Disclaimer: Esta historia y sus personajes no me pertenecen. La historia es de eien-no-basho y los personajes son de Rumiko Takahashi, yo únicamente traduzco.

Avaricia

Inuyasha nunca había creído que fuera avaricioso.

Diablos, se había pasado la mayor parte de su vida intentando arreglárselas. Desde el momento en que había nacido, casi no había tenido nada a lo que pudiera llamar suyo. El hijo bastardo, el sucio híbrido. Rehuido por la corte, los clanes, los humanos, los youkai, incluso por su propio viejo.

Durante un tiempo, había tenido a su madre y ella… ella había hecho lo que había podido. Hasta que ya no pudo. No era culpa suya. Aun así, después de que se fuera, parte de él deseó no haberla tenido nunca tampoco. No se podía echar de menos algo que nunca se había tenido.

Y así fue cómo vivió: sin tener nada y sin querer nada. Era más fácil así. Incluso cuando su viejo había decidido joderle una última vez dejándole el trono por alguna razón que ni los kami conocían, no había cambiado nada. Era heredero a un trono de nada, de alguna forma estaba todavía más jodido que antes de que lo nombrasen Tennō. Así que la avaricia en realidad nunca había sido una opción para él.

Hasta ahora.

Inuyasha se estiró, una mano con garras se cernió sobre el rostro de la mujer que yacía a su lado en la habitación a oscuras. Su rostro estaba relajado mientras dormía, el oscuro barrido de sus pestañas nítido contra la pálida piel de sus mejillas. Su oscuro pelo estaba extendido en una revuelta de espirales y nudos por su almohada, unos largos mechones se deslizaban hacia delante para cubrir su rostro. Tenía los labios ligeramente abiertos, suaves bocanadas de aliento y una fina línea de baba se escapaban de ellos. Inuyasha contuvo una sonrisa al verlo. Estaba bastante seguro de que todavía no tenía ni idea de que hacía eso.

Pero él sí.

Conocía toda suerte de cosas sobre ella. Sabía que sus cejas se apretaban un poco cuando se ponía muy nerviosa por algo. Sabía que muchas veces se olvidaba de comer cuando estaba demasiado ocupada y conocía los molestos ruidos de gruñidos que hacía su estómago durante todo el día después de eso. Sabía cómo se le arrugaban los ojos en las esquinas cuando se reía cuando solo estaba él. Incluso conocía el sonidito que hacía al fondo de su garganta cuando él pasaba sus colmillos sobre su labio inferior.

Había reunido todo esto y otro centenar de cosas diminutas desde que la había conocido, aunque le había llevado un tiempo darse cuenta de que eso era lo que estaba haciendo. Pero ella había estado allí, se había asegurado de estar siempre allí, justo a su lado, así que no había sido difícil creer después de un tiempo que era simplemente natural. Que no estaba acumulando estos pedazos, aferrándolos como si se los pudiera quedar todos para sí.

Hasta el momento en que los había oído y se había dado cuenta de que tal vez él no era el único que lo hacía.

La idea de que el jodido lobo pulgoso hubiera estado con ella cuando estaba fuera de la corte, de que tal vez hubiera tenido la oportunidad de escuchar aquel molesto gruñido de su estómago o de ver lo despeinado que siempre tenía el pelo a la primera luz del día, o de sentir la casi ardiente calidez de sus labios presionados contra los suyos… la idea de que pudiera conocer todas las cosas que Inuyasha sabía sobre ella, de que incluso pudiera saber más, fue suficiente para resquebrajar algo dentro del hanyou que no había sabido siquiera que estaba allí.

Inuyasha hizo una mueca, retirando la mano para dejarla entre ellos en el futón. Solo el recuerdo de esa sensación, de esa asquerosa mezcla de rabia que penetraba hasta los huesos y un terror visceral, era suficiente para que se le erizase la piel. Se la había llevado por puro instinto, alguna urgencia dentro de él gruñía que, si podía separarla del lobo, entonces podría recuperar todos esos pedazos que eran suyos. Que encontraría nuevos pedazos, pedazos que compartiría solo con él.

Y de algún modo lo había hecho. El recuerdo de aquella noche todavía hacía que le atravesara un calor mixto, el cálido deseo de ello teñido de vergüenza. Había sido patético, había estado desesperado, agarrándola con ambas manos. Y aun así, ella había respondido, había abierto sus brazos y su cuerpo a él de una forma que estaba seguro de que no lo había hecho con nadie más. Le había dado voluntariamente más pedazos de ella: la sensación de sus débiles uñas humanas enterrándose en la piel de su espalda, el sabor de su lengua deslizándose contra la suya, el sonido estrangulado de su nombre en sus labios mientras se movía dentro de ella.

Y todavía no era suficiente.

Porque entonces se había marchado. Entonces le había dicho que había pedazos que no iba a darle. Que tendría que conformarse con esto, con su calidez en su cama y puñados de pedazos, pero nunca con el todo. Y eso nunca podría ser suficiente.

Porque Kagome lo había convertido en un avaricioso. Porque todo lo que fuera menos que toda ella, incluso estos cientos y cientos de preciados pedazos que había conseguido arañar, nunca sería suficiente.

Ahora era avaricioso. Puede que por primera vez en su condenada existencia desease. Deseaba el aroma de ella en toda su ropa, deseaba la calidez de su mano en la de él mientras caminaban por los caminos de la corte, deseaba la promesa de los años venideros.

Y deseaba ser capaz de darle a ella también sus pedazos y que ella los cogiera como él había cogido los suyos. Deseaba que los aceptase.

Kagome suspiró suavemente en sueños, el sonido lo sacó de sus pensamientos. Por un momento, sus pestañas se movieron como si fuera a despertarse, pero pronto se volvió a acomodar. Casi sin pensarlo conscientemente, Inuyasha volvió a estirarse, la yema de su pulgar bajó suavemente por la cálida piel de su mejilla mientras le apartaba un mechón errante de su pelo alrededor de sus dedos. Lo apartó de su rostro, disfrutando del suave deslizamiento de su pelo bajo la áspera piel de su palma.

Kagome se movió bajo su caricia, unos ojos cubiertos por la niebla del sueño, del color de la bruma de la mañana temprano, lo miraron mientras parpadeaban.

—¿Pasha? —masculló en lo que él estaba seguro era un intento por formar palabras.

Inuyasha sintió que una de las comisuras de sus labios se curvaba hacia arriba de la forma en que solo lo hacía cuando estaba con ella a solas.

—Nada —dijo, de algún modo entendiendo su intento—. Vuelve a dormir, tonta.

Ella masculló lo que podría haber sido una protesta ante el insulto, pero sus ojos ya se estaban cerrando de nuevo. Sus dedos pasaron por su pelo varias veces más hasta que estuvo seguro de que volvía a estar descansando, sabiendo, mientras lo hacía, cuánto la calmaba el movimiento.

Kagome lo había vuelto avaricioso. Había hecho falta tiempo, probablemente más de lo debido, pero ahora podía aceptarlo. La auténtica pregunta era: ¿Podría él volverla también avariciosa? ¿Podría mostrarle que había una forma de que sus pedazos y los de ella, todos ellos, pudieran existir juntos? ¿Que había un camino para que avanzasen y que, si no lo había, esculpiría uno con sus garras desnudas?

¿Podría volverla tan avariciosa por ese futuro como lo estaba él?

Inuyasha se movió, acomodándose lo suficientemente cerca para poder sentir su calidez desde su pecho hasta los dedos de los pies. Volvía a estar profundamente dormida, pero la luz estaba empezando a asomar a través de la alta ventana de los aposentos de ella. Pronto despertaría.

Sonrió para sus adentros, apoyando la cabeza al lado de la de ella. Era avaricioso, pero podía esperar.