Capítulo 4


Gelda, que estaba moviéndose por inercia, llegó al comedor. Se acercó a la zona que ella y su hermano siempre ocupaban y observó el ambiente. Todos ya estaban reunidos, excepto su padre. Frunció el ceño cuando vio la silla vacía, pero se giró para entablar conversación.

—Solo estoy diciendo que debería moderar tu trato con los pacientes —exclamó Rajine desde donde estaba sentada.

—Si bien estoy de acuerdo con tu punto, debemos recordar que mi paciente más reciente ya colma mi paciencia —respondió el médico—. Especialmente con el último episodio —continuó, señalando, con su cabeza, en dirección a la princesa.

—Sí que eres idiota, hada —intervino Derieri—. ¿No percibes que Gelda está aquí?

—Supongo que el médico necesita otra charla —comentó la susodicha, llegando.

El médico sintió su cuerpo rígido y giró la cabeza para escanear a la princesa. En ese momento la vio darle una mirada, una de esas por las que era reconocida. Nervioso, se dio la vuelta con fuerza y miró la risa divertida del resto.

—Hola, princesa. Es una sorpresa verla.

—Hola —dijo Gelda mientras caminaba hacia la mesa—. ¿Cómo están todos?

Las mujeres demonio sonrieron con gracia ante Gelda mientras el médico oculto la mirada tras su flequillo, avergonzado.

—Princesa, lo lamento. Es que yo…

—King, relájate. No estoy enfadada —suspiró Gelda, al ver la forma tensa del médico—. Entiendo que estés enfadado por la manera en que Zel cayó a tu consulta.

—Sé que todo fue parte del plan de su alteza —respondió King, secándose una gota de sudor—. Pero creo que ignoró que todavía se estaba recuperando.

—No tienes que explicármelo. Hablé con él —respondió la princesa con calma, sacudiendo la cabeza—. Jamás debió involucrar a Zel.

—Es increíble que lo mordieras —añadió Derieri—. El pequeño demonio quedó asustado.

—Lo sé. Supongo que ya no querrá verme nunca —la voz de Gelda tembló mientras ocultó su cara en las manos una vez más.

Odiaba absolutamente a su padre. Lo odiaba con pasión. Ya era bastante malo entender que la vigilaba incluso en el castillo y saber que el castigo por meter a Zel era morderlo, solo agravaba todo. Pero, por supuesto, tenía que soportar mientras no fuera sincera con lo que sentía.

Y lo mucho que le preocupaba la salud de su padre.

—Tierra a Gelda —dijo Rajine, agitando la mano frente a la cara de la princesa.

La cabeza de Gelda se sacudió y se encontró con los ojos del demonio, mirándola fijamente.

—¿Se encuentra bien, princesa? —preguntó King, inclinando la cabeza y entrecerrando los ojos como si pudiera ver lo que estaba mal—. No percibo que tenga algún malestar.

—El único malestar de Gelda es lo insoportable que puede ser el rey —objetó Derieri con desdén. Su hermana le dio un ligero golpe en la cabeza—. ¿Acaso estoy mintiendo?

—No, pero no puedes decir algo así en el comedor. Los guardias podrían hablar.

—Lo dudo. Están muy ocupados comiendo la carne que dejé.

Gelda se encontró con los ojos de Orlondi, que acababa de caminar hacia el grupo.

—¿Qué estás haciendo aquí?

—Mi hora de estudio terminó y decidí venir por un aperitivo. Sin embargo, creo que acá están comiendo otra cosa —comentó el príncipe y los miró—. ¿Tres días y todavía no has hablado? Es extraño viniendo de ti.

Otra cosa más para agregar a su lista de cosas por las cuales matar a Orlondi. Su sinceridad.

—Simplemente, no he podido —exclamó Gelda.

Aunque fue pequeño, Orlondi lanzó un suspiro. Eso fue suficiente para que el par de demonios y el médico se alejaran, dando espacio a los príncipes de charlar. Gelda notó como se apartaban y no pudo evitar expulsar otro suspiro. Una vez que quedaron solos, Orlondi le apretó la mano a su hermana y no pudo evitar sentirse decepcionado.

—¿Has hablado con él? —preguntó, con la frente arrugada por la preocupación.

La cara de Gelda se torció, recordando.

—No, ha estado en su estudio.

Orlondi colocó una expresión de resignación en su rostro.

—Bien, pero debes hacerlo. No quiero que te quedes de brazos cruzados.

—¿Por qué lo haces?

—¿Eh?

—Desde que regresé has estado apoyándome. ¿Qué te motiva?

El príncipe puso los ojos en blanco.

—Sí, como si necesitara eso para apoyarte.

—No actúes como un estúpido —acotó Gelda. Dejó escapar un suspiro y Orlondi respondió con una sonrisa.

—Las cosas han cambiado en diez años, Gelda. No todo es como recuerdas —comenzó a explicarle—. No hay que alejar las oportunidades porque un día estarán demasiado lejos.

La frase hizo que Gelda bajara la mirada antes de mirar a su hermano con un gesto pensativo. Otra cosa que caracterizaba a Orlondi, además de ser un dolor de cabeza, era ser el único que podía entenderla con éxito. Por supuesto, esto de manera cuestionable, porque su táctica era provocar que su paciencia y acabar teniendo pláticas con tonos potencialmente elevados.

Pero Gelda envidiaba eso, en cierto modo, porque mostraba cuánta libertad tenía su hermano a comparación.

—Esa frase es demasiado profunda para ti —le comentó.

—No hay necesidad de que lo remarques —señaló Orlondi antes de fruncir el ceño—. Ni siquiera sé por qué sigues aquí, considerando que Zel está en el patio trasero.

—Bueno... —sus palabras se detuvieron a mitad de camino cuando se dio cuenta de lo dicho por su hermano—. ¿En el patio trasero?

—Así es. Según Rajine, estuvo haciendo reparaciones a los corrales afectados por la tormenta, pero ahora estaba ocupado con otra cosa —dijo el príncipe—. Podrías ir a darle un vistazo.

Todo lo que podía ser un malestar en Gelda se esfumó ante la sugerencia. Se congeló, como siempre hacía, cuando algo la sorprendía, y su reacción hizo que Orlondi tuviera que soltar una risa.

Entonces, Gelda se alejó de él sin dejar de sonreír, pero su expresión bajó un poco, siendo reemplazada por curiosidad cuando vio en la puerta al médico con un rostro serio. Estaba junto a los guardias del comedor, hablando de algo. No podía evitarlo, pero tampoco iba a quedarse sin ir a su destino.

Justo cuando estaba intentando pasar con nada más un saludo de cortesía, se acercó King.

—Princesa, la estaba buscando.

—¿Es algo urgente? —preguntó Gelda, antes de que el médico tuviera la oportunidad de decir algo—. Tengo algo de prisa.

King fue tomado por sorpresa y no podía hablar.

—Tengo algo para usted —le explicó—. Es una medicina para su control. Supongo que no hace falta decir cuál es su objetivo.

Gelda vio como el médico le extendía una pequeña bolsita que contenía algunos frascos con líquidos. La inspeccionó y en poco tiempo dedujo cuál era su objetivo. Su reacción fue soltar un suspiro y luego mirar a King, cuyo rostro estaba sonrojado. A pesar de que su postura irradiaba seguridad y confianza; su cabello anaranjado caía en un flequillo largo y lucía un rostro radiante, se podía percibir su incomodidad ante la situación.

Entonces, decidió tomar el paquete con una sonrisa.

—Gracias, King —sonrió, guardando el paquete en un bolsillo de su vestido—. Llevas un par de años aquí, ¿cierto?

El hada se carcajeó con nerviosismo.

—Exactamente. Mis prácticas comenzaron hace dos años.

—Oh, ya veo —exclamó Gelda. Por lo que había escuchado, King era el tercer hijo en el linaje del Árbol Sagrado. Mientras el primer hijo gobernaba y el segundo se dedicaba a la población, King había escogido aprender de la sanación, aunque su clan no dependiera de eso—. Espero que sigas bien con tus investigaciones.

—Su alteza me ha dado acceso a la biblioteca —comentó King, no sonando tan seguro—. Aunque debo admitir que es bastante riguroso en ocasiones.

La princesa no pudo evitar responder a la expresión con una sonrisa divertida. Por cada buena acción de su padre, venía un lado duro. En el caso del hada, sabía que era darle una copia de sus avances al rey para evitar que hubiera algún descubrimiento dañino para los vampiros.

—Bueno, eso es todo. Me tengo que ir ahora.

—Ah, no, en realidad, quería decirle algo más —intervino el médico cuando Gelda comenzó a girar su cuerpo para irse—. La sanación de Zel fue rápida por su condición de demonio, pero también descubrí algo.

Gelda miró a King con una ceja levantada, sus labios en una línea; una mirada que fue suficiente para enviar escalofríos por su espalda.

—¿Qué descubriste?

—Su poder no es común —confesó, su voz vacilante mientras trataba de seguir—. Zel es posiblemente un demonio de alto rango.

La princesa asintió. Se concentró en su respiración y descubrió que estaba en la misma situación que el médico. Parte de su pánico se disipó.

—¿Hay algo más?

—Sí, por supuesto, pero considero que debemos hablarlo en otro lado —expresó King, esperando que ella lo entendiera.

Los ojos de Gelda volvieron a cerrarse en una mirada seria, pero era diferente. Soltó un suspiro y echó un vistazo al médico, captando su mensaje.

—Está bien —dijo la princesa, todavía procesando la información—. ¿Le parece en la sala de té?

—Como usted ordene, princesa.

Gelda regresó su vista hacia King y levantó las comisuras de sus labios en una extraña sonrisa que hizo que sus entrañas se contrajeran un poco. El médico realizó una simple reverencia y el círculo brillante alrededor de ellos se deshizo, algo nada perceptible para los reflejos de los guardias.

King no pudo evitar una pequeña risa mientras bajaba la mirada en un intento de ocultar su rostro, aunque sabía que ya se había delatado.

—Espero que sigas bien con tus investigaciones —anunció Gelda, con una pizca de ironía en su alegría.

—De acuerdo —King no apartó los ojos de la princesa mientras asentía y tomaba rumbo por los pasillos del castillo.

Ella sonrió, leyó las intenciones del médico y caminó hacia el patio trasero lista para encontrarse con Zel. Sin embargo, vaciló por un segundo mientras se llevaba una mano al pecho y una sonrisa nerviosa se dibujaba en su rostro.

Esa nueva información era interesante, pero también no pudo evitar preocuparse.


El labio superior de Meliodas comenzó a torcerse, como siempre lo hacía cuando odiaba algo.

Suspiró, cansado de estar en su propia cabeza. Se había sentido caótico desde que había regresado a su reino, demasiado pendiente de la última batalla, pensando en todos los caminos posibles. Tal vez debería esperar a que aquello desapareciera. Pero se sentía diferente. Se sentía como si estuviera mal.

Algo no estaba bien con la muerte de Zeldris.

Pensar en eso le provocó que las sensaciones más desagradables recorrieran su cuerpo. Hizo que se le revolviera el estómago. Todavía no era mediodía, y su corazón ya estaba acelerado.

Tuvo que despejar su cabeza de la imagen, porque si no arruinaría su propósito. Sin embargo, no funcionó por mucho tiempo.

—¿Por qué tienes tanta prisa? —preguntó Chandler, su maestro, cuando vio al demonio andar por los pasillos.

Meliodas miró hacia otro lado.

—Iré a ver a mi padre —le dijo, siendo lo más simple que pudo—. Necesito información sobre la siguiente invasión.

—¿Será sobre el ataque al fiordo de Forth? —soltó el maestro, sin notar el cambio de expresión en su pupilo—. Es una batalla vital considerando la cantidad de diosas asquerosas que hay.

Meliodas respiró y observó a los costados para asegurarse de que nadie los mirara antes de continuar.

—¿De cuántas hablamos? Creí que era una zona desprotegida.

—Eso se decía, pero los últimos informes incluso mostraron la presencia del arcángel Mael...

—¿Mael? —interrumpió Meliodas antes de que pudiera avanzar, sintiéndose patético cuando comenzó a sentir las lágrimas en sus ojos—. ¿Hay un arcángel?

—Eso es horrible. Lo sé —dijo Chandler, mirando a Meliodas de una manera divertida.

—¿Quieres decir que es peligroso?

El maestro se encogió de hombros.

—Quizás. Pero usted sabrá resolverlo.

Meliodas lo admiró durante unos segundos mientras Chandler hacía un gesto de despedida y continuaba su camino. El comandante se quedó de pie, sintiéndose como un tonto al darse cuenta de que no pudo percibir nada incluso en plena batalla.

Todo había sido una trampa.