Es un compendio de historias "what if" de 9 capítulos en diferentes secciones cronológicas. Como advertencia es crudo y explícito en algunas partes. Agradezco al curioso lector su preferencia y espero sea de tu agrado. Déjamelo saber en tu RW.
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Año 768
"Hubo una época donde éramos libres"
"Hubo una época donde creíamos en la justicia, donde había al final del día la creencia resiliente. Ahora la vida es solo un conjunto de eventos sin propósito"
El eco en el rencor de esas palabras, resonaba en la caverna, como una oración silenciosa de muerte, dos figuras se abrían paso al murmullo sórdido del viento que soplaba en la distancia. Quedaba entendido entre ellos, que quizá esas serían las últimas palabras que pudiesen hablar.
—Ese no es el camino de un Kaioshin— La gruesa voz de su enorme acompañante reprendió.
Ganó a cambio una sonrisa desganada.
— Kibito, amigo— posó la mano sobre el brazo de su compañero— perdona el pesimismo en este crucial momento— declaró con la vista fija sobre el horizonte. Había tanto en juego, tantas historias perdidas, tantas derrotas ganadas.
—No podemos rendirnos ahora— Le instó a no abandonar esa fe que le caracterizaba —Todavía queda una esperanza—
— La última esperanza serás tú— Pasó la legendaria espada ceremoniosamente a sus manos—Busca al último guerrero libre, encuentra el planeta del dios y devuelve las cosas a su orden— Suplicó, incapaz de mantenerle la vista — Ahora solo los inmortales pueden cambiar el curso de las cosas.
—Si usted es eliminado, nuestro último recurso perecerá también— Con desconcierto, intentó devolver el artefacto, sin embargo, fue rechazado en el acto.
—No sucederá — Contestó con firmeza—Me absorberá para destruir los anillos del tiempo—asintió recordándole la razón de su sacrificio, puesto que su poder divino, era el único capaz de manipular dichos portales —Tendrás esa última oportunidad para despertar al dios de la destrucción y terminar con todo esto— Pausó al notar que no quedaba mucho para que finalmente le encontraran— Encontrar todos los anillos le llevará tiempo.
—No se ha cumplido el tiempo de espera—Kibito admitió con decepción, pues la última visita acordada no había tenido beneficio alguno —Si no tengo éxito, seré destruido por su guardián…. lo dicta la ley.
—No habrá un universo que resguardar si no lo intentamos— Insistió con mayor severidad, no era tiempo de seguir los antiguos protocolos, no existía otro modo de hacer las cosas ahora.
—Esto es mi culpa — Atormentado se aferró a la espada cayendo de rodillas al suelo. Intentando clarificar la pesada carga de sus culpas internas, no podía solo irse en busca de una última oportunidad, prefería quedarse a luchar hasta el final—Debíamos eliminar a ese miserable, cuando pudimos.
—No tiene caso ahora pensar en nuestras faltas— Le silenció de tajo. Con solo un vistazo indicó la retirada, no había otra forma de ganar más tiempo del que hasta ese momento habían conseguido. Relajando sus facciones adquirió un aspecto más suave, las expresiones benévolas de su raza siempre eran gratas. Posó la mano sobre el decaído hombro — Llegarán pronto… es mejor …que te marches ya—
Asintió pese a las réplicas internas, se dispuso a desaparecer de inmediato. Todavía tenía un deber que cumplir.
—Hasta pronto amigo—
Susurró sin voltear, tomando postura mientras esperaba el final de todo.
—Si el amo tiene éxito, no veo por qué siga siendo necesario continuar el programa—
El silencio reinaba en la sala.
La incomodidad en el ambiente siempre era orden del día.
— No se ha dictaminado la orden— el humano anciano contestó, sin emoción alguna en la voz — dispondremos de todos los elementos cuando el amo así lo requiera —
—¿Continuamos con la carga normal de bloqueadores? — Preguntó apresuradamente cambiando de tema, no olvidaba que las mentes científicas eran constantemente monitoreadas, un solo desatino y serian dispuestos como carnada de los monstruos que vivían en el complejo. Todas las sádicas criaturas existentes, que conformaban la ridículamente poderosa colección de ese loco enano ambicioso.
Lo mejor de lo mejor, recabado en sus largos caminos por el universo: Las mejores mentes, los mejores guerreros.
—Procedo, cargas normales menos 20%, el suero inductor está al 30%— El humanoide amarillento amaba repetir procesos técnicos, era su única forma de mantener una constante en el mundo que le rodeaba.
Los encargados miraban el redondel, donde transcurría con toda cotidianidad impúdica, la escena, carente de sentido y estética, excedida en crudeza y brusquedad.
Sobre la frente del perpetrador observado, escurría el sudor, la peligrosa mirada oscura concentrada en el aura amarillenta de las luces, la inercia natural pesaba sobre su ya nublada visión, solo podía aferrarse a esa deliciosa sensación paulatina, la brusquedad de sus movimientos, friccionando irresistiblemente su carne sobre esa húmeda suavidad. El olor de su excitación creciente a punto de estallar y los sugerentes golpes secos en ese femenino cuerpo, que aguantaba sus duros embates entre gemidos rítmicos cortados.
Se veía entrar y salir de ella, la piel erizada con una clara diferencia en proporciones anatómicas injustas, montaba todo su estrecho espacio sin poder dejar de ansiar más, sin saciarse una y otra vez empujando más rápido, más profundo, un olor pungente de todos los fluidos derramados se colaba en el subconsciente. Echó un vistazo a su víctima tendida a su disposición, suspendida en el acto, susurrando incoherencias entre las que juraba podía escucharle gemir su nombre con desvergüenza. Deslizaba con perezosa sensualidad los finos dedos entre su cabellera celeste, mientras abría aun mas las piernas para él, balanceando el peso de sus senos en la violencia del paso al que era sometida.
Sabía que terminaría pronto, ella apretó los ojos arqueándose aún más al jadear, involuntariamente estrechándose contra él, contrayendo y retrayendo su interior, presión instintiva que lo envió de nuevo por los cielos desatando su propio final, se aferró a las tersas caderas con fiereza, otorgando toda la carga de su propio preciado líquido una vez más. La evidencia escandalosa goteaba impúdica, acumulada en exceso sobre ambos cuerpos, ambos aun sopesando los efectos de su acto, ¿Cuánto tiempo habría pasado? Ya ninguno intentaba recordar.
—Protocolo completo— Anunció la frívola voz nasal, como formalidad de rutina —Procedo a deshabilitar cargadores al 70% —
—Ese desperdicio de neuroquímicos me parece innecesario— Escrudiñando la escena entre sus fríos ojos azules, el senil científico lúgubre, observaba inexpresivo el transcurso del proyecto.
—No sabemos si de otro modo seguirían cooperando, doctor—el amarillento y diminuto humanoide replicó continuando el proceso de desensamble.
—Lo sabemos— Bostezó sobre el dorso de su mano, entreteniendo los dedos momentáneamente sobre sus características argollas doradas — Pero es mejor no llamar la atención por ahora, Kikono—Aguzó el entrecejo hacía el intercambio social acusatorio que proseguía a la pareja. Inequívoca muestra de un lamentable apego tonto. Más, no le interesaba en lo más mínimo escuchar. A pesar de que alguna vez fue su mortal enemiga, siempre era degradante ver a un colega de tal talla, reducido a esto. Tanto potencial, tan poca gracia en ese indecoroso fin y sobre la minúscula empatía estaba su propia desgracia, reducido a comandar proyectos de naturaleza tan minúscula. Aunque después de todo, todos ellos habían aceptado su destino en esclavitud hace tiempo, todos terminarían siendo herramientas en los planes de alguien más. Su suerte radicaba en la eficiencia con la que sus tareas fuesen cumplidas —Reestablezcan el aislamiento en breve— ordenó al resto de los droides y personal encargado — haremos la revisión en 24 horas.
Se alejó del cristal para tomar su sitio antes de que la diadema de bloqueadores desactivara sus funciones. Desde su ultimo atentado, ya no existía el tiempo libre para las grandes mentes en esa prisión.
La presión ambiental volvió a su ciclo de funciones. No así los aditamentos bloqueadores que seguían funcionando con una potencia vulneradora. No veía necesidad de los responsables del área de obligarle a limitarse, sin embargo, del mismo modo no existía motivo por el cual continuaran el proceso de ese modo. Todos sabían a esas alturas, que era el único que podría.
Habiendo recobrado el pensamiento, se levantó de su postura sin ceremonia. La pereza arrastrando en su cola, ganando un quejido adolorido de su compañera debajo. Ella no se movió, se quedó mirando arriba intentando no pensar en todo lo que acababa de hacer. Se abrazó torpemente dejando caer sus rodillas juntas sin poder estirarlas de lleno.
—¿Por qué? — en una derrotada y casi inaudible voz, ella preguntó incapaz aún de moverse.
No obtuvo respuesta.
Su cuerpo ardía en diferentes niveles de intensidad, sus femeninas formas reducidas a un manojo tembloroso exhausto, mas no solo en su organismo, víctima del brusco trato y abrupto descenso de temperatura, sino en su propia templanza mental. El dolor del antídoto aun punzando en su mente. Meditaba a su vez en todo el pasado de su gloria reducido a convertirse en un cuerpo, un mero material de uso con el fin más ruin. Toda su felicidad escurrida en vanas esperanzas pasadas, que ahora solo eran ese molesto recuerdo al que se recurre, cuando no se tiene nada más para aferrarse a vivir.
Suspiró con un profundo dolor silencioso. Comprendía la razón de todo.
—Te odio — exclamó con toda la rabia atorada, los puños cerrados, blancos de ira y la lagrima de la vergonzosa derrota cayendo en sus tristes ojos. Una vez más, revivía esa horrible etapa, una vez más estaría en esas tristes circunstancias.
Los minutos pasaron, se observaban, ambos martirizados entre las débiles quejas de su quebranto. Aunque las razones eran distintas, el motivo era el mismo. Ninguno era capaz de mirarse a los ojos. Había tantas explicaciones, que jamás se darían.
—¿Tu puedes sentirlo? —continuó la ronda de preguntas sin querer saber la respuesta. Pero la ausencia de sonido alguno comenzaba a sacarla de quicio. —DIMELO, VEGETA MALNACIDO—exigió sin tribulaciones restantes —Me lo debes.
—No tengo deuda alguna contigo — Contestó en vil mueca, envuelto en un vivaz sentido de reproche, la cola erizada conteniendo la furia por tal ingratitud, todo ese tiempo corriendo riesgos por sobrevivir, ella nunca entendería las razones de su proceder. Guardó la calma y decidió recordarle su lugar— Es pronto para saber…. Pero no olvides que todos tenemos una función que cumplir, lo sabes mejor que nadie en este maldito infierno— Se acercó sin prestarle especial atención — Tu descanso no podía ser eterno, debes cumplir tu deber— Tomó asiento a un lado con su presuntuosa estampa clásica.
—¿Es…otra niña? —contestó cual si no le hubiese escuchado.
Otro incomodo silencio sobrevino. Estaba claro que era una herida aún reciente en su mente.
—Deja de hacer eso —Cortó el siniestro pensamiento con severidad y hartazgo —Nadie puede saberlo aún— Corrigió el tono sin darle importancia. La vió intentar sentarse, la mirada perdida seguramente en algún pensamiento fatalista oscuro, no dejaban dudas esas dos ventanas demenciales de largas pestañas, de que ya no se trataba de la misma mujer que alguna vez conoció.
—Si lo es, he tomado una decisión— Ella relamió su labio, sin dejar de ver con especial locura ese mismo punto en el espacio, su respiración era sonora y la fijación solo llevaba a un camino que ya antes habría presenciado— Nadie se beneficiará de esto…. no será mas…
—¡No intentes otra estupidez Bulma!—Perdió los estribos, tomándola por los hombros enseñando los colmillos. Sabía lo que tramaba y no estaba seguro de poder detenerla una vez más. Todo lo que hasta ese momento habría logrado sería echado por tierra —Condenarás incluso a tus queridos hijos— Intentó hacerle entrar en razón, cada día sentía que la locura le ganaba la batalla silenciosa, arrinconando la que alguna vez fue la mente más preciada de toda su raza. Ahora un despojo inestable, en parte también, por su vergonzosa culpa.
—Más te vale hacer algo entonces— Respingó, quitándose las manos de encima con profundo desprecio— ¡Tienes que sacarme de aquí! usa todo tu pretensioso ingenio, todos los malditos privilegios que hoy conseguiste a costa mía ¡dame una razón para seguir!— Exigió con el aire de venganza de una soberana enfurecida. Cayendo en cuenta de que su oyente sabía perfectamente a que se refería, sonrió tomándolo del mentón—Así es— Carraspeó entre dientes— Me diste el antídoto a conveniencia, lo sé todo. Eres la misma escoria traicionera que el resto— le escupió con sorna— y pensar que alguna vez creí que valías algo — y sintió su mano ser repelida con desdeño.
—Puedes protestar todo lo que quieras— Imitó el mismo gesto sosteniendo el delicado rostro firmemente —Pero es gracias a mí que sigues viva, he resguardad tu seguridad en más condiciones de las que imaginas— Contestó furioso, sin arrepentimiento alguno, regresándola a su sitio. La osadía nunca era tolerable en sus oídos, tenia tanta rabia acumulada, pero no podía evitar sentirse contrariado por la culpa.
—Yo misma me quitaría la vida si pudiera— Despreció el auto aclamado heroísmo de su supuesto salvador.
—Todos en esta maldita prisión — Señaló sin impresionarse —Pero …tu jamás serías así ¿Me equivoco? — remembró los insípidos principios, ahora inexistentes, que tanto se ufanó en poseer. Ahora solo un montón de ideas inservibles con las que gustaba vengarse— No se adónde quieres llevar tus ridículas amenazas.
Finalizó, aburrido de escuchar la palabrería acostumbrada, constatando que sus temores quizá solo eran preocupaciones vacías. Pero al contrario de los rebates acostumbrados, ella sumió su derrotada frente hasta casi tocar el piso. No había ya ese espíritu retador, estaba cansada, cansada de sí misma, de su interminable castigo, de su debate entre vivir por sueños de un puñado de nada como recompensa.
Para su desgracia, lo único que aún tenía, era ese desalmado compañero. Cuya lealtad pendía del frágil hilo de la conveniencia, afianzada en el cúmulo de poder que fuese capaz de otorgarle, lealtad que alguna vez confundió con una genuina preocupación, quizá con un sentimiento, con una enmascarada forma de algún bizarro cariño, no se atrevió jamás, por suerte, a pensar que pudiese ser alguna clase de emoción mas fuerte. Ahora entendía, que no había tal palabra en esa vil mente y la decepción era insoportable.
—Por lo menos déjame verlos— pidió en quedo susurro. Lo último que aún importaba en ese asqueroso mundo de humillaciones y traición, sus hijos — Puedes hacerlo, puedes solicitarlo a cambio de un favor… de una misión, solo eso te pido a cambio— posó con timidez su mano sobre la de él, como último recurso de una piedad que sospechaba inexistente. Aproximándose con furtiva cautela, intentando apelar a su suerte.
—Ellos están bien—contestó en serena voz, sorprendentemente sin retirar de inmediato su mano o cercanía—Su entrenamiento ahora está en nuestras manos— Intentó brindar alguna clase de enferma seguridad, entendía la fragilidad sentimentalista de esa especie y por algún extraño motivo, verla tan apocada en sí misma, no era una imagen que disfrutara presenciar—No puedo conseguir más de lo que ya tienes— Continuó sin entender por qué no podía solo callar, dejando entrever lo que con esfuerzo reprimía: pese a todo, las consideraciones que le tenía eran mayores a lo que le gustaría admitir y realmente gustaba de tenerla cerca—Mis crías jóvenes se quedan a tu resguardo— Suspiró recargándose. No era un hecho del que se sintiera especialmente orgulloso.
—Vegeta… Por favor—
Rogó
Algo completamente insólito en su conducta. La desesperación era evidente, escalando con esfuerzo hasta estar suficientemente cerca, con todo su temor, se aventuró a posar suavemente la tibia palma sobre los pómulos de su compañero, a solo centímetros de su rostro, seduciéndolo en tenues movimientos involuntarios. Percibía su calor, su escencia hipnótica. En los bellos ojos azules, deslumbraba esa nota de súplica y surtía siempre el mismo acertado efecto. Infame capricho que lo condenó a vivir en ese tormento indignante desde el momento en que por primera vez la tuvo.
A pesar de todo lo vivido, de todas las heridas del tiempo. Seguía viendo la misma mujer cautivadora, el único ser que era incapaz de dejar atrás, respiraba agitado luchando contra la urgencia de probar esos labios, despreciándose internamente por tal debilidad.
Giró intentando no mirarle más, a punto de delatar a gritos su pecado. Todos observaban siempre, toda la estampa de su ventaja estaba expuesta. Entendía que lo que ella pedía costaría más que los indultos que le fueron prometidos recientemente. Pero además, no podía arriesgarse a otro acto de sublevación. Tenía que conseguir por lo menos un miserable consuelo para tenerla tranquila. Al menos un poco de felicidad.
Sin decir más, en rígida estampa asintió con ligereza.
El equipo del área ingresó, tomando las precauciones de ocasión, debido a todos los antecedentes pasados.
—Bloqueadores al máximo— anunció uno de los asistentes, decayendo la figura mas imponente en el recinto. Las bandas doradas en su frente y muñeca enrojecidas, el anillo en su cola dejaba un invisible rastro de sangre, causa de la presión que las diminutas agujas sostenían sobre el nervio principal. Y esa mirada asesina que nunca dejaba de apuntar con fiereza a sus desventurados captores. No hacía falta escucharle hablar para saber el tamaño de la ira que atravesaba sus poros.
Sin decoro alguno tomaron a la hembra de la sala, transportándola sobre una camilla. Ella persistió con los ojos fijos sobre los del saiyajin arrodillado. Ambos sosteniendo la inaudible promesa en el aire.
—Tranquila, no es como si no lo volvieras a ver — se burleteó uno de los inspectores ganando una risilla generalizada del resto del grupo.
—Pronto, todos ustedes morirán también—contestó con tal abandono de emoción, que el animo se disipó al instante ante la macabra afirmación. El transcurso hasta el área de aislamiento concurrió en total silencio.
El paraje solemne y fresco del planeta sagrado permanecía imperturbable. Solo la ligera brisa daba constancia del tiempo que transcurría y en el horizonte se dibujaban las dos detestables siluetas de los destructores de mundos dispuestos a acabar de una vez por todas con toda esa paz.
Shin observaba en quietud. Sobre sus oídos pulsaba el corazón, quizá sus notas finales de vida. Pero era la última oportunidad que le quedaba. En homenaje a aquellos que alguna vez dieron su vida por salvarle, su vida era el último regalo que daría a los mortales que sobrevivían.
Los ruines asesinos dieron la cara un minuto después.
—Después de tantos años —Tocó el suelo sagrado con sus indignos pies —He aquí al formidable supremo gran kaiosama…—La pegajosa voz infantil del desagradable sujeto era casi insoportable —O debería decir el finalmente abatido Kaiosama— Exhibió toda su inflada sonrisa, no había ego más grande contenido en un envase más pequeño.
Más el inmóvil Kaioshin no se inmutó de los rancios insultos.
—No eres más que el vil parásito de un invento inmundo—
La diminuta persona arrugó aún mas sus perennes marcas de vejez. El color café de su piel le daba un aspecto cómico y algo desagradable.
— De ser tú, me habría gustado ser recordado con palabras más memorables—Resopló por la diminuta nariz, similar a la de los rastreros terrestres mas primitivos — Pero no podía esperar más de un vil suplente— Finalizó obteniendo el gusto de causar esa mueca de disgusto en su oponente.
— Acábalo de una vez— Ordenó al otro convidado aterrador. La oscura criatura que gobernaba los mundos viles de ese universo. Un ente demoniaco con gusto por devorar criaturas menos afortunadas.
— No tan de prisa — el Kaioshin interrumpió el viejo camino que ya conocía — Has devastado este universo cómo ninguna otra criatura antes de ti…. — Aceptó con una nota de derrotismo— pero para mi fortuna todo esto aún se puede revertir— Se cruzó de brazos esperando que sus oyentes mordieran el anzuelo.
— No hay ninguna amenaza que llegue al alcance de sus poderes ahora— Dabura inquirió orgulloso del éxito obtenido hasta esos momentos, los opacos ojos viperinos danzaban inquietos por terminar el encuentro—Creí que había quedado claro desde la última vez que peleaste contra nosotros.
—O lo intentaste en ese embarazoso desempeño… patético— el diminuto mago agregó con otra dosis de burlas absurdas.
— No será así mientras haya dimensiones, donde otros seres mucho más poderosos puedan ocuparse de ustedes— Levantó el dedo anular, donde las marcas del anillo que alguna vez ocupó seguían visibles. La dureza del rostro del anciano dejó en claro que entendía que había una última carta por jugar que quizá no habría considerado.
— No se a que se está refiriendo, gran Babidi— el grotesco ente rojizo admitió en baja voz. Viró a la potencial amenaza exclamando con mayor seguridad — Nuestro plan es infalible a estas alturas— se encogió de hombros señalando la bastedad del espacio detrás del paraje— no queda nadie y este fanfarrón lo sabe.
Pero su actuación quedó en el aire. Puesto que había un problema de mayores dimensiones y la mente maestra de todo ese caos ya lo sospechaba.
—¡Habla granuja! ¡Hace un momento no te callabas y ahora no dices nada! — Pisoteó en cómica estampa como era usual al sentirse en desventaja.
— Las líneas del tiempo gobiernan todos los universos— Contestó solemne— Está no es la única realidad que existe— Señaló— si no es hoy, mañana alguien vendrá a detenerte. Siempre habrá un balance pase lo que pase, siempre hay alguien mas fuerte—
Entonces recordó la flaqueza de esa última defensa. Las dimensiones temporales de la que unos pocos mortales sabían. Sin embargo no estaba en el conocimiento reciente del kaio, la suprema ventaja que ahora poseían.
Cualquier ente que llegara, pese a la fuerza con que amenazara destruirles, siempre seria superado y despojado, su carta maestra era especialista en esas artes.
Colocó sus tristes manillas por detrás y sin dignarse a mirar solo emitió la orden.
— Es hora de su fin— pronunció aburrido — Libéralo—
Y el atento sirviente saco del fondo del sello la vasija que contenía de forma temporal el temor encarnado de toda forma de vida. La magia utilizada surtió efecto y un denso humo se disipó en una fina niebla.
Frente a si, se materializó la antigua figura, pero no en la forma que recordaba. Su color era aún más purpúreo y habría adquirido un aspecto deforme, avejentado y tenebroso. Ojos grandes y oscuros llenos de odio, capaces de colarse en el alma de quien presenciara tan terrible estampa. Era grotesco y a la vez, emanaba el filo de una mente maestra escondida detrás de esa mirada demoniaca.
No era el mismo Majin Boo que recordaba. Algo estaba mal, terriblemente mal. Como si hubiese tragado la maldad misma y asimilado su escencia.
— ¿Que has hecho?— Preguntó temeroso, presenciando una amenaza demasiado grande para ser contrarrestada. Quizá después de todo no había escapatoria alguna.
— Pudimos encontrar una antigua criatura que nos garantizó la completa victoria— el menor contestó
— O más bien, ese pobre tonto creyó encontrarnos a nosotros— Dabura intervino, infiriendo con ello el destino de ese crédulo villano que terminó en un infortunio de esas dimensiones. A esas alturas, ya sospechaba de quien se trataba.
La risilla vil de la criatura le hizo entender que quizá ese par de ingenuos tampoco entendían el tamaño del caos que habrían desatado, al permitir tan terrible evento.
Esa criatura sabía perfectamente lo que sucedía, la razón por lo que les permitía utilizarlo no le quedaba clara, no era ni uno ni otro, alimentado con la energía de todas las criaturas superiores en fuerza, apenas controlado con el esfuerzo de la magia y las mejores mentes encontradas. Los aditamentos bloqueadores en sus extremidades parecían ser la única garantía de un control temporal. No se esclarecía si era un milagro que pudiese permanecer tan apacible. No había dudas de que era una bomba de tiempo que esperaba el momento de estallar en las manos de inocentes y culpables.
Mirando a su alrededor notó como cada forma de vida decaía a su alrededor, el planeta entero sucumbía por cada segundo que esa despreciable forma de vida se alimentaba pasivamente de ellos. Incluyendo su persona.
Habían encontrado la forma de fusionar al mismísimo devorador de mundos: Moro
A sabiendas de ello inició el primer ataque, bloqueado sin mayor esfuerzo, no podía usar energía puesto que le jugaría en contra. Intento una vez más, causando el hartazgo de la criatura quien de un solo movimiento empezó la ronda de ataques que le restaban vida por cada golpe recibido.
No duraría más, ni siquiera estaba seguro de que su estrategia sirviera. Quizá después de todo si sería el fin de todos ellos.
—¡ Maldición!—exclamó sintiendo venir sobre si toda la furia del inmensamente superior ente desalmado, paso a paso su sangre se colaba entre los dedos, no entendía como recibía tal daño con tan poco esfuerzo, no podía parar ese inevitable fin
— Kibito… lo lamento— fueron sus últimas palabras antes de que todo se oscureciera.
Las puertas abrieron la sección donde los letreros avisaban la pertenencia de la especies en ese particular encierro. Aunque era divertido ver la humillación en los letreros de los icejin, los hombres de metal, la extinta raza de zarbon o los inservibles Herajin, odiaba ver el nombre de su raza exhibido también como un trofeo de zoológico.
Las restricciones de la capsula de transporte cedieron, los celadores introdujeron el aditamento en las puertas primarias, quedándose todos atrás. Dejándole en capacidad completa de su estado base natural.
—SP-04V en zona de seguridad— El comando robótico anunció. Era el modo de recordarles que el orden de las cosas nunca volvería a ser el mismo. Todos debatían su existencia en ese circo de masacres diarias, donde alimentaban las reservas de energía de ese devorador insaciable.
Su glorioso orgullo racial, reducido a ser simple fuerza de trabajo para el beneficio de un ser inalcanzable… o al menos así se vanagloriaba en nombrarse esa monstruosidad aberrante. Se abrió paso en su recinto particular meditando ese memorable futuro. El tiempo les enseñaría a todos que tan ilimitado era su poder, tenía la convicción de que, de algún modo, ellos lograrían vencerlo algún día.
Él encontraría la forma. Todos pagarían tarde o temprano. La única tarea que debía ocupar su tiempo y mente era superarse, sobrevivir para pelear en ese porvenir.
Detuvo la pretenciosa reflexión por causa de un puño que se acomodaba rampante en su mejilla derecha. Le arrojó con fiereza hasta incrustarse en el vacío terroso de esa prisión multidimensional.
— ¡Eres un maldito sinvergüenza! — el autor de tal ultraje se exhibía tan furioso como indignado. Listo para continuar la golpiza, hecho simplemente apabullante, nunca esperó ver tal reacción ofensiva del honorable saiyajin pacifico.
La escena le causó una irremediable gracia.
— Creí que te había quedado claro… que ella ya no es tu problema— Resolvió indiferente, incorporándose listo para continuar — ¡Es MIA!.
— Bulma siempre será mi problema— Siseó furioso — ¡Su padre confió en ti y tú la traicionaste! ¡Puedo olerla sobre ti! — Sin que la velocidad fuese esperada, el más alto incrustó la rodilla en su pecho de nuevo, otorgándole un daño considerable. El calor de su rabia podía ser percibido incluso a esa distancia, estaba totalmente descolocado. Los recuerdos de abusos, la amargura de la traición y esas palabras instaurándola como una propiedad, era demasiado, no podía mas que buscar salida a tal impotencia.
Pero del suelo resurgió el atacado, con la misma rabia invocada, compensando la misma fuerza en un brutal cabezazo directo a la sien del terrícola. Al tenerlo parcialmente noqueado, completó una patada que puso la misma distancia de ambos que al principio de la pelea. Escupió la sangre de la boca que su adversario atrevió a hacer surgir y le miró con el ceño desencajado.
— ¡Así es la vida Kakarotto!— sentenció cínicamente, desequilibrado en el goce de aquella mezquina renuencia a aceptar su falta— ¡Lección número uno! … — gritó al resto de los jóvenes espectadores — … NUNCA debes confiar en nadie.
Ambos contrincantes se posicionaron dispuestos a sumirse en furioso combate
— … Papá— gimoteó uno de los más pequeños, tocando la pierna del mayor, mirando con sus grandes ojos inocentes como, el sonriente rostro de su padre, se transformaba en una sombría mueca, sedienta de venganza.
El débil sonido de ese temeroso infante, fue suficiente para regresarle a su estado pacífico natural. ¿Qué es lo que estaba haciendo?
Al percibir el cambio de ánimo el otro se burleteó triunfante, simplemente dedicando un vistazo indiferente a los presentes, satisfecho con la afrenta y dispuesto a retirarse.
El saiyajin mas joven suspiró agobiado, tallando su rostro con una mano en busca de recomponerse y acallar ese instinto asesino. No podía seguir permitiendo esos arrebatos, ya había perdido casi todo lo que alguna vez lo hizo ser lo que era. No cedería a perderse también a sí mismo. Se relajó frunciendo el entrecejo con gran pesar, ya no había nada que hacer. La actitud retadora de su rival le quitó de un tajo las ganas de continuar con el disturbio, ya habían sido suficientes peleas, suficiente daño a los infantes que ahora los tenían como únicos tutores.
Se aproximó al grupo de pequeños testigos que nerviosos se apilaban detrás del mayor de ellos, solo observando.
— ¿Aún no reacciona Gohan?— le preguntó al chiquillo que le llamó, colocando su mano condescendiente sobre la cabeza de una tierna miniatura de sí mismo. La única diferencia era el profundo color azul en sus ojos.
—¿Gohan se va a morir? —un diminuto crío pelinegro, no más alto que el más pequeño de todos, se atrevió a preguntar sin entender en absoluto la naturaleza trágica de su pregunta.
— ¡Mi hermano tuvo una gran pelea! — contestó el primer interrogado a modo de réplica, copiaba las palabras que los mayores le repetían en un intento por aliviar su inquietud. El tinte de seguridad bien inscrito en su tono.
— Así es Goten— El apacible saiyajin le indicó— Pronto estará bien, saldrá del tanque y estará con todos sus hermanos de nuevo—
— Gohan no es mi hermano— la inconforme voz caprichosa del niño más obstinado del grupo protestó, como toda ocasión. Imitando la postura del hermano mayor que permanecía cerca de ellos, en silencio sepulcral y solo escuchando. Los ojos de un intenso azul en el niño pasaban de su hermano a Gokú, con esa mueca altiva que desquiciaba a todos los que conocían a su padre.
— Lo se Trunks— afirmó una vez más dándole la razón— pero sé, que los quiere como tal…— Posó la mano sobre el menudo hombro del aludido.
— ¿Gohan vendrá pronto? — El más pequeño de todos preguntó con una vocecita escéptica, su rostro redondo y curioso enmarcado por ojos negros debajo del rebelde cabello azul — ¿Cuándo vendrá mama? ¿Mi padre fue a visitarla? ¿Mamá está bien?—
— ¡Wooaaaa! ¡woaaaa!— interrumpió acercándose uno de los adultos en el área, otro enorme saiyajin de pelo largo— Basta niño… ¿Es que nunca te callas?— Empujó a un lado la cabeza del pequeño cuerpecito, ganándose una mirada de odio del mayor de todos los párvulos, cruzado de brazos en la distancia. Rompiendo la encantadora reunión, de semblante severo y cabello en punta, ese misterioso niño zarco se acercó a sus hermanos, indicándoles con un cabeceo a que le siguieran. Los otros obedecieron sin chistar.
Cuando desaparecieron de la vista de los mayores la tensión se disipó.
— Ese maldito mini clon de Vegeta va a matarme mientras duerma— refunfuñó
— Él no es como su padre— afirmó el primero, complacido en su buen juicio— Es una buena persona— Sonrió observándolos reunirse en la lejanía, donde seguramente hablaban de todas las preguntas que tenían por ser contestadas. Desde que los conoció entendió que se trataba de pequeños curiosos, muy diferentes a los sangre pura, pero igualmente resilientes. Tenían una inocencia y bondad imborrables, obviamente influenciados por la personalidad de Gohan, su compañía y protector.
— No te enaltezcas tanto hermanito— El mayor le colocó en la realidad de nuevo— Tu tampoco estás libre de culpa contra "inocentes"— Señaló al pequeño bailarín, idéntico a su estampa, que jugueteaba ridículamente con el menor, le representaba el dolor inequívoco de los abusos a los que todos sus amigos fueron sometidos en esa pesadilla.
— No fue mi culpa—Ofuscado por la acusación y el terrible recuerdo, se cruzó de brazos intentando bloquearlo— Jamás la toqué, nunca lo haría y lo sabes—
— Pues es una pena— contestó un tanto escéptico. Saboreó el resentimiento en la voz de su hermano menor, torturándole con la hipotética imagen— Tuviste tantas oportunidades…. esa hembra valía cada maldito segundo de la molestia.
De un solo movimiento, su oyente lo tomó de la armadura en un involuntario reflejo de coraje. Provocación que el mayor siempre esperaba contento. Puede que nunca le superara en fuerza, pero adoraba ponerlo en aprietos mentales, esperaba toda ocasión propicia para provocarle y ese incauto, siempre caía en su trampa.
— ¡Cálmate imbécil!— Se carcajeó retirándose del contacto — Ya empiezas a parecerte a su majestad — Señaló la guarida por la que el aludido había desaparecido unos momentos atrás — Olvídate ya de ella, terminarán matándose entre ustedes dos — Dio un golpe sobre el omóplato de su hermano, retirándose sin más palabras, solo girándose lentamente para reír en su cara una vez más— ¡Perdiste Kakarotto! nada puede regresar el tiempo y ese loco ha dejado claro que nadie más la tendrá….¡Te lleva cuatro crías de ventaja!—Se perdió en sucias carcajadas entre la bastedad de ese espacio.
No tenía sentido continuar las explicaciones que antes daba, todos ellos eran incapaces de entender que su preocupación era un cariño, enteramente diferente a las intenciones que todos ellos poseían. No lo entendían porque ni siquiera entre ellos hubo jamás un mínimo lazo de amistad.
¿Pero que había de cierto en la afirmación de Raditz?
Nada. Solo las simples circunstancias de ese particular momento, puesto que ninguno de ellos podría servir de algo en cuanto lograran despertar al saiyajin más fuerte y pudieran hallar un punto para controlarlo. Sabía que en cuanto eso sucediera, los días de todos estarían contados, sus hijos, su querida amiga, incluso los días del codicioso Vegeta que intentaría todo recurso para seguir en su posición y reclamarla. Posiblemente, incluso asesinarla antes de cederla.
— No me daré por vencido — No podía evitar recordar el oscuro día en que lo habría perdido todo. Exhaló convencido de que lograría encontrar la forma de liberarles, de que lograría sortear todas esas amenazas, salir de ese infierno y liberar a las últimas almas buenas que sobrevivían en esa podredumbre. Siempre había sido la esperanza de todo bien y esta vez tampoco sería la excepción.
