Resumen completo:
Izuku es un hombre que ha debido camuflarse bajo telas de seda y cabello largo, viviendo una vida que no fue diseñada para él con tal de sobrevivir a la guerra.
Subsistiendo entre escombros y engaños.
Katsuki es un kamikaze que no culminó su mision con éxito y ahora deambula bajo la deshonra de la derrota. Tras ver a su nación invadida por los americanos, pasa sus días ahogado en alcohol, con el anhelo de terminar con su vida.
Hasta que su camino turbulento desemboca en una casa de geishas y decide ingresar como última voluntad.
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➤Ambientado en Japón 1947
➤No IzukuFem
➤Ship: Katsudeku, TodoMomo (Leve)
Parte I
1947, Kioto, Japón.
La nación había caído, llevándose a cuestas a todos sus ciudadanos, bañándolos en vergüenza y deshonor. Katsuki siente la suciedad corroerle cada que camina por las calles, viendo los escombros de lo que una vez fuera un imperio grande y orgulloso, hoy infestado de americanos que no hacen más que contaminar a su gente.
A dos años del término de la guerra, muchas casas continuaban destruidas, dos ciudades aun luchaban por sobreponerse a la radiación y al menos la mitad de la población intentando sobrevivir en las calles. El desempleo es gigante, así como el sinsabor de la derrota con el que deben convivir. Mucho más para alguien como él, el ente de un soldado.
Un kamikaze frustrado.
¿Cómo explicar que su misión suicida no se logró?
¿Qué fue patéticamente capturado?
No hay día en que no se arrepienta haber sobrevivido tras estrellar su avión contra el enemigo. Quedar con lesiones graves, pero vivo, encerrado en campo enemigo antes de hacerle frente a la noticia que nadie esperaba: Japón se rindió.
Habían luchado en vano por años, perdido los territorios conquistados en el continente asiático. Perdiendo incluso, su propio territorio.
Katsuki siente alivio al no haber regresado de inmediato a su país. No hubiera tenido el valor de ver en los ojos de sus compatriotas la vergüenza de la derrota. Llegar humillado, sintiéndose un inútil por haber luchado y obtenido ese resultado.
Diecinueve meses le habían condenado por crímenes de guerra.
Reintegrarse a la sociedad tras cerca más de dos años lejos, era lo peor que pudo depararle la vida. La deshonra continuaba en los ciudadanos, los movimientos de personas que no aceptaban el resultado eran frecuentes; pero al final, es la mayoría la que acepta la perdida con vergüenza y decide continuar. Aun si eso significa estirarle la mano al enemigo suplicando comida.
Una mierda.
Katsuki prefiere mantenerse anestesiado bajo los efectos de licor barato, a ser consciente de que su nación se diluia en una admiración asquerosa hacia los americanos. Incluso Kioto, sin ser la capital, tenía a la amenaza extranjera pululando por todos lados. Visitando sus templos, divirtiéndose con sus mujeres. Los negocios se atiborran de ellos y muchos se fuerzan a aprender su idioma con tal de escalar un poco más que otros. Lamentablemente, no podía culpar a aquellos que agachaban la cabeza por algunas monedas.
Aunque ese no era su caso.
No había honor en la derrota, ni fiesta que hacer por haber sobrevivido a la gran guerra. Él solo busca morir de una manera decente y recobrar la honra en su nombre.
Apenas lleva unos días en libertad y ochenta dólares que ganó apostando con unos marinos. Ha pagado un mes de alquiler por una habitación diminuta, lo demás lo malgastará en alcohol y diversión.
Probablemente termine muriendo de hambre o cirrosis antes que logre decidir como acabar con él mismo.
Da un trago largo a su botella, mientras camina por la calle iluminada de Gion Kobu. El placer y entretenimiento fluctúan en el aire en medio de lo que en antaño fuera un barrio solo de geishas. Ahora se veía lleno también de prostitución y venta de alcohol en cada pequeño espacio.
Escupe al piso, muy cerca de uno de estos lugares donde los ganadores se divierten junto a mujeres que llevan el kimono bajo los hombros, tanto o más ebrias que ellos.
Detestables.
Camina con descuido, golpea los hombros con todos los que transitan, oye algunos insultos que ignora. Los mira con desprecio.
De pronto, una vivienda llama su atención por la inusual propuesta que ofrece. No es una casa de té, puede reconocerlo fácilmente, sino una okiyaacondicionada como tal.
Y eso es más detestable.
Katsuki ha crecido en el campo, donde de geishas solo se habla cuando alguien ha vendido a una de sus hijas. Apenas las ha llegado a ver en pero a, luego de enlistarse en el ejército y arribar a la ciudad para sus entrenamientos; aunque nunca ha pagado por ellas. Un soldado de tan bajo estrato jamás podría acceder a una y por eso mismo, le causa curiosidad que en esta casa se venda alcohol y quienes atiendan sean ellas, las geishas.
Que tan bajo pueden haber caído esas mujeres vanidosas, acostumbradas al lujo y hombres de estatus, para ahora servirles a los americanos.
Chasquea con la lengua.
No es mi problema, se dice, y es el momento en el que rueda los ojos, presto para continuar su andar, que logra dar con el llamativo encanto de una de las mujeres. Una joven de ojos verdes que capta su atención y, antes que un cliente se cruce entre ellos, ella también le ha mirado.
Automáticamente lleva una mano a su bolsillo, contando al tacto el dinero que le queda. Si ya ha decidido ponerle fin a sus días, al menos podría darse un lujo que la crisis está haciendo posible. Sabe que la necesidad ha llevado algunas mujeres a prostituirse y no tiene reparos en gastar sus últimos yenes en pasar una buena noche con esa muchacha.
Ingresa al lugar, notando de inmediato que su primer pensamiento ha sido cierto: es una okiya acondicionada. No ostenta ni la mitad del glamour que hubiera creído, solo un salón tradicional amplio con unas cuantas mesas ubicadas en medio y los asientos en el piso. La música fuerte; los hombres, entre japoneses y americanos, ebrios, sin porte ni elegancia. Las geishas con los kimonos ligeramente desgastados y sus rostros con menos maquillaje del que deberían.
Resopla.
Observa el salón de un lado a otro, sin nadie que se aproxime a guiarlo a su lugar, porque es deber de ellas atenderlo desde el ingreso. Es entonces, cuando sus ojos recaen en que solo son cinco mujeres para más del doble de hombres y que, solo la muchacha de los ojos verdes ha notado su presencia.
Él le sonríe de lado, sintiéndose halagado de que su presencia haya captado la atención de ella por encima del resto de clientes.
–¿Espera más compañía, mi señor?
Katsuki gira rápido a observar al lado suyo. Una mujer mayor es quien le dirige la palabra, tiene cabello negro, amarrado, de porte rígido. Rápidamente la reconoce como la okaasan.
–No.
–Permítame ubicarlo en una mesa –se une alguien más y resulta agradable que al voltear, tenga a la joven con la que ha topado mirada hace un instante.
Ella le toma del brazo con mucha delicadeza y le guía dentro.
Las mesas dejan poco espacio entre ellas a pesar de no ser muchas. Las mujeres se dividen por aquí y por allá, sirviendo los bocadillos, entablando conversaciones. Siendo coquetas como ningunas. Los shojis abiertos a un lado permiten ingresar el aire fresco en medio del calor del verano. La temperatura es alta aun de noche. La joven le acomoda cerca a esta zona abierta, en una mesa pequeña.
–¿Puedo saber su nombre?
–Bakugou Katsuki –responde, tomando asiento.
–Bakugou-sama, yo soy Izumi –le sonríe, haciendo una reverencia– ¿Qué desea ordenar?
Lo primero en pedir es sake. La muchacha asiente antes de retirarse. Katsuki observa su figura delgada alejarse y piensa que, si ese fuese un burdel, el ambiente sería distinto.
¿Podría haber pensado mal?
Se distrae observando el jardín. Luce espacioso, con un pequeño estanque a un lado. Imagina que la casa debe ser igual de grande y, en su época de gloria, debió albergarse muchas más mujeres de las que tiene ahora.
Frunce el ceño cuando oye el inglés mal entonado de una de las geishas. Le ve de soslayo, riendo plácidamente con un americano. Se queda observando la dinámica unos minutos, notando que no sucede nada fuera de lugar, nada que llame a tener otras intensiones con ellas. Las mujeres son coquetas y conversadoras, pero ninguna se acerca de más a los hombres, ni les tocan o permiten que lo hagan.
Katsuki suelta un chasquido, recriminándose mentalmente de malgastar su dinero solo en una plática vacía.
Izumi regresa con su pedido. Se acomoda de rodillas a su lado en la mesa, colocando la botella de sake y el guinomi.
–¿Y que lo trae por aquí, Bakugou-sama? –comenta en tanto le sirve la bebida.
La conversación fluye con dificultad. Es ella quien la lleva, como su oficio manda; Katsuki, por su lado, se limita a responder y hablar muy poco. Sus ojos contemplan cada pequeño detalle de la mujer, como la sonrisita tímida que esboza cada que le responde con monosílabos. El leve tartamudeo que suelta cuando ya no sabe que más decir. Sus labios teñidos de rojo se mueven con gracia cada palabra que pronuncia y por momentos, presiona el inferior entre sus dedos, inconsciente de lo seductor que puede resultar ese tic.
La luz es baja, aun así, ha notado algunas pecas que se rehúsan a camuflarse con el maquillaje. Le parece atractivo llegar a imaginársela en un ambiente más casual, sin la piel pintada de blanco, con el cabello suelto enmarcando su rostro pequeño lleno de pecas y los hermosos ojos verdes que tiene.
Por momentos, Katsuki baja la mirada por su cuello tinturado de blanco, fantaseando también con lo que guarda debajo de tantas capas de tela. Imagina quitándoselas una a una, lo erótico que ha de ser ir descubriendo ese cuerpo con lentitud.
–Es usted de pocas palabras, Bakugou-sama.
No responde, solo afirmando moviendo la cabeza, sin quitar la vista del límite exacto que forma el cuello del kimono con su piel. Acomoda su posición, moviéndose un poco en su propio sitio. La tela del pantalón ha empezado a tirar en la entrepierna y debe ser un completo pervertido si admite que una mujer que solo le ha mostrado el rostro y las manos, le ha puesto así de duro.
–¿Sucede algo?
Ha bebido desde muy temprano y el sake ha terminado por rematarle. Su cabeza se siente ligera y lo suficientemente inconsciente, como para tantear el terreno con esa mujer. Lleva una mano sobre el muslo de Izumi. Ella enmudece, baja la mirada hacia su mano, luego, sube a su rostro.
Su expresión no cambia, la de Katsuki tampoco.
Nadie dice nada. Nadie hace otro movimiento. Permanecen estáticos por varios segundos, solo oyendo la música de fondo, las risas y el idioma extranjero.
Entonces, Izumi toma su mano y la quita de su regazo.
–Pague la cuenta y cuando okasan salga, siga el camino del engawa. –es lo último que dice antes de retirarse, atravesando el shoji.
Katsuki parpadea incrédulo.
No comprende del todo lo que acaba de suceder. La mujer no ha dado un precio y sus palabras le hacen dudar de lo "permitido" que sea eso. Sin embargo,no replica, obedece.
Paga la cuenta. Finge tomar sake y cuando la dueña de la casa se encuentra distraída hablando con unos clientes, sigue el camino que Izumi le dijera.
Camina por el engawa arrastrando los pies, sin hacer ruido. No sabe excantante hacia donde se dirige, solo continúa siguiendo las instrucciones. Al final del recorrido, en la misma esquina de la casa, ve el shoji entreabierto. Izumi está dentro, la luz apagada.
–Entre –le cede el paso.
Katsuki ingresa, notando gracias a la luz exterior, que se trata de un almacén. En el piso, hay un futón extendido, pegado en una esquina. La mujer cierra la puerta, cortando toda visibilidad.
–No veo nada –se queja.
–Es mejor así –siente la mano de ella sujetarle– permítame guiarlo.
Le sigue con precaución, cuidando no hacer ruido o hacer caer algo. En el momento en su pie toca el futón, Izumi le suelta. Sus ojos ya se han acostumbrado a la oscuridad y logra ver su silueta acostándose. Luce como algo irreal, tener una mujer tan bella delante suyo, ejerciendo aquella profesión.
Katsuki se arrodilla entre sus piernas, sin dejar de contemplarla, imaginando sus rasgos con mayor nitidez de la que la oscuridad le permite. Las manos delicadas de la muchacha toman el borde de su pantalón, desabrochándoselo.
–No tiene permitido besarme –informa, con el sonido de la cremallera abriéndose– tampoco puede desnudarme.
Izumi pone las reglas, mas no un precio y Katsuki no pretende preguntarlo. Teme que no le alcance el dinero y deba cerrar las puertas de ese paraíso; prefiere ignorar el detalle y preocuparse luego.
Presiona los labios, soltando un sonido gutural cuando la mano suave de la mujer toca su miembro. Sus dedos finos le envuelven en movimientos rítmicos y deliciosos. Katsuki no se queda atrás y si no puede besarla ni desvestirla, al menos va a tocarla. Le toma de las piernas, alzándoselas sobre sus hombros.
–¡No! –exclama muy bajito.
Katsuki no se detiene. Sus manos acarician la piel, subiendo y bajando por las extremidades escurridizas. Él le sostiene con fuerza los muslos, impidiendo que siga moviéndose, y muerde suave la pantorrilla cuando la sacude golpeándole el hombro.
–No puede hacer eso –se resiste agitada, retorciendo su cuerpo por detenerle.
Izumi usa sus piernas para alejarlo y él ejerce fuerza en ellas, intentando que se quede quieta. Es en medio de esa lucha confusa, que Katsuki sostiene sus caderas, pasando las manos bajo el kimono.
Sintiendo algo que no esperaría este ahí en una mujer.
Y Katsuki toca adrede nuevamente, solo para cerciorarse.
No es posible.
Una bofetada le cae en reproche.
–¡¿Qué cree que hace?! –le grita, ofuscada. Izumi se alza, quedando sentando en el futón. Su respiración agitada, la ropa desaliñada–. Vo-voy a pedirle que se retire.
–No me retiro ni nada –informa, ebrio. Fija los ojos en ella y sonríe de lado. Avanza un poco, rozando el dorso de su mano en el tobillo de la que creía mujer– el escándalo que sería si se enteran que engañan así a sus clientes.
–No sé de qué habla –retrocede hasta golpear contra el muro, retrayendo sus piernas–. Por favor, retírese.
–Entonces no te importa –Se pone de pie con dificultad, camina hacia la salida. Abre el shoji–. A los americanos les encantara saber quién les ha estado coqueteando todo este tiempo.
–¡Espere! –esta vez su voz sí sale alta. Katsuki se gira a verla– ¿Qué quiere?
Por un instante, piensa en pedirle continuar con lo suyo a cambio de su silencio. Mas no lo hace.
El shoji abierto permite ingresar la luz de la noche, espolvoreando suave el interior de ese deposito. La imagen de la muchacha... de él, le desequilibra los prejuicios. Sentada de lado en el futón, con el peinado desecho y unos mechones largos cayéndole sobre el rostro. Sus ojos vivaces, suplicándole por silencio con cierta rencilla. Los labios entre abiertos, el kimono desarmado, mostrando su hombro y el contraste que hay entre su color de piel natural y el maquillaje blanco. Las piernas expuestas con el kimono recogido tras la lucha.
Katsuki encuentra más placentero continuar viendo esa figura, que satisfacer su lívido una noche.
–Avisa a tu okaasan, que cada que venga, me atenderás tú –demanda, sacando un trato ventajoso para ambos– y todo lo que consuma, será gratis.
Se retira, dejando al joven en la oscuridad.
...
Katsuki sabe que okaasan conoce de sus demandas cuando, tras verla sonreír a unos americanos, el rostro se torna serio al tenerlo a él a su lado. Le mira de pies a cabeza con desprecio, labios fruncidos. Da una calada a su pipa larga, inhalando con mucha paciencia, para luego echarle el humo en la cara.
–¡Izumi! –grita, alzando su voz por encima de la música y el bullicio.
El joven los mira, portando la misma gracia que el día anterior. Su cabello bien arreglado, sujetado en un moño alto, el maquillaje pálido y labios rojos. Realiza una reverencia a su cliente de turno y se aproxima a ellos. Suspira exhausta cuando está cerca, haciendo notar su fastidio. Otra reverencia, un "sigame" y le ubica en la misma mesa de la esquina. Toma su orden, se retira y poco después regresa con el sake y bocadillos que ha pedido. Una vez termina con ello, procede a retirarse; pero Katsuki es más rápido en jalar del borde de su kimono.
–Siéntate.
–No puedo, debo trabajar.
–No te he preguntado.
Silencio.
El joven maquillado le mira, como esperando que solo le suelte. Katsuki no lo hace.
–Debe estar bromeando.
–Siéntate –muerde una gyoza–, sino abstente a las consecuencias.
Izumi mantiene la mirada. Respira sonoramente, labios fruncidos. Exhala largo y acata contra su voluntad, tomando asiento sobre sus rodillas al lado suyo.
Su mala vibra permanece inquebrantable.
–¿No vas a servir el sake? –desliza el guinomi.
Nota en sus ojos la expresión encolerizada y Katsuki quiere reír de hacerlo rabiar. El joven le sirve con la misma ceremonia con la que atiende a sus otros clientes, mientras él sonríe soberbio. No se equivocó en ofrecer esa alternativa a su acuerdo; hay mayor goce en probar la paciencia de una persona llevando él las riendas, que solo satisfacer sus bajas pasiones.
–¿Cómo te llamas?
–Izumi.
–El real.
–Izumi.
–Creo que no entiendes tu posición aquí.
–Creo que tú no entiendes mi nombre.
Katsuki bufa. Da por cerrado ese tema, no es como que le causa gran interés conocer su nombre verdadero.
–¿Cómo terminaste aquí? –inquiere, engullendo otra gyoza.
–No lo sé.
Enarca una ceja.
–¿Cómo que no lo sabes?
–Siempre estuve acá, no tengo más recuerdo que este lugar.
–Uhm –mastica– te abandonaron.
No responde.
Katsuki tienta los limites una vez más.
–Y entonces decidiste cambiar de sexo y prostituirte.
Izumi le mira molesto.
–Si no hablas, solo saco conclusiones.
–No estoy aquí para hablarte.
–Ah ¿no? Pensé que esa era tu labor.
–Lo es cuando me pagan por ello –recalca molesto.
El silencio vuelve a reinar tras eso.
...
Son tres largos días en los que Katsuki sobrelleva lo evidente: Izumi le detesta.
No logra comprenderlo del todo.
No es como que hubiera hecho algo tan grave. No le ha insultado ni ofendido, ni siquiera pidió sexo a cambio de silencio y ciertamente, cree que el joven hubiese preferido aquello antes que atenderlo a diario. La dinámica es la misma siempre, guiarlo a su mesa, traerle lo que ordene y sentarse a su lado hasta que él decida cuando fue suficiente de su estancia. Que suele durar hasta que la okiya cierra.
El trato de Izumi también se mantiene constante, sobrio y distante. Responde con monosílabos y no pierde oportunidad en hacer alusión a que se retire rápido.
Aun con eso, no da marcha atrás a su proposición.
No es una mujer para que tenga condescendencia con él.
Arroja su cigarrillo al suelo, pisándolo con el taco de su zapato e ingresa a la okiya. El ritual de siempre inicia con la mirada despreciativa de okasan, pero todo cambia de pronto cuando grita.
–¡Ochako!
Katsuki enarca una ceja. Ve a una muchacha de cabello castaño acercarse.
–¿Dónde está Izumi?
–Se encuentra indispuesta –responde la mujer mayor– llévalo a la mesa de la esquina –le ordena a su subordinada.
La muchacha, tan menuda como Izumi, le sonríe con mejor ánimo. Hace una reverencia educada y le guía hacia su mesa. La rutina se mantiene entonces, con la mujer trayéndole de beber y comer, para luego sentarse a su lado.
Inicia una plática que no le llama la atención. Sonríe nerviosa, también tartamudea un poco. A Katsuki se le hace una burda actuación por querer lucir inocente.
–Vete –agita su mano echándola –no quiero hablar contigo.
La muchacha no luce molesta ni ofendida como esperaría. Sino que parece afligida por sus palabras, con los ojos avellana cristalizados. Pierde la sonrisa, hace una reverencia y se retira.
Katsuki siente algo de culpa cuando la ve irse no hacia otra mesa, sino dentro de la okiya, a la zona privada.
Quizas se ha confundido con la muchacha.
–Tch.
Da igual.
Continúa bebiendo, observando el circo en el que se ha convertido su país. En ese salón, hay más extranjeros que japones. Es asqueroso caer en cuenta que ahora son los americanos quienes disfrutando cosas que antes, solo les pertenecían a ellos. Aborrece verlos divertirse en su país, bebiendo de su sake y comiendo sus alimentos con las manos incapaces de usar los palillos. Son escandalosos e irrespetuosos. En más de una ocasión les ha visto intentando abrazar a las chicas de la okiya, buscando tocarlas en todo momento. Ellas se muestras nerviosas, los alejan y sonríen tímidas tomando distancia.
Refunfuña maldiciones desde su lugar.
Se termina el sake y pide otra ronda, en tanto sus ojos continúan escudriñando el basurero en el que se encuentra.
Si tan solo hubiera estrellado su avión correctamente.
El recuerdo le hace más insoportable su existencia y rápidamente, tiene una ronda nueva de sake en su mesa.
Las horas pasan, las personas hacen gala de sus peores modales por el alcohol y Katsuki no es la excepción. Las geishas intentan manejar lo mejor que pueden las situaciones difíciles con los hombres ebrios y Katsuki aprovecha esa confusión para inmiscuirse dentro de la casa, queriendo escapar de la mierda en la que se ha convertido todo.
La okiya, su vida, el país...
Encuentra las escaleras casi al final del corredor. Sube golpeándose con las paredes de ambos lados, el sake siempre en su mano. Llega a un pasillo que distribuye las habitaciones. El estilo tradicional limita su vista a paredes de papel a ambos lados y es la leve abertura en una de ellas, que le indica la habitación que busca.
Una tibia línea de luz se filtra al oscuro pasaje.
Katsuki camina hacia ese lugar, aun sin comprender del todo sus motivos para hacerlo. Solo es un idiota inconsciente movido por el alcohol.
La dureza con la que desliza la puerta, hace que la persona dentro se sobresalte.
–¿Qué hace aquí?
Izumi le mira sorprendido, sentado sobre el futón, con un libro en las manos. El yukata gris resalta su piel blanca y el cabello ondulado cae sobre sus hombros hasta su pecho. Los ojos de Katsuki recaen rápidamente sobre el tobillo del joven, que se encuentra vendado.
–No quiero estar abajo –ingresa, caradura.
Toma asiento en el tatami, apoyado la espalda en la pared.
Izumi cierra el libro.
–Tienes que irte, no puedes estar aquí.
Katsuki le resta importancia a sus palabras. Lleva la botella a sus labios y da un trago largo.
–¿Me estas oyendo?
Continua sin obtener respuesta.
Bufa, frustrado. Intenta ponerse de pie, suelta un gemido de dolor y Katsuki ve en la venda una pequeña mancha oscura.
–¿Qué te sucedió?
–No te importa –logra alzarse con dificultad, ayudándose con las estructura de madera de la pared.
–Te vas a lastimar.
Izumi le ignora, imitándole. Se acerca a él y le toma del brazo, queriendo arrastrarlo fuera, mas no puede. Bakugou no solo es un hombre grande, sino también fuerte. Lo ha notado antes, cuando forcejearan en el depósito; no por eso se desmotiva, usa todas sus fuerzas en querer moverle.
Lo logra, aunque no por mucho. El ex soldado jala de su brazo, haciendo que él trastabille y caiga aparatosamente.
Katsuki abre los ojos grandes, dándose cuenta de la estupidez que acaba de hacer, siendo que el muchacho se encuentra herido. Se aproxima a ayudarlo, extendiéndole una mano.
–¡No me toques! –empuja su mano. Gira a duras penas sobre su cuerpo, su rostro se contrae en un gesto de dolor.
Pero no llora.
Quedan en silencio.
Izumi no intenta echarlo nuevamente. Cubre su tobillo con la sabana, evitando que vea la sangre que ha manchado las vendas. Vuelve a acomodarse en el futón como estuviera antes de que el intruso llegara, leyendo su libro. Katsuki tambien retoma su lugar, viéndole con desaprobación mientras bebe. Ni siquiera puede adivinar lo que piensa la chica, únicamente intuir los sentimientos de molestia que irradia en sus ojos verdes.
–¿Lo hizo un cliente? –inquiere, de pronto. Con un tono calmado.
–Ellos no nos tocan nunca.
–¿Segura?
–No de esta manera.
–¿Y sí de otra?
–¿Que intentas decir?
–Son tus propias palabras las que uso.
Izumi frunce los labios, el gesto serio.
–Entonces... ¿Qué sucedió?
Duda si contestar. Pero piensa que mientras más rápido absuelva sus dudas, más rápido se ira.
–El camino al estanque quedó inestable tras la guerra–comenta sobre el pequeño estanque que tienen en el jardín– La madera cedió y me caí.
Katsuki da otro sorbo a al sake.
–Bueno, al menos no tendrás que andar soportando a los extranjeros por un tiempo –relame sus labios, saboreando la esencia del licor– podrías quedarte así un poco más y descansar.
–¿Está demente? –frunce el ceño– mi deuda solo aumentaría si no trabajo.
El más grande bufa, con notas de burla.
–En estas casas todo se resume en deudas y deudas.
–Somos personas abandonadas con una okaasan que nos brinda todo –responde agresivo– tengo qué comer gracias a ella, los kimonos que uso me los dio ella, esta casa e incluso el sake que bebes es de ella. Todo eso suma a mi deuda.
En ese momento, Katsuki recién cae en cuenta que durante esos días ha vivido a expensas de él.
En un país en donde la gran mayoría lleva la pobreza al hombre, donde luchan por sobrevivir, donde su vida y la de muchos es una mierda, no le parece muy justo lo que ha hecho. Desconoce totalmente las razones que han podido llevarle a vestir de mujer, pero asume que, si ha mantenido esa fachada aun con todo lo que esa casa le pone en contra, ha de ser que no había otra opción.
Una vez termina la botella de sake, se retira de la habitación en total silencio.
...
Bosteza soñoliento, frotando sus ojos que luchan por acostumbrarse a la ligera iluminación que atraviesa la ventana de papel. Estira el cuerpo despabilando y deja caer sus brazos fuera del futón.
Queda pensativo, como la mayor parte de las mañanas al levantarse, cayendo de a pocos en su vida. Cuando ve el armario frente a él, sabiendo que dentro, solo hay kimonos y no ropa acorde a lo que es. Un hombre.
Aunque no lamenta su decisión haciendo lo que hace, siempre hay momentos de nostalgia en los que no puede hacer más que preguntarse qué sería de él si no fuera Izumi.
¿Sería como los hombres que pagan por ellas?
¿Habría muerto en la guerra?
No sabe que decisión hubiera sido la más acertada o la más fácil para seguir adelante.
La risa de sus hermanas le despabilan los pensamientos. Toma asiento, mirando el reloj. Todavía es temprano para el ajetreo que están haciendo. Sale de la habitación preguntándose qué ha podido despertar el interés de ellas a esa hora de la mañana.
Camina con dificultad, cuidando su tobillo. El esfuerzo de la noche anterior había ocasionado que el dolor volviera y la herida suturada, sangrara. Culpa totalmente al tonto cabello de paja que insiste en ir a diario.
Arrastrando el pie derecho, ejerciendo el mínimo de esfuerzo, mientras va hacia la habitación de Momo, la mayor de todas.
Encuentra ahí al resto de sus hermanas amotinadas en la ventana que da al jardín. Ellas ríen y cuchichean.
–¿Qué sucede?
Las muchachas se giran a él. Se miran entre ellas y cubren sus bocas, retomando las risitas cómplices.
–Creo que alguien ya tiene un danna. –comenta Mina, la segunda en edad entre ellas.
–¿Eh? –curva las cejas, confundido. Automáticamente, sus ojos viajan sobre Momo, la única que oficialmente podría tener uno.
Ella es una geisha, mientras el resto, solo maikos.
Vuelven a reír
–Ven –Jirou se acerca. La joven de cabello negro hasta los hombros, le toma de la cintura, ayudándole a caminar hacia la ventana.
Desde esa altura, logra ver todo el jardín. No es muy grande, pero sí lo suficientemente espacioso para albergar un típico jardín japones, con un estanque, una pérgola pequeña sobre él y un caminito que une la casa a este.
Y es en ese caminito de madera, flotando sobre el jardín, donde ve a Bakugou junto a una caja de herramientas y tablones nuevos.
El gesto le cambia. Frunce el ceño.
–¿Qué hace él aquí?
–Momo estuvo cuando llegó –revela Ochako. La única de las maikos que tiene su misma edad.
–Todo lo que sé, es que anoche habló con madre, a solas.
–Tu danna paga con trabajo –Mina le hinca con el codo.
Todas echan a reír, Izumi rueda los ojos.
Las muchachas vuelven a asomarse, recostando sus rostros en el marco de madera.
–Es atractivo –dice Ochako.
–Y masculino –complementa Mina.
–Y está tras de ti –acota Jirou, señalando al único hombre entre ellas.
–Sí, claro –bufa.
El grupito continúa murmurando cosas sobre Bakugou.
Es notable la poca presencia masculina en casa. Sobre todo, aquellos, a los que no ven como clientela, sino como potencial de algo.
Rueda los ojos y los planta en Bakugou, que trabaja bajo el sol de la mañana. Es inevitable no pensar que hace eso por él. Es demasiada coincidencia de que luego de contarle sobre el accidente, apareciera con esta iniciativa. Porque tiene certeza, de que okaasan, no se lo habría pedido; si luego de que se accidentara, solo dijo que debía tener más cuidado.
Y ser menos torpe.
Por eso, resulta extraño verlo ahora ahí. Rehabilitando el sendero al estanque pieza por pieza.
–¿Qué hacen ahí cuchicheando? –la voz de okaasan irrumpe firme la habitación. Todas callas y giran a verla– Las quiero preparando el desayuno, ¡de inmediato!
–¡Sí!
El grupo sale despavorido a iniciar sus funciones.
...
Katsuki duda de las intenciones de la vieja "okaasan".
No por nada dirige una okiya que ha subsistido a la guerra.
La vieja ha aceptado muy rápido su propuesta de poner en pie nuevamente la casa. Algo totalmente innecesario, según sus propias palabras, y que, aun así, no había puesto reticencia.
La casa era bastante antigua, estima que de inicios del siglo diecinueve, y tras la guerra muchas partes habían quedado inestables, representando un peligro para sus propios habitantes. Sin contar, aquellas que pasaban desapercibidas y cuando menos lo esperaban, se venían abajo.
Al menos eso fue lo que había dicho a la dueña del lugar.
Le había respaldado los años que vivió en el campo. Lejos de haberse formado como agricultor, su padre le había transferido todos sus conocimientos sobre la construcción. Oficio que heredo en su adolescencia y la guerra interrumpió.
Sin embargo, asume que su carta ganadora, fue el precio ínfimo que pagaría por ello. Unos pocos yenes de ganancia, comida asegurada todos los días y una condición más que aún está evaluando la vieja de la casa.
Por lo pronto, Katsuki disfruta sus días en la okiya.
Debe admitir que nunca fue una persona dada a la vagancia. Siendo hijo unico, su madre le hubiera colgado de los pelos si lo viera haciendo nada. Beber día y noche estaba lejos de ser su plan de vida ideal y retomar la vía laboral le caía bien. Con los días ha empezado a acostumbrarse a ello, aun si han transcurrido pocos. Empieza a conocer más de las muchachas en la casa, así como la dinámica que cada un cumple.
La okiya la dirige Kayama-san, a quien todas llamas okaasan. Una mujer entrada sus cuarenta años; pero que, ya retirada del oficio, se dedica a instruir a jóvenes bellas en esa línea de trabajo. O al menos, es a lo que se dedicaba antes de la guerra, ahora solo busca mantener viva la tradición y obtener ingresos con los qué sobrevivir.
Quien le sigue en rango, es Momo, la única con título de geisha. Es bastante educada y reservada. Ocupa menos tareas en el hogar que el resto de integrantes, su tiempo lo dedica en practicar canto, escritura y danza. También instruye al resto maikos en distintos turnos que no irrumpan con las tareas domésticas.
Sabe que quien viene tras ella, es Mina, la maiko más alegre y coqueta de todas. Es quien siempre lo sonríe cuando pasa por el jardín o al dejar sus alimentos en la mesa. También ha buscado conversarle e indagar en su vida.
Aquello le molesta, aunque en términos generales, la muchacha le cayera bien.
Es de las pocas con la que ha sido grosero y, lejos de ofenderse, se ha reído.
Las dos maikos menores, son bastante opuestas. Jirou, que ha aprendido ingles rápidamente y se entretiene con los clientes hablando de música, alguno de ellos incluso le han regalado discos de rock. Por otro lado, estaba Ochako, la misma que le atendiera en reemplazo de Izumi. Era a quien más le costaba aprender el idioma extranjero; sin embargo, su carácter dulce y rostro infantil era suficiente para encantar a la clientela madura.
Por último, estaba Izumi.
El muchacho era tan agraciado como las mujeres de la casa, no en vano se había fijado en él cuando le creyó mujer. Aun ahora le era imposible negar su atractivo incluso cuando empezaba a notar cosas que, en un primer momento, no vio ni rastros. Sin el bullicio de la música ni el parloteo de la clientela, lograba percatarse del tono impostado en su voz. O la mandíbula marcada que el maquillaje ocultaba bien por las noches. No obstante, la prueba más clara de su género, era el diminuto bulto que se movía en su cuello al hablar.
Casi imperceptible, pero que, ahora conociendo su secreto, Katsuki veía a la perfección.
Y aun con todo eso, no podía evitar que sus ojos continuaran siendo llamados por el joven.
Era algo inexplicable y confuso, no recordaba haberse sentido así antes. Incluso cuando ha ido a la guerra y se ha visto rodeado de hombres durante largo tiempo, nunca se sintió atraído por ellos. Ahora, solo puede intuir lo obvio, es su apariencia femenina la que le llama la atención. Sin embargo, por poner en comparación, Ochako también era hermosa y poseía un rostro casi tan dulce al de Izumi, mas no le atraía de esa manera irracional. Momo era un geisha refinada, esbelta, delicada y de facciones suaves, pero tampoco lograba atraerle.
En su cerebro, se había enquistado el rostro de Izumi y la gracia con la que le había atendido el primer día. La suavidad de sus manos, el calor de sus piernas. Siente que en parte es como un capricho que ha nacido en su interior y se ha visto reforzado por todas las veces que le ha tenido cerca desde ese día.
A veces, toma un descanso bajo la pérgola sobre el estanque y solo la observa ir y venir realizando sus tareas. Incluso con el tobillo lastimado y cojeando, ha continuado barriendo, limpiando el engawa hasta dejarlo brilloso, sirviendo bebidas por las noches. Es diligente con sus tareas, incluso más que las muchachas, quienes toman descansos donde conversan y ríen.
Izumi trabaja sin descanso.
Y no sabe si ello se debe a su condición de hombre, a un trato distinto en la okiya o a su simple voluntad.
Katsuki se inclina por lo último y es eso, lo que termina por volverlo más atractivo a sus ojos. El esfuerzo que pone en lo que hace, el ahincó por continuar subsistiendo en un mundo caótico. Porque hay que ser muy valiente en vestirse de mujer y fingir serlo frente a la clientela ebria que de seguro les molería a golpes de saber el engaño. No por eso, se amilanada. Él seguia ahí, de pie, incluso cuando le descubrió.
Recuerda aquel momento en que inicio su treta y en los ojos del joven había enojo y molestia. Incomodidad y rabia. Había todo, menos miedo a lo que pudiera hacerle.
Izumi tenía huevos.
Literalmente
Y a él parecía importarle cada vez menos eso.
...
Por las noches, cuando Izumi atiende a la clientela, a veces sus ojos miran con disimulo a Bakugou.
El día que él descubrió su secreto, okaasan no solo le bofeteo por la estupidez que había hecho, sino que sumaría la deuda del hombre a la suya. Sin contar que luego él le pidiera acompañarlo en las horas que se mantenía dentro de la casa, imposibilitándola de ganar dinero con los otros clientes.
Ciertamente, pudo terminar peor si okaasan hubiera sabido que Bakugou no le había seguido dentro –que fue lo que le dijo–, sino que fue él quien le propuso aquello.
Maldice el momento en que se le cruzó por la cabeza tener algo con ese sujeto y que ahora encima, pensaba que se prostituía.
Resopla molesto.
Desconoce los términos del trato que ha hecho con okaasan. Ella, junto a sus hermanas, solo han logrado suponer cosas. Como que el trabajo que hace en casa, le da derecho al almuerzo y cena. Las bebidas alcohólicas le son cobradas, así como algunos bocadillos extra que consume cuando se queda la noche entera. Otro punto, es la que hiciera Mina desde inicio y que, con el pasar de los días, el resto de muchachas le siguiera: Bakugou-san estaba interesado en él.
Cosa que, a pesar de todos los indicios, se niega a creer. Porque en todo ese tiempo no se le había acercado una sola vez a hablarle, al menos el intento.
Pero la sospecha empezaba a crear peso, cuando todas esas largas noches en las que Bakugou se quedaba hasta el cierre de la casa, sus ojos no dejaban de buscarle. Más de una vez ella le había visto con disimulo, topándose con los ojos granate viéndole con tal intensidad que le hacían quemar el rostro. También estaba el hecho de que Jirou había comentado notar que el hombre le buscaba cada él desaparecía un instante del salón.
Aun con eso, no se sentía en posición de confirmar las sospechas.
Pero esa noche es distinta.
Porque el camino hacia el estanque ha sido reparado totalmente y, aun así, el hombre ha vuelto a ir a la casa a buscar más zonas que necesiten de reparación.
Y sin van a convivir por largas horas durante más tiempo del esperado, Izumi quiere respuestas.
–No pensé verte por aquí aún.
Ante la poca afluencia de clientes, Izumi toma asiento a su lado.
–Esta casa luce abandonada.
–¿Te encargarás de hacerla ver viva otra vez?
–Eso es lo que Nemuri-san quiere.
–¿Te lo ha pedido?
–Algo así.
Izumi resopla por la nariz en son de burla. Apoya los codos en la mesa, mirándole fijamente. No quiere darle más vueltas al asunto, siempre le han gustado tener las cosas claras.
–¿Qué es lo que buscas aquí?
–Nada.
–¿Nada? –repite sarcástico– pensé que solo buscabas pensión, pero no esperaba que luego intentaras retribuirlo con trabajo.
Katsuki no responde, continua tranquilo bebiendo su sake.
–¿Qué tramas?
–Ya dije que nada.
–No te creo y estoy segura que okaasan tampoco.
Izumi conoce a la mujer y sabe que no tiene un solo pelo de tonta. Si le ha permitido a Bakugou-san quedarse ahí, ha de ser porque prefiere mantenerle vigilado, sin amenazas de que pueda abrir la boca con otros.
–Vengo de la guerra, pase los últimos meses en prisión, no hay trabajo para alguien como yo. ¿Quería sacar provecho? Claro que lo quería, pero no pretendo vivir a costas tuyas.
La declaración le toma con la guardia baja, porque da justo con una de sus suposiciones. Entorna los labios, a punto de decir algo, pero termina por callar.
–Izumi –le llama Ochako– el coronel Shield llama por ti.
–Ahí voy –se pone de pie, da un último vistazo a Bakugou, que también trae los ojos en ella y sin mediar una última palabra, se retira hacia la mesa del americano.
...
Izumi barre el sendero al estanque. Mueve la escoba con precisión, quitando el polvo de la madera. Por momentos, sus ojos miran a Bakugou, que arregla el jardín muy cerca de ahí. Son vistazos rápidos, solo localizándolo antes de volver a concentrarse en su tarea.
La confesión que le diera en el salón días atrás, le ha pintado a Izumi, una persona que no es mala y aunque tiene por regla desconfiar de todos, puede darle una tregua momentánea, en lo que analiza al hombre.
Es decir, no ha intentado hacerle nada en todo este tiempo, tampoco ha divulgado su secreto. De hecho, los últimos días han intercambiado algunas palabras, todo muy neutro y educado.
–Andas mejor.
–¿Eh? –alza la vista, percatándose que Bakugou se encuentra frente a él, con la baranda de madera imponiéndose entre ambos.
–Que ya andas mejor –señala su tobillo– no cojeas.
–Aun duelo un poco, pero la herida ha cerrado –comenta– Solo lamento la fea cicatriz que está quedando.
–No tienes que preocuparte –mueve las tijeras, recortando el arbusto frente a él –. A diferencia de los hombres, una mujer jamás te juzgaría por ello.
Izumi le mira confundido.
–Me refiero a cuando te cases, una esposa.
–¿Porque asume que estaría con una mujer?
–¿Porque eres un hombre?
–Teniendo en cuenta cómo me veo, no creer que lo más lógico sería que me atraigan los hombres –responde con total sinceridad.
–Puedo asumir muchas cosas por cómo te ves –replica– ciertamente, los únicos hombres en esas fachas, serían los kagemas.
Izumi presionan la escoba entre sus manos. Frunce el ceño, ofendido y molesto, pero con él mismo. Porque sabe que su actitud imprudente le ha dado las armas para adjetivarle de esa manera.
–Yo no me prostituyo.
–Tú pediste que asuma.
–¿Y lo primero que se le vino a la cabeza fue eso?
–Siendo la situación actual esta, sí.
–Entonces –piensa un poco antes de responder– yo podría asumir que es usted un asiduo asistente a los burdeles masculinos.
Katsuki detiene su tarea, vuelve a mirarle.
–No encuentro motivo para que asumas eso.
–Se acercó a mí.
–Te veías como una mujer. Te ves como mujer –enfatiza su corrección.
–Pero ahora sabe que no lo soy y continua aquí.
Katsuki resopla, con una sonrisa de sorna y las cejas relajadas.
–¿Porque estaría aquí por ti y no solo por trabajo? O incluso ¿Por qué no lo haría por alguna de las otras chicas?
Ahora es Izumi quien sonríe con similar actitud a la suya.
–Porque noto sus miradas –suelta la escoba, apoyándose en la baranda. La altura del piso elevado le facilita a verle con desdén hacia abajo– y soy el único a quien le ha hablado en todo este tiempo.
No hay palabras entonces, solo el ruido de la calle perturbándoles la lucha de miradas en la que se enfrascan.
Izumi ensancha la sonrisa al ver que le ha dejado sin palabras. Casi podría reír victorioso de haberle hecho caer con facilidad gracias a sus actos.
–Bien –Katsuki es el primero en hablar– digamos que sí podemos tener similitud en ese aspecto.
Y la sonrisa termina por crecer completa en el rostro del más joven. El ex soldado ha aceptado de manera implícita su sexualidad y con ello, ha vencido esa guerra de suposiciones.
Aunque eso hace que una nueva duda surja en él.
–No tiene sentido –murmura– si es como dice, que hacía aquí buscando una mujer.
Katsuki queda en silencio, sin un gesto que pueda describir con exactitud. Los ojos granates puestos en él, son tan intensa, que Izumi quiere rehuirle la mirada, pero la mantiene estable. Imperturbable.
–¿Qué no entiendes? –cuestiona finalmente– si la respuesta ya la diste–apoya los brazos en el barandal de madera, relajado– es por ti.
Y ella se sonroja, con más incógnitas bordeando su cabeza. Es por ti que entre o, es por ti que soy así. Sin embargo, antes que pueda asaltar con sus nuevas dudas, Katsuki suelta una carcajada.
Izumi entorna los ojos, sintiéndose burlado.
No tiene más que decir, coge la escoba y se retira dejando atrás las risas del mayor.
...
–Dijo ser soldado –Izumi comenta, tomando asiento en la misma mesa que Bakugou. Es de esos días en los que la clientela es poca y el ambiente no luce muy animado– ¿es cierto?
–¿No deberías hablar solo con aquellos que te pagan por eso?
–Entonces deberías agradecer que lo hago gratis.
Katsuki ríe.
–¿No crees que fui a la guerra?
–Luce joven –confiesa – tampoco se mucho de usted.
Nota su vaso vacío, coge la botella de sake y le sirve. Katsuki le da un trago hondo, sintiendo su garganta arder.
–Nací en el campo, hijo único –empieza a contarle– Cuando empezó la guerra a los primeros en reclutar fue a nosotros, los de las afueras. Vivíamos en Nagasaki. –menciona la ciudad, esperando no tener que comentar más sobre ello luego.
Saca un cigarro del bolsillo de su camisa junto al encendedor. Izumi lo toma, deslizándolo de sus manos y le enciende el cigarro. Un acto tan bien calculado, que no hay duda que es algo aprendido.
–Estuve en China –continua– no fue tan caótico, llegué cuando las topas estaban asentadas. El último año se me envió a filipinas, eso fue un horror. Ver a tus amigos morir, a gente inocente.
Katsuki queda en silencio, con la mirada perdida. Hay cosas que no importaba el tiempo que pasara o que tanto alcohol bebiera, simplemente no se irían jamás de su mente.
El sufrimiento, la muerte, el aroma a sangre.
Aunque su deseo era morir, lo cierto es que era una manera de encontrar sosiego a esas imágenes grotescas que aún le despertaban de noche cubierto en sudor. Las pesadillas de las atrocidades vistas –y hechas– le perseguirían por siempre. Hubiera preferido mil veces vestir como mujer, como Izumi lo hacía, con tal de no ir a la guerra.
–Perdón, no debí preguntar.
–No importa –da una calada a su cigarro– me capturaron, deshonre a mi nación y pase los últimos meses en prisión.
–¿Cuánto tiempo?
–Cerca de cuatro meses antes del fin de la guerra y luego, diecinueve por crímenes de guerra.
–Eso es... –hace cuentas con sus dedos– ¡Hasta hace muy poco! –dice sombrado.
–Solo había pasado una semana el día que vine –bebe el sake–. Sin trabajo, sin familia. Había pensado en acabar con todo cuando se agotara lo último que me quedaba de dinero, así que no perdía nada entrando acá a molestarte.
Sonríe de lado, presumido. Camuflando con ello el dolor de sus memorias.
Izumi no refleja ese gesto falso, se mantiene seria, un poco melancólica. Sobre todo, al oír lo último.
"Acabar con todo"
–¿Y ahora? –su voz sale afligida– ¿Sigue sin tener nada que perder?
–No lo sé –apoya el codo en la mesa, aproximándose mucho a su rostro– ¿Me darías una razón?
El joven se sonroja.
Katsuki sonríe, echándose para tras. Incluso si el maquillaje le impide ver el color de su piel, es evidente para él cuando una frase logra avergonzarlo. Recuesta la espalda en la pared y le sonríe de lado. Izumi entorna los ojos, juzgando su actitud, cuando él ha sido honesto mostrándose preocupado.
–Solo le gusta molestarme –se queja. A pesar de la sonrisa, Bakugou continua con la mirada plantada en él. Izumi nunca sabe cómo reaccionar a ello. Boleta el rostro, acariciando su cuello con disimulo. –Nunca me respondió –intenta cambiar el tema, recordando su última conversación– ¿Qué busca aquí?
Katsuki le da una calada a su cigarro, golpeado sus pulmones con el humo y guardándolo ahí por un momento. Exhala suave, con los labios a penas abiertos.
–Dudo que madre le haya propuesto traer esta casa a la vida –confiesa Izumi, usando las palabras que le dijera con anterioridad.
–Te lo dije, no tengo nada que perder –deja caer la ceniza de su cigarro en el poso de porcelana. Vuelve recostarse sobre la mesa, muy cerca del joven–. No tengo familia, ni trabajo y en unas semanas, tampoco donde vivir –lleva el dorso de su mano hacia la mejilla de Izumi, apenas rosándole la piel con maquillaje –¿No me puedes hacer el favor de continuar sonrojándote para mí?
Y de inmediato, Izumi siente su rostro arder hasta las orejas.
Katsuki suelta una carcajada nuevamente.
–¡Es usted un pesado!
Se pone de pie, dirigiéndose a otra mesa; a tiempo cuando okaasan aparece en el salón
...
Las pequeñas conversaciones terminan siempre en lo mismo, Bakugou soltando alguna insinuación, para luego reír de su rostro sonrojado.
Y no es como que Izumi lo haga adrede.
Es inevitable controlarlo cuando suelta alguna frase elaborada de manera seria y ella le cree, porque lo único certero que tiene hasta ahora, es la fijación que le tiene.
¿Amor?
Lo duda.
¿Sexo?
Muchísimo menos.
No hay certeza sobre en qué derive dicha fijación, pues en ningún momento se le ha acercado de más ni ha hecho alguna propuesta indecente. Solo estaba ahí, andando por la casa, rehabilitando la estructura dañada y conversando con él cada que le veía. A veces lo iniciaba Bakugou, otras él y en esta ocasión, es Izumi quien se le acerca al verle sentado en el engawa comiendo una manzana que Momo le cortara.
–¿Aun por aquí, Bakugou-san?
–¿Me estas echando?
–Solo pregunto –toma asiento a su lado, arrodillada– dijo que hoy debía irse temprano.
–Sí, sí, ya me voy.
–Dije que no lo estaba echando, Bakugou-san.
–Puedes llamarme por mi nombre, Katsuki. –continúa comiendo con calma
–No sería correcto.
–¿Por qué? –cuestiona con la boca llena.
–Apenas nos conocemos.
–¿Y? –traga la comida– Si te digo que puedes llamarme por mi nombre, está bien.
–Nadie más le llama así, ni siquiera okaasan.
–Porque solo a ti te lo estoy pidiendo.
Era ahí cuando hacían aparición esas palabritas que ocasionaban sonrojos y calor en las mejillas. Izumi le mira de lado, notando su sonrisa ladina, soberbia. Ella muerde las comisuras de sus labios, endurece el gesto.
No va a darle gusto.
Entonces, Bakugou hace lo impensable: le pellizca una mejilla.
–¡Hey! –retrocede, alejándole la mano. El ex soldado ríe mientras él frota la piel adolorida –Siempre está burlándose de mí.
–Lo dejas muy fácil al mostrar tu nerviosismo.
–No estoy nervioso.
–Díselo a tus orejas rojas.
Izumi las cubre, robándole otra risa a su acompañante mientras come el ultimo bocado de la manzana. Entorna los ojos, ya esperando su habitual sonrisa burlona. No dice más, se pone de pie, ingresando hacia el salón.
–Oi– el menor le ve sobre su hombro, con la mano en el shoji– Va en serio lo de mi nombre.
–Lo pensaré –se retira.
...
El medico quita los puntos en su tobillo, Izumi siente el hilo tirar ligeramente de su piel cuando sale de él. Hace un gesto de molestia, quita la mirada de la lesión. Aunque la vista que tenga enfrente, no sea mucho mejor. Sentado en el consultorio, frente a él, se encuentra Katsuki con ceño fruncido, irradiando malas vibras.
–¡Auch! –da un salto pequeño.
–Tranquila –ríe el médico, posando una mano sobre su muslo –no te muevas, no quiero cortarte.
Él le sonríe nuevamente, avergonzado por haberse sobresaltado en la camilla. El hombre baja la mano hacia su tobillo nuevamente, recorriendo su pierna en el ínterin. Continúa quitando los puntos. Izumi vuelve los ojos a Katsuki, manteniendo con la sonrisa nerviosa. La expresión de él se mantiene imperturbable.
–Listo, terminamos –deja la pinza y la tijera sobre la bandeja de acero
–Muchas gracias.
Izumi se coloca la media. Katsuki se acerca a ayudarlo a bajar de la camilla.
–Recuerda no hacer movimientos bruscos –el médico le toca el hombro, dando pequeñas palmadas, para luego deslizar la mano por su brazo– aún se está rehabilitando la lesión.
–Sí, sí, lo tendrá en cuenta –responde Bakugou, con ese tono brabucón que le ha oído un par de veces.
Izumi solo le sonríe al médico, antes de hacer una reverencia y retirarse.
El camino de regreso lo hace del brazo de Katsuki. Aunque en la okiya atienda clientes y deba cumplir con sus labores de limpieza, el dolor ha sido manejables; a diferencia de ahora que debe caminar por varios metros hacia casa. Katsuki tampoco hace fácil la tarea, avanzando a pasos agigantados.
Continua con su mal genio a pesar de ya haber salido del consultorio. Ha asumido que todo se debía al médico americano del cual no le había informado cuando okaasan le pidió acompañarlo a su consulta.
Pero él no tenía la culpa y no era justo que le llevara a rastras sabiendo lo de su tobillo.
–¿Puede ir más lento?
–Eres como un caracol.
La entonación que usa para decirlo, no es neutra o jocosa, sino más bien de alguien irritado.
–Estas molesto
–No.
–No era una pregunta –replica– y traes el ceño fruncido.
–Siempre lo tengo.
–No así –detiene su andar, quedando frente a Katsuki. Lleva el índice hacia el entrecejo del más alto– está más fruncido de lo normal.
Katsuki toma su mano, la quita de su rostro, mas no la suelta. Mantiene la vista en él.
–Era americano.
Izumi bufa, casi burlándose. Esperaba esa respuesta.
–Es un conocido de okaasan, suele atendernos gratis.
–Nadie hace nada gratis –replica.
Y el tono en que lo hace, hace que Izumi frunce el ceño como él. Sabe a qué se refiere, no es la primera vez que deja entredicho las cosas.
–¿Qué insinúas?
–Nada.
–No me vea la cara de tonta, Katsuki-san –usa el nombre por primera vez, también la entonación ofendida– al menos sea un hombre y dígamelo a la cara.
El gesto firme en su rostro se planta imperturbable, pero las palabras se ausentan largo rato. Katsuki no hace ademan de ir a decir algo y el bullicio de las personas le suena a la cosa más perturbadora cuando la incomodidad se instala entre ellos.
Finalmente, Izumi suelta un suspiro, molesto. Cruza los brazos bajo las mangas de su kimono y continúa caminando, lento y cojeando leve.
–Oi –no le permite alejarse mucho, le sujeta del brazo apenas a unos metros de él– no dije eso.
–Lo dijiste antes, lo insinúas ahora e incluso, es acorde a tu comportamiento la primera vez que nos vimos.
Katsuki quiere replicar, porque no se comportó bien aquella vez, pero él también dio pie a ello. Sin embargo, prefiere callar esa respuesta. No quiere agravar un problema que, ciertamente, no tiene pies ni cabeza.
Exhala largo.
–Mi error –se disculpa a su manera. Deshace su agarre.
–Entonces –hace una pausa, sin cambiar expresión– ¿es la imagen de eso lo que le ha molestado?
El ceño se le vuelve a fruncir.
–Ya dije que no estoy molesto.
–No es lo que veo.
–¡Pues no lo estoy!
Alza la voz y atrae miradas de los transeúntes. Frota su rostro, respirando hondo, y la toma del brazo nuevamente.
–No –se libera del agarre– no voy a caminar con usted luego de que me haya gritado.
Vuelve a cruzar los brazos dentro de sus mangas.
–Tú empezaste –reclama, el muchacho le ignora. Pasa por su lado, andando derecho– ¿En serio? ¿te vas a molestar por eso?
Izumi se detiene, viéndole sobre el hombro.
–Tú puedes molestarte por algo ridículo, ¿pero yo no?
–¡NO... –se calla. Jadea irritable, ejerciendo presión sobre el puente de su nariz –no... –duda. Rasca su nuca y vira el rostro, viendo las casas al otro lado de la calle– No quiero que nadie te toque.
La molestia desaparece en Izumi de golpe.
Ha esperado todo, menos esa confesión. Esta vez, no hay risas ni gestos de burlas, solo Katsuki rehuyéndole la mirada, el rostro de perfil, con las orejas pintadas. Izumi sonríe pequeño, mordiendo sus mejillas para controlarse. Camina de regreso a él, con el rostro abajo, también huyéndole a sus ojos por si les mira.
–Es difícil caminar solo –le toma del brazo nuevamente.
–Sola –susurra– mantén el papel.
Él ríe.
...
Es la mañana del último día del mes, Izumi se encuentra junto a sus hermanas dejando listo el salón para la noche, cuando Katsuki llega. Ese día no había aparecido hasta ese momento y ahora lo hace con una maleta en su mano.
Okaasan, que se encuentra en una esquina supervisando que todo vaya en orden, es quien se acerca a él y, con una inclinación de cabeza, indica que la siga al jardín.
Las chicas se miran entre sí en total silencio, oyendo los pasos alejarse por el camino al estanque.
Ochako es la primera en dejar la escoba para acercarse al borde del shoji abierto. El resto de chicas le siguen.
–No es de buena educación hacer esto –reclama Momo.
–Shh –le silencia Mina– queremos escuchar.
–Sí –afirma Jirou, uniéndose al chisme– no oigo nada.
–Está muy lejos –se queja la castaña.
–Momo, ve y dinos que hablan –dice Mina, jovial.
–¿Eh? ¿Yo?
–Sí, sí, sí – recalca Ochako– tu estatus de geisha te permite acercarte.
–Están dementes –exclama bajo– okaasan es capaz de pegarme si nota que fui solo para oírlos.
–Entonces que vaya Izumi –propone Jirou –. Es tu danna, no dejara que madre te ponga la mano.
–É-él no... –se sonroja –no iré.
Las tres maikos se lamentan antes las negativas de sus hermanas.
–¿Qué hacen ahí? –la voz de la dueña de la okiya las espabila y todas disimulan estar limpiando. Kayama-san resopla cansada –atención aquí –truena sus dedos al aire. A partir de hoy, Bakugou ayudara en lo quehaceres de la casa, principalmente el jardín y reparaciones –fuma su pipa– el depósito se convertirá en su habitación y a la primera que vea entrando ahí, la mando a la calle, ¿entendieron?
–¡Sí! –responde todas.
...
Imagina que el depósito es mejor que vivir en la calle. Aunque sea pequeño, este lleno de cosas viejas, otras rotas y mucho polvo.
No lo recordaba tan así cuando fue con Izumi.
La sonrisa le tiembla en la comisura del labio ante esa memoria. Es un recuerdo agradable que podrá mantener en sus noches de soledad en esa habitación.
Deja el shoji abierto en lo que limpia. Tan solo la primera hora, se le va en quitar el polvo del suelo, sacudiendo el futón y ponerlo a ventilar en el engawa. Luego debe acomodar las cosas ahí dentro, haciéndose de un espacio decente en donde pueda tender el futón por la noche y caminar a la vez.
–Entonces vivirás con nosotros.
Katsuki mira tras él. Izumi le observa apoyado en el marco de la entrada a la que, de ahora en más, será su habitación.
–Kayama dijo que echaría a la primera en ingresar aquí.
–No estoy dentro –dice, trazando con su pie una línea entre el shoji y el engawa –y tampoco soy una mujer.
Hace énfasis en la definición, como si eso le diera un pase libre de ingreso. Como si eso, pudiera detener cualquier cosa que pudiera suceder entre ellos.
–Pensé que no te gustaba que te recordaran aquello.
–Me da igual –se encoge de hombros– hombre, mujer; qué más da.
Los ojos de Katsuki le recorren de pies a cabeza descaradamente.
–Opino lo mismo –declara, con esa sonrisa que tan bien conoce.
Izumi no puede evitar reír.
–Ve a tu habitación –le hecha– a penas llego, no quiero problemas. –le da la espalda, continuando con sus labores.
Oye la respiración de Izumi tras él. Como un suspiro largo y espeso que se cuela en cada rincón.
–Izuku.
–¿Eh? –le mira sobre su hombro
–Mi nombre verdadero es Izuku Midoriya –despega su cuerpo del marco de la puerta– si ya vas a vivir con nosotros, deberías saberlo.
...
A Katsuki le toma por sorpresa lo que está por suscitar.
En sus escasos veinticuatro años, ha ido a burdeles, no va a negarlo. Ha visto ahí, cierto tipo de situaciones cuando una mujer joven y nueva llega. Situaciones donde un grupo de hombres pujan por ella, sin tanta ceremonia como lo ve en la okiya.
Es una casa de geishas y el misticismo siempre envuelve todo, por ello nada le hace presagiar que significado lleva la palabra mizuage la primera vez que la oye. Ciertamente, suena refinado para tratar de la venta de la virginidad de una maiko.
Tras una subasta totalmente discreta, hecha entre Kayama-san y cierto grupo selecto de clientes, se ha llegado a un monto apropiado para que uno de ellos desflore a Mina. El estómago se le revuelve en bilis al ver al resto de mujeres felicitarla por lo que será su transición de maiko a geisha.
Y hay una ceremonia en la que ella actúa para este coronel americano que bien podría ser su padre. También un banquete en el que solo participan estos dos. Finalmente, hay una habitación muy bien decorada donde el acto se consuma.
Katsuki fuma sentado en el engawa, con las piernas colgadas balanceándose, exhalando fuerte todas las cosas que quisiera recriminar de esa casa y sociedad en general.
–¿Katsuki-san? –gira a su derecha, Izumi está de pie, con su yukata casual y el cabello suelto –¿Puedo sentarme aquí?
Se encoge de hombros y el muchacho se sienta a su lado, peinando sus cabellos largos.
–Está molesto –menciona. Afirma, no pregunta –sus cejas parecieran juntarse cuando lo está.
–Al final sí se prostituyen.
Detiene el cepillado.
–No –le encara– el mizuage es una tradición, solo se da una vez.
–Llámalo como quieras –da una calada al cigarro– les pagan por sexo.
–No es así.
–Niégamelo. –le reta.
Ambos plantan la mirada en el otro, decididos. Sin embargo, es Izumi quién tras un resoplido, es incapaz de negarlo.
–Es gracias a eso que podemos pagar parte de nuestra deuda.
–Es prostitución.
Izuku entorna los labios, pero rápidamente los cierra.
Lo cierto es que Katsuki tiene la razón, el mizuage podría calificar como prostitución por el intercambio de valores que se da. Pero no es como si ellas pudieran decidir sobre ese aspecto y aún si pudieran, terminarían aceptando lo de igual manera por las circunstancias en que viven.
–Somos vendidos por nuestras familias. Crecemos aquí dentro consumiendo todo lo que nos brinda, pero sin ser libres. –explica– nuestra única fuente de ingreso es la belleza. Mizuage, danna, se trata de agotar todas las opciones con tal de conseguir un poco de independencia, antes de hacernos muy viejos para tener opciones.
Katsuki no tiene réplica que hacer. Visto de esa manera tiene mayor sentido. De hecho, es consciente que bajo las circunstancias actuales, ninguna mujer tiene más opción que usar su belleza como fuente de ingreso. Sin embargo, ellas, las geishas, están solas por la vida.
Separadas de sus familias, obligadas a seguir ese trabajo en donde su apariencia y arte son las armas para atraer hombres.
Para atraer una vida cómoda.
–Cuando nos conocimos, dijiste que había estado aquí desde siempre.
–Éramos demasiados en casa, no habia dinero y yo era un niño enfermizo. Mi padre me abandonó en la ciudad y fue okasan quien me encontrara ese mismo día.
Y tal como imagina, no hay historia feliz de cómo alguien llegaba a esas casas.
Vender a las hijas si son hermosas.
Abandonar a los hijos si son una carga.
–¿Tú también tendrás un danna?
Izuku sonríe melancólicamente.
Se pone de pie, listo para ingresar a la casa.
–Yo probablemente, nunca tenga esa opción para pagar mi deuda.
...
Se siente una mierda.
No es como lo que suceda con alguien ahí dentro sea de su interés; no obstante, si hay algo que verdaderamente le molesto de la situación a Katsuki, fue el imaginar a Izuku en dicha posición.
Siendo él y no Mina.
Lo cual es absurdo. Izuku es un hombre, jamás le venderían como a una de las otras mujeres. Pero estaba la imagen del día en que se conocieron y la situación bajo la que estuvieron, el que Izuku le pidiera no tocarlo debajo de la ropa; aquello podría interpretarse de muchas formas. Katsuki agita el rostro, no queriendo pensar en todas las variantes que puede traer aquello.
Recuesta su espalda en la pared del salón principal, sentado sobre el engawa. Apenas va amaneciendo y siendo que su habitación tiene salida directa al jardín, debe esperar que alguien le abra el shoji al salón.
Por lo pronto, solo está la mayor de ellas.
Como todas las mañanas.
Conoce muy poco de las muchachas, casi nunca hablan de sus vidas. Katsuki tampoco ha intentado indagar, pero le causa curiosidad que todas las mañanas al despertar, Momo ya se encuentre en la pérgola sobre el estanque. Siempre recostada en la baranda de madera, la mirada perdida en el agua.
–Katsuki –ve a su izquierda, donde el shoji se ha abierto e Izuku se asoma– puedes entrar.
Se acerca, Izuku se hace a un lado, cediéndole el paso. Aún no ha bajado nadie más. Voltea hacia el joven, que continua de pie al borde del shoji.
–¿Porque ella siempre luce triste?
Izuku mira hacia Momo, con una pequeña sonrisa.
–La guerra se llevó a su amante.
–¿Murió?
Se encoge de hombros.
–Nadie lo sabe.
–Pensé que no podían enamorarse.
–¿Quién elige hacerlo? –cuestiona.
Katsuki camina cerca de Izuku, asomándose sobre el hombro del más pequeño.
–¿Al menos fue correspondido?
Sonríe mucho más grande.
Asiente.
–Todoroki-sama era menor de la familia más influyente de la zona, por eso nunca fue problema para él acercarse a Momo, pero la timidez de ambos era asombrosa –ríe– solían verse en esa pérgola y era gracioso verlos tan nervioso, callados por varios minutos, sonrojado porque uno tomó la mano del otro.
Katsuki le ve de perfil, notando lo bien que le queda ese gesto en sus labios, la ilusión en su mirada. Como si al contarlo, reviviera un cuento de hadas.
–Sus negocios no fueron bien cuando Japón empezó a perder, no pudo ofrecer mucho por el mizuage de Momo; sin embargo, okasan igual se lo concedió.
–No suena a algo que okasan permitiría. Esa vieja es avara –Izuku ríe con más ganas al oírle llamar así a la dueña de casa–. O quizás sí tenía corazón después de todo.
–Todos lo tenemos. –suspirar– pero para ellas, el amor nunca nos sonreirá. Siempre estarán condenados a ser la amante de alguien, nunca la pareja formal. Siempre en las sombras –baja la mirada– Incluso si su amor fuera tan grande, dudo que Todoroki-sama fuera a ser algo más que su danna.
–Eso es muy pesimista.
–¿Lo crees? –se gira a verle– Momo perdió a su danna a solo meses de que madre lo aceptará. Mina debió entregarse a aun americano que le daba asco con tal de pagar su deuda. La misma suerte correrá Ochako y Jirou –pausa, suspira largo– y luego estoy yo.
–¿Tú?
–Solo un hombre disfrazado de mujer... por el resto de mi vida.
La ilusión se ha ido de sus ojos, solo queda pesadumbre y el sentimiento de soledad en el aire. Vuelve a suspirar, esbozan una sonrisa lastimera. Camina dentro del salón.
Katsuki le toma de la mano antes que se aleje demasiado.
–No me molestaría pagar por tu mizuage con los pocos ahorros que me quedan –Izuku pestañea confundido– ni ser tú danna, aunque lo único que pueda ofrecerte es mi trabajo en el jardín– da un paso adelante– mucho menos ser tu amante.
Izuku no quita los ojos de él, manteniendo una expresión extraña. Entre tierna y melancólica. Triste, pero esperanzado.
–Si me miras así, querré besarte. –sonríe de lado, buscando aligerar el ambiente.
–¿Y porque no lo haces?
La sonrisa se pierde en Katsuki. Esperaba algún sonrojo, a Izuku molesto golpeando suavemente su hombro, ofendiéndose. Al no ser así, él también se lo toma con seriedad.
–¿Puedo?
–De todos los hombres que he conocido –da un paso hacia él– eres el único al que le concedería ese permiso.
Katsuki tarda unos segundos en reaccionar a sus palabras.
Sus ojos no pierden de vista a los de Izuku, que se ha plantado frente a él a la espera de un movimiento. Katsuki alza lentamente una mano, con precaución, la lleva hacia su mejilla. L piel quema bajo su palma, pero no hay reticencia. Es consciente entonces, que las palabras van en serio y rápidamente, la otra mano se une, tomando el rostro del menor entre ellas. Mueve los pulgares sobre las mejillas pecosas, deslizándose suave sobre la piel algodonada.
Despacio, desciende el rostro, percibiendo su respiración turbulenta. Baja los dedos hacia el cuello, siente que traga hondo. Katsuki sonríe, disfrutando ponerlo así solo con su cercanía.
Sus narices rozan e Izuku cierra los ojos.
Sus labios se tocan y todo da un vuelco dentro de ellos.
...
Glosario:
Gion Kobu: Barrio de geishas en el distrito de Guion, Kioto.
Geisha: Artista tradicional japonesa cuyas labores consisten en entretener en fiestas, reuniones o banquetes, ya sean exclusivamente femeninos como masculinos, o bien mixtos
Maiko: Aprendiz de geisha.
Okiya: Albergue que da alojamiento a una maiko o geisha mientras dura su contrato.
Guinomi: vasos para sake
Kagema: término histórico japonés para un prostituto joven masculino
Okasan: Madre, en la historia hace referencia a la dueña de la okiya.
Gyoza: Empanadas japonesas.
Engawa: Es la denominación de una pasarela de madera que se conecta con las ventanas y puertas corredizas en los cuartos de las casas tradicionales japonesas.
Shoji: Tipo de puerta tradicional corrediza en la arquitectura japonesa.
Danna: Danna o amante, generalmente un hombre adinerado, algunas veces casado, que tenía recursos para financiar los costes del entrenamiento tradicional de la geisha y otros gastos considerables.
Mizuage: Mizuage o «desfloración ritual», es decir, la venta de la virginidad de la chica. Marcaba el paso de maiko a geisha
Nota de autor:
Ah! Hace mucho que no disfrutaba tanto escribir una historia. Con esa intensidad de dedicarle tiempo todos los días 3
Bien, para empezar, esto se suponía sería algo super pornoso con poca trama, pero la cultura y época terminaron absorbiéndome jajajaja incluso era un oneshot pequeñito y ahora tuve que partirlo para que no les de amsiedad de lector y para que yo pudiera editar con calma xD
Así que solo serán dos partes.
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