NARUTO
Me palpitaba la cabeza, y sentía como si alguien me hubiera prendido fuego en la garganta.
Traté de incorporarme, pero no podía moverme; los brazos y las piernas me pesaban demasiado. Me esforcé por abrir los ojos y vi a Hinata sentada a mi lado.
A pesar de que estaba dormida, tenía la cara roja y las mejillas mojadas. Una de sus manos reposaba sobre su pecho, y sostenía una lata de Coca-Cola de colección en el regazo.
Miré al otro lado de la habitación y vi cientos de arreglos florales, globos y tarjetas con deseos de «Que te mejores pronto». Traté de sentarme una vez más, pero cuanto más lo intentaba, más cansado me sentía, así que cerré los ojos y suspiré.
No sé cuánto tiempo estuve así, pero de repente oí la voz de mi padre.
—¿Hinata ? —llamaba—. ¿Hinata ?
—¿Qué? —Su voz era apenas un susurro.
—Llevas aquí dos semanas. Vete a casa y descansa un poco.
—No, gracias.
—Quizá mañana permanezca despierto más de unos segundos —argumentó él—, y tienes que cuidar de ti misma mientras esperamos.
—He dicho no, gracias. Estoy bien, créeme. —Parecía sincera, pero incluso en mi estado, yo sabía que estaba mintiendo.
—Con el debido respeto, Hinata —insistió él—. No estoy pidiéndotelo, te estoy ordenando que…
—¿Quién pretendes que se quede con él? ¿Tú? Te odia.
—No creo que en este momento seas una de sus personas favoritas, Hyuga H.
Silencio.
—Descansa un poco durante un par de días y luego vuelve. Te juro que si se despierta, serás la primera persona a la que llame. —Sonaba casi creíble—. Y puedes alojarte en el hotel que hay al otro lado de la calle. Ya tienes una habitación a tu nombre.
Ella suspiró.
—Y, de antemano, muchas gracias por mantener en secreto tu visita, Hyuga H.
Hinata no respondió, y lo siguiente que sentí fueron sus labios en la frente.
—Te amo —la oí susurrar, y no pude obligarme a permanecer despierto ni un segundo más.
SEMANAS DESPUÉS…
—¡Señor! ¡Señor! —La enfermera entró gritando en la habitación—. Señor, vuelva a la cama. Ya.
—Prefiero no hacerlo. —Y miré por la ventana—. ¿Dónde está el médico? Dígale que quiero que me dé el alta hoy.
Se acercó a mí y se cruzó de brazos.
—Señor Uzumaki, quiero que vuelva a la cama.
—De acuerdo. —Me quedé junto a la ventana—. Esperaré a que me lo pida correctamente.
—¡Mark! —gritó—. ¡Mark!
Unos segundos después, un hombre corpulento vestido de blanco entró en la habitación.
—¿Usted de nuevo? —preguntó, meneando la cabeza—. Por favor, no me haga cogerlo en brazos y ponerlo en la cama. ¿Me va a obligar a atarle los brazos a la cama en esta ocasión, señor?
Gimiendo, puse los ojos en blanco y me acerqué a la cama para deslizarme debajo de las sábanas.
—Gracias. —La enfermera le brindó a Mark una sonrisa y luego frunció el ceño.
—De acuerdo con el informe, ha sufrido una herida en la cabeza, shock hipotérmico, un fuerte esguince en el tobillo derecho y se ha roto dos dedos de la mano izquierda. ¿De verdad piensa que le vamos a dar el alta?
—Está claro que no importa lo que yo pienso.
—No es así. —Sonrió y comprobó mis constantes vitales—. Tiene un visitante.
¿Está preparado para recibirlo?
—Depende de quién sea.
—Un tal señor Namikaze —dijo, bajando la voz—. Al parecer, es el presidente de la aerolínea. No respondí.
—¿Eso es sí o no? —preguntó.
—Puede pasar.
—De acuerdo, de acuerdo. —Me tomó la temperatura y se dirigió a la puerta—. No se le ocurra volver a levantarse de la cama de nuevo, señor Uzumaki.
Me quedé mirando la puerta y, en cuestión de segundos, apareció mi padre, con un aspecto poco habitual en él. Iba vestido con vaqueros y cazadora de cuero; además, su perpetua aura de confianza brillaba por su ausencia.
—¿Por qué parece como si hubieras tenido un accidente de avión? —pregunté.
—Muy gracioso. —Sonrió, acercándose a mí—. Supongo que no te has mirado en el espejo últimamente.
—Lo haré cuando no tenga vendajes en la cabeza. Se rio.
—Sí, ya. Aunque estoy seguro de que tu creciente club de fans te adorará igual… Solo necesito cinco minutos.
—Eso dijiste la última vez, y se convirtieron en treinta.
—De acuerdo.
Sacó un papel del bolsillo y me lo arrojó.
—¿Qué es eso?
—Es el artículo que va a aparecer en The New York Times la semana que viene.
Quería que lo leyeras antes.
—No voy a seguir volando en tu aerolínea, por lo que si este es tu patético intento para conseguir que lo haga, la respuesta sigue siendo no.
—Naruto …
—Nunca te perdonaré lo que me hiciste con Riley. Jamás te perdonaré lo que le hiciste a mi madre —pronuncié lentamente, mirándolo a los ojos mientras me preguntaba si valía la pena decir el resto—. Pero puedo perdonarte que seas tú. Sin embargo, no quiero tu línea aérea.
—No te estoy pidiendo que pienses nada. Solo quiero que leas el artículo. —Se inclinó sobre mí y me abrazó contra mi voluntad—. Lo siento, y siempre… siempre me acordaré de esto. —Me miró por última vez y salió de la habitación.
Por segunda vez en meses, me enfrentaba a algo que no quería leer, pero la curiosidad ganó una vez más. Abrí el sobre, y no pude apartar la vista del título del artículo, y eso que lo intenté.
«La verdad sobre el vuelo 1872 y cómo perdí a mi esposa. Cómo creé Ambu Airways y por qué quiero que mi hijo regrese».
HINATA
—¿Cómo crees que se sentirían los amantes de la literatura americana si supieran que la novelista de moda es una vaga? —preguntó Ino mientras abría las cortinas de mi dormitorio, dejando entrar los escasos rayos de sol del atardecer a través de las ventanas.
—No soy una vaga —gemí, lanzando un ejemplar del último número de The New York Times encima de la cama—. Estoy deprimida.
Había tenido que hacer un gran esfuerzo para no llamar a Naruto cuando leí las confesiones de su padre en la prensa, cuando vi publicados en los medios cómo había utilizado todas aquellas mentiras. Quería preguntarle qué sentía al respecto, si ahora mismo sería capaz de perdonar a su familia.
Por otra parte, dado que me había agregado rápidamente a la lista de gente que no quería que lo visitara en el hospital, estaba segura de que tampoco habría respondido a mi llamada.
—No estás deprimida, Hinata. Eres patética. —Ino seguía hablando, recogiendo ropa del suelo y lanzándola a una esquina—. Tienes que detener esta rutina tipo Jekyll y Mister Hyde de sonreír a las cámaras durante el día y llorar por las noches. Y tienes que hacerlo ahora.
—Mañana. —Rodé sobre la cama—. Te prometo que mañana lo haré.
—Empezarás esta noche. —Retiró las mantas de la cama—. También puedes empezar a escribir tu próximo libro, ya sabes, el que tienes que entregar dentro de seis meses. Ese que tu agente está ofreciendo por ahí. Como amiga tuya, te voy a dejar estar deprimida un par de horas, y luego vamos a divertirnos.
—¿En dónde?
—En una fiesta. —Me miró como preguntándome si lo decía en serio—. A ver, ¿en dónde si no? ¿Recuerdas corazón hace un tiempo y lo que hiciste?
—No… —Y era cierto, no lo hacía…
—Sí, ya, pero yo sí que lo recuerdo. Y la forma en la que te olvidaste de él es la misma en la que te vas a olvidar de Naruto. No puedo soportar ver más autocompasión.
—No me puedes obligar a que tenga una aventura de una noche. —Esquivé la almohada que me lanzó—. No estoy preparada para eso.
—Créeme, he aprendido la lección. Contigo no funcionan los rollos de una noche. Solo te sugiero una fiesta, algo que no vas a contar en un libro, algo que no esté relacionado con Naruto para que puedas empezar a pasar página.
—¿Crees que está saliendo con otra persona? ¿Otra chica que sea más su tipo?
—Sabía que le hacía esas preguntas todos los días, y sabía muy bien que ella no tenía ni idea, pero no podía evitarlo. No estaba con Naruto, pero una parte de mí no podía olvidarse de él. Una parte de mí seguía manteniendo la esperanza.
—Hinata … —Suspiró, acercándose a mi armario y abriendo las puertas—. Tú y yo vamos a ir a una fiesta privada que da un amigo mío dentro de dos horas. Después de ese lapso, y durante las cuatro o cinco que pasemos en la fiesta, no podrás mencionar a Naruto, AmbuAirways, los periódicos ni nada por estilo. De lo único que quiero que hables es de lo que estás bebiendo, de lo que llevas puesto o de qué hombre te llevarías a casa. Nada más.
—La noche que lo conocí, Naruto me dijo que no tenía un tipo —recordé—. Me pregunto si lo dijo para que me fuera a su casa con él… ¿Tú qué crees?
Sacó un vestido azul de mi armario y me lo lanzó antes de dirigirse a la puerta.
—Estate lista dentro de dos horas, Hinata. De dos horas.
Estaba segura de que los hados se habían juntado para reírse de forma histérica a mi costa. La fiesta a la que Ino me había llevado no era en la terraza aislada de un edificio abandonado como la última vez, sino en la del edificio Madison, en Park Avenue, y aunque se suponía que no podían asistir los residentes, estar allí me hacía pensar únicamente en el que vivía justo debajo, en el apartamento 80A.
Cada veinte minutos, Ino se acercaba para presentarme a un tipo distinto, alguien que según ella molaba, pero por el que yo nunca me sentía atraída. Al menos, no de la forma intensa que debía ser.
Casi todos los asistentes en la fiesta eran hombres hechos a sí mismos o visionarios en alza en el mundo de la moda, pero no era capaz de entablar una conversación de más de cinco minutos con ninguno. Tenía la mente en otro lugar, y mi corazón era demasiado terco para dar una oportunidad a alguien nuevo.
Cogí una copa de vino de la bandeja de un camarero que pasaba y me acerqué a la barandilla de la terraza. Allí alcé la vista hacia el cielo y me puse a mirar un avión blanco que sobrevolaba el Hudson.
—Un bonito aparato, ¿verdad? —dijo una voz a mi izquierda—. Apuesto lo que sea a que es militar. Un avión espía o algo así. Seguramente estará preparándose para ir al otro lado del mundo.
—No —repuse—. Es un MD-88. Se usa solo en vuelos de corto alcance. —Me volví para mirarlo, pero él estaba parpadeando como si lo hubiera intimidado y se echaba hacia atrás.
Me volví de nuevo para ver cómo el pequeño avión volaba más alto, continuando su ascenso.
—Debo decir que tu información sigue siendo equivocada… —El sonido profundo y bajo de esa voz hacía que mi corazón se alborozara, que diera volteretas, por encontrarse frente a frente con Naruto.
Todavía era jodidamente perfecto; incluso más atractivo que la última vez que habíamos estado juntos.
Rellenaba un traje negro de una forma impecable, como solo él podía, y me sonrió mientras ocupaba un lugar a mi lado, apoyado en la barandilla.
—Señorita, es un MD-90. —No dijo mi nombre—. Ha estado cerca. Muy, muy cerca.
Me miró los labios.
—Soy Naruto. —Me tendió la mano. En el momento en el que se la estreché, revivieron todas las terminaciones nerviosas de mi cuerpo—. ¿Y tú eres…?
—Hinata.
—Mmm… ¿Cómo te ganas la vida, Hinata ?
—Soy una afamada escritora… ¿Y usted?
—Soy piloto. En realidad, capitán.
—Parece muy joven para ser capitán —continué, imitando con soltura la conversación que habíamos mantenido la noche que nos conocimos.
—Bueno… —repuso, plantándome un beso en la frente—. Mis muchas horas de vuelo dicen otra cosa.
Silencio.
Durante varios minutos, simplemente estuvimos mirándonos el uno al otro, y supe en ese momento que mi corazón seguía atado al de él, que no había ninguna posibilidad de que me enamorara de otra persona de la misma forma que me había enamorado de él.
No dejó de mirarme mientras me rodeaba la cintura con los brazos, acercándome como si fuera a reclamar mi boca con la suya, pero se detuvo antes de que nuestros labios se tocaran.
—Quería que me firmaras algo —dijo mientras me ponía las manos en las caderas con los ojos clavados en los míos—. ¿Te importaría hacer eso por mí?
Negué con la cabeza. Él me soltó poco a poco para meter la mano en el bolsillo interior de la chaqueta y sacar un ejemplar de bolsillo de A gran escalay un bolígrafo.
—Puedes firmarlo en la página de la dedicatoria —pidió—. Justo debajo de donde pone «Este es para ti, solo para ti».
Cogí el bolígrafo y escribí: «Incluso si has continuado adelante, sigues siendo mi anomalía» donde él decía. Luego estampé mi firma.
Sonriendo, le tendí el libro.
—Tú sí que sigues siendo mi anomalía, Hinata —susurró por lo bajo—.Siempre lo serás.
—¿Significa eso que ya no estás enfadado por el libro?
—Significa que estoy jodidamente lívido por el libro. —Me miró con los ojos entrecerrados—. De hecho, y ya que tocamos el tema, vamos a tener que dejar claras unas cuantas cosas: primera, utilizas muy mal la terminología aeronáutica a lo largo de toda la novela. Le das las gracias al editor de contenidos en los créditos, así que tenía esperanzas al respecto, pero después de leerlo tres veces con el marcador en la mano, sigo encontrando errores.
—¿Te lo has leído tres veces?
—Siete —me corrigió—. Y no he terminado. Hay una gran cantidad de fallos que es necesario enmendar.
—Ya está publicado.
—Eso me importa una mierda. —Sonreía—. Tú tienes que conocerlos todos y cada uno de ellos. —Me cogió la mano—. ¿Por qué has cambiado el lugar donde follamos por primera vez? Fue contra la estantería, pero en el libro dices que fue sobre el escritorio.
—Mi editora pensó que era mejor así.
—Mis ojos son azul claro, no azul oscuro.
—Otro cambio editorial.
—Follamos en más de un vuelo internacional, y me chupaste la polla por primera vez en Nueva York, no en un hotel.
—Una vez más, cuestión editorial.
—Tampoco recuerdo haberte dicho tan pronto que te amaba. —Me colocó un mechón de pelo detrás de la oreja—. Solo mencioné que lo nuestro era caótico y que me gustaba.
—Entonces, ¿no me amas? —pregunté.
—Esa no es la cuestión.
—¿Tardaremos mucho en llegar a ella? —dije en tono burlón, haciendo que sonriera de nuevo.
—La cuestión es que no te he visto ni he follado contigo desde hace meses, y que tampoco me he tirado a otra persona. —Apretó los labios contra los míos—. Y eso no lo va a conseguir nadie más. Te echo de menos y te amo. Pero, sobre todo, echo de menos follar contigo.
—De verdad, podías haberte reservado la última frase.
—No, era necesaria. Muy necesaria. —Me secó una de las lágrimas—. Te amo, Hinata. No me importa nada más, y creo que deberíamos marcharnos de esta fiesta ahora.
—No lo haremos hasta que me respondas a unas cuantas preguntas. Necesito saber con qué tipo de hombre estoy hablando esta noche.
—Con uno que te va a follar en cuanto nos metamos en el ascensor, con uno que te va a llevar a su casa después de acabar para volver a follarte.
Me sonrojé, pero permanecí inmóvil.
—¿Por qué me agregaste a la lista de personas que no podían visitarte en el hospital?
—No quería que me vieras así —dijo, y parecía sincero—. Además, llevabas allí dos semanas y yo estaba bien. Quería que te ocuparas de ti misma.
—¿Eres tú la persona anónima que ha cambiado mis billetes a primera clase para mis últimas firmas de libros?
—Por supuesto que no —aseguró, sonriente—. Solo alguien que todavía te ama haría algo así.
—Gracias —repuse.
—De nada. ¿Tienes más preguntas?
—Sí, todavía tengo dos más.
—Responderé solo a una más.
—Genial, ¿es ahora cuando vas a proponérmelo?
—No seas ridícula. —Apretó su boca contra la mía y me dio un beso tan intenso y salvaje que casi perdí el equilibrio. Luego me apretó la mano y tiró de mí hacia el ascensor—. Ahora es cuando empezamos un nuevo capítulo. Uno que podemos escribir juntos.
Fin...
Jaja hay epílogo, esperen lo
