Disclaimer: De quien sean. Míos no. Lamentablemente.
"Este fic participa en la actividad multifandom del foro Alas Negras, Palabras Negras."
Imagen de portada sacada de un fotograma del anime de BNHA.
Prompts sorteados: Noche [tiempo], primer amor [escénica], descaro [emoción].
Condición del mes: Temática o personajes LGBTIQ+.
Notas: Este es otro fic que escribí en noviembre. Llevo desde entonces postergando su corrección. Empecé a corregirlo en abril, pero me desanimó que (desde mi punto de vista) es sensiblemente peor fic que otros que he escrito más recientemente. He estado intentando reescribir partes y retocarlo, forzándome para publicarlo el 28 de mayo, con motivo del cumple de Ojiro, pero no fue posible.
En realidad, para el reto con esos prompts había empezado (tres veces) un Drarry, pero se me ha ido de las manos, no estoy satisfecho con lo que tengo escrito y necesito reorganizarlo para que la idea quede bien contada (me temo que no entra en un oneshot, lo he intentado), así que me pareció que era buena excusa publicar este en su lugar.
La primera vez que Denki lo había visto debió de haber sido durante alguna de las pruebas de acceso pero si fue así, no lo recordaba. No tenía el carácter carismático de Eijiro, el afable de Midoriya, el entusiasmado de Hanta, el encorsetado de Iida o el explosivo de Katsuki. Tampoco era tan exótico como Ashido, ni tan guapo como Uraraka, tan enigmático como Jirou, tan incisivo como Asui o tan inteligente como Yaoyorozu. Su aspecto no era llamativo como el de Aoyama, imponente como el de Sato, ni intimidante como el de Tokoyami. Si Denki hubiera tenido que definirlo y hubiera conocido ese término, habría elegido la palabra anodino para hacerlo. Salvo por dos detalles.
Uno era su sonrisa. Denki sí que era capaz de recordar la primera vez que le vio sonreír. El chico se había sentado en el pupitre que quedaba delante del de Denki el primer día de clase antes de volverse hacia atrás y ofrecerle la mano con un asentimiento de cabeza.
—Mashirao Ojiro. Encantado. —Su presentación, concisa, sirvió también para informar a Denki del carácter tranquilo y silencioso de Ojiro, tan diferente del suyo propio.
—Denki Kaminari. —Denki la había estrechado cortésmente la mano con una pizca de curiosidad. El chico tenía fuerza en la mano, pero no se excedía en el movimiento, como sí había hecho Mineta cuando se habían presentado—. Igualmente.
Justo en ese momento, Ojiro había sonreído. Una sonrisa sincera y amplia que alzaba las comisuras de sus labios hacia arriba. Sin embargo a Denki le llamó más la atención que obligaba a sus ojos a achicarse en una fina línea y le hacía un par de arrugas casi invisibles que hacían su rostro muy armonioso. Ojiro era capaz de sonreír con todo su rostro, no sólo con la boca. Una sonrisa realmente bonita. Denki habría podido decidir en ese mismo momento que Ojiro le caía bien, pero el profesor Aizawa los había interrumpido al entrar en el aula y Ojiro se dado media vuelta, inclinándose hacia adelante en la silla para mirar al frente.
El otro detalle había sido su cola. Denki, que había enderezado la espalda para ponerse recto en señal de respeto al profesor, se preguntó con curiosidad por qué Ojiro se sentaba de aquella manera, pensando en lo incómodo que debía de estar. Tardó varios minutos más en percibir el movimiento de su cola bajo su pupitre. Intrigado, Denki se inclinó hacia su compañero disimuladamente, descubriendo que aquel apéndice que salía del final de la columna vertebral de Ojiro, colándose por el hueco entre el asiento y el respaldo de la silla, se movía plácidamente de izquierda a derecha.
Hipnotizado por el movimiento y preguntándose si era algo que Ojiro hacía a propósito o un reflejo muscular involuntario, Denki la estudió durante días enteros a costa de distraerse de las explicaciones de los profesores en clase. Se preguntó si el tacto de la piel que la cubría era tan aterciopelada como parecía y si Ojiro peinaría los cabellos que abundaban en la punta, siempre prolijamente ordenados. Asustado por la idea de que el chico se diese cuenta de su intensa observación, intentaba disimular cuando Ojiro se volvía en su asiento entre clase y clase para comentar con los demás compañeros el temario o los deberes de ese día.
—¿Entendiste algo de la clase de Present Mic hoy? —le había preguntado Ojiro un par de semanas después de comenzar el curso, tras dos horas de clase de inglés especialmente espesas.
—Yo… eh…
Denki tardó unos segundos en procesar la pregunta. Ese día había estado ensimismado observando que la cola de Ojiro había estado posada en el suelo, como alicaída, y a causa de ello apenas había prestado atención durante la clase. En un par de ocasiones, Ojiro había azotado la punta impacientemente contra el suelo y eso le había fascinado, preguntándose de nuevo cuán voluntario era el movimiento y si reflejaría algo de lo que Ojiro estaba pensando en ese momento.
—No mucho, la verdad —confesó Denki finalmente, intentando con todas sus fuerzas no mirar a la cola de Ojiro, que se había levantado paralela a su espalda por primera vez en toda la mañana antes de posarse con languidez en el hombro de Ojiro a modo de hombrera peluda, como si todavía se sintiese cansada—. A veces ni siquiera sé por qué seguimos estudiando inglés. No es que todos vayamos a necesitarlo en el futuro, ¿no? Hay muchas agencias de héroes profesionales en Japón, no es como si tuviéramos que ir a Estados Unidos como All Might.
Durante todos aquellos días apenas habían cruzado palabra alguna. Ojiro lo saludaba con simpatía al llegar y él le devolvía el saludo amablemente. Cuando estaban en grupo Denki, más extrovertido, solía hablar bastante, pero Ojiro guardaba un silencio más cauto. Parecía un chico tímido y Denki, más acostumbrado a las personalidades avasalladoras de Katsuki y Eijiro, con los que se complementaba bastante bien, no sabía muy bien cómo tratarle.
—No importa. Preguntaré a Yaoyorozu-san. Seguro que ella sí ha conseguido comprender algo. Siempre lo hace —dijo Ojiro en tono cortés.
—Es verdad. —Denki se sentía como un idiota. Era la segunda vez que le hablaba ese día para algo que no fuese saludarle y las respuestas que estaba dando parecían más propias de un imbécil que de una persona normal—. Estará genial si ella puede ayudarte. Es la mejor de la clase.
«Brillante, Denki», se palmeó mentalmente la frente. «Estás igual que si te hubiesen pasado mil voltios por el cerebro hoy».
—Si consigo entenderlo, intentaré ayudarte también —prometió Ojiro, sonriendo de nuevo de aquella manera que hacía que sus ojos se achicasen. Denki pensó que, de repente, el rostro de Ojiro parecía menos cansado gracias a aquella sonrisa. Por el rabillo del ojo, percibió que la punta de la cola vibraba suavemente durante unos segundos antes de volver a relajarse sobre el hombro de Ojiro y se preguntó qué significaba aquel movimiento tan sutil.
—¡Oh! Claro, claro. Genial —asintió Denki, sonriendo como un idiota.
«Va a pensar que eres un imbécil, Denki Kaminari», pensó con horror, sin entender qué le ocurría a su cerebro, que parecía bañado en mermelada.
Suspiró aliviado cuando Ojiro se dio media vuelta de nuevo, hacia el frente de la clase, dando la conversación por concluida. Seguía sin saber qué había pasado ahí. Normalmente, Denki era mucho más expresivo. Aunque no tenía el mismo ingenio que Katsuki para dar respuestas cortantes y sarcásticas o la misma capacidad de Eijiro de tener salidas rápidas y graciosas a los comentarios de los demás, Denki no entendía qué había pasado en esa conversación para que el corazón le estuviese bombeándole tan rápido que lo sentía palpitar en sus sienes. Jadeó para recuperar la respiración que había estado conteniendo sin darse cuenta hasta ese momento.
A partir de ese día, con la excusa de explicarle lo que no había comprendido en inglés, Ojiro había empezado a hablar más a menudo con él. Entre clase y clase, si Denki no se levantaba para ir donde estaban Eijiro y Katsuki, Ojiro se daba media vuelta y comentaba con él lo que fuera que hubiesen dado en la anterior asignatura o se preocupaba por sus deberes, a los cuales Denki prestaba menos atención de la debida.
Sin llegar a la obsesión de Midoriya con cualquiera de los Quirks de sus compañeros, Denki siguió observando disimuladamente las reacciones de la cola de Ojiro, memorizando sus movimientos e intentando relacionarlos con las emociones y cambios de humor del chico. Había empezado a elaborar varias hipótesis acerca de la correlación entre el humor de Ojiro y el comportamiento de su cola cuando un día, ante una felicitación del profesor Aizawa por una buena nota en un examen, esta se había alzado frente a Denki vibrando con suavidad desde la base a la punta igual que un gato feliz.
Así, Denki aprendió que los golpecitos de la punta contra el suelo eran, como había imaginado inicialmente, impaciencia. Cuando estaba contento, la alzaba en paralelo a su espalda, doblando la punta en noventa grados. También lo hacía cuando saludaba a alguien que le caía bien o a Denki. Igual que los gatos, azotaba el aire con ella como un látigo cuando estaba molesto o no comprendía algo. Si estaba cansado o abatido, la cola descendía hasta el suelo, barriéndolo con lentitud. Si estaba concentrado, la punta reposaba sobre su hombro, como una bufanda. Si estaba relajado también, pero en ese caso la punta temblaba ocasionalmente con suavidad.
—¿Qué has hecho este fin de semana? —le preguntó Ojiro un lunes una mañana que Aizawa parecía retrasarse, sonriéndole con simpatía. Todos estaban sentados en sus sitios, pero la ausencia del profesor provocaba que hubiese un animado bullicio en la clase que Iida no era capaz de controlar a pesar de sus esfuerzos.
—Fui al cine con Katsuki y Eijiro —respondió Denki. Ojiro le miró sin añadir nada más, pero ladeó la cabeza, sin dejar de escuchar atentamente. Denki parpadeó, confundido, hasta que se dio cuenta de que estaba esperando más detalles—. A Katsuki le gustan las películas de acción y peleas, ya sabes, esas con muchas explosiones y saltos imposibles con coches que no se rompen al dar contra el suelo; y justo estrenaban una americana esta semana, llena de superhéroes. ¿Y tú? —preguntó en parte por corresponder a su atención, pero con genuino interés también.
Denki había descubierto que le era más fácil conversar con Ojiro si le hacía preguntas y que este siempre tenía algo interesante que contar. Había sacado la idea de algo que había comentado Midnight en una de sus clases. Comunicación proactiva o algo así, que no conseguía recordar bien. La profesora lo había explicado de cara a negociar en situaciones complicadas donde los Quirks no tuvieran cabida o para tranquilizar y escuchar a las posibles víctimas de un desastre, pero Denki había pensado que podía tener más utilidades. Además, hacer hablar a Ojiro durante un rato solía relajarle lo suficiente para poder intervenir en la conversación con más normalidad, sin esa sensación de tener el cerebro frito por los voltios que solía sobrevenirle cada vez que intercambiaban dos o tres frases.
—Me temo que mi fin de semana ha sido más aburrido que el tuyo. Ayer acompañé a mis padres a un museo de arte. Aunque debo admitir que realmente me pareció muy interesante, no tan aburrido como me hubiera imaginado al principio. —Ojiro sonrió avergonzado, rascándose la nuca, nervioso. Denki observó que la punta de la cola, que reposaba sobre su hombro, daba un par de coletazos inquietos en sintonía con su dueño.
—¿Un museo de arte? —preguntó Denki con curiosidad.
—El de Arte Contemporáneo de Tokio. Había una exposición temporal de Chiho Aoshima. Mi madre la admira muchísimo y fuimos…
—¿Chiho Aoshima? —Denki se removió en su silla, excitado, interrumpiéndole sin darse cuenta de que lo hacía por el entusiasmo que sentía al oírle mencionar a la artista—. ¿Hay una exposición de Chiho Aoshima en Tokio y yo no me he enterado?
—¿La conoces? —Ojiro parecía extrañado y complacido a la vez. Denki asintió, incapaz de hablar por el nudo de emoción que se le había formado en la garganta—. Yo únicamente había oído hablar de ella a mi madre hasta ahora, aunque sus cuadros me gustaron mucho. No sabía que era tan famosa.
—¿Cuáles? —preguntó Denki, incapaz de contenerse.
—Lo cierto es que no lo sé. No conozco a la pintora, vi sus cuadros ayer por primera vez. —Ojiro se rio suavemente, como si no comprendiese el entusiasmo de Denki al respecto, pero le agradase—. Sé que Seattle había prestado algunos a la exposición y…
—¿En serio? —Denki se levantó de la silla, alucinando. Ojiro se rio, divertido por su reacción.
Que a Denki le gustaba la música era algo que todos en clase sabían. Lo que no sabían tanto era que también le gustaba el arte plástico y la literatura. Salvando Katsuki y Eijiro, y quizá Midoriya, que era muy perceptivo, pocos de sus compañeros conocían esa faceta de él porque tampoco era una afición que saliese a relucir muy a menudo. Como solía decir él mismo cuando bromeaba con Jirou, tocar la guitarra ayudaba mucho más a ligar y ser popular. Emocionado ante la perspectiva, Denki empezó a oscilar el peso de un pie a otro, pensando que debería ir a ver esa exposición antes de que la retirasen.
—Deberías ir a ver la exposición, si tanto te gusta —constató Ojiro, traduciendo sus pensamientos en palabras.
Denki pensó que Ojiro parecía contento, pues sonreía de aquella manera particular que hacía que los ojos se le achicasen, formando arruguitas alrededor de ellos. Cuando sonreía así, Denki solía pensar que era muy guapo a pesar de no ser una belleza tan vistosa como la de otras personas. Quizá no se habría girado en la calle para admirarle si se hubiese cruzado casualmente con él, pero tenía algo que resultaba agradable a la vista. En realidad, Ojiro era un chico bastante normativo, con la cara redondeada, pero aquella sonrisa cambiaba su fisonomía facial bastante, armonizándola.
—¿Perdón? —Ojiro le había hecho una pregunta que Denki no había escuchado al estar inmerso en sus pensamientos.
—Decía que la exposición estará abierta al público hasta el mes que viene —repitió Ojiro con paciencia—. Si quieres, el viernes después de clases podemos ir juntos. Yo ya la he visto, así que puedo acompañarte y hacerte un poco de guía.
—¡Sí! —exclamó Denki inmediatamente, sin pensarlo ni un instante, emocionado ante la perspectiva de ver los cuadros de una de sus pintoras favoritas.
El profesor Aizawa entró en ese momento en el aula y toda la clase guardó silencio, sentándose adecuadamente. Los pensamientos de Denki durante las siguientes horas vagaron por los cuadros de Chiho Aoshima que conocía, intentando listar aquellos que más le gustaban y preguntándose si sería alguno de los que estarían expuestos. No obstante, una parte de su cerebro registró que la cola de Ojiro se movía de un lado a otro, relajada y con breves vibraciones, como si estuviese inusualmente contenta.
El viernes llegó tras una semana que había transcurrido lenta y tortuosamente. Cuando sonó la señal que marcaba el final de las clases, Ojiro se volvió hacia Denki con una sonrisa para preguntarle a qué hora quedaban. Su cola, paralela a su espalda, vibraba con emoción. Denki parpadeó, intentando concentrarse para no desviar la mirada hacia ella, lo cual no fue difícil cuando la sonrisa de Ojiro le cautivó.
—¿A las cuatro? —consiguió contestar Denki entre tartamudeos, con la voz estrangulada.
—En la puerta del museo —asintió Ojiro antes de levantarse. Colgándose la mochila, se despidió con un gesto de la mano y salió del aula. Su cola se agitó alegremente, igual que cuando estaba contento por un elogio de algún profesor. Denki se preguntó qué sería lo que le había hecho tan feliz.
A pesar de que Denki se presentó más temprano de lo que habían quedado, Ojiro ya estaba esperándole en la puerta del museo cuando llegó. Denki se sintió observado, pues Ojiro no apartó la mirada de él hasta que llegó a su altura y se quitó los auriculares de los oídos. Su compañero le saludó con una sonrisa de aquellas que hacían que los ojos se achicasen y un movimiento de cabeza amistoso. Denki se preguntó si aquello significaba que estaba muy alegre o si simplemente sonreía de aquella manera todo el tiempo cuando no estaba en clase, así que se propuso observarle con atención para averiguarlo. No obstante, olvidó su propósito casi al instante, cuando se fijó en una enorme banderola que anunciaba la exposición y recordó por qué le hacía tanta ilusión ir.
—¿Entramos ya? —preguntó Denki, emocionado. Ojiro asintió, sonriendo tanto que los ojos casi no se le veían. Tras presentar sus carnets de estudiantes en el mostrador de la entrada, Ojiro le guio directamente hacia las salas de exposición temporal, ignorando la colección permanente del museo. Denki exhaló todo el aire de sus pulmones de golpe al verse rodeado de tantos cuadros—. Guau.
—En realidad, apenas hay un par de docenas de cuadros de la artista que te gusta —confesó Ojiro en voz baja cuando entraron en la primera sala—. Mi madre me dijo que los habían combinado con otros artistas para darle más solidez a la muestra.
—¡Sí! —Denki parloteó entusiasmado y consultó el folleto informativo que había recogido en la entrada al mismo tiempo que se situaba enfrente del cuadro que iniciaba el recorrido—. Conozco a varios de los que mencionan aquí, también me gustan mucho. Son artistas de Kaikai Kiki. Es una especie de productora, ¿sabes? La fundó Murakami para gestionar el arte de origen japonés y sus creadores.
Excitado por la experiencia, Denki monopolizó la conversación durante bastante rato, pero Ojiro no parecía molesto y asentía a todas sus palabras con gesto de interés. Se pararon largos minutos delante de cada cuadro, admirándolos entre explicaciones de Denki. Ojiro escuchó pacientemente todas las cosas que Denki le contaba sobre aquellos que conocía y se preocupó de leer rápidamente las cartelas de aquellos que no para resumírselas en voz baja. Denki apartaba la mirada de los cuadros cada pocos segundos para mirar a Ojiro en un gesto inconsciente y descubrió que, la mayor parte de las ocasiones, Ojiro le estaba mirando a él también en lugar de la pintura.
—Lo siento, creo que me he entusiasmado mucho y no paro de hablar. Debes de pensar que soy un maleducado —se disculpó Denki, consciente de que el otro chico apenas había contestado con asentimientos hasta ese momento.
—No es cierto. Es muy agradable escucharte. Sabes un montón —dijo Ojiro, sonriendo de nuevo y achicando los ojos con alegría.
—No soy sólo ese chico guapo sin cerebro que todo el mundo se cree que soy —bromeó Denki, rascándose la nuca y sonriendo ante el halago.
«Deberías sonreír más, Ojiro. Las chicas te considerarían muy guapo si lo hicieses más a menudo», pensó Denki, moviendo la cabeza para alejar la idea y no quedarse embelesado mirándole.
—Mi madre se limitó a contemplarlos en silencio, así que no me explicó todo lo que me estás contando tú. La verdad es que me parecieron un poco aburridos, pero ahora que sé algunas de las cosas que me has dicho, me parecen muy interesantes —admitió Ojiro, ruborizándose con vergüenza.
—Si te parecía aburrido, ¿por qué te ofreciste a venir conmigo? —preguntó Denki, desconcertado, ya que creía recordar que Ojiro había considerado la experiencia como interesante, no como algo aburrido.
—Era la primera vez que te veía tan entusiasmado por un tema de conversación que hubiese sacado yo. —Ojiro tragó saliva y se encogió de hombros, enrojeciendo aún más—. Normalmente sólo reaccionas así cuando hablas con Kirishima. Fue un poco sorprendente, porque no esperaba que una visita a un museo con mis padres fuese tan interesante para ti, pero me pareció que si te emocionaba tanto debía de haber algo que no estaba entendiendo, por lo que decidí que podía darle otra oportunidad.
—¿Y es así? —preguntó Denki, un poco incómodo al pensar que quizá Ojiro se estaba aburriendo como una ostra mientras él lo arrastraba de pintura en pintura.
—Sí. «Naturaleza mágica». Qué adecuado —dijo Ojiro desviando la mirada de él y fijándola en el cuadro que tenían enfrente. Denki miró hacia la cola de Ojiro, que reposaba sobre su hombro, pegada al cuerpo. Denki sabía, a base de observarlo, que eso significaba que estaba relajado—. El otro día fue como ver cualquier dibujo. Nada trascendental. En cambio, hoy entiendo el sentimiento que quería transmitir. Gracias a ti.
—Me… me alegro —tartamudeó Denki, sonrojándose.
—Cuidado —le advirtió Ojiro, poniéndose serio de repente.
Denki sintió un tirón alrededor de su cintura, acercándole a Ojiro con firmeza. Un niño pequeño pasó corriendo descuidadamente delante de él. Denki se habría tropezado con él si Ojiro no hubiese reaccionado rápidamente, envolviéndolo con la cola para sujetarlo y estabilizarlo. El padre del crío pasó junto a ellos también, musitando una disculpa, caminando deprisa tras el pequeño. La cola de Ojiro lo abrazó hasta que se aseguró de que Denki estaba firmemente asentado sobre sus pies. Entonces se retiró, situándose de nuevo en su hombro. Denki la miró embobado, preguntándose por primera vez qué tacto tendría bajo los dedos, pues no se había parado a pensarlo hasta entonces y aquel contacto había sido demasiado breve.
—¿Estás bien? —preguntó Ojiro, frunciendo el ceño con preocupación.
«¡No! No frunzas el ceño, es sólo que soy idiota. Vuelve a sonreír», pensó Denki, asustándose al ver que Ojiro había perdido el talante animoso que había tenido durante toda la tarde.
—Sí… sí, gracias por ayudarme. Habría sido un desastre caerme sobre algo y romperlo —se apresuró a contestar Denki, intentando tranquilizarlo.
—No tiene importancia.
—Tú… tu cola, cómo… tú mueves la cola como tú quieres, ¿verdad? —preguntó Denki al cabo de unos segundos, mientras se detenían enfrente de otro de los cuadros, sonrojándose avergonzado al preguntarlo.
—Sí —contestó distraídamente Ojiro, asintiendo.
—Quiero decir… ¿no hay veces que se mueva por sí sola? Cuando estás contento, o triste… Es que en ocasiones… —Denki se dio cuenta de que estaba hablando atolondradamente y que no se le estaba entendiendo nada, así que se calló súbitamente.
Ojiro lo miró con una expresión extraña en el rostro. Denki se puso aún más colorado y bajó la cabeza para esconder la cara de su compañero.
—Funciona como la de los gatos y los perros, en cierto modo. O los monos. —Denki le miró de reojo. Ojiro hablaba sin apartar la vista del cuadro—. Es consciente, los movimientos los hago yo. Cuando estoy contento, muevo la cola para expresarlo. Es un poco como cuando quieres actuar en una obra de teatro o disimular ante alguien. Puedes estar muy contento y reprimir las cosas que hacen que el resto se dé cuenta. Yo, además de la sonrisa, tengo que controlar qué hago con la cola. En resumen, es automático, pero puedo evitarlo si quiero.
—Pero no quieres —adivinó Denki tentativamente.
—Habitualmente no. Es como gesticular con las manos —le explicó Ojiro con media sonrisa en el rostro—. O la cara. Puedes ver si alguien está triste o cansado observando sus manos o su cara.
—¿Tú lo expresas con tu cola?
—Sí. —«¡Lo sabía!», pensó Denki triunfante.
—Mola un montón. Intentaré fijarme más a partir de ahora.
Denki prefirió no decirle que se había dado percatado de ello mirándole durante todo ese tiempo porque no quería que Ojiro pensara que estaba obsesionado con él de alguna manera extraña y se enfadase con él. Ojiro sonrió de nuevo de aquella manera que hacía que Denki se pusiese absurdamente contento también. Además, a partir de ese momento tendría una excusa si su compañero le pillaba observándole durante las clases.
Pasar aquella tarde juntos les acercó un poco más. Denki intuía que ya no eran sólo compañeros de pupitre. No eran tan amigos como podían serlo él y Eijiro, pero todos los días charlaban un rato. Se descubrió esperando esos momentos con una leven ansiedad encogiéndole el estómago, algo que no le ocurría con Eijiro, Hanta o Katsuki, pero decidió no comentarle nada a ninguno de ellos, porque no quería que pensasen cosas raras.
Como le había dicho a Ojiro, Denki seguía dedicando tiempo a observar su cola. Como Ojiro lo sabía, ya no necesitaba disimular si este se daba media vuelta en el pupitre para mirarlo o hacer algún comentario. Además, si Ojiro se daba cuenta de que estaba mirándole la cola, solía poner aquella sonrisa que le achicaba los ojos y le hacía parecer tan guapo, así que Denki había acabado concluyendo que estaba de acuerdo con que le mirase y le gustaba también.
Sin embargo, no eran las emociones del chico mostradas a través de la cola las que le interesaban en ese momento. Esas había aprendido a leerlas antes de interesarse por ello en el museo. Realmente, le había preguntado aquello porque había estado a punto de cuestionarle sobre cómo se sentía su textura al tocarla, algo que sin duda sobrepasaba todas las líneas de la cortesía. Pero aunque no era lo que más le atraía, Denki había averiguado gracias a los datos que Ojiro le había dado que cuando hablaba con él este solía estar entre contento y nervioso; aunque intentaba disimularlo poniendo la cola en el hombro, como cuando estaba relajado, pequeños espasmos casi imperceptibles le delataban.
Denki calculaba la textura de la piel, intentando adivinar si sería más parecida a la de los brazos de Ojiro o a los suyos. También intentaba comparar el tono del color de la cola con el de la cara, el cuello e incluso los brazos de Ojiro. Sin embargo, mientras que los brazos de Ojiro estaban cubiertos de un fino vello rubio muy claro, pero visible al trasluz, la cola parecía igual de lampiña que sus mejillas. El pelo de la cola empezaba con finos cabellos rubios que podía ver cuando este alzaba la cola justo enfrente de Denki, volviéndose más abundantes cuanto más cerca de la punta estaban. Parecían del mismo color exacto que el de su cabello, pero juraría que eran considerablemente más gruesos.
—¿Vamos a comer? —le preguntó Ojiro una mañana, sin previo aviso, al levantarse de la silla. Denki se volvió hacia Eijiro, preguntándole sin palabras, quien asintió y se unió a ellos.
Jirou se acercó a Ojiro también, caminando junto a él y preguntándole algo sobre los deberes. Eijiro y Denki se quedaron un poco rezagados y Denki aprovechó para observar, una vez más, cómo Ojiro movía la cola en pases suaves, igual que si barriese el aire; Denki sabía que eso indicaba que estaba siendo cortés, pero que deseaba terminar esa conversación cuanto antes.
—¿Tú crees que la mueve él o que lo hace sola? —preguntó Eijiro con tono de curiosidad.
Incapaz de contener una carcajada porque su amigo estuviese haciéndose las mismas preguntas que él unas semanas atrás, Denki se mordió la lengua antes de contestar, inseguro de querer compartir sus conocimientos sobre Ojiro con Eijiro. Pensándolo detenidamente, Denki se había dado cuenta de que, en cierto modo, aquello era una debilidad de Ojiro, pues delataba sus emociones al no estar controlando constantemente los movimientos de su cola. Afortunadamente, Jirou se despidió en ese momento y Ojiro se dio media vuelta, mirándolos expectante mientras lo alcanzaban.
—Parece un gato —observó Eijiro. La cola de Ojiro se alzaba tiesa tras él, con la punta doblada hacia un lado en forma de siete—. Dicen que los gatos que tienen la cola en forma de siete pescan la buena suerte con ella, como si fuese un anzuelo.
—Calla, no seas idiota —contestó Denki, con una carcajada, pensando secretamente que quizá era cierto.
Cuando llegaron a la altura de Ojiro, la cola se posó suavemente en su hombro, acariciándole la barbilla con la punta en un gesto tranquilo y sosegado. Eijiro no volvió a comentar nada de la cola de Ojiro, aun cuando los dos seguían comiendo con él a veces. Denki empezó a pensar en que a diferencia de Eijiro, por mucha curiosidad que sintiese, era obvio que él estaba excesivamente obsesionado con el tema. Por eso, dedicó las siguientes semanas a intentar ignorar conscientemente la cola de Ojiro, desplazando los pensamientos sobre esta y su textura de su cabeza cada vez que aparecían.
De todos modos, Denki seguía aceptando las invitaciones a comer de Ojiro y conversando con él entre clase y clase, pues el chico le interesaba más allá de su cola. Le parecía simpático, amable y, sobre todo, creía que tenía una sonrisa preciosa. Eso le había causado un momento de incomodidad. Un día, las chicas estaban conversando durante uno de los descansos. Los demás chicos habían salido al pasillo, pero él no había hecho los deberes la tarde anterior y estaba apurando el tiempo. No había podido evitar escuchar lo que las chicas estaban diciendo, sobre todo al escuchar el nombre de Eijiro. Pensando que estaban hablando de los chicos que les gustaban, Denki se decepcionó al oír que sólo estaban comparando sonrisas.
—La sonrisa de Kirishima-kun es muy original —opinó Ashido. «¿Original? ¿Cómo puede ser una sonrisa original?», se preguntó, frunciendo las cejas—, todos esos dientes encajando perfectamente unos dentro de otros, de esa forma tan exótica.
—No digas tonterías, Mina —rechazó Hagakure con su voz cristalina—. Sólo faltaba que ahora dijeras que Bakugou tiene la mejor sonrisa de la clase.
—Al menos él si enseña los dientes, croac —intervino Tsuyu—. Todoroki-kun ni siquiera mueve la comisura de los labios.
—La mejor sonrisa de la clase es la de Deku-kun —suspiró Uraraka. Todas sus compañeras se apresuraron a darle la razón, comenzando a hablar de lo adorable de sus hoyuelos y pecas. Denki resopló, pensando que aquello eran tonterías.
—¿Algún problema, Kaminari? —Jirou clavó en su mesa uno de los jacks de sus orejas amenazadoramente al mismo tiempo que le preguntaba. Denki se sobresaltó, poniéndose en tensión y negando con la cabeza—. Ah, no. No seas un cobarde. Si vas a resoplar, argumenta. No nos gustan los cobardes que primero desdeñan una opinión y luego pretenden no mojarse al respecto.
—Ni siquiera he oído toda la conversación, no puedo aportar… —dijo Denki, intentando excusarse entre tartamudeos.
—Denki Kaminari. —Jirou se acercó más a él. Denki tragó saliva, asustado. Jirou le parecía una chica muy guapa y atractiva, desde luego, pero también era imponente si se lo proponía—. Ilumínanos. ¿Cuál es la sonrisa más bonita de la clase según tu experta opinión?
—La… de… ¡Uraraka-san! —exclamó Denki, intentando salvar la situación de esa manera.
—¿Cómo que Ochaco? —oyó que preguntaba Ashido con voz enfadada. La chica solía juntarse en algunos ratos libres con él, Eijiro, Katsuki y Hanta y tenía algo más de amistad con ella que con el resto de las chicas. Le dirigió una sonrisa de disculpa al verla mirarlo con los ojos entrecerrados, pero la chica cambió el gesto a uno más relajado, indicando que bromeaba—. En realidad, me parece bien.
—Tiene… —Denki tragó saliva de nuevo, sin apartar la mirada del jack de Jirou clavado en la mesa—. Cuando sonríe se le hinchan los carrillos y le da un aspecto muy bonito a su rostro.
—Por supuesto. Esa era fácil. —El otro jack de Jirou se colocó entre sus ojos, amenazante—. Pero, como seguramente habrás oído, hablábamos de los chicos, Kaminari. Y ni se te ocurra mencionar la tuya, porque pareces un bobalicón cuando lo haces.
—¿Un bobalicón? —tartamudeó Denki, decepcionado al oírlo.
—¡Kaminari! —le insistió Jirou con voz firme.
—¡La de Ojiro-kun! —admitió finalmente, sintiéndose presionado. Jirou se retiró hacia atrás, frunciendo el ceño. No sabía por qué había dicho eso. Las chicas tenían razón y Midoriya tenía una sonrisa realmente preciosa. Se preguntó en qué momento había clasificado él las sonrisas de los chicos de la clase o se había fijado en ellas, pero Jirou lo seguía mirando con una ceja levantada y los brazos cruzados, así que se apresuró a justificarse—. Cuando sonríe, sus ojos se achican y su cara cambia por completo. Sonreír le hace muy guapo, pero siempre está serio y solemne, por eso no se le nota a menudo.
—Vaya, Denki —murmuró Jirou antes de darse media vuelta y volver con el resto de chicas, cuyas reacciones oscilaban entre reírse en voz baja y mirarle de hito en hito con gesto descarado—. No vas a ser tan idiota como pareces.
Las palabras de Jirou rondaron por su cabeza durante varios días. Hablar de la sonrisa de Ojiro le obsesionó con intentar verla el máximo número de veces posible, así que empezó a hablar con él siempre que podía. Eso le ayudaba a no pensar tanto en su cola, así que Denki consideraba que, en cualquier caso, él salía ganando.
—Entonces, lo miró de esa manera tan suya, ¿sabes? El pobre chaval no sabía ni dónde meterse.
Ojiro le escuchaba atentamente, pero sin cambiar su expresión afable. Denki se rindió ante la evidencia de que las anécdotas de Katsuki siendo desagradable con personas aleatorias no despertaban en Ojiro la reacción que estaba esperando ver.
—Y tú… ¿qué has hecho este fin de semana? —le preguntó Denki al cabo de unos segundos, intrigado. A veces hablaba tanto y tan seguido, que acaparaba la conversación y se olvidaba de permitir a Ojiro meter baza en ella.
—He estado en casa —contestó Ojiro con sencillez.
—¿Tú no sales con tus amigos? —preguntó extrañado Denki, que sí había estado paseando por un parque con Eijiro, Hanta y Katsuki. Incluso, había estado Ashido por allí un rato con ellos. Denki sospechaba que debía de tener interés en Eijiro, pero no había dicho nada porque el resto tampoco lo había mencionado.
—Desde que entré a la Yuei ha sido… complicado. Tenemos intereses diferentes —dijo Ojiro cautelosamente, haciendo una mueca incómoda.
—¿Qué haces los fines de semana, entonces?
—Normalmente practico artes marciales —le explicó Ojiro con un brillo de emoción en los ojos. Denki supuso que para él hablar de eso era algo fascinante, así que se dispuso a escucharlo con la misma atención que Ojiro le había prestado a él cuando le habló de los cuadros de Aoshima—. Ahora estoy practicando taekwondo. Es muy útil porque gracias a la cola puedo tener un punto de apoyo y pelear con los pies. Tengo que adaptar todos los movimientos para mi caso particular, pero me da una ventaja enorme. Fíjate. —Ojiro apoyó la cola en el suelo, recostándose contra ella, para mostrárselo—. Tengo que practicar mucho para así fortalecer los músculos de la cola, eso sí, y que consiga sostener todo mi peso, como puedo hacer con cualquiera de mis brazos. Se parece un poco a hacer flexiones.
—Es impresionante —admitió Denki sinceramente. Ojiro recogió la cola, pero, en lugar de ponerla sobre su hombro, la apoyó en la mesa de Denki.
—Gracias.
—Quizá… —Denki dudó, estrujando nerviosamente la hoja del cuaderno que tenía abierto. Al darse cuenta de lo que estaba haciendo y percatarse de que acababa de cargarse los deberes que, por una vez, había hecho, se apresuró a soltarla y alisarla como buenamente pudo—. ¿Por qué no quedamos el próximo fin de semana? Puedes venir con nosotros.
—No lo sé —dudó Ojiro, sopesando la idea y mirando de reojo hacia Katsuki, que en ese momento estaba gritando inoportunamente algo a Iida—. Vosotros cuatro siempre vais juntos y no quiero entrometerme.
Denki levantó la mirada y se encogió de hombros, sin saber muy bien qué debía añadir. Le había invitado un poco porque le daba pena que Ojiro estuviese solo todo el fin de semana, pero ahora que le había dicho que no, descubrió que realmente le hubiese hecho ilusión que su compañero aceptase. Ojiro le estaba devolviendo la mirada con expresión afable. Denki intentó pensar en qué podía decir antes de que el silencio se sintiese incómodo, a pesar de que él no lo percibía así. En los últimos días, le daba pánico pensar que Jirou tuviese razón y Ojiro pensase de él que era un idiota de sonrisa bobalicona.
—Eh… —murmuró, mordiéndose el labio, con la mente en blanco.
La sonrisa de Ojiro apareció repentinamente en su rostro y sus ojos se achicaron. Denki abrió mucho los ojos, bebiéndosela, antes de preguntarse qué la habría provocado. Instintivamente, miró detrás de él y luego alrededor, pero sus compañeros estaban a lo suyo y no les prestaban atención. Volvió la mirada, desconcertado, hacia Ojiro, que todavía seguía sonriendo.
—Eso se siente muy agradable —dijo Ojiro con voz alegre, como si fuese evidente.
Denki miró hacia abajo y descubrió que sus manos estaban sobre la cola de Ojiro, que movía alegremente la punta, barriendo la superficie de la mesa. Volvió a levantar la vista y su compañero seguía sonriendo.
—¿Y si quedamos tú y yo por nuestra cuenta un día? —propuso Denki sin pensar, mientras parte de su mente se debatía en si dejar las manos donde estaban aparentando naturalidad o retirarlas lo más rápido posible aun a riesgo de parecer pillado en falta.
«Eso se siente muy agradable», había dicho Ojiro y Denki pensaba exactamente lo mismo.
—¿Estás seguro? —La sonrisa de Ojiro flaqueó un segundo, así que Denki se apresuró a contestar.
—¡Por supuesto!
«Eso se siente muy agradable». Las palabras machacaban su mente una y otra vez, impidiéndole pensar con claridad.
—Me encantaría, pero no querría que se molestasen tus amigos —dijo Ojiro con tono prudente.
—No se van a molestar —negó Denki, intentando coger aire, ya que sentía los pulmones colapsados—. Puedo quedar con ellos el viernes igualmente.
«Eso se siente muy agradable». Denki tragó saliva con fuerza.
—De acuerdo, entonces —asintió Ojiro finalmente. Denki dejó salir el aire de sus pulmones con cuidado. Unos segundos antes le había faltado ese aire y, de repente, le sobraba.
El profesor Yamada entró en la clase en ese momento, interrumpiéndoles. Denki retiró las manos de la cola de Ojiro, que no había dejado de sonreír en ningún momento, y este se volvió hacia el frente. Denki observó detenidamente la punta de su cola, que se movía con pequeños espasmos alegres, casi vibrando, de manera similar al movimiento del rabo de un gato cuando es acariciado. Estaba lamentando no haber prestado más atención a las sensaciones que le había suscitado acariciarlo. Intentó recordar cómo se había sentido el tacto bajo las yemas de sus dedos, pero había estado tan preocupado por aparentar naturalidad y tan fascinado por la sonrisa de Ojiro, que no había tenido tiempo de registrar ese dato en su mente.
La cola de Ojiro dejó de vibrar, alzándose por encima de su hombro en un movimiento prensil y delicado. Denki siguió con la mirada el movimiento cuando Ojiro la extendió hacia atrás, sin mirar, dejando algo encima de su mesa. Denki lo cogió y lo leyó rápidamente.
«¿Sábado a las siete? Decides tú el lugar». Iba firmada por un pequeño emoticono sonriente.
Escribió apresuradamente el nombre de un centro comercial. Tendría que coger el transporte público para llegar allí, pero seguramente Ojiro también, así que ambos estarían en igualdad de condiciones. Además de tiendas, el centro comercial tenía restaurantes, zona de ocio y cines, por lo que sería difícil que no encontrasen una actividad en común que pudiesen hacer. Denki extendió el papel hasta que rozó la cola de Ojiro, que se apresuró a recogerlo y llevarlo a su dueño.
«Perfecto».
La cola se quedó justo delante de la mesa de Denki después de entregarle el papel con la última respuesta, prácticamente paralela a la espalda de Ojiro. Era la primera vez que la tenía tan cerca mientras estaban en clase, podría tocarla sólo con extender el brazo. Denki releyó una vez más el papel, sintiendo un hormigueo en el estómago de anticipación. Levantó la vista, intentando prestar atención al profesor Yamada, pero la cola seguía allí, incitante. Denki se preguntaba si el chico estaba esperando otra respuesta, pero no se le ocurría qué contestar a su última palabra.
«Eso se siente muy agradable», había dicho Ojiro.
Se mordió el labio inferior y cogió aire, extendiendo la mano. Acarició la piel, suave, con las yemas de los dedos, de arriba abajo, sin tocar la punta. Sintió el aterciopelado tacto del vello fino, rubio e invisible, como la pelusilla de la piel de un melocotón maduro, que la recubría. Con la otra mano, abarcó todo lo que pudo de la cola y observó que la punta empezaba a vibrar discretamente. Denki supo, con toda certeza, que Ojiro estaba sonriendo, a pesar de que este no se había vuelto hacia él y sólo podía ver su espalda.
Ese día no soltó la cola hasta que el profesor Yamada se dirigió a él para hacerle una pregunta, que consiguió responder correctamente gracias al rápido soplo de Eijiro, que sí estaba atento. Sin embargo, al día siguiente, cuando Ojiro volvió a colocar la cola en la misma posición, Denki no lo dudó tanto y empezó a acariciarla, gustoso, sintiendo que se relajaba al hacerlo. Los profesores al principio lo tomaban como si estuviese distraído y le lanzaban preguntas para pillarle distraído pero, por alguna razón que Denki desconocía, tocar y masajear la cola de Ojiro le ayudaba a concentrarse mejor en clase y sus notas subieron, así que pronto le dejaron en paz.
Ojiro dejó de mover la cola como solía hacerlo y durante todos los días siguientes le facilitó que pudiese alcanzarla, así que Denki supuso que, aunque no habían hablado de ello, a este le gustaba que lo hiciese. O, al menos, no le importaba tanto como para ponérselo difícil. Durante los descansos, los dos seguían hablando igual y esa semana Denki comió con él dos días, alternándolo con los días que almorzaba con Eijiro y Katsuki.
Llegó el sábado, más lentamente de lo que Denki hubiese deseado y a la vez más rápido de lo que quería, porque implicaba estar hasta el lunes sin poder tocar la cola de Ojiro. Se descubrió pensando en la textura que tenía su piel, en la forma en la que vibraba la punta cuando la acariciaba, en la sonrisa que debía poner Ojiro y que hacía que, ahora más que nunca, estuviese seguro de lo que le había dicho a Jirou y las chicas acerca de ella.
Denki se duchó y vistió temprano, impaciente porque llegase la hora. Consultó el teléfono varias veces, temiendo ver un mensaje de Ojiro cancelando su quedada. Indeciso, se tomó fotografías enfrente del espejo de cuerpo entero del cuarto de baño para examinarlas detenidamente antes de volver a su dormitorio, quitarse la ropa que había escogido y tirarla encima de la cama con frustración.
—Esto está bien para ir a dar una vuelta con Eijiro y Katsuki, pero no quiero que Ojiro piense que me he puesto lo primero que he cogido del armario —murmuró entre dientes para sí mismo.
Abrió la puerta del armario y saqueó sus prendas de ropa, buscando diferentes combinaciones. Vacilante, colgó varias de las prendas en la puerta del baño, decidiendo peinarse antes de elegir cualquiera de ellas. Cuando quedó satisfecho con su pelo, su ropa y sus complementos, vació medio bote de colonia sobre su cuello.
—¿Piensas ir vencer a los villanos que te encuentres apestándolos en tu nube de perfume? —preguntó su madre con descaro, asomándose por la puerta y pinchándolo con una sonrisa—. A ver, cuéntale a esta vieja chismosa quién es tu cita.
—No es una cita, mamá, sólo he quedado con un compañero del colegio —se apresuró a responder Denki, mirando asustado su bote de colonia y preguntándose si realmente se habría echado demasiada.
—Uno no se arregla tanto para sus compañeros —insistió su madre, entrando en el cuarto de baño.
—Es que es la primera vez que salgo con él, quiero causarle buena impresión —admitió Denki, sonriendo avergonzado y mirando a su madre a través del espejo.
— Tiene que caerte muy bien si te has arreglado tanto. —Su madre se colocó a su lado, peinándole con los dedos un mechón de pelo, metiéndoselo detrás de la oreja—. ¿Cómo se llama?
—Mashirao Ojiro.
—Me suena. ¿Seguro que no habías salido antes con él? —preguntó su madre, entrecerrando los ojos para hacer memoria.
—¡Es verdad! —recordó Denki en ese momento, sintiéndose un estúpido por haberlo olvidado—. Tienes razón, mamá, no es la primera vez. Es con el que fui al museo hace un par de semanas.
—Ven, acércate un momento. Uno tiene que ser sutil con la colonia, no ir anunciando su presencia a diez metros de distancia —dijo su madre, cogiendo una toalla y humedeciéndola en el lavabo. Después, la pasó por su cuello con cuidado—. Creo recordar que ese día no te arreglaste tanto, cariño.
—Es que él ha perdido el contacto con sus antiguos amigos del colegio. —Denki se encogió de hombros, creyendo que aquello podría valer como justificación—. Le propuse salir con nosotros, ya sabes, Eijiro, Katsu y Hanta, pero es alguien tímido. Me dio la impresión de que si íbamos solos estaría más a gusto.
—Qué bonito es el primer amor —dijo su madre con picardía.
—¡Mamá! —Denki notó el calor en las mejillas al sonrojarse—. No es…
—Me parece bien igualmente —aprobó su madre, interrumpiéndole antes de sonreír más y bajar la voz para preguntarle en tono conspirativo—: ¿Necesitas dinero?
—Tengo algo de la semana pasada todavía, pero… —Denki se mordió el labio en una sonrisa pícara, pensando en que no le vendría mal un pequeño extra.
—Te daré algo más, para que le invites a un helado, al cine o lo que os apetezca.
—No es una cita, mamá —insistió Denki sin mucha fuerza, retocándose el pelo en el espejo para eludir la incomodidad de la conversación.
—¿Qué importa eso? Voy a por el monedero, ¿vale?
Nada más su madre le había dado el dinero, Denki había salido de casa, por lo que llegó demasiado pronto al centro comercial. Se sentó en un banco a esperar, moviendo el pie con impaciencia y mirando el reloj del móvil en varias ocasiones, comprobando que no tuviese ningún mensaje de Ojiro y resistiendo la tentación de escribirle para recordarle que habían quedado a pesar de que el día anterior se había despedido de Denki con un entusiasmado «Hasta mañana!».
Ojiro apareció puntual, vestido con un pantalón oscuro y una pulcra camisa blanca de manga larga. Denki se levantó, orgulloso de haber acabado escogiendo aquel conjunto con la chaqueta de cuero, que pegaba perfectamente con el atuendo de Ojiro y que no le haría desentonar, como sí hubiera hecho su elección inicial, que era más casual y menos elegante.
—Hola —sonrió Ojiro, achicando los ojos de la manera que a Denki tanto le gustaba, con las manos en los bolsillos, luciendo un tanto incómodo.
—Hola —suspiró Denki antes de parpadear y apartar la vista de la sonrisa de Ojiro. Titubeó unos segundos, sin saber si Ojiro tenía algún plan o esperaba que él tomase la iniciativa—. He pensado… ¿te gustan las pelis de acción?
—Claro. —Denki lo había supuesto, puesto que le gustaban las artes marciales, así que había mirado la cartelera en busca de una peli que pareciese interesante.
—Ponen una con buena pinta. Empieza dentro de media hora. Luego, si quieres, podríamos cenar. O lo que te apetezca —se apresuró a decir Denki, dándose cuenta de que, de tanto pensarlo, había acabado planificando toda la tarde sin consultar a Ojiro.
—Me parece un buen plan. —La sonrisa de Ojiro se amplió y Denki sintió un hormigueo muy satisfactorio en el estómago.
Entraron en la sala, que estaba prácticamente llena a pesar de no ser una película de estreno. Denki se sentó en su butaca. Ojiro miró hacia los asientos de arriba, apretando los labios con fastidio.
—Deberíamos haber pedido la última fila —murmuró Ojiro, meneando la cabeza con consternación—. No esperaba que fuese a haber tanta gente.
—¿Qué ocurre? —preguntó Denki, preocupado por su actitud.
—Sentarse es difícil cuando tienes cola —gruñó Ojiro, suavizando acto seguido su expresión con un conato de sonrisa—. En clase la silla tiene un hueco en el respaldo, pero estas butacas…
—Mierda. No lo pensé al proponer el plan —admitió Denki abochornado.
—Yo tampoco. La verdad es que no voy mucho al cine y cuando lo he hecho no había nadie detrás de mí, así que la mantenía recta o la ponía en el asiento de al lado.
—¿Quieres que salgamos? Podemos hacer otra cosa, yo me hago cargo de las entradas —propuso Denki, que quería que Ojiro se lo pasase bien en lugar de estar preocupado.
—No, no es necesario. Intentaré enroscarla, no te preocupes.
—Has dicho que otras veces sueles ponerla en el asiento de al lado, ¿no? —dijo Denki, pensativo.
—Si hay alguien detrás de mí, sí —asintió Ojiro.
—Yo estoy en el asiento de al lado —se atrevió a decir Denki, tragando saliva—. Puedes ponerla sobre mis rodillas y asunto solucionado. A mí no me molestará.
—Pesa más de lo que parece —le advirtió Ojiro, pero Denki advirtió que en su mirada se adivinaba algo parecido a la expectación.
—No importará, no te preocupes —insistió Denki con una sonrisa esperanzada—. Sólo siéntate antes de que empiece la película.
Ojiro lo hizo, poniendo la cola sobre las piernas de Denki. Era cierto que se sentía pesada, pero no tanto como cabría esperar tras la advertencia de Ojiro. Cerrando la botella de agua que había comprado antes de entrar, Denki la dejó en el reposabrazos y puso ambas manos encima de la cola de Ojiro, igual que hacía en clase.
—No había pensado en esa ventaja. —Ojiro había murmurado tan bajo que Denki no estaba muy seguro de haberle oído pero, cuando lo miró, este estaba esbozando la sonrisa que tanto le gustaba y la punta de su cola vibraba con suavidad.
Las luces se apagaron y la película empezó. Como en clase, Denki encontraba que era relajante acariciar la suave piel de la cola de Ojiro. Había algo diferente en la sensación que tenía al hacerlo en clase, a plena luz del día y delante de más personas, que en la oscuridad de la sala del cine, donde se sentía, de algún modo, más íntimo. Hundió los dedos en el vello de la punta de la cola, notando cómo se estremecía bajo su contacto. Miró a Ojiro, esperando verle atento a la pantalla, pero este le miraba a él, con su sonrisa, sus ojos achicados y de aquella manera que le había parecer tan guapo. Le sonrió, complacido al ver que le gustaba lo que estaba haciendo, y Ojiro volvió a girar la cabeza hacia la pantalla.
La película no era tan interesante como captar la completa atención de Denki, que pensaba que las emociones que le invadían mientras acariciaba, peinaba y masajeaba la cola de Ojiro eran mucho más interesantes. En la luz parpadeante, Denki distinguió la mano de Ojiro junto a las suyas, sobre su cola. Se preguntó si era porque le estaba molestando y quería que parase, así que le miró, inquieto. Ojiro tenía la mirada fija en la película, pero volvió un segundo la cabeza al sentirse observado, le sonrió de nuevo de aquella forma suya tan interesante y bajó la vista a su cola, como buscando algo. Lo siguiente que Denki sintió fueron los dedos de su amigo aferrando los de la mano que tenía más cerca de él. Miró la mano, atónito y sin saber muy bien cómo reaccionar. Se sentía genial ver la mano de Ojiro encima de la suya, sus dedos tocándose. Levantó la vista. Ojiro siguió sonriéndole unos segundos más antes de volver a prestar atención a la película.
Con la mano derecha dentro de la de Ojiro, Denki utilizó la mano izquierda para acariciar la cola de Ojiro, hundiéndola en la punta y sintiendo cómo los cabellos la cubrían se erizaban. Ojiro le soltó la mano para comenzar a trazar líneas invisibles sobre su palma, haciéndole cosquillas, y siguió el contorno de los dedos de Denki, dibujando la forma de su mano. Repitió el proceso un par de veces más, llegando a deslizar las yemas de los dedos por su muñeca hasta el antebrazo, algo que hizo que Denki se estremeciese de placer, antes de volver a cogerle la mano, esta vez entrelazando sus dedos entre los de él.
Excitado y disfrutando de la situación, Denki lamentó que la película terminase y las luces se encendiesen, pero no le dio tiempo a pensarlo mucho más, porque Ojiro volvió a cogerle de la mano mientras paseaban por el centro comercial en busca de un sitio donde cenar. Era ya noche cerrada cuando Denki entró en su casa un par de horas después, intentando evitar el entusiasmado interrogatorio de su madre, se dejó caer encima de la cama y exhaló un suspiro de felicidad que no sabía de donde venía, pero que se sentía correcto. En cualquier caso, era un sentimiento novedoso que nunca había experimentado, pero que era tan agradable que no le importaba seguir sintiéndolo el resto de su vida. Recreando en su mente el momento en el que Ojiro le había agarrado de la mano y en cómo se había sentido, Denki se quedó dormido.
Estuvo nervioso el lunes durante las primeras horas, antes de entrar en clase, no sabiendo cómo habría cambiado exactamente su relación con Ojiro su salida del sábado y en qué los afectaría exactamente. Jirou podía pensar que era un idiota y su madre que era un ingenuo, pero Denki era consciente de que no era habitual agarrarte de la mano de tus amigos cuando ibas al cine.
«Pensándolo detenidamente, tampoco es normal acariciarle la cola, si la tiene», se le ocurrió en ese momento, haciendo que la inseguridad que le atenazaba el pecho se incrementase.
A pesar de sus temores, Ojiro le sonrió al entrar en el aula y descubrirle mirándolo. Sus ojos se achicaron cuando la sonrisa, sincera y alegre, los alcanzó. A Denki se le hinchó el pecho. Apenas pudieron hablar antes de que Aizawa entrase, pero la conversación fue totalmente corriente, dentro de lo usual en ellos, como si nada hubiese cambiado a pesar de lo del sábado. Salvo que, una vez sentado en su sitio, Ojiro le dirigía furtivas miradas de reojo, sonriendo cada vez que lo hacía. Aquello le indicó a Denki que, en realidad, algo muy sutil sí había cambiado. Decidió que el cambio le gustaba y, cuando la clase comenzó, tiró con cuidado de la cola de Ojiro, atrayéndola hacia sí y apoyando la cabeza en ella mientras peinaba el pelo de la punta.
«¿Qué tal te fue el sábado con Ojiro?», rezaba la nota que le hizo llegar Eijiro a mitad de la siguiente clase, más soporífera que de costumbre.
Denki sonrió, recordando la tarde en el cine. Se volvió, observando a Eijiro, que levantaba las cejas sugestivamente.
«Idiota», garabateó torpemente, intentando no dejar de acariciar la cola de Ojiro con la otra mano, antes de levantar la mirada para comprobar que el profesor no les estaba mirando antes de pasársela a Eijiro.
«Este sábado por la noche hay torneo de videojuegos en la sala de ocio donde estuvimos hace un par de semanas. Katsu dice que está seguro de ganarlo, así que yo no me lo perdería. Hanta y yo vamos a ir, desde luego. ¿Por qué no invitas a Ojiro para que venga con nosotros?», le escribió Eijiro en otro trozo de papel.
Denki se volvió hacia Eijiro, discretamente, y se encogió de hombros para indicarle que estaba dispuesto a considerar la idea, pero que tenía que preguntarle. Escribió algo más en el mismo trozo de papel que Eijiro le había pasado y tocó gentilmente la cola de Ojiro para indicarle que lo cogiese. La respuesta llegó casi inmediatamente, por el mismo medio.
«Si a tus amigos les parece bien que vaya, sí que me gustaría mucho acompañaros», fue la concisa respuesta de Ojiro. Denki correspondió a su sonrisa sincera cuando Ojiro miró hacia atrás, confirmándole con la mirada que le hacía la misma ilusión ir que a Denki que fuese.
De nuevo, Denki volvió a esperar con impaciencia toda la semana, expectante ante la llegada del sábado y poder ver de nuevo a su compañero fuera del aula. Ojiro cumplió su promesa y aquel fin de semana salió con ellos pero, quizá debido a que no estaban solos o por simple timidez, no le cogió de la mano. Además, aunque Ojiro parecía a gusto y relajado, o precisamente por ello, su cola permaneció reposando sobre su hombro todo el tiempo, por lo que Denki se sintió decepcionado. Quizá era porque había esperado algo similar al día que fueron juntos al cine o que contaba con que aquel cambio sutil que había sido capaz de detectar durante la semana entre ellos dos se manifestase más claramente durante el fin de semana. En realidad, lo pasó genial y celebró con entusiasmo la victoria de Katsuki en el torneo, pero la sensación de que le faltaba algo le desazonaba por dentro.
—¡Denki! ¡Espera! —Se dio media vuelta al oír a Ojiro llamarle. Se acababan de despedir los cinco, supuestamente para ir cada uno a su casa. Denki se detuvo, esperando a que le alcanzase—. ¿Vas a tomar el metro del final de la calle? —Denki asintió, desconcertado, porque pensaba que Ojiro ya se había marchado—. Yo iba a tomar el autobús, pero ese metro me deja cerca de casa también y pensé que… como tú ibas en esa dirección…
—¡Genial! —exclamó Denki, súbitamente contento de poder compartir a solas aunque fuese ese breve paseo con Ojiro.
Comenzaron a caminar juntos. Denki había ido hasta ese momento con las manos en los bolsillos, pero las sacó, preguntándose si Ojiro estaría esperando que lo agarrase él primero. No tuvo ocasión de comprobarlo, porque Ojiro le sujetó la mano inmediatamente, entrelazando sus dedos, y sonrió complacido. Denki también le sonrió, sintiéndose feliz. Llegaron a la estación de metro, descubriendo que, si bien ambos cogían el mismo tren, cada uno debía hacerlo en direcciones opuestas.
—Te acompaño a tu andén y luego cruzo al mío y cojo el siguiente cuando te marches —le propuso Denki que, ahora que estaban juntos y a solas, prefería apurar los minutos que durase aquello. Además, estaba poco dispuesto a soltarle la mano.
—Me parece bien —asintió Ojiro, ampliando más su sonrisa.
Llegaron al andén, que estaba lleno de gente esperando. El letrero electrónico marcaba los escasos minutos que faltaban para que llegase el siguiente tren. Con decisión, Denki tiró del brazo de Ojiro y lo arrastró hasta un rincón más o menos aislado.
—¿Te lo has pasado bien? —preguntó Denki en voz baja, un poco temeroso de que no hubiese sido así.
—Sí. Bakugou no… no impone tanto como en clase —admitió Ojiro con una risita. Denki se emocionó, decidido a seguirle haciendo sonreír—. Aunque tiene sentido que no se pase el día gritando, nadie sería capaz de hacerlo.
—Te sorprendería —dijo Denki, conteniendo una carcajada y meneando la cabeza—. De hecho, mejor no lo digas delante de él, o se lo tomará como un reto y estaremos perdidos. Es un borde, pero es muy majo cuando lo conoces más a fondo.
No se le ocurrió qué más decir. Ojiro se soltó de él y apoyó la espalda contra la pared, metiendo las manos en los bolsillos. Un aviso de megafonía informó de la entrada del tren que debía tomar, pero Ojiro no se movió. El chirrido de los frenos y el estrépito del motor del metro los ensordecieron. La gente empezó a moverse frenética, intentando montarse en el tren.
—Vas a perderlo—dijo Denki, lamentando que el momento hubiese llegado al final.
—Mucha gente —explicó Ojiro, sonriendo de nuevo. Las puertas pitaron, avisando de que iban a cerrarse—. Cogeré el siguiente, si te parece bien. En realidad, no tengo prisa.
A Denki le parecía genial arañar unos pocos minutos más. En realidad, sí era bastante tarde, porque el torneo había durado más de lo previsto, pero aún pasarían varios trenes más. Tenían tiempo de sobra. Denki era consciente de estar sonriendo bobaliconamente, pero no le importó.
—Hace frío aquí abajo —dijo en voz alta, haciéndose oír por encima del ruido del tren poniéndose en marcha, no muy seguro de qué le apetecería hablar a Ojiro.
—Deja pasar —murmuró Ojiro, rodeándole con la cola y empujándole con ella, atrayéndole cerca de él. Denki se volvió y se disculpó con la mujer a la que había impedido el paso—. Tienes razón, hace frío.
—Ahora ya no tanto —confesó Denki, que notaba el calor corporal de la cola, que Ojiro no había retirado a pesar de que ya no estorbaba el paso a nadie, arropándole la espalda—. Es muy calentita.
Ojiro sacó las manos de los bolsillos, sujetando las de Denki entre ellas.
—Es verdad que tienes los dedos helados. Ven, acércate más.
Denki lo hizo, lamiéndose los labios. Nunca había estado tan cerca del cuerpo de Ojiro. Lo tenía por todas partes, su cola acariciándole la espalda, su pecho a escasos centímetros del suyo y las manos envueltas con las suyas.
—Puedo… —Denki titubeó. Cerró los ojos para concentrarse en la potencia exacta, no quería sobrecargar su cerebro justo en ese momento—. No te asustes, ¿vale?
—No lo haré —dijo Ojiro, solemnemente.
Con los ojos todavía cerrados, Denki emitió una pequeña corriente eléctrica, muy suave, transmitiéndola a través de los dedos de Ojiro. Al cabo de unos segundos, cuando sintió que su cuerpo entraba en calor por la resistencia natural de los músculos a la electricidad, paró.
—Como calefactor, es muy útil —bromeó. Al abrir los ojos, vio que el pelo de Ojiro, habitualmente prolijamente peinado hacia adelante, se había levantado a causa de la electricidad estática—. Aunque como peluquero no tengo futuro, me temo.
Ojiro soltó una carcajada divertida. Denki le observó, contento por haber provocado esa reacción.
—Me gusta mucho cuando sonríes —le confesó en voz baja, ruborizándose al hacerlo.
El megáfono anunció la llegada del siguiente tren. Denki se puso serio e hizo amago de apartarse de Ojiro, lamentando de nuevo que se le acabase el tiempo.
—Tampoco cogeré ese —le tranquilizó Ojiro al notar en su rostro la tristeza súbita de Denki, sonriendo más ampliamente. El corazón de Denki latió dos veces en un segundo—. Ven, no quiero que vuelvas a quedarte frío por mi culpa.
—No es tu culpa.
—Soy yo quien está perdiendo los trenes y obligándote a quedarte aquí conmigo, esperando —dijo Ojiro.
—No me importa —confesó en voz baja Denki, mirándole a los ojos.
Ojiro presionó con gentileza la cola en su espalda y Denki dio un paso adelante, juntando su cuerpo con el de Ojiro. Le soltó las manos, rodeándole la cintura y apoyándose justo en la base de la cola, que seguía acariciándole la espalda en un abrazo que resultaba curioso. Denki podía sentir el aliento de Ojiro en sus mejillas. Este se las acunó con las manos.
—Eso es trampa, yo no puedo abrazarte y acariciarte la mejilla a la vez —se quejó débilmente.
Ojiro sonrió todavía más y Denki sintió que el corazón iba a estallarle dentro del pecho si no lo besaba. Se inclinó hacia adelante. Ojiro le adivinó la intención, porque giró un poco la cabeza y entreabrió los labios, listo para recibirle.
A pesar de lo tarde que era, Ojiro tampoco cogió ninguno de los seis siguientes trenes. Denki ni siquiera escuchó el ruido que hacían al entrar en el andén ni los pitidos de aviso de megafonía. Sólo estaban ellos dos, dentro de su particular abrazo, bebiéndose los besos del otro una y otra vez, las mejillas frías y los labios hinchados. Separándose sólo para coger aliento, con las manos de Ojiro acariciándole el cuello, las suyas introduciéndose bajo la camisa de Ojiro, acariciándole la piel de la espalda, y el pelo de la cola haciéndole cosquillas en la oreja, Denki volvió a besarle una y otra vez, sintiendo que no se cansaría de hacerlo nunca.
