"A quien dices el secreto, das tu libertad" - Federico García Lorca.

He existido por mucho tiempo; he visto llegar a los humanos e incontables veces los he visto irse. Durante toda mi existencia, he observado un patrón bastante repetitivo en muchos de su especie, que van por ahí tratando de resolver el misterio que es la vida. No lo hagas. No pierdas tiempo valioso de tu existencia tratando de deducirla, dedícate a vivirla, que es lo más importante. Te lo digo yo, que adoro los misterios y los secretos, pero no voy por ahí tratando de resolverlos, ni contándolos a viva voz; pues lo especial de estos es que, las partes que en un principio parecen no encajar, al final lo hacen y es ahí cuando todo cobra sentido.

Detalles que se escapan sin querer y que pueden parecer insignificantes, pero que a alguien que presta atención podrán dar respuesta a muchas interrogantes... o quizás no. A veces las cosas no son lo que parecen y no puedes afirmar como cierto lo que no lo es; no dejes que la curiosidad te engañe y te genere ideas erróneas. Abre bien los ojos, los oídos y principalmente el corazón, pues a veces, es este el que tiene las mejores respuestas.

Como el corazón de una joven que late desbocado al ver detenerse frente a ella un auto que ahora le resulta tan familiar y cálido, como si fuera propio. Vehículo del que, apresurado, se baja un muchacho que rápidamente la envuelve en un tibio y reconfortante abrigo. —G-ggracias. —Alcanza a decir tartamudeando.

—Estamos en pleno diciembre y tú sales sin suéter. Y justo hoy que te toca turno de noche en este basurero. —La regaña él, friccionando sus brazos como técnica improvisada de calefacción, en el corto trayecto hacia el auto.

—E-es q-que l-lo ol-vv-idé e-en c-clas-se. —Intenta articular controlando su tembloroso cuerpo.

—Por salir tarde y andar siempre a las prisas. Vamos, te prepararé un baño caliente y algo para cenar.

—T-tú n-no coc-cinas.

—No, pero hay pizza fría que se puede calentar en el horno. —Admite con obviedad. —Cuéntame, ¿cómo te fue? Espero que ningún idiota haya intentado propasare como la otra vez. —Recordó molesto.

—Gracias a t-ti los meseros ya ni s-siquiera quieren hablarme.

—Mejor así, los muy infelices vieron que ese borracho te estaba acosando y no hicieron nada. Suerte que yo estaba ahí para ponerlo en su lugar.

—P-podía defenderme sola.

—Lo sé, pero quise ahorrarte el problema, arriesgando mi propia integridad física.

—Barriste el suelo con él. —Remarcó ella, sonándose la nariz. —Y le gritaste a todos en el restaurante que eran unos malditos incompetentes.

—Oh, bien. La próxima vez me uniré al club de mirones y no me moveré de ahí.

—Suerte que Shadis tiene una especie de crush contigo y decidió hacer como si nada hubiera pasado. Si no, ahora estaría desempleada, durmiendo en la acera.

—Muchos hemos dormido en la acera ¿sabes? No es divertido bromear con eso. —Reprendió serio.

—Perdón, no pretendía hacer una broma de eso. No pensé mis palabras y... —Formuló nerviosa, antes de ser interrumpida por una risa profunda que salía de su acompañante.

—Me encanta que siempre caigas con eso. —Se burló.

—Te odio. —Respondió cruzándose de brazos.

—Oye y ¿por qué no renuncias? —Preguntó ignorando las palabras que sabía, carecían de significado.

—¿Qué parte de "soy pobre y miserable" no entendiste?

—Básicamente toda la parte de "eres inteligente y mucho mejor capacitada como para trabajar en un basurero horrible como ese" —Dijo con decisión. —En serio podrías encontrar algo mejor. De hecho, ni siquiera tendrías que trabajar.

—Si tu opción es que trabaje en un burdel, contigo siendo mi único cliente... me halagas, pero paso. No pienso caer tan bajo. —Mencionó sin ánimos, viendo hacia la ventana.

Él sólo pudo sentir una corriente eléctrica pasar por su espalda, como un balde de agua fría cayendo repentinamente sobre su cuerpo. Cerró con fuerza los ojos y apretó firmemente el volante, tratando de borrar esos tortuosos recuerdos de su mente, respirando en silencio varias veces hasta lograr apaciguar a su agitado corazón. Momentos dolorosos que pasaron imperceptibles ante la muchacha que se distraía contemplando el horizonte. —No había pensado en eso, aunque no es una mala idea. —Dijo, con voz sofocada, luego de minutos que para él, parecieron horas. —Pero, hay una asociación que ayuda estudiantes. Se llama LIF, podrían darte un estipendio mensual que cubra tus gastos e incluso un préstamo para que empieces a ejercer tu carrera y puedas comenzar con tu vida profesional.

—¿Eso existe? —Preguntó sorprendida, girándose para verlo directamente.

—Te lo he mencionado varias veces y, claro que existe. Mi hermana trabaja ahí.

—Es que me decías que debía ir a LIF y pensaba que hablabas de la revista Life o algo así.

—Ni siquiera se pronuncian igual. Y esa revista ya no existe. —Notó molesto.

—¿Por qué LIF? ¿Demasiado perezosos para agregar la E? ¿O no querían que los confundieran con la revista?

—Pues igual los confundiste y, además, te estás desviando del tema. Hablé con Isabel y dice que con gusto te pueden apoyar, incluso te darían más de lo que ganas aquí... en temporada alta, con propinas y todo. Sólo debes llevar tu papelería, ya sabes tus notas y certificados que acreditan que eres estudiante y listo.

—Pero, ¿no debería haber algún proceso de selección o algo?

—Ya lo hubo. Le conté tu situación y te seleccionó. Felicidades.

—¿Eso no sería algún tipo de nepotismo?

—No, ahí ayudan al noventa y cinco por ciento de jóvenes que se encuentran en necesidad y tú aplicas a los criterios base. A menos que quieras seguir siendo la esclava de Shadis por el resto del semestre. —Dijo casual, encogiéndose de hombros.

—No.

—Entonces, manda ese trabajo horrible al demonio, acepta el programa, el préstamo y dedícate a graduarte.

—¿O sea que también me darían el préstamo sin necesidad de nada más?

—Ajá. Justo el dinero que necesitas para el taller que me contaste que querías abrir.

—¿Y cuándo debería pagarlo?

—Cuando lo tengas. No hay un plazo fijo.

—Suena a que es demasiado bueno para ser real.

—Si fuera una estafa, no involucraría a mi hermana, ni mucho menos a ti y yo no gano nada con esto. —Reprochó. —No tienes que dar ninguna garantía, yo soy tu garantía. Fui yo quien habló con ella y quien se haría responsable si algo pasa. Puedes confiar en mí, ¿sabes? —Mencionó con tristeza.

—Lo hago, sí lo hago. Sólo suena demasiado bueno.

—Te mereces que cosas buenas lleguen a tu vida. Quizás es el momento para que empieces a independizarte y confecciones esas creaciones tuyas que son maravillosas. Estoy muy seguro de que lograrás cumplir todo lo que deseas. —Afirmó, deteniendo la marcha frente a su casa.

—Tú llegaste a mi vida. —Dijo, tomándolo del cuello para besarlo con dulzura.

Él sonrió levemente, —Piénsalo y si te decides, me das tus papeles o yo te llevo para que los entregues directamente en la asociación, si quieres verla y tener un poco más de información.

—Podríamos ir mañana. —Acordó. —Aunque no sé si quiera conocer a tu hermana y pedirle dinero el mismo día.

—No creo que esté ahí, se fue de vacaciones con Farlan. Y no es su dinero, es el de los donadores que financian todo.

—¿Quiénes crees que sean? Deben tener mucho dinero para hacer todo eso.

—Según tengo entendido, grandes compañías y algunos individuos anónimos. Por cierto, tu hijo se está colgando de mis cortinas. —Dijo, señalando al gato que los veía desde la ventana.

—Que no te extrañe, él es así. ¿Lograste limpiar el sofá?

—No. Lo tiré a la basura y pedí uno nuevo. —Mencionó sin inmutarse.

—¡Levi! Era sólo tierra, podía limpiarse fácilmente.

—Pero era blanco y se iba a manchar más. Ya estaba viejo y el de ahora se ve mejor.

—No sé si a tu amigo le gustará que le cambies la decoración.

—No creo, igual ya su soplo vital se está acabando.

—Me parece muy incorrecto de tu parte que te expreses así de alguien que te está dando tanto.

—Es un cretino imbécil que le hará un favor al mundo dejando de existir.

—¡Levi!

—¿Quieres pizza? —Preguntó casualmente.

Ella negó ante sus comentarios, pero acostumbrada a su falta de tacto, decidió restarle importancia y acompañarlo a la cocina por la comida prometida y luego seguirlo al baño que también se le había anticipado desde un inicio.

Luego de salir de la tibia tina, se envolvió con una toalla y recorrió nuevamente la habitación en la que ya había pasado varios momentos, escaneando otra vez la colección de discos de diferentes eras que relucía en un lado de las paredes. Su vista cayó después a un pequeño mueble al lado izquierdo, en donde se encontraba enmarcada una fotografía que le sacó una sonrisa de manera inmediata. Era aquella que se habían tomado hacía algún tiempo en la convención a la que, por primera vez, habían asistido juntos. La miró a detalle, repasando la imagen con sus dedos. Al lado de esta, se encontraba otra que ya había visto anteriormente, en donde sobresalían tres personas disfrutando de lo que parecía ser una excursión en la naturaleza; dos chicos y una chica; tres pares de ojos, unos castaños, unos verdes y unos azules que conocía a la perfección; dos rostros sonrientes y uno serio, expresando lo mucho que detestaba estar en ese lugar y que evadía ver directamente a la cámara. —¿Cómo es que en nuestra foto sonríes y aquí parece que quieres morir? —Preguntó, sosteniendo el marco entre sus manos y detallando a la pareja, a quienes ahora podía asociarles una identidad.

—Siempre quiero morir... excepto cuando estoy contigo —Corrigió, ante la dura mirada que lo veía expectante. —Además, ese fue un día horrible, odio los paseos al aire libre y después de tomar la foto comenzó a llover. Nos llenamos de lodo y fue asqueroso.

—Sin duda alguna un día terrible para un germofóbico.

—No soy eso. No les tengo miedo. Es sólo que ya viví dentro de la peor podredumbre y lo detesto, no quiero recordarlo. —Admitió estremeciéndose, antes de dirigirse nuevamente al cuarto de baño para terminar de limpiarlo antes de dormir.

—Oh, ya veo. —Respondió sin saber qué decir realmente.

—Pero a Isabel le encanta la naturaleza y el año pasado decidió festejar su cumpleaños al aire libre. —Mencionó, retomando el tema anterior. —El año previo a ese, tuve que salir de la ciudad y no pude estar en su celebración. Así que esta vez no me pude negar, aunque sabía que no era buena idea. Ella decidió inmortalizar el momento y darme esa foto.

—Te aprecian mucho, ¿verdad?

—Eso creo.

—Y tú a ellos. Se ve cuándo hablas sobre tus hermanos. —Dijo, sintiendo como unos fuertes brazos la envolvían por la cintura. —¿Crees que yo les agrade?

—No hay razón para que no sea así. —Dijo recostado sobre su hombro. —¿Te gustaría conocerlos? —Preguntó repentinamente.

—¿Lo dices en serio?

—No, me encanta jugar con tus sentimientos. —Respondió sin emoción.

—¿Qué acordamos sobre las respuestas de ese tipo? —Reprendió cruzándose de brazos.

—Que sólo tienen que ser dedicadas a los demás, no a ti. Lo siento. —Se disculpó. —Sí, hablo en serio. De hecho, regresarán justo para navidad. Si no tienes planes, te invito a la celebración en casa de los Ackerman Magnolia-Church. —Dijo animado. —A menos que quieras viajar a tu ciudad para estar con tu madre.

—Esa no es mi ciudad —Respondió tajante. —Y todas mis navidades anteriores han sido compartiendo con amigos y mi querido Poe. Haha sabe que no llego en estas fechas. No pretendo pasar una fiesta familiar con gente que no me trata como familia. —Mencionó con tristeza, haciendo mención silenciosa de su tía materna.

—Bueno, eres bienvenida a la nuestra. Siempre puedes ser parte de esta familia disfuncional. Seremos tres huérfanos, una gótica hermosa y un gato. Aunque no cenamos lo tradicional ese día, hacemos un consenso para decidir el menú.

—Suena a mi tipo de familia. —Dijo sonriendo. —Yo podría cocinar algo también. —Sugirió con timidez.

—No tienes por qué hacerlo. Normalmente es Isabel la que saca sus dotes culinarios. Yo sólo llego.

—¿Ni siquiera puedes esforzarte en eso? —Inquirió asombrada.

—No es porque no quiera. No me dejan.

—Ajá, claro.

—Regla de Farlan, el cumpleañero sólo come, no trabaja.

—¿Tú cumpleaños en serio es en navidad?

—Sí, ya te lo había dicho.

—Pero, pensé que bromeabas y que no lo decías en serio.

—Empiezo a creer que no me pones atención.

—No es cierto. Es sólo que aún no distingo tu tono irónico del normal.

—Sabrías distinguirlo si me pusieras atención. Es bastante obvio. —Dijo ofendido, retirándose hacia el armario.

—Lo siento ¿sí?

—No lo sé, Mikasa. Ya no sé si recuerdas algo de mí, siquiera.

Ella rodó los ojos, negando con la cabeza. —Tienes razón, no sé ni cómo te llamas.

—Ah, no, ese dato me queda claro que lo conoces perfectamente. Digo, por cómo lo gritabas hace un momento en la tina. —Mencionó, dando un movimiento con la mano, aún dándole la espalda. La muchacha sólo alcanzó a replicar con un lanzamiento perfecto de una almohada que aterrizó con sonoridad en la cabeza del chico. —¡Hey! ¡Cuidado que esas fundas son de seda, mujer! —Bramó recogiendo el almohadón. Comentario acallado por una segunda almohada que cayó, ahora golpeando su espalda. —¡Mikasa! ¡Vas a hacer que se les salgan las plumas! —Dijo en voz alta, tirándolas de vuelta hacia ella.

—Ni siquiera las usas. —Replicó ella, lanzándolas de regreso. —Deténme si tanto te importan tus preciadas almohadas entonces. —Bufó.

—¡Mocosa inmadura! —Dijo, girándose molesto.

—¡No te acerques, energúmeno odioso!

—¿Cómo me dijiste? —Cuestionó serio, caminando de forma amenazante hacia ella.

—Lo que oíste. —Espetó.

—Dilo otra vez en mi cara. —Demandó.

La muchacha plantada con firmeza frente a él, intentaba poner su mejor máscara imperturbable, aunque sentía que su garganta se había resecado desde que la última sílaba de la frase anterior abandonó sus cuerdas vocales. —¿Qué, es que a caso también eres sordo? —Preguntó, tratando de sonar convincente.

—No. Sólo quería saber si era eso lo que pensabas realmente de mí, porque así no fue como me llamaste hace un rato allá dentro. —Dijo con tono mordaz, señalando con su cabeza la puerta del baño.

—Tú tampoco me dijiste "mocosa inmadura" —En su interior, sabía que no debía seguir; que este mismo tipo de intercambios siempre terminaba costándole caro en sus relaciones, en donde siempre era tachada de grosera y antipática. Esperaba lo peor, que el lazo que habían construido se rompiera por un comentario que fue dicho sin pensar, seguido por respuestas que no debió dar, y que sólo habían salido de su boca; cosas que no sentía, ni pensaba realmente, pero que decía en momentos cuando el enojo le ganaba. O simplemente por no quedarse callada, como ahora, cuando ni siquiera estaba molesta. Como siempre, todo se salía de sus manos, llevando siempre las cosas al extremo.

Sin embargo, su angustia se vio interrumpida por una sonrisa maliciosa que cruzó por el gesto del hombre frente a ella, quien la miraba cual cazador a su presa. —Bueno, en ese momento fuiste todo, menos una mocosa inmadura. —Dijo gruñendo por lo bajo, mientras una de sus manos recorría con lentitud por sus costillas, desenvolviendo con la otra, el nudo de la prenda que servía como única barrera de protección de su cuerpo, que lentamente comenzaba a caer bajo su toque. Insonora, la toalla cayó al suelo con un rápido movimiento. —Tampoco estabas tan altiva como ahora. —Susurró, mordiendo el lóbulo de su oreja. Un dedo recorría su largo y níveo cuello, detallando lo redondos montículos que eran sus senos, los cuales alzaban sus puntas anticipándose al tan ansiado contacto; mientras que su intimidad se desbordaba de humedad nuevamente, deseando ser liberada de la tensión que la tenía en ese estado con tan sólo un par de toques. —Y tampoco recuerdo que hayas sido tan grosera. Soez sí, pero eso, honestamente, no me molesta. —Habló en tono bajo sobre su boca, antes de morder suavemente su labio inferior. El dedo pulgar daba movimientos circulares sobre uno de sus pezones, enviando corrientes eléctricas por todo su cuerpo, que terminaban punzando en su entrepierna, ansiosa por recibirlo. Su lengua se pasaba con dolorosa lentitud sobre sus labios, retardando ese beso salvaje que tanto necesitaba, y, antes de que este se concretara finalmente, murmuró —Mírate, eres insaciable. —Mientras una de sus manos aún cubría su pecho, la otra bajaba sin precipitación hacia su latente entrepierna, cada vez más impaciente por sentir su tacto. —Lastimosamente, ahora no quieres que un energúmeno odioso se te acerque. —Expresó, cortando de golpe todo contacto y alejándose de la mujer que lo veía ofuscada tratando de respirar nuevamente con normalidad, como un pez dando bocanadas fuera del agua.

—S-sí quiero, —Dijo casi en un bajo tartamudeo.

—¿Ah? ¿Dijiste algo? Es que al parecer también estoy sordo. —Habló con fingido pesar, sin abandonar su gesto triunfante.

—Sí quiero que te acerques. —Repitió, evitando su mirada.

—¿Qué tan cerca? —Inquirió cruzándose de brazos, sin moverse de su lugar.

—Mucho. —Soltó con premura, acercándose para retomar ese contacto perdido.

—Convénceme. —La retó.

Ella, sin espacio a dudas, dio un salto sobre su cuerpo para abrazarse a él, uniendo sus piernas en el
fuerte torso masculino y besándolo con devoción. Él, con poco esfuerzo, llevó a ambos cuerpos a la orilla de la cama, para depositarla suavemente sobre esta y alejarse nuevamente. La muchacha, sorprendida por el repentino alejamiento, lo tomó fuertemente del brazo. —¿Estás enojado? No era mi intención decir eso, no sé por qué lo hice. Lo siento de verdad. —Se disculpó, agachando su apesadumbrada mirada.

Con un suave toque, él acunó su rostro entre sus fuertes manos. —Tendría que ser demasiado inmaduro como para enojarme por eso. Sólo iba a apagar el interruptor de la luz.

—Déjalo así. No quiero que te alejes.

—Recuérdame comprar de esas que se conectan al wifi. —Le dijo sin soltarla. —Puedo ir corriendo y al menos atenuarlas un poco, para que te sientas más tranquila. Digo, no es que me vaya a alejar más de un metro. O también puedo llevarte cargada como un perezoso. —Ofreció.

Ella negó enérgicamente. —No me molesta si ves. Confío en ti. —Murmuró, poniéndose de pie y conduciendo las manos de él a ese punto de su cuerpo que le generaba tanta incomodidad.

El muchacho se congeló por un momento, sin saber qué hacer o decir en ese instante, sintiendo bajo su tacto la delicada piel femenina que justo en ese punto perdía un poco de su tersura y daba paso a unas pequeñas irregularidades, que lejos de incomodarlo, le generaban cierta intriga. Ella lo veía con gesto triste, intentando sonreír, sin lograrlo realmente. —Dan asco ¿verdad? —Dijo con una mueca.

Palabras que salían con dolor y que fueron cortadas por una enérgica negación que resonó certera en la habitación. —Para nada. —Habló, acariciándola con una suavidad de la que ni él mismo se creía capaz.

—Odio tanto estar llena de cicatrices. No sólo en la piel, sino aquí también. —Sollozó en silencio, señalando su pecho.

—Las personas que valen la pena, están llena de ellas. Y muchas no se ven a simple vista. —Le dijo, tomando su barbilla. —Mírame. ¿A ti te dan asco las mías? —Preguntó viéndola fijamente. Ella negó rápidamente, sin hablar. —Entonces, ¿por qué habrían de molestarme las tuyas?

—Porque no tienen una gran historia detrás, como lo que tú me contaste la otra vez. —Dijo tímida, mientras se mordía el labio.

Con ligereza, él la tomó entre sus brazos para depositarla en la gran cama de la estancia y escucharla con atención. —Cuéntame. —Pidió, limpiando una lágrima que corría por una de las mejillas de la chica. —Si eso es lo que quieres, claro. Si no, podríamos hacer cualquier otra cosa. Lo que tú quieras.

—¿Recuerdas cuando te conté sobre la historia cuándo mi tía me lastimó y me preguntaste si me había hecho algo más? —Inquirió, suspirando profundamente ante el movimiento afirmativo de su cabeza. —Pues sí, lo hizo. Cada una de estas cicatrices tiene su propia historia. Algunas son por usar faldas demasiado cortas. Otras son por pintarme las uñas de negro, o por torcer los ojos ante un regaño. Hay unas que son incluso por llegar tarde a casa, porque no pude correr lo suficientemente rápido para alcanzar el bus y me atrasé para la hora del almuerzo. —Soltó de repente. —Cada una de ellas, relata una injusticia. Una paliza dada con una duro objeto utilizado "para corregir", que lo único que hacía era alejarme más de esa casa. Hay unas que fueron hechas por mí misma. —Dijo con tristeza. —Odiaba que ella tuviera el control sobre mi vida, incluso en las marcas sobre mi piel. Y odiaba que mi madre solo pudiera verme con tristeza y agachar la cabeza. Así que a veces, con rabia, tomaba alguna cuchilla y me generaba nuevas heridas; unas que pudieran ser causadas por mí y no por nadie más. Pero eso no ayudaba, nunca lo hizo, de hecho. Es algo lamentable, trato de ocultar a toda costa algo que yo misma causé.

—No es tu culpa. —Le dijo en tono bajo.

—Por eso odio mostrarlas, porque también detesto las miradas de disgusto o compasión que se generan en otros cuando les cuento esto. —Comentó, viendo hacia la nada. —Pero no contigo, tú me ves como alguien fuerte que también puede luchar. —Agregó, girándose para verlo. —Aunque no lo merezca... aunque tú seas mucho mejor que yo.

—Eso no es cierto. No soy mejor, nunca podría serlo. —Dijo apenado.

—Has pasado por tanto, y aún así puedes dar palabras de ánimo y motivar a otros.

—Pero eso no me hace mejor ni más sabio. Sólo soy empático y me gusta escuchar. Y más si se trata de ti.

—Tú me escuchas y yo te escucho ¿no es así? —Inquirió abrazándose a él.

—Por supuesto. Y será mejor que me escuches ahora, —Anunció. —No importa lo que te hayan dicho o hecho creer; no importa lo que tengas sobre la piel o lo que uses. Lo importante es quien eres realmente y lo que tienes dentro de ti, y no, no me refiero a tus órganos ni a todos los sistemas del cuerpo, no te quieras pasar de lista con uno de esos comentarios. —Le advirtió, generando una risilla en ella. —Eres la persona más perfecta que he conocido en mi vida, porque eres auténtica, inteligente, con una mente extraordinaria y una personalidad encantadora. No mereces que nadie te vea nunca ni de forma despectiva ni con lástima, porque tú eres capaz de lograr todo lo que quieras hacer. ¿Recuerdas lo que te dije sobre las cicatrices el otro día? —Preguntó, pausando por la silenciosa afirmación de parte de la chica a su lado.

—Que son marcas de lecciones aprendidas. —Recordó en un susurro.

—Las lecciones que se aprenden y dejan marca, nunca son lindas. Pero depende de nosotros aceptarlas y seguir avanzando. Aunque a veces sea difícil o pensemos que no somos capaces de lograrlo, todo es posible. Piensa que todo eso ha quedado atrás y ahora sólo debes ver hacia adelante.

—¿Cómo es que siempre tienes las palabras perfectas para hacerme sentir mejor?

—Porque eres importante para mí, y me gusta decirte las cosas cómo las veo.

—Gracias por escucharme.

—A veces, sólo se necesita un oído atento, un hombro acogedor y un abrazo sincero para devolverle la chispa a alguien más. Estaré para ti siempre que lo necesites.

—Sabes, mi papá decía que todos somos perfectos a nuestra manera, y qué todos podemos brillar y ser únicos. Sé que si él estuviera, habría aceptado cada una de mis ideas locas y me habría apoyado; siempre lo hacía. Siempre me compraba los libros que me gustaban y me los leía antes de dormir, no importaba si no eran del todo infantiles; solíamos poner música a todo volumen y bailarla juntos. Lo extraño cada día. —Finalizó añorante.

—Suena a que fue una gran persona. Y déjame decirte que tenía razón.

—Creo que, le habría encantado conocerte, porque das consejos tan buenos como los que él daba y me escuchas con atención. Además, sólo con ver tu colección de vinilos, habrías ganado su favoritismo; especialmente si decías algo positivo de los Beatles

—Oh. Entonces no le habría agradado tanto.

—¿Por qué? —Inquirió.

—Odio a los Beatles.

—¡¿Cómo?!

—No me gustan sus tonadas psicodélicas, me hacen sentir en un viaje astral nada agradable... demasiado hippie para mi gusto, especialmente John Lennon. McCartney se me hace odioso, explotando aún su fama, Ringo... ni siquiera tengo algo qué decir sobre él. El único bueno era George.

—Oh, vamos. Nadie recuerda a George.

—Yo sí. Porque él fue el genio detrás de esta joya. —dijo levantándose para tomar del estante un álbum con una portada en tonos sepia. —Dime, ¿Qué dice ahí?

—All things must pass. —Leyó ella en voz alta

—Ajá, el título lo explica y se adapta perfectamente a lo que hablamos hoy. Mikasa, todo pasa, incluso lo malo. —Señaló viéndola directamente.

Ella le sonrió con timidez, abrazándose a la sábana. —¿No es este el disco en donde le dedica una canción al pepperoni?

—No es una canción sobre eso. Es un increíble solo de guitarra. —Corrigió, alzando un dedo. —Además, este álbum tiene una de mis canciones espirituales favoritas. —Le mencionó, mientras colocaba el disco en el reproductor.

—No pensé que serías tan religioso

—¿Y quién hablo de religión? Dije que era espiritual, porque menciona diferentes creencias y dogmas. Todos creen en algo. El universo es infinito, igual que las posibilidades. —Dijo, mientras una alegre y melodiosa tonada comenzaba a envolverlos.

—Bueno, yo creo en ti. —Señaló ella, recibiéndolo de vuelta en la cama.

—Y yo en ti, aunque hayas decidido omitir que llevo un estampado gigante en la espalda, o aunque me hayas obligado a disfrazarme para ir a tu fiesta de Halloween, o me grites que soy un energúmeno colérico.

—Ya me disculpé por lo último. Y sobre lo demás, supéralo ¿si?

—Jamás. —Dijo antes de acercarla más a su cuerpo para besarla con devoción.

Mientras la música envolvía el ambiente, ciertamente la espiritualidad se sintió en la estancia, con uno de los tantos nombres y exclamaciones dados a Dios siendo pronunciados en voz alta, cuando los cuerpos que ya se conocían bastante bien, encontraban nuevamente su lugar, encajando uno en el otro a la perfección, como piezas perdidas de un rompecabezas que ahora se fundían alegres en un desborde de pasión que los llevaba con intensidad hacia el clímax. Él, tocándola como experto arpista y desencadenando en su cuerpo la sinfonía de jadeos que se mezclaban con las armónicas notas en el ambiente, mientras ella lo recibía gustosa, ahora más libre y segura, desdoblándose ante su tacto y acercándose más, exigiendo la mayor cercanía posible que un cuerpo puede proporcionar, haciéndose uno solo y disfrutando de cada segundo de esta unión.

Luego del intenso intercambio, bajo el que la música se había detenido, hacía ya un largo tiempo, entre toques y caricias suaves, él susurró en la penumbra, con los ojos entrecerrados, presas del cansancio.

—Me hubiera encantado conocerlo.

—Lo sé. —Respondió ella, entendiendo que se refería a su fallecido padre.

—¿Y tu mamá? ¿Crees que le agrade? —Preguntó ya rozando la inconsciencia.

—Ella es... diferente.

—Eso no suena bien. —Dijo, frunciendo el ceño.

—A ella no le agrada nadie, sólo mi tía y su séquito de fanáticos. —Mencionó con desdén.

—Ok, cambiemos de tema. Mikasa...

—¿Sí?

—No me importa lo del disfraz, pero ¿por qué no me dijiste que el suéter tenía al pingüino abarcando toda la parte de atrás?

—¿No vas a olvidar eso nunca?

—No pensé que un golpe al orgullo doliera tanto.

—Mejor duérmete, llevas días sin descansar bien.

—Sí, tiendo a decir incoherencias cuando me gana el sueño.

—¿Ah sí? Eso es interesante.

—No para mí. Me mete en problemas. —Habló pausado y arrastrando las palabras.

—Descansa. —Le dijo nuevamente, mientras le acariciaba el oscuro cabello.

—Tú igual... —Susurró, casi rindiéndose ante la fatiga. —Un día de estos, te contaré un secreto...

—¿Y por qué no ahora? —Preguntó intrigada.

—No es buen momento...

—¿Y cuándo lo será?

—Tal vez mañana... o pasado, o el próximo mes... o en un minuto... no sé.

—Pero, ahora quiero saberlo. —Se quejó.

—No quiero decepcionar...te. Las pastillas... Kenny... ma...fia... Tantas palabras... No me dejarán... Sólo un esclavo... debo... esperar... hasta que... muera.

—No te entiendo. —Le dijo ella, entre burlona y confundida, sin saber a qué se refería realmente.

—Creo que... Te amo. —Dijo finalmente, antes de caer completamente en el estado onírico.

Como te dije antes, la vida no debe buscar ser resuelta, simplemente debes vivirla, disfrutando cada momento y dejando que todo simplemente suceda de manera natural.

Sin embargo, existe algo que me carcome por dentro, y es el hecho, o verdad universal de que los secretos muchas veces llaman a las desgracias, acumulándose y sobrepasándote hasta que te ves inmerso en un mar de enigmas que puede llegar a asfixiarte. Las personas están llenas de ellos, a veces creerás conocer a alguien demasiado bien, sólo para desencantarte y entender que nunca los conocerás realmente por completo; lo único que te queda es decidir confiar en ellos y esperar lo mejor, pero ¿Qué pasa cuando la confianza se acaba y se abre paso la incertidumbre?