HINATA
«No llores… No te atrevas a llorar…».
Estaba dentro de la librería en el Atlanta International, pasando las páginas de otra novela de Grisham, odiando que el vuelo de hoy tuviera un retraso de dos horas. Mientras marcaba la separación entre los capítulos veinticinco y veintiséis con el pulgar, noté que se acercaba alguien por detrás.
—¿Hinata? —La profunda voz de Naruto me excitó al instante, pero no me molesté en darme la vuelta—. Hinata, esta no es la E28.
—Ya lo sé. Es Atlanta Daily News, la librería.
—¿Estabas esperando que me pusiera a buscarte por todo el aeropuerto? — preguntó—. ¿Estabas esperándome para que te comprara el libro?
—No, Naruto. —Sentí una punzada en el pecho—. Creo que sabes de sobra lo que estoy esperando que hagas.
—No voy a follarte aquí.
—¿Qué? —Me di la vuelta a punto de llorar—. ¿Lo estás diciendo en serio?
—Mi vuelo es dentro de dos horas. Me gustaría que folláramos de una vez.
—Eres… —Me resbaló una lágrima por la cara—. Naruto, no eres tú. ¿Qué te ha pasado? Estábamos tan bien y de repente… es como si hubieras apagado el interruptor. No he tenido noticias tuyas esta semana.
—Te he enviado un mensaje hace una hora, Hinata. —Mantuvo un tono bajo
—. Sin embargo, una vez más, has elegido, y sin ninguna razón aparente, ignorar nuestra cita.
Una mujer se precipitó entre nosotros de repente y cogió rápidamente un libro de la estantería superior antes de alejarse.
—Te gusto, Naruto —aseguré—. Por mucho que quieras negarlo, te gusto, y con independencia de lo que te haya ocurrido, merezco que me trates mejor.
—¿Esta es la parte en la que me exiges que me disculpe? —Parecía estar tratando de ocultar su ira—. ¿Es eso lo que tengo que hacer para follar contigo hoy?
—No —repuse, dejando el libro en la estantería—. Esta es la parte en la que, por fin, me largo. Por mi bien. —Pasé junto a él deprisa, internándome en la terminal. Mientras me mezclaba con los viajeros, dejé que las lágrimas salieran libremente.
Sentí que me vibraba el móvil en el bolsillo y vi su nombre parpadeando en mi pantalla cuando lo saqué, pero me limité a apagarlo.
Si él podía actuar como si yo no significara nada, yo también podía.
Varios días después, estaba mirando mi reflejo en el espejo del cuarto de baño, en San Francisco, sin poder pintarme las pestañas. Cada vez que me acercaba el rímel a la cara, comenzaba a llorar o tenía un nudo en la garganta.
Gimiendo, cerré el tubo después del quinto intento. Saqué el maquillaje; necesitaba dar un poco de color a mi cara, pero las lágrimas manchaban cada capa.
«Uf…».
Miré el reloj, una pieza barata con «I love New York», ya que me negaba a usar el que me había regalado Naruto, y me di cuenta de que todavía me faltaban tres horas para embarcar en el vuelo a París. Tres horas para conseguir estar presentable.
Cogí una toalla de papel, pero me quedé paralizada cuando vi que la señorita Connors entraba en el baño.
Sin decir nada, examinó los cubículos, abriendo cada puerta para comprobar si estaban vacíos. Luego, se puso a mi lado, frente al espejo, sacó un paquete de pañuelos de papel del bolso y me lo ofreció.
—Gracias —articulé, y me sequé los ojos.
—En una ocasión, me enamoré de un piloto —comentó ella, sacando un maquillaje compacto—. Cuando tenía más o menos su edad.
No dije nada.
—Entonces, las cosas eran un poco diferentes… No eran tan ilegales como ahora, pero sí estaban mal vistas. —Guardó el maquillaje y sacó un cepillo. Se volvió hacia mí para arreglarme el moño—. Mi piloto y yo compartíamos ruta el cincuenta por ciento de las veces. Nos habíamos esforzado para que lo programaran de esa manera. Él insistía en estar cada tres semanas en Detroit, pero, como lo odiaba, no me hizo coincidir en ese destino demasiadas veces.
Vio que se me caían las lágrimas y se detuvo para secarme los ojos durante unos segundos antes de volver a colocarme el pelo.
—De todas formas —continuó—, no podía decir que no estaba enamorada de ese hombre. Éramos estúpidos y atrevidos, sin duda idiotas, igual que usted y el capitán Uzumaki. —Sus ojos se encontraron con los míos en el espejo, pero no estaban llenos de prejuicios como de costumbre—. Les dije a todos mis amigos que iba a casarme con él, que estábamos muy enamorados.
Hice una mueca cuando me puso una horquilla con demasiada fuerza y me pinchó el cuero cabelludo.
—¿Y qué pasó?
—Nada. —Dio un paso atrás y se puso el bolso al hombro—. Solo que su prometida, que vivía en Detroit, se sentía igual que yo.
No sabía ni qué decir.
—Me llevó un tiempo darme cuenta de que el sexo salvaje, la falta de comunicación y estar llorando cada pocas semanas por viajes secretos tenían un claro resultado. —Se encogió de hombros—. Espero que a usted no le cueste tanto.
No dije una palabra. Solo la miré mientras iba hacia la puerta.
—Ah… Y otra cosa, señorita Hyuga —dijo antes de salir.
—¿Qué?
—Aunque su vida amorosa sea un completo desastre… —me miró de arriba abajo—, cuando se reúna conmigo dentro de tres horas, quiero que esté bien maquillada. Y cuando digo «bien», me refiero a que su imagen sea perfecta. — Se pasó el pelo por encima del hombro y se alejó.
NARUTO
Al salir del avión, en Dallas, me di cuenta de que Hinata todavía no había respondido a mi último correo electrónico. No solo eso: además no me había enviado ni un solo mensaje esta semana. No sabía por qué me importaba, ni siquiera sabía por qué lo había notado, pero me hacía sentir irritado.
Naruto: En el baño más cercano a la librería en Hudson. Terminal B. Naruto: En información dicen que tu vuelo ha aterrizado hace media hora. Naruto: Este arreglo funciona mejor cuando respondes.
Pasaron diez minutos.
Naruto: ¿Te has perdido en el aeropuerto?
Vi cómo transcurrían veinte minutos más sin ninguna respuesta. Frustrado, se me ocurrió que seguía molesta por la última conversación, así que le envié un correo.
Asunto: Nuestro acuerdo…
Hinata, estás haciendo que esto sea más difícil de lo que debería. Naruto
Asunto: RE: Nuestro acuerdo…
No estoy haciendo nada más difícil de lo que debería. Hemos terminado.
No puedo seguir soportando la forma en la que me tratas.
(Además, estoy segura de que no son necesarios puntos suspensivos en el título del correo). Hinata
Asunto: RE: RE: Nuestro acuerdo…
No creo que te trate tan mal, así que necesito una razón mejor que esa.
No dudes en decírmela en el cuarto de baño más cercano a la librería del Hudson, en la terminal B. (Y yo estoy seguro de que jamás deberías desafiarme en un tema de gramática).
Naruto
Asunto: RE: RE: RE: Nuestro acuerdo…
Me tratas como un juguete sexual o como un recipiente en el que correrte.
Ni siquiera quieres hablar conmigo de algo tan simple como el clima y mucho menos de lo que sientes. Hemos acabado.
Hinata
P. D.: Por eso, exactamente, era por lo que no quería follar con un piloto.
Asunto: RE: RE: RE: RE: Nuestro acuerdo…
Sabes palabras de diecisiete letras y adjetivos de veintiuna ¿y eliges «juguete sexual» y «recipiente en el que correrte»?
No he hablado contigo porque en nuestro acuerdo convinimos que no íbamos a hablar y, a diferencia de ti, me gusta seguir las reglas originales.
No sabes lo que has hecho, solo quieres jugar, pero no pienso perseguirte de nuevo. Naruto
Asunto: RE: RE: RE: RE: RE: Nuestro acuerdo…
Contaba con ello. Hinata
Asunto: RE: RE: RE: RE: RE: RE: Nuestro acuerdo…
Tienes cinco minutos para llegar al baño. Naruto
Asunto: Mensaje de error. Respuesta automática.
El receptor ha bloqueado toda comunicación con esta dirección de correo electrónico.
HINATA
EN LA ACTUALIDAD
ENTRADA DEL BLOG
Que se joda.
Comentarios desactivados.
ENTRADA DEL BLOG
Tengo diez mensajes de texto de él en el móvil que no he respondido, muchos más de los que me ha enviado nunca. En ellos actúa como si con el tiempo todo fuera a volver a la normalidad, como si fuera a volver a quedar con él para follar.
Tenía la esperanza de que no me cruzaría con él por lo menos durante un mes, pero la suerte no está de mi parte: hemos compartido vuelo el lunes por la noche de Nueva York a Milán. Sin embargo, he pasado de él durante todo el trayecto, sin mirarlo ni una vez. No importan las dos ocasiones en las que quiso enfrentarse a mí en el office ni la mirada que me lanzó —que hizo que quisiera abalanzarme sobre él allí mismo—, me mantuve firme. Llamé a una compañera para que no se acercara más.
El trayecto en el transporte al hotel estuvo cargado de tensión. Me pregunto si alguien más lo notó. Y cuando se acercó a la puerta de mi habitación, esa misma noche, y llamó, lo único que hice fue mirar por la mirilla y esperar a que se fuera.
Por mucho que me muriera por sentir de nuevo sus manos sobre mí, por mucho que necesitara sentirlo dentro de mí otra vez, no podía dejar que mis sentimientos me dominaran. Incluso llamé para decir que estaba enferma, y me siento tentada de ponerme en contacto con el departamento de programación e incluirlo en mi lista de «con quién no volar». Muy tentada…
Hasta pronto.
*Hyuga H.*
1 comentario:
KayTROLL: ¡¿Treinta y seis entradas en tres días?! Tu vida no es tan interesante…
NARUTO
Una larga fila de coches recorría lentamente Hampton Avenue, en Brooklyn, haciendo sonar sus bocinas, mientras yo me desviaba hacia el carril derecho. Sobre la ciudad caía una fuerte lluvia, empapando a todos los rezagados que iban por las aceras e inundando todos los malditos desagües de la ciudad.
Miré por la ventanilla la dirección que Iruka me había dado. Hinata vivía en un edificio de ladrillo que parecía más un experimento de casa encantada que un bloque de apartamentos. Sacudí la cabeza.
No habíamos hablado desde que bloqueó mi dirección de correo electrónico, y las pocas veces que la había visto de pasada había hecho todo lo posible por evitarme. La última vez, cuando la vi subir a la lanzadera en Atlanta, me miró como si fuera a salir corriendo. Si no hubiera sido por el hecho de que tenía que pilotar un vuelo, habría ido tras ella.
Salí del coche desafiando a la lluvia y cerré la puerta. Subí las escaleras delanteras del edificio y pulsé el botón de su apartamento. El panel emitió un fuerte y chirriante sonido y luego cayó al suelo.
«Dios…».
Golpeé la retorcida puerta de madera, pero hubo una fuerte ráfaga de aire y cedió al instante. Subí las escaleras hasta el cuarto piso y me encontré con dos puertas, pero cuando vi las palabras «Dos chicas rotas» con las letras artísticamente enlazadas con pintura rosa, llamé un par de veces y esperé.
Pasaron dos minutos.
Volví a llamar, esta vez más fuerte.
—¡Ya voy! —gritó alguien—. ¡Ya voy!
La puerta se abrió, pero no fue Hinata quien apareció ante mí. Era una joven morena cubierta con un albornoz y unos enormes rulos rojos en el pelo.
—¿Qué? —Se cruzó de brazos—. Son las dos de la madrugada, idiota. ¿Qué cojones quieres?
—Estoy buscando a… —Hice una pausa—. Soy Naruto.
—Ya sé quién eres. —Me miró—. ¿Puedo ayudarte en algo?
—¿No está Hinata?
—No conozco a ninguna Hinata. —Se apoyó contra el marco—. Creo que te han dado la dirección equivocada.
—Y yo creo que es la correcta. ¿Está aquí o no? La vi encogerse de hombros.
—Creo que en estos momentos está volando desde Los Ángeles.
—Su horario dice que llegó ayer de Los Ángeles.
—Oh, vaya… Imagino que puede ser —dijo—. Bien, supongo que ha tenido una cita. Ya sabes, eso que nunca tuvo contigo.
Puse los ojos en blanco.
—¿Cuándo va a volver?
—Dile que nunca —susurró Hinata con firmeza desde el interior del apartamento—. Nunca.
Me asomé por la rendija de la puerta y vi a Hinata en la cocina, con los brazos cruzados. Sacudió la cabeza y se secó los ojos con un pañuelo de papel.
—Nunca —repitió su compañera de piso—. No va a volver nunca, Naruto. Le diré que has pasado por aquí. Puedes largarte.
—¿Has recibido las flores? —La ignoré porque sabía que Hinata podía oírme.
—No ha recibido las flores. —Su compañera dio un paso atrás—. Buena suerte, Naruto. —Me cerró la puerta en las narices antes de que pudiera añadir nada más.
Empecé a llamar de nuevo, pero las paredes eran tan finas que oí a Hinata perfectamente.
—Lo odio… —decía—. Lo odio con todas mis fuerzas.
—No, no lo haces —repuso su compañera—, pero no tienes que soportarlo más.
—No lo haré. Es que él… —Estaba llorando—. No puedo mantener relaciones sexuales en esas condiciones. Debería haberte escuchado, Ino. Pensaba que él estaba empezando a sentir lo mismo que yo.
—¿Te vas a pasar los dos días de descanso llorando por él?
—No. —Su tono era agudo—. Tengo que hacer lo mismo que hice para olvidarme de Toneri. Salir y encontrar a alguien. Quizá no me acueste con él, pero… tengo que buscar a alguien.
La sangre comenzó a hervirme en las venas al imaginarla con otro, y empecé a golpear la puerta de nuevo. No tenía ganas de perder el tiempo, así que giré el pomo y empujé para entrar.
—¿Qué coño estás haciendo? —Su compañera de piso se levantó del sofá—.
Naruto, no me obligues a llamar a la policía. Esto es allanamiento de morada.
La ignoré y me dirigí directo hacia Hinata, aunque me detuve en seco cuando la vi retroceder. Ella no levantó la mirada hacia mí: se quedó con los ojos clavados en el suelo, los brazos cruzados y la cara roja como una remolacha mientras las lágrimas le caían por las mejillas.
—Hinata …
—No —me detuvo sin mirarme—. Di lo que pienses que tienes que decir y luego lárgate.
Suspiré mientras miraba por encima del hombro a su compañera de piso, que ahora nos observaba desde el sofá. Recorrí la habitación con la vista, notando que, a pesar del desastrado exterior, habían logrado que el interior fuera completamente diferente. En dos de las esquinas había un montón de sobres apilados, así como los ocho ramos de flores que le había enviado el día anterior.
—Di lo que pienses que tienes que decir —repitió en voz baja— y luego déjame en paz, Naruto.
—Está bien. —Me ajusté el reloj—. Sinceramente, creo que eres la mujer más loca y exasperante que he conocido. Supe desde el momento en el que me hiciste un recorrido por mi propio apartamento que estabas loca de atar.
—Muy bien, ¿sabes qué? —Levantó la vista y sus ojos se encontraron con los míos—. No digas nada. Vete de una vez.
—Echo de menos follar contigo.
—Oh, que se me acelera el corazón… —susurró con sarcasmo—. ¿Cómo volveré a recuperarme después de oír eso?
—Pensaba que tenía que ser sincero.
—¿Qué te parece que si en vez de sinceridad empezamos con un poco de transparencia? —Me miró con los ojos entrecerrados—. ¿A dónde vas el tercer fin de semana de cada mes? ¿Por qué nunca podemos encontrarnos en esas fechas? ¿Por qué siempre respondes al teléfono en otra habitación y cambias de tema cuando te pregunto al respecto?
—Hinata …
—¿Por qué cada vez que estamos a punto de intimar más, cada puta vez, me apartas y actúas como si yo pudiera ignorar mis sentimientos con tanta facilidad como tú?
Di un paso atrás. La había visto enfadada antes, la había visto al borde de la lividez, pero la expresión que tenía ahora en su cara era diferente. Era dolor.
—Que me envíes flores no hace que dejes de ser gilipollas, Naruto. —Se le
quebró la voz—. No importa lo bonitas que sean. Y tampoco esto… —Abrió un cajón y sacó el reloj que le había regalado para lanzármelo.
—No quiero que me lo devuelvas.
—Pero yo sí quiero hacerlo —dijo con firmeza—. Quiero que se lo entregues a una mujer que pueda soportar que trates su corazón como un yoyó. Así que, como ya te he pedido, di lo que sea y lárgate.
—No me voy a ir.
—Bueno, lo haré yo. Date prisa.
Su compañera de piso abrió una bolsa de patatas fritas haciendo mucho ruido y se sentó en el sofá para observarnos fijamente como si fuéramos una buena fuente de entretenimiento. Aparté la vista de ella y me enfrenté de nuevo a Hinata.
—¿Puedo hablar contigo en privado, por favor?
—Aquí estamos muy bien. —Señaló el reloj que había en la pared—. Tienes cinco minutos.
—Vale. —Reprimí un gemido—. Echo de menos follar contigo —di un paso más cerca, cruzando la cocina—, y si no estuvieras llorando en este momento, quizá podría creer que quieres que te deje en paz. —Hice desaparecer la distancia entre nosotros y le limpié las lágrimas con los dedos antes de dejar el reloj en el cajón.
—No me toques… —protestó, pero no se apartó cuando le sequé otra nueva corriente de lágrimas.
—No quiero hacerte daño, Hinata —dije en voz baja cuando se alejó—. Y creo que ya debes saber que siento algo por ti.
—Tienes una manera muy rara de demostrarlo.
—Hinata … —Le cogí las manos y entrelacé nuestros dedos hasta que me miró de nuevo—. No suelo dejar que la gente se acerque a mí porque siempre acaban decepcionándome. Siempre.
—¿No eres tú el que me decía a mí que no era adivina?
—No he terminado de hablar todavía. —Le apreté los labios con un dedo—. Que desaparezca cada tres semanas es por una cuestión personal. Es algo que no le he contado a nadie, pero… —la miré a los ojos— podemos hablar sobre ello más adelante, si quieres. ¿Acaso piensas que estoy con otra mujer esos fines de semana?
Asintió con la cabeza con una expresión de convencimiento absoluto.
—Bueno, pues no. Solo he estado contigo desde que te conocí. —Solté una de sus manos y le pasé los dedos por el pelo—. A pesar de que me vuelves loco, no
quiero renunciar a lo que tenemos.
—Y, salvo sexo salvaje —dijo ella con la voz ronca—, ¿qué tenemos, Naruto ?
—Sea lo que sea, es un desastre, pero me gusta. —Miré sus ojos fijamente—.
Dicho esto, de verdad, no quiero discutir más.
—¡Ja! —resopló su compañera de piso, haciendo que nos diéramos la vuelta como si nos hubiéramos olvidado de que nos estaba mirando—. Lo siento — añadió, fingiendo una tos—. Este año tengo una alergia horrible.
Puse los ojos en blanco y volví a mirar a Hinata, centrándome en ella.
—No me gusta discutir contigo, y lo… —la palabra se me estancó en los labios
— lo…
Noté que se le iluminaban los ojos y que en sus labios aparecía una sonrisita.
—¿Lo qué, Naruto?
—Lo siento —dije, continuando antes de dar un espectáculo—. Lamento no haberte tratado bien. Sí, lo haré mejor. Si me lo permites.
—Creo que es la mejor disculpa que vas a obtener de él, Hina —dijo su compañera desde el sofá—. No estaría mal que le dieras otra oportunidad, sobre todo porque dices que el sexo es increíble.
Noté que a Hinata se le ponían rojas las mejillas, pero ignoró el comentario cuando me miró.
—¿Esta es la parte en la que me llevas a mi dormitorio y me haces el amor?
—No, esta es la parte en la que te pido que vengas a volar conmigo.
—¿Cuándo?
—Ahora. Esta mañana. Su sonrisa se desvaneció.
—No puedo.
—¿Por qué? ¿Has quedado con otra persona?
—No. —Negó con la cabeza y me cogió de la mano para llevarme por un corto pasillo hasta su dormitorio. Me indicó que me sentara ante el escritorio—. Ahora vengo.
Cuando se marchó, estudié su habitación. Tenía las paredes de un amarillo brillante y luces de Navidad encima de la ventana. El estrecho espacio estaba lleno de cajas de zapatos y bastidores con ropa. El colchón, sobre unas cajas, estaba en el otro lado.
La pared encima del escritorio aparecía cubierta de fotos, recortes de prensa de la universidad y notas escritas a mano. Había una frase en particular que se repetía en múltiples post-it.
«Jódete, NYT».
«Jódete, NYT».
«Y jódete tú también, Ten Ten».
«¡Ja! Casi rima».
Debajo de las notas manuscritas, había fotos. En una sonreía con el periódico de la universidad, en otra estaba en un campo de aviación. De hecho, había numerosas tomas en las que se la veía en un aeropuerto.
Cogí una de ellas y me di cuenta de que estaba fechada hacía seis años. Se había recogido el cabello en un moño y estaba vestida de agente de embarque, no de asistente de vuelo. No solo eso: no llevaba el uniforme de AmbuAirways, sino uno rojo y blanco de Delta Airways en algunas instantáneas y en otras el azul y rojo de American Airways.
«Interesante…».
Antes de que pudiera pensar en cómo se las había arreglado para trabajar en tres líneas aéreas que competían entre sí en el mismo período de tiempo, vi dos fotografías de nosotros dos en la pared. Confuso, las cogí y vi que las había hecho mientras yo dormía. Ella tenía los ojos entrecerrados y un sujetador negro exponía un poco sus pechos. Sonreía a la cámara mientras descansaba sobre mi pecho.
De repente, regresó al dormitorio y cerró la puerta.
—¿Qué es esto? —Levanté las imágenes antes de que hablara.
—Nada. —Se sonrojó y se acercó, tratando de quitármelas. Las aparté y tiré de ella para sentarla en mi regazo, de frente a mí.
—La próxima vez agradecería que me avisaras —dije.
—¿De verdad posarías para una foto conmigo?
—No, pero la próxima vez que pasemos la noche juntos en alguna parte, me aseguraré de que tu móvil no esté cerca. —Le pasé las manos por los muslos—.
¿Por qué no puedes volar conmigo esta mañana?
—Mi familia viene a Nueva York por lo de la propuesta que te conté.
—¿Y qué? Odias a tu familia.
—Sí, ya… Pero tengo que reunirme con ellos en el aeropuerto dentro de un par de horas y explicarles todo.
—¿Qué es todo?
—Una larga historia.
—Hazme una versión abreviada. Soltó un suspiro.
—Todavía creen que sigo teniendo el mismo trabajo impresionante que tenía
hace años, que estoy haciendo algo digno con mi vida. Piensan que sigo viviendo en Lexington Avenue, y mi madre y mis hermanas esperan poder alojarse en ese apartamento, ¿sabes?
—¿Y les vas a contar toda la verdad cuando lleguen? Asintió.
—He reservado varias habitaciones en el Hilton. Tendrán que pagarlas, pero he querido asegurarme de que no venían a este apartamento.
—Esto no es un apartamento. —Puse los ojos en blanco, dispuesto a discutir sobre ese tema más adelante—. ¿Quieres estar presente cuando tu hermano haga esa propuesta?
—No —se burló—. Sobre todo porque sé que tanto él como todos los demás se van a pasar el fin de semana hablando de mí cuando se enteren de la verdad.
—Entonces no se la digas. Explícales que te ha surgido algo, y que te has mudado a Park Avenue, al Madison. —Sin duda me había vuelto completamente loco—. Los recibiremos en el aeropuerto, los saludaremos y los llevaremos al apartamento. Después nos largaremos a pasar el fin de semana por nuestra cuenta.
La vi parpadear.
—¿Qué dices, Hinata?
No dijo nada. Se inclinó hacia delante y apretó los labios contra los míos.
—Gracias.
—De nada.
—¿A dónde vamos a volar?
—A Londres.
—¿Con qué aerolínea? —preguntó.
—Con ninguna. Será un vuelo privado. —Sentí que mi polla se ponía dura en los pantalones—. Date prisa y vístete antes de que me ponga a follarte aquí mismo y no podamos marcharnos.
