NARUTO
Por primera vez en muchos años, mi vida parecía perfecta. Sentía de nuevo que me inundaba una efervescente adrenalina en cada despegue, y la certeza de que por fin había una persona que no me iba a utilizar ni a traicionar me hacía ser capaz de entregar de nuevo mi confianza a alguien.
Solo habían pasado unos días desde que hice las paces con Hinata, y sabía que teníamos por delante mucho trabajo para conseguir amoldarnos el uno al otro y seguir en sintonía, pero estaba realmente decidido a intentarlo.
En el momento en el que aterricé en Tokio, llamé a Iruka para asegurarme de que las flores que había encargado ayer llegarían a casa de Hinata, en el Eastern, esta mañana.
—Sí, hice el pedido, señor Uzumaki —se rio Iruka cuando respondió al teléfono—. Ocho ramos de flores. Es por eso por lo que me llama, ¿verdad?
—En realidad he llamado para hablar sobre el clima.
—Ya me figuraba. —Se rio de nuevo—. Me encanta el efecto que tiene el amor en usted, señor Uzumaki. Es un hombre mucho más tolerable.
—Ya era tolerable antes —repuse—. Nos veremos cuando regrese. Y… gracias.
—De nada.
Finalicé la llamada y me levanté para salir de la cabina. Me despedí de los pasajeros por primera vez en tanto tiempo que no lo podía recordar. Ni siquiera me molestó que tardaran más tiempo del debido en levantarse de sus asientos para hacerse selfies en el pasillo con las asistentes de vuelo.
Cuando se bajó el último y andaba por el finger, sentí que me vibraba el móvil en el bolsillo. Hinata.
—¿Hola? —respondí.
—Hola… —Su voz sonaba rara por alguna razón—. Tenía la esperanza de que me saliera el buzón de voz.
—¿Por qué?
—Quería dejarte un mensaje importante.
—Hinata, ¿estás borracha? —suspiré—. ¿Acaso estás corriéndote una juerga esta noche con tu compañera de piso?
—No… —Se aclaró la garganta—. Tengo que decirte algo, lo que intenté comunicarte esa noche en París.
Me detuve cuando accedí a la terminal y coloqué mi trolley cerca del ventanal.
—Entonces, ¿es algo malo?
—No, pero es en mal momento.
—No estás embarazada.
—No… —Soltó una risita nerviosa—. No, te aseguro que no estoy embarazada.
—Y también me has confirmado que no te acostaste con nadie mientras estuvimos separados. —Apreté los dientes de forma involuntaria—. ¿Vas a decirme lo contrario?
—No, no es eso. Solo me he acostado contigo desde que te conocí.
Moví nerviosamente los dedos contra el asa de la maleta, rebobinando de forma mental los últimos meses, que habíamos estado separados, y los anteriores, cuando estábamos juntos. Recordé todas las historias largas y los días malos, en los que siempre participaba su familia, y pensé que seguramente estaba exagerando una cuestión fuera de las proporciones normales.
—¿Va a tratarse de una conversación larga? —pregunté.
—Sí. —Su voz se había convertido en un susurro.
—Vale. —Empecé a andar hacia la parada de transportes—. Te volveré a llamar cuando me registre en el hotel.
—¿Me lo prometes? —Había una nota de preocupación en su tono—. ¿Me prometes que me llamarás en cuanto te registres?
—Sí, Hinata. En cuanto firme en el libro.
—Vale, vale… Estaré esperando tu llamada.
—Hablaremos dentro de veinte minutos. —Puse fin a la llamada, que me había resultado muy confusa. Pasé por la sala de equipajes y salí, pero solo alcancé a ver cómo el resto de la tripulación se subía en la furgoneta de la compañía.
—Perdone, ¿capitán? —Un hombre se acercó a mí con la cámara a cuestas—.¿Le importa si nos hacemos una foto con usted?
—¿Conmigo?
Asintió con la cabeza al tiempo que señalaba a su hija, que llevaba un vestido azul y blanco.
—Mi hija me ha pedido que se lo pregunte. Le encantaría.
—Claro. —Me quedé quieto y esperé a que la chica se acercara a nosotros. El hombre sostuvo la cámara para enfocarnos, y sonreí para la instantánea.
—¡Gracias! —Le mostró la imagen a su hija, dejando caer el periódico al suelo.
—Ya lo recojo yo —anuncié, inclinándome. Se lo tendí, pero mis dedos se cerraron involuntariamente alrededor del papel al darme cuenta de que se trataba de la edición del día anterior de The New York Times. Acababa de darme cuenta de que mi querida «anomalía» estaba en la primera página.
«¿Qué coño…?»
HINATA
EN LA ACTUALIDAD
ENTRADA DEL BLOG
Entre la última vez que nos vimos y el momento en el que apareció ante la puerta, quedaron olvidadas en algún lugar todas las lágrimas de las últimas semanas. Las largas noches en vela, con maratones de café y pañuelos de papel arrugados junto a mi portátil, se desvanecieron en el segundo en el que me envolvió con sus brazos y me rogó que volviéramos a intentarlo.
Y, aun así, cuando me contó todas sus verdades, cuando me dijo que me amaba y que el sexo entre nosotros era algo más que sexo, quise decirle que esta vez, durante esta larga pausa, mi vida no solo había estado llena de llanto y dolor. Que hubo días que no lloré, noches en las que no me permití pensar en él ni un segundo. Que todo ese tiempo había canalizado mi energía en otra cosa.
Quise decírselo. De verdad…
Hasta pronto.
*Hyuga H.*
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ENTRADA DEL BLOG
Veinte llamadas a su teléfono fijo la semana pasada.
Treinta mensajes de texto al móvil desde el pasado fin de semana.
Doce correos electrónicos a todas sus direcciones, tanto personales como de trabajo, esta mañana.
Ni una sola respuesta, ninguna…, ni siquiera un grosero y bien merecido «En este correo no me hablas de polvos».
Incluso lo he visto hoy en el aeropuerto, una hora después de presentar mi renuncia formal con dos semanas de adelanto.
Estaba echando una última mirada a los aviones más nuevos de la pista cuando lo vi atravesar la terminal. Captaba la atención de todos a su paso, haciendo ruborizarse a cada maldita mujer con aquella chulería que irradiaba en oleadas. En el momento en el que sus ojos se encontraron con los míos, el mundo se detuvo.
Corrí hacia él, ansiosa por explicarle todo, pero miró a través de mí como si no existiera y continuó andando. Incluso corrí detrás de él, llamándolo por su nombre; él se limitó a lanzarme una mirada que contenía tanto dolor como traición. Unos ojos que una vez solo me miraron con un amor caótico y abrumador.
—Por favor, escúchame —le dije—. Por favor, déjame explicártelo… No lo hizo. Levantó una mano, forzando una sonrisa.
—No me hago fotos con los pasajeros, señorita —repuso—. Estoy seguro de que cualquiera de los otros pilotos estará encantado de posar para usted. Buenos días.
Y se alejó.
No lo he visto ni oído desde entonces. Seguirémás tarde
en otro lugar.
Hasta pronto.
*Hyuga H.*
1 comentario:
KayTROLL: Entonces… ¿tengo que hacer comentarios sobre tus entradas ahora que nos conocemos en persona? ¡¡Dímelo ya!!
OCHO SEMANAS ANTES
Miré la pantalla en blanco y contuve las lágrimas. El tiempo no curaba nada entre Naruto y yo, y cada segundo sin él solo empeoraba las cosas.
Tenía que reprimirme con todas mis fuerzas para no llamarlo e ir en su busca, y sabía que estaba siendo estúpida al pedir los vuelos con las peores rutas para que nuestros caminos no se cruzaran, pero no podía soportar la idea de verlo en persona en este momento.
Nuestra última discusión todavía me dolía, pero al mismo tiempo me permitía darme cuenta de que habíamos llegado al final de nuestra relación. No había nada más para nosotros, y teníamos que permanecer alejados el uno del otro antes de que termináramos volviéndonos más locos de lo que estábamos ya.
No era capaz de escribir una entrada larga para el blog, así que me limité a poner: «Creo que este ha sido realmente el final para nosotros» y le di a la tecla para publicarlo. Antes de que me diera tiempo a cerrar el portátil, hubo un suave pitido. Una reacción inmediata de mi troll personal.
KayTROLL: Seguramente él está pensando en ti tanto como tú en él. Apuesto los dos centavos de rigor. Si fuera tú, no perdería el sueño.
Nunca había respondido a sus hirientes comentarios, pero dado que Ino estaba fuera de la ciudad y no había nadie más para desahogarme, escribí una respuesta.
Hyuga H.: No, creo que realmente este es nuestro final. Esta vez es diferente.
KayTROLL: Siempre dices eso. Pero luego, dos días después, te retractas. (Sin duda yo no espero conteniendo la respiración en esta ocasión. Lo siento).
Seguí escribiendo mientras gemía por lo bajo.
Hyuga H.: Bueno, está claro que esta vez es diferente, ya que han pasado más de dos días. De hecho, ya son casi dos putos meses, por lo que, sinceramente, ¿por qué tú y tus ganas de joderme no os vais un poco a la mierda? Ya que es evidente que no tienes vida, busca otro blog y céntrate en él. Yo no tengo nada para ti.
Hubo una respuesta más antes de que terminara la sesión. Una respuesta breve.
KayTROLL: (Risas) Todavía eres una exaltada, por lo que veo
No se me ocurrió una réplica mordaz decente, así que cerré la tapa del portátil por completo y me dejé caer en las sábanas. Tenía que encontrar la manera de que mis vuelos tuvieran como base una ciudad diferente tan pronto como fuera posible.
Estaba pensando en la mejor excusa posible para ello cuando sonó el móvil. Mi madre. Silencié su llamada de inmediato. No necesitaba dosis adicionales de negatividad en este momento.
Volvió a sonar unos minutos después, y moví el dedo para ignorarla. Sin embargo, no se trataba de una segunda llamada de mi madre. Era un número que hacía mucho tiempo que no veía. Uno que había evitado y detestado durante muchos años.
«Ten Ten L.».
Su nombre completo era Ten Ten Lee, y fue en tiempos mi agente literaria.
Me captó recién salida de la universidad, admirando mi talento y prometiéndome lo que ansía cada aspirante a escritor: un contrato para un libro.
Ella y su tóxica personalidad se desmayaron ante mis palabras, y ofreció mis ideas a los editores mientras yo comenzaba a trabajar como becaria en The New York Times.
Entonces, hace algunos años, la vida como escritora era buena.
Los agentes se repartían los libros como si fueran tartas de chocolate que horneaban a primera hora de la mañana, y luego los ofrecían al mejor postor en el café de la tarde. Las revistas contrataban a chicas ambiciosas y sonrientes, y los periódicos publicaban un número infinito de prácticas de becarios; había mucho sobre lo que escribir. Mucho que decir.
La realidad era que a nadie le preocupaba lo que supieras o escribieras. Y con respecto a mí, una chica de pueblo de Massachusetts, incluso aunque no pareciera que no sabía nada, nadie me dedicaba un segundo pensamiento. Estaba como becaria de edición en uno de los mayores periódicos del país, y de acuerdo con mis supervisores, tardaría muy pocos años en convertirme en editora.
Llegaba a la oficina dos horas antes y hacía café a mis superiores solo para demostrarles todo lo que estaba dispuesta a trabajar. Hacía lo que nadie quería, terminaba las investigaciones que los demás consideraban mundanas y comprobaba los hechos dos veces, incluso después de que fueran aprobados por el equipo legal.
Seis meses después de empezar a trabajar en The New York Times, me encargaron que escribiera sobre los repentinos e innumerables accidentes de la industria de la aviación, dado que la mayoría de las compañías aéreas (salvo Elite) no podían pagar una buena publicidad.
Primero me interesé por el vuelo de Asian que desapareció en el océano Índico, tan repentina y misteriosamente que nadie había podido averiguar, incluso ahora, lo que pasó. A continuación, había habido una serie de accidentes inexplicables en algunos aeropuertos americanos, todos ellos provocados, aparentemente, por la falta de estabilidad emocional de los pilotos. Y por último, la gota final que había empujado a la industria a una crisis incontrolable: un piloto americano que volaba con un operador extranjero había estrellado el avión en la ladera de una montaña a propósito, matando a los ciento cincuenta pasajeros que iban a bordo.
Informé sobre cada una de esas historias, escribiendo y reescribiendo los hechos de forma exhaustiva, y luego me di cuenta de que quizá todos estos hechos necesitaban más investigación. Quizá podían servir para escribir un libro. Y quizá, solo quizá, debería averiguar qué estaba haciendo Ambupara evitar todos los problemas que tenían las demás aerolíneas.
Le envié la idea a Ten Ten y, unos meses después, un puñado de editores solicitaron más detalles. Algunos pasaron, otros no volvieron a mostrar interés después, pero hubo tres grandes editoriales que sí lo hicieron. Después de que pusieran todas las ofertas sobre la mesa, elegimos St. Martin's Press, ya que parecían los más entusiasmados con la idea.
Se suponía que tenía que trabajar durante seis meses como asistente de vuelo encubierta para tratar de obtener una primicia sobre AmbuAirways y la industria aérea. Al final, debía «añadir un poco de ficción a la trama por aquello de las responsabilidades», pero sería comercializada como «la historia más cercana a la realidad que se había impreso nunca».
El libro se iba a titular La verdad detrás del club de la milla, pero no lo firmaría con mi nombre. Sería «Hyuga H.», ya que «Hinata H.» y «Hinata Hyuga » resultaban demasiado sencillos y poco comerciales o demasiado pretenciosos.
Todo estaba preparado. O eso pensaba yo…
Por desgracia, fue mucho más difícil de lo previsto que me contrataran como asistente de vuelo en AmbuAirways. No superé la entrevista en tres ocasiones, por lo que tuve que conformarme temporalmente en ser agente de embarque a tiempo parcial. También resultó que los editores volcaron su atención en otras ideas, en especial cuando comenzaron a comercializarse los libros electrónicos Kindle y la industria editorial comenzó a cambiar.
Poco a poco, empezaron a despedir a editores, argumentando que no tenía nada que ver con el auge de los medios digitales. Luego fueron las revistas y los periódicos los que comenzaron a repartir cartas de despido, y la Quinta Avenida, que una vez fue el mayor suministrador de escritores, se convirtió en una fuente seca, donde solo había soñadores con el corazón roto.
Lo que antes estaba lleno de celebraciones y fiestas se transformó de la noche a la mañana en un erial de escritorios vacíos y llamadas telefónicas que se recibían con los ojos llorosos.
Sin embargo, a mí no me afectó al principio. Todavía seguía siendo becaria y trabajaba como agente de embarque un par de veces a la semana, lo que no impedía que escribiera de forma febril durante seis horas cada noche.
Cuando terminé el primer borrador del libro, el editor decidió que solo necesitaba algunos ajustes, por lo que se estableció una fecha de lanzamiento a nueve meses vista. Me prometieron una pequeña gira promocional, publicidad en las mejores librerías y una tirada enorme para una autora novel.
Todas fueron cosas increíbles que no llegaron a ocurrir.
Dos semanas después de que presentara la última versión del libro, me llamó Ten Ten para decirme que el editor quería posponer el proyecto. En aquel momento un piloto acababa de amerizar con su avión en el río Hudson, impidiendo que se hundiera, y todo el mundo lo aclamaba como a un héroe, elogiándolo por haber salvado con éxito a los ciento cincuenta pasajeros y a los cinco tripulantes. Publicar mi libro en algún momento de los seis meses siguientes a un incidente de ese tipo no sería bien recibido por el público.
No me dio un ataque de pánico. Sabía que estas cosas ocurrían… Además, en ese momento, había pasado por fin la primera ronda del proceso para ser asistente de vuelo, y el editor me ofrecía un jugoso avance económico para escribir la secuela.
En Navidad, el día que pensaba llamar a mi familia para contarles todo lo referente a mi enorme logro secreto y la tardía fecha de publicación del libro, Ten Ten me llamó y me dijo dos cosas: la primera era que tenía que posponer de nuevo la fecha de publicación del libro. Al parecer, se habían enzarzado en algún tipo de guerra de precios con Amazon, así que no era posible poner mi trabajo en preventa. Además, el libro no podía estar en Barnes Noble hasta más tarde. No les daban espacio a los autores noveles hasta que no tenían un cierto número de seguidores. La segunda era que estaba en una conferencia y acababa de conocer a una gran autora indie que acababa de vender un millón de copias de su libro. Y también la había fichado la editorial.
Arranqué un adorno de mi minúsculo árbol de Navidad y traté de no sentirme decepcionada.
—Le he contado a esta autora todo lo referente a ti y a tu libro, y está de acuerdo en que es una putada —casi me gritó al oído—. Le va a pedir a su editor que añada los dos primeros capítulos de tu obra al final de su primer libro impreso. Si te parece bien, claro está…
El amargo sabor de la decepción se desvaneció en el acto y comencé a llorar.
—¡Sí! —pronuncié con fuerza. Sentía que había un rayo de esperanza a todos los contratiempos anteriores.
Solo unas semanas después, recibí propaganda de cierta autora indie, Brooke Clarkson. « La verdad detrás del club de la milla es un debut hermoso y estremecedor. La prosa de la autora es como un hilo de seda que te mantendrá despierto toda la noche».
Imprimí sus palabras en un cartel y las enmarqué en mi apartamento, encima del escritorio para poder verlo todas las mañanas antes de trabajar. Para entonces, había pasado ya la cuarta ronda de mi formación como asistente de vuelo y estaba segura de que tendría el trabajo durante el tiempo que me llevaría escribir la secuela.
Se anunció que La verdad detrás del club de la milla sería publicado en primavera, año y medio después de lo que me habían garantizado al principio. Mi jefe en The Times había organizado una fiesta de lanzamiento, e imprimieron algunas copias iniciales, pero todavía no se lo había comunicado a nadie. Era necesario que antes lo tuviera en sus manos.
Sin embargo, al tiempo que me sentía excitada sobre las muchas posibilidades que me abría ser una autora publicada, el mismo periódico para el que trabajaba sacó un titular que alteró las esperanzas a las que me aferraba…
«La extraordinaria autora indie Brooke Clarkson publicará un nuevo libro: El club de la milla al descubierto».
Cogí el periódico y simplemente leí el artículo, esperando que fuera una especie de broma, pero no lo era. Su libro parecía muy similar al mío, y antes de que pudiera preguntarle a mi agente la razón por la que no se me había informado sobre esto, mi jefe en The Times puso encima de mi escritorio una copia anticipada del libro de Brooke.
—Raymond está con gripe y no puede leerlo —me dijo—. No va a salir hasta dentro de tres meses, pero al parecer el editor insistió en que tuviéramos una copia. ¿Te importaría hacer una breve reseña?
La pregunta era retórica, por supuesto. Se alejó después de preguntar.
Me quedé mirando el libro durante una hora antes de abrirlo, dispuesta a creer que la portada era solo un homenaje a la mía. Que tal vez, solo tal vez, no había tantas fotos de aviones merecedoras de estar en la portada de un futuro best seller.
Empecé a leer el capítulo uno y se me erizó el vello de la nuca. Era mi libro. Era mi maldita historia.
Cada palabra de mi novela había sido plagiada y reutilizada, enmascarada bajo una prosa más elaborada y rígida. Aun así, brillaba en la tinta que era una burda copia.
Revisé todo el libro, reconociendo la estructura de las frases y de las palabras que había escrito hacía meses. Mientras unas lágrimas de rabia me caían por la cara, me obligué a leer cada palabra de su entrevista para The Times, para ver si ella me daba, al menos, algún crédito sobre la obra robada.
«Tengo un amigo que trabaja en la industria aérea», citaba en dos párrafos. Y también aparecía: «Me las arreglé para trabajar durante un breve período de dos meses como auxiliar de vuelo, y me emociona poder compartir la experiencia con los lectores».
Cuando se le preguntaba cuál había sido su inspiración para la historia, decía:
«Siempre he querido escribir lo que disfrutaría leyendo. Un día estaba en un avión y me fijé en una asistente; parecía tener algo que contar. De repente, quise estar en su piel, saber algo de su vida, por lo que en ese momento decidí escribir una historia casi ficticia, pero que reflejara la realidad de ese mundo».
En la última parte de la entrevista, había algunas preguntas rápidas. Destacaba una en particular: «¿Ha leído algún libro sobre asistentes de vuelo, aviación, pilotos o similar mientras trabajaba en su novela?».
«No, en absoluto —había respondido—. De hecho, nunca he leído nada sobre la industria aérea. Primero elaboré la historia y luego consulté algunos detalles técnicos con expertos. Nunca leo ninguna obra de otro autor mientras escribo».
Sus mentiras me afectaron mucho, pero la línea en negrita que aparecía en la parte inferior del artículo me llamó todavía más la atención: «Para consultas y más información sobre El club de la milla al descubierto, pónganse en contacto con la agente de la autora: Ten Ten L.».
No había conocido antes lo que era la angustia, ni lo que se sentía cuando te arrancaban el corazón del pecho y lo pisoteaban repetidas veces. Traté de no llorar a viva voz, pero la idea de contener las lágrimas me hacía llorar más.
El libro de Brooke no solo salió tres meses antes que el mío, sino que además entró en las listas de los más vendidos y se mantuvo allí durante semanas. Su libro estaba en boca de todos los buenos críticos, y los editores clamaban por más historias como esa. Sin embargo, cuando mi novela salió finalmente a la luz, fue recibida como plagio y los críticos la etiquetaron como «No tan buena como su predecesora», y «La señora H. debería saber que uno no debe copiar a una autora superior».
Después de eso, no volví a abrir una carta de mi agente. Las dejaba tiradas por las esquinas del apartamento como cercanos pero lejanos recordatorios de un sueño perdido. Dejé de responder a las llamadas y mensajes de correo electrónico de Ten Ten, los pocos que me mandaba, claro. Y por mucho que me dolió financieramente, devolví también el adelanto de veinticinco mil dólares por la secuela a la editorial.
Me sentía demasiado dolida para escribir nada más.
Lo que sí hice fue escribir mi primera columna oficial para The Times: «Cómo se siente una escritora novel cuando una autora superventas le roba una novela y cómo me traicionó mi agente, Ten Ten L, de Bronson Literary». No tuve prudencia ni cuidado. Hice una lista de nombres y fechas, pruebas de casi todas las palabras en las que su libro era una variación del mío.
Dado que estaba en buenos términos con el equipo de logística y nunca habían tenido conmigo un problema, el artículo recorrió todos los pasos correspondientes hasta el departamento de diseño antes de que se detectara el contenido.
La próxima vez que fui a trabajar, me despidieron. Luego me exiliaron. Más tarde me borraron como si nunca hubiera trabajado allí.
El mismo mes que renuncié a mi sueño de hacer las prácticas en The New York Times, recibí un correo de AmbuAirways. Había superado la última ronda de selección previa, pero pasaría cierto tiempo antes de que pudiera desplazarme a Dallas para un curso de formación de ocho semanas. E incluso entonces, las nuevas asistentes de vuelo podían permanecer en la reserva de cuatro meses a cuatro años.
Todavía poseía un trabajo a tiempo parcial como agente de embarque para mantenerme, y había un edificio de apartamentos exclusivos… Era un hermoso edificio, una obra de arte en sí mismo, lleno de pisos valorados en millones de dólares, y, por lo que recordaba en mi informe, necesitaban asistentas y firmaban nuevos contratos cada semana.
Desesperada, pensé que le daría una oportunidad como trabajo temporal. Y, por encima de todo, necesitaba dejar de escribir por un tiempo.
Tenía que hacerlo.
Me reuní con Ten Ten en Andrew's Coffee en la Quinta Avenida; la vi en cuanto entré.
Se trataba de una hermosa mujer de ascendencia asiática con el pelo largo y negro que seguía pareciendo tan amable y accesible como cuando la conocí, hacía años.
—Hola —me saludó sonriendo mientras me sentaba frente a ella—. ¿Todavía tomas el café con tres azucarillos y polvo de avellana?
—Parece que aún recuerdas algo sobre mí. —Puse los ojos en blanco—.Flipante.
—Entonces, ¿lo tomas así o no? La miré fijamente.
Empujó una taza de café hacia mí y volvió a sonreír.
—¿Qué tal te va todo? Ha pasado mucho tiempo desde que hablamos por última vez. Me sorprende que hayas respondido a mi llamada.
—No me digas…
—Mmmm… —Tomó un sorbo de té, pero tuvo la prudencia de parecer confusa—. ¿Te he pillado en un mal día? ¿Ha pasado algo?
—Sí. —Apreté los dientes—. Sí, me has pillado en un mal día, y sí, está pasando algo malo, muy malo.
—¿Quieres que quedemos otro día?
—No quiero volver a verte. —Traté de contenerme y mantener la calma, pero no pude—. Eres la peor agente literaria del mundo —solté—. El hecho de que sigas teniendo mi número es una broma absurda. Espero que la razón por la que estás aquí sea porque has perdido todos los clientes.
—No he perdido ningún cliente.
—Bueno, bien por ellos. —Crucé los brazos—. ¿Has cambiado tu proceso al firmar con nuevos clientes o sigue siendo el mismo? Atraerlos con un libro de un autor novel que no necesitan escribir, darle al pobre infeliz una palmada en el hombro y voilá!, fama instantánea y éxito inmerecido.
Suspiró.
—No tenía ni idea de que Brooke iba a verse influenciada por tu libro, Hinata.
—¿Influenciada? ¿¿Influenciada?? Oh, genial… ¿Y qué es lo que tú consideras un plagio?
—Me he disculpado infinidad de veces. —Parecía sincera—. No tenía ni idea, y cuando lo vi…
—¡No me lo dijiste!
La cafetería se quedó de repente en silencio. Todo el mundo me estaba mirando, pero no me importaba.
—Ni siquiera me lo dijiste, Ten Ten. —Sacudí la cabeza.
—Porque quería evitar que te comportaras de esta manera.
—Sí, ya… Como siempre, una gran labor de planificación por tu parte. ¿Qué libro está robando ahora? En Publisher Weekly solo he visto anunciados grandes contratos: películas, derechos extranjeros, audiolibros… Debe de estar bien.
—Hinata …
—Incluso la he visto en una firma en el extranjero, donde al parecer sigue sin leer libros de otros autores mientras escribe. —Me recosté en la silla—. Ah… Y hace solo una semana leí que está haciendo una buena gira promocional de su último lanzamiento. ¿A quién le ha robado el libro esta vez?
Suspiró.
—¿Vas a dejarme hablar, Hinata? ¿O vas a quedarte ahí sentada todo el día mientras me tratas como si fuera mierda?
—Pues me voy a quedar aquí y a tratarte como mierda todo el día —repuse. Aunque supe en ese momento que era algo que diría Naruto y no yo—. Firmaste un contrato con la escritora que me robó mi primer libro; no es que se viera influenciada por él, lo robó. Ni siquiera me lo contaste cuando ocurrió, dejaste que me enterara por ahí, y ahora ¿quieres que me siente contigo a tener una conversación cordial solo porque me has llamado? ¿De verdad?
—¡Basta! —me interrumpió, con el rostro rojo como la remolacha—. ¡Basta, Hinata ! ¿No te parece que a mí también me dolió? ¿Que también lloré?
—Las lágrimas debieron de secarse muy rápido, ya que tu propia agencia la contrató.
—Yo no. —Me miró—. Fue un error de la imprenta. De hecho, firmó con mi socia, pero era nueva y no supo lo que había hecho hasta después de formalizar los contratos. Nunca te hubiera hecho eso.
—Sin embargo, ¿ignorarme todos estos años y enviarme felicitaciones genéricas sí estaba bien?
—O tienes un recuerdo muy distorsionado de lo que pasó o, sinceramente, quieres odiarme —comentó—. Te he seguido enviando correos electrónicos todo el tiempo. Fuiste tú la que dejó de responder. Te llamé todos los días durante meses, y dado que no me respondías, dejé de hacerlo. Pensé que necesitabas tiempo para superarlo, pero nunca he dejado de luchar por ti, Hinata. —Parecía dolida de verdad—. He vendido los derechos de tu primer libro a varios países. He enviado extractos a revistas siempre que me parecía una buena opción, y todavía tengo los cheques con las regalías en un cajón de mi escritorio. Te he enviado avisos por correo en varias ocasiones, pero nunca has respondido.
La miré fijamente.
—Te dije desde el principio que apostaba por ti, que creía en ti, y no me merezco que me hables así. ¿Cómo te sentirías si ese piloto con el que sales te hablara de esta manera?
—Mal. Espera… —Hice una pausa—. ¿Qué sabes de él?
—Buena pregunta. —Sonrió y sacó una carpeta del bolso—. Sobre eso quería hablar contigo. Pero antes, quiero que mires esto… —Deslizó la carpeta hacia mí—. Es un acuerdo para un libro. Solo los derechos en Estados Unidos, por lo que conservarías los derechos en el extranjero y podrías vendérselos a quien quisieras.
Me quedé mirando el dosier, sin querer abrirlo. El estado del mundo de la publicación era peor ahora que entonces. Nadie que no tuviera un nombre recibía más de dos mil dólares de anticipo.
—¿De cuánto es el cheque en esta ocasión? —pregunté—. ¿De siete dólares?
—Casi… —Tomó un sorbo de té—. Un número de siete cifras.
—¿Qué?
—Míralo tú misma.
De inmediato, abrí la carpeta y leí la primera hoja.
No mentía: era una oferta de dos millones de dólares por los derechos para Estados Unidos por un libro que todavía no había escrito ni pensado.
—¿Qué demonios es A grn escala? —pregunté.
—Tu blog. —Sonrió—. Te he estado siguiendo desde el principio. Tienes casi cien mil palabras para trabajar en ellas.
—¿Eres… eres KayTROLL?
—Sí, es muy agradable conocerte en persona. Bueno, conocerte una vez más.
Ahora, si estás interesada en firmar ese acuerdo, tendrás que cambiar…
—No, no, no… —La interrumpí—. ¿Has sido tú la que ha dejado todos esos comentarios groseros? ¿Sobre mi vida sexual? ¿Quien me ha dicho cosas que podían herir mis sentimientos?
—Para empezar, fuiste tú la que decidió hacer un blog sobre su vida sexual. Nadie te obligó. En segundo lugar, ¿en serio te vas a quedar ahí sentada y me vas a hablar de lo que es herir los sentimientos de alguien?
—Una vez escribiste que era una zorra.
—No —repuso sonriendo—. Solo dije que te estabas comportando como si lo fueras. Hay una gran diferencia.
—Me has dicho que tenía que madurar de una puta vez.
—Y lo has hecho. —Volvió a sonreír—. Y por lo que he estado leyendo en los últimos años, bastante bien. Pero si vamos a discutir sobre lo que nos hemos dicho en el blog, ¿no es cierto que una vez me llamaste «puta perra de los cojones»? Y además, ¿llegaste a publicar el artículo de The Times?
Suspiré.
—Creo que las dos podemos ser maduras y olvidarnos de todos esos comentarios, ¿no te parece?
—Sí… —consentí.
—Bueno. Volviendo al contrato. Para que funcione, tendrás que transformar el ochenta por ciento de las entradas del blog en narrativa. Puedes mantener diez o quince, tus preferidas, y puede que tengas que hacer algunos capítulos desde el punto de vista masculino. Tendrás que ponerte a tope y trabajar los títulos de los capítulos para separar las entradas del blog. ¿Quizá utilizar las puertas de embarque… A1, A2… para los títulos? Y ¿podrías entregarme algo pronto…? Les gustaría ver un avance.
Me recosté en la silla mientras ella continuaba hablando.
—Debes saber que todos los editores a los que tanteé quisieron reunirse conmigo de inmediato, y eso que fui tan discreta como pude. Antes de que pudiera sugerir una subasta, Penguin puso este contrato sobre la mesa. El departamento de promoción ya está deseando ponerse a ello. ¿Qué me dices?
La cabeza todavía me daba vueltas, tenía el corazón acelerado.
—Tengo que pensar en ello.
—¿En qué? ¿Qué parte necesitas meditar?
—La parte en la que el hombre del que me enamoré estaría en la historia, haré pública nuestra relación. Sé que ahora no estamos juntos, pero… —Hice una pausa—. Todavía estoy enamorada de él.
—Es comprensible. —Asintió con la cabeza, como si fuera una abogada—. Puedes cambiar su nombre, distorsionar algunos hechos. El acuerdo está pensado para que tengas libertad creativa. Es ficción.
—Es que… —Cerré la carpeta—. Me siento honrada, Ten Ten. Pero todo va demasiado rápido. Hace treinta minutos, te despreciaba. Hace quince, solo te toleraba.
—¿Y ahora?
—Ahora lamento lo que he pensado de ti todos estos años.
—Es agua pasada. —Se inclinó hacia delante para darme un golpe en la mano—. Tómate el tiempo que necesites para pensarlo.
—¿De verdad, o esa frase significa lo mismo que hace años?
—Claro que significa lo mismo. —Se llevó la mano al pecho y se rio—. Tienes hasta el fin de semana.
