HINATA
—Última llamada para los pasajeros del vuelo 1297 de AmbuAirways con destino a San Francisco. —Una voz flotó por los altavoces del cuarto de baño de Hartsfield-Atlanta—. Por favor, diríjanse a la puerta E13. Pasajeros con…
El resto de las palabras desaparecieron cuando Naruto me agarró por los muslos y me movió arriba y abajo por su polla. Le clavé los dedos en la piel mientras cubría mis labios con los suyos, como había hecho ya tantas veces antes, luchando por mantener el control hasta que nuestros cuerpos colapsaran.
Cerré los ojos brevemente y me derrumbé en sus brazos, sintiendo que él me besaba los labios con suavidad mientras intentaba recuperar el aliento. No quería admitirlo, pero nos ponían mucho estas situaciones imprudentes. De hecho, éramos más que imprudentes.
Nos encontrábamos para follar cuando estábamos en la misma ciudad, cuando estábamos en el mismo hotel. Y, Dios no lo quiera, cuando coincidíamos en el mismo aeropuerto durante más de treinta minutos.
Mi cuerpo ansiaba su contacto, mi boca anhelaba su lengua y mi sexo palpitaba cada noche, necesitando su polla. Estaba volviéndome salvajemente adicta a las relaciones sexuales con él, pero tampoco quería curarme.
E incluso ahora mismo, sabiendo que no nos veríamos de nuevo hasta el domingo, cuando nos cruzaríamos en Dallas, me inundaba algo que no sentía desde hacía mucho tiempo: deseo. Anhelo genuino.
—¿Hinata ? —Me miró, todavía con los dedos clavados en mis muslos y su polla profundamente enterrada en mi interior—. ¿Puedo retirarme?
Asentí con la cabeza y se deslizó fuera poco a poco antes de dejarme en el suelo.
Me entregó la falda y le devolví la corbata. Me puse la chaqueta y noté que un nuevo reloj Audemars Piguet plata y negro adornaba su muñeca. Era el octavo que le veía.
Sabiendo que probablemente se iría en cuestión de segundos, me acerqué al espejo para volver a aplicarme el maquillaje con rapidez y me puse la chaqueta. Saqué unas toallitas húmedas para tratar de absorber el olor a sexo y sudor de mi piel, me eché perfume y luego, al darme cuenta de que seguía mirándome, me di la vuelta para mirarlo.
—¿Sabes que un reloj de Audemars Piguet vale una media de diez mil dólares?—pregunté.
—Hinata … —Me miró con los ojos entrecerrados.
—Solo he mencionado un hecho al azar que he pensado que deberías saber. — Di un paso atrás cuando se acercó a mí—. ¿Quieres que exponga otro hecho al azar?
—¿Exponerlo iría de nuevo contra nuestras reglas? ¿Las de no hablar de nada que no sea sexo?
—De vez en cuando tienes que hablar conmigo, Naruto —le recordé—. Es lo que acordamos, así que estaría bien que empezaras a responder a mis preguntas.
—No tengo ningún problema en hablar contigo. —Me apretó contra el lavabo
—. Y responderé a tus preguntas siempre y cuando estén dentro de lo razonable.
—Y… —Odiaba que tenerlo tan cerca me excitara al instante, que casi me hiciera olvidarme de lo que quería decir—. Y no te morirías si trataras de ser civilizado, de hacerme una pregunta de vez en cuando. Parece que no quieres saber nada de mí.
—Te hago un montón de preguntas. —Me miró a los ojos con una ardiente y oscura intensidad—. Te pregunto si quieres que te folle encima del lavabo o contra la pared. Te pido que dejes de gritar cuando te llevo al orgasmo y te pregunto si estás bien después de que terminemos, si puedo mover la polla… Es de lo más civilizado.
Dio un paso atrás y agarró el asa de su equipaje antes de dirigirse a la puerta.
—Nos vemos en Dallas el domingo. C5.
UNA SEMANA Y MEDIA DESPUÉS…
Le di plantón en Dallas. Y se lo volví a dar en Atlanta. No respondí a sus mensajes de correo electrónico cuando me preguntó por qué no había aparecido en el lugar convenido, y ahora, mientras estaba sentada en la habitación del hotel de Denver, lamentaba no haber aprovechado para aliviar mi tensión.
Mi madre y mis hermanas volvían a la carga, llamándome cada hora con molestos recordatorios sobre esa estúpida proposición que me importaba una mierda, y la señorita Connors acababa de anotar algo en mi ficha por segunda vez. ¿Mi delito? Mi barra de labios no era lo suficientemente roja y parecía, literalmente, que alguien acababa de besarme.
Al ignorar la décima llamada de mi madre, me di cuenta de que tanto ella como Neji me habían escrito mensajes de texto.
Mi madre: Toneri me llamó hace unas semanas para decirme que lo habéis dejado…
Mi madre: Hinata, tenemos que hablar al respecto. ¿No nos has comentado que su padre es una persona influyente en Wall Street? Las dos sabemos que alguien como tú tiene que casarse bien…
Neji: Hola, hermanita. Una pregunta rápida… Voy a llevar a los padres de Samantha para la petición, así que necesito que seas muy sincera: ¿el apartamento es lo suficientemente bueno para que se aloje en él la familia? No puedo permitir que el alcalde piense que no podemos disponer de algo mejor.
Neji: Ah…, y mamá me ha dicho que lo has dejado con Toneri. Mal hecho, Hinata. Muy mal hecho.
Dolida e irritada, llamé a Ino de inmediato para desahogarme con ella, pero no me respondió. Insistí dos veces más, solo para asegurarme, pero en ambas ocasiones saltó el buzón de voz.
Me desplacé por la agenda de contactos del móvil… No me apetecía compartir aquello con ninguna de mis compañeras en los vuelos, pero detuve el dedo al llegar al nombre de Naruto.
Sin pensármelo dos veces, presioné la tecla de llamada. Sonó la señal una vez, otra… y antes de que recuperara el sentido y colgara, él respondió.
—Hola, Hinata. —El sonido profundo y atractivo de su voz me tomó por sorpresa—. ¿Hola? ¿Hinata ?
—¿Sí?
—Creo que me has llamado. —Su tono era risueño—. ¿En qué puedo ayudarte?
—He tenido un día de mierda y necesito hablar con alguien. Silencio.
—No te preocupes, eres mi último recurso y, en serio, no tienes que responder ni nada —me apresuré a añadir—. Solo necesito desahogarme un poco y luego puedes colgar. ¿Sigues ahí?
—No debería.
Lo tomé como un sí.
—Bien, antes de nada… —coloqué las almohadas y me apoyé en ellas—, lamento haberte dado plantón en Dallas el otro día.
Se rio.
—Sin duda esa no es una de las cosas que necesitas decir, Hinata. —Parecía como si también estuviera en la cama—. Y me siento más inclinado a creer que lo que lamentas de verdad es no haberme enviado un mensaje que pusiera
«Jódete y baila» cada dos días desde entonces.
Sonreí, conteniendo la risa.
—Tengo un vuelo dentro de seis horas —añadió—, así que date prisa y escupe todas esas palabras innecesarias para que pueda colgar y dormir.
—De acuerdo… Espera, ¿puedo preguntarte antes una cosa?
—No.
—¿Qué persona de tu familia…? —pregunté.
—Estoy seguro de que la palabra «no» solo tiene una definición.
—¿Qué miembro de tu familia, o qué persona cercana a ti, era profesor o profesora de gramática?
Permaneció en silencio durante unos segundos.
—¿Por qué lo preguntas?
—Por tu manera de hablar, por tu obsesión con la gramática tanto en los correos electrónicos como en los mensajes. Por no mencionar el hecho de que tienes una fijación con las definiciones. Quería habértelo preguntado el miércoles, pero…
—… me diste plantón —me interrumpió, pareciendo un poco irritado, aunque luego cambió de tono—. Fue mi madre.
—¿Mantenéis una buena relación?
—Hinata, dentro de diez minutos pienso colgar. Di lo que quieras decirme sobre lo mal que te ha ido el día.
—Vale… —Solté un suspiro—. Odio a mi familia. A toda mi familia. A mis padres y hermanos. Cuando me llaman, literalmente, me pongo a temblar, y deseo haber nacido en cualquier otra familia, en una cuyos miembros tengan alma. —Escuché de fondo el suave sonido de la televisión y continué hablando
—. Solo me llaman cuando quieren sentirse mejor consigo mismos, cuando quieren recordarme que podría haber orientado mi vida para hacer algo más importante. Y no me gusta que me echen a la cara los primeros años que pasé en Nueva York, tratando de lograr algo a pesar de ellos, todo para seguir siendo la misma decepción que al principio… —Me interrumpí, recordando cómo hacía algunos años había volcado todas mis esperanzas en las entradas del blog, aunque luego dejé de escribir.
—¿Has terminado ya? —preguntó Naruto.
—Sí. Ahora ya puedes colgar. De hecho, me siento un poco mejor. Gracias por escucharme.
—De nada —repuso—. Sin embargo, no iba a colgar.
—¿Quieres darme algún consejo?
—Tú no necesitas consejos —afirmó—. Creo que eres consciente de que algunas familias son veneno, y no se puede hacer nada al respecto. Aunque creo que estás siendo un poco dramática y que en realidad no los odias. No creo que sepas lo que es odiar a alguien de verdad.
—¿De verdad piensas eso? ¿Quieres que profundice al respecto?
—No… —Su voz se convirtió en un exigente susurro—. Prefiero oírte profundizar sobre por qué no te has presentado para follar conmigo, de por qué piensas que voy a seguir adelante con nuestros encuentros.
—Estaba enfadada contigo… y trataba de darte una lección.
—¿Una lección de cómo cabrearme? ¿De cómo dejarme empalmado deseando un coño que nunca llegó?
—No… —Sentí que me ponía roja—. Estaba enfadada contigo.
—Entonces deberías haber venido —dijo bajito—. Te esperé durante una hora porque pensaba que estabas jugando. Esperé porque quería enterrar la cara en tu sexo y saborear a fondo tu clítoris.
Permanecí en silencio, pero me llevé los dedos al borde de mis bragas empapadas.
—No puedes decidir romper anárquicamente las reglas que hemos establecido cuando te deseo, en especial cuando eso impide que te posea.
—Cuando dices eso parece que te gusto de verdad.
—Me gusta mucho tu coño —dijo—. Sin embargo, como todavía no he sentido tus labios alrededor de mi polla, quizá en el futuro eso me guste todavía más.
Me mordí el labio cuando noté que su respiración era más pesada en la línea, cuando noté que parecía más enfadado.
—¿No vas a decir nada por haberme jodido el fin de semana por segunda semana consecutiva? —preguntó—. ¿Al hacer que tenga que esperar otra semana completa para tenerte?
—No te dejaré plantado de nuevo…
—Eso espero —dijo él—. Porque cuando te vea me aseguraré de que ese pensamiento no vuelve a cruzar por tu mente. No me importa lo mojado que tengas el coño ni lo fuerte que grites que te deje que te corras, porque no pienso mostrar piedad alguna, y no voy a contenerme como hago normalmente.
—Naruto, ya te he dicho que…
—Me importa un carajo lo que has dicho. —Hablaba muy despacio—. No me importa que vuelvas a enfadarte conmigo de nuevo. Puedes cabalgar mi polla hasta que se te pase el cabreo, y puedo enterrar la lengua en tu coño hasta que ya no seas capaz de pensar.
—Naruto …
—Nos veremos en Atlanta el próximo martes, ¿verdad?
—Exacto… —El clítoris me palpitó, hinchado bajo mis dedos.
—Bien. Me alegro de que hayamos tenido esta conversación. Asentí con la cabeza como si pudiera verme.
—Ah… ¿Y Hinata ?
—¿Sí?
—Esta es una llamada nocturna.
—Bien. ¿Y?
—No quiero que vuelva a ocurrir.
NARUTO
«No es capaz de seguir las putas reglas…».
—¿Estás ahí, Naruto ? —me preguntó Hinata por teléfono, semana y media después—. ¿Sigues ahí?
—Desafortunadamente.
—Entonces, ¿qué acabo de decir?
«¿Por qué sigo hablando con esta mujer?».
—Has dicho que tu hermano está actuando como un calzonazos y que su novia ni siquiera se huele que le va a hacer una proposición. —Hice una pausa—. Y luego, te has dado cuenta de que son las nueve de la noche y que llevas una hora hablando conmigo, y que tienes que dejar que vuelva a recuperar mi vida, en la que no existen llamadas nocturnas.
Se rio con esa risa contagiosa.
—Creo que te gustan mis llamadas nocturnas.
—No.
—Entonces, no me cojas el teléfono.
—Deja de llamarme cinco veces seguidas.
Volvió a reírse y luego continuó hablando como si no me hubiera oído decir que llevábamos hablando más de una hora. Hinata había decidido por décima noche consecutiva que «no más llamadas nocturnas» significaba «llámame cuando quieras», y por mucho que quisiera colgarle y decirle que no quería saber nada de su vida fuera de la cama, no podía hacerlo. Por un lado, el sonido ligero y sensual de su voz, a pesar de las divagaciones y de sus muchas preguntas, resultaba tranquilizador para mis nervios. Por otro, era la única mujer capaz de intrigarme y cabrearme a la vez, la única que podía molestarme en un momento y hacerme reír en el siguiente.
—Y eso es todo —dijo, por fin, terminando de hablar—. Gracias por haber vuelto a escucharme.
—No es que haya tenido mucha elección.
—Podrías hacer todavía más cosas conmigo, si eso te hace sentir mejor.
—¿Más cosas? ¿Cuáles?
—Bueno, llevo unos días bombardeándote con mi drama familiar…
—Diez días —puntualicé.
—Vale, vale… —Volvió a reírse—. Llevo diez días. ¿Podrías contarme algo de tu familia?
—No tengo familia.
—Todo el mundo tiene familia, Naruto. Pero ¿sabes?, te apuesto lo que quieras a que puedo rellenar algunos espacios en blanco de la tuya ahora mismo.
Puse los ojos en blanco, pero en lugar de poner fin a la llamada como debería, dejé que mi curiosidad tomara el mando.
—Demuéstramelo.
—Bien, la primera noche que nos vimos, me dijiste que eras de Misuri, pero que por desgracia estabas de vuelta en Nueva York, así que… Apuesto lo que quieras que ese «por desgracia» significa: a) Tu familia también vive en Nueva York. b) Tu familia vive en Misuri y Nueva York es el único lugar en el que no te molestarán. O c) Tratas de reparar una relación que lleva tiempo distanciada con tu familia de Nueva York, pero es más difícil de lo que esperabas. ¿Cuál de esas opciones es la correcta?
—d) Ninguna de las anteriores.
—Bueno, valía la pena intentarlo. —Había una sonrisa en su voz—. ¿Puedo probar otra vez?
—Puedes hacer lo que quieras. Estoy a punto de colgar.
—Espera… —me detuvo—. Solo una pregunta más.
—Por qué será que lo dudo…
—¿Vas a ir a la gala de Ambu esta noche? Como me han cancelado el vuelo, estaba pensando ir con mi compañera de piso.
—Hinata … —suspiré—. ¿Es esta la última llamada nocturna que vamos a tener? En serio, no puedes llamarme más.
—Sí. —Parecía un poco ofendida—. No te volveré a llamar a menos que sea para hablar de sexo.
—Muchas gracias.
—Al menos podrías responder a mi pregunta, aunque…
—No sé si iré a la gala —confesé finalmente—. No lo tengo nada claro, la verdad.
—Bueno, si no vas, ¿te gustaría que te cuente qué tal fue?
—Esa es otra pregunta. Nos vemos el lunes en Atlanta. —Colgué poniendo punto final a la llamada y merecliné hacia atrás, medio irritado medio excitado. No sabía si me gustaba o no aquella incesante desobediencia a las reglas.
No quise pensar en eso durante más tiempo, así que miré por el retrovisor. Al contrario de lo que le había dicho a Hinata, ya estaba llegando a la gala, observando cómo llegaban los asistentes protegiendo de la lluvia su ropa de diseño.
Consideré pasar de largo y actuar como si este evento no existiera, porque podía pasar sin ver el prometido homenaje a las víctimas del vuelo 1872 o ser testigo de la inauguración de un nuevo avión, pero no pude girar la llave en el contacto.
Vi cómo seguían entrando los asistentes durante una hora más mientras la lluvia golpeaba las ventanillas, y cuando un trueno rugía en la distancia, salí del coche. Avancé hacia la parte delantera de la cola y entregué mi entrada al guardia de seguridad sin disculparme ni nada.
En el interior del hangar, grandes y relucientes lámparas de araña colgaban de las tuberías expuestas del techo del lugar, de un blanco cegador. Algunas mesas vestidas con manteles color marfil rodeaban el escenario en el centro de la estancia, y varias esculturas de hielo que representaban aeronaves en miniatura se alineaban contra la pared del fondo.
A lo largo y ancho de la sala se podían ver enormes fotografías en blanco y negro en las pantallas colgantes. Las imágenes representaban diversos momentos del pasado del director de la corporación: delante de un pequeño planeador blanco, a los veintiún años, jugando con diversos motores de avión y elaborando modelos con su único hijo cuando tenía unos treinta años, o sentado en la sala de juntas cuando puso en marcha su propia línea aérea a los cincuenta años.
Para incrementar el efecto nostálgico, las pantallas mostraban también algunos de los mejores titulares de Elite, y la sangre me hirvió en las venas como si fuera la primera vez que los leía. Todavía recordaba vívidamente dónde estaba cuando apareció cada uno de ellos en los periódicos. Así era como me había sentido con mi jodida familia a lo largo de los años, como si la tinta negra de la imprenta fuera dejando migajas de pan durante todo el camino.
Cuando apareció el titular final «Minato Namikaze, presidente de AmbuAirways, acredita el impresionante éxito de los valores familiares en la creación de su línea aérea», me sentí igual que cuando tenía solo diecisiete años. Cuando finalmente me di cuenta de que el adorado líder de la aerolínea, mi padre, era un puto fraude.
La multitud se levantó y aplaudió de forma enfervorizada mientras algunos brindaban con champán. Cuando el aplauso llegó a niveles ensordecedores, mi padre se subió al escenario y sonrió a aquel rebaño de ovejas.
No di ni una palmada.
—Damas y caballeros. —Su voz profunda y áspera acalló a la gente—. Me gustaría agradecer a cada uno de ustedes su presencia aquí esta noche. Antes de revelar el diseño de nuestro nuevo avión, quiero hacerles saber lo honrado que me siento al saber que nuestra familia ha crecido hasta treinta y ocho mil empleados que enlazan más de trescientos destinos.
Más aplausos.
—Lo único que lamento es que mi primera esposa, la mujer que vertió su corazón y su alma en ayudarme a alcanzar todo esto, no pueda estar aquí para verlo esta noche. Las últimas palabras que me dijo estaban llenas de esperanza y lealtad, los dos valores que son los cimientos de esta línea aérea. Me dijo que quería que mantuviera mi sueño, que siguiera creyendo en él y que construyera la mayor línea aérea que pudiera imaginar. Ella y nuestro único hijo, Menma, me han inspirado para que siguiera adelante, innovando para la aviación. Y hace varios años, nosotros tres…
Las mentiras salían de su boca de una forma tan convincente que casi me creí que solo tenía un hijo, que en realidad yo no estaba en este lugar. Y si no hubiera sido por las retocadas fotografías de él y de Menma que colgaban alrededor de la habitación, podía haberme cuestionado si mis recuerdos eran reales o no.
Mantuve los ojos clavados en él y su traje de tres mil dólares, preguntándome cuántas veces había tenido que ensayar ese discurso para conseguir que sonara tan convincente. Si alguna vez tropezaba en los giros y mentiras repugnantes, si alguna vez se despertaba repentinamente en mitad de la noche, como yo.
Mientras hablaba de su pasado inventado, verdaderos recuerdos de él poniéndome el cinturón en el interior de un pequeño avión de carga parpadearon ante mis ojos. No eran Menma y él los que volaban sobre ese campo ni los que arreglaban los aviones. Era yo. Solo yo. Menma siempre estaba muy lejos, en la parte trasera de la camioneta o en casa, enfrascado en un nuevo libro de matemáticas.
—Ahora, disfrutemos del evento principal —gritó mi padre ante el micrófono, señalando el otro extremo de la habitación—. Si son tan amables de dirigir su atención a la izquierda, podremos inaugurar nuestro nuevo… ¡747-Dreamliner!
Me quedé quieto y seguí mirándolo mientras todos los demás apartaban la vista.
Oí el redoble de tambores, el jadeo colectivo y luego los gritos y aplausos
cuando descubrieron el avión.
—Aquellos de ustedes que estén sentados, siéntanse invitados a abandonar sus asientos y echar un vistazo de cerca —añadió en medio de más aplausos—. Me aseguraré de terminar el resto de mi discurso antes de marcharnos, no se preocupen.
Me di la vuelta y me encontré cara a cara con mi exmujer, la persona a la que odiaba solo un poco menos que a mi padre y mi hermano.
—Hola, Naruto —me saludó, acercándose un poco más—. Cuánto tiempo sin verte… ¿Por qué me miras así? ¿No te acuerdas de mí?
—He tratado de olvidarte. —Miré su tarjeta identificativa—. ¿Has cogido una identificación equivocada o todavía sigues jodiendo a la gente con tus jueguecitos?
—No. —Forzó una sonrisa y bajó la voz—. Ahora soy Samantha, Naruto.
Samantha.
—Gilipolleces. —Su nombre real era Riley, Riley Cartwright, y su aspecto era tan parecido al que tenía cuando nos vimos por última vez que parecía que se hubiera congelado en el tiempo. Todavía llevaba el pelo rubio con un corte que favorecía sus ojos castaños; era el epítome de lo que significaba deslealtad. No importaba cuántas veces hubiera intentado racionalizar lo que había hecho, o que hubiera intentado suavizar el pasado con recuerdos del instituto; estaba seguro de que jamás podría borrar el odio que sentía.
—¿Qué tal te han tratado los años? —preguntó.
—¿Te refieres a los años anteriores a que le dijeras a todo el mundo en Misuri que abusé de ti o a los de después? ¿O quizá te refieres a cuando te pillé chupándosela a…?
—No te atrevas a terminar esa frase. —Apretó los dientes—. No te atrevas. Y abusaste de mí, Naruto. Abusaste emocionalmente por la falta de atención, por tus constantes viajes y porque no me diste lo que necesitaba.
—Te cabreaste conmigo porque te pedí el divorcio y luego le dijiste a la policía que te había golpeado con un gato. Eso se llama malos tratos físicos, y era mentira.
—Correcto… —Esbozó una sonrisa falsa, como de costumbre—. Creo que ha pasado suficiente tiempo para que puedas mostrarte agradable conmigo y dejar atrás todo ese distanciamiento.
—Casi me cuesta mi carrera, Riley —esgrimí—. Eso no es distanciamiento.
—Naruto …
—Que mi hermano se creyera tus mentiras… Sé cómo llegó mi padre a creerlas, pero ¿cómo convenciste a Menma? ¿Consiguió el mismo presente, cortesía de tu garganta?
—Naruto, te juro por Dios…
—¿Naruto? —Mi padre se unió a nosotros de repente—. Naruto, ¿eres realmente tú?
—Sabes perfectamente quién coño soy.
Abrió mucho los ojos y forzó una sonrisa para un extraño con una cámara que hizo una fotografía. En cuanto el fotógrafo se alejó, me miró y se aclaró la garganta.
—Tienes buen aspecto, hijo.
—Pensaba que solo tenías un hijo. Un tal Menma que sale en todas esas imágenes.
—Sí, ya… —Una mirada de tristeza cruzó por su rostro, pero cambió de tema—. No me lo podía creer cuando los de recursos humanos me dijeron que realmente habías firmado los papeles. Me siento muy honrado y sorprendido de que hayas accedido a trabajar en mis aviones.
—No deberías. Compras o inviertes en cada línea aérea a la que me cambio.
No tenía demasiada elección.
—Siempre hay una opción, Naruto.
—Estoy seguro de que tu primera esposa no estaría de acuerdo.
Se movió inquieto, y su sonrisa se amplió un poco cuando los destellos de las cámaras siguieron apareciendo por toda la habitación. Traté de mirarlo directamente a los ojos, de verlo por fin como un ser humano, pero lo único que veía era un monstruo sin corazón dispuesto a sacrificar cualquier cosa para conseguir su sueño, daba igual lo que costara.
—¿Qué ha pasado con el homenaje al vuelo 1872? —pregunté—. En los periódicos decía que por fin ibas a decir la verdad.
—Decían que iba a enfrentarme a la tragedia. No mencionaron nada sobre la verdad.
—Vamos, que sigues pagándoles para que impriman mentiras, ¿verdad?
—No, se referían a eso. —Señaló un lugar al otro extremo del hangar—. Allí está el nuevo avión, por si quieres echarle un vistazo. No obstante, sabía que solo debía mencionar ese hecho en los periódicos para que hicieras acto de presencia aquí. Tengo que hablar contigo. Lo antes posible, Naruto. Lo antes posible.
Me di la vuelta para alejarme, pero me agarró por el codo.
—Has conseguido evitarnos durante todos estos años —dijo—. He comprado Signature para tratar de poner fin a ello. Incluso me he mostrado de acuerdo con tu petición de un salario más alto. Más que de acuerdo, en realidad. Doblé la cifra solo para que vieras lo en serio que me tomo lo de comenzar de nuevo.
¿Por qué no intentarlo? ¿Sabes de qué cantidad de dinero estamos hablando?
—¿Qué es un millón para un millonario?
—¿Quieres más?
—No quiero nada de ti. Pronto dejaré de volar.
—Eso no es cierto. —Me miró a los ojos—. Volar significa mucho para ti, y has firmado el contrato. Incluso si encontraras la manera de librarte de ello, solo conseguirías que comprara o invirtiera en la próxima compañía en la que trabajaras. Te quiero, Naruto. Llevo muchos años echándote de menos.
—¿Ves? —sonrió Riley—. Todos, incluida yo, seguimos queriéndote, Naruto.
—Que te jodan, Riley.
Ella abrió la boca como si estuviera realmente conmocionada.
—Naruto —suspiró mi padre—. Cuando hablé de hacer un homenaje al vuelo 1872 para que vinieras aquí, no quería que lo tomaras por el lado equivocado.
—Y cuando te dije «cuida a mi esposa mientras estoy haciendo nuevas rutas», no quería decir que te la tiraras.
Riley se puso roja, pero ensayó una sonrisa para otro fotógrafo.
—Naruto, escucha. —Mi padre trató de reorientar la conversación, pero me negué a permitirlo.
—Todavía tienes que intentar pedirme perdón por eso.
—Por enésima vez… —Se detuvo, haciendo una señal a alguien en el otro extremo de la habitación—. Fue cosa de una sola vez, en términos absolutos. No significó nada, ambos estamos ahora con otras personas. Fue solo un accidente.
—¿Acaso su coño cayó sobre tu polla?
—No, pero si me dejaras explicártelo…
—No hay explicación posible. —Odiaba ver mis ojos azules en los de él, odiaba que cualquiera que se acercara lo suficiente pudiera darse cuenta—. Si estuvieras interesado en explicar a alguien dispuesto a escuchar, me gustaría que escribieras a los del diccionario Webster e hicieras una reclamación antes de que fuera demasiado tarde. Ya hay un significado para «hijo de puta», pero creo que el mundo tiene todavía una desesperada necesidad de saber que existe algo llamado «padre de mierda».
Los dos me miraron.
—¿Nada más que añadir? —pregunté.
—No conoces toda la historia, Naruto. —Riley siseó por lo bajo.
—Conozco el único capítulo que necesito. La escena en la que llegué a mi casa demasiado pronto y te vi chupándosela en el cuarto de baño. A menos que estuvieras haciendo mamadas como forma de agradecimiento a todos los demás, no sé cómo podría haber interpretado mal lo que vi durante todos estos años.
—Nunca estabas allí, Naruto. —Riley estaba a punto de perder el control—.Nunca estabas en casa.
—Estaba allí ese día. —Di un paso atrás.
—Naruto, por favor, no te marches. —Mi padre parecía sincero, pero no pude evitar sentir que estaba poniendo en práctica otro de sus mágicos trucos mentales
—. Por tu madre…
Me dirigí furioso hacia la salida, dispuesto a beber. Algo me decía que siguiera adelante, que no me molestara en mirar atrás, pero no pude evitarlo. Miré el elegante marco blanco, la luz azul del emblema y la cola color crema. Y justo cuando estaba a punto de alejarme y continuar hacia la salida, mis ojos captaron algo. Una cosa inquietante y totalmente impactante.
En el lado derecho de la cola, lo suficientemente alto para que todos pudieran verla, había una imagen difuminada de la cara de mi madre en un suave color sepia. La fecha de su nacimiento y su muerte y algunas palabras escritas debajo.
Siempre te recuerdo, Kushina.
Te amo.
Mina
Descansa en paz, Kushina Namikaze
1949-1999
—Qué pena, ¿verdad? —susurró por lo bajo una mujer madura—. Perder a su esposa en el primer avión que construyó… Estoy segura de que todavía sigue devastado.
—Sí, estoy seguro de eso. —Me di la vuelta y examiné la habitación en busca de mi padre, captándolo en mitad de una carcajada. Lo miré con la furia corriendo por mis venas, esperando a que sus ojos se encontraran con los míos.
Posaba para algunas fotos con su nueva esposa, mucho más joven que él, y, cuando se dio la vuelta, nuestras miradas chocaron. Arqueó las cejas como si todavía le sorprendiera que siguiera allí. Entonces me guiñó un ojo.
«¿Es suficiente?», deletreó con la boca, antes de concentrar su atención en otra persona.
Apreté los puños, conteniéndome para no ir hacia él y romperle la cara. Antes de que eso ocurriera, vi a Hinata en el otro lado de la habitación.
Se reía. Llevaba un vestido corto de color azul claro que dejaba poco a la imaginación. La prenda se detenía en la mitad de los muslos y se ceñía a sus caderas, haciendo destacar sus pechos perfectos.
Empecé a andar hacia ella, pero me detuve al darme cuenta de que bailaba con alguien vestido con un traje azul marino. Alguien que le pasaba las manos por la espalda y le susurraba algo al oído.
Confuso, la observé durante varios minutos más, suponiendo que se trataba de un amigo suyo, o un baile casual con un desconocido. Pero cuando ella dejó caer la cabeza hacia atrás, riéndose, vi exactamente con quién estaba bailando y me quedé lívido.
HINATA
—Me hace daño… —Sonreí con inquietud cuando Menma Namikaze, el hijo del dueño de la aerolínea, se inclinó y me dijo algo subido de tono al oído mientras me aferraba con demasiada fuerza. Esperaba que Ino viera pronto mi mensaje: «Por favor, sálvame de este idiota ya».
Había pensado que si me limitaba a reírme de algunas de sus bromas, se alejaría, pero mi reacción solo lo había animado más. Para empeorarlo todo, estaba borracho. Sin embargo, cada vez que se detenía un fotógrafo junto a él y le pedía una foto, se las arreglaba de alguna manera para parecer sobrio durante los tres segundos que se tardaba en disparar. Después volvía a acosarme.
—Hinata, dime que has quedado conmigo antes —exigió finalmente, soltándome y leyendo mi nombre en la etiqueta identificativa.
—No —repuse—. No habíamos quedado nunca.
—¿Estás segura? Nunca olvido una cara, y… —bajó la vista hacia mis pechos con una sonrisa— me resultas muy familiar.
—Los entrevisté a usted, a su padre y a su esposa hace mucho tiempo, cuando yo era periodista.
—¡Oh! —Se encogió de hombros—. Quizá sea por eso.
—Seguro que sí. Y hablando de eso, ¿qué tal está su esposa? — Disimuladamente, puse la muñeca fuera de su alcance—. Se llama Sharon, ¿verdad?
—Sí. —Se rio—. Me ha dejado, pero… shhhhh… No lo publiques. Todavía no se sabe.
—Mi compañera de piso está esperándome allí. —Di un paso atrás—. Tengo que…
—Espera… —Volvió a agarrarme por la muñeca, hundiéndome los dedos en la piel con mucha más fuerza—. Cuando has dicho que eras periodista, ¿estabas tomándome el pelo?
Negué con la cabeza. Recordaba aquel encuentro demasiado bien. La entrevista había durado un día entero, y su padre y él, como era de esperar, me ofrecieron unas respuestas ensayadas sobre Elite. Después de que hubieran pospuesto la entrevista tres veces, respondieron con frases hechas que podría haber encontrado en la Wikipedia, lo que había convertido aquel artículo, en principio sencillo, en una auténtica pesadilla.
—¿Nos preguntaste cómo surgió realmente esta aerolínea tan sorprendente? — Cogió una copa de champán de la bandeja de un camarero que pasaba y la vació de golpe—. ¿Por casualidad nos preguntaste cómo empezó todo?
—Con el debido respeto, todo el mundo conoce esa respuesta. —Aparecía ya en los libros de historia como el último cuento de la Cenicienta.
—No. —Lo vi sacudir la cabeza—. Todo el mundo piensa que lo sabe —dijo arrastrando las palabras—, pero si vienes conmigo a casa, te daré la exclusiva. Sin embargo, tendrás que tragar; estoy sano, así que nada de condones. — Cuando me miró a los ojos, me resultaron familiares, como si me recordaran a otra persona—. Cada año odio más confirmar todas las mentiras, todas estas fiestas… Es muy cansado. Me siento viejo y cansado…
Sentí bastante curiosidad con respecto a lo que él entendía por «confirmar todas las mentiras», pero unos minutos antes había afirmado que había sido él quien había inventado las máquinas de café de Starbucks, así que estaba segura de que era el licor quien hablaba y no él.
Empecé a pensar otra excusa para alejarme lo máximo posible de él, pero una rubia se interpuso entre nosotros y le cogió la mano mientras se inclinaba para hablarle al oído.
—¿Está aquí? —preguntó Menma con los ojos muy abiertos—. ¿Ha venido de verdad?
La mujer asintió.
—¿Dónde está?
La joven no respondió. Se limitó a alejarse.
Sin decir una palabra más, él se dio la vuelta y la siguió entre la multitud.
Aliviada, me dirigí hacia el otro lado del hangar; necesitaba desesperadamente un poco más de espacio. Me abrí paso entre los invitados hasta más allá de los baños. Al ver el letrero «Subasta silenciosa» encima de una puerta, entré en esa habitación, llena de cajas de cristal y paredes de espejo.
La subastadora me dio de inmediato una hoja de licitación de color azul y sonrió. Entonces, como si supiera que yo no pensaba pujar, puso los ojos en blanco.
—No has venido a retocarte el maquillaje, ¿verdad? —susurró.
Negué con la cabeza.
—No, solo intentaba encontrar un poco de paz.
—Claro. —Frunció los labios y me quitó el papel azul de los dedos—. Puedes conseguir un poco de paz en el otro lado de la habitación durante veinte minutos, luego tienes que salir.
—Gracias. —Me alejé mientras miraba mi reflejo.
A pesar de que tenía unas pronunciadas ojeras, Ino había hecho maravillas con mi maquillaje. En el momento en el que le dije que habían desviado mi vuelo y que había una gala esta noche, insistió en ocuparse de mi aspecto de pies a cabeza.
Aunque no había sabido lo revelador que resultaba aquel vestido azul que ella había elegido, la sombra de ojos color bronce y el brillante lápiz de labios rosa conseguían que tuviera un aspecto increíble.
Mientras buscaba en el clutch mi propio labial, oí el sonido de cristales rotos contra el suelo.
—¿¡Qué hace!? ¡Señor, no puede irrumpir aquí de esta manera! —jadeó la subastadora—. Señor, tiene que salir. Ahora mismo.
Alcé la cabeza y vi reflejado en el espejo a Naruto, con la cara muy roja.
Nuestros ojos se encontraron en el cristal.
—¿Qué cojones crees que estás haciendo? —gritó.
Lo miré de nuevo, vacilante. Los pocos clientes que había en la habitación se dirigieron hacia la puerta, murmurando por l0o bajo su malestar.
—¿Qué cojones crees que estás haciendo, Hinata ? —repitió, ahora más fuerte.
—¿Perdón? —Me di la vuelta.
—No tartamudees. —Apretó los dientes y se acercó a mí—. ¿Por qué coño estabas hablando con Menma Namikaze?
Sacudiendo la cabeza, la subastadora recogió los folletos y abandonó la habitación, dejándonos solos.
Sin saber por qué Naruto me estaba mirando así, noté que la sangre me comenzaba a hervir en las venas ante su grosera intromisión.
—Hablaré contigo cuando te calmes —le advertí—. Cuando sepas con quién estás hablando.
—Estoy hablando contigo —siseó—. Y estoy hablándote de Menma, una persona con la que no quiero que vuelvas a hablar nunca más. —Se acercó y me apretó contra la pared—. Sin embargo, puesto que ya lo has hecho, tienes que decirme por qué cojones has estado con él, y quiero que me lo expliques en este mismo momento.
—No he estado hablando con él. Se acercó a mí cuando llegué, insistió en bailar conmigo y se puso a contarme chistes estúpidos.
—¿Esperas que me crea esa mierda? —Me miró con los ojos entrecerrados.
—Me importa muy poco lo que tú creas. —Sentí que se me calentaban las mejillas—. Y no tengo que darte ninguna explicación. ¿De verdad piensas que me puedes decir con quién puedo o no hablar?
—Cuando se trata de ciertas personas, sí.
—Bueno, no me gusta tener que decírtelo, Naruto —advertí, más enfadada que nunca—, pero no te pertenezco.
—Estoy al tanto. —Me rozó la frente con la suya al tiempo que deslizaba una mano por debajo de mi vestido, entre mis muslos, para rozar mi sexo desnudo con los dedos—. Pero estoy seguro de que, durante el tiempo que dure nuestra disposición, esto es mío.
Contuve la respiración cuando apretó el pulgar directamente contra el clítoris, pero eso no me hizo retroceder.
—Nuestro acuerdo solo implica no tener sexo con otras personas, no con quién debemos hablar.
—¿Eso crees? —Apartó la mano, dejando mi sexo palpitando—. ¿Es necesario añadir una cláusula de sentido común sobre no permitir que otras personas te pongan las manos encima mientras te cuentan chistecitos verdes?
—Es el hijo del dueño de la compañía, Naruto. La prensa seguía todos sus movimientos. ¿Qué querías que hiciera?
—¡¿Antes o después de intentar follarte?! —gritó—. Haber hecho lo que haces conmigo tan fácilmente, alejarte.
—Esa es tu especialidad, no la mía. —Sentí una repentina urgencia de abofetearlo—. Estaba borracho y yo he tratado de ser amable con él, de distraerlo.
—Puedes ser amable con cualquiera menos con él. A partir de este momento, no existe para ti, así que no vuelvas a cruzar una palabra con él.
—Cuando lo vea en mi camino, puedes estar seguro de que me pienso despedir. Incluso puede que le diga lo encantada que estoy de verlo de nuevo.
—Entonces, considera que nuestro arreglo queda finalizado.
—¿Porque he hablado con Menma ? —Estaba a punto de perderlo—.
¿Porque lo consideras una especie de amenaza?
—Porque es mi hermano.
Lo dijo con tanta fuerza que la mujer que acababa de entrar en la galería se detuvo en seco.
—Exactamente. —Yo seguía siendo el centro de su atención—. Entonces, dime, Hinata, ¿mantenerte lo más alejada posible de mi hermano mientras estés follando conmigo va a ser un problema para ti?
—No. —Lo miré directamente a los ojos—. Porque no vas a volver a follar conmigo. No tengo por qué soportar esto. —Pasé ante él y me marché, sin importarme que la mujer que acababa de entrar fuera la señorita Connors.
