Senkuu observó la piscina de aguas termales con una amplia sonrisa. Esta vez, finalmente podría descansar.

No había tenido la oportunidad de estar allí desde que construyeron el primer spa del Reino Científico, que también funcionaba como un cómodo hotel a las afueras de la incipiente ciudad. Desde que lo abrieron, se había mantenido lleno de gente durante todos los días, y para un hombre como él, que se mantenía constantemente ocupado liderando los nuevos desarrollos científicos, habría parecido una total pérdida de tiempo. Sin embargo, esta vez Chrome, Gen, Ryusui y Yuzuriha habían aunado sus esfuerzos para obligarlo a tomarse unas vacaciones en un lugar que lo mantuviese lo suficientemente desconectado de todos, y ya que estaba ahí, aprovecharía la oportunidad que solo se le daba a esas alturas de la noche para meterse a los baños termales, completamente solo.

El agua debía estar a más treinta y cinco grados, considerando el vapor que emanaba y que le impedía ver el bosque que rodeaba la piscina natural. Senkuu ingresó lentamente a ella y se sentó en una de las orillas, estirando sus brazos ampliamente.

Pero por su puesto, su paz no pudo durar más de algunos segundos: en el momento en que vio una cabeza humana emerger a la superficie y quedarse congelada en su lugar tan pronto como se percató de que -al igual que él- no estaba sola.

A pesar de sentirse molesto por la situación, sabía que no era culpa de la otra persona estar allí, y no tenía por qué interactuar con ella. Mantendría la distancia e intentaría relajarse de todos modos.

Sin embargo, Senkuu se dio cuenta de que eso no sucedería cuando pudo distinguir una reconocida silueta femenina, cubriendo sus pechos con los brazos mientras se acercaba lentamente a él.

-Leona.

La chica se detuvo en seco al escucharlo. Todo su rostro estaba enrojecido por lo que Senkuu asumió que era el calor del agua.

¿Qué hacía allí?

-Esta es la sección de mujeres. -le comunicó.

Por la manera en que lo miró, debía estar profundamente indignada.

-¿Qué? No leí nada que indicaba que esta era la sección de mujeres. -se excusó él. -Además, está vacío.

-No está vacío. Estoy yo. -insistió ella. -¿Qué haces aquí, de todos modos?

-Aunque te parezca extraño, estoy de vacaciones. Ahora, ¿qué haces tú aquí?

-Yuzuriha, Minami y Chelsea me obligaron a venir de vacaciones aquí.

Ajá. Así que era eso. Tenía sentido. No era la primera vez que sus amigos intentaban darles "tiempo a solas" a ambos, convencidos de que Senkuu estaba interesado en Kohaku, y ella en él.

-No desvíes el tema. Estás en la sección de mujeres. Debes salir. -la leona volvió al tema.

-Hace frío afuera, ¿quieres que me muera de hipotermia mientras voy para la de hombres?

Kohaku ladeó la cabeza, quizás buscando en su repertorio mental a qué se refería con "hipotermia".

-No vas a morir de frío, tonto. -lo reprendió, y provocó una sonrisa involuntaria de parte del científico.

-Me quedaré aquí. Después de todo, todo esto fue idea mía.

-¡¿Qué?! ¡¿En serio vas a decir eso? -Kohaku agitó su puño, cubriéndose esta vez solo con un brazo.

-Estás siendo ridícula, leona. ¿Crees que haré algo? Tampoco puedo ver una mierda… el agua está llena de minerales. Si cada uno se mantiene lejos del otro estaremos bien.

Senkuu escuchó a Kohaku refunfuñar antes de darle la espalda.

-Quería estar sola. Ha estado repleto todo el día.

-¿Crees que no lo sé? No salí de mi habitación durante todo el día por lo mismo. Es la única hora en que puedo salir y relajarme.

El científico observó a la leona ponerse de pie, hasta que el agua cubría desde su cadera hacia abajo.

¿Cuánto tiempo llevaba aquí? Debía estar tan exhausta como él. Senkuu se sintió estúpido cuando se dio cuenta de que Kohaku se disponía a salir.

¿Por qué estaba tan molesta? Jamás la había visto así.

Pero luego, algo más llamó su atención.

-¿Qué tienes en la espalda?

La leona se sumergió de inmediato, quedándose quieta en su lugar. ¿Era eso lo que la acomplejaba tanto? Por lo que alcanzó a ver, su espalda se dibujaban cinco cicatrices que se habían enrojecido con el calor, y por la forma que tenían parecían ser de…

-No desaparecieron con la petrificación. -Kohaku explicó. -No me gusta que nadie las vea…

Senkuu tragó saliva. Eran las marcas que, en una época distinta, habrían terminado con su vida. El maldito de Stanley le había disparado por la espalda cinco veces con la clara intención de matarla, y el recordatorio estaba allí, a plena vista.

-Tú, sobre todo. Pero mi suerte es pésima. -continuó.

¿Cómo era posible que las marcas siguieran allí? Ni siquiera Hyoga las tenía. Ni siquiera él mismo. Senkuu se sentía tan molesto como intrigado por ese hecho.

-Kohaku. -Senkuu habló. Su voz sonaba más seria, inintencionalmente. -Acércate. Necesito ver qué puedo hacer.

-No te preocupes. Mis órganos están bien. Solo se ve mal.

-No seas terca, leona. -insistió.

-¿Ves? Por eso no quería que supieras.

Sin embargo, Kohaku no se alejó cuando Senkuu se acercó a ella, lentamente. Cuando volteó su cabeza para mirarlo, se veía profundamente acomplejada, y el científico decidió que eso no estaba bien.

-No voy a obligarte a hacer nada. Solo quiero ayudar. -le comentó Senkuu, súbitamente consciente de lo cerca que estaban y la desnudez de sus cuerpos.

-Está bien. -murmuró ella, cruzando ambas manos alrededor de sus pechos y poniéndose de pie.

Senkuu se paró silenciosamente, observando con atención los rastros de la guerra contra los americanos en la anteriormente tersa piel de Kohaku.

… No era como si él hubiese notado esto último.

Senkuu no creyó que fuese prudente preguntarle antes de llevar su mano a una de las heridas, y sentir sus irregulares relieves. Pero Kohaku no hizo nada más que estremecerse y quedarse allí, quieta, mientras la mano del científico se aventuraba a tocar las demás, solamente retrayéndose de ella cuando sintió la última, a la altura de su cadera, a la derecha.

-¿Listo? -la leona interrumpió sus pensamientos cuando el científico se quedó un tiempo de sobra observando los músculos de la espalda femenina, completamente marcados.

Por alguna razón, ver la espalda desnuda de Kohaku era bastante distinto a verla cuando estaba vestida o utilizando su antiguo sostén. Senkuu simplemente estaba admirando este nuevo descubrimiento, con motivos puramente científicos.

¿Cuánto tiempo llevaba sin estudiar anatomía humana?

-Sí. -respondió secamente.

¿Cómo se vería Kohaku de frente? ¿Serían sus pechos suaves y redondos? ¿Serían sus pezones del mismo color que sus labios?

-¿Y bien? -la rubia volteó su cabeza para mirarlo nuevamente. Ahora se notaba mucho más calmada.

¿Y bien qué?

Ah. Sí. Claro. Las heridas.

-Podríamos… intentar petrificarte unas cuantas veces hasta que sanen por completo. -Senkuu inventó.

-¿No sería una pérdida de tiempo? ¿Por qué crees que solo yo tengo estas marcas?

-Claro que no sería una pérdida de tiempo. Tú eres… -Senkuu lo meditó. -Mi mejor aliada.

Senkuu jamás se había detenido a pensarlo, pero ahora que lo había dicho, sabía que eso era simplemente una mentira. Kohaku no era solo su mejor aliada. Kohaku era su amiga, su confidente… Kohaku era la persona a la que…

Senkuu simplemente dejó de pensar en lo que fuese que estaba pensando cuando se percató de la emotiva expresión de Kohaku: esa expresión que hacía cuando entrecerraba los ojos, profundizaba su mirada, y empuñaba su mano sobre el corazón. El científico sintió entonces la urgente necesidad de besarla.

Y lo hizo. No le costó nada de trabajo simplemente dar un paso, inclinarse hacia la leona, sostenerla de la barbilla y juntar sus labios con los de ella.

Senkuu tan solo reparó en lo que había hecho cuando Kohaku abrió ampliamente sus ojos, y sus brazos cayeron abruptamente a los lados, salpicando a ambos. No se atrevió a hacer nada más cuando la rubia comenzó lentamente a girar su cuerpo, hasta quedar de frente a él.

-¿Es esto lo que quieres, Senkuu? -murmuró la leona, antes de llevar ambos brazos hacia los hombros del científico y acercarse hasta quedar piel con piel.

El calor del cuerpo de Kohaku y sus erguidos pezones rozándole el pecho, así como la intensa mirada de la rubia, incapacitaron a Senkuu para hablar.

-Pensé que no harías nada. Dijiste que estábamos mejor separados. -la leona continuó, con una sonrisa de burla impresa en su rostro.

Para cuando Kohaku lamió el lóbulo de su oreja, Senkuu ya estaba completamente duro.

-Necesito una respuesta. -insistió ella.

-Te quiero a ti. -el científico murmuró gravemente, rozando sus labios con los de ella. -Eres todo lo que quiero.

Kohaku lo besó con furia, como la que parecía sentir cuando lo encontró allí. A Senkuu aún le costaba creer que estaban devorándose mutuamente en un lugar donde cualquiera podría llegar y verlos, enajenados del resto porque esto era demasiado bueno para ser verdad.

Pronto parecía demasiado el tiempo el que Senkuu tardó en admitir que este era uno de sus mayores deseos. Uno que mantenía oculto por su propia cordura. Uno por el que no habría actuado si no fuese porque Kohaku estaba demasiado cerca, y lo había dejado ver y tocar su espalda sin cuestionarlo.

Quizá solo necesitaba ese pequeño empujón. Ese atisbo de certeza de que Kohaku también lo quería a él.

-Yo también te quiero a ti. -confesó ella entre besos, y la confirmación solo hacía que la situación se hiciera más hilarante.

La lengua de la leona danzaba atrevidamente por la boca del científico, haciéndolo enredarse con sus propias piernas y forzarlo a sostenerse de ella para seguirle el ritmo. Podía sentir los afilados dientes de la rubia morderle los labios, mientras que con las uñas había comenzado a arañarle la espalda. Senkuu realmente no esperaba menos de Kohaku, pero sí se sorprendió por la febril manera en que él respondía a sus agresivas caricias, acariciando su piel desnuda con nula delicadeza, como si quisiera consumirla ahí mismo.

Senkuu gruñó el nombre de Kohaku entre besos cuando ella se colgó de sus hombros, rodeándole las caderas con ambas piernas y sumergiéndolos a ambos en el agua, que ahora parecía hervir alrededor de ellos.

¿Cuánto tiempo más iba a pretender que jamás había pensado en las largas y musculosas piernas de la leona alrededor de él? Senkuu llevó ambas manos al firme trasero de Kohaku, acercándola más hacia él para sentir los suaves pliegues de la entrepierna de la rubia acariciando su erección.

Senkuu no sabía si estaba avanzando muy rápido o demasiado lento para su gusto, considerando que eran años los que habían pasado antes de cualquier contacto. Kohaku había comenzado a mover su pelvis circularmente, invitándolo a penetrarla, pero el científico no lo haría a no ser que ella se lo comunicase explícitamente.

-Vamos a la orilla. -propuso Kohaku en un susurro, mordiendo el labio inferior de Senkuu como si quisiese dejarle una marca.

El científico obedeció silenciosamente y los trasladó a ambos en la posición en la que estaban hacia la orilla, y cuando estuvieron allí, dejó que Kohaku lo empujase a la pequeña banca para trepar sobre él, dejándole ver ahora sus pechos y tonificado abdomen a la luz de la luna.

Senkuu podría haber hecho una acotación sobre la salvaje naturaleza de Kohaku al guiarlos hasta allí para montarse sobre él, pero se encontraba tan extasiado por la vista que solo esbozó una pequeña sonrisa antes de besar, suavemente, el espacio entre los pechos de la rubia, trasladando luego su lengua hacia cada pezón.

Sí eran del mismo color que sus labios, tal como imaginó.

-Senkuu. -Kohaku gimió. -Quiero que estés adentro mío.

El peliverde no pudo hacer más que gruñir ante su urgencia, sumada a la punta de su miembro entrando parcialmente en el interior de la rubia.

-Baja con cuidado. -advirtió Senkuu gravemente, llevando ambas manos a la cintura de la leona para ayudarla a guiarse.

Pero la impulsividad de Kohaku estaba al límite en ese momento, así que no pareció siquiera pensar en relajarse un poco antes de bajar de golpe alrededor de él, quejándose silenciosamente.

-Leona descuidada. -Senkuu intentó calmarla, acariciando su cintura con una mano, y con la otra acercándola por la nuca para besarle suavemente los labios.

El dolor en el rostro de la rubia era suficiente como para hacerlo olvidarse de su deseo por ella.

-No es necesario que sigas si te duele, Kohaku. -comentó el científico sobre su boca.

-Quiero seguir. -replicó ella. -Ya está empezando a sentirse bien.

Kohaku se despegó de los labios de Senkuu para mover sus caderas circularmente, provocando que el científico recordase súbitamente en qué posición estaban y lo húmeda, caliente y estrecha que se sentía la leona así. Con cuidado, se retiró parcialmente de su interior para entrar nuevamente, sacándole un suspiro.

Senkuu juraría que podría estar toda la vida así. Kohaku era capaz de suscitar emociones contradictorias con sus ideales en ocasiones, al mismo tiempo que era una invaluable compañera en todos sus proyectos.

Suponía que así debía sentirse amar a alguien de esa forma.

Senkuu imitó los movimientos de los dedos de Kohaku sobre su clítoris, ansioso de aprender la manera de darle todo el placer que merecía, y de oírla gemir y gritar; sentirla retorcerse alrededor de él; y ver en sus ojos dilatados el éxtasis de su orgasmo. La leona saltaba enérgicamente sobre él y el científico no quería quedarse detrás; quería correrse en el mismo momento que ella, en un acto simbólico que acababa de crear en su cabeza.

Y valió realmente la pena, tocarla hasta el orgasmo y correrse dentro de ella sin pensar en las consecuencias, imaginando que cualquier cosa que se les viniera encima no significaría un problema si estaban juntos.

¿Lo amaría ella de la misma manera? Kohaku lo miraba, jadeante, a través de sus ojos nublados.

-Senkuu. -habló la rubia, suavemente. -Creo que nuestros amigos tenían razón.

-¿En qué? -el científico preguntó tras unos segundos, aún dentro de ella.

-En que estoy enamorada de ti, duh… -replicó, como si fuese algo más que obvio.

-Pensé que dirías en que necesitábamos relajarnos… -se excusó.

Kohaku pareció más decepcionada que divertida por su respuesta.

-Y claro que yo también lo estoy, leona. -complementó.

-¡No soy una leona!

Pero en realidad, sí lo era. Nadie era tan fuerte, tan protectora y apasionada como Kohaku. Nadie podía ser tan difícil de manejar como la reina del mundo de piedra.