NARUTO
—¿Está seguro de que desea cancelar los servicios de limpieza, señor Uzumaki?
—El gerente parecía confuso—. ¿Incluso después de que hayamos llegado a la conclusión de que no está ocurriendo nada extraño?
—Exacto. —Colgué y me serví un trago de bourbon, el cuarto que me tomaba desde que había escoltado a Hinata fuera del edificio. Me lo bebí de golpe y apreté los dientes cuando el licor me quemó la garganta al bajar.
Todavía trataba de averiguar qué coño había pasado esta noche. ¿Cómo un simple rollo de una noche se había convertido en una adaptación moderna del cuento de Ricitos de Oro y los tres osos? En el momento en el que se fue, había atravesado todas las habitaciones del apartamento, tratando de entender cómo era posible que no hubiera visto las señales. ¿Por qué había culpado de todo a un equipo en vez de a una sola persona?
La primera vez que vi las latas de Coca-Cola giradas hace unos meses, asumí que había sido yo quien lo había hecho, jugando sin darme cuenta. Pero cuando regresé de un vuelo internacional una semana después, me di cuenta de que las latas estaban dispuestas formando pequeñas pirámides, algo que yo nunca tendría paciencia de hacer.
Incluso instalé un pequeño sistema de seguridad interior después de eso, una serie de sensores de movimiento que se suponía que enviarían avisos a mi móvil si entraba alguien cuando yo no estaba, pero solo había percibido un espacio tranquilo y vacío. Sin embargo, hacía unas horas me había dado cuenta de que mi «intruso» había hackeado mi sistema para que se ejecutara en bucle.
Esta misma mañana me había encontrado unas zapatillas blancas de algodón debajo del fregadero, un tanga de encaje negro enredado en el tambor de la lavadora y una taza de café rosa escondida en el fondo de una alacena. En el momento en el que vi una botella de champú escondida en la repisa de la ducha, me dije a mí mismo que hablaría con el responsable la semana próxima para que viera todo lo que ocurría por sí mismo.
Es decir, hasta esta noche.
Después de ver a Hinata sujetándose a la estantería mientras la follaba desde atrás, agarrándola por el pelo con el puño, esa esencia a lavanda que frecuentemente inundaba mi espacio tenía por fin sentido.
Era lo único que permanecía aquí de ella, no importaba lo mucho que intentara eliminar ese olor. A pesar de airear para que se disipara, se había adherido a todas las almohadas y sábanas. Estaba tan profundamente arraigado en la tela que había olido indicios de él durante semanas.
No estaba seguro de sentirme aliviado de que el intruso no fuera un vecino que prefería las vistas de mi apartamento a las del suyo, o molesto porque se tratara de una seductora asistenta que consideraba que lo que hacía era digno de mi agradecimiento.
No podía dejar de recordar sus perfectos y rosados labios apretados en una línea mientras repetía la palabra «gracias» con irritación, no podía dejar de ver la forma en la que sus profundos ojos perlas me miraban cuando bajábamos en el ascensor desde la fiesta en la terraza.
«Ni la forma en la que gritó cuando la tenía inmovilizada contra el suelo…».
Antes de que pudiera llamar al encargado de la empresa de limpieza para decirle que había cambiado de opinión sobre prescindir de sus servicios, el contestador automático lanzó un sonoro pitido.
—Bienvenido a casa —dijo—. Tiene tres mensajes nuevos. Por favor, diga la contraseña.
—No.
—Por favor, repita la contraseña.
—He dicho no.
—Lo siento. Esa no es la contraseña. Por favor, repita la contraseña.
«Dios…».
—Uno. Ocho. Siete. Cuatro.
—Contraseña correcta. Mensaje número uno. —Hubo un largo pitido y un silencio.
—Buenas tardes, señor Uzumaki. —Era una voz femenina—. Soy Shizume Senju, del departamento de recursos humanos de Elite. Le he llamado para discutir la propuesta de salario que ha enviado. No estoy segura de que conozca cuál es el máximo salario real de un capitán, pero va a tener que volver a redactar sus pretensiones pidiendo algo mucho más razonable si quiere continuar…
—Siguiente —dije, y el mensaje se interrumpió bruscamente.
—Mensaje número dos.
—Naruto … —Una profunda voz masculina—. Naruto, ¿por qué tengo que contratar un investigador privado para conseguir el número de tu casa? Y ¿por qué sigues cambiándolo cada mes haciendo caso omiso a las llamadas que te hago al móvil? Llevamos años tratando de hablar contigo. ¡Años! Naruto, por favor, permite que…
—Siguiente. —Apreté los dientes.
—Mensaje número tres.
—Hola, soy Charlotte. —Una gutural voz femenina—. No estoy segura de si estoy llamando al número correcto o no, pero solo quería comprobar si es la fábrica de mantas. Si es así, ¿podría llamarme alguien para hacer un pedido?
Suspiré y tomé nota mental de que debía cambiar el número una vez más a final de mes.
—No hay más mensajes nuevos —anunció el contestador automático con orgullo—. ¿Quiere escucharlos de nuevo?
—No.
—Bien. Mensaje número uno.
—Buenas tardes, señor Uzumaki. Soy Shizume Senju, del departamento de recursos humanos de Elite…
Solté un gemido al tiempo que entraba en la biblioteca y cerraba la puerta. Recogí los libros que se habían caído mientras estaba allí con Hinata guardándome las bragas rotas en el bolsillo.
Aparté la mesa de la pared para abrir un panel oculto y esperé a que las paredes se deslizaran por completo.
Como siempre, fueron necesarios varios minutos para que se completara el movimiento, lo que no era más que una medida de seguridad adicional para convencer a cualquier extraño de que era solo una pared y nada más. Cuando por fin sonó un pitido, di un paso para abrir otro panel, revelando todo aquello a lo que casi nunca me quería enfrentar.
En el estante superior estaban todas las maquetas de aviones que había construido cuando era un niño. Desde las que eran cinco trozos sencillos de madera hasta las construcciones metálicas más intrincadas, con más de trescientas piezas. Había también postales fechadas en incontables países que se apilaban en una gran cantidad de cuadernos, y baratijas procedentes de las tiendas de regalos de casi todos los aeropuertos, colocadas en el orden en que las había recibido.
Cogí el álbum de fotos azul marino de la estantería inferior y lo abrí para hojear las primeras páginas. Quería creer que había pasado el tiempo suficiente para no sentir nada, pero el dolor y la traición todavía producían un corte
profundo, no importaba lo felices que fueran los recuerdos. Allí estaba yo con cuatro años, jugando en el campo con una buena colección de aviones de papel. Mi hermano y yo con quince años, discutiendo en broma sobre a quién le tocaba conducir el Cadillac de nuestro padre. Mi madre sonriendo ante la puesta de sol, sin razón alguna. Y mi padre…
Cerré el volumen.
No quería recordar ni considerar lo que estaba haciendo. Estaba seguro de todas formas de que no era lo que yo pensaba. Arrojé el álbum de fotos al fondo de la caja para ocultarlo mientras una voz familiar resonaba en mi cabeza.
«Mintió, Naruto … Él nos mintió a todos…». Tenía que concentrarme en otra cosa.
Regresé a la cocina y revisé el correo. Todos los periódicos de las semanas previas estaban cuidadosamente apilados, esperando a que los leyera. Estaban The Wall Street Journal, The Washington Post, USA Today y el peor de todos, The New York Times.
Todos habían publicado diferentes variaciones de la misma historia en sus portadas, insistiendo en elogiar y reconocer los méritos de AmbuAirways. Las imágenes que acompañaban la noticia eran todas en blanco y azul cielo, y las palabras estaban escritas en un negro brillante. Frases como «Ambuasciende a nuevas alturas», «AmbuAirways vuela alto» o «Ambuhace recordar los días más gloriosos en el aire».
No había crítica alguna ni análisis periodístico, ni siquiera el más mínimo atisbo de rechazo. Todo era una farsa infalible, y después de leer toda aquella mierda, supe que no había manera de que volara un mes con ellos sin sentirme jodido.
Una semana después, estaba sentado frente al director de contratación de Emirates Air en Dubái, mirándolo jugar con el bolígrafo de forma molesta mientras él examinaba por encima mi currículo.
—Es impresionante, señor Uzumaki… —Pasó una página—. Todavía más impresionante… —Había repetido esas palabras tantas veces en la última hora que yo estaba considerando la posibilidad de levantarme y salir de la habitación.
—Bien, señor Uzumaki…, er… Naruto. —Por fin alzó la vista—. ¿Puedo llamarlo Naruto?
—Señor Uzumaki está bien.
—De acuerdo. —Puso los papeles boca abajo—. Estoy sinceramente
sorprendido por su trabajo, señor, pero tengo muchas reservas con respecto a contratarlo.
—Soy todo oídos.
—Bien, para empezar, tendríamos que pagarle el sueldo de capitán, que es mucho menor de lo que gana ahora.
—¿Cuánto es «mucho menor»?
—La mitad —confesó, reclinándose en la silla—. Y Emirates es la línea más generosa entre las aerolíneas comerciales en este momento. Bien, lo éramos hasta la aparición de Elite, pero, sinceramente, usted no me parece muy del tipo de «hacer lo que sea cuando sea para conseguir que los pasajeros sean felices».
—Eso es porque soy piloto, no un asistente de vuelo.
—Y, por último —deslizó los papeles hacia mí—, por mucho que desprecie a Ambupor ser lo que son, respeto lo que hacen.
—¿Qué es exactamente lo que están haciendo?
—Han conseguido que a la gente le guste de nuevo volar —dijo, encendiendo una pantalla gigante al otro lado de la habitación—. La industria de la aviación nunca ha estado mejor. —Señaló el aparato—. ¿Ha visto el nuevo anuncio publicitario? Es absolutamente vintage y muy original.
Miré la pantalla y observé el desarrollo del anuncio. En una escala de grises, varias asistentes de vuelo vestidas con los uniformes y las chaquetas azul marino avanzaban enlazadas del brazo con un capitán en el centro. Todos sonreían y reían mientras sonaba de fondo el Come fly with me de Frank Sinatra.
La gente los saludaba mientras caminaban por las terminales, por el finger y sobre una terraza. En el anuncio, los asistentes servían una comida de cinco platos en primera clase y el piloto sobrevolaba un brillante mar azul.
Unos segundos después, el director de la compañía, un hombre con el pelo gris y una amable sonrisa, aparecía en el aeropuerto internacional de La Guardia con un Boeing 737 blanco al fondo.
—¡Vuele con la mejor flota! —Hacía un gesto con la mano hacia el cielo—.
¡Vuele con Elite!
A continuación, se podía leer: «Vuelven los viejos días de los mejores vuelos». La pantalla se quedaba en negro.
El director de contratación se levantó y aplaudió como si no acabara de ver la publicidad de un competidor.
—¿No le parece realmente brillante? —preguntó—. Es un lanzamiento perfecto.
—Mire —ya había tenido suficiente—, no me parece usted un tipo estúpido ni
crédulo, y sé muy bien que es tan consciente como yo de que lo que está haciendo Ambues una retorcida imitación de la antigua Pan Am.
Permaneció en silencio, pero sonriendo.
—Dicho esto, ya que estamos sincerándonos, espero que yo tampoco le parezca estúpido y crédulo, así que dígame la verdadera razón por la que no me contrata en el acto, ya que sé que me está mintiendo con respecto al sueldo, y estoy más cualificado que la mayoría de los pilotos que trabajan actualmente para ustedes.
—De acuerdo… —parecía un poco incómodo—, es porque está demasiado cualificado.
—¿Por qué no prueba de nuevo?
—¿No cree que le haya dado la verdadera razón? Me levanté y recogí los papeles.
—Gracias por hacerme perder el tiempo.
—Espere, espere. —Se acercó a mí—. Mire, por mucho que quiera devolvérsela a Ambuy robarle la mitad del personal como me hicieron a mí hace diez años, las reglas son diferentes ahora. —Abrió la puerta—. Además, en el momento en el que le pedí a mi asistente que obtuviera sus registros, ellos me enviaron su contrato.
—No lo sigo.
—Tiene una no competencia de cinco años y una cláusula de no transferencia. Todos los pilotos que contratan las tienen. —Se encogió de hombros—. No solo eso, sino que he recibido un correo electrónico no demasiado agradable del propio presidente unos minutos antes de que usted apareciera. Me decía que reunirme con usted sería desperdiciar el tiempo. Algo sobre un FPE. Signifique lo que signifique. No puedo hacer nada por usted, señor Uzumaki. Lo siento.
—No tanto como yo. —Le estreché la mano—. Gracias. —Me alejé antes de añadir nada más. Me dirigí al aparcamiento y me metí en el coche que había alquilado.
Emirates era la última aerolínea en mi lista de opciones. El último lugar en mi agenda, la última escala que tenía planeada. No me quedaba ninguna puerta a la que llamar.
Me negaba a pensar en ello durante el resto del día, así que saqué el móvil y vi que tenía cuatro nuevos mensajes de texto de mujeres de mis próximas escalas. Mensajes que prometían sexo, aunque para mi sorpresa no tenía ganas de ese tipo de entretenimiento.
Sinceramente, a la única mujer que quería follarme era a Hinata, y eso era un
problema.
Jamás había pensado en una mujer durante más de unos minutos después de tener sexo con ella. Incluso si regresaba con ellas a su habitación o las veía a la noche siguiente debido a que se trataba de una parada prolongada, no volvía a pensar en el sexo que había disfrutado con ellas después de haber acabado.
Por lo tanto, no tenía ni idea de por qué mi indeseada ladrona compañera de apartamento seguía presente en mi mente días después. Independientemente del hecho de que era impresionante y preciosa con aquel pelo negro azabache, esos ojos almendrados y la sonrisa sensual con la que había sellado nuestro acuerdo, pensar en ella en este momento no era agradable.
Por otra parte, quizá tuviera algo que ver con su lengua aguda y su lógica retorcida. La forma en que había defendido que me había hecho un favor al colarse en mi apartamento.
Incapaz de dejar de pensar en ella, recorrí mi agenda y llamé al director de la empresa de limpieza.
—¿Sí, señor Uzumaki? —respondió al primer timbrazo—. ¿Me llama para decirme que hay que buscar fantasmas en su apartamento?
Puse los ojos en blanco.
—Estoy buscando a alguien.
—¿Ha probado en Facebook?
—Se trata de una de sus empleadas.
—Ah… —Su tono se suavizó de inmediato—. Bien, ya sabe que no estoy autorizado para revelar el nombre de mis empleados, ¿sabe quién es?
Algo me hizo no decir su nombre.
—La chica de los ojos como perlas.
—Señor, sea más preciso
—Esta tiene una lengua muy aguda y cierta tendencia al robo.
—¿Le ha robado algo una de mis empleadas? —jadeó—. Dígame el día y la hora en la que se dio cuenta de que le faltaba algo. Puedo comprobar quién estaba de turno y asegurarme de que, sea quien sea, se ve castigada severamente.
¿Me puede decir qué le ha robado?
—No… —Fui consciente de que esto no llevaba a ninguna parte—. Gracias por su tiempo.
—Señor Uzumaki, ¿qué es lo que…?
Colgué y puse en marcha el coche. Necesitaba controlarme. Yo no perseguía a las mujeres. Nunca lo hacía. Nunca había tenido la necesidad de hacerlo, y no pensaba empezar ahora.
Había sido un polvo memorable, pero me olvidaría de ella con el tiempo. Como siempre.
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HINATA
HACE DOS AÑOS…
ENTRADA DEL BLOG
Hoy me han despedido.
DESPEDIDO.
D.E.S.P.E.D.I.D.O.
En el momento en el que atravesé las puertas giratorias de cristal, mi jefe me esperaba de pie ante el mostrador principal con los brazos cruzados, mordisqueando la patilla de las gafas. Algunos de mis compañeros de trabajo me miraban con disgusto mientras cruzaba las puertas, y un guardia de seguridad sostenía una caja con todas mis pertenencias.
—Bien, francamente nunca pensé que le diría a usted estas palabras, señorita Hyuga —pronunció mi jefe lentamente, como si decir aquello le causara dolor físico—, pero tengo que despedirla.
—¿Por qué?
—Ya sabe por qué. —Negó con la cabeza—. Lo sabe exactamente. Tendrá que entregarme su identificación, y debe saber que, a fecha de hoy, ya no es bienvenida en esta propiedad.
Di un paso atrás y puse la mano sobre la tarjeta plastificada, poco dispuesta a renunciar a ella.
—¿No cree que tengo derecho a sentirme irritada por lo que pasó? —pregunté—. ¿Derecho a estar enfadada?
—Tiene derecho a sentir lo que le apetezca, Hinata. Pero no tiene derecho a reaccionar como lo hizo.
¿Se hace una idea del daño que ha provocado?
—La verdad nunca es mala…
—Lo es cuando la mentira es más conveniente. —Apretó los dientes—. Y nadie le ha pedido que explique sus sentimientos, independientemente de cómo piense que le afecta esta situación.
—Me afecta mucho. —Tenía un nudo en la garganta mientras reprimía el llanto, sin conseguirlo.
Cálidas lágrimas se deslizaban por mis mejillas. Le pedí que lo reconsiderara. Que lo sentía. Que no tenía intención de hacer lo que hice. Prometí hacer lo mismo que todos. Incluso me ofrecí para que me degradara al último puesto, pero no fue suficiente.
Él, su jefe y el jefe de su jefe habían tomado ya una decisión.
—Hemos tenido que informar a otras instituciones —dijo en voz baja—. Así que, si fuera usted, no perdería el tiempo intentando conseguir trabajo con la competencia. Al menos en los próximos diez años,
¿vale? Lleva un tiempo que la gente olvide este tipo de cosas.
—¿Al menos ha informado sobre la otra persona? ¿Sobre el verdadero culpable? —Sollozaba, aunque mi intención era no provocar una escena.
—No, Hinata. —Me abrazó brevemente—. La única persona que hizo algo mal fue usted. —Me deseó lo mejor y luego ordenó al guardia de seguridad que me despojara de mi identificación y me escoltara fuera del edificio…
En este momento estoy escribiendo este post sentada en el Starbucks de Park Avenue, estremeciéndome después de haberme visto empapada por una repentina lluvia veraniega. Estoy esforzándome lo mejor posible para saber qué demonios voy a hacer a continuación. A dónde voy a ir.
Me han enviado el último cheque del sueldo, y se supone que llegará mañana a mi buzón. Mi nombre será retirado de la página web de la compañía y todas mis contribuciones serán borradas y reutilizadas.
Por lo tanto, a los veinticinco años, mi sueño ha terminado.
Voy a tener que buscar otro nuevo con el que obsesionarme, que llevar a cabo y, quizá un día, pueda recuperar mis viejos sueños.
Lo único que sé con certeza es que el tiempo de vivir en un apartamento de Lexington Avenue ha quedado atrás, que los expresos de todos los días y los lattes son inaccesibles para mí, absurdos, y que voy a tener que encontrar un nuevo trabajo (o dos) lo antes posible si quiero permanecer en Nueva York.
Seguiré más tarde…
En realidad no. No lo haré. Este es el último mensaje que voy a escribir durante mucho tiempo.
*Hyuga H.*
1 comentario:
KayTROLL: Lo que has hecho no solo fue perjudicial, también fue egoísta, inmaduro y muy estúpido.
¿De verdad pensabas que no te iban a despedir por hacer algo así? Vi lo que estabas tramando antes de que lo borraras el martes, y pensé que te lo habías pensado mejor. Por suerte tienes solo veinticinco años, todavía tienes un montón de tiempo para madurar de una puta vez y dejar de comportarte como una zorra.
¡Crece, joder! ¡Madura!
