Madrigal N°1 L'amfiparnaso
Faraoh llegó cansado a casa y se echó sin gracia en el sillón individual que lo dejó cara a cara con su estilizada arpa egipcia. La observó entrecerrando los ojos mientras pensaba en su última reunión con su jefe Hades, Pandora y Orfeo; en el desayuno-conferencia de la mañana siguiente y el concierto de la noche; en que debía comprar comida para Cerbero, la mascota de su jefe; en que tenía miedo de volver a tomar las llaves de su convertible negro; en que deseaba apagar su teléfono e ignorar las notificaciones hasta la siguiente semana y tan solo dormir en paz. Pensaba en tantas cosas y ninguna de ellas era la música que podría producir con aquellas magníficas cuerdas pulidas. Estaba física y mentalmente agotado, mas se negaba a verse derrotado por su propia incapacidad.
El músico egipcio se hundió contra el respaldo del mueble y ni siquiera tuvo la voluntad de sorprenderse cuando un par de manos cubrieron sus ojos cerrados. Si hubiese sido un ladrón, no le hubiese importado, pues Faraoh no era apegado a sus bienes materiales. Mas ocurría que supo, de manera inconsciente, desde el momento en que entró a la casa que no se encontraba solo; vio la bufanda verde y el abrigo morado colgados en la entrada y no pudo darles importancia, pese a llevar viviendo solo desde hacía una década. Peor aún, reconoció las prendas ajenas por su horrendo estilo y el olor a campo.
—¿Quién soy? —cuestionó una voz a espaldas del egipcio y éste casi sonrió al contestar, distrayendo sus pensamientos de su rincón de oscuridad.
—Un allanador —contestó con seguridad tras fingir pensarlo un momento.
Tras casi un minuto de silencio y quietud en que Faraoh debió contener la risa, su visión le fue devuelta y el allanador se quejó entre balbuceos mientras rebuscaba por algo entre su ropa.
—¡Ajá! —exclamó el allanador cuando encontró lo que buscaba y, antes de que Faraoh lograse voltear a ver de qué se trataba, un trío de llaves danzó frente a su rostro—. No es allanamiento si tengo las llaves para entrar, incluso si entré por la ventana.
Antes que preguntarse porqué el inesperado invitado tenía una copia de sus llaves de entrada, garaje y patio con un dije de mariposa colgando del mismo aro, el egipcio se extrañó por la aclaración.
—¿Entraste por la ventana a pesar de tener la llave, Myu?
Myu —también conocido por el apodo de «Papillón»— suspiró y se sentó juntó a él en el sillón individual, ocupando el gran apoya-brazos derecho. Tal como Faraoh esperaba, su atuendo de pantalón y buzo negros desentonaba con el cinturón dorado brillante y las botas rojas de charol; tan buena ropa y tan mal combinada hacían repensar al egipcio que aquél hombre tenía algún problema de daltonismo por usar tantas lentillas decorativas, a pesar de que no dudaba de su excelente calidad de visión.
—Quería comprobar el nivel de seguridad de tu residencia actual y, dejame decirte, que es bastante deplorable. Podríamos colocar refuerzos en las llaves de las ventanas, deberíamos igual reforzar esas rendijas que dan al sótano. La puerta del garaje no se cierra por completo, ¿lo habías notado? Se puede alzar a mano lo suficiente para que alguien entre arrastrándose como un gusano. No mencionaré un sistema de alarmas porque, bueno, sé que las detestas, pero, podríamos instalar alguna cámara nosotros mismos. Por cierto, nosotros, en todo caso, quiere decir que yo me haré cargo de cada cosa, si es que así lo deseas —Faraoh asintió lentamente cuando el pelirrojo finalmente hizo una pausa, pero, antes de que el egipcio pudiese abrir la boca, el hombre de origen austríaco prosiguió—. Casi lo olvido, pero, cuidas a Cerbero I, ¿correcto? Es la más mansa de los tres hermanos, con razón Hades no la necesita como escolta.
—En realidad es la más irascible, porque es la única que no está castrada, pero cuando nuestro señor quiera tener más perros, es ella la que tendrá que buscar pareja. Por eso, es mejor que ya no luche.
—Pues no le noté la ira cuando se lanzó a besarme la cara.
—Eso es porque te adora.
Los hombres compartieron una sonrisa corta antes de apartar la mirada —al menos, Faraoh lo hizo, incómodo por los irises ahora color ámbar del austríaco—. Papillón pasó un brazo tras el respaldo del sillón e inspiró hondo antes de volver a hablar.
—Veo que estás bien. La casa no está patas arriba como cuando debiste preparar aquella obra en Indianápolis.
—Estoy acostumbrado al cielo lloroso de Inglaterra. Aquí, al menos, no me tomará por sorpresa —admitió con pesar, pues todavía extrañaba el calor seco de Egipto y Grecia que su jefe decidió dejar atrás—. ¿Cuándo regresaste?
Papillón volvió a sonreír.
—Estuve aquí desde que llegaron, incluso fui a recibirlos en el puerto. Veo que hice un buen trabajo con ese disfraz si ni siquiera tú me reconociste, Ara.
Y aquél era uno de los principales motivos por los cuales nadie consideraba a Myu un «compañero de trabajo» a pesar de que casi siempre estaba «acompañándolos»; se trataba de un espía interno, que informaba a su señor de cada detalle que concernía a sus empleados. Papillón conocía los más oscuros y más ridículos secretos de todo el mundo, y, todo el mundo aprendió a no hacerlo enfadar para que éstos no fuesen revelados al público tras un incidente que ya nadie mencionaba.
Faraoh, también, tenía secretos que guardar. Uno en particular, lo atormentaba cada noche de soledad y en un acto de torpe inconsciencia decidió confesarlo a su «ángel guardián», sabiendo que éste lo oiría incluso sin estar presente. Desde entonces, las visitas de Myu fueron en aumento y hasta llegaron a considerarse amigos dependiendo del caso.
El austríaco se levantó y fue a rebuscar entre los discos de vinilo que se encontraban apilados en la gran estantería que supuestamente debía contener un televisor de 75 pulgadas. El gramófono aguardaba orgulloso e impecable sobre el almacén de vinos. Faraoh lo observó hacer y no presentó objeción alguna cuando reconoció el álbum que Myu eligió retirar con cuidado de la pila, pues hacía mucho tiempo que no lo escuchaba.
¿Sabría Myu que utilizaron aquella pieza (Orfeo, Eurídice y él) como inspiración para su proyecto benéfico de Noche Buena el año anterior? Seguramente sí, incluso aunque se suponía que Papillón estuvo en América durante aquella temporada. El espía parecía tener ojos en la ropa de cada empleado y oídos en cada una de sus casas. Tal pensamiento hizo que el egipcio se llevase una mano a la frente y se replantease su amistad, una vez más.
Pero antes de que sus pensamientos volvieran a girar en un oscuro rincón de su mente, la púa del gramófono chilló y pronto la habitación se vistió con una tonada alegre. Casi tan alegre como la sonrisa de Myu al no haber necesitado ayuda para hacer funcionar el aparato. El austríaco, en lugar de volver a sentarse, se dispuso a mover la mesa ratona en el centro de la sala y, cuando el espacio estuvo liberado, extendió una mano a Faraoh con una reverencia ligera.
—Baila conmigo —solicitó.
Faraoh suspiró y empujó sus zapatos blancos para quitarlos pues no quería seguir sintiéndolos apretando sus pies como hicieron desde la mañana, durante su charla privada con Pandora, durante la reunión con Hades y Ofreo, durante los viajes de ida y vuelta en coche. Aceptó entonces la invitación y el varón austríaco lo guió encantado al son de la alegre canción. Los tropiezos y las risas no tardaron en hacerles compañía y no dejaron de moverse hasta que el disco se reprodujo por completo; acabando ambos derrotados sobre el sofá ancho.
Myu entonces, cuando recobraron el aliento, besó a Faraoh. El egipcio lo dejó hacer, mas no supo corresponder, pues la última (y primera) vez que besó a otra persona, había sido en el colegio y por culpa de un juego de niños. Papillón se apartó notablemente incómodo y apartó el rostro antes de reír.
—Lo siento, creí que —inspiró y exhaló—… No lo sé. Perdón, Ara.
El dueño de casa supuso que debía estar molesto, pero, no pudo hallar los motivos ni los sentimientos apropiados para generar tal reacción. Lo que sí pudo discernir fue que no quería ver el rostro apenado de Myu, por lo tanto, tomó su mano derecha y la presionó para llamar su atención de regreso. Los ojos color ámbar volvieron a descolocar al egipcio, pues no reconocía en ellos el brillo de los iris rosados que algún día le ganaron al hombre el apodo de Papillón.
—No tienes por qué pedir perdón, Myu. Fue un día agotador, pero, me alegra que estés aquí. En serio.
El austríaco sonrió entrecerrando los ojos.
—Siempre estoy cerca —el espía había dejado claro que, aunque pudiera no responder de inmediato, Faraoh podía escribirle en cualquier momento del día, cualquier día; sin importar qué. Mas el egipcio jamás le tomó la palabra—. ¿Es por Orfeo? —cuestionó el pelirrojo al cabo de un rato.
Faraoh cabeceó sin decidirse a asentir o negar.
—Hades desea que toquemos los tres juntos en su aniversario. Eurídice y Tetis harán los coros —informó con claridad y el espía asintió con los labios formando una fina línea.
—¿No crees que va siendo hora de dejar el pasado atrás? Adorabas tocar con ellos… Y Pandora ya lo ha superado, incluso los visitó el verano pasado.
—Pandora no estaba conduciendo aquella noche —respondió rápido y con cierto enfado el egipcio—. No tengo derecho a estar a su lado, mucho menos, tocar a su lado.
—Estoy muy seguro de que ellos lo saben, lo que hiciste y tu sentir, y-
—No quiero ni merezco su perdón, Myu —interrumpió Faraoh—. Sería mucho más sencillo si me vieran con desprecio, pero, Eurídice aún llama preguntando cuándo los visitaré y Orfeo hoy no dejó de sonreír como un idiota.
El egipcio se dejó caer de lado y su hombro izquierdo descansó sobre el brazo derecho del austríaco. El pelirrojo se acomodó para abrazarlo pero, contrario a su naturaleza habitual, pareció haberse quedado sin palabras de consejo o de consuelo para ofrecer. Todos los servidores de Hades hicieron daño a otras personas en menor o mayor grado, incluso los asesinatos eran cosa del día a día para algunos, mas Faraoh no era aquella última clase de empleado y lo suyo había sido un completo accidente.
Incluso si Orfeo y Eurídice se encontraban bien entonces, eso no quitaba que él les había arrebatado a sus viejos amigos mucho tiempo de vida con el corazón en la garganta mientras la musa se recuperaba.
Myu acarició su cabello y Faraoh bostezó.
—¿Te quedarías a dormir? —cuestionó el egipcio sin mirar a su compañero a los ojos. Esperaba, seriamente, que se quitara las lentillas antes de acostarse. La voz bien conocida le respondió tras liberar una corta carcajada.
—No tienes idea de cuánto esperé por la noche en que nos propusieras eso —el pelirrojo lo abrazó con más fuerza—. Aunque lo había imaginado diferente. Oye, no es que me queje, nunca te he visto como un hombre muy sugerente, de hecho, ésto es incluso más cercano de lo que jamás hubiera-
—Si no cierras la boca, dormirás con Cerbero I en el patio, Papillón.
El austríaco respiró hondo y, antes que responder afirmativamente, decidió mejor asentir contra el hombro del egipcio, quien murmuró contento y le dio un beso en la mejilla igual que si le diese a la dóberman de su jefe una galletita como premio tras un truco bien realizado.
En opinión de Myu, aquél magnífico y talentoso hombre necesitaba con urgencia de una mascota propia, y, un gato era la mejor de todas las opciones que el austríaco había barajado muy a pesar de que a él mismo no le gustasen. Y por más que deseara hablar de ése tema y resolver el de la seguridad hogareña lo más pronto posible, se contuvo —como siempre se contenía de inundarlo a mensajes de voz cuando se hallaban trabajando lejos del otro, pues sabía que no obtendría respuesta cuando no se tratasen de temas profesionales—, mientras Faraoh conciliaba el sueño contra su pecho.
Incluso sus respiraciones y ligeros ronquidos parecían formar melodías a oídos de Papillón, quien adoraba oír dormir a aquél compañero suyo que no parecía tenerle miedo, a diferencia de la gran mayoría.
N/A: Esta es la última historia que tenía por escribir sobre los músicos de SS, las otras 3 ocurren en el mismo contexto aunque no se relacionen. Como no quería armarme líos con Pandora y Eurídice y no se me ocurrió ninguna otra señorita que pudiera encajar con el faraón, bueno. Es raro, pero, no existe el personaje de Myu o de Papillón como categoría en ff, así que no lo pude incluir en el resumen.
