Capítulo 3
Zel estaba frente al espejo, tratando de colocarse la ropa que Rajine le había dejado. Esta consistía en una túnica blanca de manga intermedia que iba en compañía de un jubón verde. Para la parte inferior tenía una faja, calzas y botas marrones de altura intermedia. Sin olvidarse de las manoplas y una pequeña bolsa con algunos dulces dentro.
Todavía lo confundía recibir ayuda de extraños, porque él mismo se sentía extraño.
Siete días atrás, la princesa Gelda lo había salvado y llevado a su castillo. Desde entonces había estado en cama, recuperándose, y recién siendo al quinto día cuando despertó. Esa misma tarde, el médico lo había revisado y establecido que con dos días de reposo absoluto estaría en condiciones de levantarse.
Ese día era hoy y por tal razón, Rajine había hecho los preparativos de inmediato para que Zel se pusiera de pie. Hasta dónde había aprendido, las dos hermanas servían en la zona de establos con Rajine en los carruajes reales y Derieri cuidando a los animales. Aunque desconocía la cantidad de lo que tenían que hacer, probablemente sería un trabajo en el que podría ayudar con bastante facilidad.
—¿Zel? —escuchó que lo llamaban. El aludido volteó y descubrió que era Rajine—. ¿Estás listo?
—Sí. Seguro —manifestó, con la cabeza inclinada—. Por cierto, todo me queda perfecto.
—Esas son buenas noticias —comentó Rajine—. Fue difícil adivinar con ese traje que tenías. Por suerte, el médico me dio una aproximación.
El muchacho supuso que tenía sentido. El traje con el que lo habían encontrado ahora era inservible. No obstante, se lo habían guardado para cuando quisiera verlo, después de todo, saber más solo haría que el regreso de su memoria fuera más fácil.
—Bien, escucha. El rey ya sabe del accidente, pero no todos los detalles —le explicó la mujer demonio. En ese momento, lo estaba llevando a presentar sus respetos—. Cree que eres mi pariente que estaba yendo a Edimburgo y que por desgracia encontramos siendo atacado.
—Ya veo —murmuró Zel en voz baja mientras se impresionaba por el castillo. Se elevaba por encima de todos, decorado con estatuas fantásticas. Tapices adornaban casi todas las paredes, tejiendo vívidas historias. Se detuvo de dar una segunda mirada cuando unos guardias se pusieron al frente.
—Así que este es —gruño, un guardia. Era mucho más bajo que un humano normal, se asemejaba a un duende con dientes afilados y usaba un paño alrededor de su cuerpo—. Espero que no estés haciendo algún acto incidente con él, Rajine.
—¡Indecente, indecente! —repitió el segundo. Además de llevar a cuestas al primer guardia, era más musculoso, utilizando solo lo que parecía un casco y un destrozado pantalón holgado como vestimenta.
—Modo y Ganne. Saludos —la voz de Rajine sonó un poco sarcástica—. ¿Puedo pasar a la sala real? El rey me espera.
Rajine ya se estaba moviendo y estaba a nada más unos pasos cuando Modo irrumpió su recorrido.
—Recuerda pagar tributo.
El silencio hizo eco alrededor dando una sensación siniestra. Zel observó el intercambio de miradas entre Rajine y Modo. Asumiendo que acabaría en una pelea, pensó en retroceder, no obstante, un movimiento rápido y aparecieron dos porciones de carne que los guardias aceptaron sin vacilar.
—Delicioso —elogió Modo. Su rostro sombrío había cambiado a uno de puro placer.
—¡Delicioso, delicioso! —repitió Ganne, casi como si fuera un niño pequeño—. Puedes pasar.
La pesada puerta de madera que se interponía entre el pasillo y la sala real se abrió. Zel tragó saliva una vez antes de retomar su caminata.
—Adelante —una voz profunda resonó. Zel dio una última mirada a los guardias y siguió a Rajine en silencio.
Cuando entraron en la habitación, la mujer demonio cerró la puerta. Hizo un sonido lamentable, pero cuando miró hacia el frente de la habitación, la vista lo aterrorizo más.
Imponente. Esa era la mejor manera de definir al rey Izraf. Era alguien de musculatura grande con cabello largo oscuro. Vestía unos pantalones negros bastante holgados y llevaba una faja hecha de huesos. Eso sin mencionar que su trono era un conjunto de cráneos humanos colocados de forma que podría definirse como refinado.
—Su alteza —murmuró Rajine mientras se arrodillaba ante el rey e inclinaba la cabeza con respeto. Zel copió la acción—. Gracias por consentir que mi pariente ofrezca sus respetos. También agradezco su generosidad al permitir que se recuperara en su castillo.
Izraf tenía una extraña sonrisa en su rostro, una que Zel no llegaba a entender. Fue un poco difícil ver todas sus características, pero que tal vez podría tener más o menos que ver con su raza.
Vampiros. Sabía que los que habitaban Edimburgo en específico provenían de una tierra diferente, alejada de Britannia. Escapaban de la cacería y habían llegado justo a un sitio donde la guerra parecía ser una rutina diaria. Sin embargo, sus únicos conflictos habían sido con los humanos, a los cuales les quitaron su actual hogar después de una traición.
—Así que eres el demonio que cayó del cielo —le dijo Izraf a Zel—. He escuchado mucho de ti por mi hija.
Zel no pudo evitar poner una mirada de asombro que, gracias a su posición, asumió que el rey no notó.
—La generosidad de su hija al salvarme es muy apreciada, su alteza —respondió, con la cabeza aún inclinada—. Perdóname por ser atrevido, pero ¿puedo preguntar donde se encuentra la princesa? Quisiera agradecerle en persona…
Rajine soltó un respingo a modo de regaño. Estaba claro que su comentario no era adecuado. Sin embargo, el rey se carcajeó como si estuviera hablando con un niño pequeño.
—¡Pues, buena suerte! Ella está muy enfadada porque ha regresado después de una década. Si consigues que no te muerda, te consideraré digno de este castillo.
La expresión de Zel fue de asombro. Tan así que levantó la mirada directamente hacia el rey.
—Su alteza, ¿eso quiere decir que, si encuentro a su hija, me recibirá?
—Esa es tu prueba —indicó Izraf contundente. Luego, observó a Rajine—. Puedes indicarle los sitios que consideres precisos, pero nada más —y soltó un profundo respiro antes de mirar a Zel nuevamente—. Tienes hasta la puesta de sol.
Con eso, el rey se levantó de su trono y les indicó que lo siguieran. Zel todavía estaba desconcertado, pero no podía desobedecer la petición. Por lo tanto, se levantó de su posición y siguió afuera del gran salón hacia otro corredor.
Tan pronto como entraron en la habitación, Zel quedó desconcertado por lo que vio. Estaba débilmente iluminada por unas antorchas en las paredes, pero fue suficiente para que él viera todas las estanterías, llenas de innumerables armas. En cuanto quiso voltear para preguntarle al rey que significa eso, descubrió que nada más Rajine estaba con él.
—¿Qué…?
—El rey es así. Le gusta jugar cuando lo ve interesante —le explicó—. Y sí, también suele desaparecer en la oscuridad. Es parte de su magia.
—Ya veo —expresó Zel y se aproximó a las armas. Por alguna razón, sentía especial atracción hacía las espadas—. ¿Crees que pueda…?
—Sí, hazlo. El rey nos trajo aquí por una razón.
Zel se acercó a una espada de empuñadura roja, cuya hoja parecía serpentear, no obstante, el filo y cuidado que tenían era claro. Quiso distinguir su reflejo en el borde, pero un repentino palpitar en su cabeza detuvo esa acción.
—¡Mierda! —se quejó. Lo bastante elevado para que Rajine se acercara a socorrerlo—. Fue una punzada —añadió, sintiendo que el dolor disminuía.
—Espero que no sea fiebre —acotó Rajine y tocó su frente. Todo parecía normal—. Pienso que has reaccionado a la espada. Debe ser el arma perfecta para ti.
Zel se inclinó a mirar el arma. No podía entender lo que decía Rajine, pero parecía que se relacionaba con lo que tenía en su mano. Podría haber jurado que su mente lo proyectó a él usando el arma en espacio abierto por un segundo. Quizás esa era la reacción.
—Supongo que es eso —contestó, volviendo a echar un vistazo a la espada. De inmediato, buscó lo que podían ser el arnés y la funda para llevarla. Colocó el primero alrededor de su torso y guardó el arma en su espada—. Supongo que estoy listo.
Rajine pareció un poco sorprendida al ver a Zel, pero permaneció en silencio e inmóvil. Al principio, no se movió y solo lo observó con ojos analíticos. Pero entonces, de repente, habló.
—No funciona así, ¿sabes? —dijo con diversión—. Si deseas encontrar a la princesa, un arma no es suficiente.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Zel, un poco tomado por sorpresa—. No considero que sea complicado rastrear a una princesa.
La mujer demonio soltó una carcajada amplia.
—Hablas de la hija del rey que desapareció bajo tus narices.
—Me temo que lo sé —indicó el muchacho con sinceridad—. Todo lo que tengo es tu guía, un arma y mi instinto. Puedo confiar en eso, o bien, optar por no hacerlo y salir de aquí. Pero por mi propio honor, juro que no me rendiré.
—Bien —murmuró Rajine—. Tienes espíritu para afrontar la prueba. Te daré un mapa y luego estarás por tu cuenta.
Zel la siguió hasta una sala de mapas donde le dio un plano del castillo junto con algunas indicaciones como donde estaban ubicados los diferentes pisos y salas. Una vez que lo hizo, lo acompañó hasta el pasillo principal.
—Buena suerte.
—Gracias.
—Sí regresas con vida, habrá pavo para cenar —señaló Rajine con humor antes de darse la vuelta e irse.
Cuando quedó solo y nada más que su respiración estuvo en la habitación, Zel se mandó un dulce a la boca, sujetó el mapa y salió con cuidado hacía el amparo del castillo.
Su primer vistazo consistió en recorrer el segundo subsuelo, donde las antorchas se habían extinguido durante la noche y apenas era visible el entorno. Por suerte, sus rasgos de demonio le permitieron ver en la oscuridad y hasta se habían agudizado todos los sentidos. Para su desgracia, no encontró ningún rastro.
En el primer subsuelo, así como en la planta baja, los resultados fueron los mismos: nada. Ni siquiera había una señal de que la princesa hubiera estado. Zel estaba frustrado, porque ni sus escasos recuerdos parecían ser una pista para imaginar una posible ubicación.
Podía recordar cómo lo había recogido entre sus brazos y resguardado, pero eso no era suficiente. Entonces, regresó hasta el pasillo y volvió sobre sus pasos desde allí para llegar a la habitación de armas con la esperanza de que, si el rey dejó algún rastro, podría serle de orientación.
Una vez que llegó, entró en estado de alerta. Hubo silencio por un momento, excepto por el ligero sonido de sus pasos. Pero Zel estaba escuchando todo su alrededor, y después de un siseo inquietante, miró hacia arriba con los ojos muy abiertos.
Apenas distinguió la presencia, sacó su arma. Era unos centímetros más alto que él, con el pelo rubio que caía sobre su torso en una trenza. Sus ojos brillaron cuando lo observaron. Miró, pero solo por un momento; su incomodidad estaba en incremento. Se habría pasado los dedos por el cabello con nerviosismo si no estuviera sosteniendo la espada.
—Hola —sonrió, mostrando dos adorables dientes salidos—. Eres nuevo, ¿no?
—Sí —Zel se aclaró la garganta y trató de mantener la calma. Sin embargo, sentía un ligero ardor—. Estoy en una prueba del rey.
Retiró su mano de la empuñadura de la espada, sin saber muy bien qué hacer con ella, y la guardó en su funda.
—Hmm —ella parecía pensativa mientras colocaba una mano debajo de su barbilla—. No sabía que el rey hacía pruebas.
—Tengo que encontrar a su hija —le explicó Zel. Por alguna razón, comenzó a sentirse agotado—. ¿Crees que…?
Su pulso se aceleró y una línea de sudor salpicó en su frente. No había tenido esa sensación desde la noche del accidente. Se pasó una mano por la frente, limpiando el sudor. Tomó algunas respiraciones temblorosas, dejando el pensamiento a un lado. No obstante, sus piernas no respondían.
Fue ahí cuando todo tuvo sentido.
«Si consigues que no te muerda, te consideraré digno de este castillo».
—Me encontraste antes, Zel. Felicidades, pasaste la prueba.
Zel no pudo evitar sonreír, aunque se echó hacia atrás unos centímetros y se dejó llevar hacia las sombras antes de que tuviera la oportunidad de responder.
