HINATA

La alarma sonó exactamente a las seis de la mañana en la habitación del hotel, y tuve que reprimirme para no llorar y desear que todo fuera una broma. Todavía tenía los músculos doloridos y los pies tan entumecidos que no podía sentirlos. Habría matado por un par de horas más de descanso. O por que me hubieran asignado otra ruta…

Ser destinada a trabajar en la primera clase con Ambu era como una sentencia a muerte, y a menos que hubiera algún tipo de intervención divina, estaba segura de que no iba a durar mucho más tiempo.

Durante cuatro semanas, había recitado la carta de vinos y quesos en cada uno de los servicios —así como las cinco comidas y las reglas de seguridad— a los pasajeros de primera clase en las rutas que cubrían los trayectos entre Portland y Fort Lauderdale, entre Seattle y Los Ángeles, entre Atlanta y Beijing, entre Beijing y Nueva York. Por no hablar de las numerosas ciudades que había de escala en el medio.

Me había apresurado a través de las terminales sobre mis nuevos zapatos de tacón —casi tres centímetros más altos que los de antes—, me había obligado a sonreír a los pasajeros más maleducados, me había adaptado a los constantes cambios de zona horaria, sorprendida de haber logrado mantener en secreto mi frustración. Sobre todo porque me habían emparejado para trabajar con la peor supervisora, según decía todo el mundo.

«El halcón», es decir, la señorita Connors.

Esa mujer estaba tan obsesionada con la perfección que vigilaba todos mis movimientos, todas mis respiraciones. Según ella, las pinzas que me ponía en el pelo estaban demasiado inclinadas hacia la izquierda, mis habilidades para servir bebidas parecían las de una camarera ciega y me consideraba indigna de compartir su ruta, que contaba con tantos destinos lujosos.

Siempre revoloteaba a mi alrededor. Siempre. No importaba lo mucho que tratara de hacer las cosas al modo de Elite, ella seguía insistiendo en que las hacía de la forma equivocada.

Solo tenía un respiro cuando me recluía en mi habitación. Mientras la mayoría de la tripulación se reunía en el bar del hotel o quedaba para explorar la ciudad, yo me quedaba en cama, disfrutando del mayor número de horas de sueño posible. No importaba cuántas veces intentara no soñar con Naruto, mi mente siempre se rebelaba contra esas intenciones.

Imágenes de sus besos y su forma de follar inundaban mis pensamientos más inocentes, y seguía recordando la manera en que sus labios se apoderaban de los míos. Traté de seguir adelante, de llevar a cabo el consejo de Ino y quedar con otra persona, pero todos los hombres salían perdiendo cuando los comparaba con él. La atracción era menos intensa y las conversaciones no me llenaban.

Después de que la alarma sonara durante cinco minutos, giré de medio lado y la apagué. Luego cogí el teléfono de la habitación y marqué el cero.

—Recepción del Dallas Airport Marriott —respondió una mujer ante el primer timbrazo—. ¿En qué puedo ayudarla?

—¿Podría enviarme un café?

—Por supuesto. —Me pareció demasiado alegre para este momento del día—.¿Normal o descafeinado?

—Normal.

—Enseguida se lo envío.

Me envolví en uno de los albornoces del hotel y me senté en la silla que había en la esquina, intentando despertarme poco a poco y pasar las horas que quedaban antes de mi próximo vuelo viendo algo sin sentido en la televisión, pero de repente me encontré el nombre de mi hermano mayor en la pantalla del teléfono.

Dudé si responder, sin saber si debía hablar con él tan temprano o no.

Neji no era tan malo como mis hermanas o mis padres, pero tampoco estaba de mi parte. Se reía con sus humillaciones, pero después me ofrecía una sonrisa de simpatía. Me incluía en su vida, no con arrogancia, sino que intentaba actuar como si yo estuviera consiguiendo hacer algo bueno con mi vida.

Respiré hondo y respondí antes de que su llamada fuera desviada al buzón de voz.

—Hola, Neji, ¿qué tal?

—¿Qué tal? ¿¡Qué tal!?

«Uff…».

No se trataba de Neji, era mi hermana mayor, Rem.

—Hinata, durante las dos últimas semanas te he llamado dos veces todos los

días. No solo no me has devuelto las llamadas o considerado la idea de enviarme un mensaje de texto, sino que respondes sin más a Neji. Me pregunto por qué…

—Seguramente porque Neji no es una zorra…

—¿Qué acabas de decir?

—Nada. —Me aclaré la garganta—. ¿Ha pasado algo?

—Neji ha cambiado de opinión sobre la petición de mano. En lugar de hacerla aquí, en casa, se lo va a proponer en Nueva York, que es donde se conocieron, y quiere que asistas. Por lo tanto, asegúrate de pedir el día libre en ese miserable trabajo tuyo si estás ocupada, y si no podemos encontrar un hotel adecuado, tendremos que quedarnos en el apartamento de Lexington Avenue del que tanto presumes. ¿He dicho ya que tienes que pedir el día libre?

—El mío no es un trabajo miserable, Rem —espeté—. Es algo importante.

—¿Lo es? —se rio—. Porque si es tan importante, ¿por qué no aparece tu nombre en la página web? ¿Por qué cuando te busqué la semana pasada no estabas incluida en la lista?

Apreté los dientes, casi a punto de creerme yo misma la mentira que había urdido.

—Como he dicho antes, soy… —Tosí—. Soy una de las más prometedoras editoras de mi departamento. La quinta en orden de importancia, y en la página web solo aparecen las tres primeras. Por enésima vez, ser la editora más joven en la historia de The New York Times no es moco de pavo.

—Tienes razón —asintió, pareciendo sincera—. Amy y yo estamos estudiando y buscando curas para todos los virus conocidos, Mia está batiendo hitos en medicina, Toneri gana todos los casos en los tribunales, y tú… —Suspiró—. Tú recibes recortes de papel y marcas líneas rojas sobre artículos que nadie lee. Por lo tanto, supongo que tienes razón, Hinata. Tu trabajo no es miserable, después de todo; es peor. Es nada.

—Suficiente, Rem. —La voz de mi madre resonó en la línea mientras yo contenía las lágrimas de rabia que amenazaban con caer.

—Hinata, lo siento —me dijo mi madre—. Llevamos días llamándote sin parar una vez más y se nos ocurrió que usar el teléfono de Neji era la mejor manera de comunicarnos contigo. ¿Te importa si tenemos que pasar un par de noches en tu apartamento el fin de semana de la proposición?

—Depende. —El horrible dolor que sentía al hablar con mi familia inundó mi pecho—. Depende de si vais a dejar de actuar como si fuera una especie de decepción.

—Oh, Hinata … —Su voz era suave—. Es que eres una decepción. Pero no

pasa nada. No todos podemos ser importantes, y te quiero de todas formas. No es el fin del mundo si…

Colgué y bloqueé todos sus números. Sabía que tendría que desbloquearlos con el tiempo, así como encontrar una manera de decirles que ya no tenía el apartamento de Lexington Avenue, pero no quería que me arruinaran el día antes de que comenzara.

Subí el volumen de la televisión justo antes de que llamaran a la puerta.

—¡Un segundo! —Me levanté y cogí las tazas usadas de café antes de ir hacia la puerta. Pero cuando abrí, vi que no era el servicio de habitaciones con cápsulas para la cafetera. Era la señorita Connors.

Ya vestida con el uniforme y tan impecable como siempre, me miraba como si estuviera cometiendo algún tipo de delito.

—Mmm… Buenos días. —Me anudé con más fuerza el cinturón de la bata—.

¿Ocurre algo?

—Ocurre algo malo, señorita Hyuga . —Miró el reloj—. Son casi las siete.

—¿Le molesta que en este hotel el desayuno no empiece hasta las siete y media?

—Son casi las siete y todavía no está abajo, conmigo, preparada y esperando para ir al aeropuerto —explicó, haciendo caso omiso de mi comentario—. Son casi las siete y está envuelta en un albornoz y sin maquillar.

Me sentía muy confusa.

—Hoy no tenemos que estar en el aeropuerto hasta las diez, ¿verdad?

—¿Lo pregunta o lo afirma?

—Lo afirmo… —Traté de mantenerme tranquila—. El vuelo no es hasta las once cuarenta y cinco. Y el aeropuerto está, literalmente, al final de la calle; si vamos ahora, llegaremos con cuatro horas de adelanto. Tres horas antes que el resto de la tripulación.

Se me quedó mirando.

No supe que más decir. Si un «De acuerdo, nos veremos abajo cuando llegue el momento» o seguir mostrándome realmente confusa.

—Señorita Hyuga —dijo antes de que pudiera tomar una decisión—. No sé por qué tengo que seguir haciendo hincapié en esto con usted, pero se lo voy a decir una vez más. Yo no soy como todo el mundo, y dado que los responsables de la aerolínea han decidido que trabaje conmigo durante los próximos meses, significa que usted tampoco es como los demás. Llegar antes es llegar a tiempo, y sus llegadas deben ser perfectas. —Se cruzó de brazos—. Como las mías. Y ahora, que ya he perdido cinco minutos con usted, tiene un cuarto de hora para reunirse conmigo en la planta baja. De lo contrario presentaré un informe y será degradada a trabajar con otro supervisor que solo vuele a lugares como Detroit, Chicago o Virginia.

Me mordí la lengua, reprimiendo lo que de verdad sentía por ella y sus malditos principios de sincronización y perfección.

—¿Algo que añadir, señorita Hyuga ? —Ladeó la cabeza—. ¿Algo diferente a «Me encanta trabajar para Elite»?

—No. —Forcé una sonrisa—. Me encanta trabajar para Elite.

—Me lo imaginaba. —Miró su reloj—. ¡Oh, guau! Ahora solo le quedan trece minutos. Nos vemos abajo.

Se alejó sin decir nada. Una vez que cerré la puerta, ahogué toda mi frustración gritando contra la almohada.

Esa misma mañana, el olor a café y panecillos recién hechos se colaba por los pasillos de la terminal de Dallas, Fort Worth International. Los pasajeros formaban largas colas esperando para el desayuno, y las señales azules que colgaban por encima de cada puerta brillaban bajo los fluorescentes blancos.

Hice rodar mi maleta por el suelo por segunda hora consecutiva, buscando la manera de matar el tiempo dado que el salón de tripulaciones estaba lleno. Con tiempo de sobra, entré y salí de varias tiendas, examinando cosas que no tenía intención de comprar, cosas que ojalá hubiera podido permitirme comprar.

Observé a algunos pasajeros que posaban delante de la tienda de los Dallas Cowboys antes de subir a la lanzadera que conectaba las seis terminales del aeropuerto. Cuando por fin no podía aguantar más, decidí comprar algo para leer.

Entré en librería Hudson Booksellers que había en la terminal B y me dirigí directamente a los libros del estante del fondo, los éxitos de ventas. Durante las últimas semanas, había leído muchos de esos libros, incluso había intercambiado algunos con pasajeros de vuelos de larga distancia.

Cogí el último éxito de Grisham, una bolsa de patatas fritas y me puse a la cola para pagar. Cuando estaba sacando la cartera, me sonó el móvil. Era Ino.

—¿Hola? —respondí, entregando a la cajera un billete de veinte dólares.

—¡Hola, desconocida! —Tenía la voz inusualmente aguda—. ¿Cómo va la vida por los aires esta semana?

—Es agotadora, pero te he comprado algo en Beijing la semana pasada. Creo que te puede gustar.

—Estoy segura. ¿Te trata mejor el Halcón?

—No. —Puse los ojos en blanco ante la idea—. Se las arregla para ser todavía peor. ¿Cómo va el mundo de la moda?

—Despiadado y feroz como siempre —dijo—. Ya te contaré. Te llamo porque ayer vino Toneri a buscarte. Te ha dejado un ramo de rosas y una tarjeta. ¿Quieres que abra el sobre y te lea la carta?

—No especialmente.

—Demasiado tarde. Ya la he abierto. —Se aclaró la garganta—. «Estimada Hinata : hace un mes desde que hablamos por última vez y sé que estás enfadada conmigo por haberte engañado, pero que no trates siquiera de entender mi postura es un poco injusto. Dicho esto, estoy dispuesto y preparado para un compromiso. Puedes acostarte con otras personas de vez en cuando (dos como mucho), y no es necesario que hablemos sobre ello. Nos centraremos en nosotros cuando estemos juntos y dejaremos fuera a los demás cuando estemos separados. Te amo (sí, estás leyendo bien, TE AMO). Toneri. Postdata: ¿A qué hora puedo recogerte el fin de semana para tener sexo?».

—Qué romántico… —Como para no creerle—. ¿Eso es todo?

—Por desgracia. —Oí el sonido de agua corriendo al fondo—. Las rosas son preciosas. Voy a dejarlas en mi habitación. A propósito, ¿has tenido por fin sexo salvaje con algún tipo de primera clase?

—No, no lo he tenido. —Salí de la librería y bajé las escaleras para esperar la lanzadera Sky-Link—. Todavía no estoy acostumbrada a viajar tan a menudo, así que no he tenido tiempo.

—Hinata …, todavía sigues colgada de ese tipo que conociste en la fiesta de la terraza, ¿verdad?

—¿Qué? No, no, no es eso. De verdad. —Ni siquiera intenté sonar convincente

—. Andar variando de zona horaria y el servicio en primera clase me está pasando factura. Eso es todo.

—Oh, claro… —Se rio—. Te daré una semana más para que fantasees con ese hombre, pero cuando estés de vuelta en Nueva York la semana próxima, vamos a buscar a otro tipo. Lo antes posible.

—¿Sabes? Estoy muy agradecida de tener una amiga como tú, que se preocupa tanto por los visitantes que pueda tener mi vagina. Muchas gracias.

—Así es…, de nada —repuso—. Oh, y una última cosa. Tu buzón está empezando a llenarse de nuevo. Winnie the Pooh, Ana de las Tejas Verdes,Ten Ten L. . y Katniss Everdeen te han enviado diez cartas cada uno esta semana. Me he tomado la libertad de devolver los sobres sin abrir, pero en serio,

Hinata … Tiene que haber al menos un centenar de cartas en casa. ¿Cuándo vas a hacer algo al respecto?

—Depende. ¿Cuándo vas a dejar de traer chicos a casa y de despertar a todos los vecinos con tus gritos de éxtasis?

Colgó de inmediato, y su carcajada resonó en mis oídos justo antes del pitido.

—Próxima parada, terminal A. Puertas de embarque de la uno a la veintiuno — decía una voz suave por los altavoces cuando subí a la lanzadera—. Por favor, se van a cerrar las puertas, manténganse alejados de ellas.

Las puertas se cerraron y el vehículo se impulsó hacia delante sobre las vías, lo que obligó a los pasajeros a agarrarse al pasamanos con más fuerza. Miré el plano que había sobre la puerta y conté el número de paradas que quedaban para que me bajara.

Al otro lado de las ventanillas, se podía ver a varios aviones preparándose para volar, dando la vuelta a la pista, mientras los controladores de tierra agitaban palos brillantes en el aire para ayudar a los pilotos a maniobrar. Frente a mí, una pareja se cogía de las manos y reía mientras se quejaban de la seguridad del aeropuerto; a mi lado una mujer gritaba por el móvil que los agentes del filtro de seguridad eran unos completos groseros.

—Próxima parada, terminal C. Puertas de embarque de la veintiuno a la treinta y nueve. —La lanzadera se detuvo, y solté la barandilla para dejar hueco a la gente que entraba. Pero cuando las puertas se abrieron, me quedé paralizada.

El hombre que estaba entrando era el tipo que había protagonizado todos mis sueños húmedos durante las últimas semanas, y hacía girar la cabeza de todas las mujeres con las que se cruzaba. Estaba mirando algo en el móvil, completamente ajeno a las mejillas ruborizadas y a los susurros que provocaba. Yo di varios pasos hacia atrás, regresando al lugar que había ocupado antes.

Confusa, mantuve los ojos en él, dándome cuenta de que era todavía más atractivo de lo que recordaba. Tenía los labios apretados con irritación mientras escribía un mensaje en su móvil, y yo no podía dejar de pensar que esos mismos dedos me habían acariciado y se habían deslizado en mi interior.

Su aspecto en ese momento solo representaba un problema. Era un piloto. Un piloto de verdad.

Estaba vestido con el uniforme azul marino correspondiente, con los cuatro galones de capitán dorados en las mangas. La chaqueta se adaptaba perfectamente a su constitución, sin ocultar por completo los cincelados abdominales que había debajo. Y mientras se agarraba con la mano libre a la barandilla, la gorra cayó hacia delante, ocultando sus preciosos ojos azules.

Parpadeé un par de veces, tratando de darle sentido a la situación, negándome a aceptar que no era un espejismo de mi mente. Cuanto más lo pensaba, sin embargo, mejor encajaba todo. Él no estaba nunca en el ático, no invertía demasiado tiempo en que aquel espacio fuera realmente personal, salvo por aquellas fotografías aéreas, y la primera conversación que mantuvimos, en la fiesta, adquiría más sentido. Aunque, sencillamente, no quería aceptar la innegable realidad.

La lanzadera se detuvo cuando llegamos a otra parada, pero él mantuvo los ojos pegados a la pantalla del móvil.

Traté de apartar la mirada de él, de volver la vista a lo que se veía más allá de las ventanillas, pero mientras él apretaba los dientes, moviendo un dedo sobre la pantalla, no pude evitar estudiarlo durante un poco más de tiempo.

Algunos pasajeros se subieron a la lanzadera, y justo cuando robaba una última mirada, él levantó los ojos y movió la cabeza hacia mí.

Arqueó una ceja y me miró de arriba abajo con una expresión que pasó de estoica a confusa. Luego, aquella familiar sonrisa arrogante curvó sus labios.

Soltó la barandilla y se acercó, agarrándose al pasamanos que estaba a mi lado, haciendo que su mano rozara la mía.

—Hola, Hinata.

—¿Hinata? —Fingí sorpresa—. No, creo que me ha confundido con otra persona.

—La tarjeta identificativa pone «Hinata », Hinata. —La sonrisa se hizo más amplia mientras me miraba—. Y mi polla estaba enterrada en tu coño hace cuatro semanas, así que estoy seguro de que no me he confundido de persona.

La mujer que estaba a nuestro lado contuvo el aliento y se alejó.

—¿Tú… tú…? —Me sonrojé sin poder creerme que hubiera dicho eso en voz alta—. ¿De verdad tenías que decir eso, Naruto ?

—¿De verdad tienes que actuar como si no me conocieras? —Arqueó una ceja

—. Por cierto, he rebobinado las cintas de seguridad desde la última vez que hablamos. No te has tirado a otro tipo como mencionaste, ese que, supuestamente, es mejor amante que yo.

—De supuestamente nada.

—Sin duda sí, supuestamente. —Todavía seguía susurrando—. Y una parte de mí está empezando a pensar que te lo inventaste. Sin embargo, si no ha sido así… —Me miró un poco celoso—, si era tan buen amante, por qué ibas a venir a casa conmigo.

El hombre que tenía al otro lado se acercó más.

—No me he inventado nada, decidimos ir a un hotel —expliqué, bajando la voz—. Decidí que no quería mirones, decidí que no necesitabas ver nada.

—¡Qué lástima! Tenía ganas de aprender lo que no hay que hacer. —Me miró, entrecerrando los ojos según pasaban los segundos—. Realmente tienes que trabajar eso de mentir, Hinata. No se te da demasiado bien.

—¿Puedo suponer que es tu especialidad?

—¿Mentir?

—Negar —repuse—. Eres demasiado arrogante para creer que cualquier otra persona podría hacerlo mejor que tú.

—Solo en un tema en particular. —Se aproximó un paso más, ya que los pasajeros nos empujaron para bajarse en la terminal C—. Nunca hubiera supuesto que eras asistente de vuelo.

—¿Es un insulto?

—Un cumplido. —Hizo una pausa mientras el vehículo se ponía en marcha una vez más—. Ahora tiene mucho más sentido que te hicieras pasar por piloto

—me susurró al oído.

—Podría decir lo mismo de ti. No me dijiste que eras piloto.

—¿Y en qué momento, entre comerte el coño y follarte contra la pared, iba a mencionar tal cosa?

Noté las mejillas calientes mientras él cerraba el espacio entre nosotros, mientras pasaba los dedos sobre el pin de vuelo plateado.

—¿Cuánto tiempo hace que te dedicas a esto? —preguntó.

—Casi dos años. ¿Y tú?

—Veinte.

—¿Qué? —Tragué saliva, haciendo los cálculos en silencio en mi mente. No parecía tener más de treinta, y eso tirando por lo alto—. Por tanto, ¿estás a punto de cumplir cincuenta? ¿Cuarenta y tantos?

Otra sonrisa.

—Treinta y tantos. ¿A dónde vas?

No respondí. Él había dejado de toquetear el pin y me miraba con la misma intensidad que me estudiaba cuando nos conocimos.

—¿Es necesario que busques tu programación, Hinata ? —Se inclinó hacia delante—. Te he preguntado que a dónde te diriges —me susurró al oído.

—Más allá del mar.

—Seguro que puedes ser más específica. ¿A qué ciudad?

—A Londres. ¿Y tú?

—A Londres.

La lanzadera tomó la curva que la llevaba a mi parada y lancé una mirada a su chaqueta, buscando el anagrama de Elite, sin saber si desear que trabajáramos para la misma compañía aérea. No lo encontré y solté un suspiro de alivio.

—Bien —dije, tras aclararme la garganta—. Mi parada es la siguiente. Ha sido interesante verte de nuevo, Naruto.

—¿Solo interesante?

—Sí, solo interesante —repuse.

No añadió nada, solo me miró, haciendo que se humedecieran mis bragas sin necesidad de ningún esfuerzo.

—Próxima parada, terminal D. Puertas de embarque de la uno a la veintidós.

—Anunció el sistema de altavoces—. Por favor, dejen paso.

Naruto pasó junto a mí y se detuvo de repente para mirarme por encima del hombro.

—Solo hay un vuelo de Ambucon destino a Londres esta mañana. Es aquí donde tenemos que bajarnos, ¿verdad?

Lo miré boquiabierta. No podía pensar ni decir nada. Me quedé mirándolo mientras aquella preciosa y sexy sonrisa cruzaba su cara, como una firma. Mientras me miraba de la misma forma que cuando me empujó contra su estantería.

—Puesto que no vas a bajarte en este momento —dijo, dando un paso para salir mientras me observaba con diversión—, nos vemos a bordo.


Jaja esta pareja está de locos, me da una gracia jajaja