El mundo flotante
Parte II
El mizuage dura alrededor de tres noches en concretarse y es al día siguiente de este, que llega el momento más esperado a lo largo de la vida de Mina, pasar de maiko a geisha. El erikae da inicio cuando las mujeres despiertan cerca del mediodía, Katsuki oye las risas provenientes del segundo nivel ser bastante ruidosas.
Un alboroto con el que es imposible retomar el sueño.
Al salir de su habitacion, los shojis del salón se encuentran abiertos, todos los habitantes de la okiya se reúnen ahí. Nadie viste los yukatas sencillos que suelen usar a diario mientras hacen la limpieza, sino que traen puestos sus mejores kimonos como si fuera de noche y su turno estuviera por empezar. Mina sobresale del resto con sus ropas en color negro y el cuello del kimono en blanco.
Entiende que de eso va la ceremonia, cambiando el cuello de rojo a blanco denota que ha perdido su virginidad y, por ende, ahora ha ingresado al mundo de las mujeres adultas, las geishas. Al igual que su cabello, luce un peinado sobrio como el de Momo y no el elaborado del resto de sus hermanas.
Una a una, los ojos de Katsuki van perdiendo interés hasta toparse con Izuku. La seda rosa y el obi rojo a juego con el cuello de su kimono, lo hacen ver fascinante a sus ojos. Katsuki nunca ha sido devoto de la ropa tradicional femenina, sobre todo teniendo tantas prendas modernas que podrían lucirles bien en las mujeres; sin embargo, admite que sería incapaz de cansarse de ver a Izuku en sus kimonos. Es como si el solo traerlo puesto le convirtiera en algo inalcanzable. De tratarse de un ser que va por encima de todos en esa ciudad y entiende, es la sensación que una geisha debiera dar.
Es ahí donde despertaba su mayor fascinación, ya que siendo inalcanzable para muchos, él es el unico permitido a acercarse.
"–De todos los hombres que he conocido, eres el único al que le concedería ese permiso."
Izuku pudo usar cualquier frase, pudo incluso, no decir nada y aceptar un beso suyo en silencio. Pero busco cuidadosamente entrelazar esas palabras, elaborar una oración llena de matices y hacerle sentir que el mundo era suyo. Porque de esa manera había percibido el beso que se dieron.
Unico, íntimo y especial.
Comprende también, que aquello continúa perteneciendo a la esencia de una geisha. Desprender coquetería, despertar fascinación. Llevarte a su mundo un instante y al otro, tenerte de regreso en la tierra. Causar un sentimiento exclusividad y que los hombres les creyeran, como Katsuki lo hace; pero con justa razón. Pues, valgan verdades, él no tiene nada que ofrecerle. Al menos nada de lo que una geisha buscaría en un hombre. No posee propiedades, ni dinero, ni un trabajo estable.
Apoya su cuerpo en el marco del shoji que ventila el salón. Una sonrisa de satisfacción pura se apodera de sus labios, sintiéndose victorioso en ese juego que ellas inician cada noche con los hombres que visitan el lugar.
Él no necesitaría un solo yen para recibir aquel trato especial.
Sus ojos persiguen sigilosos a Izuku. Su andar delicado, movimientos elegantes incluso cuando palmea el brazo de Ochako por burlarse de él. Por momentos, sus miradas se tocan en el aire. Un instante diminuto que esconde tribulaciones y anhelos. Nerviosismo y seducción.
Un instante que se rompe y renace.
A Mina le cortan el cabello en señal de liberación. No necesitara nunca más realizarse peinados elaborados, a partir de ese día podrá llevarlo como quiera y usar una peluca durante los eventos. El ambiente se plaga de alegría, risas y buenos deseos. Momo es quien se muestra más orgullosa, es ella de quien ha aprendido todo lo que pondrá en práctica de ahora en más y enseñará a las otras maikos.
El cabello en el tatami lejos de ser barrido, es usado como juego. Dejan por un momento las posturas, volviendo a ser humanas. Las maikos lo arrojando entre ellas, gritando y corriendo. Mina ríe tan escandalosa como siempre lo hace, Momo les pide que se detengan. Kayama con menos paciencia, les regaña y ellas corren alejándose del abanico con el que pretende golpearles.
Izuku se aproxima con disimulo al shoji donde él se encuentra apoyado.
–¿Cuánto más durará esto? –pregunta en voz baja– ¿No deberían estar alistándose para la noche?
–Hoy nos tomaremos el día libre –le susurra, sin voltear a verle– Mina ira junto a Momo a visitar las okiyas del hanamachi.
–Oh.
El grito furibundo de okasan finalmente detiene a las maikos, que se ven obligadas a limpiar el cabello esparcido por el salón. Izuku ríe al escucharlas quejarse del golpe que les ha caído y que solo están alegres por su hermana. Mina por su lado, se muestra nerviosa y algo tímida de salir a la calle con el cuello blanco del kimono y que todos sepan que ha dado aquel paso en su vida.
Izuku la comprende. Incluso siendo hombre tendría reparos en que todos en el hanamachi se enteraran de aquello. Tan solo el beso que se diera con Katsuki se transformaría en un secreto que moriría con el antes de ser necesario.
De pronto, siente un roce nada casual soobre la cara posterior de su muslo. Resopla, es evidente que se trata de la mano de Katsuki. Le golpea en el dorso con los dedos y es en ese instante, que comprende a caído en una trampa. Sus dedos son atrapados por la mano grande del mayor, entrelazándolos con los suyos.
Izuku no hace ademan alguno de querer separarse. Oculta la mano tras su espalda y baja el rostro, haciendo lo propio con la sonrisa que se le ha formado.
…
Algunos tratan a la homosexualidad como una enfermedad.
Para Katsuki, debía de tratarse como una especie de hechicería, ya que no encontraba lógica a que su gusto por las mujeres desapareciera tras conocer a Izuku.
Reconoce que nunca ha fue un hombre muy apegado a la atracción femenina. A penas se adentraba a los diecisiete cuando fue llamado a la guerra, su tiempo de tomar interés en cursar palabra con alguna mujer, solo se limitó a un par de años previo a su partida. Durante el tiempo en la milicia y su estancia en distintas ciudades, admite haber acudido a burdeles; la mayoría de ellos, asentados exclusivamente para militares. Un hecho realizado más por aburrimiento y deshago de sus tareas diarias, que por gusto propio.
Tampoco diría que le desagradan las mujeres, encuentra belleza en ellas. Incluso había tenido alguna atracción pasajera cuando volvía a casa durante su tiempo libre y sus padres le presentaban alguna muchachita para matrimonio.
Las mujeres eran todas bonitas, menuditas, delicadas, de facciones finas y cuerpos pequeños. Definitivamente, no cambiaría eso por un hombre. Sobre todo, cuando aquella connotación traía a su mente el cuerpo firme de los soldados en el ejército. Toscos y peludos. Alguien a quien vería a lo más, como un amigo.
Nunca bajo un interés romántico, mucho menos sexual.
Luego estaba Izuku, que físicamente, asumiéndole como mujer, le resultaba el compendio de todo lo que le atraía y mucho más. La sonrisa jovial que usaba la mayor parte del día, incluso cuando fingía con los clientes. La gracia en sus movimientos delicados, elegantes. La manera que tenia de pestañear y el movimiento nervioso de sus ojos cuando se quedaba sin palabras. Era encantador, lleno de seducción.
Le había hechizado, de eso no tenía dudas.
Pero entonces, caía en ese aspecto que debía ser el más importante y es que, tras el telón de femineidad que mostraba, Izuku era un hombre. Distinto a los que había conocido, pero hombre, al fin y al cabo.
Y dos de ellos no deberían estar juntos.
O eso se supone.
En vista que, para empezar, ni siquiera deberían atraerse o traerle a colación pensamientos pecaminosos entre ellos. Katsuki reconoce que ha fallado en ello, porque su mente debería pensar menos en Izuku y más en buscar un empleo decente, establecer una familia, tener hijos y dejar que su apellido perdurara por los años venideros.
Tiene veinticuatro, debería sentar cabeza.
Entonces, nuevamente venia la imagen de Izuku y la poca importancia que tenía su género en lo que él podía sentir. Por momentos creía que se debía a su apariencia femenina. Aunque aquello se perdió cuando –tras más de un mes juntos y conociendo la verdad– sus sentidos se habían agudizado, notado las facciones masculinas en su rostro sin maquillaje. Ninguno de ellos le desagradaba e incluso encontraba tierna la voz impostada cuando se hacía finita.
Otro tanto, aparecía una segunda explicación a sus dudas. El hecho que, al verse solo en el mundo, sin familia ni amigos, si quiera conocidos a su alrededor, le había llevado a quitarse de encima ciertos prejuicios. El estrés de la guerra y la presión de sus padres por una esposa para él, podría haber influido en el descubrimiento tardío de sus gustos y que ahora, con mayor libertad, era capaz de ver con claridad.
Enfermedad o hechicería, estaba seguro que aquello era parte de él.
–¿Cuándo vas a dejar de mirarme? –pregunta Izuku, arrodillado en el engawa, lustrando la madera.
–No te estoy mirando.
El menor eleva la cabeza, hacia el hombre de pie en el jardín, muy cerca de él.
– ¿Tienes la vista sobre mí y vas a negarlo tan descaradamente?
–Sí.
Izuku rueda los ojos, bufa, divertido.
Katsuki toma asiento a un lado suyo.
–Estoy limpiando. –le recrimina al interponerse en su camino.
–Toma un descanso –sujeta de su brazo suavemente, atrayéndolo a él –ven, siéntate conmigo
Izuku resopla, sin ánimos de oponerse. No es como si quisiera realmente rechazar algún acercamiento de Katsuki.
Se acomoda sobre sus talones, en una postura muy tradicional. Los brazos de Katsuki se enredan entorno a su cintura, jalándolo hacia él. Izuku apoya las manos sobre sus hombros, sorprendiendo. Ríe bajito al ver que se ha deslizado muy fácilmente sobre la madera.
–Nunca vistes de hombre –dice de pronto.
Enarca una ceja.
–¿Porque lo haría? –repregunta, pensando que se trata de una burla.
Pero el rostro de Katsuki no muestra burla.
–Gran parte de mi vida la he pasado en yukatas y kimonos –Responde, tras comprender la duda genuina tras sus palabras. Un hombre debería vestir como tal–. Dudo que me acostumbraría a vestir con pantalón y camisetas.
Katsuki entona un sonido gutural en afirmación.
Lo que en verdad ha querido saber, es si esta cómodo con aquello. No acostumbrarse, no es lo mismo a decir si le gusta o no.
–¿Quieres que vista de hombre?
–Era solo una duda –le abraza, apoyando la cabeza en la cuenca de su cuello–, pero si lo preguntas, te prefiero así.
Izuku ríe al sentir el cabello cenizo cosquillearle la barbilla, así como una leve bruma de vergüenza ante la muestra de afecto. No es que nunca haya recibido un abrazo, pero tampoco es que compararía el de Katsuki con el que sus hermanas le han dado. Mucho menos, con el que uno u otro cliente escaso de respeto ha ejercido.
Es distinto recibirlo de alguien por quien tiene un gusto particular.
Katsuki levanta la cabeza.
Ambos se miran. El chillido de las aves por la mañana no perturba la intensidad en sus ojos, ni lo que ellos anhelan en silencio.
Esta vez, no hay permiso que se pida ni que se conceda. El beso inicia bajo el mismo tinte inocente del primero. Un roce suave a ojos cerrados, solo percibiendo la presencia del otro. Katsuki es el primero en mover los labios, aventurándose en una hazaña nueva. Izuku le sigue con torpeza y los primeros segundos, golpea sus dientes o cierra la boca cuando debería abrirla. Ríe avergonzado, las mejillas quemándole. Envuelve el cuello de Katsuki con sus brazos, en una postura más cómoda y empieza a dejarse guiar por la pericia de los labios del mayor.
Enreda con sutileza sus dedos en las hebras rubias. El cabello suave se desliza sedoso entre sus falanges, avivando el deseo de continuar acariciándole. Izuku advierte en ese toque, una pequeña dosis de intimidad. El hecho de no haber tocado el cabello de otro hombre de esa manera, le sabe a un acto con mayor carga de afectividad que el mismo beso.
Poco a poco, ambos empiezan a reconocer el ritmo perfecto de los labios del otro, moviéndose en sintonía. Muy lento y preciso. Los brazos de Katsuki se mantienen en torno a Izuku, pretenciosos le atraen como un niño a su juguete preferido. Nota las manos de Izuku deslizarse por su cuello, acunando su rostro, separarlo suavemente del suyo. Abre los ojos y lo primero en encontrarse, es el verde exótico que le atrapó desde inicio.
Traga hondo.
Desliza las manos con calma hacia las caderas de Izuku, mientras le recorre el rostro con la mirada, envuelto aun en el torrente de magia que ha desprendido ese beso.
Uno mucho más fuerte que el primero.
–¿Que están haciendo?
Izuku se aleja de un salto al oír la voz de okasan tras él.
–Na-nada –retoma su labor, sin girar a verle.
Por el contrario, Katsuki si lo hace. La mujer muestra el mismo semblante rígido de siempre
–Ve a comprar comida para los peces. –ordena, restándole importancia a lo sucedido.
–Tch.
Baja del engawa, maldiciendo la interrupción de la mujer, y se retira.
…
Por las noches, las jornadas de atención suelen alargarse hasta la madrugada. Algunas veces, la okiya cierra con los primeros rayos de luz. Kayama-san es la primera en retirarse luego de eso. El resto de mujeres recoge los trastes y, por turnos, una de ellas se encarga de lavarlos cada noche.
Es durante los turnos de Izuku, que Katsuki se queda hasta el final y le ayuda con su tarea. A veces, conversan banalidades, juegan echándose agua y ríen. Otras, Katsuki comenta un poco de su vida en el campo, los días con sus padres y cómo fue la experiencia de llegar a la capital por primera vez. Izuku le oye en silencio, sin hablar de él. Hace mucho quedó en claro que su vida antes de la okiya, es casi inexistente en su memoria, y la que viene durante el tiempo ahí es por poco un misterio. Las geishas –desde maikos– son criaturas de la noche, siendo este, el momento donde viven sus máximas experiencias. Sin embargo, las conversaciones que mantienen con sus clientes son todo un secreto. Ellas se rigen a un código de silencio, donde todo lo que oyen, nunca sale de sus labios.
Más allá de eso, están sus vivencias como tal en la okiya, cosas que Izuku toca muy por la superficie. Nunca ahonda y Katsuki tampoco le presiona. Prefiere entretenerse con su sonrisa, con la mirada asombrada por sus hazañas en guerra, con los besos que suelen darse cuando ya no hay más de que hablar y el silencio les estorba.
Katsuki es quien empieza, tomándole por la cintura y arrinconándole contra el lavabo. Los besos ya no inician lentos como antes, sino que sus labios se mueven hambrientos, desenfrenados. Nunca tornándose vulgar, por el contrario, transpirando sensualidad. Las manos de Katsuki recorren su espalda, sintiendo el obi molesto interponiéndose en su camino de querer percibir más de su cuerpo, pero sin realizar movimiento alguno por retirarlo de en medio.
–Ya casi amanece –Izuku habla sobre sus labios, empujándole suave la barbilla con la yema de los dedos. Sonríe divertido al ver el rostro de su amante manchado con su maquillaje. Pasa el pulgar por sus labios, quitándole la tinta roja– terminemos de lavar.
–Solo un poco más –deja un beso en el pulgar antes de retirarle la mano–. Luego me encargo yo –habla ya sobre su boca nuevamente.
El beso persiste tras su interrupción, aunque esta vez Izuku pone un poco de resistencia. La que su lado consciente le permite. Son cerca de las seis de la mañana, ambos están cansados y aún hay una pila de servicios por lavar. Izuku quisiera continuar al igual que Katsuki, dejarse llevar por la marea de emociones que el toque de su lengua y el calor de su cuerpo matando el espacio entre ellos provocan.
Pero tiene deberes que cumplir antes de zambullirse en ese oleaje que impacta en las costas de su lívido.
Pone las manos en los hombros del mayor, buscando poner un poco de distancia. Voltea el rostro, poniendo fin al contacto. Los labios no se rinden y trazan un camino de besos pequeños por la línea de su mandíbula
–Kat... –exhala suave, con un leve jadeo al final cuando siente a Katsuki emprender el descenso por su cuello– Katsu... Mmm...
La sensación es nueva para Izuku. Los besos han ido y venido luego de que el primero rompiera la barrera entre ellos. Pero tener a Katsuki probando la piel de su cuello, deslizándose por el hacia sus clavículas, se le hace la cosa más exquisita que haya sentido hasta ahora. No creería ser tan sensible en esa zona. Presiona los muslos, advirtiendo los estragos de esa acción sobre el resto de su cuerpo.
El camino de Katsuki no se detiene cuando muerde delicadamente la clavícula, este sigue hacia la poca porción que trae descubierta en su pecho. Sus labios besan y succionan la piel, sin importarle la sensación arenosa que deja el maquillaje en su lengua. Las manos suben hacia la parte alta de la espalda de Izuku, acercándole con ahincó hacia su boca deseosa de él y tiene el atrevimiento de anhelar más.
Quiere todo en verdad.
Sumerge el rostro en la leve abertura que forma el kimono, zambullendo parte de su nariz bajo la tela, ahí donde su piel no trae más maquillaje. Ahí donde siente su aroma, su sabor y calor real.
–Katsuki –el joven del kimono le toma del rostro con ambas manos, poniendo fin a su avance.
Izuku le mira risueño, mordiendo sus mejillas para no reír de lo gracioso que se ve Katsuki con el rostro embarrado de blanco y el rojo de su labial. Sin mencionar el hecho de que le ha causado gracia la desesperación con la que ha buscado meterse bajo sus ropas.
No es como si fuera a encontrar algo que no haya visto en su propio cuerpo.
Katsuki resopla fuerte, da por terminado su avance y apoya la cabeza en el hombro de su acompañante. Izuku le acaricia el cabello, como se ha acostumbrado a hacer cada que le abraza. La sensación que le otorga ese momento, es incomparable con otra.
–Debemos terminar.
–Lo hago yo –toma distancia, limpia su rostro con una servilleta.
–Es mi turno, debo hacerlo.
El de cabello cenizo le toma de la cintura, empujándolo hacia la puerta con un poco de brusquedad.
–Te digo que lo hare yo –le suelta cuando ya le tiene fuera de la cocina–. Ya hiciste mucho por hoy, ve a descansar.
Izuku le acaricia una mejilla, enternecido por esas pequeñas atenciones que tiene con él desde que se han conocido.
–Gracias –deja un beso en su mejilla, volviendo a mancharle con su maquillaje.
–¿Buscas que vuelva a besarte?
Ríe.
–Nos vemos más tarde.
…
La suerte brilla en la okiya, haciendo que la emoción se apodere de todos.
Un ex cliente frecuente, de esos empresarios adinerados que las contrataban para sus banquetes privado, ha vuelto a solicitarlas. En un mes tendrá una reunión con inversores americanos y quiere presentarles un show de danza y música en una casa de té del hanamachi.
Una de las pocas que ha vuelto a abrir.
Desde entonces, gran parte de las tareas del hogar han sido relegadas a Katsuki, en lo que ellas ensayan la que será su presentación. Jirou es quien mayor destreza tiene en la música y la encargada de tocar el shamisen. El resto del grupo se encarga del baile. Practican con sus kimonos puestos, calculando bien los movimientos limitados que la tela les permite, batiendo un abanico en la mano y coordinan los pasos entre ellas, sin golpearse entre sí.
Katsuki limpia el salón sin hacerlo verdaderamente, distraído observándolas. Todo lo que ha llegado a ver de ellas hasta el momento, ha sido su papel como simples meseras, entablar conversaciones con los clientes y reír aun si lo que han oído no les ha causado gracia.
Ahora puede verlas en su habitad verdadero, mostrando ese arte que se les ha enseñado por años. Agitan los abanicos, los lanzan y cambian de mano. Giran con armonía, cambiando de posiciones, bailando con elegancia y delicadeza.
Otros tanto, son descoordinadas y golpean entre ellas.
–Bien, pueden descansar un minuto –dice okasan cuando el sonido del shamisen finaliza y presiente que su pésimo desempeño deriva del cansancio.
Cierra el abanico e indica a Katsuki que les sirva agua a sus aprendices. Él obedece sin mostrarse rebelde. La jarra está puesta sobre la mesa frente a la mujer, sirve vaso por vaso y va entregándoselo en las manos a las muchachas que, cansadas, toman asiendo arrodilladas en el tatami.
El momento de entregárselo a Izuku es el más preciado. Poniéndose en cuclillas frente a él, rozando sus dedos en el traspaso.
–Gracias, Katsuki.
–Mmm –Mina le hinca con el codo, sentada al lado suyo– Katsuki –repite y solo ahí, Izuku cae en cuenta de que nunca le ha llamado por su nombre frente a otros.
–Sa-san –menciona nervioso, intentado corregir su oracion– Katsuki-san.
–¿Porque mejor no Katsuki-chan? –dice Ochako, dándole mayor cuerda a la burla de Mina.
–O Kacchan –aviva la burla Jirou, con el rostro serio y voz neutra.
Izuku le mira traicionado, las mejillas les arden junto a las orejas.
Desea que el tatami se lo tragase.
–Muchas gracias, Kacchan –agradece Mina, guiñando el ojo cuando el hombre le entrega su vaso.
Katsuki refunfuña maldiciones e improperios que hacen reír a las chicas acostumbradas a su boca con poco filtro.
–Si tienen tiempo para coquetear, pueden seguir ensayando –la voz firme de Kayama resuena en el salón.
–Todavía no –entonan todas, fingiendo fatiga.
–¡Rápido!
Exhalan cansadas y vuelven a sus posiciones. Toman sus abanicos, suena el shamisen.
Retoman el ritmo. Izuku agita su abanico, lanzándolo al aire y atrapándolo con la otra mano; mientras en su mente se queda rondando las palabras de okasan. "Coquetear". Katsuki es un hombre atractivo, joven, alto, con el honor de haber servido al imperio en la guerra. Es indudable que una mujer, de poder hacerlo, le coquetearía o al menos quisiera atraer una mirada suya.
Y duda de que Katsuki no se la devolvería.
No va a negar que en todo el tiempo que ha estado en la okiya, no le ha visto mostrar interés alguno en sus hermanas. Le ha tomado con bastante sorpresa caer en cuenta que los ojos de Katsuki solo se fijaran en él, pero es inevitable preguntarse, ¿hasta cuándo? No han tocado el tema y no habría porqué hacerlo, teniendo en cuenta que lo suyo no es una relacion.
O al menos, ninguno de los dos ha llegado a definirla como tal.
Solo son dos personas solitarias, que matan el tiempo juntos.
–¡Izumi! –el ruido de okasan golpeando su abanico contra la mesa le sobresalta– ¡Concéntrate!
–¡S-sí!
Vuelve a centrarse en los pasos que debe seguir. La vista en frente es distraída por la cara que hace Katsuki, imitando a okasan y que le hace sonreír.
Ahí iba otra vez, con esa extraña familiaridad que iba dirigida a él, no a sus hermanas.
Solo a él.
…
Las noches en la okiya desbordan siempre de dos cosas: alcohol y faltas de respeto.
Katsuki ha visto a la gente beber hasta quedar inconsciente y desde su llegada, ha sido el encargado de llevarlos fuera de la okiya. También, ha visto muchas veces a los americanos acercarse de más a las muchachas, pasar los brazos entorno a sus hombros o cogerles las manos. Nunca llega a más, ellas han aprendido a alejarlos a tiempo.
Eso no quita que él les vea con mala cara cuando lo hacen.
Porque esos sujetos no conocen su cultura y sienten que siempre pueden obtener un poco más de ellas si así se lo proponen. Un tirón de sus kimonos en busca de ver sus hombros, una pregunta subida de tono en torno a su vida íntima. Recuerda la vez en que un soldado americano cogiera a Ochako de la barbilla, queriendo robarle un beso. Momo intervino en esa ocasión, liberando a la muchacha sin hacer sentir al americano como un idiota.
Todos parecen bien con eso. Recibiendo aquellos acercamientos inapropiados y alejándoles con delicadeza, usando una sonrisa falsa y cambiando el tema. Comprende que ese es un mundo de mujeres y son ellas las que ponen límites y se hacen respetar.
La perspectiva cambia en el momento en que uno de esos americanos pone la mano sobre el muslo de Izuku, debajo de la mesa. Katsuki lo nota porque no está muy lejos de ahí bebiendo sake.
Entonces, de nada sirve su conocimiento de cómo funcionan las cosas en la okiya, ya que en él converge el vivo recuerdo de cómo fue que terminar envuelto con Izuku en lo que sea que estén teniendo; junto a la indignación que ha sentido todo ese tiempo de ver a su nación caída por parte de los mismos que quieren imponer sus reglas ahí dentro.
Un torrente intenso de ira hace meya en su cerebro alcoholizado y no espera un segundo que okasan o una de las muchachas ponga orden. Tampoco se acerca educadamente y retira la mano. Sino que su puño se estampa con la rabia contenida de un soldado caído y humillado sobre su oponente.
–¡Katsuki, no!
–¡Bakugou!
Los gritos se entremezclan con la música y hace oídos sordos a todo. Ni loco que estuviera para dejar que ese torrente de adrenalina terminara con un solo golpe. Como un animal furioso, fija los ojos en su contrincante y no se distrae del objetivo. El americano es un hombre más grande que él, más corpulento y también mayor. He ahí que Katsuki ve su mayor ventaja, aunque poco dura aquello. Como buen militar, su resistencia física no se limita a su edad y reacciona avispado cuando el segundo golpe esta por caerle.
El puño de Katsuki es atrapado por el extranjero y, rápidamente, el impacto de los nudillos ajenos se estampa en su rostro. El sabor ferroso no se hace esperar dentro de su boca, así como el dolor intenso en su mejilla. Otro golpe llega a su abdomen cuando le patea y le hace volar por el salón, cayendo sobre una de las mesas que rompe. A penas tiene tiempo de reaccionar y lo tiene nuevamente encima.
No se deja someter tan fácil.
El intercambio de puños les hace rodar por el tatami, con cada uno queriendo dominar la lucha. Ninguno lo logra y la batalla se prolonga muchos golpes más.
La música hace mucho que dejo de sonar, las mujeres continúan gritando, pidiendo que se separen. El sonido de la loza rompiéndose también se oye, como el aroma fuerte a sake que seguramente ha caído en el piso.
El hombre dice algo que no entiende en su idioma extranjero, lo que enerva mucho más a Katsuki. Impulsa sus piernas y patea en el abdomen del americano tal como él lo hiciera minutos atrás, haciéndole salir disparado hacia el otro lado del salón. Katsuki reacciona veloz, aventándose encima suyo cuando apenas se está poniendo de pie. Atraviesan el shoji, ruedan por el engawa y caen al jardín.
Entre arbustos, césped y tierra, la guerra de cuatro años que les une, continua hasta llegar al mismo término de la real.
…
Resulta casi cómico que, tras más de un año en prisión por pelear contra norteamericanos, nuevamente se viera tras las rejas por la misma razón. Aunque esta vez no se tratara de un presidio como tal, sino solo una noche en la carceleta de la estación de policías. La condena se había resumido en dormir en el suelo con otros tantos ebrios y ladronzuelos. Así como una meditación forzada de una hora con los primeros rayos del sol. Todos arrodillados contra las rejas, mirando al suelo y en silencio.
Exhala exhausto y adolorido.
Es una mierda haber terminado ahí cuando él no había sido el culpable en el alboroto de la okiya. Todo lo contrario, había sido el defensor; sin embargo, a veces olvidaba bajo el yugo de quien estaban y que ese "soldado" americano, era un general de cargo alto y muchas condecoraciones durante la guerra.
Escupe a un lado de la celda, despotricando su enojo en ese acto. Pasa una mano por su cabello, sintiendo la tierra del jardín aun en sus hebras. Sacude la cabeza y no parece la mejor idea cuando se marea, aun trae mucho alcohol en la sangre.
Suspira.
Apoya la espalda en el muro, percibiendo cada vez más lo adolorido de su cuerpo. No solo por dormir en el suelo, sino por los golpes dados con precisión. Tiene un ojo hinchado, puede saberlo por la poca visión que en este. Una costra se ha formado en su ceja tras rompérsela, aunque no sabe si fue por un golpe o la caída que tuvieron hacia el jardín. Prefiere darle el mérito al césped. Lo mismo con el dolor de espalda y abdomen.
Quizás, sus nudillos sean quienes más lo lamenten.
De pronto, oye el portón de hierro principal abrirse. Todos miran con atención al guardia que ingresa, pero es solo cuando ve a Izuku tras de él, que se pone de pie. Coge los barrotes, esperándole.
El oficial abre, Katsuki sale y lo abraza.
–¿Estas bien? –susurra contra su oído.
–Ahora lo estoy –la voz ronca sale de manera natural.
De verdad lo está.
–Andando –les corta el momento el oficial.
La puerta de la celda rechina nuevamente cerrándose y los tres caminan hacia afuera de ese lugar apestoso.
–Gracias por sacarme de aquí –murmura.
–No es a mí a quien debes agradecer.
Katsuki enarca una ceja. Si no es a él, ¿entonces a quién?
Al llegar a la oficina principal, ve a okasan y, lamentablemente, al americano que golpeó.
Con una mierda.
–Muchachito irrespetuoso –la mano de Kayama-san se estampa en su mejilla morada.
–O-okasa, no... –Izuku se interpone, queriendo defenderle de la furia de la mujer.
–Quítate de ahí –la voz firme hace que el muchacho retroceda.
La mujer toma del cabello a Katsuki y tira hacia abajo, obligándole a hacer una reverencia que tanto ella como su aprendiz imitan.
–Siento mucho lo sucedido, Shield-sama –se disculpa con voz solemne– mi sobrino no volverá a causar problemas.
–Solo por esta vez no levantaré cargos –farfulla el general– Pueden irse.
–Gracias –dicen ambas mujeres.
Katsuki chasquea y se gana otro golpe de la mujer.
–Gracias –termina por mascullar de mala gana.
Se retiran de la estación en silencio. Kayama no pierde el ceño fruncido, la línea de su mandíbula se nota tensa. El rostro rojo y las fosas abiertas delatan su malestar; pero es solo cuando se han alejado lo suficiente de la estación, que explota.
–¡Eres un idiota! –le grita la mujer, alzando la mano.
Antes que la bofetada se dé, Izuku se interpone, recibiendo el golpe.
–¡Quítate! –le empuja.
–Okasan, estamos en la calle –intenta controlarla.
–No lo toques –ordena Katsuki, interponiendo su cuerpo delante del de que Izuku.
Sus ojos rojos posan fijos sobre los de la mujer, que le devuelve la misma intensidad. Izuku sujeta la camiseta del más alto por la espalda, esperando que ninguno de los dos arroje un golpe.
Es la mujer quien cede primero.
Exhala entre sus dientes, ruidosa. Frota el puente de su nariz, murmura maldiciones y palabras malsonantes; antes de volver a guarda la compostura y relajar los hombros.
–Vas a pagar por todos los destrozos ocasionado o saldrá del sueldo de Izumi –rechista– Te iras olvidando del sake. Al primer indicio de que hayas bebido, te vas de la okiya –advierte–. Tampoco volveras a ingresaras al salón o si...
–¡¿Porque deben de prohibírmelo a mí?! –interrumpe con molestia. La misma que ha contenido desde que los oficiales se lo llevaron a rastras de la casa– ¡Es a él a quien no debería dejarlo entrar más!
–¡Cállate! –le sujeta de la barbilla con fuerza. Katsuki siente las uñas de la mujer incrustarse en su carne– deberías agradecer que no te hecho de la okiya.
–Okas...
–No te metas –replica entre diente, silenciándolo de inmediato –ve a la casa, sin distracciones.
–Pero... –intenta refutar, pero la mirada de la mujer termina por hacer énfasis en su orden.
Izuku exhala nervioso. Mira hacia Katsuki, luego vuelve a su superior. Asiente desganado y continua su camino calle abajo.
Kayama suelta al hombre.
–No voy a perder a un cliente como el general por el capricho de un soldado humillado como tú.
–¿Y por eso iba a permitir que se propasara con él? –refuta ignorando el insulto.
–Ellas han sido educadas por años para eso, saben perfectamente hasta dónde llegar con los clientes.
Katsuki bufa, sonríe de lado irritado.
–Por un poco de monedas no le importa donde pongan la mano.
–Si nuestra posición es mejor a otras okiyas, es gracias a las dadivas que nos dan por esas manos.
El gesto de Katsuki pasa del reproche al asco.
Hay muchas cosas que puede deducir de esa frase. Tantas, que solo hacen su sangre hervir mucho más.
Entonces, amenaza.
–Dudo que dieran esas dadivas si supieran la verdad.
La mujer vuelve a fruncir el ceño. Echa el cuerpo hacia adelante, contra él.
–¿Tú qué sabes de nuestras vidas? –dice en voz baja. Se acerca, los ojos inyectados en ira– Estos hombres preferirían pagar por una prostituta antes que por ellas. Los tiempos cambian y nosotras debemos adaptarnos si no queremos desaparecer.
–Prefiere prostituirlas –dice colérico.
–Jamás haría eso. No es cómo se comporta una geisha.
–Les diré la verdad –gira de regreso a la estación, ignorando su respuesta.
–Si lo haces, les destruirías la vida a todas, incluida Izumi –Alza la voz– Esto es todo lo que sabe hacer.
Katsuki se detiene, le mira sobre el hombro.
–Pero él me tiene a mí y el resto de chicas son jóvenes. En cambio, usted... Usted no es nada sin ellas.
–¿Te tiene? –se burla– ¿Hasta cuándo? –la mujer astuta nota la duda en él– El disfraz que le di le ha salvado de la guerra, pero no de la miseria que vino después –retrocede– temes porque un hombre le tocó una pierna cuando ha hecho cosas peores.
Nuevamente deja entrever cosas que irritan a Katsuki, sus gestos lo delatan y ella se da por vencedora.
–No me mires así, como dije, ese no es el comportamiento de una geisha. No es lo que les he enseñado –se excusa. Acomodando sus ropas y su cabello–. Pero claro, no todo el tiempo he podido estado a su lado. Sobre todo, los últimos años –le da la espalda– gracias a ustedes que perdieron la guerra.
…
Izuku espera en el jardín. Camina nervioso de un lado a otro, fingiendo ver los peces en el estanque, limpiando las hojas de las flores. No hay mucho que hacer ahí afuera, pero es mejor que estar dentro con sus hermanas, oyendo sus cuchicheos y teorías del posible resultado. Teme que sus hipótesis se hagan realidad y okasan eche a Katsuki de casa. De hacerlo, seria completamente imposible volver a verse. Siendo que él como tal, tiene prohibido salir de casa solo, así como verse con hombres que no hayan pagado por su compañía.
Tampoco sabe, si Katsuki quisiera volver a verle estando lejos de ahí.
Recuerda lo que le contara tiempo atrás. El ex soldado apenas había salido de prisión cuando llegó a la okiya, sin muchas metas ni sueños. Desde que empezó a vivir ahí dentro, casi no había salido al exterior más que para hacer recados de okasan. Todo lo que Katsuki conocía tras volver a la libertad, era el mundo que se instalaba ahí dentro e Izuku sospecha, que es esa la misma razón por la cual él ha captado su atención.
Sin mucho que ver, sus ojos se habían acostumbrado a él.
La puerta principal suena, se aproxima presuroso al salón, donde sus hermanas dejan los chismes y fingen concentrarse en sus tareas de limpieza. A través del shoji roto ve la figura de Katsuki ingresar junto a okasan. El camino de ellos se separa a mitad del recorrido, okasan ingresa al pasillo dentro de casa, Katsuki sale a su habitacion, que está por fuera.
Izuku trepa ágil sobre el engawa.
–¿Te echó? –es lo primero en preguntar cuando le tiene enfrente.
–No.
–Que alivio.
Suelta un largo suspiro que libera la tensión. Lleva una mano sobre el rostro golpeado del cenizo. Rozando muy superficial la piel morada.
–No debes involucrarte, yo puedo hacerme cargo.
–Lo sé, también me lo dijo.
Izuku le sonríe. Pasa los brazos lento alrededor de su cuello, acercándose más a su cuerpo.
–Igual, gracias por haberlo hecho. –deja un beso pequeño en sus labios.
Katsuki no reacciona al beso. Mantiene la mirada firme en su rostro, imperturbable.
–Hay algo que mi inquieta –le abraza por la cintura– Kayama dijo algo –pausa el rumbo de sus palabras.
–¿Qué?
Duda.
Porque muy en el fondo, intuye la respuesta. Recuerda su primer encuentro, las palabras que usara y que no parecieran haber sido elegidas aleatoriamente en ese instante.
–No tiene permitido besarme, tampoco puede desnudarme.
Presiona las manos tras él, sujetando la tela de su yukata en dos puños.
–Dijo algo... –piensa, sin querer usar la palabra que se le viene en mente– algo sobre tú y otros hombres.
Los brazos de Izuku pierden firmeza en el abrazo. Con suavidad los desliza por los hombros de Katsuki, presionan sobre su pecho, queriendo interponer distancia. Pero el mayor no le libera de sus brazos. Le mantiene quieto junto a él, observando cada gesto suyo.
Los ojos verdes que le cautivan, le esquivan la mirada.
–Yo... no tengo un mizuage que vender a diferencia de mis hermanas... y nadie le pediría a una geisha desvestirse, mucho menos un hombre ebrio que no diferencia nada.
Silencio.
No hay mayor respuesta que la que se lee entre líneas. Menos cuando en su rostro solo encuentra vergüenza y agobio. Su cuerpo se tensa nervioso, quizás, temeroso al rechazo inminente que su respuesta pudiera originar.
Relaja sus manos, subiendo y bajando sobre su espalda.
Seria hipócrita de su parte dárselas de moralista a esas alturas siendo consciente de su propio pasado. Tampoco le molesta no ser el primero, sino el conocer la verdad tras sus encuentros posteriores.
–No son prostitutas –aclara Katsuki, quien por primera vez no usa aquella palabra para adjetivarlo.
Y es también, por primera vez, que Izuku no afirma aquello, solo resopla entre dientes, sarcástico.
Quedan en silencio.
Es imposible encontrar una palabra digna cuando Izuku mismo se muestra reticente a cualquier consuelo. Katsuki comprende lo injusto que ha sido todo ese tiempo. Le ha juzgado con ligereza en un terreno que debía tocar con pinzas. Se ha dejado llevar por los prejuicios que su mente ha creado en torno a todos los japoneses que buscan ayuda a americana. Bajando la cabeza, abriendo las piernas.
Quizás, movido por él mismo autodesprecio. Ya que, valgan verdades, el tiempo que se ha visto recluido en prisión, han sido los mismos americanos que aborrece quienes le han proporcionaban abrigo y alimentos.
Exhala despacio.
–No pienso pagar un solo yen por ti. –confiesa.
Bajo la incertidumbre de no saber cómo lo tome. Pero queriendo dejar en claro que, la posición que tomo el día que se conocieron, es algo que no sucederá nuevamente.
–Me ofendería mucho que lo hicieras. –vuelve la vista a él, los brazos suben nuevamente a su cuello.
La distancia estorba cuando de expresar sus sentimientos se trata. Katsuki le besa con parsimonia, como si el tiempo no pasara en ese instante. Disfrutando las caricias dan sus labios y el movimiento terso de su lengua.
–Y le romperse los dedos al primero que te ponga precio. –susurra contra su boca.
–Preferiría morir de hambre a volver a hacerlo.
Inician una serie de besos cortos como preludio al final. Es pasado medio día y el salón debe verse lo más decente posible, escondiendo los destrozos de la noche anterior.
–Debo subir.
–Ve.
Pero ninguno de los dos libera al otro, ni terminan los besos pequeños. Izuku ríe por la poca falta de voluntad de ambos, aun cuando saben que okasan ya les tiene entre ceja y ceja por los problemas que trae esa cercanía.
Rompe el abrazo de manera casual, interponiendo sus brazos. Katsuki desliza las manos por ellos, rozándoles bajo las mangas del yukata, hasta coger sus hombros.
–Debo subir –repite.
–Ve.
Ambos ríen.
Y los intentos de despedida se alargan por un tiempo más.
...
Al día siguiente, la conversación sobre Katsuki continúa entre las mujeres. Izuku escucha en silencio, sin acotar nada. No es de sorprenderse, pocas cosas emocionantes suceden en la okiya y la vida fuera de ella es limitada para todas. Un acontecimiento como el de esa noche iba a tardar en extinguirse.
–Lo que daría porque alguien le pegara a uno de esos maleducados por mi –confiesa Mina, muy animada bajando las escaleras.
Pasa medio día y recién despiertan para iniciar sus tareas.
–Eso es amor –acota Ochako, soltando un suspiro exagerado– Lo que daría por vivir algo así.
El resto ríe mientras Izuku intenta ocultar sus mejillas sonrojadas.
¿Amor?
Quizás es un término muy amplio para concentrar lo que a penas inician. Sería absurdo negar a esas alturas que ambos sienten algo por el otro.
Como geishas, se les enseña que el unico al que pueden entregar todo es a su danna. Siempre y cuando, pague una manutención nada despreciable por ello, incluido regalos lujosos. Sin embargo, Izuku sabe que jamás tendría uno y por ello mismo, no se hubiera atrevido a besar a alguien por quien no sintiera un mínimo de aprecio o agradecimiento.
Katsuki se encontraba en ese nivel por ahora.
No sabe hasta cuándo.
Y es esa la mecha que enciende sus dudas. Ya que no sabe qué son realmente, hasta cuándo durarán juntos, ni hasta dónde llagarán con lo que tienen. Izuku, de cierta forma, está preparado para el rechazo. Aunque eso no impida el sabor amargo que se le instala al pensar en el final.
Inhala profundo, bajando del último escalón. Es un día nuevo y debe concentrarse en sus tareas. Preparar el desayuno primero, ensañar después. Jirou y Ochako abren los shojis, la luz de la tarde ingresa con fuerza en el salón.
–¿Bakugou? –menciona con incertidumbre Jirou, mirando hacia afuera.
–No está – Momo ingresa. Siempre es la primera en despertar– lo vi salir temprano.
–¿A dónde? –inquiere Izuku.
Momo se encoge de hombros.
–A la okiya Takeyama –responde okasan, caminando entre ellas hasta tomar asiento en una de las mesas.
–¿Qué hace ahí?
–Tiene que pagar los destrozos que hizo.
–Debemos ensayar, ¿quién hará las cosas de la casa? –continua y sus hermanas murmuran a favor de sus palabras– son muchas labores...
–¡Silencio! –golpea la mesa– si tanto te importa puedo sumarlo a tu deuda.
Izuku entorna los labios, Ochako le toma de la mano, presionándole fuerte. Él comprende, vuelve a juntas los labios y no cuestiona más.
La mayor bufa irritada, vuelve a acomodarse en la mesa. Abre el abanico y agita cerca de su rostro.
–¿Qué nadie va a traerme el desayuno?
–¡Sí!
Todos empiezan con sus labores.
…
Un día más y Katsuki no muestra su presencia en el salón luego de abrirse el shoji. Izuku tiene casi certeza de que la noche anterior no llegó a dormir.
–¿Que tanto hace allá? –es Mina la que saca el tema en pleno desayuno –¿Está reconstruyendo la casa?
Todas ríen.
Okasan le mira con seriedad, sosteniendo el plato de arroz contra sus labios. Da un bocado largo y regresa el plato a la mesa.
–Necesitan dejar operativo su salón –comenta cuando ha terminado de pasar los alimentos– también atenderán en la okiya.
–¿Y porque justamente él? –cuestiona Izuku– ¿Porque no llamar a un profesional?
–Son caros –extiende la pipa larga que usa para fumar. Ochako se acerca a prenderla –Y porque yo lo recomendé. Tiene que pagar sus destrozos de alguna manera.
–¿Eso incluye pasar la noche allá? –murmura.
La mano de okasan azota la mesa. El golpe crea un ruido seco en el ambiente, haciendo sobresaltarse a todos.
–No te pago para que me hagas preguntas estúpidas, ve a limpiar todo el engawa.
–¿Eh? –se queja– Pero lo limpie ayer.
–¡Te he dado una orden!
Izuku exhala hondo, dejando caer sus hombros y asiente.
Admite que se ganó el castigo.
...
El resto de la jornada la pasa ensimismado. Taciturno, da vueltas una y otra vez sobre su última conversación con Katsuki. Aunque le da sosiego saber que okasan no le ha echado –y que sus cosas continúan en el depósito– nunca mencionó nada sobre ese empleo en la otra okiya.
Y ese secretismo le incomoda.
Katsuki es un hombre atractivo. Algo brusco y rudo, pero cautiva la atención. Sucedió en inicio en con su llegada –sus hermanas no dejaban de hablar sobre él– y seguramente suceda lo mismo en la okiya en la que está. Conoce a las mujeres de esa casa, en algún momento antes de que tuvieran que hacerle frente a la guerra, habían asistido a banquetes en conjunto. Son hermosas, como se esperaría de una geisha. Todas jóvenes, sin mizuage, sin danna.
Despabila agitando el rostro.
No es correcto pensar de esa manera acerca de una de ellas. Hacerlo, seria caer en las mismas conclusiones que ha discrepado con Katsuki desde inicio. Ninguna okasa permitiría que una de sus chicas se metiera con un hombre que no fuera su danna y perder la opción de un sustento valioso de dinero.
Exhala profundo, el aire suena al escapar de él y el cliente que atiende le mira intrigado. Izuku le sonrie e intenta centrarse en servir el sake correctamente, mantener una conversación agradable y reir cada que lo amerite.
No por eso, su mente logra concentrarse del todo.
La mayor duda que le correo, no es que esas mujeres puedan coquetearle a Katsuki o lo que pueda suceder en términos generales. Conoce el mundo de los hanamachis demasiado bien como para creer que una de ellas haga algo indebido. Por ello, la duda es más una inseguridad que yace en sí mismo y el hecho de que ellas son mujeres y él no. De que lo normal es que Katsuki pose los ojos en ellas, ya sea con deseo o mero gusto hacia su belleza.
Porque Katsuki era un hombre y, lastimosamente, él también.
Si ponía en una balanza, tenía todas las de perder.
–Izumi –le llama Momo en un susurro a su lado– Bakugou llegó.
Todas las voces en su cabeza se calman.
–¿Porque me lo dices?
–Te veías preocupado –sonríe, retomando su conversación con un cliente.
…
A pesar de ser tarde, el sol aun no sale cuando se van a dormir.
Todas caen rendidas a sus futones. Exhaustas de atender clientes cargando sobre si mismas vastas capas de tela. Llevando bandejas, recogiendo los servicios. Las gargantas secas de tanto hablar y las mejillas adoloridas de andar sonriendo.
Sin embargo, Izuku es incapaz de conciliar el sueño cuando ve la hora en el reloj. La misma en la que ha empezado a intuir es durante la cual sale de casa Katsuki. Han sido días sin verle y empiezan a pesarle luego de haber pasado tantos momentos juntos. Había pasado por su habitacion al término de su jornada, pero lo había encontrado dormido.
Una parte suya se preguntaba, si el ex soldado tenía la misma necesidad de verlo como él.
Porque tres días habían pasado y no había hecho una sola acción por acercarse.
Observa el reloj. El tiempo continúan avanzando y siente cada tic que hace el minutero como un taladro en sus sienes. Aunque más que un taladro es una vocecilla que le insta a dar un último esfuerzo.
Izuku duda. Algo muy leve y que solo le retrae segundos, antes de tomar decisión y bajar las escaleras sigilosamente. Hace guardia sentado en la última grada, a oscuras. Esperando oír cuando Katsuki salga de su habitacion. Verlo, aunque sea un instante.
Bufa, sintiéndose patético y vuelve a ponerse de pie.
No era él quien había empezado aquello, quien había sido insistente en acercarse y, sin embargo, era el unico haciendo esfuerzos por tener un momento minúsculo juntos.
Suspira hondo.
Retorna a su posición sentado en el escalón.
A veces, teme volver a la vida de antes, la que es él enfocado solamente en las obligaciones de la okiya.
Sus hermanas tenían la esperanza de encontrar un danna adinero que pagara sus deudas y les diera una vida digna. Incluso recibir solo lujos o casarse si la suerte les era propicia. Luego estaba él, siendo un hombre viviendo un sueño que nunca terminaría con ese final tan optimista.
Como geishas, aprenden que la vida de ellas es solitaria. Una vez la juventud se va, no queda más que envejecer en la okiya, siendo mantenidas por las más jóvenes. Con suerte, pueden abrir su propia casa. Pero al final, continuaba siendo una vida solitaria. Sin embargo, ahora que había probado el sabor dulce de la compañía, costaba mucho volver a retomar esos pensamientos.
Ha pensado incluso que, si Katsuki un día se casara y formara una familia, no tendría inconveniente en ser su amante si él se lo ofreciera. Al final, era eso también lo que se le ha inculcado.
Las geishas solo aspiran a ser amantes mientras su belleza se los permita.
De pronto, sus oídos se avispan. Abrumado en sus pensamientos, no ha oído los pasos de Katsuki pasando por el engawa, tampoco la puerta principal abrirse.
Sale corriendo, sin importarle no colocarse las getas al salir y ensuciar sus pies.
–¡Katsuki! –grita caminando sobre la calle empedrada descalzo.
El rubio gira a unos metros de distancia.
Es temprano y en la calle del hanamachi apenas hay gente transitando. Las avecillas ya entonan sus canticos vespertinos y el sol ilumina las casas. Una sensación de añoranza le cubre.
¿Hace cuanto no transita por la calle a esas horas?
La vida nocturna que llevan no se lo permite y la sorpresa en el rostro de Katsuki es la muestra innegable de que, él ni siquiera debería estar despierto a esa hora.
–¿Qué sucede?
Izuku se estremece al escuchar su voz gruesa otra vez.
Por un instante, piensa en Momo y el tiempo que lleva alejada de Todoroki-sama. La distancia y la carencia de información hubiera sido suficiente para que cualquiera olvidara a su amado. Momo no había dejado de pensarle un solo día y ahora la comprende a la perfección, si solo tres días bastaban para anhelar tanto de Katsuki. Son muchas las cosas cruzando a la vez por su mente, que no distingue si lo que en verdad desea es un abrazo u oírle decir su nombre. Un beso o un "te extraño".
Cierra los puños. La garganta se cierra como una bóveda, incapaz de decir algo. Todo parece insuficiente.
Baja la mirada, su pie juga con una piedrita.
–Vas a lastimarte –Katsuki se aproxima, su cuerpo queda frente a él, haciéndole retroceder hasta verle los pies dentro de casa –ve a descansar.
Vuelve a girarse.
–Katsuki –el mundo se le escapa en un susurro.
Su mano impulsiva, toma de la camiseta al mayor.
Otra vez no hay palabras, pero ahora le mira fijo, a la espera que sean sus ojos los que hablen por él.
Katsuki resopla y no sabe identificar si se trata de un gesto de hastió, derrota o ¿qué? Pero logra su objetivo. Vuelve a acercarse, repite la acción de hacerlo retroceder y cuando ambos están dentro de casa, sus brazos fuertes le atrapan.
Ahora es Izuku quien resopla y comprende, que es un gesto de alivio.
–¿Qué dirá la gente si nos ve así, a esta hora, en este lugar?
–Que digan lo que quieran.
Su corazón se calma por los efímeros segundos que dura su compañía.
…
Su buen ánimo es notorio durante el día entero. Mina bromea diciendo que el amor está en el aire, Izuku solo ríe sin decir más.
Aún existen dudas rondando y queriéndole asfixiar, pero prefiere centrarse en el buen momento que ha pasado esa mañana con Katsuki. Incluso si el sueño no retorno a él, si bosteza más de lo que conversa con los clientes. Aun así, les sonríe como ningún otro día anterior lo ha hecho y eso es suficiente para que okasan no le llame la atención, ni para que ninguno de los hombres se queje y solo halague lo bien le queda el gesto en sus labios.
Ese día, es él y no Momo quien ve a Katsuki llegar.
Su sonrisa crece más tras ese momento. Incluso si el hombre no le ha visto o saludado a lo lejos. Izuku es feliz con la esperanza de llegar a tener una conversación corta nuevamente antes de irse a dormir, ya que duda su cuerpo soporte dos días sin descanso.
Son cerca de las cinco de la mañana cuando el último grupo de clientes se retira y todas caen rendidas sobre el tatami.
–A descansar a sus habitaciones –ordena okasan, empujando con el pie a Ochako que ha quedado en medio camino– pero primero, lleven todo a la cocina. Que no quiero insectos ni ratas en mi casa.
Todas se quejan poniéndose de pie, retirando los platos y demás utensilios. Izuku toma la escoba, barriendo los trocitos de comida que siempre caen al suelo.
–Déjamelo a mi –pide Momo, sosteniendo la escoba– tú tienes cosas que hacer.
–¿Eh?
Momo arquea las cejas, señalan fuera del salón.
–Ve antes que vuelvan –susurra– yo te cubro.
Izuku asiente decidido.
–Gracias.
Deja la tarea en manos de su hermana y sale al engawa. Katsuki fuma sentado al borde de este, con los pies colgando bajo el entablado.
–Creí que estarías dormido –se acerca.
–Lo haría –exhala el humo, sin girar el rostro hacia él–, si no fuera porque alguien quería verme.
Las palabras salen bruscas, no obstante, Izuku las acoge con cariño. Que Katsuki haya sido capaz de comprender su actuar de la mañana sin palabras de por medio, le indica que es porque no ha sido el unico que ha extrañado su cercanía todo este tiempo.
Toma asiento al lado suyo, con las piernas colgando.
–¿Puedo? –señala el cigarro.
–Las mujeres bonitas no fuman.
–No soy una mujer.
–Pero si eres bonito.
A Izuku se le incineran las mejillas. Katsuki no ríe como antes, pero incluso si lo hiciera, ahora no se tomaría aquello como una burla.
Hace mucho pasaron el umbral donde las palabras quedan dudosas.
–Solo dámelo.
–No quiero.
–Katsuki –le increpa.
Entonces, finalmente se gira a mirarlo. Izuku estira una mano, intenta quitárselo y Katsuki aprovecha la cercanía para aniquilar el espacio entre ellos. Le abraza por la cintura, pegando sus cuerpos.
Sus rostros muy cercas.
Katsuki lleva el cigarro a sus labios, da una calada larga. Izuku observa su perfil embelesado y no puede evitar llevar una mano a su mejilla, cerciorándose de que es real lo que ve. Katsuki sonríe ante el toque, aleja el cigarro y le besa, exhalando en el momento justo. Izuku se siente inundado por el humo, por su lengua demandante, por sus labios ansiosos.
Por los sentimientos que quieren explotarle en ese instante.
–¿Qué tal?
–Amargo. –responde, sin perder de vista los labios de su amante.
Le ve voltear el rostro, nuevamente se encuentra con su perfil fumando, calmado, sin quitar el brazo que le bordea. Izuku pasa los suyos de igual forma alrededor de él y apoya el rostro en su hombro, ignorando el maquillaje blanco que trae.
Quedan en silencio, siendo acariciados por la brisa del amanecer, iluminados por los primeros rayos del día que tornan en naranja lo que fuera negro. Poniéndole fin a la noche tal como Katsuki lo ha hecho en su vida gris.
Izuku encuentra en ese momento, el sosiego que quiere hasta la eternidad, pero que debe interrumpir. Ya que si anhela paz, primero debe saldar sus dudas.
–¿Cuánto tiempo más va a durar esto?
–Esto, ¿qué?
–Esto... –su mano se cierra en puño, apretujando la ropa de su acompañante– Tú y yo.
Katsuki lleva el ultimo retazo de cigarro a sus labios. Aspira hasta que la punta de cenizas cae sobre jardín. Contiene la respiración en lo que apaga el resto del cigarro contra el borde del engawa, ahí donde Izuku ha encontrado muchas quemaduras en la madera cuando la limpia y ha guardado celosamente el secreto de okasan.
–No lo sé –entorna los labios, permitiendo al humo escapar hasta el cielo– ¿Cuánto quieres que dure?
–¿Es así como se decide? –confiesa irónicamente. Inhala el remanente a tabaco que queda en el aire y exhala el resto de dudas– ¿Estás seguro que no te interesan ninguna de las chicas?
–Si lo hicieran no estaría contigo ahora.
Rompe el abrazo con delicadeza, esperando que Izuku se reincorpore recto a un lado suyo.
–¿Es eso lo que te preocupa? –continua. Los ojos sobre el rostro maquillado le analizan–¿Temes que me vaya con una mujer?
Dicho así, Izuku se siente avergonzado ante sus inquietudes. No obstante, no se amilana de proseguir, porque tarde o temprano, sabe que terminara estallando si no obtiene respuestas.
–¿No crees que sea una preocupación válida?
Katsuki pasa el pulgar alrededor de los labios de Izuku, donde el labial se ha corrido. Limpia los rastros rojizos junto al blanco que pinta su piel.
–Ahora mismo me interesas tú –deja que esa mano se desliza sobre su mejilla, acunándole – Y no soy un maldito adivino para saber que suceda más adelante.
Izuku suspira, insatisfecho con la respuesta.
Y es que tiene razón.
Es totalmente impredecible lo que el destino les depare. Hoy es él quien despierta el interés en Katsuki, mañana podría ser cualquier otro.
Hombre o mujer.
–Oi –le alza la barbilla con el dorso del índice, perdiéndose unos segundos en sus ojos verdes– Cuando estaba en la guerra, no sabíamos cuando sería nuestro último día, todos sólo vivíamos el momento. –vuelve a acariciarle la mejilla con el maquillaje desaliñado–. A mí me basta con vivir este instante contigo, lo demás lo veremos cuando venga. Concéntrate aquí y ahora.
Izuku entorna los labios, buscando replicar, mas no lo hace y vuelve a cerrarlos. Su corazón aún permanece inquieto, pero es tal como ha dicho Katsuki. Aquí y ahora, piensa. Aquí y ahora, están juntos. Aquí y ahora, Katsuki solo tiene ojos para él.
Únicamente para él.
…
El día de la presentación llega y a Katsuki le toma por sorpresa que Kayama-san le envíe como acompañante junto a las muchachas. Debe llevar un montsuki que no desentone con la vestimenta de las mujeres. Al igual que las incomodas getas en lugar de zapatos. Pese a la orden y el estricto código de vestimenta que debe acatar, Katsuki se muestra conforme con la decisión de okasan.
Será la primera vez que admire verdaderamente la profesión de ellas.
A su salida de la okiya, las ve desfilar con sus mejores galas. Kimonos elegantes que no les ha visto puestos para atender a los clientes bulliciosos por las noches. Estos son todo un festín para los ojos. Las dos geishas llevan kimonos negros con figuras muy tenues de aves en los bordes y obis dorados. Las maikos, más atrevidas, usan el lila con dibujos llamativos de flores en los bordes que hacen juego con sus obis. Sus cabellos finamente arreglados en un peinado tradicional, adornado con kanzashis vistosos; a diferencia de las dos mayores.
Todas llevan okobos negros bastantes altos, pero que dominan con maestría al caminar.
Les toma quince minutos llegar a la casa de té y los invitados ya se encuentran ubicados en uno de los salones. Katsuki debe tragarse su orgullo al hacerle reverencia a los tres inversionistas americanos que observan admirados a las mujeres.
El salón posee dos mesas largas ubicadas paralelamente y al final de ellas, se ha acondicionado el escenario donde el show se llevará a cabo. La pared de biombos dorados y dibujos de paisajes es el marco principal; luego están los candelabros altos a los extremos.
Las geishas se ubican en medio de este decorado, siendo solo Jirou quien toma asiento a un lado, sobre una tela roja y el shamisen en su regazo. Uno de los empleados de la casa prende las velas de los bordes, otro apaga las luces, dejando únicamente encendida, la más cercana a ellas.
La primera nota del shamisen suena y todas desenvainan sus abanicos en perfecta coordinación. La música tradicional enmudece al salón, la voz de Jirou golpea los muros resonando alto para el público. El baile continúa en un despliegue de elegancia y delicadeza. Sus manos agitan los abanicos como una extensión más de su cuerpo y sus rostros se mueven coquetos.
Katsuki casi podría remontarse al periodo edo. Agradece haber estado fuera todos esos días de ensayo y ver como algo con apenas ritmo, ha tomado forma en esa presentación final. Por un instante, olvida que aquella demostración es para otros hombres, incluyendo los extranjeros que detesta. Se centra únicamente en el arte, los movimientos agraciados. De manera inconsciente, sus ojos terminan por recaen en Izuku. El encanto que tiene al mover el abanico, sus orbes vivaces chispeando de emoción.
La última nota del shamisen deja una estela de sonido en el eco y cuando esta desaparece, los presentes aplauden y lanzan elogios a tan maravilloso espectáculo. Katsuki piensa que, por una noche, podría no odiarlos si han mantenido su distancia y apreciado el arte como tal.
Las muchachas toman asiento entre los hombres las siguientes horas que dura el banquete. Se muestran serviciales, ríen, conversan y enamoran a los americanos con su trato educado.
No es ni media noche cuando finalmente se retiran.
Mina es la primera en explotar de emoción afuera. Ochako le sigue, comentando lo grandioso que ha sido todo y Jirou confiesa su nerviosismo al inicio de la presentación. Las tres parlanchinas hablan de sus puntos débiles y aciertos en el baile. Sobre los hombres americanos y japoneses que asistieron esa noche y quien era el más o menos atractivo.
Katsuki ríe oyéndolas. Si la vieja okasan estuviera ahí, ya las hubiera mandado a callar por irrespetuosas.
–¿Estas bien? –la voz de Momo capta su atención– vas muy lento –le habla a Izuku.
–Perdón –sonríe nervioso– aún es difícil usar los okobo con mi tobillo lastimado.
–Ven –ordena Katsuki.
Aunque no espera que esta sea acatada, pues es él quien se acerca.
–¿Eh?… ¡Ah! –Izuku se sorprende cuando es alzado entre los brazos del mayor– Ba-bájame –dice nervioso y avergonzado.
–Estas lesionada –le presiona contra él.
–Okasan va a molestarse si se entera de esto.
–Casi no hay gente en la calle y ellas no dirán nada –se gira a verlas– ¿verdad?
–No.
–Nada de nada.
–Tú viniste caminado.
Momo ríe.
…
Izuku peina su cabello sentado en el futón. Aun es temprano, comparado a su turno normal en la okiya, pero siente que la tensión de los días de ensayo y la misma presentación de esa noche le ha cansado de sobremanera.
Observa su tobillo, a pesar de haber sido cargado gran parte del camino, continuaba sintiendo un poco de dolor.
Una sonrisita se le escurre en los labios.
Ríe bajito, cubre el rostro con sus manos tras el recuerdo de Katsuki llevándole en brazos por la calle. Solo le había permitido caminar dentro de la okiya, ya sin los okobo puestos, y le estaba sumamente agradecido, así como feliz de ver que se preocupe tanto por él.
Respira hondo, controlando su emoción. Retomando el cepillado de su cabello.
De repente, el shoji de su habitación se desliza.
–No, no –mueve las manos al ver que es Katsuki quien está ahí. Él ni siquiera debía de subir a esa planta– Okasan va a matarte si te ve aquí.
–Está muy vieja como para seguir despierta a esta hora–dice en voz baja.
Ingresa y cierra el shoji. Toma asiento a un lado suyo sobre el futón.
–¿Como está tu tobillo?
–Duele un poco por todo el esfuerzo.
–Déjame verlo.
–Está bien, solo necesito descansar.
Katsuki rueda los ojos. Jala del pie sin esperar su permiso, haciendo que Izuku caiga de espalda.
–La delicadeza no va contigo –ríe acomodando el yukata que se le ha subido a los muslos.
El mayor coge con una mano su tobillo, la otra le toma de la planta y empieza a mover su pie. Durante la guerra, sus compañeros, y él incluido, han sufrido bastantes lesiones. En medio de las trincheras, era imposible esperar a un médico que probablemente estuviera salvándole la vida a otro de sus compañeros; por lo que era usual que ellos mismos acomodaran un hueso roto o lesión no mortal.
Katsuki deja de moverle el pie y pasa ambas manos hacia el tobillo, masajeando la zona hasta la pantorrilla, donde siente que el ligamento tira bajo los músculos.
La piel de Izuku es bastante tersa y sus manos deslizan bien. Ha notado en su primer encuentro, que las piernas de Izuku no tiene vellos. Incluso su rostro, las veces que se han besado, no siente asperezas por lo que deduce el muchacho es lampiño naturalmente. Otra cosa que ha favorecido su papel de geisha.
Oye un quejido suave y le mira, pensando que le ha lastimado. Izuku tiene el rostro tinturado y las manos continúan acomodando el yukata en una zona sospechosa.
Katsuki entrecierra los ojos.
Sonríe ladino.
–¿En serio te vas a poner así por un masaje?
–No es como si pudiera controlar las reacciones de mi cuerpo. –responde sincero, para sorpresa suya.
Entonces, Katsuki desliza su mano un poco más lejos, hacia su rodilla.
–¡Hey, no! –grita bajito.
Se ven inmersos en una lucha que ya han tenido antes. Izuku se mueve, queriendo liberarse. Katsuki no se lo permite, sujeta su piescon fuerza y cuando Izuku usa el otro para intentar liberarse, Katsuki lo atrapa también. Jala de ambas extremidades, dejándolas quieta sobre su regazo. Izuku no se rinde, agita sus piernas y termina por rozar su entrepierna.
Quedan quietos.
Silencio.
Es obvio que a Katsuki le gusta, se lo ha dicho, lo ha besado; pero es distinto interpretar sus palabras y acciones, a ver que lo ponga así.
Nunca pensó que podría hacerlo y por un instante, duda que lo que haya sentido, sea eso.
Arquea su pie, estirando los deditos sobre la entrepierna, siente el bulto duro. Katsuki suelta un jadeo con ojos cerrados y todo queda claro.
Traga hondo.
Vuelve a mover los deditos y el agarre de Katsuki cede, le libera. Entonces, su pie viaja de lleno sobre la erección, acariciándole, queriendo ver todas sus reacciones. Katsuki toma la otra pierna y la lleva hasta su hombro. Su mano sube y baja, mientras besa la piel tersa de su tobillo.
Izuku no le pierde de vista, adicto a cada gesto nuevo que expresa su rostro. Imagina que su rostro debe estar en similar estado, viajando por toda clase de sensaciones. Por un momento, siente un poco de vergüenza de pensarlo; sin embargo, la calentura puede más que ese sentimiento. Mueve su pie en círculos, haciendo que Katsuki jadee y su aliento le eriza los vellos diminutos de su pierna. La respiración cálida baja por toda la extremidad excitándole aún más.
Ondula su cadera levemente, dejándose llevar por ese frenesí de sensaciones nuevas. Su propia erección roza contra la tela del yukata, estremeciéndose. Sus manos cubren aquel acto impúdico y a su vez, ayuda a crear mayor fricción en la zona.
La mano de Katsuki continúa bajando. Se desliza por la pantorrilla, sobrepasa la rodilla y se instala en el muslo en un toque atrevido. Un deleite que no había disfrutado en su totalidad la primera vez que se apodero de sus piernas.
Los movimientos se tornan rítmicos, conociendo cada segundo un poco más del otro. Donde le gusta, donde es más sensible. El cuerpo se les estremece al notar los efectos de sus acciones. Ver el disfrute en cada bocado de aire que toman, cada gruñido bajo, los gemidos que mueren entre labios apretados. La pasión que desbordan sus ojos cuando conectan, impregnados de deseo.
Katsuki es el primero en percibir que el final está cerca.
Toma una bocanada grande de aire, presionando el muslo de Izuku y con la otra mano, agita con fuerza el pie que lo masturba. Tira el cuello hacia atrás, cierra los ojos. Exhala hondo desbordándose en el orgasmo magnifico que recorre todas sus terminaciones nerviosas. Recuesta el cuerpo en la pared, reponiéndose al tsunami que ha arrasado con todo acto de cordura.
Vuelve a respirar, entrecortado. Besa el tobillo de Izuku como si de su boca se tratase. Relaja la mano que le ha presionado la carne de su muslo y acaricia suave, hasta que siente como el musculo se tensa y luego, un suspiro largo concreta el fin de su acompañante.
Abre los ojos finalmente, encontrándose con Izuku presionando su yukata. El cabello desordenado, el rostro rojizo. Los labios entreabiertos, húmedos, respirando con dificultad.
Katsuki baja la pierna con delicadeza y se ubica entre ellas hasta dar con el rostro de Izuku frente al suyo. Pasa una mano por la frente de su amante, acomodando los mechones que se le han pegado con el sudor. Peina hacia atrás todo rastro de cabello, dejando su rostro impoluto sin ningún obstáculo.
–Eres hermoso.
Izuku sonríe.
Lleva las manos tras el cuello de Katsuki, acercándole a un beso lento y lleno de paz.
…
–Buenas tardes –entona junto a Mina, haciendo una reverencia a Camie, una de las geishas de la okiya de Takeyama-sama.
Donde ha pasado los últimos días Katsuki.
–¿Creo que tienen algo que nos pertenece aquí? –bromea Mina, haciendo que Camie ría mientras las guía por el borde de la casa hacia atrás.
Llegan al jardín posterior, un área más pequeña que el que ellos tienen en casa.
–Ese algo –señala la escalera de gato que va desde el jardín, hasta el tejado– está justo ahí.
–¡Kacchan! –grita Mina, agitando la mano con su abanico.
Katsuki la mira desde arriba, gritándole un improperio que le hace reír, aunque la dueña de casa e Izuku se sonrojen.
–Pasemos adentro, voy a servir el té.
–Suena bien –coge el brazo de la geisha mayor– Izumi tomará un poco de aire antes de venir con nosotras. –le guiña el ojo y Camie parece entender.
–Entonces vamos yendo.
Ambas mujeres se retiran a la par que Katsuki desciende del tejado.
–Hace mucho calor –abre el abanico, agitándolo frente al rostro sudoroso y bronceado de su amante.
–Pensé que sin mí en casa debían volver a sus tareas diarias. –le quita el abanico, dándose aire el mismo.
–Así es, pero Mina debía comprar algo y pidió a okasan que le acompañara yo.
–Y toda esa mentira, ¿solo para venir a verme?
Izuku resopla, sonríe y asiente.
Esta demás negar lo evidente.
–También quería verte.
La confesión les cae demasiado bien a ambos.
–No puedo quedarme mucho tiempo aquí, me esperan dentro. –vuelve a tomar su abanico– Ya sabes, no debería estar a solas con un hombre.
Bromea, porque ambos saben lo absurda de esa regla sabiendo lo que son.
–¿Y te iras así? ¿Sin un beso de despedida?
La sonrisa de Izuku se ensancha, soltando una risita corta.
–Sabes que no puedo.
–Pensé que las geishas debían guardar silencio de todo –se acerca, sin llegar a tocarlo. Trae las manos y ropa sucia– ¿no crees que podrían guardar silencio por esta vez?
Izuku ríe de su perspicacia en querer aplicar aquella regla para sacarle provecho. Así que, se empina, dejando un beso en su mejilla sucia por el trabajo.
…
Con los días, su mente retoma la calma de siempre.
Decide no darle tantas vueltas a su relacion con Katsuki. Al tema de nombres que puedan englobarlos o las dudas sobre el tiempo juntos. Vivir el momento suena bien y es, en buena parte, lo que hacen las geishas a lo largo de sus vidas. No va a continuar ansioso por temas que escapan de sus manos. Prefiere centrarse en realizar correctamente su trabajo y disfrutar el tiempo diminuto que tiene para ver a Katsuki en lo que el salón se abre a la clientela y él llega de trabajar.
La remodelación de la okiya Takeyama ha terminado; sin embargo, nuevos establecimientos se abren paso en la ciudad que renace y el ex soldado ha encontrado ahí su sustento.
Izuku siente que vuelve a respirar, la entrada del otoño parece llenar de sosiego su vida.
La noche llega a su fin sin rastros del sol en el horizonte y todos en la okiya se retiran a dormir. Suben las escaleras agotadas, a sabiendas que el día siguiente será uno igual a ese. Se despiden en el pasillo, ingresando a sus habitaciones. Izuku prende la lampara mientras suelta su cabello.
La luz se enciende tras parpadear tres veces y entonces, ve sobre su futón el característico empaque que envuelve un kimono. El papel blanco muy fino, transluce el color debajo. Izuku lo abre con cuidado descubriendo la seda roja y dorada con tejidos de garzas.
Pasa los dedos sobre la tela. Evidenciando que la calidad está por debajo de los que posee en su armario. Algunos hilos sueltos en la trama también le indican que probablemente no sea nuevo.
Una geisha jamás usaría algo que haya pertenecido a otra.
Sobre el kimono hay una nota.
No necesita pensar mucho para saber de quien se trata, pero eso no evita que sonría ilusionado. Es un mensaje corto, conciso y que le hace reír. Katsuki se lo ha comprado auto adjudicándose el título de danna y ahora, pide se le conceda el derecho a una cita.
Izuku debe contener la risa y secar algunas lágrimas de lo divertido que resulta aquello.
Toma la nota y vuelve al primer nivel sin hacer ruido al andar. Abre el shoji de la habitacion de Katsuki encontrándolo dormido.
Permanece lo que dura su sonrisa observándole y cuando es capaz de relajar sus mejillas, deja la nota a un lado de su futón junto a su respuesta.
"Sí"
…
Son muy pocas las ocasiones donde una geisha –o aspirante a serlo– pueden andar solas con un hombre. Evidentemente, una cita, no es una de ellas.
Y okasan no es tonta para creer que, entre su maiko y jardinero, nada sucede.
No obstante, concede el permiso. Aunque lo camufla con el nombre de premio por el arduo trabajo de todas desde que la okiya reabrió y, sobre todo, en el show que presentaron en el banquete. Por lo que, siendo una recompensa por igual, Bakugou puede salir con Izumi siempre que sea a todas a quienes lleve a pasear.
Katsuki reniega, maldice y reta a Kayama. Sin embargo, termina cediendo, ya que la otra opción, es que no haya salida.
Así que ahí estaba él, siendo el foco de atención entre las personas paseando con cinco hermosas mujeres a su alrededor.
–Descansemos un poco acá –dice Momo luego de una larga caminata por parque Murayama.
–Quiero comer mochis, podemos descansar ahí –refuta Mina.
–Hemos visitado el santuario y estas sandalias cansan –Ochako apoya a Momo, notando sus intenciones.
–Pero...
–Podemos ver los peses desde el puente –interrumpe Jirou, señalando el puente de piedra que cruza el estanque –vamos– jala a Mina de la mano.
Izuku observa a sus hermanas confundido. Dos de ellas camina lejos del grupo y cuando se gira Momo y Ochako, han ocupado una banca grande entre ellas dos.
–Allá hay otra –señala Ochako tras de él.
Entonces, comprende.
–Vayamos allá –comenta Katsuki, echando a andar hacia la banca del otro lado del puente.
Izuku camina a su lado, con un poco de bochorno de haber visto toda esa actuación de ellas solo para darles un tiempo a solas.
Ambos toman asiento. Sobre ellos cuelgan las ramas de un sauce viejo que bloquea la mayor parte del sol de mediodía.
Izuku aspira suave entre sus labios, sentado con la espalda recta y las manos en su regazo. Katsuki mantiene una posición menos tensa a su lado, no por eso se le ve relajado. El silencio entorno a ellos intenta guarecerse bajo las risas de los niños que asisten al parque por esas horas. Sus vocecitas agudas recorren la vegetación junto a los chirridos de las aves.
Distrae la vista en los niños que corren, algunos se acercan a sus hermanas, admirando sus trajes y peinados hermosos. Por momentos, observa por el rabillo del ojo a Katsuki. Cuando sus miradas se encuentran, sonríe y vuelve los ojos a los niños.
Le resulta extraño sentir tanta timidez por una situación casual como esa, cuando ya han hecho más cosas que solo hablar.
–¿Te gustan los niños? –indaga Katsuki, quebrando el frágil silencio.
–Son divertidos.
Katsuki asiente.
–¿A ti? –Izuku intenta no ser consumidos por el silencio nuevamente.
–Me dan igual.
–No pueden darte igual –resopla, un tanto de ironía– ¿nunca has pensado tenerlos?
Se encoge de hombros.
–Si hubiéramos ganado la guerra, quizás lo pensaría. De seguro mis padres ya me hubieran conseguido una esposa –bufa, mirando con nostalgia hacia el estanque frente a ellos– Pero como es la situación actual. Mi situación actual. Trabajando para pagar lo que le debo a Kayama.
Izuku vuelve a resoplar, ante lo irrisorio de eso ultimo.
–Pagar –repite–, esa deuda va a crecer mucho si continúas gastando en kimonos.
–Lo valía –Replica. Le sonríe de lado –. Lo vales.
Izuku ríe. Entre divertido por su descaro, entre enternecido por sus palabras.
Katsuki exhala hondo, la tensión en sus hombros desaparece un instante con el gesto de Izuku. Al menos el ambiente vuelve a ser cómodo entre ellos. Deja su cuerpo caer al respaldar del banquillo y las manos al lado de sus piernas.
Por casualidad, una de ellas roza el muslo de Izuku. Katsuki no hace ademán de ir a alejarla y le mira retador. Los ojos de Izuku reflejan el mismo ánimo y él ensancha la sonrisa. Un gesto que en inicio Izuku encontraba burlón, ahora nota la coquetería que esa sonrisa guarda.
–Tienes bonitas piernas –halaga de pronto, lo que confirma la sospecha de Izuku.
–Traes una fijación con ellas.
–Claro que no –bufa– ¿Por qué la tendría?
–Las dos veces que hemos estado juntos –una entonación sutil enmascara el contexto de las situaciones– solo has reparado en tocarlas.
–Quizás se daba a que es la única parte de tu cuerpo que no me has prohibido.
–Dudo que te agrade el resto.
–¿Por qué no?
–Ya sabes... –hace un juego con los ojos y Katsuki continúa viéndole imperturbable. Ignorando entenderle o en verdad no haciéndolo. Izuku chasquea la lengua– Porque soy un hombre –aclara en un susurro– nadie quisiera ver eso.
Nuevamente hay silencio. Esta vez por dudas de ambos que son incapaces de exteriorizar. Katsuki se ha mentalizado en ese tiempo sobre lo que es Izuku y que, de llegar un día a algo más entre ellos, es inevitable que le haga frente a su condición de hombre.
Sin embargo, hay una verdad tacita entre sus palabras que terminan por revivirle una curiosidad que creía extinta.
–Todos los hombres con los que has estado, ¿lo han hecho bajo tu papel de mujer?
Izuku asiente con tintes de vergüenza.
Hay otra pausa.
Ese día iba a llegar en algún momento. Si querían continuar construyendo sobre el terreno que iban preparando, las preguntas sobre su vida irían apareciendo. Izuku preferiría que no indagara ahí, pero comprende que es necesario.
–Yo no soy como ellos –aclara–, yo sé lo que eres y me he mentalizado para eso. No voy a juzgarte.
El menor suspira suave.
–¿Tampoco lo harás por lo que hablamos aquella vez? –nuevamente sus palabras camuflan verdades.
¿Vas a juzgarme por prostituirme?, es lo que los oídos de Katsuki traducen y suelta una carcajada mientras tira el cuello hacia atrás. Gira a verle, con la sonrisa coqueta extinta y ahora solo brilla de burlona. Toma una de las manos de el regazo de Izuku, atrayéndola en medio de ellos.
Vuelve los ojos al paisaje y despega la espalda del respaldo, retomando la postura tensa.
–Mi última misión en la guerra fue aniquilar tantos enemigos como pudiera, aun si eso significaba perder mi vida –inicia, con un poco de reparo en lo que ira a contar–, sin embargo, cuando iba a estrellar mi avión, tuve miedo. No pude hacerlo y desvié mi objetivo hacia un campo libre. Soy una vergüenza.
–Pero estás vivo.
Ladea el rostro a verle.
Vivo para conocerte.
–Me acobardé en ese momento, porque era mi vida; pero jamás reculé en quitársela a otros. Soldados, civiles. Hombres, mujeres. Incluso niños –hace una pausa, recomponiendo sus memorias, aun si son agrias– Diecinueve meses de encierro no creo que sea suficiente para pagar lo que hice. Ni que el título de "crímenes de guerra" sea el adecuado para lo que soy. Un cobarde y un asesino. ¿Vas a juzgar por eso?
Izuku le mira compresivo.
Desliza su cuerpo más cerca del suyo. Dejando las manos cubiertas por los muslos de ambos.
Es tan poco lo que todavía saben el uno del otro. Heridas que están ahí, luchando por no reabrirse y que ninguno se atreve a tocar por miedo a recordar. La memoria es ese saco pesado que llevaran siempre a cuestas, pase lo que pase.
–Vivir aquí y ahora –entrelaza los dedos con los de Katsuki, comprendiendo finalmente sus palabras–. No sé qué nos depare el futuro, pero tampoco juzgare tu pasado.
–Lo mismo digo –le sonríe de frente.
Incapaz de darle un beso.
…
Para el almuerzo, todos están llenos de bocadillos callejeros que han comprado y la cena, llega por cortesía de okasan.
Katsuki recibe una indulgencia esa noche, ya que, sin clientes en el salón, se le permite ingresar a comer junto a ellas. Una cena informal, con todas usando yukatas casuales y los cabellos a penas amarrados en coletas bajas. La mesa está repleta de platillos al mismo estilo de un banquete, también hay una botella de sake que es repuesto cada que se termina.
A mitad de la cena, el alcohol empieza hacer efecto. Jirou tiene el rostro sonrojado y empieza a cantar mientras toca el shamisen. La embriaguez también hace que Katsuki sea más abierto a contar anécdotas de guerra que, con un toque de gracia, hace que las muchachas suelten carcajadas.
En cierto momento, Izuku pide permiso y se retira. Katsuki le mira con sospecha, sin embargo, dura poco tiempo antes de que se vea envuelto nuevamente en la conversación. Las chicas cuentan sus experiencias dentro de la okiya. Ahí descubre, que la todas llegaron muy pequeñas, antes de los diez años. También, que fue por Momo la primera en llegar y por quien más pago okasan. El segundo fue Izuku y ambos le tenían terror a las geishas mayores que les gritaban y pegaban si hacían algo mal.
El resto cuenta con una experiencia similar, pero prefieren bromear antes de recordarlo. Como Ochako, que dice que el padre de Mina rogó a okasan porque se la llevara. A lo que ella contrataca diciendo que era mucho para su pueblo pequeño.
Momo ríe en su sitio con las mejillas rojas por el alcohol. Katsuki creería que, en todo ese tiempo, es la primera vez que la siente verdaderamente relajada y sin esa aura melancólica. Kayama-san también pierde el semblante rígido de siempre y se permite compartir experiencias de su juventud y algunos secretos sucios de sus ya difuntos clientes.
Todos se sorprender de oír ciertas cosas y hacen caras raras con otras más. Katsuki no imaginaria que la vida de las geishas, dentro de todo, puede ser un tanto interesante con todo lo que oyen noche tras noche.
Es pasada media noche cuando okasan da por terminado el banquete. Sirve la última ronda de sake y permite a sus chicas subir sin acomodar nada.
Las ratas no entrarán por un día que descansen sin hacer limpieza.
Katsuki sale del salón y prende un cigarro. Izuku nunca volvió. Asume que debió dormirse por el alcohol, dejando atrás a todos. Sonríe feliz de ese día. La cita con Izuku fue un éxito y el kimono rojo le había sentado tan bien como Camie le había asegurado cuando se lo mostró. Aun le debía dinero, pero ese era un tema que resolvería en la semana.
El cigarro se termina más rápido de lo que espera. El alcohol se mantiene en su sangre, aunque ahora se siente más lucido tras fumar un poco. Ingresa a su habitacion, dudando si cambiarse la ropa o solo descansar con lo que trae puesto. Entonces tocan a la puerta.
–Pase. –concede intrigado.
Es Izuku, no estaba dormido. Su cabello se nota húmedo, recién lavado. El aroma a jabón emana de él con fuerza.
Ingresa y junta el shoji detrás.
–Pensé que tenían prohibido ingresar aquí.
–Si tú no dices nada tampoco lo haré.
Katsuki sonríe.
–Me gusta ese trato –se acerca, tomándole de la cintura y las manos de Izuku pasan tras él de la misma manera.
El beso llega por simple peso de tenerse cerca. Como dos imanes que se atraen. Sus labios se mueven en perfecta sintonía, un baile tantas veces ensayado; siendo la única diferencia, la intensidad de este. Katsuki percibe a su acompañante ansioso, moviendo la lengua con fogosidad en su boca.
–Es tarde –corta el momento, a sabiendas que de continuar no habrá vuelta atrás–. Ve a dormir
–Pensaba... quedarme aquí.
No hay mucho que traducir en esa frase.
–¿Estás seguro?
Asiente.
Retoman el beso, con el fuego emergiendo en ambos. Katsuki pasa las manos por el cuello delgado del menor, las desliza por los trapecios tersos y baja el yukata, dejando expuestos los hombros. El resto del camino, lo sigue la tela sin ayuda, cayendo hasta los codos.
Las manos pasan de los hombros hacia su pecho, notando esas diferencias para las que ya estaba preparado. Izuku es delgado y pequeño, por ello ha logrado engañar en su acto de geisha durante tanto tiempo; pero ahora sin el kimono, le tiene desarmado. Sus dedos palpan el pecho plano, percibiendo solo la piel pegada a los huesos, ni un solo rastro de grasa. Mantiene el descenso hasta caer en el vacío al medio de sus costillas, delimitando con el abdomen suave.
Toda su experiencia sexual se limita a prostitutas y no recuerda a ninguna de ellas con un cuerpo tan receptivo como el de Izuku, que sufre pequeños espasmos a cada porción de piel que toca. Finalmente llega al filo del yukata, aventurando a que su pulgar se sumerja en el ombligo por debajo del obi.
Las manos de Izuku le detienen.
–Es mejor dejarlo puesto.
–Ya hablamos de esto –sentencia, rozando las narices–. Déjame quitarlo.
Izuku traga hondo. Muerde el interior de sus labios meditándolo. Si la ropa cae, puede que ahí se termine todo y caiga de su burbuja de emociones. Podría convencerlo de seguir adelante con el yukata puesto, sabe que con las palabras adecuadas los hombres siempre ceden. Pero aquello solo sería prolongar lo inevitable. De continuar juntos, llegaría el día en que el telón caería y, a mayor tiempo, más dura seria la desilusión.
Exhala hondo y volteando el rostro hacia un lado, con los ojos cerrados.
Le suelta.
Katsuki nota lo difícil que es para él y se toma un tiempo sin moverse. Otorgándole una oportunidad más a que lo piense, pero el más pequeño se mantiene firme en su decisión.
Coge el obi con ambas manos, desatándolo calmado. La tela cae por su propio peso cuando el cinturón se ha soltado. Retrocede unos centímetros, observando cada rincon disponible a sus ojos. Frente a él, queda expuesto el cuerpo de Izuku con todo y sus miedos. Las mejillas de manzanas maduras, tiñen hasta su cuello. Katsuki estira una mano, rozando con el dorso el hueso en su cadera, observando el vello que desciende difuminado desde su ombligo hasta tornarse una selva espesa centímetros más abajo.
–Mírame –ordena. Izuku niega enérgico– ¿Qué sucede?
–No es justo.
–¿Qué?
–Que solo yo no traiga nada.
Entonces, toma sus manos y las jala hacia el borde inferior de su camiseta. Izuku le mira por el rabillo del ojo.
–Quítame la ropa si es lo que quieres.
Pasa cuatro dedos bajo la camiseta de algodón, dejando solo a los pulgares fuera. Percibe bajo sus dedos la piel cálida de Katsuki. Traga hondo, aventurándose a lo que sigue. Desliza hacia arriba las manos muy lento, nervioso, sintiendo bajo sus palmas el abdomen endurecido por el trabajo. Gira el rostro, observando detenidamente cada aspecto que muestra ese telón mientras se eleva. Acelera el movimiento, ansioso por descubrir más y cuando logra retirar la camisa, sus manos caen por el mismo camino, grabando la forma bajo sus yemas. Memorizando cada detalle, cada cicatriz que la guerra ha dejado sobre su piel.
El recorrido termina en la línea del pantalón. El corazón le da un brinco. La valentía se esfuma por un instante y la vergüenza emerge calcinándole. Tiene certeza total de la decisión que ha tomado, pero no ha visto antes el cuerpo completamente desnudo de otro hombre que no sea el suyo propio y hay un nivel de intimidad unico en ese acto tan simple.
Lo ha sentido cuando su yukata cayó al suelo.
Lo siente ahora, que sus dedos tiemblan sobre la pretina del pantalón.
–Te veías más decidió la primera vez.
–Es distinto.
–¿Por qué?
Porque ahora me gustas.
Siente la mano de Katsuki sujetar la suya, ambas sobrepasan la línea de la pretina, bajando sobre la bragueta, percibiendo la dureza que guarece dentro. Un jadeo largo escapa de los labios de Katsuki, tal como le oyera ese día en su habitacion. Aquello revive la valentía en él y avezado, mueve los dedos acariciándole.
Otro jadeo.
Profundo, espeso.
Izuku sonríe, con ánimos renovados. Libera su mano de la de Katsuki y desabrocha el pantalón hasta dejar la ropa interior ante sus ojos. Respira entrecortado, coge el borde elastizado de esta, deslizándola junto al pantalón. La erección de Katsuki se alza contra su vientre, al igual que él tiene la suya y no es hasta ese momento, que es consciente de lo duro que esta.
La ropa cae, acompañando a su yukata y, al igual que Katsuki, retrocede unos pasos admirándole. Antes le había dicho que era hermoso e Izuku tiene certeza de que cada uno lo es a su manera en los ojos del otro.
Finalmente, Katsuki se acera a besarle. Se abrazan sintiendo la piel del otro quemar sobre la suya mientras sus miembros vivaces acompasan la lujuria. El beso voraz no da tregua a respirar. Mueven sus labios y las lenguas luchan con violencia. Las caderas de Katsuki embisten suave, originando mayor fricción entre ellos. Las manos que abrazan a Izuku suben y bajan por la columna montañosa, causando escalofríos agradables al más pequeño.
Katsuki mantiene ese toque hasta que, una vez tomada confianza en el cuerpo ajeno, se aventura ir más abajo.
–Mmmp –gime bajito Izuku, al momento en que el otro le sujeta los glúteos y presiona.
Juega amasando la piel, reprimiendo los gemidos a la fuerza con su lengua. El menor se remueve entre sus brazos, en busca de un poco de distancia y Katsuki se burla sin darle escapatoria.
–Es... pera... espe... ra –vocaliza con dificultad en medio del beso violento.
Katsuki cede y le permite alejarse. Izuku respira agitado, los labios rojos y húmedos. Pasa saliva con dificultad y coge la mano del cenizo, guiándole hacia el futón.
–Ya me preparé –se acuesta, tal cual la primera vez– puedes hacerlo.
Contrae las piernas hacia sí mismo, cogiendo la cara posterior de sus muslos con ambas manos. Katsuki toma sus pantorrillas y jala fuerte haciéndole perder la postura. Deja las piernas caer a cada lado suyo.
–Debes estar demente si creer que con solo meterlo basta.
Recuesta el cuerpo sobre el de Izuku, volviendo a besarle.
Baja por la línea de su mandíbula, juega con el lóbulo de su oreja y luego su cuello. Las manos sobre su piel acariciándole. Chupa sus pezones, descubriendo que aquello no es muy diferente a hacerlo con una mujer. Contrario a lo que sigue y causa curiosidad en él. Desciende una mano hacia su erección, masturbándolo.
–No... mmmh... no tienes que... ahh
–No... no tengo que –dice, sosteniendo el pezón entre sus dientes–, pero quiero hacerlo– y mueve su mano con pericia.
Sube y baja por el tronco, palpando toda la textura. Nunca había tocado el de otro hombre, aunque no es distinto a cuando lo hace él mismo. Sabe dónde tocar, la velocidad idónea, cuando usar los dedos y cuando la palma. La curiosidad se ve opacada por la satisfacción que le brinda sus jadeos.
Cambia de pezón, viendo lo rojo e hinchado que ha dejado el otro. Su mano atrevida, continúa indagando entre las piernas de su amante. Una vez más, agradece el conocimiento sobre el propio cuerpo que le dirige a los puntos exactos. Le toca los testículos, arrancando un nuevo sonido de su acompañante. Katsuki sonríe altivo. Traza la línea del perineo y mantiene su tacto ahí. Una zona tan pequeñita de piel lisa que hace a Izuku morder su propia mano buscando acallar sus jadeos.
Detiene el jugueteo con el pezón por un momento. Apoya la frente en el pecho con pecas, asimilando lo que viene. No es un idiota para no saber por dónde es que dos hombres lo hacen, no obstante, comprende que una vez inicie con eso, no habrá vuelta atrás. Exhala con calma y termina de recorrer el camino que sus dedos han trazado. Encuentra aquel lugar refundido entre sus nalgas. Presiona suave, hallando poca resistencia y logra ingresas. Es cauteloso, aquello sí es bastante nuevo para él. Siente el interior húmedo y comprende que a eso se refería con prepararse.
Le penetra delicadamente, tiene cierto reparo en hacerle daño si su uña le roza o si fuerza el ingreso de otro dedo. Cuesta un tiempo acostumbrarse a ambos, tomar ritmo y aventurarse a más. Izuku se retuerce debajo suyo, disfrutando demasiado la caricia para solo ser alguien que pretendía tener sexo como algo mecánico.
Tal como ha aprendido y mantenido siempre que fuera necesario.
Katsuki retira los dedos y se sienta sobre sus tobillos, observándolo. Izuku evita su mirada cubriéndose los ojos con un brazo.
–Quiero verte –le sujeta.
–No.
–Es una lástima –tira del brazo, despejando su rostro–, pero de ahora en más, te acostumbraras a verme.
Izuku toma aquella amenaza como una promesa.
Vuelve los ojos sobre Katsuki, que se masturba sin recato. Vuelve a sujetar sus muslos contra sí, a sabiendas que ha llegado el momento. Katsuki se acomoda en medio suyo, deja que las piernas reposen en sus hombros y posiciona su miembro frente a su entrada. Ambos respiran inquietos por lo que está aconteciendo.
Cuando ingresa, lo hace con la misma lentitud de su dedo. El calor le recorre excitándolo de sobremanera, queriendo tumbarle el raciocinio y dejarse llevar bruscamente. Pero es el gesto de Izuku el que no se lo permite. El menor pasa un momento duro, cierra los ojos y las manos presionan el futón.
Esa zona no está diseñada para el ingreso de nada y Katsuki estaba ahí, tomandola.
–Tienes razón –intenta distraerle. Le muerde el tobillo y logra que abra los ojos–, tengo una fijación con tus piernas.
Besa donde sus dientes han dejado marca, mientras se adentra más en él.
–Te lo dije –ratifica en un susurro.
Entre caricias y besos, la molestia es más llevadera y sin darse cuenta, Katsuki ha ingresado en su totalidad.
–Dime qué te gusta –Izuku le mira confuso– ¿dónde te gusta que te toque?
Nuevamente sus mejillas quemas. Eso no es algo que debería preguntar luego de todo el juego previo y las expresiones que ha hecho.
Traga hondo, incomodo.
–Aquí –señala sus pezones.
–Bien.
Katsuki deja caer las piernas a los lados de su cuerpo. Se acomoda con mayor comodidad sobre él y pasa un pulgar alrededor de la aureola. La reacción es inmediata. Izuku arquea el cuerpo, cierra los ojos, su interior se comprime. Katsuki vuelve a realizar la caricia en tanto besa su cuello y desciende hacia sus pezones. El menor se contrae con mayor fuerza y él se toma el tiempo dándole gusto, esperando que su cuerpo se familiarice con las caricias y relaje totalmente.
Solo entonces, empieza a moverse.
–Hmmm –calla un gemido con su mano.
Katsuki sonríe.
Daria lo que fuera por oír su voz gritando alto todo lo que siente; sin embargo, se conforma con esos gemidos ahogados. Kayama los mataría a ambos de enterarse.
O quien sabe.
No es como que ignorara que algo sucedía entre ellos dos y que ese paso, era inevitable.
Un paso ansiado, lleno de lujuria y pasión.
Embiste controlándose, una mano suya masturba habilidosamente a Izuku. Mantiene el ritmo suave, sobre estimulando todos sus puntos correctos.
Izuku se retuerce debajo.
En resumen, el sexo para él se limitaba a penetración. Nunca alguien se ha preocupado por hacerle sentir más allá de eso, él tampoco lo ha permitido. Ahora es todo intenso, su piel se crispa de escalofríos, su espalda siente espasmos irreconocibles, debe morder sus labios para contener los gemidos y sus brazos se aferran a Katsuki queriendo volverse uno con su carne.
Quedar unidos y no separarse más nunca.
El mayor se alza, acelerando su vaivén. Sujeta sus caderas con fuerza, empujándole contra sí. Izuku le ayuda apoyando sus pies en el futón e impulsando su cuerpo.
Katsuki sonríe altivo. Es agradable no verse como el unico disfrutando todo, tan diferente a como hubiera sido su primer encuentro de no haberse detenido. Definitivamente, lo que estaba viviendo está por encima de lo que pudo resultar ese día.
Las penetraciones se intensifican, sudan en abundancia y el vaho de sus respiraciones terminan por calcinarles. La excitación llega al punto más alto cuando Katsuki golpea un punto desconocido en el interior de su amante. Izuku cubre sus labios con ambas manos en el momento exacto que esta por gritar.
–Sigue –susurra bajo las manos.
La voz sale tan suplicante, que no puede negarse al pedido. Katsuki repite el movimiento y el cuerpo entero de Izuku se contrae.
La cuenta regresiva inicia en ese momento. Katsuki se empeña en golpear el mismo lugar una y otra vez. Los gestos de Izuku y el comportamiento de su cuerpo le estimulan a un nivel inimaginable. Las terminaciones nerviosas de sus cuerpos se ven envuelve en una capa de sensibilidad extrema s. Un calor fuerte se instala en sus vientres, los labios entreabiertos, expulsando jadeos y los ojos se humedecen.
Las piernas de Izuku se enredan salvajes entorno a Katsuki y todo explota en ese instante.
Una descarga de energía sin igual. Sus cuerpos se agitan, torpes para volver a coordinar sus movimientos. Los ojos presionados, lagrimean de placer, y la sensibilidad de su piel se transforma en espasmos incontrolables.
Katsuki cae rendido al placer, boqueando aun por oxígeno. Izuku queda abrazado a su calor, acaricia el cabello cenizo que tanta intimidad crea entorno a ellos. Poco a poco, el cuerpo sobre él se siente más laxo y la respiración acompasada le indica que se ha dormido.
¿Como no hacerlo con todo el esfuerzo que habían hecho?
Sonríe.
El cansancio valía la pena con tal de sentir la cosa más maravillosa de su vida entera. Observa a Katsuki descansando, mientras termina de peinar su cabello y besa en su coronilla.
–Buenas noches... Kacchan.
…
Izuku despierta al oír el ruido fuerte de alguien golpeando la puerta principal. Esta acostado de lado, el pecho de Katsuki calentándole la espalda y sus brazos bordeándole.
Nuevamente suena el golpeteo.
–¿Quién demonios toca así la puerta? –reniega.
–Deberías ir.
–Tsk.
Resopla molesto.
Quisiera pasar más tiempo acostado con Izuku, ahora el ruido seguramente había despertado a la okiya entera. Deja un beso en el hombro lleno de pecas y, con pesades, se pone de pie.
Izuku tiembla cuando la brisa de la puerta ingresa y roza su espalda. El shoji se cierra y empieza a despabilar el sueño. Debe ser escurridizo si no quiere que okasan le vea saliendo de esa habitacion. Viste el yukata y arregla su cabello lo mejor que puede.
Al momento en que ingresa al salón, todas las mujeres ya están ahí. Bostezan y murmuran sobre lo que sucede. Nadie comprende nada.
Izuku se integra en el grupo con disimulo. Esperando no levantar sospechas.
–¿Izumi? –Ochako le mira –no te vi...
–Shh –le calla Katsuki, ingresando al salón tras haber acudido primero a la puerta principal.
–¿Quién es? –pregunta Jirou.
Se encoje de hombros.
–Un hombre, parecía conocer a la vieja.
Izuku le pega en el brazo, pero antes que pueda darle un sermón por faltar el respeto a okasan, esta ingresa junto al intruso. Todas ahogan un grito de sorpresa al que precede silencio y este termina siendo interrumpido por un sollozo suave.
Uno que quedó petrificado en el pecho de Momo desde hacía dos años.
–Todoroki-sama –susurra Mina.
Y Momo corre a los brazos de su amado entre el llanto de emoción del resto de mujeres. Izuku incluido, que seca la comisura de sus ojos mientras sonríe verdaderamente feliz por ese reencuentro.
–Te lo dije –murmura bajito, Katsuki, cerca de su oído– no puedes ser tan pesimista.
Izuku asiente bajo una sonrisa de burla hacia sí mismo.
¿Cómo había podido pensar así sin siquiera conocer los misterios del corazón? ¿Sin haber sentido una sola vez lo que era el amor?
Ahora es testigo de cómo se rompe aquel paradigma y un romance renace dentro de la okiya.
La mano de Katsuki toma la suya con disimulo. Sus dedos escurridizos se entrelazan y es todo lo que Izuku necesita para comprender, entre lágrimas nuevas y una sonrisa más grande, que el paradigma se había roto hacía mucho al lado suyo.
…
Fin
Glosario:
Erikae: Ceremonia en la que una aprendiz de geisha se gradúa para convertirse en geisha.
Hanamachi: Ciudades autorizadas a que fueran habitadas por las geishas y maikos.
Shamisen: Instrumento musical japonés de cuerda pulsada.
Getas: Sandalias de madera tradicionales japonesas.
Okobo: Sandalias de madera tradicionales japonesas. Varían de 10 centímetros a 15 centímetros de alto.
Montsuki: Tipo de kimono formal usado por hombres.
Kansazhis: Ornamentos para el cabello utilizados en peinados tradicionales japoneses.
Edo: Hace referencia a un periodo de la historia japonesa, entre los siglos XVII y XIX.
Mochis: Bizcochos de arroz con forma redondeada y textura gomosa.
...
Nota de autora:
¡Final feliz!
Y sí, sin epilogo.
Me super encanto escribir esta historia e ir imaginando su estética. Creo que incluso si hubiera ido unas épocas atrás el ambiente hubiera sido más tradicional, siendo que por estos años las geishas ya iban disminuyendo.
En cambio, imaginar el pack de geishas+samurais ufff angst y romance asegurado jajaja algún día escribiré de ellos.
Por cierto, nunca aclaré las edades. Salvo Katsuki, que tiene 24 años, las demás prefiero dejarlas a su interpretación con este dato: El mizuage solía darse entre los 15 y 18 años.
Ahora sí, me retiro a escribir continuaciones y un regalo pendiente.
Gracias por los reviews!
Besitos.
