todo lo relacionado a venenos, meticulosa en cuanto a sus novelas de misterio y las resoluciones en ellas. Su trabajo ha sido más leído y traducido que el del bardo de Avon, o sea el mismísimo William Shakespeare. Ella sin duda era algo fuera de este mundo, pero ¿por qué hablamos de esta escritora justo ahora? Bueno, entre sus muchos logros, también hay muchas frases célebres, tanto plasmadas en sus libros como dichas de viva voz. De hecho, existen dos que me parecen muy interesantes. La primera dice que "las conversaciones son siempre peligrosas si se tiene algo que ocultar." Y la segunda que "...solamente cuando ves a las personas hacer el ridículo, te das cuenta lo mucho que las quieres."
El baño había terminado hacía algunos minutos. Momentos de tranquilidad para ambos en donde conversaron de diferentes temas, ahora más relajados y con las defensas personales a la baja, disfrutando de su compañía y dejando escapar por ratos caricias traviesas que despertaban en ellos ese fuego pasional que nunca descansaba en la presencia del otro. Mientras Levi se daba su segunda ducha rápida de la noche, Mikasa lo esperaba paciente en la habitación, contemplando atenta la colección de vinilos que resaltaban en la pared, junto a otra, igual de impresionante, en la que figuraban distintos títulos literarios ordenados minuciosamente por género y en orden alfabético. Mientras recorría con sus dedos los estantes, pensaba en el curioso e intrigante espacio rectangular ubicado en el centro de estos. Un vacío en la blanca pared.
—No tienes televisor. —Anunció ella cuando lo sintió aparecer a sus espaldas.
—No, en esta habitación no. Pero si quieres ver algo, tengo un proyector instalado ahí arriba. Y en la sala hay una televisión normal.
—Ah, conque para eso es ese espacio. Me pareció extraño desde que lo vi. —Notó. —¿Podemos ver una película?
—Claro, lo que tú quieras.
—Miremos Heathers. —Pidió.
—Ok, déjame buscarla.
—¿La conoces?
—No.
—¡¿Qué?! —Preguntó sorprendida. —Yo amo esa película, fácilmente entra en mi top diez de favoritas.
—Para tener un top, quiere decir que has visto muchas. Suena lógico para alguien que quiere trabajar en la industria.
—Claro, no me podría considerar una diseñadora de vestuario si no sé sobre cine y menos algo como esto que es de cultura general.
—No soy muy fan de las películas o series. A veces sólo pongo la televisión como fondo para trabajar o no sentir tanto el silencio. Prefiero la música, o si es para sumergirme en otro mundo, prefiero los libros.
—Se nota. Hay una pared entre tu colección de libros y discos.
—Ja, muy graciosa. No es tan grande, sólo tengo ejemplares de las cosas que sí me gustan.
—Y vaya que son varias. —Dijo, recorriendo nuevamente los diferentes estantes con su vista.
—Tal vez debería ponerte a ti también en esa pared.
—¿Insinúas que soy un objeto? —Preguntó viéndolo con reproche.
—No, eres un precioso ser humano que se pone celosa por un objeto, eso sí. —Ante esta mención, ella sólo pudo sentir como el bochorno cubría su rostro nuevamente. —¿Quién podría llamarse Rova? Ni siquiera creo que sea un nombre real. —Cuestionó con un dedo sobre su barbilla.
—No sé, alguna escandinava rubia y con ojos muy claros. —Dijo aún apenada.
—Quizás, pero me gustan más las morenas de ojos oscuros; grises, para ser exactos.
—Deben haber muchas así, con esas características, ¿no crees?
—Bueno, entonces puedo reducir la muestra y decir que a mí me gusta Mikasa. —Afirmó, viéndola fijamente.
—Y a mí me gusta Levi. —Respondió sonriendo dulcemente.
—Encontré tu película. Por favor, dime que no es un típico drama estudiantil ochentero.
—No, querido. Es mucho más que eso, ya verás. —Dijo, conduciéndolo hacia la cama. Mientras la película avanzaba, el teléfono de Levi no dejaba de sonar, parpadeando constantemente ante la seguidilla de notificaciones que se presentaban en la pantalla. Él, renuente, tomaba el aparato por momentos, para suspirar de manera pesada y teclear rápidamente respuestas que estaba harto de escribir. —¿Otra vez del trabajo? —Preguntó, recostada sobre su hombro.
—Sí. —Respondió a secas.
—¿No puedes simplemente apagarlo? Es demasiado tarde como para que te estén molestando.
—Lastimosamente, esto no funciona así. —Masculló, antes de levantarse sin ánimos de su cómodo lugar. —Debo atender esto, es algo urgente. —Dijo, alejándose de la habitación.
Mientras lo esperaba, ella decidió revisar su celular y dar vistazos curiosos a su entorno. Él, por su parte, vociferaba molesto por la interrupción de su apacible velada, a su ya recurrente interlocutor. —Ya te dije que aún no. Necesito un poco de tiempo. —Dijo exasperado.
—¿De cuánto estamos hablando?
—Un mes, al menos.
—¿Un mes? —Repitió este, incrédulo.
—Al menos. No puedo hacerlo antes.
—No lo van a aceptar, no hay manera, Levi.
—Tendrán que hacerlo.
—¿O si no qué? Demonios, sabes que si no cumples con esto, nos hundiremos los dos.
—Necesito ese tiempo, si no, no podré hacerlo. —Dijo suplicante.
—¿Qué pasa? ¿Otra vez los problemas de siempre? Le llamaré a Eld.
—No. —Negó tajantemente. —No necesito que ese idiota se involucre en esto. Yo... yo puedo solo ¿sí? Sólo necesito más tiempo. Erwin, no te molestaría si no fuera necesario.
—Bien. —Aceptó derrotado. —Veré qué puedo negociar. Pero, por favor no me falles. –Advirtió.
—No lo haré. Un mes y tendrás lo que necesitas.
—Bien. Y será mejor que no te distraigas. Me alegra que tengas una novia, pero si eso interfiere en esto... —Dijo con seriedad
—No lo hago. Déjame en paz, negocia el plazo de tiempo y yo hago el resto. —Respondió entre dientes, antes de finalizar la llamada. Bufó molesto, mientras dedicaba una mirada triste hacia el cielo; ojos suplicantes que pedían que todo acabara de una vez por todas. Dando un último suspiro, se giró para encaminarse nuevamente a la habitación, en donde encontró a Mikasa adentrada en el cuarto de baño, tratando de abrir a la fuerza el mueble ubicado atrás del espejo que colgaba sobre el lavabo. —¿Qué haces? —Preguntó con su tono imperturbable de siempre, tratando de esconder el nerviosismo que le había provocado el verla cerca de ese lugar en específico.
—Me arden los ojos y quería ver si tenías gotas en algún lugar. Pero esta cosa no se abre. —Respondió sin rendirse.
—No se puede abrir, es sólo de ornamentación. —Mintió. —Vamos, creo que tengo un frasco guardado en la mesa de noche. Mentalmente se agradeció por haber pensado de antemano y decidir echar llave a ese pequeño mueble que contenía verdades que no se sentía preparado para afrontar. Con sutileza, la alejó de ahí para llevarla nuevamente a la habitación en donde habían estado antes. Rápidamente encontró lo que necesitaba, alcanzándoselo a la chica que agradeció el gesto y no dudó en refrescar sus cansados ojos.
—Necesitaba esto. —Agradeció aliviada. —Creo que había demasiado humo en la convención.
—¿Crees? —Cuestionó, levantando una ceja. —Todo el maldito lugar olía a tabaco. Asqueroso.
—No puede darte asco, si tú eres un fumador compulsivo. —Respondió entornando los ojos.
—Era. —Corrigió. —Estoy tratando de dejar ese mal hábito. Llevo casi dos semanas sin fumar y me ofende mucho que no lo hayas notado.
—Oh. Lo siento, es que tampoco lo hacías tan seguido en mi presencia.
—Y aún así te atreviste a llamarme, y cito "fumador compulsivo" ¿Ves cómo asumes cosas sin saber? —Recordó.
—No era mi intención, lo siento. —Se disculpó nuevamente. —Me alegra saber que dejaste de fumar. No lo digo porque me molestara, sino porque no es saludable. —Aclaró abrazándolo por detrás.
—Sí, era momento de dar un paso adelante, supongo. —Dijo, sujetándola con firmeza. —Aunque aún queda mucho por caminar. —Agregó en un murmullo inaudible. —¿Terminamos de ver la película?
—¡Sí! Falta la mejor parte. Por cierto, ¿Qué te dijeron de tu trabajo?
—Nada importante, sólo disfrutan recordarme que no tengo derecho a tener vida.
—Eso es explotación, qué bueno que renuncias.
—Ajá. —Replicó, restándole importancia al tema.
—Por cierto, ¿tienes planes para el próximo domingo por la noche?
—Sí.
—¿Cuáles? —Preguntó con tristeza.
—Sumergirme en mi propia miseria, mientras veo al techo y escucho música de fondo.
—¿Y si te invito a algo mejor?
—Contigo, acepto ir a donde sea... a menos que también quieras venir a ver el techo. No me molestaría, es una acción bastante revitalizadora que te ayuda a pensar.
—Gracias, pero paso. El domingo es Halloween.
—Ajá, ¿y qué con eso? ¿Quieres salir a pedir dulces, mocosa?
—No me digas así. —Espetó con molestia. —Lo que pasa es que, de parte del club de terror al que estoy suscrita, me invitaron a una fiesta en el cementerio.
—Pensé que odiabas las fiestas. —Señaló confundido.
—No me gustan, pero es que es una fiesta de disfraces... y pensé que...
—Ay no. —Se quejó. —Me retracto, contigo voy a algunos lugares. —Dijo, reformulando su oración anterior.
—Por favor. —Suplicó.
—Te acompaño, pero no me voy a disfrazar. —Advirtió.
—Pero así no será divertido, es lo único por lo que quiero ir.
—Ok, te acompañaré pero yo elijo mi disfraz.
—Pero, vas a elegir ser una persona normal o algo así de tonto y sin chiste.
—Entonces no voy. Me rehúso ser ridiculizado por tercera o cuarta vez. —Dijo pensativo.
—Por favor...
—Última oferta. Tómalo o déjalo.
—Está bien. No dejaré que tú, señor Aguafiestas, arruines esto con tu apatía. —Aceptó derrotada.
—No sé por qué te emociona tanto. Es una idea estúpida, los muertos merecen descanso.
—Yo creo que incluso ellos disfrutarían de un día de diversión, no como otros, que prefieren ver el techo.
—Tienes razón, si no lo voy a disfrutar no veo la razón de ir.
—¡Oye! Ya habías aceptado acompañarme.
—No lo sé, el señor Aguafiestas tiene mucho trabajo. Hay muchas más fiestas que criticar y demeritar, no puedo centrarme sólo en una.
—Juro que un día de estos voy a arrancarte esa lengua, para ya no oír más de tus sarcasmos.
—Hazlo. De todos modos quien lo lamentará después, serás tú. –Respondió ladino, guiñando un ojo. Ella, sintiendo cómo su rostro cambiaba a una tonalidad de rojo intenso, sólo pudo asestar un codazo entre sus costillas que sirvió como respuesta. —¡Auch! Demonios, Mikasa. Eso duele ¿sabes?
—Ese es el punto. Entonces ¿vendrás conmigo o no?
—Qué exigente. —Denotó. —Sí, acepto tu invitación a la cita de Halloween.
—No es una cita.
—¿No lo es? Bueno, entonces ¿puedo llevar también a mi amiga escandinava de exótico nombre? Seguro encuentro alguna por ahí.
—Idiota. No, no puedes llevar a nadie más ¿ok? Sí es una cita. Y será mejor que te pongas un buen disfraz.
—No prometo nada. Además, no sabía que te gustaba tanto la temática de disfraces.
—Prácticamente, me disfrazo todos los días. ¿Cómo no iba a gustarme?
—No es cierto. Tú no te disfrazas, te vistes para impresionar.
—Así que, ¿te impresionan mi vestimenta? —Inquirió alzando una ceja.
—Claro, te ves hermosa con cualquier cosa que te pongas. Aunque me impresiono más cuando te las quitas.
Ella lo observó por un momento, dejando que una ligera sombra de tristeza cruzara por sus ojos, con una sonrisa melancólica, desvió la mirada, centrándose en un punto en la pared, desenfocando su atención de ese preciso momento y revisitando otros mucho menos agradables. —No creo que sea algo impresionante. Hay cosas en mí que me gustaría no tener. —Soltó, mientras acariciaba con su dedo la piel de él, repasando con dulzura algunas marcas en sus brazos, algo difusas por el tiempo transcurrido, pero aún palpables bajo su tacto. —¿Qué te pasó aquí? —Preguntó, tocando una gruesa cicatriz que corría cerca de su hombro.
—Estaba huyendo de un tipo que me quería golpear por haberle robado un pan o algo así de estúpido e insignificante, hasta que llegué a una cerca con alambre de púas. Mis opciones eran: rendirme y dejar que el hombre descargara su furia en mí o arriesgarme y pasar bajo la cerca.
—El alambre te cortó. —Afirmó con entendimiento.
—Isabel pensó que iba a morir por la cantidad de sangre que llevaba en la camisa. Pero no fue tan grave, pudo haber sido peor.
—¿Así como la del apéndice?
—Aunque no lo creas, la historia detrás de esa es mucho más compleja de lo que te había contado.
—Te escucho. —Dijo, pausando nuevamente el filme y recostándose sobre su hombro para verlo mejor.
—Tenía trece. Mi tío se había marchado hacía algunos meses; cuando finalmente entendí que no volvería, comencé a vagar por la calle, buscando comida o medios para encontrarla. Aún no conocía a mis hermanos, estaba solo completamente. Llevaba días sintiendo una molestia en la parte baja de mi abdomen, pensé que era por el hambre y no le di mucha importancia. Hasta que el dolor se intensificó y trajo consigo a la fiebre. Me desvanecí en una de las calles y pude haber muerto, de no haber sido por un viejo barbero que me levantó y me llevó con su vecino de enfrente que era doctor, el hombre se negó al principio, pero gracias a las súplicas del viejo, aceptó verme y, alarmado, le dijo que tenía que ir de urgencia a un hospital. Ahí me operaron y el señor cuidó de mí por algunas semanas. Incluso me llevó con él a su negocio; lo ayudaba a limpiar el cabello que caía al suelo y él me daba comida y un techo.
—Qué bueno que te encontraste con alguien de buen corazón.
—Sí, irónico pues fue justo eso lo que le falló e hizo que falleciera un día así de repente. Una mañana simplemente no se levantó; cuando vi que no se movía, fui corriendo a buscar al doctor para que lo ayudara, lo vio y simplemente me dijo: "Está muerto, muchacho, no hay nada qué hacer. Así es la vida" Y se fue. Luego llamó a las autoridades y a los del servicio social para que me llevaran a un orfanato. —Mencionó, con tono sombrío. —A veces me gusta visitar su tumba, como agradecimiento por lo que hizo por mí. Las buenas personas nunca duran en este mundo. —Dijo, envolviendo las últimas palabras en un suspiro. Cuando se giró para observar a la muchacha a su lado, la vio con los ojos cristalizados por las lágrimas acumuladas en estos; orbes grises completamente empañados. —Ay, no. Lo hice otra vez ¿no es así? Mis historias tristes te hicieron llorar, lo siento.
Ella negó enérgicamente, limpiándose las lágrimas que no dejaban de salir. —Está bien, a veces me pongo muy sentimental. Y es que... imaginarte ahí, solo... sin nadie más... es demasiado... —Articuló sin poder completar las oraciones a causa de los sollozos que le impedían continuar.
—Ok, basta de historias por hoy. Mejor terminemos de ver esta película, porque en serio quiero saber qué pasa con estos dos. Entiendo que lo que hace está mal, pero ahora quiero que terminen juntos o no sé, que mueran los dos... ¿demasiado sádico? —Preguntó, tratando de reanimarla.
—¿A quién quieres engañar? Tú amas el sadismo. —Dijo, limpiándose los ojos aún llorosos y riendo ante su silenciosa aceptación. —¿Sabes que hay un musical de esto?
—Ni siquiera sabía que existía la película y no soy fan de los musicales. —Habló encogiéndose de hombros, antes de girarse para verla directamente y sentir un estremecimiento recorrer por su espalda ante su gesto macabro. —Me vas a obligar a verlo ¿Verdad? —Inquirió, apretándose con fuerza el entrecejo.
—Es que si la película es buena, el musical lo lleva aún más allá. Y las canciones... —Chilló con ojos brillantes.
—Bien, bien. ¿Quién necesita dormir de todos modos? Igual mañana es domingo —Aceptó a regañadientes.
—¡Yay! Eres el mejor... por cierto, retomando lo del próximo fin de semana... ¿tienes alguna gabardina negra larga que me puedas prestar?
—¿Te vas a disfrazar de Trinity o algo relacionado con Matrix?
—Tal vez.
—Sí, tengo.
—Gracias, puedes dármela después, no me urge. Igual es para la fiesta.
—Sí, sobre eso... creo que no podré verte durante esta semana. Yo... emmm... tengo mucho trabajo por hacer y si quiero acompañarte a eso, debo encerrarme los próximos días para avanzar. —Mencionó cabizbajo.
—Oh. Bueno, está bien. No hay problema. Sólo, prométeme que no te descuidarás. —Pidió en tono de advertencia. —Ahora sé dónde vives y no dudaré en venir a buscarte si te vuelves a desaparecer sin explicación alguna.
—Estaré bien. —Enfatizó, dándole un casto beso sobre su frente.
Los días siguientes pasaron con rapidez, sin mucho que contar. Sólo me dediqué a observar a este par de personas que seguían con su rutina de siempre, pero con un ligero cambio que me hacía sentir en extremo esperanzada. Uno, sumido en sus preocupaciones, lidiando con sus propios demonios y deberes, mientras analiza con pesar un gabinete cerrado con llave, convenciéndose a sí mismo que puede salir adelante y la otra pasando tiempo en sus clases y sintiéndose cada día más apartada del resto de sus compañeros; pero ambos tenían algo en común, ese sentimiento de añoranza y de querer abandonar todo lo que tenían en sus manos para estar el uno con el otro, compartiendo el único lugar en el que se sentían pertenecer, entre sus brazos.
Durante mi existencia, he observado muchas festividades realizadas por los humanos que me parecen un tanto... curiosas. El treinta y uno de octubre es una de las que más llaman mi atención. Iniciado como una fiesta pagana que celebraba el fin de las cosechas, esta evolucionó hasta convertirse en una noche donde todos pueden ser lo que deseen, desde personajes dulces e inocentes, hasta las abominaciones más espeluznantes, salidas de las más oscuras pesadillas. Es algo fascinante. Mientras visualizo las calles rebosantes de personas que exhiben sus disfraces más estrafalarios, me centro en Levi, quien se encuentra manejando por la ciudad en su motocicleta, pedido exclusivo de Mikasa, para recogerla precisamente en su departamento. Lo veo bajar del vehículo y tomar de uno de los compartimentos, la prenda que le había solicitado con anterioridad.
—Hola, Poe. —Saluda al pequeño felino, que ya ha corrido a su encuentro desde que se posicionó tras la puerta y que ahora lo recibe ronroneante, exigiendo por su atención.
—Empiezo a creer que le agradas más que yo. —Dijo ella con fingida molestia, recibiéndolo en el umbral.
—¿Qué puedo decirte? O naces con carisma o no lo haces.
—Carisma para aterrar a los niños pero encantar a los gatos, curioso.
—Pues prefiero que se me acerque un gato, a un mocoso llorón y apestoso.
–¿Y si fuera tu mocoso llorón y apestoso?
—Si es mío, entonces no será apestoso. Oye, ese traje no se ve mucho como salido de Matrix. —Observó, —Por cierto, aquí tienes lo solicitado. Si la mademoiselle, necesita algo más, por favor no dude en pedírselo a este simple lacayo que existe para cumplir sus órdenes. —Reverenció, dando un beso al dorso de su mano.
—Muy bien, siendo así. ¿Puedes ponerte esto, por favor? —Pidió, entregándole de vuelta la prenda y sacando de un cajón lo que parecía ser un arma.
—¿Por qué me devuelves la gabardina y me das un arma falsa? —Preguntó confundido observando ambos artículos.
—¿Cómo sabes que es un arma falsa?
—Es demasiado ligera para ser real, el gatillo está demasiado flojo y suave. Además de las grandes letras en el cañón que dicen claramente que fue "hecha en China"
—Buen punto. —Dijo, dándole la razón.
—¿Vamos a asaltar un banco? Hay formas más fáciles y menos complicadas de obtener dinero ¿sabes?
—No, simplemente te estoy entregando tu disfraz.
—Yo ya tengo un disfraz.
—No es cierto, vienes con tu look de siempre y tus botas caras.
—En primer lugar, son botas Dr. Martens, completamente normales y muy asequibles para cualquiera, tú también tienes unas...
—Cualquiera que tenga dinero para comprarlas. Y las mías no son originales, porque soy pobre. Siempre quise las que sacaron con los personajes de Sanrio —Mencionó añorante.
—Como sea, y en segundo lugar, aquí está mi disfraz. —Señaló, mostrando su muñeca derecha.
—¿Una pulsera de hospital? ¿Qué se supone que eres? ¿Un enfermo terminal? —Preguntó, señalando sus marcadas ojeras.
—Eso fue un golpe bajo. Gracias por notar que no he dormido bien, pero aquí estoy, dando mi mejor esfuerzo para acompañarte a tu fiesta.
—¿Una pulsera es tu mejor esfuerzo? ¿En serio?
—Soy un paciente que escapó del psiquiátrico para salir contigo. Dime si eso no es romántico. —Ella lo observó con seriedad, tratando con todas sus fuerzas de no ceder y reír. —Ok, ok. Lo olvidé por completo y esto fue lo mejor que pude obtener a último momento. Era eso o ser una momia y eso simplemente no iba a suceder. —Nuevamente, la fría mirada gris se posó sobre su rostro, escrutándolo sin decir una palabra. —¿Quién se supone que voy a ser si me pongo esto? —Preguntó, aceptando su destino.
—Seremos Jason Dean y Verónica. —Dijo finalmente ella, señalando su icónico vestuario de falda azul de vuelos, un top y medias negras y un suéter gris; todo coronado con un peinado y maquillaje que remarcaba lo mejor de los ochenta.
—¿Los protagonistas de la película que vimos? —Cuestionó.
—Los mismos.
—No es justo. ¿Por qué tengo que ser yo el sociópata que se inmola al final? —Refunfuñó.
—Porque en cierto punto dijiste que tú sí habrías volado esa escuela con todos adentro.
—Lo merecían, todos eran unos idiotas.
—¿Ves? Eso es muy JD de tu parte. —Dijo, colocando el gran saco sobre sus hombros. —Además, así iremos a juego; será divertido. —Murmuró sobre su cuello.
—Sólo a ti te permito manejarme a tu gusto. —Respondió, girando su rostro para verla de lado, cediendo ante ella. —No importa hacer el ridículo, si eso te hace feliz.
—No es ridículo, te ves sexy. —Susurró en su oído, depositando un beso sobre la esquina de su boca.
—¿Por eso me pediste que trajera la motocicleta? ¿Para que todo el atuendo cobrara sentido?
—Soy una mente maestra ¿no crees?
—No, soy yo el que no puede negarse a ninguna de tus peticiones. Sólo espero que no te dé hipotermia el viaje.
—Mmm tomaré eso en cuenta para más tarde. Igual mañana no trabajo. —Dijo coqueta. —Y no te preocupes por el frío, voy bien abrigada. —Habló mientras tomaba del perchero la pesada chaqueta que le pertenecía a él, pero que hacía mucho había dado por perdida, lo cual no le molestaba en absoluto. —¿Nos vamos?
—Ya qué, sólo déjame tomar mi pistola de plástico para amedrentar a cualquier jugador de fútbol americano que quiera molestarte. —Mencionó con firmeza, tomando el arma falsa y caminando hacia el lugar en donde había estacionado su moto. No sin antes detenerse abruptamente para tomarla por la cintura y plantar un demandante beso en sus labios. La muchacha sintió como todo daba vueltas a su alrededor, mientras el reflejo de las luces en el exterior daban la apariencia de luciérnagas danzantes que la elevaban en el aire, mientras su corazón latía desenfrenado.
Luego de ese intercambio, ella caminó los pasos restantes del recorrido a sus espaldas, sonriendo bobamente a la imagen ante sus ojos; un hombre fuerte, serio, que usualmente amedrentaba a todo aquel que se atrevía a dedicarle una simple mirada, aceptando cada uno de sus caprichos con tal de hacerla feliz; quejándose, sin hacerlo realmente y sosteniendo su mano con delicadeza; un cómplice que la acompañaría al fin del mundo y de vuelta, si fuera necesario. Todo aquello que tanto había buscado y que había aparecido frente a su persona, gracias a un error de un pequeño minino que los observaba atento desde la ventana.
Todo parece indicar que las cosas se están acomodando para dar paso a ese curioso sentimiento, muchas veces imperfecto, pero que se da siempre de forma natural. Ese que no te das cuenta que sientes, hasta que ya estás sumergido completamente en sus aguas. El que te puede llevar al paraíso o al infierno mismo en un solo instante; un flotador que te mece con tranquilidad en un vasto océano o el agua helada que te ahoga en la tormenta.
