[I Can't Get No] Satisfaction
Nanatsu no Taizai © Nakaba Suzuki
Sinopsis: Después de una herida mortal, Zeldris cayó en el fiordo de Forth. Con pocas esperanzas de sobrevivir, su destino cambia cuando es encontrado por la princesa Gelda, alguien cuya vida no era divertida y sabía que sus posibilidades de cambiar eso eran escasas. Sin embargo, tras su inusual encuentro, sus vidas podrían tomar un rumbo satisfactorio.
Nota de la autora: ¿Nueva historia? Sí. ¿Inspiración? Salió mientras estaba con flojera en mi cama. No creo que esto se extienda más de diez capítulos. Tendrá actualización semanal.
Disfruten el prólogo.
Prólogo
Su pecho subía y bajaba, una sonrisa se curvó lentamente en su rostro, los labios se separaron y sobresalieron mientras el resto de su rostro se tensaba alrededor.
Observó cómo algunos soldados, arrodillados sobre una rodilla con la cabeza inclinada hacia abajo, temblaron cuando lo miraron. Su cabello negro se levantaba como espinas, sus manos enguantadas brillaban, y su marca demoniaca, que no podía ser borrada, relucía, rasgo de su raza al nacer.
Agitó su espada de línea ondulada, delgada y redonda, con una marca enemiga en la parte superior, un recordatorio de contra qué luchaba. Corrió la tela y avanzó al interior de la tienda, colocándose junto al tablero de guerra y subió una ceja ante la situación. El fuego cruzado contra el clan de las diosas se había trasladado del norte de Britannia hacia las costas del río. Según los informes, cerca operaba un área de refuerzos.
Fue entonces cuando levantó la vista y miró con seriedad.
—Creo que es tiempo.
Lo único que recibió como respuesta fue una mirada inquisitiva a su hermano, pero ante eso se encogió de hombros.
—¿Tiempo para qué?
—De que te esté al frente.
—Olvídalo.
—¡Meliodas!
—¿Y qué la base esté desprotegida? Ni lo sueñes, Zeldris —escupió Meliodas, a pesar de que su corazón dio un vuelco ante la idea de dejar a su hermano menor en el frente—. Seguiremos el plan de siempre: yo al frente con los Mandamientos y demonios de primera categoría conmigo. Tú, en cambio, te quedas en tierra.
Zeldris suspiró con cansancio.
—¿Por qué es tan importante dirigir esta batalla? Ni siquiera es de gran magnitud.
—Sabes lo peligroso que sería dejar tu puesto como verdugo para ir a los aires.
—Pero soy un verdugo por una maldita razón.
—No discutiré esto de nuevo. Obedece o nuestro padre sabrá de tu rebeldía.
Zeldris nunca había aceptado del todo esa explicación de porque, siendo el verdugo que debía ser, tenía las posiciones de batalla menos interesantes. Pero como sabía que sería la única explicación que obtendría de su obstinado hermano, lo dejó pasar. Sin embargo, la idea todavía lo molestaba.
—De acuerdo. Iré a vigilar la zona —expresó, lanzando una mirada a su hermano.
Antes de que Meliodas pudiera hablar, otra voz intervino desde el exterior.
—¡Comandante! ¡Nos atacan!
Tanto Meliodas como Zeldris se quedaron atónitos por el anuncio. Entonces, el menor dio una sonrisa tranquilizadora.
—Entiendo. Alisten las tropas para un enfrentamiento directo y que los Mandamientos estén preparados para las órdenes del comandante —Zeldris le devolvió la mirada al mayor—. Sé que sientes que no podré con esto. Pero no me subestimes, aprendí de ti.
Meliodas miró al soldado para ver si se sentía insultado, pero solo asintió. No era lo correcto, pero ver a Zeldris tenerlo en tan alta estima lo hizo vacilar. Al ver la dedicación reflejada en sus ojos, había tomado una decisión.
—Está bien, Zeldris. Encárgate de esto —declaró. En el momento siguiente, su hermano le dedicó una sonrisa emocionada y salió de la tienda con entusiasmo—. Ten cuidado —murmuró y fijó la vista en su arma, tomando la postura de un temido demonio de inmediato.
Una vez que se alistó con su traje, salió para recibir una noche oscura. No había luna en lo alto del cielo para iluminar o indicar a los soldados de dónde habían salido las tropas enemigas. Incluso Meliodas estaba sorprendido de que la filtración hubiera sido tan rápida.
A medida que avanzó la batalla, la desesperación y los soldados menos dispuestos a continuar volvía la situación más absurda de momento a momento. Y no fue solo la forma inusual y algo desconcertante de luchar contra las tropas lo que los dejó confusos, también la descomunal fuerza que cargaban.
—¡Retírense y agrupense en el centro! —gritó Meliodas, tratando de no sonar demasiado ansioso, pero fallando—. ¡Vamos, tenemos que reagruparnos y contraatacar!
—¡Señor! —escuchó gruñir a Monspeet, uno de los Mandamientos—. ¡Las diosas están bendecidas con la Falsa Esperanza!
El comandante gruñó con desesperación. La Falsa Esperanza era una técnica directa de la Suprema Deidad, la regente del clan de las diosas. Envueltos en esa magia, cualquier soldado se volvería indomable, salvaje y sentirían que tendrían el control.
Eso hacía que la rápida y poderosa invasión tuviera sentido. Los soldados comunes no podrían masacrar las resistentes filas que tenían. No las comandadas por Zeldris, quien había aprendido que la batalla era una cuestión de estrategia y sincronía, no ese grupo desordenado y cobarde que escapaba al chirrido de las espadas.
—¡Tenemos que concentrarnos en los sanadores! —ordenó el comandante y agitó su espada en una sombra oscura—. ¡Solo así podremos apaciguar la potencia de la Falsa Esperanza!
Todos asintieron y se volvieron a repartir en el campo de batalla. Por su parte, Meliodas se alzó en los cielos y comenzó a buscar a su hermano menor para ejecutar el contraataque: Ominous Nebula sobre cualquier diosa que cargara magia de sanación y luego él aplicaría Hellbaze para quemarlas hasta las entrañas.
—¡Meliodas! —exclamó Zeldris con una voz torcida por la emoción de la batalla y sacudió la cabeza con firmeza, las puntas de su cabello se balancearon en la oscuridad—. ¿Qué…?
—¡Ominous Nebula, hazlo! —le cortó, volviendo la mirada en dirección a la parte del campamento, siendo masacrada.
Meliodas se acercó a la espalda de Zeldris y se puso alerta. Repentinamente, una tormenta comenzó. La luz de los relámpagos iluminaba por momentos su figura, proyectando extrañas sombras sobre ese rostro ceñudo que parecía más sombrío y enfadado que de costumbre, la arruga de su entrecejo acentuada por la repentina sensación de desagrado sembrada en su interior. Era como si un resplandor siniestro estuviera por emerger.
Y entonces esos ojos azules, ardiendo de clamor y esperanza, aparecieron demasiado rápido como para que lo pudiera detener de atacar.
—Veo que el heredero no es el más rápido en las tormentas —murmuró Mael, golpeando a Zeldris con Helios Fair.
Entonces, todo fue cuestión de segundos. Meliodas vio a su hermano mirarlo de un lado a otro, sin poder hacer nada cuando el ataque estalló y tanto el impacto como la luz cegaron la visión del comandante. Comenzó a caer, escuchando el repiqueteo de armas, chocando entre sí, de chirridos de metal, de demonios, gritando, arañando, pero deseó que eso se desvaneciera, dando paso a lo único que deseaba escuchar.
La voz de su hermano.
