HINATA
Hice una mueca mientras preparaba otra jarra de café para los pasajeros de primera clase. Sentía una gran debilidad en los músculos de los brazos después de haberme sostenido en el marco de la puerta del armario mientras Naruto, arrodillado en el suelo, me devoraba el coño con fruición.
Todavía esperaba que llegara el momento en el que el sexo no sería tan espectacular, cuando solo fuera «bueno» o quizá mediocre, pero sin embargo cada vez resultaba más intenso.
Tras asegurarme de que el café estaba suficientemente caliente, lo dejé en el carrito, preparada para dar inicio al servicio de desayuno. Abrí el compartimento en el que guardábamos los manteles individuales, pero la señorita Connors se interpuso delante de mí y lo cerré de golpe.
—¿Qué tal se encuentra en este hermoso día, señorita Hyuga ? —me preguntó, sonriente.
—Bien. ¿Qué tal está usted?
—Increíble. —Su sonrisa no se alteró—. No la he visto con el resto de la tripulación esta mañana, en el traslado al aeropuerto, así que he supuesto que había solicitado un cambio. Imagine mi sorpresa cuando he llegado esta mañana y la he visto esperando pacientemente junto a la puerta de embarque.
—Sí, ya sabe… —No sabía a dónde quería llegar con esto—. Llegar antes es llegar a tiempo, y mis llegadas deben ser perfectas. He cogido el autobús anterior.
—¿En serio? —Se cruzó de brazos y se apoyó en la encimera—. ¿Sabe?, eso es muy interesante, porque no había ningún bus anterior. Incluso si lo hubiera habido, la habría visto, porque estaba en el vestíbulo tomando un café y leyendo un libro a las cinco de la mañana. Tendría que haberla visto cuando ha bajado.
No dije nada.
—Por otra parte —añadió ella, mirándome con los ojos entrecerrados—, confieso que he ido a su habitación a las siete, para asegurarme de que llegaba a tiempo, así que imagine lo sorprendida que me he quedado cuando una de las camareras de planta del hotel me ha informado de que ayer no se había instalado siquiera en la habitación.
Sentí que se me ponía roja la cara, pero no dije una palabra.
—Luego, he empezado a pensar para mis adentros. «Bueno, la señorita Hyuga a veces es muy incompetente, pero no es posible que arriesgue su carrera por retozar con un piloto». —Sacudió la cabeza—. «No es posible que fuera cierto que la recepcionista había visto a la chica que tengo en la cabeza cómo entregaba la llave en recepción poco después de registrarnos y que era recogida por un piloto "guapísimo"». No es posible, ¿verdad, señorita Hyuga ?
Tragué saliva, incapaz de sostener su mirada un segundo más.
—Ponga fin a eso. —Me estudió con los ojos entrecerrados—. Hoy mismo. No me importa qué alocada lujuria se haya apoderado de ustedes, pero como continúe con ello, me encargaré de que la despidan.
—Señorita Connors, yo… La vi levantar la mano.
—Esperaba más de usted. Puede aspirar a mucho más que a un maldito piloto.-Puso los ojos en blanco y se alejó sin decir nada, más,dejándome completamente avergonzada.
Unos segundos después de registrarme en el hotel de Los Ángeles, me alejé todo lo posible de la señorita Connors y me encerré en mi habitación. Conecté mi portátil a la red eléctrica antes de sentarme ante el escritorio, obligándome a olvidarme temporalmente de sus amenazas.
Busqué en Google «asistentes de vuelo despedidas por romper la política de no confraternización», y aparecieron varias páginas de resultados. Cliqué en cada uno de los enlaces, y mi corazón se contrajo cada vez más. De los veinte que leí, dieciocho de los incidentes eran de AmbuAirways, pero algunos tenían ya varios años. Los más actuales contenían frases políticamente correctas, variaciones todas ellas de «Por eso tenemos el récord de seguridad. Nuestros empleados son profesionales. Ninguna otra línea aérea en el mundo tiene una política como la nuestra, pero los resultados están a la vista».
«Joder…».
Cerré todas las ventanas del navegador y me recosté en la silla. Iba a tener que encontrar la forma de poner fin a esto; no valía la pena perder el trabajo por sexo, no importaba lo increíble que fuera.
Me levanté con un suspiro y me di una larga ducha, pensando en los últimos meses y contando todos los encuentros que habíamos tenido. No importaba lo mucho que deseara creer que esto podía convertirse en algo más: lo único que mejoraba entre nosotros era el sexo. Las conversaciones seguían en sus términos, y si se desequilibraban eran porque yo contaba algo de mí y él ocultaba lo suyo. Cuanto más tiempo continuara negando el hecho de que quería algo más en realidad, más tiempo continuaría alargando esta relación que no llevaba a ningún lado y que podía acabar haciéndome daño.
Salí de la ducha y de inmediato busqué el nombre de Naruto en el teléfono. Le escribí un mensaje y pulsé enviar, sin darme la oportunidad de cambiar de opinión.
Hinata : Tenemos que terminar lo nuestro. Ahora mismo. Lo siento…
Él no respondió.
Me pasé una hora mirando fijamente la pantalla hasta que me di cuenta de que no iba a hacerlo. Pensé que su silencio era una manera fácil de aceptar las cosas, así que encendí el portátil una vez más y escribí algunas fichas nuevas.
Dado que había logrado dejar pasar varias semanas sin ceder a la curiosidad que me provocaba la familia de Naruto y que prácticamente habíamos terminado, tenía que saber lo que quería decir con que Menma era su hermano. Lo había dicho de una forma que indicaba que odiaba admitir tal hecho.
Escribí «Menma Namikaze» en una pestaña y «AmbuAirways presidente Minato Namikaze» en otra.
Hice clic en la mejor imagen de Minato y la amplié. Arqueé una ceja al darme cuenta del increíble parecido que había entre él y su hijo, Menma. Luego busqué una foto de Naruto.
A primera vista no había muchos rasgos en común; los de Minato eran más suaves, y, en sus años de juventud, tenía el pelo rubio claro y llevaba bigote. Pero poseía unos ojos azules brillantes e impactantes, exactamente iguales a los de Naruto.
«Por lo que no es posible que sea adoptado…».
Estuve estudiando las fotos de los dos durante al menos cinco minutos, preguntándome cómo demonios no había salido a la luz esto durante tanto tiempo, cómo era posible que ningún periodista oportunista hubiera filtrado a la prensa la historia sobre «un hijo secreto». Sin duda habría alcanzado un precio elevado.
Me hice una taza del café barato del hotel antes de ponerme a leer la breve biografía del padre de Naruto en la página web de la compañía. Todo lo que ponía allí era justo lo que recordaba haber escrito años antes, una historia digna del sueño americano.
«A los seis años, Minato Namikaze era una muchachito que solo soñaba con ser piloto. Creció en la pobreza, y sus padres no eran capaces de pagar las clases en la escuela de aviación local, por lo que en su lugar se centró en aprender a construir aviones. Después de abandonar el instituto con catorce años, tuvo dos trabajos para ayudar a mantener a su familia y, por fin, se alistó en la aviación, donde se convirtió en uno de los pilotos más laureados del país.
Tras décadas de servicio activo, fundó AmbuAirways. El vuelo inaugural se realizó en un avión que él mismo ayudó a diseñar. Sin embargo, ese vuelo terminó en una tragedia en la que murió su propia esposa, Kushina, y resultó herido su único hijo, Menma.
Aunque Menma se recuperó por completo, Sarah sucumbió a las heridas, lo que hizo que Minato sufriera años de depresión. Presa de su angustia, Minato se comprometió a que su aerolínea fuera la más segura del mundo, y Ambu no ha sufrido accidentes fatales desde entonces.
Esperamos que ese registro continúe…».
Luego entré en el perfil de Menma, pero su biografía era mucho más corta y daba menos datos. Solo era una vaga repetición de sus años en la universidad y su amor por volar. La foto era una imagen antigua con el uniforme azul de piloto.
Frustrada, me recliné en la silla y puse en marcha un vídeo de YouTube en el que era entrevistado, hacía algunos años. Mientras respondía a las preguntas, empecé a pensar que quizá los lazos que había tenido Naruto se habían perdido con los años, o quizá fuera producto de una infidelidad que la familia quería mantener oculta. Leí algunos artículos más y me incliné para detener la entrevista cuando Menma dijo algo que me cogió por sorpresa.
—Sí —afirmaba—, solo pasé un par de años en la academia de vuelo. Me gradué con honores. Aún tengo el uniforme. —A continuación, apareció en la pantalla una imagen borrosa en la que vestía el uniforme de color gris de la academia.
Detuve el vídeo y rebobiné para volver a reproducir esa parte otra vez, estudiando que el entrevistador le hacía la pregunta con naturalidad.
Busqué en mi correo electrónico las notas que había escrito años atrás, buscando una cita que no llegué a incluir en el artículo, pero que sí había encontrado: «Fui a la academia de vuelo, pero me esforcé para conseguirlo. Aunque no terminé con honores, la experiencia valió la pena. Todavía conservo el uniforme».
Poseída por mi viejo hábito de investigación, rebobiné el clip de YouTube para estudiar a fondo la fotografía en la academia, haciendo zoom en los tenues números grises que aparecían grabados en un lateral de la foto, que suponían su identificación como estudiante. Luego busqué el número de teléfono de la academia de vuelo, marcando la extensión correspondiente.
—Departamento de admisión —respondió una voz masculina después de dos timbrazos—. ¿En qué puedo ayudarla?
—Estoy… —me aclaré la garganta— estoy haciendo una investigación para The Times. Estamos buscando un perfil de una persona que se graduó en la academia.
—¡Oh, genial! —Parecía realmente encantado—. Nos encanta ayudar. ¿Qué necesita?
—Estoy comprobando los hechos, quiero estar segura de que se trata de la misma persona.
—Estoy entrando en la base de datos. —Se oía de fondo el sonido de las teclas
—. Nunca se comprueban las cosas lo suficiente, ¿eh? Un segundo… —Más tecleos—. De acuerdo con nuestra política, solo puedo confirmar o negar el nombre asociado a un número de identificación dado. ¿Lo tiene?
—Sí. Cinco, cuatro, nueve, siete… —Forcé la vista en la foto—. Uno, cero, cero, nueve.
—Hecho. ¿Qué necesita saber?
—¿Este estudiante se graduó con honores?
—Las más altas distinciones. Ganó todos los premios posibles. —Se rio—.Parece que incluso se hizo uno para él el último curso.
—¿Puede confirmarme el nombre?
—Solo después de que me lo diga usted.
—Esto… Mmm… Namikaze. Menma Namikaze.
—No, señorita. Ese no es el nombre que consta en nuestros registros. Quizá me haya dicho algún núme…
—No, lo siento —lo interrumpí—. He mirado mal el nombre. Uzumaki. Naruto Uzumaki.
—Exacto. Naruto N. Uzumaki. —Se detuvo—. ¿Se mostró de acuerdo en que lo investigara?
—Me costó mucho convencerlo. —Iba a colgar ya, pero se me ocurrió una última cosa—. ¿Por casualidad tendrá una copia digital del anuario?
—Le puedo enviar un código de acceso que caducará dentro de una hora. Sin embargo, no tiene permiso para usar las imágenes para su artículo.
—No lo haré. —Recité la dirección de correo electrónico, le di las gracias y puse fin a la llamada. Esperé a recibir el enlace en mi bandeja de entrada. Cuando lo hice, diez minutos después, pinché en la dirección y estudié página tras página del anuario, deteniéndome al llegar a la W.
Allí, en la parte superior, estaba el rostro juvenil de Naruto, sonriendo con orgullo. Comparé la imagen con la que aparecía de Menma en la entrevista, y comprendí que alguien había retocado la foto de Naruto, cambiando la cara.
Busqué más fotografías de Menma en la prensa, imágenes en las que aparecía jugando en el césped de la academia o de pie ante algunos aviones pequeños. Y según seguía desplazándome por las páginas de los anuarios de la academia, me di cuenta de que cada una de esas instantáneas había sido también retocada.
«¿Qué es esto…?».
Busqué «Kushina Namikaze»; aparecieron fotos de una joven muy guapa, que sonreía con Minato, y también de su funeral. No había ninguna biografía de ella, solo enlaces que conducían al vuelo 1872 e imágenes de Minato llorando, con Menma a su lado, el día que la enterraron.
Naruto no aparecía en ninguna de las fotografías o archivos. Ni siquiera lo mencionaban brevemente en el obituario público. Era como si hubieran borrado su existencia.
Cerré el portátil de inmediato, decidiendo que tenía que olvidarme de ese tema para siempre. No tenía necesidad de investigar más, no quería saber más.
Me recosté en la cama, intentando dejar de preguntarme por qué alguien le haría eso a Naruto, y por qué él permitía que aquella farsa continuara durante tantos años. Rodé sobre la cama para configurar una alarma en el móvil, pero sonó un golpe en la puerta.
Confusa, me levanté para abrirla, y me encontré cara a cara con Naruto.
—Pero ¿qué…? —Di un paso atrás—. ¿No estabas en Hawái?
—¿Qué cojones significa este mensaje de texto? —preguntó, sosteniendo su teléfono ante mi cara.
Parpadeé, todavía incapaz de procesar que lo tenía delante de mí en este momento. Estaba lívido. Vestía una camiseta gris que ceñía sus músculos de todas las formas posibles y unos vaqueros del mismo azul que los brillantes que lucía su último reloj.
—¿Hinata? —Me miró con los ojos entrecerrados—. ¿Qué cojones significa este mensaje?
El sonido de las puertas del ascensor resonó en el pasillo y tiré de él hacia el interior del dormitorio.
—Es mi forma de intentar terminar lo nuestro.
—¿No me merezco al menos una despedida en persona? —Me puso los dedos en la barbilla para alzármela, de forma que mis ojos se encontraron con los suyos
—. Podrías haber esperado y habérmelo dicho en Nueva York la semana que viene.
—¿Antes o después de follar?
—Hubiera preferido que después. —Sonrió—. ¿Es una broma?
—No. —Negué moviendo la cabeza—. Lo cierto es que quería decirte adiós y poner punto final a todo esto, por mí.
—De acuerdo —dijo—. Dame una razón.
—Te acabo de dar una.
—Querer decir adiós no es una razón.
—De acuerdo. —Tragué saliva cuando me pasó el dedo por la clavícula—. Va contra las reglas.
—Ya sabías que iba contra las reglas cuando empezamos. Inténtalo de nuevo.
—Mi supervisora me ha pillado y ha amenazado con hacer que me despidan. No estoy dispuesta a echar por tierra mi carrera por acostarme contigo.
—No va a despedirte. —Parecía divertido—. Si lo fuera a hacer, habría actuado después de la gala, después de que te oyera decir que no ibas a volver a follar conmigo. —Movió la mano hasta mi cintura—. Pero ahora que lo has mencionado, tenemos que ser más cuidadosos. Han convocado una reunión de pilotos porque han subido a las redes sociales un video en el que aparecemos nosotros dos besándonos.
Abrí los ojos como platos.
—¿Es que no te estás escuchando, Naruto? ¿Necesitas más razones para poner fin a esto?
—Sí, estoy esperando a que me des una aceptable. ¿Has terminado ya?
Permanecí en silencio durante unos segundos.
—Ya no me siento atraída por ti.
—Por favor, una razón que no insulte mi inteligencia. —Me puso un mechón de pelo detrás de la oreja—. Dime la verdad.
—Me gustas. Parpadeó.
—Y creo que yo no te gusto a ti y que nunca sentirás lo mismo que yo, así que teniendo en cuenta las amenazas de mi supervisora, prefiero cortar ya por lo sano. —Di un paso atrás—. De esta manera, ya no sentiré la tentación de decir palabras como «nosotros», «más» o…
—«Relaciones» —Fue él quien terminó la frase mientras me agarraba de la muñeca, tirando de mí hacia él—. Lo recuerdo.
—Por lo tanto —añadí, mirándolo a los ojos—, creo que esto es el final. — Esperaba que se fuera, pero no lo hizo. Se quedó mirándome, con los ojos clavados en mí.
—¿Estás segura de que no estás confundiendo enamoramiento con sexo porque te gusto? —Me rodeó la cintura con un brazo, rozándome las caderas con los dedos—. Porque eso sí podría ser un problema.
—No se trata de eso. —Mi voz era un susurro—. Creo que, independientemente de lo que acordamos, terminará influyendo en mis sentimientos en el futuro.
—No eres adivina, Hinata—esgrimió—. No tienes ni idea de lo que va a pasar, y ya tendrías que saber que me gustas, creo que se trata de una obcecación temporal. —Chascó la lengua antes de que pudiera añadir algo—. Una obcecación temporal mutua.
Sin añadir nada más, me estrechó la mano y me llevó hasta la cama. Comenzó a pasarme la otra mano por el pelo, como si fuera a besarme, pero negué con la cabeza.
—Yo no tengo una obcecación temporal contigo, Naruto —dije—. Me gustas. Y me gusta follar contigo, y no quiero que intentes convencerme de que no es así. Pero por muy bueno que sea el sexo contigo, no pienso arriesgar mi trabajo por ello, ni permitir que alguien que no siente nada por mí lastime mis sentimientos. Por lo tanto, creo que debes marcharte. Ahora mismo.
Él no dijo nada, pero en su rostro apareció una mirada confusa. No apartó la vista.
—¿Por qué estás aquí? —Liberé mi mano—. ¿No tenías que estar en Hawái?
—Quería verte. —Negó con la cabeza—. Pero ahora que has decidido unilateralmente una vez más que puedes hacer que incluso las conversaciones más insustanciales tengan incluso menos sentido, he recuperado la razón. Nos vemos el viernes en Nueva York. E4. —Se dirigió hacia la puerta.
—¿Es que no has escuchado lo que te he dicho? —me burlé—. No vamos a vernos más. No pienso estar allí.
—¡Dios, Hinata ! —gimió, sin detenerse—. He recibido el puto mensaje. ¿Puedo abandonar ya la habitación o vas a decir algo más?
—Algún día te arrepentirás de esto… —murmuré por lo bajo. Él se limitó a darse la vuelta.
—Lo único que lamento es no haber tenido la oportunidad de ver esa boca tuya tan aguda haciendo algo más que escupir palabras.
Lo miré boquiabierta.
—Sí. —Me miró de arriba abajo antes de abrir la puerta—. Sí, lo he dicho de verdad.
Me quedé con los ojos clavados en la madera durante unos segundos después de que se cerrara.
Molesta por no haber dicho la última palabra, corrí a abrir para lanzarle una última pulla mientras se alejaba, pero cuando abrí la puerta, no estaba dirigiéndose hacia los ascensores, sino que estaba delante de mí.
Sus labios se apoderaron al instante de los míos y me cogió en brazos, obligándome a rodearle la cintura con las piernas. La puerta se cerró a nuestra espalda mientras luchábamos por ser el que tuviera el control.
—Hablas demasiado, Hinata … —gruñó contra mi boca—. Demasiado. — Apartó los labios y me arrojó sobre la cama.
Se me cayó la toalla, dejándome desnuda, mientras él se quitaba la camiseta por la cabeza, revelando esos abdominales que me hacían mordisquearme el labio cada vez que los veía.
Todavía mirándome, empezó a desabrocharse los pantalones, pero cuando se acercó al borde de la cama, le cogí la muñeca.
—Déjame a mí —pedí en un tono más exigente de lo normal. Él arqueó una ceja ante mi voz, pero apartó la mano.
Le quité el cinturón y lo dejé caer al suelo y le bajé la cremallera. Empujé la tela a un lado, liberando su dura erección, y, sin dudar ni un segundo, incliné la cabeza y me la metí en la boca.
Él gimió al tiempo que apresaba mi pelo con el puño mientras yo introducía su polla poco a poco entre los labios, hasta el fondo de la garganta. Moví la boca de arriba abajo por la longitud, pasando la lengua por la punta cada vez que la sacaba por completo.
—Joder, Hinata … —Me miraba con los ojos vidriosos y los labios entre abiertos.
Saboreando el control que tenía sobre él, sujeté su miembro por la base y empecé a jugar con él, recreándome en la forma en la que tensaba los músculos.
Continué moviendo la boca por su polla, cubriendo de saliva cada centímetro.
Enredó los dedos en mi pelo para intentar controlar el ritmo con suavidad.
Dijo mi nombre una vez más, con la voz áspera y gutural, y yo le deslicé la mano libre entre las piernas mientras él cerraba los ojos. Después de apretarle los testículos con los dedos y de masajearlos otro poco, le arranqué otro gemido.
Empecé a introducirlo de nuevo profundamente en mi boca, pero de repente se retiró, dejando de deslizar la polla entre mis labios.
—Estoy a punto de correrme… —confesó, con una mirada ardiente y oscura—, por lo tanto, si no quieres…
No lo dejé terminar. Volví a rodear su miembro con los labios, permitiendo que me sujetara el pelo, y dejé que me guiara adelante y atrás.
Susurró una maldición cuando creció el espesor contra mis mejillas. Se le tensaron los músculos de las piernas una última vez justo antes de derramarse contra el fondo de mi garganta. Me agarré a sus muslos mientras seguía corriéndose, tragando hasta la última gota.
Cuando estuve segura de que eso era todo, lo miré y vi que también me miraba. Abrí la boca para decir algo, pero presionó un dedo contra mis labios antes de que pronunciara una sola palabra.
—Ahora no —dijo. Me atrajo hacia arriba, sobre la cama, y me encerró entre sus brazos mientras me besaba en los labios. Me recorrió la espalda desnuda con las manos—. Si me gustaras… —susurró.
—Creo que te gusto.
—Cállate, Hinata. —Me mordió—. Incluso si me gustaras, que no me gustas, vas a tener que darme una razón mucho mejor que esa para que deje de follarte… —Me pasó los dedos por el pelo mientras sentía que su polla se endurecía contra mi muslo—. Puedo lidiar con una regla rota —dijo, incorporándose y llevándome consigo—, siempre y cuando me asegures que será la única que rompemos. —Me agarró por las caderas, sin esperar respuesta, y me folló con más intensidad que nunca durante el resto de la noche.
HINATA
—Es un CR-9 —dije, horas después—. Ese es fácil.
—Casi. —Naruto me acercó todavía más—. Es un MD-88.
—Cuatro de cinco no está mal.
—Solo has acertado cuatro de veinte, Hinata. —Sonrió—. Es terrible.
Eran las cuatro de la madrugada y estábamos sentados en la terraza de un aeropuerto privado de vuelos chárter que había en la ciudad. Ante su insistencia, después de mostrarnos los dos de acuerdo en que estábamos inquietos después de tres rondas de sexo, dijo que tenía una idea y llamó una limusina de lujo para ir allí.
Me había encerrado la cara entre las manos y me había besado durante todo el trayecto, haciendo que notara mariposas en el estómago y obligando al conductor a cerrar la ventanilla de separación.
—Si esto hubiera pasado hace un par de años… —me puse de lado y lo miré a los ojos—, habría acertado todo.
—¿Por qué hace un par de años sí?
—Porque acostumbraba a escribir sobre aviones y aerolíneas para el periódico.
No siempre, pero sí un par de veces al mes.
Se quedó callado sin dejar de pasarme los dedos por el pelo.
—¿Por qué lo dejaste?
—No lo dejé. Me despidieron. Pareció sorprendido.
—¿Por difamación?
—Por contar la verdad.
—Mmmm… —Me pasó un dedo por los labios—. ¿Tuvo algo que ver con Ambu o con el que nunca debe ser mencionado?
—No —repuse—. Se trató de algo personal. Alguien que me hizo daño, por lo que yo hice lo mismo.
—Qué maduro…
Cambié de tema.
—¿Qué estabas haciendo tú hace dos años?
—Volando.
—¿Es lo único que has hecho?
—Sí.
—Naruto … —Suspiré—. Como puedes ver, cuando me preguntas algo, colaboro, pero cuando yo te pregunto a ti, evades el tema.
—Quizá deberías hacer preguntas mejores.
—Genial. ¿Por qué no hablaste con mi jefe la primera noche que pasé en tu apartamento?
—Básicamente porque no tenía ningún propósito hacer eso. —Me miró—.Además, te encontré muy divertida y quería volver a verte.
—Vale. ¿Por qué cambias el televisor y la mesita del café cada poco tiempo? Recuerdo todas las órdenes de trabajo, incluso las anteriores a conocernos…¿Por qué se rompe todo tan a menudo?
—Salen defectuosos.
Parpadeé, y él sonrió al tiempo que tiraba de mí para que me pusiera encima de él.
—Solía tener problemas para dormir. Eso es todo.
—¿Solías? No hace tanto tiempo, Naruto. No. ¿Todavía los tienes?
—Para mi sorpresa, no. —Me besó la piel de forma ardiente—. Desde que estoy contigo. —No me dio la oportunidad de hacerle ninguna pregunta—. ¿Qué más hacías en mi casa?
—¿A qué te refieres?
—Me refiero a por qué sentías la necesidad de burlar las cámaras de seguridad y poner una grabación en bucle. ¿Qué hacías allí?
—Nada. —Me apretó la cabeza contra su pecho, justo encima de su palpitante corazón—. Sin embargo, te he robado algunos libros de tu biblioteca.
—Soy consciente de ello. Me daba cuenta. ¿Qué más?
—Además, dormía desnuda en el sofá. Se rio.
—¿También en mi habitación?
Asentí moviendo la cabeza, y me dio una juguetona palmada en el trasero.
—Naruto, sé que Minato Namikaze es tu padre —dije en voz baja, soltando las palabras a toda velocidad.
—Ya somos dos.
—Estuve buscando viejas fotos de familia y no sales en ninguna… ¿Por qué te han borrado? Es decir, ¿por qué no has dicho nada? Eres hijo de un millonario…¿Es de ahí de donde procede tu dinero?
—No. —No me dio más detalles. Solo me acarició la espalda de arriba abajo de forma rotunda, masajeándome los músculos—. Déjalo ya.
—Solo dime que me lo contarás algún día —murmuré—. Si seguimos juntos.
—Voy a pensar si te lo diré algún día.
—Bien, cuando llegue ese día, me gustaría que fuera el mismo día que tuviéramos una cita.
Su mano se detuvo al instante.
—¿Qué?
—Una cita de verdad, con flores, cena y…
—Todo lo que estuvimos de acuerdo en no hacer.
—Sí —dije.
—Hinata … —Suspiró—. Preferiría que no nos saltáramos ninguna regla más.
—Y yo preferiría que me hablaras de verdad, pero es evidente que no voy a conseguirlo, por lo que estamos haciendo un trato.
No dijo nada durante un buen rato, pero al cabo de un momento volvió a poner las manos en mi espalda y no añadió nada más hasta que empezó a amanecer.
Cuando regresábamos, me cargó al hombro y me llevó escaleras abajo para dejarme en el asiento trasero. Me colocó la cabeza en su regazo y dormí mientras la limusina atravesaba Los Ángeles lentamente.
Pensé que se quedaría un día más, ya que disponía de dos noches antes de tener que regresar a Hawái, pero cuando me desperté, se había marchado.
El único vestigio de su presencia era la caja de su reloj en la mesilla de noche. Al abrirla, me encontré con otro Audemars Piguet. Pasé los dedos por el brillante cristal y suspiré. Intenté coger el teléfono para enviarle un mensaje y decirle que se lo había dejado, pero se me cayó al suelo. Al levantar la mirada, me encontré con un enorme ramo de flores blancas y rojas junto a la puerta.
Conmocionada, me acerqué y abrí el pequeño sobre plateado que había con ellas y leí la nota.
«Esto nunca ha ocurrido. Y el reloj es tuyo.
Naruto ».
