HINATA
Vivía en Brooklyn, en una casa de piedra rojiza bastante vieja situada entre dos calles muy transitadas, en la que había cuatro apartamentos. La puerta principal estaba deformada por la falta de mantenimiento del dueño y señor de aquellos bajos fondos. Los escalones de acceso estaban agrietados y desgastados; las ventanas eran de tan baja calidad que durante los meses de invierno permitían el paso de las brutales ráfagas de aire tan frecuentes en la ciudad. Sin embargo, a pesar de sus muchas desventajas, había una característica sorprendente en esa deteriorada casa de piedra rojiza: mi dormitorio poseía una enorme ventana con fácil acceso a una escalera de incendios de hierro negro.
Subí con cuidado los escalones en mal estado de la entrada, accioné la manilla de la puerta un par de veces hasta que se abrió y luego subí corriendo los cuatro tramos de escaleras, levantando polvo a cada paso.
En cuanto abrí la puerta del apartamento, me recibió la gran variedad de globos blancos y azules que flotaban en el salón acompañada de un letrero que ponía:
«¡Feliz cumpleaños, Hinata !».
Sonriendo, me acerqué a la caja de regalo envuelta en papel de plata que había encima de la mesa de la cocina y levanté la tapa. En el interior había una tarjeta escrita a mano.
«Estimada Hinata :
Necesito que primero veas los regalos que hay dentro de esta caja.
A continuación, lee la nota que hay prendida en los globos, en el fregadero.
¡Te quiero!
¡Feliz cumpleaños!
La mejor (y más fantástica) compañera de piso que tendrás nunca: Ino».
Dejé la tarjeta boca abajo y saqué el primer elemento de la caja. Se trataba de un vestido corto de color rojo, con un solo tirante, de Diane von Furstenberg. Era
tan corto que me dio la impresión de que apenas me cubriría los muslos. Debajo había unas resplandecientes sandalias plateadas de Jimmy Choo. Más abajo, vi cuatro botellas de vino blanco, y entre ellas había una pulsera tipo Pandora con un adorno de Nueva York y otro de un taxi.
Me acerqué al fregadero y abrí una nota más grande, pero antes de que pudiera leer la primera frase, me llegó un fuerte sonido de golpes a través de las paredes.
¡Toc! ¡Toc! ¡TOC!
—¡Oh, Dios! ¡Oh, Dios! —gritó Ino—. ¡Oh, Diooooos! ¡Sí! ¡Sí! ¡Síiiii!
¡Toc! ¡Toc! ¡TOC!
—Claro que sí, nena —gruñó una voz profunda—. Claro que sí.
El sonido de piel contra piel y de labios húmedos buscándose una y otra vez inundaba el pasillo. La pared que separaba su habitación de la cocina retumbó en varias ocasiones más y las endebles tablas del suelo crujían con cada golpe de la cama.
Dejé la tarjeta de cumpleaños cuando los gemidos y golpes en la pared se hicieron ensordecedores. Tomé asiento ante la barra de separación, me preparé una taza de café y abrí el correo electrónico.
Remitente: Toneri
Asunto: ¡Abre este mensaje! Eres la que más tiene que perder…
Remitente: Toneri
Asunto: Quiero que leas este mensaje, Hinata . Debemos estar juntos
Remitente: Harry Potter
Asunto: ¡¡Viaje gratis a Orlando en el interior!!
Remitente: Sherlock Holmes
Asunto: ¡¡Urgente!! ¡¡Ábreme!!
Remitente: Kimberly B.
Asunto: El registro
Remitente: Nancy Drew
Asunto: ¡Sorpresa en el interior! ¡Cuento inédito gratis!
Envié los mensajes de Toneri al spam con un gemido y eliminé los otros cuatro correos. Mis numerosos acreedores se habían vuelto muy creativos en sus esfuerzos por llegar a mí, y sabía que las versiones impresas de sus avisos
seguramente estaban esperándome en el buzón.
Antes de que pudiera cerrar la sesión, entraron dos correos electrónicos de AmbuAirways. En el asunto se podía leer: «Emocionantes noticias de Elite» y
«Se anuncian nuevas rutas y cambios». Así que los borré también. Leerlos hacía crecer mis esperanzas de alcanzar mi objetivo: una actualización de mi estatus como empleada.
Me serví otra taza de café mientras un fuerte y rotundo «¡Ohhh, Dioooos!» final retumbaba en las paredes. Después hubo unos cuantos golpes más en la cama, más sonidos de piel contra piel. Por fin, el repentino sonido de pisadas, de la hebilla del cinturón y llaves confirmó que la cita había terminado.
Unos segundos después, Ino y su ligue del día salieron del dormitorio.
Se trataba de un tipo con el pelo negro y los ojos castaños, que me guiñó un ojo mientras me miraba. Yo intenté no fijarme demasiado en los hermosos tatuajes que serpenteaban de arriba abajo por sus brazos.
—Hasta pronto —susurró Ino, abriéndole la puerta.
—Eso espero —repuso él en voz baja. Le dio una última palmada en el culo antes de bajar las escaleras.
—Bueno, ha sido un cuatro estrellas muy satisfactorio. —Ino se acercó a encender los fogones—. Has llegado temprano. Pensaba que ibas a pasar el día de tu cumpleaños con Toneri.
—Eso pensaba yo también. —Se me formó un nudo en la garganta, pero me obligué a tragármelo—. Hasta que decidió confesarme que ha estado engañándome.
—¿Estás de coña?
—Ya me gustaría —repuse—. Pero añadió que solo «utiliza» a las otras chicas para satisfacer sus necesidades sexuales. Afirma que está casi enamorado de mí.
—Aggg… —Puso los ojos en blanco—. Bueno, ya sabes que no soy imparcial porque siempre lo he odiado, pero si decides regresar con él, sigo dispuesta a ser tu paño de lágrimas. Aunque, sin duda, pensaría que te has vuelto loca.
Me reí por primera vez en el día.
—No pienso volver con él, y no voy a llorar más. Esta noche pienso ir a una exposición, donde intentaré conocer a alguien nuevo. Un hombre elegante, ingenioso y divertido. Alguien…
—… con el que follar —me interrumpió, cruzando los brazos—. ¿Es que no ves el problema? ¿No ves el patrón que sigues?
—¿Mi patrón es querer encontrar un buen hombre?
—Sí. Todos tus ex encajan en la misma rutina aburrida. Sesudos amantes de
arte, culturetas de cafetería, chicos de Wall Street. El típico chico bueno americano, tipos que no te follan hasta la décima cita y aun así tienen que trabajárselo mucho. —Sacó una caja de mezcla para tortitas—. Tienes que cambiar de tercio, e intentar, quizá, mantener relaciones sexuales sin compromiso. Obtener algunas muescas en tu cinturón para saber lo que te gusta y lo que no. Luego podrás empezar a buscar de nuevo el amor.
—Por lo tanto, y en otras palabras, debería ser como tú.
—No, no podrías ser como yo ni intentándolo. Ni siquiera creo que puedas manejar un rollo de una noche, así que no hablemos del sexo sin compromiso que puede venir con ello.
—Te aseguro que puedo manejar un rollo de una noche —afirmé, dando la vuelta en la silla—. Solo que nunca he querido.
—¡Ja! —De repente, Ino soltó una carcajada incontrolada con la mano en el vientre. Tardó varios minutos en detenerse y, cuando por fin tuvo la risa bajo control, sus ojos estaban llenos de lágrimas—. Hinata … —dijo, soltando un suspiro—. No te lo tomes a mal, pero tener una aventura de una noche significa que no puedes esperar nada después. No creo que sea un estilo de vida que te vaya… No te ofendas.
—No me ofendo. Pero ya que estoy libre de nuevo, y que no pienso regresar con Toneri, creo que me gustaría demostrarte que te equivocas.
—¿En serio? —Arqueó una ceja.
—En serio.
—De acuerdo —se acercó a la nevera y sacó una tarjeta de color beis de debajo de un imán—, ¿qué tal esta noche? —dijo, tendiéndomela.
—¿En mi cumpleaños?
—Sí. —Se encogió de hombros—. En tu bullicioso cumpleaños. En el peor de los casos, si decides no seguir adelante, aún seguirás ayudándome. Esta fiesta coincide con el desfile al que tengo que asistir esta noche, y no puedo ir a los dos sitios.
Al darle la vuelta a la invitación, me di cuenta de que la palabra «fiesta» no aparecía por ningún lado. Solo se podía leer una dirección.
—Es una fiesta secreta —explicó Ino como si me hubiera leído la mente
—. Habrá un montón de gente importante, por lo menos sobre el papel. Lo único que tienes que hacer es buscar al anfitrión, Mark Strauss, y darle esto. —Se quitó del cuello una unidad de USB y la dejó sobre la mesa—. Dile que vas de mi parte, él sabrá de qué se trata. Y, mientras estás allí, intenta buscar compañía, habrá un montón de hombres sexis como demonios, así que seguro que encuentras alguno
con el que irte de la fiesta. Con decir, «Hola, me llamo Hinata » y soltar alguna mentirijilla sobre lo que haces para ganarte la vida y sobre todo lo demás (porque nunca importa), conseguirás una buena sesión de sexo.
—Eso es una leyenda urbana.
—Una leyenda urbana increíble. —Ella sonrió—. Tengo un cinco estrellas a punto de recogerme para una cita de dos horas antes del desfile, pero si sales pronto de la fiesta, ve hasta el Waldorf Astoria. Podemos volver juntas a casa.
—Ino… —Dejé la invitación en la mesa—. Pensaba que habíamos acordado que ibas a dejar de poner nota a los chicos con los que te acuestas.
—Yo no me mostré de acuerdo con eso, y no estoy poniéndoles nota. Los clasifico en categorías, así sé exactamente a quién llamar cuando estoy de humor para un tipo determinado de repetición.
Puse los ojos en blanco.
—Por ejemplo, a veces —explicó, agitando un bol—, estoy de humor para una polla de tres estrellas y media. Algo bueno, pero no demasiado exigente porque no quiero estar despierta hasta tarde.
—¿Sabes qué? Olvídalo. No he dicho nada.
—Otras ocasiones tengo ganas de una polla cuatro estrellas. Que llegará a todos los lugares correctos; sin dejarme una fuerte resaca, hará que piense en ella al menos durante medio día.
—Por favor, déjalo ya. —Le lancé una pajita.
—Y luego, por supuesto, a veces necesito con desesperación una inolvidable polla de cinco estrellas. Hará que mi mundo se estremezca, me dejará sin aliento y completamente desmadejada. Hará que no recuerde ni mi nombre. —Se mordió el labio pensativa—. En mi lista de contactos hay algunas pollas de seis y siete estrellas, pero no puedo recurrir a ellas demasiado a menudo. De lo contrarío, acabaría siendo adicta, y no puedo disfrutar de ellas demasiado a menudo. No es mi estilo.
—¿Te ha dicho alguien alguna vez que podrías ser adicta al sexo?
—No, pero lo tomaré como un cumplido. No puedo conformarme con estar rota sintiéndome miserable. Las dos necesitamos algo que nos haga sentir vivas,
¿sabes?
—Vale… —Le lancé otra pajita.
Entendía por completo la lógica que aplicaba al sexo, pero a pesar de que en nuestro apartamento reinaba la tristeza de vez en cuando, era yo la que se sentía miserable. Ino Alexis Thatchwood estaba muy lejos de ello.
Poseedora de unos preciosos ojos castaños y ondulado pelo oscuro, Ino
era heredera de una larga lista de Thatchwood —un clan histórico de Nueva York, formado por magnates inmobiliarios que poseían algunas de las propiedades más exclusivas del estado—. Su padre, Leonardo Alex Thatchwood, era considerado con frecuencia uno de los hombres más filantrópicos de la ciudad, pero para Ino era solo una versión rica de un mal padre. No quería tener nada que ver con él o su dinero.
—Dos cosas más. —Empujó la caja de regalo hacia mí—. Ponte todo eso para ir a la fiesta de esta noche; así llamarás la atención. Empieza a las ocho, pero, si fuera tú, no llegaría antes de las diez. Nadie llega a tiempo a estos eventos, por lo que resultará extraño que lo hagas. Y debo decirte que, de verdad, quiero que ganes esta apuesta. Cien dólares a que te reúnes en el Waldorf conmigo esta noche para contarme la mierda que te has encontrado.
—Bueno, como yo no soy la heredera de una gran fortuna, te apuesto veinte dólares y el desayuno en la cama a que te envío un mensaje de texto con una calificación sexual.
—Después te diré qué quiero de menú. —Se rio y se apoyó en la barra—. Está bien, en serio, voy a ayudarte a arreglarte para que te saques el máximo partido esta noche.
Esa misma noche, me detuve ante un edificio negro abandonado de la Séptima Avenida. Temblaba por culpa del viento frío que impactaba contra mis piernas expuestas. Me pregunté si habría leído mal la dirección donde se celebraría la fiesta. A mi alrededor no había nadie, todas las ventanas estaban tapadas por maderas de contrachapado, e incluso se veía un letrero de «Se alquila» clavado en la puerta principal.
Saqué el móvil del clutch para llamar a Ino, pero ella ya me había enviado un mensaje de texto.
Ino: Pasa de la entrada principal del edificio. Ve por el callejón hasta una puerta azul. Llama seis veces con el puño. Mark Strauss irá vestido de gris. (Mañana por la mañana quiero tostadas francesas, huevos Toneriedict y zumo de naranja recién exprimido. Será lo que tengas que preparar después de regresar sola a casa esta noche. Gracias por adelantado).
Me reí mientras me dirigía al callejón, e hice una mueca cuando mis pies se resintieron por la altura de mis nuevos stilettos. Cuando llegué a la puerta azul, llamé seis veces como me había indicado Ino y me abrió un hombre con un traje de color beis.
—El ascensor está en el pasillo —dijo—. Tiene que subir a la azotea. El anfitrión ha pedido que no se hagan fotos ni se graben vídeos mientras esté aquí.
Si se detecta que está haciéndolo, se la acompañará a la puerta. ¿Está claro?
—Sí. —Pasé junto a él y entré en el ascensor, que me llevó directamente a la parte superior del edificio. Cuando se detuvo, me encontré ante un mar de trajes negros y grises, y vestidos de diseño en vivos colores.
Un montón de luces parpadeaban contra la barandilla de la terraza. Había sillones de cuero blanco rodeando mesas de cristal, en las que habían puesto cigarros habanos a disposición de los invitados. Las camareras, con vestidos negros de escote en V, ofrecían bebidas a todos los presentes.
De la nada surgió una joven que se acercó a mí para ofrecerme una copa de oscuro vino tinto.
Tomé un sorbo y tosí cuando un reguero ardiente bajó por mi garganta.
Recordando lo primero que tenía que hacer mientras estuviera allí, anduve por la terraza en busca de Mark Strauss. No pasó demasiado tiempo antes de que lo viera. Vestido de gris con un sombrero negro, se encontraba solo y apoyado en la barandilla, admirando la cautivadora vista nocturna de la ciudad.
—Perdone… —Me aclaré la garganta cuando me acerqué a él—. ¿Es usted el señor Strauss?
—Depende. —Se volvió para mirarme—. ¿Qué estás ofreciéndome? Saqué el USB de mi bolso y se lo di.
—De parte de Ino Thatchwood.
—Ah… La chica Thatchwood. —Sonrió—. Así que el rumor de que es la antiheredera es cierto, después de todo. Dile que lamento no poder verla esta noche. Mientras tanto… —Me miró de arriba abajo—. Soy Mark. ¿Cómo te llamas?
—Hinata .
—Mucho gusto, Hinata . —Dio un sorbo a su bebida mientras clavaba los ojos en mi escote expuesto—. Una completa revelación. Si mi esposa no estuviera por aquí, vigilando todos mis movimientos, te diría que sin duda eres la mujer más sexy que he visto nunca. Y luego te rogaría que me acompañaras a mi casa para que pudiéramos follar hasta el amanecer. —Se dio la vuelta y saludó a alguien en la distancia—. Pero ya que no es posible, hazme un favor y saluda a mi esposa para que no venga a interrumpir mis escasos minutos de libertad.
Confundida, me di la vuelta y saludé en la misma dirección que él, siguiendo su mirada hasta una preciosa mujer con un vestido color marfil. Ella a su vez levantó su copa en nuestra dirección, sin dejar de hablar con las mujeres que la rodeaban. Después, Strauss se volvió de nuevo hacia la ciudad.
—¿Qué tipo de avión crees que es? —preguntó, señalando un avión blanco y
negro que sobrevolaba el Hudson.
—Si tuviera que arriesgarme, diría que es un Boeing 737.
—¿Qué? —Me miró.
—Un Boeing 737 —repetí—. ¿Qué le parece?
—Nada… —Se rio—. No me esperaba esa respuesta. Me refería a si es un avión a reacción, una avioneta, pero… ¡guau! Ha sido impresionante.
—¿Qué te resulta tan divertido, querido? —Su esposa apareció de repente a nuestro lado—. ¿Quién es tu amiga?
Él puso los ojos en blanco y nos presentó. Luego le pasó el brazo por la cintura y me examinó una última vez antes de retroceder.
—Impresionante, Hinata —añadió, guiñándome un ojo—. Lo del avión.
Su esposa frunció el ceño, pero sonrió una última vez antes de que se alejaran. Esperé hasta que estuvieron fuera de mi vista y me volví hacia la ciudad, esperando no encontrarme con ninguno de ellos durante el resto de la noche.
—Lo del avión ha sido impresionante, sí. —Otro hombre, con una voz más profunda y dominante, se acercó a la barandilla—. Y lo habría sido todavía más si lo hubieras hecho bien.
—¿Perdón? —Me volví hacia la izquierda, mirándolo de reojo—. ¿Qué has dicho?
—He dicho… —Se volvió hacia mí—. Que tu respuesta sobre el avión habría sido más impresionante si la hubieras dicho bien. ¿No te parece?
No podía pensar. Ni siquiera podía intentarlo.
Ese hombre era la definición absoluta de la perfección, la quinta esencia de la vida, de la respiración, del sexo. Sus ojos azul tormenta, brillantes por el efecto de las tenues luces de la fiesta, estaban clavados en los míos, y sus gruesos y definidos labios se curvaban en una sonrisa tentadora y atractiva. Su pelo era de un tono rubio oscuro y estaba algo despeinado, como si acabara de pasarse los dedos por él.
Su traje, un tres piezas de color negro, se ceñía a su cuerpo; sin duda se lo habían hecho a medida. El reloj que llevaba en la muñeca, un Audermars Piguet plateado, me indicó que podía permitirse el lujo de gastarse todo lo que yo ganaba en un año en algo tan insignificante como un complemento.
—¿Debo considerar tu silencio como una aceptación de que estoy en lo cierto?
—sonrió, mostrando una dentadura perfecta, con los dientes blancos como perlas, y negué con la cabeza. Intenté salir del trance.
—Debes considerar que pienso que no sabes qué demonios estás diciendo. — Levanté de nuevo la mirada al avión. Estaba más lejos, pero todavía se distinguía
con facilidad—. Es un Boeing 737 y no está bien escuchar a escondidas.
—Lo que no está bien es difundir información incorrecta. —Volvió a sonreír y se acercó un paso más, mirando al cielo—. Eso es un Airbus 320, no un Boeing 737. —Esperó a que siguiera con los ojos la dirección que señalaba con los dedos—. La diferencia está en el morro del avión y en las ventanas de la cabina… La del Airbus es como un bulbo, y la del Boeing afilada. Las ventanas del 737 son diagonales, y las de la cabina del Airbus son…
—Cuadradas —terminé, dándome cuenta al instante de que tenía razón—. Bueno, enhorabuena. Has ganado el trivial de aviones de esta noche. Pero espero que no pienses que hay un premio.
—Debería haberlo.
—¿No te llega la satisfacción de saber que es un espía arrogante?
—O… —añadió—, la satisfacción de saber que realmente no te importa una mierda que yo sea arrogante. Te alegras de que lo haya hecho y ahora no quieres que me marche y te deje sola.
Silencio.
Su sonrisa se hizo más ancha y el embriagador olor de su colonia hizo que me acercara un paso más. Mantuvo los ojos en los míos durante varios segundos, como si me retara a aproximarme todavía más.
—Naruto—se presentó, rompiendo el silencio. Me tendió la mano, y noté que unos gemelos de plata brillaban bajo la noche.
—Hinata . —Sentir su mano contra la mía hizo que una oleada de calor me atravesara de pies a cabeza, y me eché atrás, completamente confusa por lo que podía provocar un simple apretón de manos en mis terminaciones nerviosas. De que un completo desconocido pudiera hacer que me mojara con una sencilla sonrisa y moviendo la muñeca.
De repente, se interpuso entre nosotros una camarera, interrumpiendo el momento para ofrecernos unas copas de champán frío. Me preguntó si lo estaba pasando bien o si necesitaba algo más, y mientras soltaba una corta perorata sobre lo increíbles que estaban los aperitivos, sentí la ardiente mirada de Naruto recorriendo mi cuerpo de arriba abajo, excitándome sin ni siquiera intentarlo.
—¿A qué te dedicas para ganarte la vida, Hinata ? —me preguntó en cuanto la camarera se alejó.
—Soy… —Recordé lo que me había dicho Ino, que debía mentir esta noche—. Soy piloto. En realidad, capitán.
Él arqueó una ceja.
—Pareces demasiado joven para ser capitán.
—Mis largas horas de vuelo dicen otra cosa.
—¿En serio?
—Sí. —Apenas pude quedarme de pie mientras él me quitaba la copa y la dejaba sobre una repisa.
—¿Eres piloto comercial o privado?
—Privado. —Tenía que preguntarle en qué se ganaba la vida, escapar de mi mentira y de este sujeto tan rápido como fuera posible, pero él se apoyó en la barandilla, quedándose más cerca y haciendo que perdiera el hilo del pensamiento.
Cuando presionó las manos contra mis caderas, me quedé quieta entre sus piernas, tan cerca de él que pensé que estaba a punto de apretar su boca contra la mía y besarme. Pero no lo hizo.
—¿Cuánto tiempo llevas volando? —preguntó.
—Tanto que no lo puedo recordar.
—Mmm… —Puso el dedo sobre mi labio inferior, como si estuviera muy intrigado por algo. Parecía como si estuviera esperando a que lo empujara o le dijera que se detuviera, pero al ver que no lo hacía volvió a sonreír—. Dime, Hinata , ¿en qué compañía aérea pilotas?
—Es una muy pequeña. —La forma jadeante en la que dijo mi nombre me afectó todavía más que su mirada—. No la conoces, créeme.
—Quizá sí la conozca. —Bajó todavía más la voz, con los labios casi rozando los míos—. Ponme a prueba.
—Es… una pequeña empresa… privada.
—Sí —dijo en un tono más ronco todavía—. Ya hemos establecido que es privada, Hinata . Sin embargo, no es eso lo que estoy preguntándote. ¿Cómo se llama esa compañía aérea?
«Mierda… »
—No puedo decírtelo. Es una información demasiado personal. —Me rendí cuando sentí su mano acariciándome la espalda, cuando arrastró juguetonamente los dedos por el broche del sujetador.
—¿A qué te dedicas para vivir?
—Soy un autor de éxito.
—¿Qué? —Por mi mente pasaron miles de preguntas—. ¿En serio?
—No. —Pegó los labios a los míos sin previo aviso y perdí la noción del tiempo cuando deslizó la lengua profundamente en mi boca y clavó los dientes en mi labio inferior, haciendo que me mojara todavía más. Me sujetaba las caderas con las manos al tiempo que hundía los dedos en la piel, gimiendo por lo
bajo mientras controlaba mi boca con la suya—. No soy un puto autor… — susurró contra mis labios. Una sonrisa llena de complicidad cruzó por su rostro cuando se apartó de mí—. Pero ya que te estás haciendo pasar por piloto, yo también puedo fingir ser lo que no soy, ¿verdad?
—Sí. —Sentí que me ardían las mejillas—. Supongo que sí.
—¿Has venido sola? —preguntó.
—Creo que deberías haberlo averiguado antes de besarme.
—Si tu jodida boca no fuera tan sexy y no me hubiera distraído, lo habría hecho —dijo—. ¿Has venido sola?
No le respondí. No pude.
Estaba enredando los dedos en mi pelo y volvía a cubrirme los labios. Sentí que tenía la ropa interior empapada y pegada a la piel.
—¿Hinata ? —Su sonrisa se volvió más arrogante—. ¿Has venido sola?
—Sí y no.
—Son opciones incompatibles.
—He venido sola —dije. Apenas escuchaba mi propia voz.
—Mmm… —Deslizó los dedos por mi cuello, dejando un rastro ardiente en mi piel en llamas—. ¿Tienes pensado marcharte sola?
—¿Qué pasaría si lo hiciera?
—Entonces, sería necesario hacerte cambiar de opinión. —Dicho eso, me puso la mano en la cintura y me acercó a su cuerpo para besarme profundamente, lo que hizo que me olvidara de la gente que nos rodeaba. Su beso controlaba mi respiración y mis pensamientos; era de esos besos inolvidables. Un beso que ya estaba comenzando a formar parte de mis futuros recuerdos.
Todo lo que nos rodeaba dejó de existir, las lejanas notas del piano y los sonidos de las conversaciones se convirtieron en un zumbido tan suave que solo podía escuchar nuestras respiraciones.
Me apretó con fuerza, y yo le entregué el control total del beso, dejando que me mostrara lo agradable que podría ser una noche con él.
De repente, un fuerte aplauso perturbó nuestro momento, y nos separamos lentamente. La atención del público se había centrado en un hombre que estaba encima de un pequeño escenario, dando un discurso, pero nosotros seguíamos mirándonos a los ojos.
—¿Qué se necesita? —susurró. Parecía molesto de que nos hubieran interrumpido.
—¿Qué se necesita para qué?
—Para que te vengas conmigo.
—Mmm… —Notaba mariposas en el estómago y mi corazón se había acelerado hasta alcanzar un ritmo completamente extraño para mí. Nunca me había sentido atraída de una forma tan instantánea por ningún hombre en mi vida, nunca me había sentido como si las palabras sobraran, pero esta era, sin duda, la excepción.
—¿Ese «mmm» quiere decir sí? —preguntó.
—No, es que… Mira, no suelo tener rollos de una noche.
—Vale, entonces no digamos que es un rollo de una noche.
—¿Mejor una noche de sexo sin sentido?
—Una noche para follar —dijo en voz baja—. Una noche en la que seré el dueño de tu coño en cada parte de mi habitación en el hotel. Eso si conseguimos pasar del callejón.
Tragué, sabiendo que no importaba lo que dijera este hombre, iría a su casa con él.
—Iré contigo —le dije—, pero tienes que responder a algunas preguntas para que me sienta más segura.
—De acuerdo, Hinata . —Parecía divertido—. Pregúntame lo que quieras.
—¿Me prometes que no eres un psicópata asesino?
—Te prometo que no soy un asesino.
—¿Eres un psicópata?
—Sin comentarios.
Me reí, pero algo me decía que no era una broma por completo.
—¿Eres de Nueva York?
—Sí y no.
—Alguien que se llama Naruto me dijo no hace mucho que son opciones incompatibles.
Emitió una risa por lo bajo.
—Mi familia procede de Nueva York, pero yo nací en Misuri, aunque ahora, por desgracia, estoy de vuelta otra vez.
—¿Te gustaría explicar la parte desafortunada?
—No demasiado.
—¿Cuál es tu tipo favorito de mujer?
—¿Qué? —Arqueó una ceja, confuso.
—Ya sabes, rubias, morenas, pelirrojas… ¿Cuál?
—Nunca he tenido un tipo concreto.
—¿Por qué?
—Porque no puedo decir cómo será el coño de una mujer con solo ver el pelo
de su cabeza. —Se pasó los dedos por el pelo, dejándome temporalmente sin habla—. Sinceramente, nunca he tenido un tipo, Hinata . ¿Hay más preguntas?
—Tres más.
—Responderé a dos.
—Deacuerdo—repuse;elcuerpomepedíaqueconcluyerayaesta conversación—. ¿Con qué frecuencia te ligas a mujeres en fiestas de este tipo?
—No muy a menudo.
—¿Pero a menudo o no?
—No. —Parecía sincero—. No a menudo.
—De acuerdo. —Realmente no tenía más preguntas—. Podemos marcharnos.
—¿No ibas a hacerme otra pregunta?
—No, cuántas era la pregunta siguiente, y sé qué vas a decir.
—Está claro. —Esbozó la sonrisa más amplia de toda la noche y me puso la mano en la parte baja de la espalda para conducirme entre la multitud, fuera de la fiesta.
Entramos en el ascensor tras dejar paso a una pareja para que saliera, y en cuanto se cerraron las puertas, los labios de Naruto estaban de nuevo sobre los míos, y mi espalda apretada contra la pared. Sin querer que este momento terminara, le rodeé la cadera con una pierna, y jadeé cuando sentí la dureza de su polla a través del pantalón, enorme bajo la tela.
Le recorrí el pelo con las manos mientras él deslizaba los dedos por debajo del vestido, más allá de la línea de encaje de mis empapadas bragas.
—Estás jodidamente mojada —susurró tras empujar a un lado el tejido. El ascensor siguió bajando piso tras piso. Justo cuando sumergió profundamente dos dedos en mi interior, resopló contra mi cuello—. ¿Mi casa o la tuya?
—La mía… —Gemí de placer cuando retiró la mano.
—No creo —repuso mientras se abrían las puertas en la planta baja. Deslizó el brazo alrededor de mi cintura y me condujo al exterior—. No voy a ser capaz de esperar tanto tiempo. Vivo muy cerca.
—Lo dudo. Yo sí que vivo cerca —dije, abriendo el clutch para asegurarme de que llevaba dentro la tarjeta de acceso al apartamento 80A—. Podemos ir caminando a mi casa desde aquí.
—Incluso aunque fuera cierto, prefiero conducir. —Sacó un llavero del bolsillo y pulsó el botón, haciendo que las brillantes luces de un BMW negro parpadearan al otro lado de la calle—. ¿Cuántas manzanas hay hasta tu casa?
—Cuatro. —Sonreí—. Queda más cerca que la tuya, ¿verdad?
No respondió. Me llevó hasta su coche y me abrió la puerta. Luego se deslizó
detrás del volante y encendió el motor, haciendo que el salpicadero se iluminara con una centelleante selección de tonos azules y blancos.
—¿En el semáforo, giro a la derecha o a la izquierda? —preguntó alejándose de la acera.
—A la derecha.
Se detuvo en el semáforo en rojo y me miró, consiguiendo que me sintiera todavía más ansiosa. No dijo ni una palabra, solo clavó los ojos en mí hasta que la luz cambió a verde.
Recorrimos dos manzanas más antes de detenernos en otro semáforo en rojo.
—¿Está en Park Avenue? —preguntó.
—Sí.
—¿A qué altura de la calle?
—Es el edificio Madison. —Señalé el rascacielos en cuanto nos acercamos, dando gracias a cualquier ser superior de que los administradores estuvieran esta noche en una cena de accionistas. Los botones estaban ocupados con los vehículos, así que no tendría que pasar por la puerta y ser interrogada por el portero—. Vas a tener que aparcar en la calle. Solo los inquilinos tienen pases para el aparcamiento, y ya estoy utilizando el mío.
—Mmm… —fue lo único que dijo. Pasó bajo el semáforo y realizó un imprudente giro en U, aparcando junto a un lateral del edificio. Apagó el motor y abrió la puerta.
—Es posible que sea mejor que muevas el coche a otro sitio —advertí mientras me ayudaba a salir—. El portero es muy rígido y no le importa llamar a la grúa cuando utiliza este espacio alguien que no vive en el edificio.
—Correré el riesgo. —Me miró—. ¿Cuánto tiempo llevas viviendo aquí?
—No mucho, solo unos meses. —Me acerqué a la entrada lateral—. Prefiero acceder por aquí.
Me siguió y luego puse la tarjeta de empleada contra el teclado para poder abrir la puerta.
Las luces de mi superior estaban apagadas, y no había empleados del turno de noche por los pasillos. El único ruido que se oía eran las risas y las conversaciones en el salón de baile, al otro lado del edificio.
Según nos acercábamos al ascensor, con la mano de Naruto presionada contra la parte baja de mi espalda, mi expectación subió a cada paso que dábamos.
En cuanto apreté el botón de subida, se abrieron las puertas y entramos juntos.
—¡Esperen! —gritó una voz aguda—. ¡Espérenme, por favor!
Naruto mantuvo las puertas abiertas y unos segundos después, entró una anciana.
—Muchas gracias —dijo.
—¿A qué piso? —preguntó Naruto.
—Al veintiséis. Gracias.
Apretó el botón 26 y, a continuación, como un perfecto caballero, apretó el 50 para que no pareciera que estábamos juntos.
—¿Y tú? —me preguntó, mirándome—. ¿A qué piso vas?
—Al ochenta.
—¿Al ocho? —me miró fijamente—. ¿Es eso lo que has dicho?
—No, al ochenta. —Saqué la llave del bolso y la sostuve contra el panel—. No se puede pulsar ese piso. Tengo que usar esta tarjeta para poder subir.
—¡Oh! Siempre me he preguntado quién vivía en ese piso —dijo la mujer—. Me alegro de poner cara a una vecina. Debería intentar asistir a las reuniones mensuales. Una vez al año no la mataría, ya sabe.
—Lo intentaré.
—Por cierto, ¿cómo son las vistas desde allí? —preguntó.
—Estupendas.
—Ya imagino. —Se despidió brevemente con la mano cuando salió en su piso y, por alguna razón, Naruto empezó a tirarme del pelo con suavidad murmurando algo que sonó muy parecido a «lavanda», pero no estuve segura.
—¿Cuánto tiempo has dicho que has estado viviendo aquí exactamente?
—Unos meses. ¿Por qué? —La energía que vibraba entre nosotros era ahora totalmente diferente a hacía unos segundos. La expresión de su rostro no estaba llena de lujuria. Era algo completamente distinto.
—Me ha hecho pensar.
—¿Pensamientos potencialmente asesinos?
—Pensamientos potencialmente curiosos. —Se me quedó mirando mientras las puertas se abrían.
—Espera —lo detuve, haciendo un gesto para que no saliera del cubículo—.
Antes de que des un paso más, necesito hacer algo.
—¿Qué exactamente?
—Un segundo… —Me acerqué a los floreros del pasillo y apagué las cámaras con rapidez. Luego pulsé el botón para bloquear la que había sobre la puerta y colocar una pegatina sobre el nuevo objetivo—. Ahora ya puedes venir —animé a Naruto, sacando la segunda tarjeta de acceso—. Son cuestiones de seguridad para proteger la privacidad.
—Sí, ambos valoramos mucho la privacidad… —Me siguió hasta la puerta. Pasé la tarjeta de acceso contra la puerta, pero apareció una luz roja en vez de
una verde.
«¿Qué coño…? Había funcionado ayer».
La sostuve otra vez contra el teclado, pero apareció otro frustrante destello rojo.
—¿Va algo mal? —preguntó Naruto.
—No, la llave no funciona. —De repente, apareció la luz verde, salvándome de la vergüenza, y empujé la puerta para que entrara.
Apreté los botones del panel en la pared y las cortinas que cubrían el ventanal de la sala se abrieron lentamente, exponiendo la vista de Manhattan.
—Es una característica muy agradable —comentó Naruto a mi espalda—. ¿Lo has diseñado tú misma?
—No, ya estaba cuando me vine a vivir aquí.
—Interesante… —Entró en el salón y se detuvo junto a la ventana. Parecía como si ese espacio fuera más suyo que mío—. Bonito ático.
—Gracias.
—¿Te importaría hacerme una rápida visita guiada por el apartamento?
—¿Ahora?
—Sí. En ese momento.
—Vale… —Me acerqué a él—. Ahora estamos en el salón, que se extiende hasta esa sala y el comedor, como puedes ver… —Me dirigí hacia la izquierda, por el pasillo—. Hay habitaciones a ambos lados, cada una con su propio cuarto de baño, y… —Entré en el dormitorio principal y encendí las luces—. Esta es la mía.
—Impresionante. —Dio un paso al interior y miró a su alrededor—. ¿Qué te hizo elegir los tonos beis y negro para la decoración?
—Son mis colores favoritos. Lo vi sonreír.
—Todavía más interesante… ¿También hay cuarto de baño?
—Sí. —Me acerqué a la puerta que conducía a él y se lo enseñé—. La ducha es de piedra, además hay un jacuzzi y una sauna. —Me di cuenta de que la botella de champú de lavanda estaba a la vista y me acerqué mientras hablaba para empujarla de nuevo detrás de las botellas negras y azules.
—¿Qué hay al otro lado del ático?
—Una biblioteca y un despacho —expliqué—. Ah, y hemos pasado por alto la cocina. ¿Quieres beber algo?
—Sin duda.
Me aseguré de que no había nada fuera de su lugar en el dormitorio principal
antes de llevarlo a la cocina. Luego saqué una botella de vino y dos copas, y él me siguió de cerca.
—Te gusta mucho la fotografía aérea urbana, ¿verdad? —preguntó.
—¿Qué?
—Lo digo por las fotos de las paredes. —Se refería a los cuatro marcos blancos que colgaban sobre la chimenea—. Son de vistas aéreas.
—¡Ah, sí! Eso…
Se apoyó en la encimera y me miró con los ojos entrecerrados. Su aspecto era más sexy que nunca, pero había algo extraño.
—Cuéntame, Hinata . ¿En qué ciudades hiciste esas fotografías?
—Lo cierto es que no lo recuerdo muy bien…
—Deberías —afirmó—. Son impresionantes, lo suficientemente impactantes para recordarlas. Al menos, eso creo.
Se me erizaron los pelos de la nuca y el corazón se me aceleró de forma irregular, pero no supe por qué.
—Boston. La de arriba a la izquierda es Boston, donde me licencié. Las otras… —No tenía ni repajolera idea, y jamás les había prestado atención antes de hoy—. La de al lado, a la derecha, es Nueva York. Abajo podemos ver Londres y Tokio.
—Fascinante.
—Lo es… —Algo me impulsaba a huir, pero lo pasé por alto—. No te importa si bebemos vino blanco, ¿verdad?
—Qué bebemos es lo último que me importa en este momento.
No supe qué quería decir con eso, así que abrí el cajón para coger el sacacorchos. Moví los cuchillos y las espátulas, preguntándome dónde lo había metido, rezando para que fuera en otro cajón.
Abrí uno detrás de otro, sin ver nada. El pánico me inundaba con cada silencioso segundo que pasaba.
«Joder, joder, joder…».
—¿Pasa algo? —preguntó Naruto.
—No. —Abrí el último cajón con el mismo resultado—. Es solo que…
—¿Qué?
—Nada. —Seguí tirando de las asas—. Me parece que no encuentro el sacacorchos. Recuerdo que lo puse aquí, pero no está.
—Probablemente porque lo cambié de lugar esta mañana. —Dejó el sacacorchos con fuerza sobre la encimera, haciéndome levantar la cabeza. Me encontré con una mirada airada.
Abrí mucho los ojos mientras sentía que cualquier rastro de color abandonaba mi cara, mirándolo boquiabierta. Durante varios segundos, no dijimos una palabra, y noté la ira que irradiaba de él en oleadas. La vergüenza se apoderó de mí.
Este apartamento era suyo. Lo había llevado allí para acostarme con él una noche, y le había hecho un recorrido por su propio ático…
Di un paso atrás, con el corazón acelerado en el pecho mientras pensaba qué decir. Debatí conmigo misma si debería incluso hablar o limitarme a huir de él, correr hacia la salida de emergencia poniendo fin a esa noche para siempre. Quizá debería disculparme con calma y comportarme como si no hubiera ocurrido nada.
Se me quedó mirando con los ojos entrecerrados, así que lancé un vistazo a la puerta. Sin embargo, él dio un paso hacia la izquierda, bloqueándome la salida, como si me hubiera leído la mente.
—¿Cómo coño has conseguido una llave de mi casa, Hinata ? —Me miraba con frialdad.
—Es que… mmm…
—Ahórrate todas las putas mentiras —siseó—. ¿De dónde cojones la has sacado?
—Es que en realidad no he conseguido la llave.
—¿Apareció de forma mágica en tu vida con mi dirección?
—Estoy tratando de explicártelo…
—Pues inténtalo con más fuerza. —Parecía como si estuviera a punto de caer sobre mí.
—Durante la semana, trabajo en el servicio de limpieza —dije, tragando saliva
—. Y dado que por lo general me asignan el ático, siempre me dan una llave… Sin embargo, a veces me la guardo.
—Entonces, ¿debo asumir que robarme cuando estoy fuera forma parte de tu trabajo?
—No, nunca he… —tartamudeé—. Nunca he…
—¿Nunca me has robado? —Se acercó al otro lado de la barra, deteniéndose delante de mí.
—Es cierto. Jamás te he robado nada.
—Vamos a ver, debes de tener un concepto distorsionado de lo que significa esa palabra. Estás robando un espacio que no pagas, un espacio muy caro que pertenece a otra persona y que se supone que es privado. ¿Es o no es un robo?
¿No estás disfrutando algo que no te pertenece?
Me quedé completamente inmóvil y en silencio, clavada en el suelo por su dura mirada.
—¿Puedo suponer que la bolsa azul que hay escondida debajo del fregadero es tuya?
Asentí.
—¿Y también el maldito champú con olor a lavanda que acabas de esconder detrás de las botellas de la ducha?
—Sí. —Mis mejillas estaban en llamas.
—Ya veo… —dijo, apretando los dientes—. Por lo tanto, de una forma sorprendente y gratificante, dicho sea de paso, por fin me enfrento cara a cara con mi no deseada compañera de piso y ladrona. Agradecería que salieras de mi apartamento y no volvieras a entrar mientras sigas trabajando aquí. —Sacó la tarjeta del bolso y señaló la puerta—. Lárgate ya.
Me quedé allí, mirándolo apretar los dientes con más fuerza.
—¿Es necesario que llame a seguridad? —preguntó—. ¿Es que no entiendes lo que significa «lárgate de mi apartamento ya»?
—Sé exactamente lo que significa —espeté; me sentía tan molesta y enfadada por la forma en la que me hablaba que me dejé llevar—. Y me largaré de una forma definitiva, Naruto, después de que me des las gracias.
—¿Qué? —Se cruzó de brazos—. ¿Qué acabas de decir?
—He dicho que me largaré, Naruto—dije lentamente sosteniéndole la mirada—, después de que me des las gracias.
—¿Quieres que te dé las gracias por jugar a las casitas en mi piso?
—No es eso…
—¿Quieres que te agradezca que hayas cometido un allanamiento de morada?
—Dio un paso hacia mí, empujándome hacia el borde de la otra encimera—.
¿Que te bebieras mi mejor vino y trajeras a extraños a mi casa para follar con ellos? ¿Debo agradecerte que usaras mi ducha y dejaras tu olor en las putas sábanas? —Tenía la cara roja—. Por favor, ilumíname, ¿por qué parte de esta jodida situación debería darte las gracias en este momento?
—Quiero que me agradezcas que haya regado tus malditas plantas todos los días. Todos. Los. Días —repliqué—. Incluso saco tiempo para hacerlo cuando no me asignan el ático, dado que has comprado cincuenta bulbos perennes y no sabes cómo cuidarlos. Si crees que han sobrevivido todo este tiempo gracias a tu encanto, te equivocas.
—Hinata … —Se le hinchó una vena del cuello.
—Todavía no he terminado, Naruto —lo interrumpí, demasiado molesta e
incapaz de detenerme—. Quiero que me agradezcas que haya cerrado las ventanas cuando llueve, ya que tienes el terrible hábito de dejarlas abiertas; que haya organizado los libros de la biblioteca por colores, para que la luz del sol no dañe los lomos, y por recoger tu correo y organizarlo por fecha. Que aparezca en tu buzón de esta manera te facilita la vida. No es posible que pienses que se le ocurrió al cartero.
»Además —continué, cruzando los brazos—, quiero que me des las gracias por reponerte las latas de Coca-Cola. Hace meses que no tienes que comprar ninguna. ¡Meses! Y eso que las compras de una especialidad muy difícil de encontrar.
Se me quedó mirando sin decir una sola palabra.
—También podrías darme las gracias por terminar los crucigramas, aunque si quieres pasar de esto último, lo soportaré.
Todavía seguía mirándome con los ojos entrecerrados.
—Y ya que estamos hablando de palabras cruzadas y que tienes problemas para asimilar el concepto con claridad —dije—, «Palabra de siete letras. Dicho popular que expresa gratitud».
Descruzó los brazos y su expresión se suavizó lentamente, mientras una leve sonrisa le curvaba los labios.
—Con el debido respeto, Naruto… —Tragué saliva, mirando a la puerta—. Tus
«gracias» tienen que ser verbales. De lo contrario me quedaré aquí hasta que lo consiga.
Dejó escapar una risa por lo bajo al tiempo que cogía el sacacorchos. Luego se puso a abrir la botella lentamente. Sirvió una copa y me la ofreció. Mientras se servía otra para sí mismo, no apartó la vista de mí, sonriendo de forma inquebrantable.
Me tomé mi copa con nerviosismo y me sirvió otra. Y otra.
—Para que lo sepas… —empecé, sintiéndome más audaz después de beber la tercera—, unos vinos no equivalen a «gracias».
—Créeme —rozó el vidrio del pie de la copa—, ya llegaremos a eso. —Me quitó el recipiente de los dedos y lo dejó en el fregadero. Luego me cogió la mano y me arrastró con él.
—Para que conste —dijo, señalando las fotografías de la pared—. Se trata de Dubái, Filipinas, Moscú y…, por ironías del destino, la ciudad de abajo a la derecha es Tokio. —Puso los ojos en blanco y me llevó al otro lado del ático, a la biblioteca privada.
Me soltó la mano.
—Gracias por cuidar de mis pertenencias mientras me robabas —dijo, mirando las estanterías y luego a mí. Cogió un libro de crucigramas y lo tiró a la basura
—. Y por terminar los putos crucigramas sin que te lo pidiera. No sé cómo he podido sobrevivir tanto tiempo sin ti.
—Los agradecimientos deben ser sinceros, sin veneno.
—Tampoco deben hacerse con un polvo. —Me apretó contra la estantería y me cubrió la boca con la suya, haciendo que me olvidara de lo que había pensado decir.
Deslizó la lengua entre mis labios, exigiéndome un control total del beso, y todo lo que me rodeaba se convirtió en un borrón. Me apresó el labio inferior con los dientes mientras buscaba mi mirada.
—Eres una jodida ladrona y una mentirosa, Hinata … —susurró contra mi boca al tiempo que deslizaba la mano entre mis muslos y me quitaba las bragas empapadas—. Una jodida ladrona y una mentirosa… —repitió.
Intenté responderle, pero no pude. Me empujó de nuevo contra la estantería, tirando al suelo algunos volúmenes de tapa dura y otros de bolsillo, y repitió de nuevo las mismas palabras.
—¿Te has tirado a alguien más en mi casa? —Me bajó el vestido hasta debajo de los pechos e hizo una pausa para soltar el sujetador.
—No… —Me quedé mirándolo mientras me quitaba el vestido por la cabeza y lo lanzaba al otro lado de la habitación.
—¿Por qué será que no te creo?
—Es verdad, no he traído a nadie más. —Gemí cuando nuestras bocas se encontraron de nuevo, mientras me besaba con más fuerza, sin soltarme hasta que estaba casi sin aliento.
Dio un paso atrás, mirándome de arriba abajo, y luego se abrió la cremallera del pantalón.
—Date la vuelta y agárrate al estante.
No me moví. Me sentía demasiado cautivada por la imagen de él desabrochándose los pantalones y liberando su polla. Contuve un jadeo al ver lo grande que la tenía, y miré cómo se ponía el condón que acababa de sacar del bolsillo.
—Hinata … —Sus ojos se encontraron con los míos y se acercó de nuevo a mí, me agarró la cintura y me obligó a girar sobre mí misma—. Agárrate al estante
—me susurró con dureza al oído—. Ahora.
Cuando me sujeté a la estantería, él apretó la boca contra mi nuca, manteniendo las manos en mis caderas mientras me separaba más las piernas.
Me dio una palmada en las nalgas al tiempo que pegaba su polla contra mi sexo empapado y, sin previo aviso, se deslizó hasta el fondo, dilatándome y haciéndome gritar.
Me agarré a los estantes con más fuerza, gimiendo sin control cuando un placer indescriptible recorrió inmediatamente mis venas. Traté de moverme para ajustarme a su longitud, pero él no me lo permitió. Sujetó mis caderas y empezó a penetrarme sin parar.
Jamás me habían follado así. Nunca imaginé que podía ser tan increíblemente bueno.
—¡Oh, Dios! ¡Oh…! —Cerré los ojos y gemí por lo bajo cuando deslizó una mano por mi estómago hasta mis pechos para pellizcarme con fuerza los pezones.
—Eres tan estrecha… —resopló contra mi piel—. Tan jodidamente apretada…
—Continuó deslizando su miembro en mi interior, dentro y fuera, estimulando puntos que no sabía que existían, y cuando volví a gemir de nuevo, me cogió con suavidad la mano izquierda.
—Tócate el clítoris —me dijo al oído antes de morderme la oreja, agarrándome una vez más la muñeca y acercándome la mano a mi sexo.
Apreté un dedo contra el clítoris, y noté lo sensible e hinchado que estaba, pero me quedé paralizada. Como si le molestara que no estuviera siguiendo sus instrucciones, presionó su propio dedo contra mí, y empezó a moverlo de una forma tortuosa y sensual, trazando pequeños círculos.
Contuve la respiración cuando sentí que se me debilitaban las piernas, cuando comenzó a ser demasiado difícil controlar sus embestidas. Empecé a gritar, a punto de correrme y, de repente, se retiró de mi interior y me empujó al suelo.
Sentí que me ardía la espalda contra la moqueta cuando me tendí sobre ella. En el momento que me penetró de nuevo, me subió las piernas para que le rodeara la cintura. En esta posición su presencia en mi interior era demasiado intensa, demasiado poderosa.
—Naruto… —le rogué mirándolo a los ojos—. Naruto…
—¿Sí?
—Estoy… estoy a punto de…
Una sonrisa arrogante curvó sus labios, pero me clavó los dedos en la piel y aceleró el ritmo. Me cubrió un pezón endurecido con la boca para empezar a succionarlo mientras me llevaba cada vez más cerca de la liberación.
Le apresé el pelo con los puños y ya no pude resistir más. Mis piernas empezaron a convulsionar y grité, corriéndome con más fuerza que nunca en mi
vida.
Naruto siguió penetrándome unas cuantas veces más, y soltó una maldición cuando encontró su propio éxtasis.
Me quedé recostada sobre la alfombra, con su polla todavía en mi interior y su boca a unos centímetros de la mía. Intenté recuperar el aliento mientras le frotaba el pecho con las manos.
Susurró algo que no pude comprender, luego poco a poco, se retiró de mi sexo y se levantó para deshacerse del condón.
Intenté levantarme, pero los músculos de mis piernas estaban demasiado débiles.
Cerré los ojos con un suspiro. Unos minutos más tarde, sentí lo que parecía un paño caliente entre las piernas.
—Gracias —murmuré, tratando de levantarme. Él puso una mano en mi estómago impidiendo que lo consiguiera.
Luego hundió la cabeza entre mis piernas y comenzó a chuparme el clítoris. Sin decir ni una palabra, deslizó dos dedos dentro de mí al tiempo que pasaba la lengua de arriba abajo de mi sexo. Jugó con mi placer, llevándome a un segundo orgasmo varias veces con la boca, pero deteniéndose cada vez que estaba cerca mientras empujaba tan profundamente los dedos que empecé a gritar.
Me retorcía bajo su dominante contacto, rogándole que fuera más despacio, pero solo conseguí que se acelerara. Mientras me seguía succionando el clítoris con los labios, sacudí las caderas contra el suelo, gritando más fuerte que nunca, hasta que alcancé un orgasmo todavía más intenso.
Me acarició las piernas mientras recuperaba el resuello, pero continuó soplándome húmedos y tortuosos besos entre los muslos. Después perdí la cuenta. Un orgasmo se enlazaba con el siguiente y me quedé afónica. Mis músculos todavía respondían, a pesar de que todo mi cuerpo convulsionaba una y otra vez.
—¿Hinata ? —me preguntó, cuando dejé de estremecerme.
—¿Sí? —Ni siquiera traté de levantarme. Solo miré el reloj que había encima de la estantería. Contuve el aliento al ver la hora que era. Las cuatro de la madrugada.
«¿Llevamos tres horas follando?».
—¿Estás bien?
Parpadeé, sin saber qué decir. Todavía estaba recuperándome. En el momento en el que finalmente miré hacia arriba, tenía los ojos clavados en mí.
—Gracias —dijo con una sonrisa.
—¿Por el polvo?
—No. —Me pasó un brazo por detrás de la espalda y me ayudó a levantarme
—. Por las ventanas y el correo. Lo último fue muy conveniente.
—De nada.
Me hizo pasar al salón, donde había dejado mi bolsa de viaje azul y el champú de lavanda sobre la mesita de café.
—¿Tienes algo más aquí? Negué con la cabeza.
—¿Segura? —Me alzó la barbilla con los dedos—. Porque voy a asegurarme de que no vuelves a entrar.
—Segura.
Cuando sus dedos dejaron mi piel, me sentí desconectada.
—¿Dónde vives en realidad? —preguntó.
—No te preocupes por eso —dije, recogiendo mis pertenencias—. Le diré a mi compañera de piso que me recoja.
—No te lo preguntaba por esa razón. —Me bloqueó el paso hacia la puerta principal y me llevó hacia un pasillo, a lo que parecía un armario.
Cuando sacó una llave del bolsillo y abrió la puerta, me di cuenta de que era un pequeño ascensor.
—Lo instalé antes de que la empresa de limpieza para la que trabajas fuera contratada —me explicó, introduciéndome en el interior.
—Entonces, ¿por qué no usas este en vez del ascensor público?
—Solo se puede usar desde el interior. —Presionó el único botón del teclado
—. Y puesto que el ático no está alquilado como los demás apartamentos, no quería que ningún extraño pudiera acceder desde abajo. Aunque, por lo que parece, sufrí el mismo problema.
Me sonrojé y las puertas se cerraron. Me miró con intensidad mientras la cabina descendía, haciendo que volviera a anhelar su contacto.
—Tengo una pregunta —dije—. ¿Cómo has sabido que no era piloto?
—Muy simple. —Sonrió—. Cualquier piloto de verdad hubiera aprovechado la oportunidad para hablar sobre volar. No habría tenido que preguntarte si trabajabas para una compañía comercial o privada. Me lo habrías dicho en menos de cinco minutos.
«Cierto…».
—Entiendo que has conocido a algún piloto a lo largo de tu vida.
—Exacto.
El ascensor se detuvo a nivel del suelo y me acompañó a la acera, donde
esperaba un SUV negro con conductor. En la puerta había un letrero: «Primer servicio de conductor privado de Nueva York».
—Te llevarán a casa y me cobrarán a mí el viaje —informó.
—Gracias. —Me subí en el asiento de atrás y dejé mis pertenencias a un lado.
Me miró como si quisiera decir algo más, como si quisiera saborearme una última vez. Pero se limitó a colocarme el tirante del vestido, dejando que sus dedos me rozaran la piel durante unos segundos antes de cerrar la puerta.
—¿A dónde vamos, señorita? —El conductor me miró por el espejo retrovisor.
—A Brooklyn —respondí—. 16 Hampton Street.
Me lanzó una mirada confusa, pero se puso en marcha con rapidez. Cuando volví la cabeza hacia la ventanilla, vi que Naruto ya no estaba allí.
Cada vez que el vehículo pillaba uno de los numerosos baches de las calles, mis nalgas desnudas se deslizaban por el asiento, recordándome que no me había puesto la ropa interior. Apoyé la espalda en el respaldo y cerré los ojos, notando que mis pezones se endurecían al pensar en la forma dura y tierna en la que me había follado. Sabía que pasaría mucho tiempo hasta que conociera a otro hombre que pudiera tener tal impacto en mí, mucho tiempo hasta dar con alguien con quien pudiera llegar a ese nivel en el sexo.
Mientras miraba el salpicadero, me di cuenta de que no le había dicho a Ino que dejaba la fiesta. Saqué el móvil y vi que me había llamado cuatro veces y enviado dos mensajes preguntando «¿Dónde diablos estás?». También tenía un mensaje de voz, así que le respondí.
Hinata : Me debes cien dólares. Hinata : 7 estrellas.
