HINATA
EN LA ACTUALIDAD
«Creo que odio mi vida…».
—¡Que pasen un buen día en Nueva York! —Sonreí mientras los pasajeros de primera clase pasaban junto a mí y se bajaban del avión—. Muchas gracias por volar con AmbuAirways. ¡Disfruten de la Gran Manzana!
—Esperamos que hayan disfrutado volando con nosotros. —Christina, la otra asistente de a bordo, se unió a mí en las despedidas—. Ha sido un placer estar en su compañía.
Algunos días, llegaba a creerme las alegres palabras que salían de mi boca cuando tomábamos tierra, pero este no era uno de esos días. A pesar de que todos los pasajeros de este vuelo habían sido bastante educados, el viaje no era más que una repetición de todos los realizados durante el último año. Un recordatorio de que no era una verdadera asistente de vuelo, que todavía estaba en la reserva. Aún trataba de averiguar cuándo se harían realidad para mí las promesas que aparecían en la revista mensual de los empleados de la aerolínea.
Cada tercer domingo de mes, puntual como un reloj, la revista How we fly llegaba a mi buzón, burlándose de mí con promesas rotas y bonitas fotografías, recordándome todas las razones por las que había solicitado este trabajo. La idea era viajar a lugares como Londres, Milán o Tokio en el mismo mes. Tener la posibilidad de recorrer viñedos y carreteras rurales en mis días libres. Y también el vano deseo de atravesar los aeropuertos luciendo los famosos uniformes azules y los zapatos Louboutin personalizados, como si fuera una de las atractivas mujeres que aparecían en los anuncios publicitarios.
Por desgracia, no leí la letra pequeña. Solo había una posibilidad de volar a esos bellos lugares noche tras noche. Y la única posibilidad de pasear se reducía a los cinco pasos que había hasta la furgoneta que nos trasladaba del aeropuerto al hotel en cada escala. Hasta que no saliera de la reserva, seguirían asignándome los vuelos en el último minuto y serían viajes cortos; mientras que los asistentes de vuelo más antiguos recibían las mejores rutas.
—¿Soy yo o este es el grupo de pasajeros más lento del mundo? —murmuró Christina en voz baja.
—Sin duda lo es —repuse al darme cuenta de que de la fila quince a la treinta todavía tenían que abrir los compartimentos superiores.
«Sin duda esta noche voy a llegar tarde…».
—¿Los de recursos humanos han atendido tu solicitud de cambio o sigues en la reserva, Hinata ? —me preguntó.
—Sigo en la reserva.
—¿En serio? Ha pasado un año desde la última vez que coincidimos y ¿todavía sigues en la reserva? —Parecía que no me creía—. No me digas que siguen toreándote con la excusa de que tienen que resolver los flecos de la fusión.
Le lancé una mirada tan triste que se rio.
—Lo siento. Si te hace sentir mejor, al menos vives en Nueva York. No tienes que compartir almohada con un montón de asistentes de vuelo en reserva que no conoces.
—Supongo… —repuse con sequedad, y ella me sonrió comprensivamente.
Permanecimos en la parte delantera del avión durante lo que me pareció una eternidad, manteniendo un tono alegre y ligero mientras el equipo de hockey que ocupaba la cola continuaba moviéndose tan lentamente como la melaza.
Cuando el último jugador salió finalmente del avión, cogí el bolso, me despedí con rapidez de Christina y del piloto y corrí por el finger. Tenía justo veinte minutos para alcanzar el próximo autobús a Manhattan.
Salí de la terminal 7, corrí después de atravesar la puerta, esquivando hordas de viajeros. Mientras corría, las numerosas señales de restaurantes, tiendas de regalos y cafeterías se convirtieron en manchas brillantes. Oía lejanamente las conversaciones entre los turistas, las discusiones entre los agentes del embarque y los anuncios por los altavoces, pero lo único que escuchaba en realidad era el sonido de mis tacones repiqueteando contra el suelo recién encerado.
Me acerqué a la zona donde ya no se podía dar marcha atrás, con el vestido por los muslos, pero no podía perder el tiempo tirando de él hacia abajo. Seguí corriendo sin parar por los pasillos automáticos hasta llegar a la sala de recogida de equipajes.
Aproveché los minutos que tenía de ventaja para meterme en un cubículo del cuarto de baño. Me deshice del pin de vuelo y de la etiqueta con mi nombre y metí ambos objetos en el bolso. Me quité el vestido por la cabeza, reemplazándolo con rapidez por un vestido de cóctel negro y un collar de perlas falso.
Apoyada contra la puerta, me quité los zapatos grises de tacón y me puse un par de stilettos de un rojo brillante.
Frenética, salí del cubículo casi trastabillando y me coloqué delante de los espejos. Parpadeé un par de veces, comprobando que todavía tenía los párpados cubiertos con el tono de sombras rosa claro que estipulaba la compañía aérea y que un lápiz de labios de color rojo dramático manchaba mis labios.
«Bastante aceptable…».
Me solté el pelo y permití que los rizos negros me cayeran más abajo de los hombros. Me los peiné con los dedos unas cuantas veces antes de salir disparada al andén de autobuses.
Empujé a la gente que se interponía en mi camino mientras corría tan rápido como podía hacia la parada de buses. Aunque agité las manos con frenesí, gritando «¡Por favor, espere!», el autobús siguió alejándose de la acera cuando llegué. Se había marchado sin mí.
«Agg…».
Saqué el móvil con una maldición y pedí un coche Uber. Luego di un paso atrás para esperar pegada a la pared. Entonces, vi a un grupo de mujeres que señalaban algo que se movía en la distancia sin perderlo de vista. Estaban ruborizadas como colegialas, y se reían como si acabaran de ver a una celebridad.
Seguí la dirección de sus ojos, pero solo alcancé a ver un piloto. De hecho, solo su espalda. Caminaba hacia un coche negro mientras miraba el móvil. Tecleaba la pantalla con los dedos, con cuatro rayas doradas refulgiendo en su manga. Por su modo de caminar, me di cuenta de que era un engreído, el tipo de hombre que pensaba que el mundo giraba a su alrededor y solo importaba él. Un hombre que, probablemente, jamás tenía que pedirle nada a nadie. Mientras se deslizaba en el interior del vehículo que lo esperaba, me esforcé por echarle un vistazo a su cara, sabiendo que no era posible que fuera tan atractivo como esas mujeres insinuaban. Los pilotos solían ser mayores, y no demasiado atractivos. Solo engreídos, arrogantes y mujeriegos. Muy mujeriegos.
—¿Hinata ? —Me gritó un hombre por la ventanilla abierta de una pickup roja
—. ¿Está esperando un vehículo Uber?
Asentí con la cabeza. Él salió del coche para abrirme la puerta de atrás.
—Al 233 de Broadway —dijo mientras regresaba al asiento del conductor—.Va al edificio Woolworth, ¿verdad?
—Sí.
—Bien, póngase el cinturón de seguridad. —Se alejó de la acera y se internó bajo la cálida llovizna que caía sobre Nueva York.
El limpiaparabrisas chirriaba mientras se movía de un lado a otro mientras la caravana de coches avanzaba por la carretera.
Sabiendo que tardaría más de lo normal en llegar a Manhattan, envié un mensaje de texto a mi novio, Toneri.
Hinata : Acabo de aterrizar. Estoy en un Uber, pero hay mucho tráfico.
Toneri: En un Uber, ¡Dios, Hinata! No sé cómo no usas el coche de mi familia. Ni que nos importara.
Hinata : Quizá la próxima vez. ¿Cómo va la fiesta de tu madre por ahora?
Toneri: Genial. Están todos los que son alguien, la gente más importante. La prensa no sabe en quién fijarse.
Hinata : De acuerdo. ¿Me llevarás a Hemingway's después de que termine? Me gustaría hablar contigo esta noche.
Toneri: Por supuesto, nena. Lo que tú quieras
No respondí.
«Por supuesto, nena. Lo que tú quieras» casi siempre significaba
«Seguramente no», porque Toneri odiaba las discusiones. También odiaba el hecho de que en los últimos meses le hubiera empezado a señalar los numerosos cambios que había sufrido su personalidad. A pesar de que se negaba a admitirlo, el dulce tipo sencillo del que me enamoré hace años se había transformado en un hombre pendiente de las apariencias y obsesionado con la riqueza.
Las citas que teníamos antes ya no eran lo suficientemente buenas para él, y como casi nunca nos veíamos, la ardiente pasión que habíamos compartido una vez era ahora una llama vacilante. Nuestras conversaciones, cortas y redundantes, se habían reducido casi a un «¿Cómo estás?», «¿Qué tal el día?» y «¿Nos veremos pronto?». Éramos dos amantes atrapados en un complaciente matrimonio, tratando de volver a leer la misma página una y otra vez. El problema era que estábamos en dos libros diferentes.
Suspirando, me apoyé en el reposacabezas. Antes de que me durmiera por completo, sentí que el teléfono vibraba entre mis dedos. Una llamada de mi madre.
Debatí conmigo misma si debía responder, dado que las veinte anteriores habían ido directas al buzón de voz, pero cedí antes de que se cortara y respondí.
—¿Sí?
—¿Hola? ¿Hinata ? —Parecía muy preocupada—. ¿Dónde has estado? Llevo semanas llamándote.
—Lo siento. He estado muy ocupada en el trabajo últimamente.
—No puedes estar tan ocupada. —Chascó la lengua—. Incluso he llamado al teléfono de tu oficina sin resultado. ¿Han cambiado el número o algo así?
—No que yo sepa. Sin embargo, preguntaré esta semana en el departamento de comunicaciones.
—De acuerdo —repuso—. De todas formas, ahora que sé que estás viva, quería darte una gran noticia que te hará regresar a casa. —Se aclaró la garganta
—. Amy y Mia están a punto de ser incluidas en el paseo de la fama del Salón Nacional de Ciencias de la Salud. Son las científicas más jóvenes en recibir tal honor. ¿Sabes lo orgullosa que me siento? ¿Lo bien que me siento cuando mis hijos logran hacer algo tan significativo?
Me mordí la lengua, deseando haber dejado que la llamada acabara en el buzón de voz.
—Rem está a punto de ver publicado un artículo en Scientific Journal, y tu hermano Neji ganó su centésimo caso antes del fin de semana. ¿No es increíble?
—Sí, muy increíble…
—¿Verdad? ¿No te gustaría haber aceptado la beca para el MIT como los demás miembros de la familia? ¿Quién sabe en qué podrías haber destacado tú?
—¿Estás insinuando que quizá hubiera resultado ser una traficante de drogas?
—¿Te dedicas a vender drogas?
«¿Qué coño…?».
—¿Qué? ¡No! ¿Por qué me preguntas eso?
—Nunca estoy segura de nada cuando se trata de ti. —Sonaba mortalmente seria—. Esa forma que tienes de ignorar mis llamadas telefónicas y cómo susurras cuando hablamos me da que pensar, la verdad. No solo eso, además sigues viviendo en Nueva York y jamás llamas a casa para pedir dinero. Es muy…
—¿Sorprendente?
—Decepcionante. —Hizo una pausa—. O eres demasiado orgullosa para pedir dinero, porque sabes que teníamos razón en lo que te dijimos cuando te mudaste a esa ciudad, o estás metida en actividades ilegales para mantenerte a flote hasta que, inevitablemente, te pillen. Cuando eso ocurra, tienes que llamarnos para que paguemos la fianza.
Moví la cabeza sin saber cómo responder a ese comentario.
—Lamento no ir por ahí tan a menudo como debería —me disculpé como hacía siempre—. Todavía sigo trabajando cincuenta horas a la semana porque no han contratado más becarios. —Era la verdad. Bueno, había sido la verdad hace seis años.
—¿Estás segura de que eso es todo? —insistió ella—. Mi instinto materno me dice que te pasa algo.
—Estoy segura. —Puse los ojos en blanco. Si realmente poseyera instinto materno, habría sabido que me pasaba algo hacía mucho, mucho tiempo.
Cambiamos de tema y ella siguió hablando sin cesar sobre los nuevos y emocionantes estudios que estaba llevando a cabo, casi sin detenerse a tomar aliento. Yo solo la escuchaba a medias mientras miraba por la ventanilla cómo la lluvia caía con más fuerza sobre la ciudad.
—¿Puedo contar con que vengas a casa dentro de un par de meses para la gran sorpresa? —preguntó unos momentos después.
—¿Qué gran sorpresa?
—Neji le va a proponer matrimonio a su novia, la hija del alcalde. Planea hacer una fiesta; me dijo que te envió un mensaje sobre el tema hace unos meses.
—Oh, sí. —Lo recordaba, y también recordaba haberle dicho que no contara conmigo—. Intentaré ir. Esta misma noche miraré los billetes de avión.
—¡Estupendo! Bueno, no puedo esperar a abrazarte… ¿Qué estás haciendo ahora?
—Estoy editando algunos artículos para esta semana.
—Por supuesto. Suena… parece interesante.
—Lo es.
Silencio.
—Bien… —Se aclaró la garganta—. No dudes en llamarme en cualquier momento si recuerdas que tienes familia… O cada vez que quieras hablar conmigo.
—Siempre lo hago. Hasta luego, mamá.
—Adiós, Hinata . Te quiero.
—Yo también te quiero. —Colgué antes de que pudiera añadir nada más, antes de que mi corazón se rompiera un poco más. Las conversaciones telefónicas con mi madre eran siempre breves y torpes. Duros recordatorios de que no importaba cuántos años pasaran: yo siempre sería la oveja negra de la familia. Literalmente. Al principio, ser la única literaria en una familia llena de matemáticos parecía una broma, y como tal se había tomado. «¡Ja! La pequeña ha llegado al mundo asegurándose de destacar!». Ese tipo de cosas. Pero con el tiempo, y dado que era la menor de cinco hermanos, todo lo que hacía se medía por los que habían llegado antes que yo.
Mis hermanos eran los empollones en sus respectivas clases de secundaria; sus notas eran siempre matrículas de honor. Ganaban con facilidad todos los certámenes de ciencias siempre que participaban. Yo solo recibía menciones. Y todos ellos, igual que nuestros padres —cirujanos de renombre mundial—, ganaron becas para el MIT. Yo jamás lo consideré una opción. Acepté en su lugar una plaza en la universidad de Boston.
A lo largo de los años, las cenas familiares y reuniones estuvieron marcadas por los elogios sin fin a todos sus logros, limitándose a un «Bueno, Hinata … sigue siendo Hinata » cuando se trataba de mí.
No sabía siquiera por qué seguían invitándome a volver a casa, en especial cuando yo había hecho todo lo posible para no regresar. Si pudiera mantenerme alejada hasta que tuviera ochenta años, lo haría.
«Sin duda no voy a regresar para la petición de mano…»
El coche se detuvo de repente y miré por el parabrisas. Había varios coches de policía, con las luces azules y blancas parpadeando y una ambulancia pasó a toda velocidad por el carril de emergencia.
Dado que me iba a llevar mucho tiempo llegar a Manhattan, me apoyé en la ventana y me puse a dormir.
Una hora después, me desperté cuando el coche enfilaba Broadway, todavía a algunas manzanas del edificio Woolworth.
Había recibido tres nuevos mensajes de Toneri, todos preocupados por las apariencias, no por mí.
Toneri: Si el coche Uber en el que estás no es una limusina, indícale al conductor que te deje en la entrada de atrás para que no parezcas una camarera del catering o algo así.
Toneri: Acaban de llegar el senador y su esposa, así que está decidido. Mi novia solo puede salir de una limusina.
Toneri: Por favor, dime que te has puesto uno de los vestidos que tu compañera de piso te compró. Uno de marca.
Puse los ojos en blanco cuando el coche se detuvo delante del edificio, ignorando aquellas ridículas peticiones. Por lo que pude observar, a mi alrededor solo había botones y porteros, y las limusinas y otros coches de lujo brillaban por su ausencia.
Le entregué al conductor un billete y salí. Abrí el paraguas para protegerme mientras me dirigía hacia las escaleras, donde me esperaban dos porteros.
—Buenas noches —desearon al unísono, abriéndome las puertas para que pudiera acceder a un reluciente vestíbulo dorado. Para mi sorpresa, el enorme espacio estaba completamente vacío.
Antes de que pudiera preguntar adónde se suponía que debía ir, un botones vestido de blanco salió del ascensor y me invitó a entrar en la cabina.
—Es usted la novia de Toneri Otsusuki, ¿verdad? —preguntó.
—Eso creo. Depende de qué día de la semana sea. Se rio mientras apretaba el botón del último piso.
—Diría que hace algo más que creerlo. Me ha preguntado al menos seis veces si había llegado. La describió perfectamente.
—¿De qué manera?
—Cito textualmente —repitió—. Una mujer hermosa con el pelo negro, largo y lacio que tiene los ojos perlas claros más bonitos que haya visto. Por eso supe que era usted.
Me sonrojé, sintiéndome un poco culpable por estar irritada con Toneri.
—Gracias. Le daré las gracias.
Asintió con la cabeza y se volvió hacia delante, mirando las luces que parpadeaban encima de las puertas según subíamos cada piso. Cuando llegó al 57, se abrieron, dando paso al cegador destello de los fotógrafos.
—¿Algún famoso? —gritó alguien mientras las cámaras echaban humo—.¿Alguien conocido?
—Lo comprobaremos más tarde. ¡He conseguido un buen disparo!
Cubriéndome los ojos con la mano, me aparté de la línea de fuego y accedí al interior de la sala, donde se celebraba el lanzamiento del nuevo número de la revista Cosmopolitan.
La habitación estaba decorada en blanco y plata, con hermosos detalles. Las anteriores portadas de la revista estaban encima de unos pequeños escenarios que ocupaban todo el espacio. Los camareros circulaban entre los invitados con bandejas de champán mientras casi toda la élite de Nueva York componía sus mejores sonrisas para la prensa. Embutidos en trajes de mil dólares y vestidos de corte impecable, su asombrosa riqueza podía detectarse a kilómetros de distancia. Eran el tipo de personas que aprovechaban cualquier ocasión para demostrar lo que eran, el tipo de personas capaces de llegar envueltas para regalo si eso significaba que existía la posibilidad de que su cara apareciera en los periódicos.
Sonreí al tiempo que me movía entre los invitados, saludando algunos rostros familiares mientras buscaba a Toneri. Varios minutos después le envié un mensaje de texto que no respondió.
Pensando que seguramente estaba posando para un sinfín de fotografías con celebridades locales, cogí una copa de champán de la bandeja de un camarero que pasaba y me dirigí hacia las ventanas que daban al puente de Brooklyn.
Estaba a mitad de camino cuando sus padres, la señora editora jefa de Cosmopolitan y el señor Lobo de Wall Street aparecieron delante de mí. Como de costumbre, el pelo largo de su madre estaba perfectamente peinado y el vestido poseía un tono de azul que hacía juego con sus ojos. Y parecía que su padre, con el cabello albino y los ojos celeste oscuro, acababa de bajarse del escenario de un drama político. Toneri era calcado a él.
—Buenas noches, Hinata. —Su madre me tendió una mano con una manicura perfecta—. Esta noche estás radiante.
—Gracias, señora Otsusuki.
—Un placer. Toneri estaba buscándote por la sala. ¿No lo has visto?
—Todavía no.
—Estoy segura de que acabaréis encontrándoos. —Su padre me estrechó la mano—. Me dijo en secreto que estabas interesada en trabajar en mi empresa. ¿Es verdad, Hinata ?
«Por supuesto que no».
—Quizá, señor Otsusuki. Todavía no lo sé.
—¡Lo sabía! Solo tienes que decírmelo y listo. Te contrataré en cuanto quieras. Sin preguntas. Desde el principio le he dicho a Toneri que eras un gran fichaje. Sé que te gusta trabajar en esa organización sin ánimo de lucro y en sus apuestas startup, pero si te unes a la empresa familiar, te gustará todavía más.
—¿Qué organización sin ánimo de lucro? —pregunté.
—¿Qué organización sin ánimo de lucro? —repitió riéndose—. Oh, eres tan modesta, Hinata … Es algo que me encanta de ti. A mí también me gusta realizar algunas consultas pro bono todos los años. Hace que lo veas todo en perspectiva… Y es beneficioso cuando toca pagar los impuestos.
—Supongo. —Forcé una sonrisa, preguntándome por qué demonios había dicho Toneri tantas mentiras a su padre sobre mí y mi trabajo.
—¡Oh, oh, oh! —Su madre cogió una copa de champán de una bandeja—. Esa es la editora de cultura pop de The Wall Street Journal. Tengo que hablar con ella. —Me brindó una última sonrisa—. Disfruta de la fiesta, Hinata . Dentro de una hora tienes que unirte a nosotros para el brindis oficial. —Ambos se alejaron, desapareciendo entre la multitud.
Revisé el móvil para comprobar si Toneri me había respondido por fin al mensaje, y cuando vi que no lo había hecho, estaba todavía más decidida a encontrarlo e insistir en que nos fuéramos de allí para hablar. De inmediato.
Rodeé la habitación, comprobando todas las mesas de cóctel, cada fuente de champán y cada lugar donde se servía queso y vino. Incluso lo busqué en los cuartos de baño. Me sentía tentada a decirle al DJ que preguntara por él a través de los altavoces cuando lo vi por el rabillo del ojo. Estaba parado junto a las ventanas. Con otra mujer.
Me acerqué más con la esperanza de que los ojos me estuvieran jugando una mala pasada, pero con cada paso, sus rasgos se hacían más claros y las mismas manos que me solían tocar a mí acariciaban el culo de una joven morena con un vestido gris demasiado corto. Él le susurraba algo al oído mientras apoyaba la barbilla en su hombro, y ella lo peinaba con unos dedos largos y huesudos.
—¿Interrumpo algo? —Me detuve justo a su lado—. ¿Toneri?
De inmediato se separaron y me miraron con los ojos muy abiertos. La joven era apenas una niña a la que ya había visto varias veces con anterioridad, una compañera de trabajo de Toneri en la empresa de su padre.
—Er… hola, Hinata —me saludó ella, con las mejillas sonrojadas. A continuación, se alejó precipitadamente de nosotros, dejándonos solos.
Toneri se aclaró la garganta.
—Estaba buscándote.
—¿Y has pensado que me había escondido en el culo de Allyson?
—No es lo que parece —dijo—. ¿Qué tal te ha ido hoy el día, nena? No respondí.
—Bueno, hablaré yo antes. Hoy me ha ido bien. He conseguido dos nuevas ofertas, muchas gracias por preguntar. Además, se me han ocurrido un par de sitios a los que me gustaría ir contigo el próximo verano. Ahora, ¿qué tal el día?
Parpadeé.
—Bien, entonces. —Parecía completamente indiferente—. ¿Cómo has tardado tanto tiempo en llegar aquí?
—No puedes pensar de verdad que vaya a pasar por alto el hecho de que estabas a punto de tirarte a Allyson en público.
—No estaba tirándomela, Hinata . Si estuviera follando con ella, créeme, lo sabrías.
—Toneri…
—Creo que sé lo que no se puede hacer en público, ¿no te parece? —se burló—. Por el amor de Dios, hay un Hilton al otro lado de la calle y me dan habitaciones gratis. Estoy seguro de que me la follaría allí.
Me quedé mirándolo, totalmente desconcertada.
Se rio, acercándose para ponerme las manos en los hombros.
—Relájate, Hina. Aprende a reírte un poco, anda.
—Aprende a contar chistes. —Me aparté de él—. ¿Por qué estabas tocándola así?
Él movió la cabeza como si yo estuviera siendo muy pesada.
—Te he dicho que después de que acabemos aquí, te llevaría al Hemingways para hablar de eso que tú quieres hablar. ¿De verdad quieres mantener ahora una conversación innecesaria como esta?
—Ahora mismo.
Gimió y me cogió de la mano para arrastrarme más allá de un grupo de hombres trajeados, hasta un tramo de escaleras. Lo subimos hasta una puerta que conducía a la azotea, medio cubierta.
La lluvia se había convertido en llovizna, y el viento nos envolvió. Al otro lado de la terraza había sentado un hombre con esmoquin blanco, que cantaba mientras arrastraba los dedos por las teclas de un piano de cola como si estuviera solo en el lugar.
— Lovers in New York… —canturreaba—. Trying to find a place in New York…
—Vale, Hinata —empezó Toneri, colocándose delante de mí—. No pienso discutir contigo porque estamos muy por encima de eso. Pero sea lo que sea eso de lo que quieres hablar, aquí o en el Hemingway, soy tuyo.
—¿Estás engañándome? —La pregunta se me escapó por los labios antes de que pudiera pensarlo dos veces. Era una cuestión sobre la que hasta hacía pocos minutos nunca se me hubiera ocurrido indagar.
—¿Si estoy qué?
—Engañándome.
—Hinata …
—Solo es preciso un simple sí o no, Toneri. Estás engañándome, ¿sí o no?
Se quedó en silencio durante varios segundos, metiendo y sacando las manos de los bolsillos mientras me miraba como si no supiera qué decir. No me miró finalmente a los ojos hasta que el pianista empezó una nueva canción.
—No estoy engañándote —aseguró—. No técnicamente.
—¿No técnicamente?
—Es decir… —Se acercó y me colocó un mechón de pelo detrás de la oreja—.Es solo sexo, Hinata . Solo sexo.
—Nosotros mantenemos relaciones sexuales, Toneri. Muchas veces. ¿Por qué vas a tener que acostarte con Allyson?
—No me he acostado con Allyson… todavía. —Parecía como si eso no fuera nada—. Y tú y yo no tenemos tanto sexo. Por no hablar de que a veces tardo semanas en verte mientras te llaman para hacer de asistente de vuelo o en ese otro ridículo empleo tuyo que ni siquiera voy a mencionar en este momento.
—Asistenta —dije por él—. Y ¿qué quieres decir con que me llaman para hacer de asistente de vuelo?
—Justo lo que he dicho. He volado más que tú durante el último año y medio, y a lugares que están a más de un par de horas de distancia.
—¿Por eso le has mentido a tu padre sobre mi trabajo?
—No, le mentí para que no se aliara con mi madre y me presionara para que te dejara. Tener una novia que limpia apartamentos y sirve pretzels en el aire no es algo que esté bien visto en nuestros círculos sociales. —Me miró a los ojos—. Sin embargo, dejando todo eso a un lado, me gustas mucho… Casi estoy enamorado de ti. No quiero que una mentirijilla y unos polvos sin sentido que no me importan nada se interpongan entre nosotros.
Sentí que una lágrima rodaba por mi mejilla, sentí que mi ingenuo corazón empezaba a romperse.
—¿Con cuántas chicas, Toneri?
—Estás enfocando el tema desde un ángulo equivocado. —Se frotó el brazo—. Acabo de decirte que estoy casi enamorado de ti. Ahora tú me dices que también me amas y buscamos un lugar en el que hacer las paces. Preferiblemente un sitio privado y tranquilo.
—¿A cuántas chicas te has tirado, Toneri? —pregunté casi a gritos.
— Lovers in New York… —La voz del pianista flotaba en el viento—. Lovers fighting in New York…
—Diez o así —dijo con firmeza—. Pero siempre vuelvo a ti, ¿no? No he tenido una cita con ninguna de ellas, no he mantenido largas conversaciones por teléfono como hago contigo y, definitivamente, no he permitido que ninguna pase la noche en mi casa como tú. Esto se debe a que solo las utilizo para el sexo. A mí me gustas tú, y me importas de verdad.
Se me cayeron las lágrimas mientras él continuaba explicando su retorcida lógica. Para mis adentros, me maldije por no haber visto las señales. Reuniones nocturnas en el centro, que su teléfono sonara en medio de la noche, aquella repentina y creciente obsesión con la riqueza, y tener buen aspecto a todas horas. Empecé a preguntarme sobre todas las fiestas a las que había acudido con él, si las sonrisas y saludos a otras mujeres significarían mucho más que un intercambio casual. Si me había paseado ante todas esas novias a tiempo parcial que conocían su vida secreta.
—¿Por qué pareces un ciervo deslumbrado por los faros, Hina? —preguntó en un tono más tierno.
—Porque, sinceramente, me siento como si fuera uno. ¿Ha habido algún momento en el que no estuvieras acostándote con otras mujeres?
—Los primeros meses que estuvimos juntos —admitió—. Entonces solo me acostaba contigo.
—Pero llevamos años juntos…
—Y podemos estar muchos más… si estuvieras conforme en dejar esos puestos de trabajo y, quizá, regresar a tu antiguo trabajo, el impresionante mundo real, o acceder a trabajar en la firma de mi padre. Quizá podríamos hacer coincidir nuestros horarios y no tendría que recurrir a dormir con otras personas. Los dos tenemos la culpa de esto, Hinata . Los dos.
Di un paso atrás y reprimí un grito. Me negaba a que viera cómo caía.
— Lovers in New York… —El pianista cantaba diez veces más fuerte que antes
—. Lover crying tears of…
—¡Por favor, cállese de una vez! —grité, dejando salir mi ira y mi dolor. Respiré hondo antes de empezar a disculparme, pero él ignoró mi arrebato y continuó cantando como si tal cosa.
—¡Oh, nena! —Toneri levantó los brazos y dio un paso hacia mí para abrazarme—. No llores, no pasa nada. Ven aquí.
—No me toques. No te atrevas a tocarme.
—Genial. A ver si por lo menos conseguimos zanjar el tema antes de entrar — deseó—. No quiero que hagas una escena delante de los amigos de mis padres.
¿Cómo te gustaría arreglar el asunto? —Se paseaba de un lado para otro—. Estoy dispuesto a escuchar tus ideas, aunque te aseguro que si quieres asegurarte de que solo me acuesto contigo, tendrás que hacer cambios importantes en tu vida y darme tiempo para que me acostumbre a ello.
No dije ni una palabra. No valía la pena añadir nada más. Ni ahora ni nunca. Habíamos terminado.
Me di la vuelta y me alejé, haciendo caso omiso a sus patéticas y débiles llamadas. Me mezclé con los invitados de la fiesta sin mirar atrás, forzando una sonrisa falsa mientras me sonreían y saludaban con la cabeza. Intentando no toparme con la multitud de fotógrafos que había cerca de los ascensores, empecé a bajar las escaleras para coger al ascensor algunos pisos más abajo.
Unas lágrimas ardientes seguían cayendo por mis mejillas y mi pecho subía arriba y abajo a cada paso. Ambas cosas eran un constante recordatorio de que me estaba alejando de una relación que siempre me pareció prometedora de forma unilateral. La preguntas que había preparado para la tarde eran peccata minuta al lado de los problemas que Toneri me había revelado.
Cuando llegué a las puertas del vestíbulo, retrocedí un paso ante la lluvia.
Había arreciado, y llovía con más fuerza que cuando había llegado.
—¿Señorita Hyuga ? —me llamó desde atrás una profunda voz masculina—.
¿Señorita Hyuga ?
—¿Sí? —Me di la vuelta y me encontré cara a cara con el chófer de la familia Otsusuki, Francis.
—¿Se va de la fiesta? —preguntó—. ¿Sola?
Asentí.
—¿El señor Otsusuki se reunirá con usted más tarde?
—No, y no necesito que me lleves de paseo —dije—. No pienso aceptar nada más del señor Otsusuki.
Ignorándome, cogió un paraguas negro y abrió la puerta. Dejó que el paraguas me protegiera de la lluvia e hizo un gesto para que lo acompañaran.
—Se me ordenó que la llevara a casa, señorita Hyuga . —No, no iba a dejar que esto se me fuera de las manos, salvo en mis términos—. Antes de que llegara me dijeron que usted era mi objetivo prioritario.
—Si insiste… —Reprimí un suspiro y me fui con él a un coche negro.
Mientras se acomodaba en el asiento delantero y graduaba el aire acondicionado, miré el móvil y vi que tenía una gran cantidad de mensajes de texto.
Toneri: En vez de ir a Hemingway's, será mejor que Francis te lleve a casa. Ya discutiremos sobre esto más adelante.
Toneri: Estoy dispuesto a ir a tu apartamento, en Brooklyn, Hinata . ¡En Brooklyn! Si eso no es estar dispuesto a comprometerme y a llegar a un acuerdo contigo, no sé qué lo es.
Toneri: ¿Te has marchado de la fiesta? ¿De verdad te has ido antes de que nos sacaran una foto juntos?
Toneri: Responde ahora mismo al teléfono, Hinata .
Toneri: ¿Hinata …?
Francis condujo el coche por la Avenue of the Americas mientras yo me secaba las lágrimas que no cesaban de brotar. Lo último que quería esta noche era que Toneri llamara a la puerta de madrugada para tener una conversación conmigo.
Cuando el coche se detuvo en un semáforo en rojo, se me ocurrió la mejor manera de evitar a Toneri esta noche.
—¿Francis? —llamé al conductor.
—¿Sí, señorita Hyuga ?
—¿Le importaría dejarme en un sitio que no es mi apartamento?
—Depende de qué sitio sea. Tiene que ser un lugar seguro. —Me miró por el espejo retrovisor con el ceño fruncido—. Un bar no es una opción aceptable.
—No, no se trata de un bar, sino del edificio Madison, en Park Avenue.
—Ahhh… —repuso con una sonrisa—. De acuerdo. El lugar donde trabaja me parece lo suficientemente seguro. ¿Debo suponer que no desea que le diga al señor Otsusuki dónde la he dejado?
—Sí, por favor. No le diga nada.
Él asintió con la cabeza y, cuando el semáforo se puso verde, realizó un giro en U y se dirigió a la otra punta de Manhattan. Pasó por delante de la magnífica entrada principal y aparcó cerca de la parte trasera del edificio. Se bajó una vez más para abrirme la puerta, sosteniendo un paraguas para que no me mojara.
Como si supiera que era muy probable que no volviera a verme otra vez, me entregó el paraguas y me estrechó la mano, deseándome la mejor suerte del mundo.
Sabía que no volvería a meterse en el coche hasta que me viera entrar, así que saqué el carnet de empleada del bolso y lo sostuve ante el telefonillo. Lo miré una última vez antes de entrar, dejando que la puerta se cerrara a mi espalda.
Cogí un folleto publicitario del edificio Madison y me lo puse a la altura de la cara, fingiendo leerlo mientras pasaba ante el despacho del supervisor. Agradecía que fuera el turno de noche, gente con la que nunca trabajaba, que estaba demasiado ocupada con labores de oficina y respondiendo a llamadas para levantar la vista.
Con la cabeza gacha, recorrí el pasillo y atravesé el vestíbulo hacia los ascensores de servicio.
En cuanto se abrieron las puertas, entré y pulsé el botón del piso 80, sabiendo que el ático estaría tan vacío como siempre. Era pura ironía, pero el tipo que vivía allí casi no lo pisaba, aunque insistía en mantener el más alto nivel de privacidad. Todo por un apartamento que apenas utilizaba.
Había cámaras en los pasillos y encima de la puerta y un código de acceso adicional para poder entrar en el piso. Pero dado que siempre me asignaban ese lugar en particular, sabía cómo burlar cada medida de seguridad.
Al salir del ascensor, mantuve abiertas las puertas el tiempo necesario para que la cámara del pasillo girara hacia la izquierda; así dispondría de diez segundos para pasar sin que me captaran. Desactivé con rapidez las cámaras ocultas en los floreros de los pasillos, deteniéndome a buscar otras a mayores, aunque no las había. Luego pulsé el botón para apagar la cámara que acababan de instalar en la entrada, lo que me proporcionó cinco segundos más para colarme en el interior con rapidez.
Sabía que lo que hacía estaba mal, que si mis superiores supieran cuán a menudo hacía esto, me despedirían en el acto, pero me había hecho adicta a este apartamento. Como los inquilinos que vivían aquí se esforzaban por ser invisibles, a veces me sentía como si fuera mío. Cierto era que cada vez que trabajaba hasta tarde o que quería escapar del patético lugar en el que vivía, me trasladaba aquí.
Era el mejor apartamento del edificio con diferencia. La vista panorámica que se apreciaba por el ventanal de suelo a techo que se extendía por la pared del fondo era una impresionante imagen de la ciudad y el río Hudson.
Había cinco habitaciones, tres baños y un dormitorio principal que todavía me dejaba boquiabierta cada vez que lo veía. Los suelos eran de mármol blanco y los muebles que llenaban todas las estancias eran beis, negro o una combinación de ambos. Todos parecían ser el resultado de las fantasías oníricas de un diseñador de vanguardia.
Entré en la ultramoderna cocina, encendí la luz y giré toda la colección de latas de Coca-Cola. Luego abrí una de las alacenas de debajo del fregadero y saqué la bolsa azul que ocultaba detrás de los productos de limpieza.
—Bienvenido a casa. —El sistema de altavoces sonó de repente, haciendo eco—. Tiene cuatro mensajes nuevos. Por favor, diga la contraseña.
—No —respondí.
—Por favor, diga la contraseña.
—No.
—De acuerdo. —Hubo un pitido—. En otro momento.
Saqué una botella de vino de la nevera y la empecé a beber trago tras trago, tratando de disipar el dolor que me atravesaba el pecho. En cuanto me la terminé, me dirigí al dormitorio principal y me desnudé para meterme en la ducha con inmaculadas paredes de piedra.
Mientras el agua caliente se precipitaba sobre mí, cerré los ojos y me permití llorar. Oí que el móvil sonaba en la habitación y supe que era Toneri, que me llamaba para soltarme más burradas, así que lo ignoré.
Giré el termostato para poner el agua todavía más caliente y permanecí allí hasta que tuve la piel roja e insensible, hasta que apenas podía sentir mis propios dedos.
Cuando no pude aguantar más, cerré el grifo y llevé la mano a la rejilla donde había puesto mi loción con olor a lavanda. Me la extendí por todo el cuerpo antes de ponerme el pijama y cubrir mi rastro.
Luego guardé la loción y el gel en su lugar, empujé la botella de vino vacía al fondo de la papelera y me aseguré de que las cámaras de la cocina seguían emitiendo las imágenes en bucle que había programado en mi última visita.
Después de asegurarme de que todo estaba en el lugar correspondiente, entré en la que consideraba mi habitación favorita del ático: la biblioteca.
Los inquilinos debían de poseer al menos quinientos libros, y actualizaban el lugar cada cuatro meses con éxitos de ventas y una nueva edición de clásicos. Mientras pasaba los dedos por los lomos de los libros, vi algo extraño en el escritorio. Algo que no había percibido el otro día cuando había limpiado la estancia.
Normalmente, al igual que todos los demás espacios de la casa, la mesa estaba completamente vacía. Pero en ese momento había unos ejemplares de The New Yorker, The New York Times y de The Wall Street Journal abiertos. Sin embargo, no eran ediciones actuales. Las páginas estaban amarillentas y ajadas por el tiempo, y unas cuantas frases y titulares estaban resaltados en azul o rodeados con círculos rojos. Había incluso una pequeña libreta escondida debajo de las páginas con algunas notas escritas a mano con todo cuidado: «¿Cómo no se dio cuenta nadie hace años? No pueden ser erratas… No todas pueden ser erratas…».
Al ver la fecha impresa en los periódicos —1993, 1987 y 1975—, me convencí de que la primera suposición que me había hecho sobre los inquilinos era sin duda correcta. Una pareja de ancianos que compartían una gran pasión por la literatura, o tal vez un reputado historiador.
Dejé los periódicos donde estaban y me acerqué a las ventanas de la biblioteca. Una vez que descorrí las cortinas, vi que una suave lluvia caía sobre la ciudad como un manto. Empujé el sofá cerca del ventanal y me acomodé contra los
cojines antes de cubrir mi cuerpo con una manta.
Para asegurarme de que me marchaba sin que nadie me viera por la mañana, programé la alarma para las seis y media. Luego abrí la nueva revista de crucigramas que había sobre la mesita de café.
Pasé la primera hoja y leí el título del tema que compartían todos los acertijos del interior.
«Prohibido el paso: incluso los criminales más inteligentes son atrapados».
«Interesante…», pensé.
Solucioné un crucigrama tras otro hasta que no pude concentrarme más. Cuando por fin me di la vuelta para dormir, vi la hora en el reloj que había encima de las estanterías.
Pasaban diez minutos de la medianoche.
«Feliz cumpleaños, Hina», dije para mis adentros.
