NARUTO
«Necesito beber algo…».
Me palpitaba la cabeza por el dolor después de pilotar dos vuelos llenos de turbulencias. Además, Hinata había empezado a llamarme y a enviarme mensajes de texto de vez en cuando, como le daba la gana; me encontraba a punto de dejar a medias la sesión en el simulador. Para empeorarlo todo, el circo de AmbuAirways estaba en su apogeo, llenando de historias las portadas de los principales periódicos y de entrevistas promocionales cada cadena de noticias.
Mi padre, siempre ansioso de atención, era ahora el dueño de la primera compañía aérea que ofrecía una gira para los medios de comunicación. Permitía que reporteros de todos los periódicos subieran a bordo del nuevo Dreamliner para que escribieran entusiastas reseñas sobre el avión. Así que no le importaba volar con ellos y contarles más mentiras. Había dicho cosas como: «Sí, este es el avión del que estoy más orgulloso», «Mi familia todavía no ha volado en él» o «Sí, creo que a kushina le hubiera encantado».
No fue hasta que leí la última frase que me di cuenta de que lanzaba este tipo de mierda a los medios exactamente en el mismo momento todos los años. Probablemente era su manera de enfrentarse con la culpa ante sus numerosas mentiras, cómo se resistía al destino que lo esperaba en el infierno.
No seguí leyendo el resto de los artículos y me guardé el móvil en el bolsillo. Recurrí a un nuevo crucigrama, pero antes de que pudiera empezar, la sesión del simulador terminó con una sacudida que casi me tiró de la silla, por lo que estuve condenadamente cerca de golpearme contra el parabrisas.
Molesto, miré la pantalla con los resultados.
—Ryan, felicidades una vez más —dije—. Has matado de nuevo a todos los ocupantes del avión, pero al menos esta vez lo has estrellado en el suelo, por lo que en cada ataúd habrá alguna parte de los cuerpos.
—No me ayuda nada, señor —me acusó, con los ojos llenos de lágrimas como la última vez—. ¿Tanto le costaría darme algún consejo?
Me desabroché el cinturón de seguridad.
—La próxima vez hazlo mejor.
—Con el debido respeto, ¿no podría decirme algo que realmente me sirva de ayuda?
—¿Tengo que enseñarte a leer? —Me levanté y le lancé el manual de instrucciones del Airbus 321—. Cometes siempre errores en el protocolo de emergencia porque lo tratas como si fuera un puto CR-9. Trata de aprender los capítulos del siete al treinta. ¿Es esto lo suficientemente útil para ti?
Asintió, y puse los ojos en blanco mientras salía del simulador. Atravesé el hangar y pasé por delante de los demás simuladores ignorando al supervisor, que se acercaba a mí sacudiendo la cabeza.
Llegué al aparcamiento y abrí la puerta del coche, pero antes de meterme, oí una voz desagradablemente familiar gritando mi nombre.
—¡Naruto ! ¡Naruto ! —Menma se detuvo a unos pasos, lo que me obligó a darme la vuelta—. Naruto …, no pude hablar contigo en la gala. Por favor, ¿puedo hacerlo ahora?
No respondí.
—Solo necesito cinco minutos, solo…
—Aléjate de mi coche.
—Naruto. —Parecía desencajado—. Naruto, no lo hagas…
—¿No tienes alguna foto que retocar por ahí? —Lo miré—. ¿Más imágenes de la infancia de las que recortarme?
—Naruto, por favor.
—Me gusta Namikaze como apellido. Habéis hecho una buena elección. ¿A cuántos amiguetes habéis tenido que untar para cubrirlo todo?
—No estamos cubriendo nada.
—¿No? —Me crucé de brazos—. ¿Has dicho las partes más jugosas y escandalosas en alguna parte? Si es así, me encantaría leerlo.
—Seguimos siendo tu familia, Naruto. —Cambió de tema—. No importa lo que piensas que hicimos, no importa lo que hemos hecho de verdad, seguimos existiendo, somos de carne y hueso, y necesitamos hablar contigo.
—Pues déjame un mensaje en el contestador. —Abrí la puerta del coche, pero se interpuso en mi camino.
—Te hemos dejado cientos de mensajes de voz, Naruto. Cientos. Sigues cambiando el número de teléfono, tratándonos como si no existiéramos.
—Es irónico, ¿verdad? —Lo empujé—. ¡Fuera de mi camino!
—Hoy habría sido el cumpleaños de mamá, ya sabes. Ella habría querido que…
—¿Cómo puedes dormir por las noches? —Sentí que se me hinchaban las venas del cuello—. ¿Cómo demonios puede pegar ojo cualquiera de vosotros?
Hundió las manos en los bolsillos y me miró con pesar.
—No…, francamente, no duermo.
—Bien. —Apreté los puños—. No te lo mereces.
—Lo sé, y creo que es hora de que nos escuches, Naruto. Si lo haces, verás que ha llegado el momento de que nos perdones.
—Las personas que infligen dolor no pueden elegir cuándo es el momento de que desaparezca. —Me deslicé en el asiento del conductor, reprimiendo la tentación de poner la marcha atrás y pasar por encima de él—. Ahora vete a joder por ahí, y mantente lejos de mí. Tanto tú como Minato…
—Papá, Naruto. Para ti es papá.
—Qué divertido. —Me encogí de hombros—. No es eso lo que he leído en los periódicos durante todos estos años.
Me miró con tristeza, levantó las manos en señal de rendición y se alejó del coche. Puse el motor en marcha para lanzarme a la carretera a toda velocidad. Ahora ya sabía que no duraría en Ambu más que unos meses —y si lo hacía era solo por el sueldo—; tenía que encontrar la forma de salir de allí.
Encendí la radio en busca de una emisora decente, una que me pudiera distraer, pero no había nada. Todo eran conversaciones o canciones que no tenía ganas de escuchar.
Con un gemido, detuve el vehículo a un lado de la carretera y puse los intermitentes. El hecho de que mi padre y mi hermano pudieran actuar con esa normalidad, como si todo pudiera ser perdonado, se me metía debajo de la piel y me ponía de los nervios.
Mientras comenzaba a caer aguanieve al otro lado de la ventanilla, me recosté en el asiento y cerré los ojos, tratando de calmarme para poder volver a conducir. En el momento en el que abrí los ojos había pasado una hora y tenía dos llamadas perdidas de Menma y otra de un número desconocido, así como un montón de correos de Hinata.
Asunto: No puedo dormir.
¿Estás despierto? Hinata
Asunto: Sí, ya sé que este correo electrónico no es sobre polvos…
Sé que estás despierto, Naruto … Hinata
Asunto: Tengo el coño mojado
Muy… mojado… Hinata
Hice clic en su nombre e inicié una conversación por FaceTime.
—¿En serio? —Respondió al primer timbrazo y su hermosa cara apareció de inmediato en mi pantalla—. ¿Solo es necesario eso?
—Solo es necesario eso. —Vi que llevaba una camiseta sin mangas y que tenía el pelo mojado y le goteaba sobre los hombros desnudos.
Me miró con los ojos entrecerrados y tomó aliento, pero fui yo quien habló antes de que ella pudiera largarme otra larga perorata.
—Acabo de salir de una sesión en el simulador de vuelo —expliqué—. He visto todos los mensajes a la vez.
—Entonces, ¿si hubieras visto el primero, habrías respondido?
—Seguramente no. —Sonreí—. Estás en Newark en este momento, ¿verdad?
—Sí.
—¿En qué hotel?
—En el Doubletree. —La vi entrecerrar los ojos—. ¿Estás en el coche?
—Sí. —Puse en marcha el limpiaparabrisas; seguía nevando—. Necesitaba un minuto para pensar.
La expresión de su cara decía que esperaba una explicación, pero no se la di.
—¿Por qué no puedes dormir? —pregunté—. Es un hotel relajante.
—Porque estoy muy mojada. —Sacudió la cabeza con el pelo empapado—. Ya ves, chorreante. Oh, Dios, ahora mismo siento una insoportable palpitación en el coño.
Puse los ojos en blanco.
—En serio, Hinata …
—Bien, para empezar, en la habitación de al lado hay dos personas follando.
—Ponte auriculares.
—Además, mi supervisora ha informado de que sirvo el vino y el queso demasiado despacio. —Frunció el ceño—. Me ha avergonzado delante de todo el equipo, así que sigo intentando digerirlo. Y para rematarlo…
—¿Sí?
—Quería hablar contigo.
—Tengo la sensación de que en este momento hablarías con cualquiera. — Negué con la cabeza, pero pensé que no me vendría mal un poco de conversación—. ¿Cuántos novios has tenido?
—¿Qué?
—¿Cuántos novios has tenido? —repetí.
—Te he oído la primera vez —dijo—. Me sorprende que me estés haciendo una pregunta sobre algo que no está relacionado con el sexo.
—Esto es temporal. Más tarde te voy a pedir que me enseñes ese coño mojado. Se rio.
—He tenido un noviazgo serio y tres casuales. ¿Me vas a preguntar si todavía pienso en ellos?
—Estás follando conmigo, así que no tengo ninguna razón para hacerlo. ¿Por qué lo dejaste con el que ibas en serio?
—Me engañó. —Se tumbó en la cama, sosteniendo el teléfono por encima de la cara—. Con al menos otras diez mujeres.
—¿Entiendo que es por eso por lo que exiges ser la única? Asintió con la cabeza, ruborizada.
—Dado que no tienes novias, ¿con cuántas mujeres te has acostado?
—Nunca las he contado —admití—. Ninguna significaba nada.
—Bien. —La vi forzar una sonrisa—. Tiene sentido. ¿Has salido en serio con alguien?
—No desde que me divorcié —confesé—. Pilotar no me permite mantener relaciones serias.
Asintió de nuevo, esbozando esa sonrisa falsa.
—Y en tus relaciones no serias, incluida la mía, ¿siempre has mantenido relaciones sexuales en los aeropuertos y en los aviones?
—Hinata, la única razón por la que vamos follando por los aeropuertos es porque eres la única mujer con la que no he sido capaz de esperar para tener sexo. Nunca había follado con nadie en un aeropuerto, y dudo que lo vuelva a hacer, y todavía no lo he hecho en un avión, pero lo tendré en cuenta porque, definitivamente, es algo que me gustaría hacer contigo. Por lo tanto, la respuesta sería no. ¿Contenta?
—No. —Me mostró una sonrisa de verdad. Desconecté los intermitentes.
—Me alegro de que lo hayamos aclarado.
—Yo también. Ay, Naruto … —Tenía las mejillas rojas, como si estuviera a punto de reír—. Esta noche me has llamado tú.
—Soy consciente de ello.
—Bueno, esto cuenta como una llamada nocturna.
—¿Y? —No se atrevería a colgarme…
—No me importaría que volvieras a hacerlo.
—No lo haré. —Desconecté el chat de vídeo y pasé la llamada a los altavoces del coche—. No tienes que estar en el aeropuerto hasta dentro de doce horas, ¿verdad?
—No, nueve horas.
—¿Ha cambiado la hora del vuelo?
—No. —Dejó escapar un suspiro—. Es que mi supervisora me dice que me presente tres horas antes siempre que sea posible.
—Menuda idiotez. —Cambié de carril para tomar el que llevaba a Nueva York. ¿Qué haces durante todo ese tiempo?
—Asalto libros. Me pongo a leer en una librería y luego voy a la siguiente librería para leer un poco más… Así hasta que es la hora. Y si estás en la misma ciudad… Bueno, me reúno contigo.
—Interesante. —Subí el volumen de su voz, dulce y atractiva, incapaz de poner fin a la llamada por alguna razón—. ¿Cuál es el último libro que has leído?
Su tono cambió, se volvió completamente animado. Durante dos horas, hablamos de nuestras novelas favoritas mientras conducía atravesando el tráfico, y antes de darme cuenta, cruzaba el puente de Newark, no el de Brooklyn.
«Dios…».
Apagué el coche después de aparcar delante del Doubletree, sin que ella dejara de hablarme al oído.
—¿Ya estás en casa? —preguntó, bostezando.
—No, estoy delante de tu hotel… ¿Cuál es el número de tu habitación?
HINATA
Subí la entrada número treinta de la semana al blog y cerré la sesión antes de encontrarme un comentario de mi troll personal. Estaba sentada en la escalera de incendios que había junto a la ventana, dejando que la familiar llovizna de Nueva York cayera sobre mi piel.
Con dos días de descanso por delante, había hecho planes para enfrentarme finalmente al correo, para abrir todos los sobres que guardaba en el apartamento, pero no era capaz. Por un lado, seguía pensando que, si los evitaba, con el tiempo desaparecerían, y, por otro, estaba empezando a volverme paranoica por el hecho de que Naruto no había respondido a mi último correo electrónico, aunque sabía que estaba aquí, en Nueva York.
Revisé dos veces de nuevo los mensajes enviados para asegurarme de que mi «Hola, ¿tienes un minuto?» había salido hacia su cuenta. Rocé la pantalla cuando lo comprobé y luego hice tamborilear los dedos contra el alféizar de la ventana.
No quería pensar en ello, pero la situación seguía, sin duda, un patrón. Cada tercer fin de semana del mes, como me había dicho desde el principio, estaba incomunicado. No había mensajes, correos electrónicos ni llamadas. Pero cuando pasaban esos días, retomaba todo donde lo habíamos dejado, como si no le hubiera enviado ningún mensaje en ese período.
No solo eso, sino que en las pocas ocasiones que pasaba la noche con él, lo pillaba murmurando en sueños. Siempre repetía las mismas frases una y otra vez: «Nos mintió, Naruto, nos mintió a todos», «¿Cómo puedes dormir por las noches?» o «¿Quién eres tú?».
Cada vez que trataba de preguntarle al respecto, me miraba como si no supiera de qué estaba hablando. Luego, como siempre, me distraía con aquella incomparable manera que tenía de follar, lo que impedía que pensara en nada durante horas.
Con un suspiro, pasé la pierna a través de la cornisa y, una vez dentro, cerré la ventana. Me acerqué a la esquina del escritorio y cogí unos cuantos sobres, preparada para obligarme a abrir al menos cinco, pero de repente un sonido familiar flotó en el aire a través de las paredes.
—¡Ohhh, Dios! ¡Ohhhh, Dios! ¡Síiiii! —La voz de Ino resonaba alta y clara—. ¡Síiiii!
Las paredes temblaban con fuerza, pero antes de que pudiera ponerme los auriculares, me vibró el teléfono en el bolsillo. Era un mensaje de texto de Naruto.
Naruto : Ven. (Usa una limusina, la pago yo).
Lancé los sobres al suelo y cogí la cazadora.
