NARUTO

Los medios de comunicación eran como una bandada de gaviotas voraces. Desesperados y depravados, esperaban en sus escritorios cada mañana algo digno de devorar y se peleaban por ello hasta que surgía algo nuevo.

Por desgracia, A gran escalaseguía apareciendo en los ciclos de noticias, y Hyuga H. estaba allí donde miraba. Las librerías del aeropuerto disponían de ejemplares del libro en cada estante visible, y los presentadores de televisión habían comenzado una porra: «¿Cuántos días pasarán antes de que se manifieste la identidad del piloto?». Incluso los pasajeros de los aviones que pilotaba llevaban sus ejemplares recién comprados y me preguntaban «Oiga…, ya que trabaja para Ambu, ¿sabe en quién se basa este libro?», con irritante curiosidad.

Había hecho todos los vuelos internacionales que había podido, manteniendo mi cuerpo en funcionamiento con la rabia que me recorría. Había cambiado mi número de teléfono y tenía una nueva dirección de correo electrónico. También me había asegurado de que cualquier persona cuyo nombre empezara por H estaba en mi lista de gente que no quería ver. Junto con el resto de mi familia.

Hice nuevos contactos sexuales en el extranjero, pero jamás llegué a sellar ninguno de ellos; las cenas eran solo cenas, las copas se convertían en noches de borrachera solitarias y mis promesas de «más» siempre acababan rotas, lo que me hacía sentir una incómoda sensación de culpa en el pecho cada vez que intentaba llamar a alguien nuevo.

Sin embargo, eso no impidió que siguiera intentándolo.

Una de las citas fue con una mujer que conocí después de aterrizar en el aeropuerto JFK una mañana. Había chocado conmigo a propósito en la terminal y no perdió el tiempo en hacerme saber lo que quería.

—¿Cuánto tiempo estará en la ciudad, capitán? —preguntó.

—Hasta mañana.

—Por lo tanto, ¿significa eso que esta noche estará libre?

—No tengo citas.

—¿Pero sí rollos?

—Sí. —Eso fue lo que me llevó al Marriott Le Grande, junto a la pequeña cafetería Bergman's. Dado que estaban arreglando su habitación, me sugirió que almorzáramos juntos.

Me alegré de que no fuera demasiado habladora. Ni siquiera fingió que quería mantener una conversación.

—Acabarán de arreglar la habitación dentro de veinte minutos —informó, mirando el teléfono.

—Bien. —Tomé un sorbo de café y miré por la ventana, esperando que esa fuera la noche en la que por fin terminaría mi sequía sexual.

Cuando el camarero nos ofreció más panecillos, escuché una voz ronca y muy familiar para mí a mi espalda.

Hinata.

Me di la vuelta en la silla y miré a mi alrededor, tratando de localizarla, pero luego vi que no estaba allí, sino en la televisión. En las noticias.

Vestida con un modelo beis de marca y unos stilettos rojos, se encontraba sentada ante una de las presentadoras más populares de Estados Unidos, Katie Seleck, una rubia con tendencia a creerse superior.

Sin pensarlo dos veces, me levanté y me acerqué más a la pantalla.

—¿Puede subir el volumen, por favor? —pedí al camarero.

—Claro que sí —sonrió mientras elevaba el mando a distancia.

—Hoy estamos aquí con Hyuga H. —decía Katie—, que ha trabajado como asistente de vuelo en AmbuAirways y es la autora del libro que está causando tanto revuelo en todas partes.

La cámara enfocó a Hinata, que parecía que tenía que esforzarse para sonreír.

—Su novela debutó en las librerías el mes pasado y al parecer van a imprimir la segunda edición en breve. —Miró a Hinata —. ¿Cómo se siente en este momento? ¿Está viviendo su sueño hecho realidad?

—Todavía estoy un poco sorprendida, la verdad.

—Ya me imagino —se rio Katie—. Por lo tanto, vamos a hacerle la pregunta que todo el mundo quiere saber. Dejando a un lado los cambios de nombre y de ciudad, ¿todo lo que sale en su libro es verdad?

Vaciló antes de responder.

—Sí.

—Interesante…—Sacó una hoja de papel—.¿Es consciente de los comunicados de prensa que ha enviado Ambu Airways esta semana? ¿De qué ahora la tratan como si fuera una exempleada descontenta?

—Sí. Y creo que están haciendo un trabajo muy bueno desacreditándome. — Hinata cruzó las manos en el regazo—. Un trabajo excelente, diría yo, pero los hechos son los hechos.

Katie volvió a sonreír, aparentemente feliz de haber conseguido una exclusiva.

—Me ha dicho antes de la entrevista que no ha divulgado el nombre ni nada específico del piloto con el que estuvo involucrada, pero ¿qué sabe él sobre el libro? ¿Es consciente de que es el tema principal?

—Me temo que no puedo responder a eso.

—De acuerdo —dijo ella—. Centrémonos en usted. Por lo tanto, consiguió un pequeño contrato para un libro cuando salió de la universidad. Se supone que su primer libro iba de…

Ignoré la voz de la periodista y de las obviamente ensayadas respuestas de Hinata. Me concentré en los labios y en los ojos de Hinata, en la forma en la que se ruborizaba cada pocos segundos, cuando se sentía incómoda.

No podía negar que seguía siendo jodidamente hermosa, ni que verla —aunque solo fuera unos minutos— tenía cierto efecto en mí, y que sentía lo que había estado tratando de evitar durante los últimos meses. Por mucho que no quisiera admitirlo, seguía reprimiendo mi costumbre de despertarme en medio de la noche y buscarla.

Había encontrado imágenes de los dos en el cajón de mi escritorio, fotos secretas que había hecho cuando estaba dormido. Y yo seguía revisando las imágenes de desnudos que una vez me envió al móvil a través de las conversaciones de FaceTime. No me atrevía a eliminarlas.

—Una última pregunta antes de irnos a una pausa publicitaria. —La estridente voz de Katie atravesó mis pensamientos—. Si pudiera decirle algo al protagonista de su historia, lo que fuera, ¿qué sería?

Por la cara de Hinata cruzó una expresión de dolor, pero se recuperó con rapidez y forzó una sonrisa.

—Le diría una frase de dos palabras y ocho letras. Algo que siempre quise decirle, así que lo digo aquí, y lo digo en serio.

«Lo siento…».

—De acuerdo, entonces… Vamos con la publicidad.

—También me gustaría decirle que lo echo de menos. —Miró directamente a la cámara—. Que lo echo de menos más de lo que pueden expresar las palabras. Que lo amo —articuló finalmente, ya sin voz.

Alguien fuera de cámara le entregó una caja de pañuelos de papel y Katie le guiñó un ojo a la audiencia al tiempo que le daba a Hinata una palmadita en la rodilla.

—Ahora volvemos, América —dijo con una gran sonrisa. Y después de que la cámara captara las lágrimas que rodaban por el rostro de Hinata, cortaron la imagen y salió un anuncio de una tintorería.

—¿Preparado? —me susurró al oído la mujer del Marriott—. Acabo de recibir un mensaje de los de la limpieza. Podemos marcharnos.

Me di la vuelta para mirarla, pero fui incapaz de ver sus rasgos. Solo veía los de Hinata.

—¿Eso es un sí? —preguntó.

—Es un no. —Me alejé de ella y salí del restaurante. Sentí el vivificante aire nocturno en la cara mientras recorría la calle 38, rumbo al distrito financiero donde tenía menos posibilidades de encontrarme con alguien conocido.

Cuando me acerqué a un semáforo, miré a mi izquierda y vi la portada de A gran escalaen una pantalla en el interior de Barnes Noble. Incapaz de apartar la mirada, di un paso más cerca del vidrio para fijarme en la nueva cubierta de la segunda edición del libro. A diferencia de la portada inicial, en la que aparecía una pareja que se besaba apoyada en una pared, esta era más simple.

Una parte de mí quería irrumpir en la librería y arrancar las portadas de todas las copias. Despojar cada libro de las páginas hasta que no quedara nada que leer. Pero otra parte de mí, una parte a la que no podía comprender, estaba tentada a comprarme una de las copias.

Como el semáforo estaba en rojo, y contra mi mejor juicio, entré en la tienda. Me topé de inmediato con una pantalla en la que aparecía el libro más grande, y un stand lleno de objetos que se podían adquirir con la novela, entre ellos un llavero plateado en forma de avión con las palabras «Somos nosotros. Así es nuestro amor imperfecto» grabadas en un ala.

—¿Puedo ayudarlo en algo, señor? —se ofreció una jovencita morena, acercándose a mí—. ¿Busca algo en particular?

—Ya lo he encontrado —repuse, cogiendo una copia—. ¿Dónde puedo pagar?

—Al fondo a la derecha. —Sonrió—. ¡Que tenga una feliz lectura!

—Gracias. —Me alejé de ella y me dirigí al mostrador, deteniéndome al ver una novela con la portada negra que llevaba por título Cómo tener una cita con un piloto (¡Y sexo en la cabina de mando!). Me quedé tan sorprendido que se me cayó el libro al suelo.

Pasando de mis anteriores planes para ir al distrito financiero, detuve un taxi y me dirigí al ático.

Dado que no tenía que volar durante los próximos días, me serví un par de chupitos de bourbon y me los tomé. Luego saqué el libro de Hinata de la bolsa y me senté en el sofá.

Me lo quedé mirando un buen rato, sin saber todavía si quería leerlo o prenderle fuego.

Pasaba de la medianoche cuando por fin lo abrí y leí las primeras líneas:

«PREEMBARQUE

HINATA

¿Cuántas veces me vas a hacer arder?

Tres, cuatro, cinco, quizá diez…

¿Soy yo quien te hace arder a ti? Sí, esto tiene que terminar.

Si eres tú quien se aleja primero, seguiré tu ejemplo.

Ya te lo he dicho antes y, sin embargo, nunca me marcho…

La primera vez que sufrí una turbulencia grave, me juré que en mi vida volvería a volar de nuevo.

Ocurrió durante un vuelo nocturno de Seattle a Londres; de repente, tres horas después del despegue, fuimos alcanzados por una repentina tormenta de verano. El avión se sacudía de forma violenta mientras los pasajeros gritaban y rezaban por su vida. Mis pausadas órdenes de «relájense. Por favor, tranquilícese todo el mundo» caían en oídos sordos.

El piloto era joven y no tenía experiencia, su tono suave no reconfortaba lo más mínimo. Y mientras los vasos de primera clase se hacían añicos en el suelo en medio del equipaje caído, me prometí a mí misma que, si llegábamos a aterrizar, mis días en el aire habían terminado.

Promesa que rompí unas horas después, por supuesto, pero por fin pude decir que había experimentado una de las peores turbulencias.

O eso pensaba».

Seguí leyendo más, y pasaron las horas mientras mis ojos devoraban cada palabra.


HINATA

«Se cree que el misterioso piloto de nuestro romance erótico favorito está relacionado con algún directivo de la aerolínea».

E! News

«La autora del best seller El club de la milla al descubierto admite que tuvo acceso a la primera novela de Hyuga H. ante la acusación de miles de fans».

RT Book Reviews

«AmbuAirways obliga a todos sus empleados a firmar su nueva política de no confraternización. Asegura que no tiene nada que ver con ese libro».

USA Today

« A gran escalabate un nuevo récord al publicar la quinta edición en menos de tres meses».

The International Times

«La autora de A gran escala, Hyuga H., comienza una gira internacional de presentación del libro mientras la novela continúa su reinado, imbatible por tercer mes consecutivo».

The New York Times

*Comunicado de prensa oficial de AMBUAIRWAYS*

—Sobre la obra de ficción de una exempleada—

Nuestra estimada aerolínea ha completado un extenso proceso de investigación que ha incluido a todos los pilotos que vuelan actualmente para nosotros. Los resultados nos llevan a la conclusión de que nuestra exempleada, la señorita Hinata Hyuga (que escribe bajo el pseudónimo de Hyuga H.), no ha mantenido ninguna relación personal con ninguno de nuestros pilotos.

No emitiremos más comunicados de prensa en relación con este tema, pero, como ya mencionamos anteriormente, deseamos que la señorita Hyuga tenga la mejor de las suertes en su reciente éxito literario.


«—No apartes los ojos de la cámara, Hinata … —me susurró Naruto al oído mientras me tiraba del pelo, penetrándome más profundamente.

Miré a la derecha de la cámara, gritando al notar que me llenaba con cada centímetro de su erección. Me apretó los pechos con la mano izquierda, pellizcándome los pezones, que se endurecieron mientras gritaba.

—Naruto … Naruto … —Mi cuerpo convulsionó de forma violenta debajo de él. Entonces me dio la vuelta para cubrirme la boca con la suya y reclamar mis labios hasta que me quedé completamente inmóvil».

Entonces, igual que había hecho en todos los otros vídeos, me besaba antes de apagar la filmación. Al instante, empecé a volver a verlo por enésima vez.

—¿Señorita Hyuga ? —El entrevistador de Divagaciones a medianoche entró de repente en el camerino.

—¿Sí?

—Solo quería darle las gracias personalmente por permitirnos hacerle la entrevista esta noche. —Me tendió un ramo de flores—. No hay mucha gente dispuesta a volar a Salt Lake City, así que ha sido un absoluto placer. Esperamos con ansia su próxima novela.

—Gracias. Es un honor que me haya invitado.

—¿Le importaría firmarme algunos ejemplares antes de irse? Están en la mesa del estudio de sonido.

—No es molestia.

—¡Estupendo! ¡Gracias de nuevo!

Esperé hasta oír el clic de la puerta y luego, finalmente, abandoné la ensayada sonrisa. Dejé que decayera y se desvaneciera. Dejé que las lágrimas rodaran por mi cara, dejé que mi pecho subiera y bajara bruscamente como siempre cuando terminaba una de estas insatisfactorias entrevistas.

Sin avergonzarme, marqué el número de Naruto, pero en lugar de saltar su buzón de voz, había un nuevo mensaje: «Este número no está en servicio».

Asunto:

Sigues siendo mi anomalía. Te echo de menos.

Hinata

Sin respuesta, como siempre.

Refresqué un par de veces, con la esperanza de que respondiera, pero no lo hizo.

Hubo un ligero golpe en la puerta del camerino y me sequé los ojos con rapidez.

—Adelante —dije.

—De acuerdo, sí. —Ten Ten entró hablando por el móvil—. Correcto. Bien, podemos hablar el viernes. Estoy con una cliente. Hasta el viernes, Keneth. — Me lanzó con rapidez una mirada diciendo que lo sentía mucho y habló unos minutos más con el tal Keneth antes de colgar.

—Bien —me dijo, prestándome toda su atención—. La entrevista ha ido particularmente bien, ¿verdad? Creo que has hecho un trabajo increíble.

—Gracias. —Forcé una sonrisa—. Si te parece bien, me gustaría ir a firmar los libros y volver a casa. ¿Podemos pasar hoy de fotos?

—Cuando tú vas, yo vuelvo. —Puso una bolsa sobre la mesa—. Esos son los libros y hay un boli dentro. ¿Sigues dispuesta a cenar mañana con los lectores?

—Claro.

—Estupendo. Voy a decirles que nos marchamos y regreso enseguida.

Cuando desapareció, noté que el móvil me vibraba dentro del bolsillo. Se me detuvo el corazón.

«¿Será Naruto ?».

Encendí la pantalla y abrí la aplicación de correo electrónico. No era Naruto.

Ni siguiera alguien parecido. Se trataba de Toneri.

Asunto: El destino

Ya sé que tu libro realmente trata sobre nosotros. No tienes que fingir que soy piloto para que resulte más interesante. Un corredor de bolsa impresiona igual. Estoy a tu disposición cuando decidas regresar, y cuando nos volvamos a juntar te cuidaré mejor. Quiero llevarte a cenar este mes, en algún momento. Sin embargo, ¿podrías usar el vestido que me gusta? Es lo justo, ya que me amas tanto como yo.

Toneri

«Uff…».


Finalicé otra entrevista, firmé con rapidez otro montón de libros y me pusieron otro ramo de flores en las manos tres días después. Sin embargo en esta ocasión no me senté en el camerino a matar el tiempo. Me dirigí directamente al coche que me esperaba, preparada para dormir mientras pensaba en Naruto.

En cuanto me senté en el asiento trasero, me sonó el móvil. Era mi madre.

—¿Sí? —respondí, sin molestarme en saludar.

—¿Es posible que esto haya ocurrido porque no te he prestado suficiente atención, Hinata? —La voz de mi madre era chillona—. ¿Por eso has sentido la necesidad de mentirnos sobre tu trabajo y ocultarnos que escribías?

—No tenéis nada que ver en esto —repuse con firmeza—. ¿Sabes?, el mundo no gira a vuestro alrededor.

—Si hubieras estudiado en el MIT, no habría pasado nada de esto.

Me mordí el labio, tratando de contener la cólera. Para mi sorpresa, mi familia se había quedado flipada por la publicación del libro, pero no en el buen sentido. No importaba que hubiera logrado algo que no había logrado ninguno de ellos, se trataba de «escritura sin sentido» y «todas esas palabras podrían haber tenido mejor uso en un contexto de investigación científica». Resumiendo: seguía sin ser lo suficientemente buena para ellos.

—Tu padre y yo vamos a ir a Nueva York el mes que viene para almorzar contigo. Queremos hablar sobre cuál es la mejor manera de enfrentarnos a esto. Tenemos que encontrar la forma de responder a las preguntas que se hacen nuestros colegas sobre… tu libro.

—¿Sabes qué? —No podía contenerme más—. No os molestéis en venir a verme nunca más. Al menos hasta que tú y los demás miembros de la familia dejéis de miraros el ombligo. He publicado dos libros. Dos. Y en lugar de que mi familia me diga: «Felicidades, estamos orgullosos de ti», os las arregláis para hacer que me sienta una mierda.

—Hinata, me impresiona todo lo que has hecho, solo trato de conectar contigo.

—Te enviaré mi calendario de firmas. Si quieres verme, ponte a la cola… Dado que ninguno habéis comprado el libro, creo que os vendría bien. —Colgué antes de que ella pudiera añadir nada.

El móvil comenzó a vibrar de inmediato y vi que me había enviado un mensaje.

Mi madre: Lo siento. Quiero verte, pero no en una firma. A solas. Así podré disculparme en persona. Todos podremos disculparnos en persona…

Empecé a escribirle un mensaje para decirle «no, gracias», pero recibí antes otro mensaje de ella. Una serie de fotos de mis hermanos, mi padre y ella con mi libro.

Miré las imágenes durante varios minutos. No pude contener las lágrimas, porque no era capaz de creer que eran reales.

Yo: Me gustaría mucho…


NARUTO

Salí del ascensor al llegar al ático, deseando dormir un poco después de un vuelo particularmente largo, pero mi móvil sonó antes de que pudiera abrir la puerta. Se trataba de un número desconocido.

—¿Quién es? —respondí.

—¿Estoy hablando con el señor Uzumaki? —Era una voz masculina.

—Depende de quién esté llamándome.

—Soy el doctor Armin, de Asistencia Vital. ¿Lo he pillado en un mal momento?

—No. —Tragué saliva, temiendo lo peor.

—Estupendo. Lo he llamado porque…

—¿Está llamando a mi Naruto ? —Oí la voz de mi madre al fondo—. Le he dicho que no pienso salir de la habitación a menos que él esté conmigo. No me fío de usted ni de su personal, y juro por Dios que si está hablando con otra persona que no sea Naruto en este momento, me aseguraré de que lo demanda por negligencia.

—Señor Uzumaki —suspiró el médico—. ¿Está en algún lugar lo suficientemente cerca para venir a Newark en este momento?

Colgué y entré en el ascensor para ir a la planta baja. Me subí al coche antes de que el botones pudiera aparcarlo en la plaza correspondiente.

Aceleré hasta Nueva Jersey, hacia el centro urbano, sin parar ni una sola vez.

Estuve a punto de estrellarme un par de veces en el camino.

Cuando llegué, ni siquiera me detuve a firmar el registro de visitantes. Pasé ante la recepcionista, retándola con la mirada a que se atreviera a detenerme. Mientras me acercaba a la habitación de mi madre, recé para que fuera ella unos minutos más, que no la hubiera perdido otra vez.

Abrí la puerta de la habitación y allí estaba, sentada, mirándome. Ladeó la cabeza y frunció el ceño.

—Naruto, tienes un aspecto terrible —dijo—. ¿Qué demonios te ha pasado?

Suspirando, me acerqué y la abracé.

—¿Naruto? —Me apretó los brazos—. ¿Estás bien? Por lo general no me abrazas durante tanto tiempo.

Aun así, continué abrazándola durante unos cuantos segundos más antes de soltarla.

—¿Cuánto tiempo llevas lúcida?

—Desde las seis de la mañana. ¿Por qué?

—Por nada. ¿Sabes en qué año estamos?

—2014 —se encogió de hombros—, quizá 2015.

—Casi —convine—. ¿Cuántos años crees que tengo ahora?

—Dependiendo del año tienes treinta y ocho o treinta y nueve.

—¿A qué me dedico?

—Por la forma en la que llevas la conversación, eres guionista en Jeopardy. Me reí y ella sonrió.

—Pilotas aviones, Naruto, como debe ser —repuso—. Y también te enfadas con tanta frecuencia que estás pensando en pagar para que te dejen ser probador de bolas de estrés.

—Nunca he llegado a considerar eso.

—Deberías. —Se rio y dio una palmadita al colchón—. Siéntate. Me quité la chaqueta antes de hacerlo.

—Mis preguntas son mucho más interesantes que las tuyas. ¿Es ya mi turno?

—Sí. Pregunta lo que quieras.

—¿Todavía no te has puesto a tener hijos? —preguntó—. ¿Puedo conocer a algún mini-Naruto ?

—No. ¿Podemos cambiar de tema? ¿Hablar de cómo te sientes, quizá?

—Estoy muy bien —respondió—. Al menos por ahora. No sé cuánto tiempo duraré así.

—Ha valido la pena la carrera en coche.

Riendo, señaló el montón de mantas que había en la esquina, y la cubrí con otra más, volviendo a tomar asiento a su lado. Cuando dejó de reírse, se puso seria de nuevo.

—Si te pregunto algo, ¿me prometes decir la verdad?

—Solo si no te hago daño con ella.

—De acuerdo. —Asintió moviendo la cabeza—. Vale, me parece justo.

¿Cuándo fue la última vez que estuve así? ¿Lúcida durante más de una hora?

—Por favor, no quiero responder a eso.

—Dímelo. —Sonrió débilmente—. Probablemente no recordaré este momento dentro de un par de días.

La besé en la frente.

—Hace dos años.

—¿Años? —Se le llenaron los ojos de lágrimas. Asentí.

—Has tenido momentos. Horas aquí o allá. Pero ¿días completos? Hace dos años.

—¿Es cierto que eres tú quien envía las mantas y los paquetes todos los días? ¿Eres tú?

Asentí otra vez, notando que las lágrimas rodaban por sus mejillas.

—Las entregas de la empresa de catering ¿también son cosa tuya?

—Sí. —Le sequé las lágrimas—. Odias la comida que sirven aquí. Ni siquiera te gusta el helado. Por alguna razón no confías en ella.

Se rio poniendo las manos en el estómago.

—Gracias, Naruto. Muchas gracias.

—De nada. —Le hice más preguntas, tratando de aprovechar el mayor tiempo posible, tratando de disfrutar de la compañía de la única persona de mi vida con la que valía la pena hablar.

De vez en cuando, interrumpía mis preguntas.

—Venga… ¿cómo se llama? —porque juraba que todas las respuestas que daba a las preguntas que me hacía sobre relaciones indicaban que mantenía una que no era casual. Que pensaba en alguien. Pero no era cierto, no había pensado en Hinata hasta ese momento.

—Mira… Antes de que me olvide… ¡Ja! —resopló. Sacó un bloc de notas de debajo de la almohada—. Al parecer, alguien le dijo al personal que me diera este cuaderno si estaba lúcida más de un día. —Pasó las páginas—. Tienes que hablar con tu padre y con tu hermano cuando puedas.

—No.

—Naruto …

—Ni hablar. Son la razón por la que estás aquí. Para mí han muerto.

—Es importante. —Parecía sincera—. Muy importante.

—Entonces, ¿por qué no me lo dices tú?

—Porque tienes que oírselo a ellos. —Pasó otra página—. También tienes que hacerles llegar unos mensajes de mi parte. A tu padre tienes que decirle que le perdono todas sus mentiras, y que le deseo lo mejor con Ambu. De verdad.

Le toqué la frente, seguro de que iba a venirse abajo, pero seguía muy lúcida.

—Dile a tu hermano que lo echo de menos. Que los quiero mucho a él y a sus hijos. A pesar de que, bueno… Ya sabes. —Frunció el ceño—. Prefiero no pensar ahora en cómo te ha borrado de su vida.

—¿Y qué me dices de Riley? Ya que voy a hacer un tour de odio, ¿quieres que le entregue también a ella un mensaje?

—No. —Arrugó la nariz—. Nunca me cayó bien. Siempre me pareció que era demasiado atenta con tu padre, y te advertí sobre ella. Deberías haberme escuchado.

Esta vez fui yo quien se rio.

—Lección aprendida.

—¿De verdad? —Cerró el portátil—. Si es de verdad, sea quien sea la mujer en la que estás pensando (sé que es así, no trates de negarlo), tienes que asentarte, darme algunos nietos que disfrutar durante unas horas dentro de dos años, cuando vuelva a estar lúcida. —Me apretó la mano—. Siempre tengo razón, Naruto. Así que haz lo que te digo.

Traté de no volver a reírme, pero no pude evitarlo. La abracé y cambié de tema, deseando seguir escuchando su charla durante el resto de la noche, disfrutando de cada segundo.

Le dije que la quería en varias ocasiones mientras le apretaba la mano por encima de la manta, y poco a poco, el tiempo se agotó.

Antes de quedarse dormida, me abrazó con fuerza y me besó en la mejilla, rogándome que hablara con mi padre y con mi hermano.

Me quedé a su lado hasta que volvió a abrir los ojos, para ver si seguía lúcida por segundo día consecutivo.

No lo hizo.

No sabía quién era yo, pero sí que me parecía mucho a su hijo mayor. Me pidió que dejara una foto en la recepción para poder enseñársela y luego me hizo salir de la habitación para poder dormir un poco más.


HINATA

EN LA ACTUALIDAD

ENTRADA DEL BLOG

Este será la última entrada que escribo aquí… No sé si alguno de mis lectores habrá encontrado este blog, dado que me he negado a mirar las estadísticas y a leer los comentarios publicados durante meses, pero si ha sido así, gracias. Muchas gracias por dejar que mis palabras formen parte de su vida, por leer mi libro y por examinar las entradas que dejé escritas en el blog después de que la novela viera la luz.

Dado que esto quedará aquí escrito, supongo que debería decir algo profundo, auténtico y con sentimiento.

Querido ya sabes quién…

Te quiero. Te amo de verdad y nunca he sentido por nadie lo que sentía (y sigo sintiendo) por ti. Soy consciente de que es posible que no vuelvas a hablarme, pero quiero que sepas que te has convertido, sin duda, en el amor de mi vida. Que ningún otro hombre podrá ocupar el lugar que tú has dejado.

Con amor, tu anomalía.

Hinata

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