HINATA
Las dominantes palabras de Naruto resonaban en mi mente por enésima vez mientras hacía vibrar mi hinchado clítoris con los dedos, buscando un orgasmo por tercera vez desde la noche que follamos. Los pezones se me endurecieron cuando una corriente de frío aire nocturno los acarició, así que subí la manta para cubrirme y me di la vuelta. Apreté la almohada con fuerza mientras volvía a recordar cómo me había poseído Naruto, pero justo cuando estaba a punto de revivir mentalmente esa noche, mi móvil se puso a sonar en la mesilla de noche.
No me molesté en mirar quién era. Lo busqué a tientas con la mano y apreté el botón lateral para silenciarlo.
Unos minutos después volvió a pitar, rompiendo el silencio una vez más. Gemí y lo silencié una vez más. Volvió a sonar, todavía más fuerte, y me obligué a echar un vistazo a la pantalla. Era un número desconocido.
—¿Diga? —Ni siquiera intenté ocultar la irritación.
—¿Por qué no está ya en el aeropuerto, señorita Hyuga ?
—¿Qué? —Me senté de golpe—. ¿Con quién estoy hablando?
—Soy la programadora de vuelos de AmbuAir —susurró ella—. Y a menos que este no sea el número de Hinata Hyuga , y estoy segura de que lo es, debe responderme. Ahora. ¿Por qué no está ya en el aeropuerto?
—No estoy porque… —Encendí la luz de la lámpara y miré el despertador. Ni siquiera eran las cinco de la mañana—. No tengo un vuelo hasta el jueves. Un turno a Filadelfia y luego al Reagan International.
—No, ha sido convocada antes —me interrumpió—. Para una reunión muy importante. Le hemos enviado dos mensajes de correo electrónico este fin de semana, le hemos mandado un aviso a través de su perfil de empleada de Ambu y le hemos dejado un mensaje de voz en el contestador con el cambio.
Tragué saliva. Había considerado que los correos electrónicos eran solo actualizaciones y los eliminé en cuanto aparecieron en la bandeja de entrada. Empecé a barajar posibles excusas para explicar por qué no los había leído, escuchado o comprobado durante todo el fin de semana, pero se me adelantó la mujer que había al otro lado de la línea.
—Tiene una hora para llegar al JFK —dijo—. Preséntese uniformada en la sala de conferencias de la terminal seis. —Colgó sin añadir nada más.
Cincuenta minutos después, me abrí paso hacia la parte delantera del autobús y casi choqué con una familia de cuatro miembros para intentar entrar en el aeropuerto. Me dirigí directamente al filtro de seguridad y mostré mi placa a los agentes de la TSA, que me dejaron pasar.
«Por favor, que no sea demasiado tarde. Por favor, que no sea demasiado tarde…».
Corrí a través de la terminal, ajustándome el pañuelo al cuello cada dos por tres, contando frenéticamente los segundos en mi mente. Cuando llegué a la sala de conferencias, faltaba un minuto para la hora.
Había al menos veinte asistentes de vuelo más en el interior, todas vestidas con el uniforme de AmbuAirways, con chaquetas y faldas azul marino. Todas tenían los labios pintados en el mismo tono rojo Chanel, y los moños perfectamente peinados, un poco ladeados a la derecha. En las muñecas de cada una brillaba la pulsera oficial con el anagrama de la empresa: una paloma blanca y un globo.
Vi un asiento vacío cerca del fondo de la habitación y me dirigí hacia él. Antes de que pudiera preguntarle a la chica sentada a mi lado si la habían llamado esta mañana, se abrió la puerta y entró una preciosa mujer afroamericana.
Vestida con un ajustado vestido azul marino y unos stilettos gris oscuro, se pasó el largo pelo ondulado por encima del hombro mientras echaba un vistazo a su reloj. Sus ojos color avellana recorrieron la habitación mientras ocupaba su lugar en el centro del podio. Sus labios eran rosados bajo la luz indirecta, y junto con la forma en la que su sonrisa mostraba unos dientes muy blancos, me hicieron recordar a las modelos perfectas que aparecían en los anuncios publicitarios de AmbuAirways.
Sacó una carpeta del bolso y nos miró directamente.
—Buenos días, bienvenidas a la reunión, presten atención. La sala quedó en silencio.
—Soy Sammy Connors y soy sobrecargo en AmbuAirways, donde presto servicio desde hace más de quince años —se presentó—. Comencé a trabajar en esta aerolínea cuando salí de la universidad, y aunque me gusta mucho mi tarea, esta es una parte de mi trabajo que no me importa nada. Dicho esto, y ya que soy la única asistente de vuelo que… —De repente, dejó de hablar y se quedó mirando fijamente algo que había enfrente de ella.
Con una respiración profunda y exagerada, se acercó a una mujer en la primera fila y le dio un toquecito en la cabeza.
—Disculpe. Usted. Sí, usted. ¿Qué diablos cree que está haciendo?
—Estoy… —La cara de la joven adquirió un vivo color rojo mientras miraba a la supervisora—. Estaba enviándole un mensaje de texto a mi novio.
—¿Mientras yo hablo?
—Es que…
—¿Es su novio quien firma el cheque con el sueldo que recibe de esta aerolínea? —preguntó la señorita Connors—. ¿Es él quien ha convocado esta reunión?
—Es que… —repitió—. Lo siento…
—Sí, debería sentirlo. —La señorita Connors le arrebató el móvil de la mano a la joven y, llevándoselo hasta la altura de los ojos, se puso a leerlo en voz alta—: «¿Qué tal, nena? En cuanto salgas de esa reunión, prepárate para mí. Quiero que estés bien mojadita…». —La supervisora movió la cabeza—. Sí, ya veo que, definitivamente, responder a este mensaje era mucho más importante que lo que yo estaba diciendo.
Lanzó el aparato a la papelera y puso los ojos en blanco.
—Durante el resto de la reunión, estará en mi lista negra —dijo—. Y puesto que sus intercambios eran tan importantes, acaban de convertirse en el profundo e interesante tema de fondo de mi discurso, así le sacaremos provecho. Al menos temporalmente.
—Lo siento de verdad.
—Basta. —Puso los ojos en blanco—. Las repeticiones sin sentido no me impresionan. —Volvió a ocupar su lugar en el centro de la habitación y escribió unas palabras en su cuaderno en medio de un ensordecedor silencio—. ¿Alguien sabe por qué les hemos pedido que vengan hoy?
Miró alrededor de la habitación, pero nadie levantó la mano.
—Interesante. Están aquí porque de los empleados que tenemos en nómina actualmente son los menos importantes. Solo los inferiores, la chusma. Pero ya hemos completado con éxito la adquisición de tres aerolíneas de buen tamaño y por fin estamos actualizándonos. Así que vamos a pasar a los asistentes en reserva al estatus de a tiempo completo.
Hubo un breve zumbido de emoción en la habitación, un par de síes susurrados y algunos «¡Por fin!» murmurados.
—Durante los próximos diez días —continuó hablando—, si están interesadas en quedarse con nosotros, recibirán una programación actualizada que les dirá en qué vuelos irán y a dónde durante las próximas semanas. Y, antes de que pregunten, sí, soy más que consciente de cómo se realiza la programación en otras compañías aéreas. Sin embargo, esta no es una aerolínea más, por lo que esos pensamientos y opiniones sobran. Si tienen otro trabajo, les sugiero que avisen lo antes posible para que no sigan contando con ustedes. No tendrán tiempo. ¿Alguna pregunta?
Unas cuantas manos se movieron en el aire.
—Bien, veo que no hay preguntas. —Se encogió de hombros—. Por desgracia, debido a algunos acontecimientos recientes e incidentes que no es necesario discutir, todos los asistentes de vuelo están recibiendo una nueva formación en todos los aviones de nuestra flota. En resumen y simplificando el proceso, cada uno de ustedes va a ser emparejado con otro asistente superior durante los próximos meses, compartiendo la misma ruta. Estos meses serán un período de prueba a tiempo completo. ¿Alguna duda?
Más manos se movieron en el aire.
—Me alegro de ver que no. —Apagó las luces y accionó los botones para que una pantalla cayera lentamente desde el techo. El logotipo de la aerolínea, un globo blanco, apareció en la superficie, y luego las palabras, los eslóganes oficiales, aparecieron en negro.
Sin previo aviso, comenzó a pasar las diapositivas mientras hablaba tan rápido que casi no se podía entender lo que estaba diciendo.
—Adelante, adelante, adelante —decía, pasando una imagen tras otra—. Esta regla es de sentido común, esta también, y esta no lo es, pero si alguien es tan tonto para saltársela, merece ser despedido. Adelante, adelante, adelante…
Murmullos de incomodidad inundaron la sala.
—¿Esto va en serio? —susurró la chica que estaba sentada a mi lado.
—Y, por último —dijo la señorita Connors, haciendo una pausa mientras se saltaba al menos otras veinte diapositivas—, donde tengas la olla, no metas la polla. Esto va por los rollos con los chicos del equipaje, agentes de embarque y, en especial, con los pilotos. Hemos tenido ya suficientes líos de cabinas de mando en las películas de serie b de Hallmark Channel para toda una vida. Y, además… —encendió las luces y la pantalla se replegó lentamente—, como ya saben, va en contra de la política de la compañía desde hace ocho años. No están permitidas las relaciones entre los empleados, y, si no les gusta, vayan a volar con Southwest Airlines. Para concluir, pueden leer el archivo que recibirán por correo electrónico con toda la letra pequeña. Por última vez, ¿alguna pregunta?
Todo el mundo levantó la mano, incluso yo.
—Guau… —Miró a su alrededor al tiempo que arqueaba una ceja—. Después de toda esta presentación, ¿de verdad que nadie tiene una pregunta? ¿Ninguna?
Las manos seguían en el aire.
—Bien, es todo lo que tengo que decir por hoy —concluyó, mirando su reloj
—. Por favor, revisen sus perfiles en la web de la empresa más tarde: encontrarán un archivo con un breve resumen de todo lo comentado hoy. Además, firmen el documento a la salida. Se les pagará cuatro horas por la reunión de hoy, a pesar de que salimos pronto.
Nadie se movió, y ella se cruzó de brazos.
—Dense prisa y firmen el maldito papel para que pueda regresar a mi casa y disfrutar del resto del día.
Nos hizo levantarnos con rapidez y formar una fila.
Oí que algunas personas le formulaban preguntas al tiempo que firmaban el documento, y parecía que ella les respondía. Cuando llegó mi turno, carraspeé al tiempo que cogía el bolígrafo, tratando de hacer contacto visual.
—¿Señorita Connors? —pregunté.
—Por favor, firme el documento.
—Tengo una pregunta importante. —Esperé hasta que me miró—. En mi otro trabajo han sido muy flexibles conmigo, y creo que les debo la deferencia de avisarles con dos semanas de antelación. Sé que ha dicho que comenzaríamos dentro de diez días, pero ¿hay alguna forma de que pueda disponer de cuatro días más para hacerlo de la forma que considero más correcta?
—Por supuesto. —La vi asentir con la cabeza—. Haré todo lo que esté en mi mano para que una aerolínea de mil millones de dólares espere antes de concluir el proceso final de una fusión que dura años para que una empleada totalmente reemplazable se despida de su otro trabajo de la forma que considera más correcta.
—No he querido decir eso. Solo que creo que les debo notificar la situación con más tiempo.
—Firme el papel y salga de la sala. Ya.
—Señorita Connors, yo solo…
—Tiene medio segundo para firmar o de lo contrario la avisaré con mucha antelación de que va a perder este trabajo.
Firmé y salí con rapidez de la sala de reuniones.
—Bueno, sinceramente, voy a echar de menos contar con usted, Hinata. —El señor Sullivan me estrechó la mano unas horas más tarde—. Sin embargo, si la aerolínea vuelve a dejarle horas libres los fines de semana, siempre serán bien recibidos sus servicios.
—Muchas gracias.
—Hoy aún trabajará, ¿verdad? —Se le deslizaron las gafas por la nariz—.Jacqueline y Maria siguen de baja por enfermedad.
—Por supuesto.
—Bien. —Abrió el cajón y me entregó una caja envuelta en papel de regalo marrón—. Esto es para usted. El residente del 80A nos indicó que quería expresar su agradecimiento a aquel de nuestros empleados que acostumbraba a limpiar su apartamento.
—¿En serio?
—En serio. —Se encogió de hombros—. Sin embargo, justo después de entregarme esto, dejó de contar con nuestros servicios
—Lo siento. —Tiré del elegante lazo rosa que rodeaba la caja—. Espero que no fuera por algo que hice.
—Lo dudo mucho, Hinata —dijo—. De todas formas, se han redactado nuevas listas con las asignaciones para el fin de semana, así que écheles un vistazo. La necesito en la sala de correo durante un par de horas, a continuación en los pisos 65 y 72 y… —Se interrumpió cuando sonó el teléfono en su despacho—. No se olvide de comunicar en recursos humanos cuál será su último día oficialmente antes de marcharse.
Le hice un gesto para que respondiera al teléfono, y se alejó. Me encerré en el vestuario del personal y me cambié con rapidez el uniforme de Ambupor los pantalones caqui y el polo blanco de manga corta que debía usar en el Madison.
Revisé los suministros del carrito de la limpieza y eché un vistazo a la nueva lista de asignaciones, dándome cuenta de que había una gran X roja sobre la unidad 80A. Al lado había una nota manuscrita:
«El residente contratará un servicio privado. Se mostró inflexible sobre la cancelación de nuestros servicios. NO LIMPIAR».
Negué con la cabeza y dejé la caja de regalo de color marrón encima del carrito. Debatí conmigo misma si debía esperar hasta estar fuera para abrir, pero no me pude resistir.
Arranqué el papel y vi una caja con mis cosas, pequeñas posesiones que había dejado en el ático: una taza de café color rosa, unas zapatillas blancas, un cepillo para el pelo y una novela romántica. Las únicas cosas nuevas que había allí dentro eran un crucigrama nuevo con el tema «Gratitud» y un pequeño sobre blanco.
Tras abrir el sobre, saqué la pequeña tarjeta y leí la nota:
«De nada. Naruto ».
Puse los ojos en blanco y empujé el carrito hacia el vestíbulo. Saludé al personal en la recepción cuando pasé por delante y me dirigí hacia la sala de correo.
A pesar de que me entristecía dejar este trabajo, estaba muy feliz de tener por fin un empleo al que poder dedicar las cuarenta horas semanales de rigor. Y aún me alegraba más de que por fin fuera a tener la oportunidad de operar en vuelos que eran de más de una hora y alojarme en hoteles mucho más agradables.
Después de apretar el botón para subir en el interior del ascensor, me apoyé en el carrito. Vi que los números de llamada estaban iluminados hacia abajo.
«¿Se va a detener en cada piso?».
Saqué el móvil del bolsillo con un gemido y vi que tenía una notificación nueva. Un comentario en el blog que llevaba años sin actualizar. Lo abrí y vi que era el mismo idiota que comentaba siempre, KayTROLL.
KayTROLL : ¿Ya no escribes en el blog? ¿Ya no hay más entradas ilustrativas sobre los infortunios de tu vida? Tenía la esperanza de leer un post que dijera «por fin he crecido»… O una gran disculpa. A menos que hayas muerto… ¿Has muerto?
«Uf».
Aparté el teléfono; no quería recordar esa parte de mi vida anterior. A pesar de que no había recibido ni un solo comentario positivo de esa persona —fuera quien fuera—, lo consideraba ya un amigo lejano. Un amigo al que le complacía tratarme como a una mierda, pero que al menos se molestaba en leer todo lo que yo escribía.
Las puertas del ascensor se abrieron de repente justo delante de mí y salieron todos los residentes que había en el interior. Esperé hasta que se abriera paso también el último ocupante, hasta que me di cuenta de que no lo iba a hacer.
Me estaba mirando, observando fijamente exactamente igual que aquella noche, haciéndome señas con los ojos.
Sentí que cada una de mis terminaciones nerviosas revivía al instante, pero no permití que se notara.
—¿Estás esperando a que salga del ascensor? —me preguntó en voz baja.
—Sí, estoy esperando a que salga.
—No voy a salir. —Mantuvo la puerta abierta, esperando que me uniera a él, pero no lo hice.
—No, gracias —dije—. No es el ascensor que estaba esperando. —Me di la vuelta con rapidez y empujé el carrito hacia el ascensor opuesto. Supe que me seguía, pero no miré atrás.
Presioné el botón de llegada y mantuve la mirada al frente. Cuando las puertas se abrieron, empujé el carrito para entrar. Él dio un paso adelante para ponerse a mi lado. Fingí echar un vistazo al portapapeles antes de apretar el 5, que era donde estaba la sala de correo.
Naruto no apretó el 80, y las puertas se cerraron.
Tuve que recurrir a todo mi control para no mirarlo, para que mi cara no transmitiera nada, sobre todo cuando sentí que me estudiaba. Sobre todo porque podía sentir aquella energía innegable y palpable que vibraba entre nosotros.
Las puertas se abrieron en el piso 5 y me bajé con el carrito.
—Que tenga un buen día. —Pero no se quedó dentro del ascensor; dio un paso y me siguió por el pasillo hasta la sala de correo.
Al llegar, cogí un montón de folletos publicitarios y los lancé a uno de los contenedores, con la sensación de que Naruto me pisaba los talones.
—¿Qué está haciendo?—inquirí finalmente, dándo me la vuelta para enfrentarme a él—. ¿Nos conocemos de algo?
La sonrisa que esbozaba se extendió de oreja a oreja.
—Pues yo creo que sí, que nos hemos encontrado recientemente.
—No estoy segura de eso —tartamudeé—. Si lo hemos hecho, no debe de haber sido un encuentro memorable, porque me parece que no puedo recordarlo.
—¿Quieres que te lo recuerde? —Bajó la voz y su mirada se desvió a mis labios—. Hoy me encuentro en un estado de ánimo muy apropiado, la verdad.
—No —repuse, aspirando el aroma de su colonia mientras él se acercaba—.No es necesario que me recuerde nada.
—¿Y qué te parece una repetición? —Hizo desaparecer el espacio entre nosotros—. Sin duda, la respuesta será diferente.
—En realidad, no será…
—¿Por qué?
—Sencillamente no lo será. —Me alejé de él al instante, acercándome a la parte donde estaban los buzones individuales. Empecé a comprobar las cajas que contenían pegatinas, sintiendo que lo tenía un paso detrás de mí. Entonces empezó a tirarme del pelo con suavidad, imitando el mismo ritmo con el que había hecho eso aquella noche.
—Date la vuelta —susurró, y me hizo girar sin titubear.
Me miró con esos ardientes ojos azules para apretar una mano contra mi mejilla.
—¿Has recibido mi regalo?
—Eso no ha sido un regalo.
—El regalo ha sido no presentar cargos. La caja era un recordatorio de lo generoso que estoy siendo al no informar al respecto.
—Bueno…, pues muchas gracias por devolverme lo que originalmente era mío… Aunque, ahora que lo pienso, en la caja no estaba mi ropa interior.
—Me la he quedado.
—¿Como recuerdo?
—Como recompensa. ¿A qué hora sales hoy?
—Lo siento, señor. —Lo miré con los ojos entrecerrados—. No tengo autorización para darle información sobre los empleados, y dado que me pagan por hora, tengo que irme a trabajar.
—Dime, ¿en qué habitación estás robando hoy?
—En ninguna. Soy solo una empleada.
—Lo dudo mucho. —Sonrió, haciendo caso omiso de mi pobre intento de liberarme. Sus labios rozaron los míos y, poco a poco, se inclinó hacia delante, usando las caderas para inmovilizarme contra los buzones.
Me puso un dedo sobre los labios.
—¿No has pensado en el polvo que echamos?
—No.
Se me quedó mirando fijamente a los ojos.
—Dime a la cara que no has soñado con la forma en que mi polla te llenó durante horas y te dejaré en paz al instante.
Tragué saliva, incapaz de decir una palabra.
—Eso imaginaba. —Se inclinó de nuevo hacia delante para apretar la boca contra la mía, para dejarme otra vez indefensa por completo… Aunque en el último momento volví la cabeza, dejando los labios fuera de su alcance.
—Hoy es uno de los últimos días que trabajo aquí, por lo que, independientemente del hecho de si he pensado en volver a mantener relaciones sexuales contigo o no, me gustaría no tener que verte durante las horas que me quedan. Y puesto que el residente de la 80A ha cancelado nuestros servicios, estoy segura de que mi deseo se hará realidad.
—No será así. —Se puso otra vez delante de mí, tapando la luz—. ¿Dónde están las cámaras de esta sala?
—¿Qué?
Parecía totalmente dispuesto a empezar a follarme.
—¿Dónde están las cámaras de esta puta sala? Ladeé la cabeza.
—En la esquina superior, encima de la puerta.
—¿No hay nada en el lado derecho?
Negué con la cabeza y me cogió de la mano, arrastrándome más allá de los buzones de correo y de la esquina.
De repente, mi espalda chocó contra la pared, y Naruto tiró de la banda elástica que me sujetaba el pelo, haciendo que este me cayera sobre los hombros. Nuestras bocas se encontraron en un frenesí de labios húmedos mientras luchábamos por tener el control.
En el momento en el que empezó a mordisquearme el labio inferior, me cogió la mano y la puso sobre su cinturón, ordenándome sin palabras que se lo desabrochara. Me soltó con rapidez los pantalones color caqui del uniforme y me soltó durante unos segundos, el tiempo suficiente para que susurrara que me bajara el pantalón.
Me las arreglé para sacar una pernera y ver cómo se ponía un condón antes de que sus labios chocaran de nuevo contra los míos.
Cerré los ojos y me rendí a él, le entregué el control, permitiendo que su boca domesticara la mía.
Me cogió la pierna derecha y la subió hasta su cintura al tiempo que me mordía el cuello. Estaba a punto de penetrarme cuando el sonido de la apertura de las puertas metálicas llenó la estancia.
—Naruto … —Intenté bajar la pierna, pero no me lo permitió.
—¿Qué?
—Está a punto de entrar alguien.
—¿Y?
—Es posible que nos pille.
—Bueno. —Se impulsó hacia mí con un profundo golpe, haciéndome gemir con una mezcla de dolor y placer.
—Ahhh… —sollocé, arañándole la piel del cuello—. Joder…
Él hizo caso omiso de mis gemidos, me apretó las nalgas y subió mi otra pierna hasta su cintura. Luego me cogió los muslos para empezar a moverme arriba y abajo de su polla.
—Como pueden ver… —Una voz femenina llenó repentinamente el espacio, así como el repique de unos zapatos de tacón contra el suelo de mármol, no demasiado lejos de nosotros—. Si deciden quedarse aquí, tendrían acceso a innumerables servicios.
Apreté el hombro de Naruto, tratando de que fuera consciente de la situación, pero siguió embistiendo en mi interior, apretándome las nalgas con más fuerza.
—Los estoy oyendo… —susurró contra mi boca—. Y no me importa.
Se apoderó de mis labios en un beso abrasador, haciendo que le clavara las uñas.
—Spring Clean Associates es la empresa responsable de la limpieza de todos los apartamentos del edificio, y si deciden vivir aquí, dispondrán de línea directa con ellos cada vez que necesiten algo. También tendrán acceso a esta sala de correo privada.
Notaba que mi sexo latía alrededor de la polla de Naruto, y sabía que estaba a solo unos segundos de perder el control, a punto de gritar.
—¿Ha oído algo? —preguntó una voz masculina desde el otro lado del mostrador.
—Lo cierto es que no —respondió la otra voz con rotundidad—. ¿A qué se refiere?
—No estoy seguro.
—Mmm… —gemí por lo bajo, y Naruto apretó su boca sobre la mía mientras mi cuerpo convulsionaba contra el suyo. Amortiguó con los labios cada uno de mis sonidos mientras me corría.
Luego oí que los pasos se alejaban en dirección opuesta y, un poco más tarde, el sonido de las puertas al cerrarse. Naruto siguió penetrándome unas cuantas veces más y encontró su propia liberación.
—Joder, Hinata … —resopló—. Joder…
Aún entrelazados, nos miramos el uno al otro, yo empapada, todavía con su polla dura y palpitante en mi interior.
Lo vi sacudir la cabeza mientras, sosteniéndome por las caderas, se retiraba suavemente de mi cuerpo para dejarme en el suelo.
Jadeando, busqué en sus ojos una reacción, la realidad que podía estar pasando por su mente, pero solo vi tormentas en sus iris, manchas de color gris oscuro que destacaban en la brillante superficie azul. Vi muchos momentos como este, palabras dichas que no significaban nada, y lo más importante, vi dolor. Para los dos.
Sin decir una palabra, me puso la banda elástica en la mano y retrocedió.
Evité su mirada mientras deslizaba la pierna en los pantalones y recogía el pendiente que se me había caído. Me apoyé en el rincón, esperando a que se alejara, pero él se limitó a subirse la cremallera y a observarme.
—Esto no puede suceder de nuevo —sentencié finalmente.
—Sin duda.
—Lo digo en serio. No voy a darte mi número de teléfono.
—No recuerdo habértelo pedido. —Me subió la barbilla con los dedos—. Si he dicho «sin duda» es porque estoy totalmente de acuerdo contigo. Esto no puede ocurrir nunca más. —Dio un paso atrás y se ajustó el cinturón, manteniendo los ojos clavados en los míos.
Lo estudié mientras se alisaba la camisa, mientras se movía hasta entrar en el ángulo de visión de las cámaras.
—Adiós, Hinata —pronunció después como si no acabara de follarme contra la pared. Y salió de la sala hacia los ascensores.
De repente, se me ocurrió algo y lo seguí por el pasillo.
—Espera —lo llamé. Él se detuvo de inmediato y me miró por encima del hombro.
—¿Sí?
—Tengo una muy buena razón para decir que esto no puede suceder de nuevo, pero…
—Pero ¿qué?
Se abrieron las puertas del ascensor.
—¿Cuál es la tuya? —pregunté.
—Razones, en realidad. —Se cruzó de brazos—. Son tres.
—¿Te importaría compartirlas?
—Primera, ningún coño es tan bueno que quiera follarlo más de un par de veces, incluyendo el tuyo. Segundo, me da la impresión de que eres de las que quiere un novio, y la tercera, otra vez la primera.
—Que te den, Naruto. —Di un paso hacia él cuando ya entraba en el ascensor, odiando que sus argumentos me dolieran tanto—. Para que conste, el sexo contigo no está mal. Pero he tenido polvos mejores, mucho mejores.
—No es cierto.
—Lo es, y ¿sabes qué? Ahora que no tengo que volver a verte en persona, creo que debería llevar a alguien a tu casa esta noche para que tú y tus numerosas cámaras de seguridad podáis tener muchas imágenes de cómo se hace de verdad.
—Inténtalo, Hinata. —Me miró con los ojos entrecerrados—. Lleva a alguien a mi apartamento e inténtalo.
—Lo haré, Naruto. Si quiero, lo haré.
—Cállate. —Sus labios tocaron los míos—. Cállate ya.
—Tú primero. —Di un paso atrás cuando las puertas del ascensor empezaron a cerrarse—. Espero no volver a verte, Naruto.
—No lo harás, Hinata.
