Nota 1: Se supone que esto lo iba a publicar para la semana Gouta pero me di cuenta que no encajaba en ninguna categoría, además esto me da un poco de vergüenza, así que prefiero publicarlo ahora antes de borrarlo de mis archivos lol
Esto también es un AU de mi otro AU SatoSuguHime, pero no necesitas leer el anterior para entender este, aunque sí dejé pequeños guiños por aquí y por allá ;D
Nota 2: Canon divergencia. Gojo y Utahime son el alma gemela de Geto. Geto nunca se fue. Advertencias por relaciones poco saludables, comportamiento posesivo, infidelidad (técnicamente no, técnicamente sí), falta de comunicación.
Nota 3: Publicado en AO3.
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Oh, no, mis sentimientos son más importantes que los tuyos
Razorblade – The strokes
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Para cuando cumplió los veinticinco Satoru creyó que la vida ya no podía hacer nada más para sorprenderlo.
Se estaba dando cuenta que siempre podía equivocarse.
Jadeó en voz baja mientras volvía a mecerse contra el trasero levantado de Utahime. No estaba siendo ruidosa, lo cual en otra ocasión hubiera considerado divertido, pero que ahora solo lo tomó como molesto.
−Ve más rápido −Suguru le aconsejó, sentado al lado de la cabeza de Utahime. Sonrió mientras hacía su cabello a un lado y acariciaba su mejilla. Utahime suspiró ante su toque−. No necesitas hacerlo tan largo, el punto es que te corras dentro.
−Se siente bien −gimió mientras volvía a joderla despacio, solo para fastidiar. Las paredes de Utahime lo apretaron y pudo escuchar su leve quejido cuando acarició su cintura−. La puedo hacer correrse solo con esto.
Suguru resopló una risa, Utahime apretó los puños sobre las sabanas, girando su rostro y ocultándolo en el colchón. Seguía avergonzada, o herida, como fuera el caso. No lo había mirado ni percatado de su presencia durante la semana que llevaban haciendo esto.
Al menos no en los pasillos de la escuela. Cuando llegaba la noche Satoru siempre los encontraba en sus habilitaciones. Suguru era duro, casi salvaje en la forma que la cogía. A Utahime le encantaba. Satoru la había visto ser follada cientos de veces con los años y no era sorpresa cada vez que la escuchaba gritar el nombre de Suguru después de recibir el orgasmo que la dejaba terriblemente dócil. Lo que sí era nuevo era la forma posesiva en que Suguru chupaba sus senos al mirarlo, derramando su semen en su coño primero y girándola boca abajo para Satoru después.
Suguru siempre lo observaba de la misma forma cuando se desnudaba, demasiada hambre en sus ojos. Una ira contenida cargada de amor por él.
−Vamos −decía cuando lo veía dudar, su voz se arrastraba sobre su cuerpo mientras bombeaba su polla con una mano−. Se que quieres tenerla, está esperando.
En otra ocasión Satoru incluso hubiera rogado para que fueran los tres. Los restos de sus deseos aplastados que tuvo en su adolescencia aún presentes, pero esto era lo todo que llegaría a tener, lo máximo que Suguru le dejaría alcanzar. Era una regla tácita en este acuerdo estúpido al que habían llegado.
−A Utahime le gusta el dolor −Suguru explicó mientras pasaba una mano por su columna vertebral, Satoru no tenía permitido tocar ahí−. Si vas más rápido se correrá, ¿no te gusta cuando se corre?
Utahime apretó sus paredes alrededor de su polla con el comentario, pero siguió cortando sus gemidos contra la cama. Satoru y ella no habían hablado desde que Suguru les pidió que hicieran esto, pero sabía, por la forma rígida en que se abría para él, que estaba odiando cada segundo de ello.
«−¿Quieres saber cuál es la peor cosa de tener un alma gemela?»
Satoru bombeó más fuerte dentro de ella, sintiendo sus piernas temblar. Suguru se inclinó para besar la cabeza de Utahime, aún recorriendo su espalda desnuda, bajando hasta los dedos de Satoru que sostenían su cintura.
−Lo estás haciendo tan bien, mi amor −Suguru alabó cuando ella empezó a temblar. Satoru observó fascinado mientras Suguru metía su índice en su culo sin ningún tipo de esfuerzo, Utahime dejó salir un gemido agudo, sus paredes lo apretaron tanto que Satoru se corrió en el acto−. Buena chica −Suguru dijo con cariño−. Ahora cierra las piernas para no derramar nada.
Utahime soltó un lloriqueo débil, pero cerró las piernas como le dijeron. Satoru seguía meciéndose contra ella, besando desordenadamente a Suguru que aún seguía con un dedo metido en el culo de Utahime.
Suguru tenía una sonrisa feliz en el rostro y a Satoru se le enterneció el corazón con la vista. Se veía tan joven cuando sonreía, tan normal. Le recordaba a cuando eran solo dos adolescentes enamorados, emocionados de finalmente encontrar a su alma gemela.
Utahime se quejó en voz baja cuando Suguru sacó su dedo y arrastró su boca sobre su espalda desnuda.
−Eres tan buena −elogió−. Esta vez tendremos un hijo, Uta−. Su sonrisa era demasiado brillante, demasiado dolorosa de ver−. Mis dos almas gemelas me van a dar un hijo.
A Satoru comenzó a darle vueltas la cabeza. Todo del acto era una broma bastante fea. ¿Cuántas posibilidades habían de no tener una sino dos almas gemelas? No por primera vez odio al mundo por amar tanto a Suguru y darle algo que él nunca podría tener.
El recuerdo aún seguía atormentándolo. Su sorpresa al ver las chispas azules saltar de las manos de Suguru y Utahime, la emoción infantil que brotó dentro de él cuando la tocó esperando encontrar lo mismo.
Los celos y decepción que lo inundaron después, cuando nada pasó.
Incluso en su arrogancia adolescente llegó a encontrar la diversión en ello, con el tiempo la furia y la envidia y con los años la triste realidad. Satoru ya no era un mocoso y con la adultez tuvo que aprender a vivir con lo que tenía.
Era risible, sin embargo, que su capricho adolescente de acostarse con Utahime se hubiera cumplido diez años después de conocerla, pero que tuviera que ser por esta situación en sí sólo le generaba náuseas.
−Yo… −la escuchó tragar, dudando de si hablar o no−. Aún no he venido.
Suguru se rió y levantó su cabeza del colchón para poder besarla. Satoru sintió un escalofrío recorrerle y trató de alejarse, pero Suguru lo detuvo con una mirada.
−Jala su cabello −ordenó aún besándola. El cuerpo de Utahime tembló−. Haz que grite. Ya estás duro de nuevo, ¿no?
Lo estaba, pero sentía que la mano que tenía sobre la cintura de Utahime le quemaba.
Suguru besó a Utahime a través de las lágrimas que dejó caer cuando Satoru agarró su cabello en un puño.
−Lo vas a soportar por mí, ¿verdad?
«−Lo peor es que no puedes escapar.»
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Satoru se levantó con un poco de jaqueca. Estaba solo bajo las sábanas. Suguru se despidió de él con un beso en su nuca cuando tuvo que irse a Yokohama al amanecer. Satoru estuvo despierto, pero había visto a Utahime salir del baño con una mueca y la prueba de embarazo en la mano. La energía maldita de Suguru se descontroló solo durante un segundo antes de abrazarla.
−Volveremos a intentar.
−Suguru −la voz de Utahime era suave y frágil. Ella solía recurrir al llanto cuando estaba muy desesperada. A Satoru le sorprendía que hubiera aguantado tanto−. Quizás deberíamos−
−Volveremos a intentar −repitió con más dureza.
La sonrisa de Utahime solo tembló un poco antes de asentir y estirarse para besarlo.
Ella no se despidió de él cuando se fue, tomando sus cosas y yendo a su propia habitación hasta que Suguru regresara. Satoru consideró que se estaba comportando como una tonta, ya no era el mocoso que solía fastidiarla para convencerla de que le abriera las piernas. En realidad tenían una relación más o menos cordial desde hace un par de años.
Al menos hasta antes que esa maldición golpeara a Suguru y ahora estuvieran obligados a cumplirle un capricho estúpido.
Honestamente, Satoru no sabía si estaba aliviado o preocupado que aún no tuvieran resultados. No quería tener hijos, siempre asumió que si Suguru quisiera tener más además de Mimiko y Nanako se lo pediría a Utahime.
Nunca creyó que se lo pediría −¿pedir?− a ambos cuando descubrió que la maldición lo había hecho incapaz de tenerlos.
−La has deseado durante años, Satoru. Al fin podrás tenerla −Suguru acarició su rostro sorprendido con cuidado. A su lado, Utahime estaba más pálida que nunca−. Considéralo un regalo de mi parte.
Aún se sentía como una broma.
Dejó la habitación de Suguru con pereza, hablándole a Ijichi para que le diera su itinerario y tener con qué distraer su cabeza y su cuerpo cansado. La noche anterior Suguru había bombeado su trasero una y otra vez cuando aún estaba dentro de Utahime. Satoru podía sentir su enojo. Utahime siempre estaba de rodillas cuando la tomaba, su silencio era casi doloroso, pero a Suguru le gustaba así, silenciosa. Su fantasía se había quebrado cuando Utahime habló para pedirle que fuera más rápido.
−Que lo ame no significa que tenga que aceptar todas sus decisiones.
Utahime se lo dijo una vez hace varios años, cuando aún eran jóvenes e ingenuos. Satoru en ese entonces la veía con más lujuria que curiosidad, pero incluso en la neblina de su deseo entendió por qué Suguru estaba tan empecinado en hacer que Utahime lo amara.
Después de todo, las personas que rechazaban a su alma gemela eran más difíciles de manipular.
Utahime era débil de corazón, tantos años al lado de Suguru lo confirmaron. Lo que Satoru no esperaba es que sería igual que ella.
Se pasó todo el día haciendo misiones, fastidiando a Yaga y observando de lejos a los estudiantes de Utahime. Satoru a veces enseñaba, cuando Kusakabe era obligado por Yaga a ir a una misión que le tomaba demasiado tiempo. Le gustaba la emoción de enseñar a mentes jóvenes, Kusakabe siempre estaba aburrido de su entusiasmo, preguntándole por qué aún no se convertía en maestro. Lo había pensado, pero aún recordaba el rostro ilegible de Utahime cuando Suguru le explicó pacientemente que no podía irse a enseñar a Kioto.
Fue Suguru quien le consiguió su trabajo de maestra en Tokio, solo migajas de lo que ella quería. Aunque se lo había agradecido, siempre feliz, siempre complaciente. Satoru dio un paso atrás entonces, aún lo hacía.
Se dejó caer en la silla vacía de su habitación al anochecer. Un mensaje llegó a su teléfono mientras buscaba alguna aplicación para jugar. El mensaje de su abogado era igual de corto que siempre.
Hice el depósito para la cuenta de los Fushiguro. Todo sin cambios.
Satoru pensó en escribir de vuelta, pero se detuvo y borró el mensaje antes de que pudiera pensarlo mucho. Se frotó los ojos bajo las gafas, esperaba que Suguru regresara antes. Tenerlo tanto tiempo lejos lo hacía sentirse terriblemente solo.
Trató de distraerse pasando a otro juego que encontró, subiendo el volumen e ignorando deliberadamente la presencia que sentía fuera de su habitación.
−Gojo, sabes que soy yo −vino la voz tras su puerta.
Sí, no me jodas. Pero no lo dijo, en su lugar se quedó sentado otro rato más esperando que se fuera. El toquecito en su puerta le hizo gemir con molestia.
−Oye −dijo abriendo su puerta con una sonrisa brillante. Trató de no mirarla y a su suave bata de dormir, en su lugar enfocó sus ojos más arriba, sobre su cabello pulcramente peinado−. Creo que te equivocaste de puerta, Utahime. La habitación de Suguru queda en la otra dirección.
Utahime frunció los labios de esa forma que siempre hacía antes de lanzar un insulto, pero en su lugar levantó la botella de ¿whisky? ¿ron? que llevaba en su mano derecha.
−No bebo −se encogió de hombros, recostándose contra el marco y haciendo bastante obvio su deseo porque se fuera−. Prueba con Shoko.
Utahime no lució desanimada.
−Fui a verla primero −contestó tranquilamente−. Vengo de hacerme una prueba de fertilidad.
Ah. Carajo.
−¿Y? −preguntó con un nudo en la garganta.
−Fértil −Utahime frunció el ceño. Al igual que él, miraba un punto sobre su cabeza−. Shoko me dijo que te hiciste la misma prueba.
Satoru tenía un muy reducido número de amigos y su círculo sólo se hizo más pequeño con los años. Shoko estaba en ese número y él la amaba, pero cuando tuviera tiempo iba ir hasta su casa a perforarle las llantas de su auto.
−Hemos tenido una mala racha −explicó mirándose las uñas. Se sentía terriblemente frío, incluso un poco enojado. Si Utahime fuera infértil probablemente todo podría volver a como era antes−. Estoy cansado con las misiones, tú con los nuevos alumnos. No todos lo consiguen al primer intento.
Utahime apretó los labios, pero Satoru siguió mirándose las uñas limpias. Se sentía extraño hablarse así. Cada vez que se encontraban en los pasillos era una mezcla de irritación de Utahime, la sonrisa divertida de Suguru y su propia sonrisa tensa cuando soltaba alguna broma. Ignorando el breve sonrojo que cruzaba el rostro de Utahime cuando lo hacía a un lado, odiando a su mente por recordarle la forma en que se apretó contra su polla la noche anterior.
−Yo… ¿puedo pasar?
−No.
Utahime puso los ojos en blanco, dio un paso tentativo en su dirección y al ver que no se movía hizo a un lado la puerta y entró. Satoru suspiró teatralmente aunque por dentro se sentía terriblemente enfermo.
−Esta no es la habitación de Suguru −volvió a repetir. Utahime miró alrededor como si no hubiera escuchado. La habitación era pequeña, la mayoría de sus cosas estaban en el lugar de Suguru, pero le gustaba tener su propio sitio todavía. Sabía que para Utahime era igual−. Dioses, Utahime. Te ves como la mierda. ¿Qué haces aquí?
−Quería hablar sobre la maldición que golpeó a Suguru.
Satoru tenía un nudo en la garganta que no parecía querer desaparecer.
−¿Qué hay con eso? −aún seguía en la puerta. Se preguntó qué pasaría si solo la dejaba en su habitación y se escapaba−. Creí que ya habíamos discutido eso.
Los puños de Utahime se cerraron con fuerza. Notó tardíamente que la bata le llegaba hasta las rodillas, se sintió un poco idiota por sentirse excitado de ver sus pantorrillas desnudas cuando la noche anterior la tenía arrodillada sobre su cama.
−No lo hicimos −su respuesta salió con un poco de ira−. Suguru solo llegó una noche herido y lo siguiente que supe es que debíamos tener un hijo.
Satoru tragó saliva y decidió cerrar la puerta. No había mucho espacio para estar, caminó hasta ella, tratando de no mirar la cama a solo unos pasos.
−Tú no dijiste que no.
Estaba siendo un imbécil de mierda, pero si Utahime comenzaba a recriminarle iba a responder horriblemente mal.
−Tu tampoco.
−Estamos donde empezamos entonces, ¿no? −preguntó con una ceja alzada−. ¿Qué haces aquí?
−Estoy cansada de intentar −dijo, pudo sentir el temblor en su voz−. Pero Suguru va a seguir insistiendo hasta que funcione.
Satoru hizo una mueca, frotándose la nuca. Se sintió mal del estómago, había pasado más de un mes desde que estuvieron intentando embarazar a Utahime, pero a pesar de los muchos intentos todas las pruebas seguían siendo negativas.
La mirada fría de Suguru cada vez que veía los resultados se oscurecía más y más con el tiempo. Le recordaba a la vez que lo encontró asesinando ese pueblo hace siete años.
−¿Qué quieres que haga? −inquirió tratando de no rebotar su pierna−. Si quieres parar díselo a él.
Utahime soltó una carcajada sin humor.
−Sabes que no puedo hacer eso.
Entonces lárgate. Satoru adquirió con el tiempo el mal hábito de tragarse lo que sentía, a veces le gustaría volver a ser como su yo de quince años otra vez. Cuando podía decir lo que quisiera sin importarle cómo se sintieran los demás, aún se preguntaba cómo fue que el cambio llegó de repente a él. Si acaso fue en el tiempo que los altos mandos comenzaron a mandarlo a misiones en secreto o cuando Suguru comenzó a tomar demasiado de ellos.
−Yo no le diré nada −metió las manos en sus bolsillos y le mostró una sonrisa llena de dientes, esperando que con eso ella se fastidiara lo suficiente para que se fuera−. Me gusta cogerte, es divertido.
−No vamos a lograr tener un hijo −Utahime dijo haciendo como si no lo hubiera escuchado, sus ojos no tenían nada de vida cuando lo miró a la cara−. Me ha tomado un tiempo, pero puedo sentirlo ahora. Siempre que estamos teniendo sexo hay… un tirón en ambos con Suguru presente. Está maldito ahora, lo has sentido, ¿verdad?
Satoru lo hizo, pero Suguru siempre terminaba teniendo sexo con ambos. Estaba demasiado perdido en el placer y los recuerdos que lo perseguían como para prestarle atención a la suave energía maldita que salía del cuerpo de Suguru y que caía sobre ambos.
−Si queremos que funcione −explicó con suavidad−. No podemos estar con él.
Bien podría haberle abofeteado.
−¿Qué estás… qué…? −Satoru se relamió los labios secos−. Suguru nunca nos va a dejar.
Utahime tomó una bocanada de aire y luego un trago de su botella antes de volver a mirarlo.
−Suguru no está ahora.
Pero lo sabría, Suguru lo sabría. Tener un alma gemela era una jodida debilidad. Aprendió a usar el vínculo que los unía para castigarlo cuando hizo algo que no le gustaba. Nunca lo habló con Utahime, pero sabía que para ella era igual, quizás era por eso que trató de huir tantas veces antes.
Suguru lo sabría. Pero entonces−
Entonces−
−¿Qué sugieres?
Utahime lo sorprendió al mirarlo a los ojos cuando se quitó la bata con movimientos rápidos. Sintió que se le secaba la garganta al ver lo que había debajo.
−¿Te gusta? −le preguntó después de un minuto de completo silencio de su parte.
Satoru sintió la risa brotar de su garganta a pesar de que no encontró nada divertido en el asunto.
−¿Qué si me gusta? −repitió con voz ronca. Su infinito estaba apagado cuando sus manos cobraron vida propia y se adelantaron para apretar sus caderas. Utahime no emitió ningún sonido mientras él subía sus dedos sobre sus costillas hasta los pezones que eran visibles sobre la lencería−. Estás preciosa.
Utahime se relamió el labio inferior con nerviosismo. No había dejado de mirarlo y Satoru no podía recordar si esta era la primera vez en años que ambos se sostenían la mirada.
¿Cuándo fue la última vez? ¿Hace seis, quizás siete años? ¿Cuándo tuvieron que encerrar a Suguru para que dejara de tratar de asesinar a no hechiceros?
−Dijiste que querías verme en encaje −ella susurró, su voz era inestable−. En encaje negro.
Sus ojos bajaron por su cuerpo. Las correas giraban alrededor de sus senos y sobre su cintura. Satoru tenía la boca seca, necesitaba tocar. Con sus dedos, su boca, su lengua, pero el peso de Suguru era tan fuerte sobre sus hombros que no podía moverse.
−Te verías bien en cualquier cosa −sus manos no habían dejado de tocar sus pezones sobre la tela, ya los sentía duros, pequeños guijarros puntiagudos, pero no se atrevía a apretarlos−. ¿Cuándo–? ¿Cuándo te lo dije? ¿En la escuela?
Utahime sonrió esta vez, aunque era tan pequeña que desapareció casi al instante.
−Murmuras un montón de cosas cuando crees que no estoy escuchando −Satoru frunció el ceño, pero no hizo nada más para preguntar. Sus manos finalmente soltaron sus pezones y volvieron a bajar a sus caderas hasta que las dejó caer a los lados.
Dio un paso atrás.
−Deberías irte.
Utahime hizo una mueca.
−Nunca te consideré como un buen hombre, Gojo.
Satoru trató de sonreír mientras se encogía de hombros, pero solo le salió como un gesto vago. Utahime exhaló el poco aire que tenía y luego tomó un gran sorbo de su botella, aunque no lo se tragó. En su lugar terminó de dar el paso que los separaba, su mano libre acarició su mejilla y luego se arrastró sobre su cuero cabelludo. Apretó los mechones de su cabello con fuerza y Satoru sintió solo el ligero aguijonazo de dolor antes que Utahime acercara sus labios a los suyos.
Satoru podría decir que estaba sorprendido, pero estaría mintiendo. Estaba desesperado por besarla, abrió la boca y sintió el líquido arder en su garganta cuando se lo tragó de la boca de Utahime, los rastros de la bebida gotearon sobre su quijada, empapando su camisa. La botella estaba en el suelo ahora, mojando sus pies mientras él apretaba su cintura con una mano y con la otra recorría su columna vertebral hasta acariciar su nuca.
Utahime abrió su chaqueta con cuidado de no terminar el beso, la ropa cayó al suelo sin hacer ruido. Sus manos eran pequeñas, pero él podía sentirlas presionar con fuerza contra sus abdomen, sus hombros. Lo jaló de las solapas de su camisa hasta que ella chocó con el borde de la cama y se sentó separándolos al fin.
Satoru estaba respirando agitadamente, la miró desde su altura, apretando los puños cuando sus manos le siguieron tocando, bajando por su abdomen hasta rozar la erección en sus pantalones. Utahime volvió a relamerse los labios, tenía la boca roja marcada por su saliva, su cabello pulcramente peinado ahora era un desastre. Su pecho no dejaba de subir y bajar por su respiración acelerada. Satoru quería destrozarla.
Mierda, pensó, cerrando los ojos con fuerza, recordando a Suguru.
−Satoru −el susurro de su nombre hizo que abriera los ojos de golpe. Utahime tembló al sentir su mirada oscurecida, pero no se alejó−. Satoru −repitió con más confianza, sus manos tocaron la hebilla de su pantalón−. Tócame.
A la mierda.
Golpeó las manos de Utahime con fuerza y ella las alejó con un ligero temblor. Satoru no se disculpó y solo se quitó los lentes para dejarlos caer al suelo.
−Abre las piernas −Utahime lo hizo, Satoru le pasó sus manos por sus rodillas y luego subió por su muslo hasta el encaje de su entrepierna, lo tomó con ambas manos y lo rompió en dos, dejándole ver su coño rojo y afeitado, ya goteando por él−. Mierda, Utahime.
Se arrodilló relamiéndose los labios, le subió su pierna izquierda sobre su hombro y olió su coño resbaladizo, apenas tocando su clítoris con la lengua. Utahime se estaba mordiendo el pulgar, su mano derecha era lo único que la mantenía erguida.
−Gojo−
−Cállate −gruñó.
Besó su coño de la misma forma que había deseado por años. No fue amable en la forma en que chupó su clítoris. Hundió dos dedos en su agujero, bombeando a pesar de la resistencia inicial de su cuerpo, Utahime removió sus piernas, pero él sólo hundió sus uñas en su carne para que se mantuviera quieta.
−Sabes bien −dijo apenas separando un poco su boca de su coño, tenía sus dedos mojados por su resbaladizo, Utahime no paraba de gotear−. Podría besarte aquí todo el día.
Utahime tenía el cuello arqueado hacia atrás, sus ojos estaban cerrados con fuerza, sus manos temblaban mientras se sostenía para no caer sobre la cama, de sus labios sólo se escapan un par de gemidos contenidos.
¿Por qué cierras los ojos? pensó enojado. ¿Piensas en él?
No sé animó a decir la pregunta en voz alta, en su lugar su lengua siguió lamiendo su capullo hinchado, sus dedos entraron y salieron con más fuerza de su coño. Las piernas de Utahime comenzaron a temblar y él se separó lo suficiente para verla correrse cuando metía un tercer dedo y acariciaba su clítoris con el pulgar.
Era jodidamente hermosa, incluso con esa horrible cicatriz en el rostro. Su cuerpo se arqueó por el orgasmo, sus mejillas y su cuello se pusieron rojos cuando ella mordió su labio con fuerza, no dejando salir ningún sonido más.
Trató de no reírse, ni siquiera con esto ella le dejaría escucharla. En cualquier otra situación podría haberlo dejado pasar, pero aquí solo le hizo hervir de rabia. Satoru no era Suguru, pero podía ser casi igual de mierda que él.
−Date vuelta −ordenó con la voz tensa. Utahime ni siquiera hizo una mueca con su orden, bajó su pierna de su hombro y se giró tal como le dijo, sus rodillas presionando el borde de la cama, sus manos estaban tensas mientras se sostenía. Satoru se puso de pie y se pasó el pulgar por el labio inferior, el sabor de su venida era todo lo que podía sentir−. De verdad eres una perra.
Las manos de Utahime temblaron con su comentario, pero no dijo nada, aunque sabía que ella estaba tragándose un insulto por la forma en que apretó sus puños. Estaba siendo injusto, ella necesitaba acabar con esto tanto como él, pero Satoru necesitaba desquitarse con alguien y ella era la única aquí.
Era la única que había estado con él además de Suguru, pero ni una vez en diez años le había tendido la mano. No cuando tuvo que sufrir las consecuencias por la muerte de Riko. No cuando Suguru le obligó a dejar a Megumi y Tsumiki en un orfanato.
Satoru levantó más su trasero y terminó de romper el encaje con ambas manos, el coño de Utahime estaba hinchado, solo tuvo que pasar dos dedos por toda su raja para que las manos se le doblaran y quedara con el culo en el aire. Satoru se rió en voz alta, la tomó de la cintura y la movió hacia atrás para que chocara con la erección en sus pantalones. Todo el cuerpo de Utahime se sacudió, sus maullidos silenciados por las sábanas.
Se alejó un paso y levantó su palma para golpearla en su trasero. Esta vez ella gritó, giró el cuello para verlo, pero antes de que pudiera decirle algo Satoru volvió a golpearla.
−¡Ah! Go−
Satoru golpeó con más fuerza, Utahime pareció querer gatear para alejarse, pero Satoru apretó su cintura con una mano y golpeó la otra mejilla de su trasero con más fuerza. Utahime sollozó de dolor, pero no volvió a tratar de escapar. Satoru volvió a reírse, alternó entre golpear su trasero y empujar sus caderas hacia las suyas para que sintiera lo duro que estaba. Sus pantalones eran un desastre, pero no pudo detenerse de seguir golpeando al escuchar cada grito de dolor salir de su boca.
−Mierda, de verdad te gusta esto −soltó después de pasar una mano por su coño y encontrarlo goteando. Se le escapó otra risa, viendo cómo ella se movía contra su mano para obtener algo de alivio−. Suguru tenía razón, te encanta el dolor, ¿no?
Utahime no le respondió, aún tratando de masturbarse contra su mano. Satoru resopló, alejó su mano de su coño y con la otra la golpeó tan duro que las rodillas se le doblaron.
−Vuelve a levantarte −ella lo hizo, podía escucharla aspirar pesadamente por la boca, su trasero estaba completamente rojo, le iba doler sentarse por unos días−. ¿Me odias?
−No −su respuesta fue cortante−. ¿Por qué odiaría alguien como yo?
Satoru soltó una carcajada, sintiéndose medio enloquecido. Apretó ambas mejillas de su trasero y volvió a sacudir su erección contra ella. Utahime dejó salir un gemido bajo y profundo, hizo que el placer subiera como un relámpago por su columna.
La agarró del tobillo derecho y la giró en un solo movimiento. Utahime soltó un grito silencioso cuando lo tuvo frente a frente, su rostro era un desastre, cubierto de lágrimas, mejillas rojas. Su labio estaba partido en una esquina, seguramente por la fuerza con la que lo mordía.
Satoru aspiró pesadamente por la boca, soltó su tobillo solo para bajarse los pantalones y sacarse la polla de la ropa interior. Subió una rodilla sobre la cama mientras volvía a tomar su tobillo y lo colgaba sobre su hombro. No sabía quién estaba respirando peor, si él o ella.
−No cierres los ojos −pidió mientras comenzaba a hundirse en ella y veía sus párpados caer−. No lo hagas.
Utahime jadeó en voz baja, alzando las caderas para poder alcanzarlo cuando finalmente se hundió completamente en ella. Satoru gimió desde el fondo de su garganta, su rodilla presionó con más fuerza el colchón cuando empezó a empujarse contra Utahime. Ella tenía la boca abierta de placer, sus manos estiradas a cada lado de su cabeza. Sus ojos eran un esfuerzo constante entre mantenerse abiertos y cerrarlos con cada embestida dura que recibía.
−Mierda, ¿por qué eres tan pequeña? −se quejó, inclinándose para que su mano pudiera apretar sus senos−. Siento que te voy a romper.
Utahime gritó cuando él pellizcó su pezón, sus paredes lo apretaron tanto que tuvo que detenerse para salir y volver a empalarse con fuerza. La abrió más sin preocuparse por si le dolía, inclinándose para poder lamer sus pechos sobre la tela. Ella se quejó en voz alta cuando él dejó de moverse, pero Satoru solo dejó salir un gruñido bajo para que dejara de moverse, más preocupado por romper el material sobre sus tetas.
−Espera, tiene un cierre−
−No me importa −gruñó. Lo rompió con un chasquido, gimiendo por lo bajo cuando al fin pudo lamer sus pezones. Utahime estaba medio gimiendo, medio gritando, estaba tratando de tocar su clítoris para aliviar su excitación. Su polla era apretada por su coño con cada succión que hacía de sus senos.
Utahime era un desastre, seguía jadeando aún sin obtener placer de él, clavándole las uñas en la nuca y el hombro. Satoru dio un suave empujón solo para fastidiarla y ella soltó un gemido seguido de un suave resoplido, una risa.
¿Cuándo fue la última vez que la hizo reír? No podía ser más de tres años.
Satoru dejó sus senos y acarició su cuello con su nariz, las uñas en su nuca fueron reemplazados por sus dedos. Se levantó para volver a besarla. Su boca se abrió para él al instante, era tan extraño que habían estado teniendo un montón de sexo el último mes y este era solo su segundo beso en una década de conocerse.
Utahime lamió sus labios y dejó que su lengua entrara en su boca, hizo un sonido de placer con la garganta que hizo a Satoru volver a empujar.
−Por favor, muévete más rápido −susurró sobre sus labios. Satoru negó y cerró los ojos con fuerza mientras volvía a besarla. Utahime resopló sobre su boca, acarició un lado de su rostro, el gesto era tan íntimo que sentía todo el cuerpo vibrar de emoción−. Eres un mocoso −susurró mientras le mordisqueaba el labio inferior, Satoru gimió vergonzosamente−. No has dejado de serlo.
−Mira quién habla −dijo devolviéndole el beso, su mano acarició suavemente uno de sus senos. Utahime soltó un suspiro feliz−. Tú eres la que me ha estado ignorando todo este tiempo.
−Siempre estoy mirándote, Satoru −ella besó su mejilla y luego el punto detrás de su oreja. A Satoru se le cortó la respiración−. Pero cuando Suguru te dice algo no piensas en nada más.
Era un poco hipócrita que lo dijera ella, no cuando aún no podía negarle nada a Suguru, incluso con tantos años de relación.
Aunque Satoru tampoco era tan diferente.
Se levantó lo suficiente para volver a empujar, los ojos de Utahime se rodaron hacia atrás, sus manos estaban blancas por apretar las sabanas. Satoru embistió en ella con más fuerza, sus bolas chocaron contra su trasero y se combinaron con el sonido de los jadeos de ambos.
Utahime se tocó los pechos desnudos cuando sus piernas empezaron a temblar.
−Voy a− yo−
−Sí −jadeó−, córrete.
Ella lo miró mientras decía su nombre y se deshacía bajo su cuerpo. El orgasmo hizo que sus piernas no dejaran de temblar y Satoru tuvo que detenerse solo para poder verla mientras el placer recorría todo su rostro.
−Satoru −suspiró con una ligera sonrisa. Sus manos se estiraron para tocarle el abdomen, movió sus caderas hacia arriba aunque aún debía de ser demasiado para ella.
Satoru sabía que podría venirse solo con esa vista, pero Utahime volvió a moverse. Satoru besó el tobillo sobre su hombro, volvió a inclinarse hasta estar a un suspiro de sus labios.
−Dime qué quieres −pidió.
−Ven dentro de mí −murmuró, despacio, tranquilo. Un secreto entre ambos−. Te quiero dentro de mí.
Ni siquiera necesitó mucho esfuerzo, Utahime lo besó cuando se lo dijo y él se empujó solo un poco más hasta que su orgasmo lo golpeó. Su semen no dejó de salir y él se sostuvo lo suficiente para verla mientras le pintaba las entrañas con cada sacudida de caderas.
La pierna sobre su hombro cayó a un lado y él la aplastó tratando de volver a componerse, ambos solo un pedazo de extremidades esparcidas juntas. Inhaló su cuello perfumado, no podía sentir el jabón de Suguru en ella y eso solo le hizo apretarla con más fuerza.
Sus seis ojos fueron más conscientes que nunca cuando ella hizo el primer movimiento. Satoru cerró los ojos aunque su técnica le permitía saber lo que pasaba: su duda, su mano levantándose para empujarlo y esperar que lo que hicieron hubiera funcionado.
Pero no lo alejó.
Su mano acarició su cabello, primero con cuidado y luego con más seguridad, enterrándose hasta que sus uñas pudieron acariciar su cuero cabelludo. Satoru soltó un suave gemido de placer al sentir sus dedos. Meció sus caderas juntas, Utahime le regaló una caricia más profunda.
−Satoru −dijo con voz un poco ronca, pero estable−. Tenemos una noche más hasta que Suguru regrese.
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−¿Este es el santuario de tu familia?
−Algo así, nos turnamos para venir a limpiarlo, como no es muy grande nos sirve para guardar cosas −Utahime admitió evasivamente, caminando a su lado por los pasillos vacíos−. Es… este lugar perteneció a mi abuelo. Cuando murió lo dejó a nombre de mi abuela, pero ella no lo quiso y por obvias razones tampoco lo hizo la esposa de mi abuelo.
Satoru soltó una carcajada. Metió sus manos frías a sus bolsillos, el cielo estaba nublado, pronto comenzaría a llover.
−Tu abuelo se escucha como todo un personaje.
Utahime se encogió de hombros, tiró de su manga para que la siguiera a una habitación llena de libros apilados, el lugar olía a flores recién cortadas. Pudo ver pergaminos apilados sobre los estantes, varios nombres de sus ancestros escritos ellos, un lado de la pared estaba cubierto de espejos.
−¿Por qué tu abuela se separó de tu abuelo? −preguntó vagando por la habitación con curiosidad. Las luces no funcionaban, Utahime estaba prendiendo varias velas alrededor del cuarto.
−Me dijo que era un imbécil, pero nunca me dio muchos detalles. Le gustaba mantener su vida privada en secreto.
Satoru se apoyó sobre una estantería mientras la veía seguir encendiendo velas. Si no fuese porque ella seguía en su cama al amanecer hubiera creído que todo lo había soñado.
La había tenido varias veces anoche, en algún punto solo se quedaron dormidos. Satoru se despertó con el olor a sudor y semen adherido a sus sábanas. Utahime se dio una ducha rápida antes de pedirle que fuera a buscarla cuando terminara su hora de trabajo.
−Creo que me hubiera gustado conocerla −admitió luego de encontrar un viejo álbum de fotos y ver una foto donde una señora muy arrugada fruncía el ceño a la cámara−. Seguramente era una versión vieja de ti.
Utahime en realidad se rió y eso lo animó lo suficiente para seguir rebuscando entre sus cosas.
−Te hubiera odiado −le dijo terminando de encender todas las velas−. Ella no quería a muchas personas, ni siquiera creo que le haya gustado toda mi familia.
Satoru sonrió al encontrar una foto de Utahime de niña, tenía un traje de marinero y sonreía feliz a la cámara señalando su canasta llena de manzanas. La dobló y la guardó en su bolsillo antes que Utahime lo notara.
−Hubiera usado mi encanto para enamorarla −admitió con galantería, caminando hasta quedar frente a ella y tocar con cuidado un lado de su rostro−. ¿Estás segura que está bien estar aquí? Sé que tu familia odia a Suguru, y si lo odia debe odiarme a mí también. Si es que la mirada que tu primo nos lanzó en la entrada no significaba que quería sacarme los ojos.
−Es bastante discreto −explicó frotando su mejilla con su palma, Satoru sintió que tragaba con dificultad−. Todo este lugar lo es. Además de mi primo y su esposa al otro lado del santuario, solo somos tú y yo.
Se le cortó la respiración.
−¿Por qué me trajiste aquí?
Utahime dio una sonrisa un poco nerviosa mientras le señalaba el espejo que tenía detrás. Satoru soltó una carcajada, un poco sonrojado porque fuera ella quien lo sugiriera.
−Digo, me siento halagado y definitivamente sí, pero podríamos haber ido a un hotel.
−Suguru lo sabría −Utahime imitó su gesto y acarició un lado de su rostro para luego comenzar a quitarle la venda de los ojos−. Si se entera que vinimos aquí será más sencillo de explicar.
Suguru llegaría mañana por la tarde, Satoru trató de no pensar en ello durante el día pero era casi imposible. No es como si estuviera asustado, pero sí ansioso. Los últimos que tuvieron la mala suerte de sufrir su mal humor fueron sus padres, al menos su madre seguía viva. Satoru no la había visto en años, pero Utahime siempre la visitaba en lugar de Suguru. Estaba mejorando, le dijo, ya casi volvía a hablar.
−Además −siguió ella, mirándolo con una sonrisa que le hizo temblar de anticipación−. Anoche me dijiste que querías ver mi cara.
Satoru sonrió y le dio la vuelta para que ambos pudieran verse en el espejo. Besó su cuello con suavidad, abriendo su kosode y deshaciendo los nudos de su hakama.
−Te encanta que te tomen como un perro −dijo salpicando besos sobre su cuello, ella soltó un suspiro de placer al sentir sus dedos bajar por su camisa y tocar sus senos sobre el bralet.
−Me gusta cómo se siente −se quejó sin estar avergonzada−. Tú eres el que lo hace raro.
Oh, a él le encantaba hacerlo así, pero por alguna razón cada vez que Utahime se volteaba y le pedía que lo hicieran por detrás él le gruñía y abofeteaba su trasero para volver a darle la vuelta.
−Te lo dije, me gusta ver tu cara −giró su rostro para poder besarla, Utahime tembló en sus brazos cuando desató su hakama y lo dejó caer al suelo. Estaba desnuda a excepción de su ropa interior, Satoru dejó de besarla para que los dos pudieran verse en el espejo. El cuerpo de Utahime estaba lleno de marcas que le había dejado, movió sus manos de sus senos hasta su cintura, tocando el borde de sus bragas, ella gimió con suavidad−. Me encanta ver tu cuerpo −besó su hombro desnudo−. Me encanta verte.
Utahime se sonrojó hermosamente, hizo ademán de quitarse la cinta del cabello pero Satoru la detuvo.
−Quédatela, quiero cogerte con eso puesto.
Utahime resopló con los ojos en blanco, su rostro aún sonrojado.
−Hablando de fetiches raros.
Satoru volvió a girar su rostro para besarla. Podía sentir su sonrisa en su boca.
−¿Si recuerdas que fuiste tú la que se excitó con los golpes? −preguntó chupándole el labio, su mano escurridiza ya estaba tocándolo sobre sus pantalones−. Parecías un maldito caño, mis sábanas aún huelen a ti.
−Lo siento, mi señor, los adultos de verdad aprendemos a lavar nuestra ropa sin quejarnos −ella jadeó en voz alta cuando él comenzó a frotarla sobre la ropa interior−. Jodido imbécil.
Satoru se rió en voz alta, el sonido que rebotó en la habitación hizo que se sintiera más vivo que nunca.
El santuario era relativamente pequeño pero agradable, era bueno que siempre estuviera vacío o podrían haber escandalizado a varias personas por los gritos de placer que salían de la habitación. Porque malditos dioses, Utahime era ruidosa.
Ahora entendía porque Suguru siempre se burlaba de ella por su recatada voz cuando Satoru siempre la escuchó ser bastante vocal.
Satoru tampoco estaba siendo tan silencioso, estaba un poco obsesionado por la forma en que sus tetas rebotaban con la fuerza en que él empujaba sus caderas. La mano que Utahime utilizaba para sostenerse estaba temblando por el esfuerzo, pero su otra mano no dejaba de agarrar su rostro para besarlo, ya se había venido dos veces y ambos se sentían un poco cegados de placer.
Utahime lo soltó cuando un giro de caderas fue lo suficientemente duro para hacerla caer. Ella ni siquiera se quejó del impacto, el piso era áspero y frío desde el inicio, la lluvia no ayudaba. El espejo estaba empañado y las rodillas le dolían, pero Satoru estaba tan jodidamente duro que necesitaba cogérsela hasta que no pudiera pensar.
−Mierda, mierda −Utahime arañó el piso con desesperación, Satoru apretó su cintura con más fuerza.
Se inclinó sobre ella, aplastándola y aún embistiendo contra su coño húmedo e hinchado. Pasó una mano bajo su estómago para presionar contra su vientre. Utahime gimió de placer, apretando sus paredes cuando sus piernas empezaron a tensarse.
−Nuestro hijo se llamará Taiki −le dijo al oído, no había más susurros, ni secretos, era la verdad absoluta−. Nuestro hijo, Utahime
−Si −aceptó, jadeando por aire. Giró su rostro para besarlo cuando volvía a correrse. Satoru mordió sus labios al derramarse de nuevo en su interior−. Nuestro.
Ambos se durmieron con el sonido de la lluvia cayendo fuera del santuario.
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−Te vimos anoche salir con Utahime −Mimiko achicó los ojos con desconfianza−. ¿A dónde fueron?
Satoru era un hombre adulto y como un hombre adulto, sabía que no debía pelearse con mocosas. Mocosas que eran hijas adoptivas de su novio, pero Satoru nunca tuvo forma de aprender a lidiar con niños y por su defecto adolescentes.
Hizo lo mejor que sabía hacer.
−Mimiko, ser una stalker no está cool −le sacó la lengua con diversión−. Por eso no tienes amigos.
−¡Tengo muchos amigos!
Satoru la dejó ser consolada por su hermana, agradeciendo internamente a Utahime por haberlo hecho llevar los libros de su abuela a la habitación de Suguru. Ambos no sé habían visto desde la mañana y Suguru ya estaba en su camino a la escuela. Satoru y él hablaron por teléfono brevemente cuando estuvo en su tren, le dejó muy en claro que no habría sexo si no le traía postres caros de regalo.
Satoru se dejó ver por los pasillos y con los profesores. Fastidió a Ijichi hasta que Yaga lo mandó a una misión rápida y sin que nadie pudiera notar su presencia, entró al aula donde se encontraba Utahime.
−¿Qué haces aquí? −Utahime estaba sentada tras su escritorio con una carpeta en la mano. Frunció el ceño al verlo cerrar la puerta con llave−. Gojo, mis alumnos van a regresar pronto.
Trato de no lucir herido al oír su apellido.
−¿Soy Gojo de nuevo? −preguntó sin poder evitarlo−. Anoche no parecías poder dejar de decir mi nombre.
Utahime chasqueó la lengua de forma desagradable.
−Suguru regresa hoy.
«−¿Alguna vez pensaste en irte? −ella preguntó la primera noche−. ¿En dejarlo?
−Lo hice −abrazó su cintura con cuidado−. Quizás tanto como tú.»
−Lo sé −se acarició la frente y tomó uno, dos tres bocanadas de aire−. Lo sé.
No la habían dicho pero estaba implícito. Las cosas debían volver a ser normales entre ambos. Satoru se acercó y acarició su mejilla con cuidado, ella no se alejó.
Las cosas no pueden ser normales de nuevo.
−Abre tus piernas −pidió con suavidad, Utahime tembló bajo sus dedos.
−Satoru, mis estudiantes−
−Seré rápido −y él se había encargado de encerrar a los de tercer año en un debate junto a los de segundo−. Uta− probó de nuevo, acarició más despacio su pulgar sobre su labio−. Abre las piernas.
Utahime lo hizo, bajándose la hakama y las bragas por las rodillas. Registró su piel limpia y libre de cualquier evidencia como el trabajo de Shoko. Pateó el sentimiento de posesividad atrás de su cabeza y se arrodilló frente a ella. Besó sus muslos con cariño, la miró mientras lamía su coño y chupaba su clítoris hinchado. Utahime se cubrió la boca con una mano, la otra acariciando su cabeza que seguía sumergida en su entrepierna.
Satoru le mintió, no lo hizo rápido. Se tomó su tiempo, le sacó el placer poco a poco, la charla que tuvieron la noche anterior aún grabada en su cabeza cuando la dejó al amanecer.
«−No es como si me gustara el dolor −había dicho ella en la oscuridad. Acariciaba su cuello con cuidado, parecía un gesto inconsciente al hablar−, es solo que mi cuerpo se acostumbró a el.»
Tenía sentido. La que recibió la peor parte de Suguru cuando lo liberaron de su encierro fue Utahime. Fue ahí que su relación con ella cambió. Cuando dejó de lanzar bromas y comentarios hirientes para pasar a charlas llenas de indiferencia, conversaciones cortas y sin sentido.
Las marcas en su cuerpo ya eran demasiado difíciles de soportar para ella.
−Satoru, espe−
−Shhh −calmó, sus dedos acariciaron con cuidado toda su roja, las piernas de Utahime no dejaron de temblar−. Está bien.
Utahime se cubrió la boca con ambas manos al sentir otro espasmo sacudirla. Satoru chupó y lamió su clítoris con cuidado hasta que todo su cuerpo estaba temblando. El orgasmo la hizo sacudirse sobre la silla cuando metió dos dedos en su agujero y chupó el resbaladizo que caía.
−Eres un hombre malo −Utahime le dijo con el ceño fruncido, aún sin aliento. Pasó sus dedos por sus labios manchados y luego se inclinó para besarlo. El gesto fue tan suave que le hizo temblar−. Eres un hombre terrible.
Satoru solo se rió. Emocionado, asustado.
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Para ese punto ya debía ser obvio que los tres tenían una relación muy jodida.
Pero aún había amor, demasiado para seguir siendo sano. Como no podía haberlo si estaban destinados a estar juntos. Era el amor lo que lo hizo detener a Suguru y arrastrarlo a una celda cuando empezó a matar gente. Que le hizo apretar los puños y aceptar a fe ciega los pedidos y demandas que le hizo con los años. Ese mismo amor que hizo a Utahime dejar de tratar de huir y alejarse de su familia para dedicarse al hombre que la manejaba con mano dura.
Era el amor lo que los mantuvo juntos durante diez años. Qué más podía ser sino eso.
Incluso ahora, mientras embestía en Suguru y besaba toda la extensión de su piel no pudo imaginarse una vida sin él, sin lo que tenían. El vínculo que los unía no podría separarlos nunca, incluso si su cabeza le engañara con fantasías mundanas en las noches que podía pensar por sí mismo.
−Me fui solo tres días− Suguru se quejó con un gemido bajo cuando Satoru lo inclinó más contra la cama y besó su nuca−. Podrías haberte masturbado.
Satoru soltó una risa sin humor y jaló de su cabello para poder inclinar su cabeza y lamer su cuello.
−¿A quién te cogiste? −preguntó moviéndose un poco más profundo, Suguru dejó salir un grito ahogado mientras apretaba las sábanas bajo sus dedos−. ¿Volviste a meterte con los Zenin?
Suguru solo se rió, Satoru quería estrangularlo.
−Los Kamo tienen nuevos hechiceros a su cuidado−. Suguru giró el rostro para besarlo, sus labios estaban estirados en una sonrisa cruel−. Te los presentaré en la próxima reunión de tu clan.
Satoru soltó una risa suave pero en realidad estaba enojado. De todas los cambios de mierda que el mundo le había tirado el volverse fiel en su adultez era lo peor que pudo pasarle. Suguru estaba presumiendo apropósito. Le empujó el rostro contra la cama y se lo cogió con más fuerza hasta que lo escuchó jadear por aire.
Estamos tratando de tener un hijo, maldito imbécil, pensó mientras le arrancaba el orgasmo a la fuerza. Y tú sigues follándote a cualquiera que te llame la atención.
Que esto no fuera noticia nueva era casi cómico. Suguru siempre hacía lo mismo cuando se ausentaba y siempre era su misma respuesta: encogerse y lucir solo ligeramente tímido al escuchar a Satoru indagar. Sus besos le quemaban la piel después, cuando Satoru lo tomaba para quitarle el olor de la otra persona de encima.
−Te extrañé −Suguru murmuró sobre su boca, las piernas de ambos estaban colgando fuera de la cama pero ninguno hizo ademán de moverse.
Satoru resopló.
−Mentiroso, te encanta tener tiempo libre para follarte a otras personas −murmuró con un puchero, seguía enojado, pero al final se le pasaría, siempre era así−. Ni siquiera me trajiste dulces.
Suguru lo golpeó con el codo y trató de levantarse, pero Satoru volvió a abrazarlo para que se quedaran estirados sobre la cama. Satoru acarició su torso y entrelazó sus dedos mientras escuchaba el sonido de la puerta abrirse. El pánico lo sacudió y escondió su rostro en la nuca de Suguru, comenzó a recitar conjuros en su cabeza para distraerse.
Utahime los vio desnudos con una expresión aburrida. Recogió la ropa del suelo y encendió la vieja radio antes de trepar a la cama y estirarse al lado de Suguru. Ella debía saber por qué Satoru siempre se lanzaba sobre Suguru a su regreso, no había otra razón para esperar siempre a que terminaran de coger si se habían visto hacerlo durante años.
−Nanako está molesta porque no le trajiste el álbum que quería −Utahime murmuró dejando varios besos sobre el rostro de Suguru. Satoru cerró los ojos tratando de pensar en otra cosa.
Suguru soltó su mano sobre su torso y acarició el rostro de Utahime mientras la besaba con ternura.
−Las he malcriado demasiado.
Satoru resopló en voz alta y se volvió a ganar otro codazo. Empujó su polla resbaladiza sobre su trasero y Suguru se quejó en voz alta.
−Mierda, Satoru −esta vez Utahime resopló−. Dame al menos un minuto.
Le sacó la lengua y se atrevió a darle una mirada rápida a Utahime, aunque se arrepintió al instante. Lucia tan normal que le daban ganas de golpear algo, murmurando sobre la boca de Suguru mientras lo besaba y le contaba una mentira rápida sobre sus últimos días.
Satoru la observó con más fuerza esperando que ella al menos se dignara a mirarlo, pero como siempre, solo tenía ojos para Suguru.
Tuve mi boca en tu coño hace solo unas horas, soltó una risa seca mientras abrazaba a Suguru y volvía a esconder su rostro en la curva de su cuello. Al menos date cuenta de que existo.
−¿Hiciste algo divertido con los clanes? −Utahime preguntó mientras acariciaba el brazo de Suguru sobre su cintura.
−Nada interesante −Suguru volvió a robarle otro beso−. Todos son unos imbéciles aburridos. Yaga debería volver a mandarme a misiones.
Utahime solo tarareó en voz baja, la mentira era tan descarada que podía fingir que era cierta. Satoru siempre estuvo celoso de Suguru por eso, tener a Utahime solo para él y que ella no dejara de mantenerse fiel aunque Suguru la engañara cada vez que podía.
Al menos no se irían a la tumba con eso escrito. Utahime fue suya al menos por un tiempo breve, incluso si desde ahora se pasara el resto de su vida negando lo que pasó, Satoru sabría la verdad.
−Uta, espe−
−Shh, tranquilo −su voz fue suave, demasiado suave−. Relájate.
El cuerpo de Suguru comenzó a sacudirse y Satoru miró sobre su hombro solo para soltar una carcajada que fue tragada por los gemidos de su novio. Utahime tenía una mano sobre su polla, lo estaba acariciando rápido, besó su boca y su barbilla cuando Suguru comenzó a deshacerse con su toque.
Satoru volvió a mecerse contra él y antes de que pudiera insultarlo le giró la cabeza para besarlo. Su propia mano bajó para acariciarle las bolas y Suguru jadeó en voz alta cuando se corrió en la mano de Utahime.
Ella tenía una sonrisa más real en su rostro cuando levantó su propia mano cubierta de semen y se pasó los dedos por los labios como un pincel. Se le que secó la boca al instante, Suguru dejó escapar un gemido mientras Utahime se inclinaba y volvía a besarlo.
Utahime recibió su abrazo cuando se inclinó sobre ella, casi aplastándola. Lo dejó recostarse sobre sus suaves senos mientras lo acariciaba. Satoru iba a darse la vuelta cuando notó que Utahime al fin lo miraba.
Recordó su última conversación con ella esa misma tarde.
−Shoko no pudo hacerme ningún análisis en la mañana −le susurró mientras besaba la comisura de su boca, lamiendo su mancha de sus labios−. Iré a la habitación de Suguru después de verla.
Sus ojos se abrieron de sorpresa al verla levantar su mano llena de semen y acercarla a su boca. Satoru sintió que le arrancaban la capacidad de pensar del cuerpo, el rostro se le llenó de sangre al abrir los labios y chupar delicadamente los dos dedos que entraron en su boca y se movieron sobre su lengua.
Satoru fue cuidadoso de no hacer ruido aunque la música de la radio seguía sonando. Soltó los dedos de Utahime antes que la canción parara. Ella le sonrió en complicidad mientras chupaba los dedos que habían estado hace un segundo dentro de su boca.
Satoru dejó salir un resoplido acalorado. Se sentía fascinado, un poco enfermo.
El miedo se le combinó con la euforia. Todo era un desorden, al igual que su relación.
Funcionó.
−¿Ustedes se divirtieron? −Suguru murmuró aún contra sus senos, acariciando su cuello con besos suaves.
−Si −Utahime respondió, aún mirando a Satoru con una sonrisa. Satoru sintió su pecho hincharse de cariño y lujuria. La besaría después, cuando Suguru estuviera durmiendo−. Pasamos un buen rato.
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Notas: Quería que esto también tuviera un punto de vista de Utahime y Geto, pero se sintió como mucho trabajo lmao
Gracias por leer ;D
Ann.
