Esta historia participa en la actividad "X(más)1" del foro "El feliz grupo de hambrientos".
Descargo de responsabilidad: Akatsuki no Yona pertenece a la maravillosa Kusanagi sensei. Estas líneas sí son mías.
Prompt: 3 veces en que Yoon fue sanador y la vez en que no.
What-If: Yoon se quedó en Kin y no regresó al Castillo Hiryuu.
.
UROBORO
1. El aficionado
Cuando Yona conoció a Yoon, no fue en las mejores circunstancias. O quizás sí, si se considerara que, sin la intervención de Yoon, Hak no estaría vivo y, probablemente, ella tampoco...
Cómo de retorcidos e inextricables habían de ser los hilos que tejían los dioses para guiar, en un valle escondido de los ojos del mundo, los pasos de un muchacho que soñaba con ser médico hasta dos cuerpos inconscientes caídos desde un acantilado. Desde entonces, cada intervención de Yoon —cada venda y cada reprimenda— había sido más que oportuna para mantenerlos vivos. Awa, Katan, Shisen, Kushibi, la frontera con Xing… Las ocasiones habían sido tantas que Yona no podía dejar de preguntarse si Yoon también tendría su parte en la profecía… Quizás no como los demás, pero sí desde las sombras, desde detrás del escenario principal.
En cualquier caso, Yoon siempre fue mucho más que sanador de cuerpos. Era cuidador de almas, cocinero, peluquero, sastre remendón y 'madre' rezongona, pero al cabo, la única madre que recordaría este feliz grupo de huérfanos hambrientos.
2. El estudiante
A raíz de los eventos de Xing y de su pacto con Soo-Won y Kye-Sook, el acariciado sueño de Yoon se cumplió. Yona lo vio entrar como aprendiz de medicina en la corte y sonrió al recordar que, ahora, por fin podría leer todos los libros del mundo.
Esto era imposible, desde luego. Cuando Yoon puso el pie por vez primera en la biblioteca imperial, su corazón dio un vuelco en el pecho y los ojos se le abrieron de par en par. En su morral, sin embargo, juntos con hierbas, vendas y ungüentos, seguía atesorando aquel viejo y estropeado manual de medicina que Ik-Soo le regalara tiempo atrás.
Yoon se convirtió entonces en estudiante, en investigador, y dejó bien claro —una vez más— que su principal objetivo era la salud, ya fuera la de una criminal como Mei Nyan o la del mismísimo Soo-Won, sol de Kouka.
El erudito que siempre estuvo destinado a ser jamás olvidaría algo como eso.
3. El médico de campaña
En la provincia de Kin, Yoon se unió al improvisado barracón donde se cuidaba de los soldados heridos en combate, enfrentándose ahora más que a cortes y rasguños. Torsos atravesados por las flechas, miembros cercenados, cuerpos quebrantados por la inundación, almas rotas y exhaustas…, Yoon los atendía sin descanso, sin reparar en si eran amigos o enemigos, hombres libres o cautivos, porque toda vida era preciosa para él.
Pero cuando los vivos empezaron a volar y a estrellarse contra el suelo, Yoon —de nuevo— hubo de atestiguar la maldad del corazón humano.
—Esto es la guerra —le diría Soo-Won a Yona.
1. El guerrero
Yoon detestaba la violencia, más allá del ocasional cucharonazo en la cabeza para defender sus guisos. Sin embargo, de vez en cuando regresaba —tan solo para atormentarlo— el recuerdo de sus días de desesperada hambre cuando le estampó una piedra en la cabeza al pobre e ingenuo Ik-Soo para robarle su oro.
Es más, desde que viajaba con su nueva familia, le había tocado ser testigo de la violencia constante, de la que ellos infligían y de la que también recibían. Su corazón sufría por ellos cada una de las veces, y la última imagen de Hak, exhausto y al borde del colapso, firme contra el enemigo, lo perseguía en sus pesadillas.
Ahora, Yoon apenas advertía el horroroso sonido de las catapultas, ni el metálico sonido del combate en la explanada. Solo el rumor de las voces de los ejércitos le llegaba claro, como el rugido de una marea viva. Él corría de un catre a otro, entablillando huesos rotos, cauterizando al fuego muñones desgarrados, aplicando sus dotes de costura en costados y vientres. De vez en cuando, una palabra de ánimo para aquellos —los menos— que aún conservaran la consciencia.
Fue así que, ocupado como estaba, no se dio cuenta del momento exacto en que soldados de Kai habían entrado en el barracón, pero cuando alzó el rostro los vio moverse por los catres, ejecutando a los pobres convalecientes.
Unos pocos civiles, personal sanitario como él, les salieron al paso, tratando de proteger a los heridos, pero cuando los recién llegados se inclinaban sobre los lechos de aquellos que no podían defenderse —sus pacientes— y segaban sus vidas y sus cuellos, la visión de Yoon se tornó roja y en su pecho sintió quebrarse como el cristal su confianza en la humanidad.
«Así es la guerra», se dijo, y la tristeza se entreveraba con la ira, llenándolo todo.
Como en un sueño que soñara otro, distante y ajeno, tomó la espada del soldado al que había estado atendiendo y Yoon imitó entonces, sin ser consciente de ello, los movimientos que les viera hacer tantas veces a sus compañeros, blandiendo la espada con más fortuna que pericia, abriéndose paso entre la sorpresa y la sangre, y, al fin, la arremetida directa a la sonrisa malévola del que apuntaba su acero contra los indefensos. El chasquido seco, quebrando el hueso, vino primero, y luego, el ruido húmedo de la hoja hundiéndose en el cráneo. Después, ese instante efímero en que los ojos perdían la chispa de la vida y se tornaban opacos. Yoon apretó los dientes mientras mantenía la espada allí —con fuerza, con rabia—, contra un hombre muerto, hasta que este se desplomó y cayó al suelo. Yoon tropezó y casi cayó con él, la ira aún sacudiendo su cuerpo en oleadas. Vio sin ver las formas borrosas de gentes del pueblo irrumpiendo en el barracón y, un momento después, los ojos dorados de Shin-Ah, apartándolo de allí.
Más tarde, cuando todo hubiera pasado, cuando solo se oyera ya el lamento de los heridos y las armas hubieran caído al suelo, Yoon soltaría también la espada, tomaría su morral y haría lo que siempre había hecho: atender a estos desgraciados sus heridas.
Yoon, con un suspiro exasperado, trataría de ignorar el temblor de sus manos manchadas.
