Capítulo 1


El viento era fresco y la leve llovizna traqueteó cuando la princesa Gelda se acercó a la ventana del carruaje que avanzaba. Sabía que existían razones por las que estaba de regreso a su reino. Cosas como resguardarse del clima bélico, reencontrarse con el castillo que la vio crecer o prepararse para asumir el trono.

Pero Gelda no era idiota, no pasó varios años de su vida solo para obedecer a cualquier orden y no preguntarse los motivos. Aunque viendo la mirada nerviosa de su hermano menor a cada movimiento que hacía, no necesitó más que un poco de presión para saber las motivaciones del rey Izraf.

Entendía que su padre lo hacía porque era su heredera, pero se suponía que debía aprender lo suficiente del mundo exterior para proteger su reino. Y la constante vigilancia no ayudaba.

Sin tener idea de lo que estaba haciendo, lanzó un profundo quejido que asustó a la persona delante de ella.

—¡Gelda, por favor! Casi me matas del susto.

—Cállate, Orlondi. Morirte sería lo mínimo que podría pasarte.

—¿Acaso la visita a Grangemouth estaba siendo divertida? —le preguntó su hermano menor. La princesa como respuesta le mostró sus colmillos—. Por todos los cielos, no entiendo por qué papá te quiere.

—Porque sería capaz de destrozar tu cabeza si me lo pidiera.

Ante la amenaza, Orlondi chilló y se cubrió. Eso hizo que Gelda se animara un poco, desde que su visita al poblado de Grangemouth fue interrumpida horas atrás, se había mantenido en la molestia e ira. Notaba que su hermano tenía las mejores intenciones al buscarla, pero debía que poder entender la situación: estar siempre vigilada no era divertido.

Ser observada era raro. Mientras crecía, llegó a saber, a apreciar, cada segundo, que los ojos de otra persona pasaban sobre ella.

Momentos más tarde, cuando el silencio se acomodó en el carruaje, Gelda se detuvo con la mirada frente a Orlondi y verificó su estado. A grandes rasgos, estaba claro que había crecido y se lucía en sus rasgos faciales más marcados, pero que no habían abandonado aspectos juveniles.

Gelda se tomó un instante para procesar, también para cambiar su postura y agarrar una más adecuada para encarar a su hermano menor.

—¿Cuánto ha sido esta vez?

Orlondi parecía bastante sorprendido después de que su hermana comenzará a hablar, porque había estado esperando que la tensión reinará hasta el final del viaje.

—Unos diez años.

—Ya veo —soltó Gelda, y su voz podía no ser tranquila, pero estaba alcanzando un registro más alto al que normalmente Orlondi estuviera acostumbrado—. Solo restan cinco años.

—Y el rey te dará el trono.

La princesa le devolvió la mirada seria, sus ojos enormes, morados y sin asombro.

—¿Por lo menos ha dejado de beber en grandes cantidades?

—Me gustaría darte la respuesta que quieres —dijo Orlondi y lanzó un suspiro. El rey Izraf tenía la costumbre beber mucho y, dada su condición de vampiro, soportaba. Sin embargo, podía ponerse ebrio—. Aunque si evita hacerlo durante los eventos.

Gelda levantó una ceja hacia Orlondi y soltó una carcajada.

—Estás bromeando, ¿verdad? No lo creo.

El hermano suspiró, sabiendo que tenía razón al poner en tela de juicio lo que decía. Resopló mientras miraba de nuevo por la ventana.

—Sí. Solo es una pesadilla cuando recuerda a nuestra madre o a ti. Y puede que no sea experto, pero me estoy dando cuenta cuando algo raro está pasando en su cerebro, sin ofender.

—Sin embargo, estoy ofendida —respondió Gelda con una sonrisa tímida, aunque temblorosa, que ocultó, pero Orlondi podía escuchar en su voz—. Supongo que nunca se olvidará mientras luzca como ella.

—Y por eso te protege tanto —expresó Orlondi con preocupación—. Considero que necesitas contarle sobre esto. Eres muy cercano a él. Dile cuando lleguemos, tal vez él lo entienda.

La princesa lo pensó por un momento, luego murmuró.

—De acuerdo.

Su hermano sonrió y aplaudió con espíritu infantil. Suspirando, Gelda se arrastró sobre el asiento para darle una palmada en la rodilla cuando el carruaje se movió. Ambos príncipes se retorcieron junto con un sonido profundo de algo chocando con el suelo. Los caballos se escucharon nerviosos y una voz comenzó a sonar con fuerza para tranquilizarlos.

—¿Qué ha sido eso?

Aguantando la respiración, Gelda escuchó.

—¿Habría sido algún rayo? —se indagó. No tenía sentido porque no había visto ninguna luz. Curiosa, dejó el interior del carruaje y se dirigió al lugar de donde había provenido el sonido.

Volvió a escucharlo cuando se acercó. Era un quejido. El sonido de algo viviente sufriendo.

—Rajine, ¿estás bien?

—¡Princesa, no debe salir con esta tormenta!

Gelda negó con la cabeza con fuerza.

—Olvídalo. Solo dime si estás bien —insistió.

Rajine se detuvo, dándose cuenta de que la princesa no evitaría preocuparse por su bienestar.

—Estoy bien. Pero hemos dado contra algo que cayó del cielo.

—¿Qué cayó del cielo? —inquirió el príncipe llegando junto a ellas—. ¿Qué podría ser?

La princesa le dirigió a Orlondi una mirada ansiosa y avanzó. Pudo escuchar a su hermano, soltar un suspiro y acompañarla. Algunos pasos atrás, Rajine también los siguió.

—Me preguntó que será —murmuró y con un poco de magia en su mano, se acercó. Incluso herido, cualquier cosa podía ser peligrosa. No podía permitirse el lujo de verse desprevenida.

Había una capa de lodo y suciedad delante de los caballos. Los ojos de Gelda captaron un leve movimiento ascendente, como si se tratara de una respiración. Sin apartar los ojos del montículo, se agachó y metió su mano.

Gelda dio un salto hacia atrás sin dejar su llama.

—¡Esa cosa está viva! —gritó Orlondi y se puso detrás de Rajine—. ¡Vámonos de inmediato!

—Princesa, el joven Orlondi…

—No, esperen —los cortó Geda y volvió a aproximarse. Esta vez, lo examinó a fondo y se dio cuenta de que parecía ser un muchacho—. ¿Quién eres?

No hubo respuesta de la capa de lodo.

Estaba por volver a hablar, pero fue interrumpida por el sonido de un trueno. Todos miraron el montículo de lodo sin detectar ningún movimiento. Nada parecía ser capaz de despertar la vida que había allí debajo.

—Princesa, por favor. Tenemos que irnos —soltó Rajine a toda prisa. Iba a decir más, pero un nuevo trueno interrumpió la conversación.

Gelda parecía estar evitando la mirada. Solo miró a su hermano cuando dijo, muy suavemente.

—Hermana, ¿acaso tú…?

La princesa se quedó quieta, reflexionando sobre qué la llevó a realizar la siguiente acción.

Dejando su fuego, sus manos trabajaron en el lodo con desesperación hasta que lo descubrió. Un muchacho cubierto por un simple traje y que estaba herido en gran parte de su cuerpo. La sangre incluso dio a entender que era reciente.

—Está gravemente herido —comentó Gelda y se inclinó para apoyar la mano sobre el rostro. Estaba frío—. Pero todavía puedo sentir vida en él.

—Déjalo como está —le ordenó Orlondi, advirtiéndole—. Que esté así no puede tratarse de nada bueno.

Mientras su hermano hablaba y Rajine parecía apoyarlo, ella apartó la suciedad del rostro del desconocido. Las facciones que surgieron la sorprendieron. Incluso sin estar del todo limpio, Gelda pudo distinguir rasgos fuertes cubiertos por mechones negros.

—Tenemos que llevarlo al castillo.

Orlondi sacudió la cabeza al instante.

—No estás loca, Gelda —dijo rotundamente—. Llevarlo a Edimburgo será una amenaza.

—¿Cómo puedes estar seguro? —le preguntó de manera obstinada—. Cayó del cielo con una herida profunda. ¿En serio piensas que algo así podría amenazar?

El príncipe abrió la boca para hablar, pero antes de que pudiera decir algo, el desconocido irrumpió escupiendo una considerable cantidad de sangre. Gelda detuvo la discusión y se agachó para colocarlo en una mejor posición.

—No te preocupes. Estás en buenas manos —exclamó con determinación, sintiéndose más nerviosa cuando el muchacho se acomodaba contra ella. Nada sabía de él, pero percibía su angustia—. Por favor, dime, ¿quién eres?

El silbido de dolor que brotó la sobresaltó. Gelda lo miró y estudió su rostro contraído por el esfuerzo de reponerse.

Su respiración se detuvo cuando la observó con unos intensos ojos verdes.

—¿Qué…? —murmuró él de manera débil.

—¿Quién eres? —le preguntó Gelda en un susurro—. ¿Qué te sucedió?

El desconocido se quedó viendo el rostro de la princesa, pero no parecía estar entendiendo la situación. En ese momento, Rajine se acercó.

—Responde, por favor. ¿Quién eres?

Durante un instante, el muchacho guardó silencio. No podía pensar con claridad.

—Zel…

La respuesta hizo que Gelda se sintiera un poco más relajada.

—¿Zel? —le volvió a preguntar, esta vez con más dulzura—. ¿Ese es tu nombre?

Por alguna razón, el desconocido sonrió al ver un poco de alivio en el rostro de la persona que lo cargaba. Sin embargo, su cuerpo comenzó a temblar al punto de enloquecer. Sus ojos se sintieron pesados, y supo que estaba por perder el conocimiento. Ligeramente, tocaron su brazo de nuevo.

—Todo saldrá bien —prometió la voz.

—Yo —consiguió decir, temblando con cada palabra que pensaba pronunciar—. No lo sé.

Entonces cerró los ojos, dejando caer la cabeza sobre el hombro de Gelda y quedándose inerte de nuevo.

Los ojos de la princesa se abrieron con incredulidad y, por un momento, la tranquilidad dominó su rostro. Rajine y Orlondi intercambiaron miradas, sorprendidos por su cambio de comportamiento.

—Tenemos que ir rápido al castillo —escupió, mientras hizo todo un esfuerzo para cargar el cuerpo por su cuenta, incluso si eso manchaba su vestido. Levantó las cejas con arrogancia y miró a los otros presentes, entrecerrando sus ojos rojos—. ¿Qué están esperando? Hay que movernos.

Rajine negó con la cabeza y sonrió.

—Lo siento —se disculpó, sin dejar de mirar a la princesa y como parecía aferrarse al muchacho desconocido—. Solo estoy sorprendida. Pero tengo una duda, ¿cómo piensa ingresar con el joven sin que el rey Izraf se entere?

—Podríamos mentirle.

Para sorpresa de Gelda, quien había dicho eso era su hermano menor.

—¿Orlondi…?

—Sé que quizás es extraño. Pero no creo que nuestro padre pregunté si decimos que es un pariente de Rajine.

Mirando al príncipe, la susodicha espetó.

—Puedes tener razón. Simplemente, no creo que sea correcto.

Orlondi se encogió de hombros. A Gelda le sonó como si estuviera tratando de convencerse a sí mismo, pero estaba fallando.

—Vamos, Rajine. No es que si antes no nos hubieras cubierto.

—Lo sé, pero…—y suspiró, con resignación—. Solo espero que esto no traiga consecuencias.

—No te preocupes. Sé lo que estoy haciendo —afirmó Gelda y sujetó con fuerza el cuerpo contra ella—. Ahora debemos apresurarnos antes de que la tormenta se torne peor —y luego se giró hacia su hermano—. Gracias.

Orlondi honestamente no tenía una respuesta.

—De nada. Tal vez esa cosa no sea tan mala después de todo.

—No es una cosa, es Zel —dijo la princesa, mirando al muchacho. Alargó una mano y le acarició la cara. Lo vio estremecerse, y ella quedó satisfecha, asumiendo que era una señal de que estaba con vida.

Rajine y Orlondi volvieron a intercambiar miradas.

—¿Estás bien? —preguntó el príncipe en voz baja, al ver a su hermana tan concentrada.

Gelda negó con la cabeza.

—Vámonos de aquí, Orlondi. Tenemos que apresurarnos antes de que Rajine se retracte.

—¡Por favor, princesa! —se quejó la mencionada.

Juntos, los hermanos sonrieron y se dirigieron de regreso al carruaje, con Gelda reflexionando en silencio sobre aquel extraño encuentro, y de lo que podría significar para ella y su vida.