Capítulo 2


El sonido pareció volverse nítido mientras la oscuridad se disipaba, un dolor se apoderó de su cuerpo cuando intentó moverse. Apoyó la cabeza contra una superficie después de soltar un suspiro.

Todavía confundido, decidió abrir los ojos, el único esfuerzo que podía afrontar. Percibió la calidez de la habitación y el hecho de que estaba en una cama. Lentamente, fue recibiendo noción de su cuerpo y el estado en que se encontraba. Sin embargo, por mucho que quisiera era incapaz de moverse. Y el hecho de pensar parecía estar también fuera del alcance. Cada intento se veía nublado por el dolor que sentía en la cabeza.

Fue cuando se dio cuenta de que todo parecía estar en blanco para él.

—¿Qué fue lo que me pasó?

Haciendo un esfuerzo, quiso recordar y se vio arrastrado a una espiral de sufrimiento. Había luces, voces y enormes cantidades de sangre en lo que podía sentir. Durante un instante de lucidez, fue consciente de que estaba apoyado contra algo, el sonido dulce de alguien hablándole y la energía que había puesto para responder.

«¿Zel? ¿Ese es tu nombre?».

—La voz de esa mujer —murmuró. Lo único que parecía real fue cuando la vio y le preguntó su nombre—. Zel —soltó y razonó que parecía ser el suyo.

De pronto, escuchó unas pisadas acercándose a la habitación. Rotando su cabeza, se dio cuenta de que el sonido se hacía más claro en dirección a la puerta. Esta se abrió dejando ver a una mujer. No era ninguna niña. Le calculo algunos cuantos años, pero no era mucho mayor que él. Y aunque no lo había podido comprobar, su instinto decía que no era la persona de sus recuerdos.

—¡Oh, qué sorpresa! —dijo la mujer mientras se acercaba con cosas en sus manos—. No creí que fueras a despertar rápido. Tenía razón al sospechar que eras un demonio.

Las cejas de él se levantaron cuando volvió a mirarla.

—¿Demonio?

—Espera, ¿ni siquiera…? —se frenó ella. Lo suficientemente como para que fuera indiscutible su asombro—. Supongo que debemos empezar por el principio, ¿sabes quién eres?

—¿Quién soy? —repitió. Aquella pregunta parecía burlarse de él. No había nada en su mente. Solo retazos de algo que podría llegar a ser—. La voz de la mujer mencionó a Zel. Supongo que eso es.

—¿La voz de la mujer? —preguntó la otra al mirarlo. Una sonrisa se formó en sus labios—. Es bueno saber que recuerdas el rescate. La princesa estará feliz.

Él inclinó la cabeza con confusión.

—¿La princesa?

—Ya veo —se carcajeó la mujer mientras tomaba asiento en un banco junto a la cama—. Primero, déjame presentarme. Soy Rajine.

—¿Rajine?

—Así es —afirmó la nombrada con cierta ternura por la confusión del muchacho—. Hace cinco días, estaba con los príncipes. En un momento, caíste del cielo y chocaste con el carruaje.

—Lo siento —dijo él tímidamente—. No quise golpear el carruaje.

—No te preocupes —se carcajeó Rajine entre dientes mientras le ofrecía una bandeja con un tazón de comida, pan, un vaso y una botella pequeña—. Es puré de calabaza y agua. ¿Crees que puedas comerlo por tu cuenta, Zel?

Escuchar que pronunciaran su aparente nombre le produjo sorpresa. Volvió a echar un vistazo a la mujer, desconcertado, y frunció los labios, al mismo tiempo se acomodaba para sentarse en la cama. Asintió y observó como Rajine colocaba la bandeja con cuidado. Al darle el primer bocado al puré, juro que el sabor bailó en su boca.

—Está delicioso —exclamó con una sonrisa—. Gracias, Rajine.

Una sonrisa tiró de los labios de ella.

—Esas son buenas noticias —dijo y se rascó la nuca—. ¿Quieres seguir escuchando la historia?

—Claro —admitió Zel, su voz ahora casi en un susurro.

Rajine continuó el relato. Aparentemente, había sido sencillo entrar el castillo, ya que el rey estaba dormido y los guardias de los establos no hicieron demasiadas preguntas. Lo que sí resultó difícil fue convencer al médico de que lo revisara por lo precavido que era. Por suerte, la princesa lo convenció.

—Parece que la princesa es intrépida.

—Desde que la conozco ha tenido un espíritu fuerte. Y aunque a veces puede ser malhumorada, se preocupa por su gente —suspiró Rajine dejando sorprendido a Zel, luego inclinó la cabeza hacia atrás y lo observó, estudiando su expresión—. ¿Y qué hay de ti? No puedo creer que hayas perdido la memoria.

—Lo lamento. Lo más lejano que recuerdo es una gran luz —contestó con tristeza—. Después, el accidente.

—Eso explica por qué ni siquiera sabes que eres un demonio —replicó la mujer, haciendo que Zel se estremeciera—. Cuando el médico te verificó, se sorprendió de que estuvieras vivo. Un humano no hubiera soportado tanto —y entonces, le mostró su mano y la cubrió de oscuridad—. Algo así estaba en la zona de tu herida. Es la manera de un demonio para regenerar sus heridas.

Zel echó un vistazo a Rajine con sorpresa.

—¿Tú eres…?

—Efectivamente. Mi hermana menor y yo llegamos aquí escapando de la guerra. El rey Izraf nos recibió cuando se dio cuenta de que no teníamos malas intenciones.

—¿Malas intenciones? —preguntó Zel mientras maldecía sus labios por no funcionar.

—Rayos, sí que eres patético —habló una voz enojada, mirando a Zel a los ojos y sonriendo con diversión—. ¿Qué vio Gelda en ti?

—¡Derieri!

El aludido vio como la mujer a su lado lanzaba una mirada a la nueva presencia. Era igual a ella, pero lucía más tonificada, con cabello corto en forma de puntas irregulares y una expresión molesta.

Un momento incómodo se formó, hasta que Rajine decidió interrumpir y explicar las cosas.

—Lo lamento, Zel. Esta es mi hermana menor, Derieri. Es bastante…

—Hola, pequeño demonio.

—Sincera —completó Rajine con resignación. Luego, observó con dureza a su hermana—. ¿Terminaste con tus tareas?

—Por supuesto. Hasta el cerdo más feo fue alimentado —aseguró Derieri y se aproximó a la cama. A diferencia de su hermana, se sentó a los pies de esta—. Entonces, pequeño demonio, no recuerdas nada.

—Solo una luz y el accidente —objetó Zel con un tono tajante. De manera extraña, con la hermana menor sentía que debía estar en estado de alerta—. Antes mencionaste un nombre, ¿es el de la princesa?

—Sí, la princesa Gelda. Su hermano menor es el príncipe Orlondi —manifestó Rajine antes de que Derieri interviniera—. El nombre del rey es Izraf y gobierna el castillo de Edimburgo.

Zel escuchó, fascinado, mientras la mujer explicaba la historia del lugar. Edimburgo solía ser un reino atormentado por los salvajes del sur. El rey de aquel entonces, desesperado, solicitó ayuda al clan de los vampiros. Un grupo de criaturas que venían desde más allá de Britannia escapando de la cacería de su raza.

El clan de los vampiros acabó con los salvajes en poco tiempo. Sin embargo, el rey, al ver su tenebroso poder, ordenó que fueran asesinados. La respuesta a ese ataque fue instantánea y, en unas pocas noches, los habitantes de Edimburgo perecieron. Como venganza, decidieron tomar el control del castillo, convirtiéndolo en su nuevo hogar y estableciendo una nueva era. Desde ese momento, había pasado casi un siglo donde Izraf gobernaba con fuerza, pero entregando una mano a quien él considerara digno de merecerla.

—Entonces, el rey Izraf, ¿es de cierta forma amable en el fondo? —preguntó Zel, una vez que Rajine acabó el relato—. Es decir, les permitió quedarse.

—Porque no teníamos malas intenciones —aclaró Rajine con seriedad. Sentía que el muchacho no entendía del todo al rey—. He visto a otros demonios pedir ayuda y no tuvieron el mismo destino.

—Izraf nos acogió porque éramos útiles. No tiene compasión —declaró Derieri.

—¡Lo tiene! —saltó la hermana mayor—. Pero ese privilegio nada más lo solía tener la señora y sus hijos.

—¿La señora?

Rajine se tomó un momento para respirar y darse cuenta de lo que había dicho.

—La señora era la esposa del rey, la reina Violet. Parecía ser la única que provocaba que el rey fuera, digamos, más amable con la gente del reino —exclamó, extendiendo las manos a los lados—. Nunca nadie supo cómo estaban juntos, pero se dice que vio más allá del aspecto del rey. Tristemente, ella ya no está con nosotros.

—Sin embargo, todavía no lo entiendo —dijo Zel mientras sostenía su semblante confundido—. ¿Por qué dicen que no tiene compasión?

—La reina fue asesinada —respondió Derieri, mientras que su hermana no respondió—. Salió de excursión cuando atacaron la posada donde estaba. El rey después masacró a todos los poblados humanos alrededor del reino.

En ese momento, Zel miró entre las dos, esperando que alguna dijera que era solo una broma, pero no pasó nada.

—Edimburgo se considera un reino neutral. Ni siquiera es aliado de ningún bando en la guerra que ocurre del otro lado del fiordo de Forth —soltó Rajine con una voz grave—. Pero si algo provoca la ira del rey, nadie se salvará.

—Pero ¿él quiere a sus hijos? —Zel lo intentó de nuevo, mirando entre las hermanas.

—Algo así —comenzó Derieri—. Es más como: dejarlos creer que son libres, pero en realidad, vigilarlos siempre. Hace más eso con Gelda porque es la heredera.

—¿Y qué? Eso demuestra que tiene algo de compasión —insistió la hermana mayor y luego regresó su atención al muchacho—. Sé que no recuerdas quién eres y que esto es confuso, pero comienzo a creer que el hecho de que estés aquí es por algo. No por nada la princesa Gelda insistió tanto en salvarte.

—Hermana, no digas estupideces —Derieri sacudió la cabeza y salió de la habitación.

Al lado de Zel, Rajine sonrió como si supiera que pensaba su hermana menor en realidad. Él se apoyó mejor contra la almohada y una sonrisa se dibujó en su rostro, sus ojos brillaban y de alguna manera se las arregló para parecer que se estaba poniendo bien.

—Necesitas descansar —Rajine lo miró como si estuviera leyendo su mente—. El médico vendrá por la tarde y sería bueno que te viera despierto.

—Eso suena bien —indicó Zel cuando le entregó el tazón. Sonaba casi tan emocionado como parecía ella—. ¿Rajine…?

—¿Sí?

—¿Podré ver a la princesa Gelda?

La mirada en el rostro del muchacho sacó una sonrisa en Rajine, y con la misma ilusión por ver eso, solo respondió una cosa.

—Estoy segura de que sí.


No había pensado que la situación alguna vez llegaría tan lejos. Pero después de la conmoción inicial, y luego de haber escuchado a todos respecto a lo sucedido, estaba listo para seguir. Sin embargo, sabía que nunca podría estar tranquilo sin ver, escuchar o sentir la presencia de Zeldris.

Tras haber estado inconsciente por algunos días, Meliodas se despertó. Desde el primer momento, su única preocupación fue su hermano, pero los soldados le pidieron que se relajara porque había sido de gravedad por el ataque de Mael. Sin la intervención de Monspeet, estaría muerto.

Aunque eso no fue suficiente para tenerlo tranquilo. Después de haber estado recuperándose, como ya tenía fuerza, agarró al primer soldado que pudo y preguntó.

—¿Y qué hay de Zeldris?

En ese momento. En el momento en que vio el rostro del soldado, de estar con una expresión aterrada a una triste, notó como si dejara de respirar. Sentía la cabeza ligera y no podía oír lo que decían cuando salió con rapidez en vuelo. Porque sabía lo que significaba. Sabía lo que había ocurrido.

Recordó la mirada de su hermano menor, confiado de lo que había aprendido de él. Su emoción cuando salieron a combatir y prácticamente el terror cuando Mael los atacó.

Ahora, al estar en el cielo, no podía creer que se hubiera ido.