DISCLAIMER:
BASADO EN EL RELATO "LLÁMAME NICK", INCLUIDO EN EL LIBRO "RELATOS DE PESADILLA" DE ALFRED HITCHCOCK. Los personajes no me pertenecen, son de la pluma de Thomas Harris y la adaptación que hizo Brian Fuller para la NBC.
NOTAS:
Está más basado en el audiolibro del relato; que escuché en Spotify, en AUDIOLIBROS Y RELATOS de Abismo FM (si lo escuchan es desde el minuto 9 que antes el podcaster anda comentando sobre otros temas), lo encuentran si buscan por el nombre del relato en Google. Es un relato de misterio a mi parecer y solo la frase final me hizo pensar que sería excelente para una adaptación de Hannigram; aunque lo ajusté definitivamente y ¿no es eso lo que hacen las adaptaciones?
Espero que les guste, aunque apenas tiene Hannigram, me encantó escribirlo y me tomó apenas un viaje en bus y un almuerzo en el trabajo.
—¿Will?, ¿eres tú?
—¿Alana?
En el momento en que se acostó en la habitación contigua a la de su novia, Alana no esperaba terminar en ese lugar. La confusión inicial dio paso a la tristeza y luego a la resignación. No había de otra, se dijo a sí misma, y pronto empezó a ojear el sitio. Rápidamente reconoció a otros como ella porque, irónicamente, eran los únicos que portaban ropas. Todas las personas que parecían atender allí, estaban completamente desnudas. Mujeres y hombres paseaban tal cual vinieron al mundo, con bandejas de comida y bebida para todos. Había juegos de azar, espectáculos de ópera, de comedia, películas, teatro y toda la diversión imaginable en el mundo. Alana aún se preguntaba la razón de llegar allí. Sabía que había estado sana y era buena o al menos quería creerlo... aunque ya no importaba dadas las circunstancias.
Si vas a Roma, haz lo que hacen los romanos.
Alana empezó a deambular por las diversas atracciones disfrutando del teatro (una obra corta) y un stand up de comedia. Probó la comida y bebida pero no conversó con nadie más. Una mujer desnuda, que era idéntica a la actriz fallecida Elizabeth Taylor, se le acercó mientras ella estaba decidiendo a dónde iría a continuación.
—Señorita Alana Bloom, nuestro señor quiere verla en su oficina.
—¿Es así?— Alana no sabía qué más podría decir, mientras que a su respuesta, la mujer asintió.
Ambas se dirigieron a un área apartada, que se parecía mucho a la antesala de un consultorio privado. La mujer señaló con el brazo un asiento de espera y se retiró silenciosamente. Alana se quedó mirando a su alrededor, el lugar se sentía cómodo, acogedor. Delante suyo había un escritorio, y al menos unas tres sillas de espera más; encima de la puerta se veía una placa, con una elegante S en color rojo burdeos.
¿Habría una secretaria que le explicara algo? ¿tendría que esperar porque acababa de llegar? ¿Era esa la consigna allí? Pero antes de que pudiera pensar en algo más, la puerta se abrió y lo vio.
—¿Will?, ¿eres tú?
—¿Alana?
Las lágrimas acudieron rápidamente a sus ojos, habían pasado más de 4 años desde la última vez que lo vio, desde aquel fatídico día.
—Ahora entiendo —Will parecía estar hablando consigo mismo.
—Will, ¿Acabas de pasar por aquí? ¿Por qué se demoraron tanto en llamarte?— Alana no entendía como a ella la llamaron tan rápido, si es que Will recién estaba pasando y llevaba tanto tiempo... los sentimientos le ganaron y se levantó e hizo un amago de darle un abrazo a Will. Antes de que pudiera lograrlo, Will la sujetó de los brazos, como intentando confortarla pero sin acercarse más.
—No es así Alana, se podría decir que trabajo aquí —Will no parecía igual que en la memoria de Alana. Este Will que estaba delante suyo parecía más confiado; la miraba directamente, cuando antes habría evitado su mirada. ¿Sería que los que trabajaban aquí no eran personas reales? ¿Y por qué era el único que llevaba ropa si trabajaba allí? Sus lágrimas se detuvieron y una expresión de confusión se extendió por su rostro.
—Si te preguntas el porque llevo ropa cuando todos los demás no lo hacen, pues deberías preguntárselo a mi jefe —una sonrisa burlona inundó su rostro, sorprendiendo aún más a Alana. Nunca había visto a Will sonreír así.
—¿Debería?— preguntó en un susurro como si intentará guardar un secreto.
—Definitivamente. Sobre todo porque no es común que llame a alguien. —Will la soltó, Alana empezó a asimilar la nueva información. Se frotó las mejillas ya algo secas antes de preguntar:
—¿No todos pasan por aquí?
—No todos, no. Ni siquiera deberías estar aquí —la mirada de Will sobre ella se hizo más intensa y de repente algo conectó en su mente.
—Ya veo —algo oscuro pareció mostrarse por un segundo en su mirada, pero desapareció tan rápido que Alana pensó que se lo había imaginado.
—¿Qué ves? ¿Will? ¿En serio este lugar es ese lugar?
—Lo es.
—¿Entonces nosotros...?
—Halaga sus cuernos —la respuesta completamente fuera de lugar descolocó a Alana.
—¿Sus cuernos?
—Es un narcisista de primera, ese halago será suficiente.
—Está, ¿bien?— la confusión inicial volvió. Will no le explicaba nada y Alana no sabía qué es lo que pasaría ahora.
—Sí, y deberías pasar ya. Se supone que para eso salía.— Will se palmeó ligeramente la frente. Volvió a verla y Alana juraría que vio ternura y cariño en su mirada, pero una diferente a la que había visto antes venir de él cuando creía que ella no lo notaba —suerte Alana— le dijo.
Alana entró a paso lento en la oficina. Era una oficina recatada, con un escritorio lo suficientemente grande y dos sillas dispuestas una frente a la otra, parecía la consulta de un psiquiatra, si no lo sabía ella que apenas hace unos años había abierto la suya. Cuadros y libros flanqueaban la habitación y en eso se habría centrado de no ser por la persona (¿O ente?) que tenía delante.
—¿Profesor Lecter?— La sorpresa fue demasiada para ella que ahora definitivamente no entendía qué estaba pasando allí. Quien tenía delante de ella sin embargo, se notaba contento y una sonrisa de satisfacción inundaba su rostro.
—Llámame Hannibal, Alana. Siempre es un placer ver a viejos conocidos, aunque las circunstancias no sean las que esperaría.
Hannibal hizo una seña para que Alana se sentara frente a él y procedió a tomar asiento.
—¿Es usted el jefe aquí?
—Podemos dejar las formalidades querida Alana. Ya dije que podías llamarme Hannibal. Pero sí, se podría decir que soy el jefe de este lugar.
—Pero tú, desapareciste Hannibal.
—Eran unas pequeñas vacaciones en realidad. Sin embargo, fueron muy buenas. Uno aprecia lo que se obtiene con esfuerzo bien dicen.
Asintió aunque aún se sentía confundida. Miraba de arriba a abajo a Hannibal que se veía idéntico a cuando aún enseñaba en su alma mater, incluso vistiendo un traje elegante con un color idéntico al de la placa en la puerta y una camisa negra con una corbata azul profundo. Realmente era su estilo... Lo que no era su estilo eran esos dos cuernos que se superponían a sus cabellos, eran largos y algo curvados en la punta, de un color negro intenso y que parecían brillar. Recordó lo que le dijo Will sobre ellos.
—Debo decir que después de todos estos años aún te ves increíble Hannibal. Sobre todo tus cuernos, se ven elegantísimos en ti. —Hannibal pareció orgulloso de eso.
—No podría mantenerlos así de no ser por los nuevos integrantes aquí. Debo decir que fue lo mejor que me pasó durante mis vacaciones. Pero no le digas que lo dije, suele molestarle un poco cuando lo menciono.
—Will es muy especial.
—¿Lo conocías?— de repente la sonrisa petulante que llevaba Hannibal pareció atenuarse.
—Coincidimos en algunos cursos electivos de la universidad. Nos distanciamos unos años pero luego nos reencontramos y de vez en cuando solíamos conversar, una especie de cita de psiquiatría informal.
—Ah, ya veo. Me pregunto por qué William nunca te mencionó.
—Supongo que no es el tipo de cosas que comentas con tu jefe —dijo Alana, con una sonrisa discreta. Ya se había adecuado a la situación y decidió que una pequeña broma la relajaría más. Después de todo, salvo por los cuernos, estaba delante de quién fue su profesor de curso. Ya no sentía atracción por él como cuando joven, pero tal vez se debía a su Margot... Rayos, recién se dio cuenta que ella no sabía nada y probablemente eso la destruiría. ¡Pero no era su culpa! ¡Nadie siquiera decidía a dónde ir en esos casos!
Hannibal se quedó mirándola sin contestar. Parecía estar a punto de decir algo pero luego cambió el tema.
—Espero que hayas disfrutado de nuestra hospitalidad, ¿Te han recibido bien desde tu llegada?
—Oh, sí. Ha sido magnífico.
—Lamento si te has sentido incómoda por el calor aquí, es algo del sitio.
—No me parece que sea particularmente caliente.
—Y espero que el olor a azufre no te haya afectado demasiado, suele ser muy fuerte y hasta a mí me afecta a veces.
—Al inicio tal vez, pero mi nariz nunca fue demasiado sensible y me he acostumbrado, apenas lo noto ahora.
—Vaya, entonces te has adaptado aquí mejor que muchos.
—Eso parece —Alana sonrió.— La comida es exquisita y las atracciones de primer nivel.
—Me alegra que te guste —pareció titubear, como si no quisiera decir algo— la verdad es que te he llamado porque ha sucedido algo completamente imprevisto.
Su columna se enderezó por completo, una anticipación de lo que se diría. Alana simplemente asintió para dejarle saber a Hannibal que podía continuar. Este cogió un legajo de papeles de una pequeña mesita y lo abrió con cuidado
—El caso es que he revisado tu expediente y me temo que se ha cometido un gravísimo error.
—Un error.
—Sí.
—¿Conmigo?— Hannibal solo asintió a la pregunta de Alana.— Es decir que no debería estar aquí —otro asentimiento.
—Según esto —y Hannibal pasó algunas hojas del legajo que tenía— deberías haber ido al otro lugar. Ya sabes, arriba.
La respiración de Alana se aceleró.
—Es un error gravísimo y que sepas que no he visto uno así en unos cientos de años. La semana pasada estábamos teniendo un cambio en las formas de los ordenadores y algo se debe haber escapado. O tal vez una falla humana. El caso es que no puedo quedarme de brazos cruzados así que...
—Debo irme —completó Alana. Empezó a reflexionar sobre esto, las dudas invadiendo su mente— ¿Es bonito allá? Digo, este sitio no tiene nada que envidiar. ¿Me contarás algo sobre cómo es allá?
—Bueno, es bastante tranquilo. Ya sabes silencioso y apacible. ¿Te gusta el arpa?
—Sí, creo.
—Bueno, entonces te gustará. Tendrás también un nuevo par de alas a tu medida, querida Alana. Apuesto a que se verán geniales en ti. Ya sabes puedes probar volando y eso. No hay mucho que hacer allí.
—¿No hay nada más que hacer? ¿Solo tocar el arpa y volar?
—Básicamente —Alana sopesó sus opciones, luego recordó a Margot, su Margot y también a Will.
—¿Y si quisiera quedarme aquí?
—Vamos Alana. Ya te he dicho que fue un error, un gravísimo error. Además no cumples con los requerimientos.
—¿Los requerimientos?
—Mira aquí, tu expediente dice que no has hecho nada malo en tu vida. Tu expediente es muy limpio. Ni siquiera una travesura de pequeña. Ni un pensamiento perverso.
—He tenido malos pensamientos.
—No los suficientes. Los requerimientos son mayores.
—¡Pero quiero quedarme, Hannibal! por favor, por Margot.
—¿Margot?
—Ella es mi novia, apenas llevamos unos meses saliendo.
— Ah, ya veo —una sonrisa alegre apareció en el rostro de Hannibal— aquí está, Margot Verger. Veo que ella tiene un expediente más extenso que el tuyo. Probablemente se quedaría aquí.
—Lo sé. Ella es genial, la amo; pero sigue teniendo estas ideas de matar a su hermano. El tipo es un maldito abusador que tal vez merezca la muerte pero no que Margot se manche las manos por él. Ella ha hecho lo necesario para sobrevivir hasta ahora.
—Podemos encontrar una solución.— Hannibal se inclinó apoyando la barbilla sobre sus manos y en dirección a Alana, casi como si estuviera contando un secreto— pese a no matar a su hermano la señorita Verger seguramente terminará aquí igual que él. Y tú quieres quedarte aquí para acompañarla ¿verdad?
Alana asintió. Si Mason iba a estar allí también, Alana prefería quedarse junto a Margot.
—Pues bien, yo podría mover algunos hilos y permitirte volver allí para que puedas cumplir con los requerimientos. Tendrías un máximo de 15 minutos pero creo que sería suficiente. ¿Entiendes lo que debes hacer para cubrir los requerimientos?
—Un pecado.
—No has tenido falta alguna antes así que un pecado no basta. Debes cometer un acto vil —Hannibal pareció pensar en algo—, podrías asesinar al hermano de Margot.
—Pero él vendría aquí.
—Querida Alana, hay ciertas personas que merecen un castigo, digamos que mayor y no necesariamente todos estarán juntos. Este lugar es enorme y ya lo entenderás con el tiempo. Además, le harías un enorme favor a Margot, ella quiere ver muerto a su abusador y tú lo estarías cumpliendo, además de asegurar tu lugar aquí para cuando ella venga.
Alana pareció pensar un poco y luego asintió, su mirada decidida.
—Perfecto— Hannibal se levantó y habló por un altavoz que Alana no había visto hasta ese momento.
— Will, prepara todo para la partida de Alana y su regreso.
No se oyó contestación, por lo que Hannibal pareció algo confundido. Se disculpó con Alana y salió. Ella no sabía qué hacer, tenía curiosidad pero no sé atrevió a acercarse a la puerta e intentar escuchar. Después de unos 20 minutos Hannibal reapareció, parecía algo frustrado.
—Bueno Alana, espero que estés lista —y dicho esto Alana se despertó de golpe en la habitación de invitados de la mansión Verger en la que se había quedado. Vio su ropa de dormir y manchas de sangre por todo su cuerpo. Un ruido se escuchaba desde la habitación contigua. Cogió lo primero que encontró que casualmente era un florero de vidrio y se dirigió al cuarto de Margot. Los gritos se hicieron más claros en cuanto abrió la puerta. Margot forcejeaba con su hermano y las lágrimas cubrían su rostro. Alana no lo pensó antes de estrellar el florero en la cabeza de Mason. Este cayó desmayado al suelo.
—¿Alana, estás bien?— La preocupación de Margot era palpable y sus ojos se horrorizaron al ver el pijama de su novia manchado con sangre.
—Ya no importa Margot. Debes irte de aquí, huye lo más lejos que puedas —Margot le sujetó la mano.
—Vamos juntas entonces
—No puedo Maggie. Ya no puedo.
—Si arrastramos a Mason a la pecera de su anguila y fallece podemos decir que fue un accidente y luego quedarnos aquí, sin tener que irnos. Solo debemos tener cuidado de los guardias —Margot pensó que esta sería otra ocasión en que Alana se negaría, ya estaba anticipando la golpiza que le daría Mason por haberse librado esta vez, cuando Alana asistió.
Sorprendida pero aún decidida, ambas mujeres empezaron la tarea, tratando de apurarse para que Mason no se despertara.
Alana rogaba porque el tiempo no se le acabara antes de lograr su objetivo y en cuanto llegaron a la habitación de Mason, apartó a Margot.
—Déjame hacerlo —si quería cumplir con los requerimientos debe hacerlo ella misma, debía ser ella quien empujara a Mason a la muerte. Sin embargo, en ese momento, escuchó una voz en su cabeza, una voz que sonaba como la de Hannibal.
Sabes que así no lo estás matando tu misma.
—Morirá igual —dijo entre dientes, intentando que Margot no la escuchara.
Te dijeron que debías matarlo para cumplir los requerimientos, tú misma debes matarlo.
—Es el hermano de Margot.
Tu cobardía las matará a ambas. Mira a Mason, empieza a despertar.
Alana vio con horror que la voz en su cabeza tenía razón. Margot intentó acercarse más a ella, llevaba un pedazo del vidrio roto de antes. La voz en su cabeza parecía repetir Mátalo, mátalo, mátalo. Alana le quitó a Margot el vidrio de la mano y apuñaló a Mason en la garganta, justo en la yugular para que se desangrara más rápido cuando cayera al agua. Mason pareció despertar por el dolor y se agarró la garganta frenéticamente intentando detener el sangrado. Margot lo miraba con satisfacción mientras la vida dejaba su cuerpo, pero antes de que Alana pudiera empujarlo a la pecera gigante, Mason sujetó a ambas y se lanzó. Alana logró soltarse pero Mason sujetó con lo poco de fuerzas que quedaban a Margot y ambos se hundieron hasta el fondo. Alana había intentado sujetar a Margot, pero no lo logró, flotó hasta la superficie con renuencia, mientras veía a Margot sonreír como si estuviera feliz de que ella se salvara pese a su muerte inminente al lado de su hermano.
Si tan solo supiera que Alana ya llevaba más de 5 horas muerta, cortesía de Mason.
Sonrío igual, porque sabía que había cumplido y ahora podría estar con su Margot siempre.
Regresó al vestíbulo de antes y sin ninguna duda se sentó a esperar. La puerta se abrió bruscamente y Will salió hecho una furia. Hannibal iba detrás suyo, parecía estar muy contrariado por lo que fuera que había pasado.
Apenas Will vio a Alana, suspiró. Ella no supo si era un suspiro de alivio o de molestia, pero no sé atrevió a preguntar.
—¿Lo hiciste?— preguntó Will en voz baja.
—Sí —contestó Alana— por un momento pensé que no lo haría yo misma pero finalmente lo hice. Es extraño pero sentí como si la voz de Hannibal me incitara a hacerlo.
Will volteó a ver a Hannibal, quien parecía muy culpable y murmuró:
—Alana, ten por seguro que él fue quien hizo que mataras a Mason.
—¿Puedo quedarme entonces?— Alana miró a Hannibal que aún miraba fijamente a Will. Ambos hombres parecían estarse comunicando telepáticamente e ignorándola por completo.
—Claro que te quedarás pero aquí —Will habló en un tono de orden que no admitía réplica— y por supuesto que tu novia también se quedará aquí ¿Verdad Hannibal?
Hannibal parecía titubear, pero finalmente volteó a ver a Alana con una sonrisa resignada y le dijo:
— Puedes ir a buscar a Margot, debe estar cerca, cuando ambas estén aquí encontraré algo para que hagan.
Will pareció satisfecho, mientras que Alana felizmente salió a buscar a Margot. Unos momentos después, entró Elizabeth Taylor acompañando a Mason Verger. Este tenía una mirada libidinosa sobre ella y Will frunció el ceño. Hannibal le dedicó una mirada, preguntando por su aceptación y Will concedió. Ni siquiera necesitaba mirar para saber la clase de alimaña que era este Mason Verger. Ambos hombres entraron en la oficina mientras Will permanecía afuera, esperando.
Hannibal y Mason tuvieron una conversación aparentemente amena, en la cual Hannibal se presentaba y le felicitaba por llegar allí, mientras Mason indicaba su deseo por ver a su hermana pronto y disfrutar con ella de todas las delicias del lugar.
—¿Son mis servidores de tu agrado?— preguntó Hannibal.
—Sería mejor si tuvieran tu marca personal pero me parece genial que vayan desnudos, después de todo son solo carne. Marcaba a mis cerdos para identificarlos e incluso mi hermana llevaba el escudo Verger en su piel. Pero creo que tu secretario se toma libertades. ¿El que estaba contigo en la puerta? ¿No es el único que no se desnuda? Además parece que te falta doblegarlo. Si quieres puedo ayudar en eso —la mirada de Mason se intensificó ante la idea de torturar a alguien allí. Hannibal por otro lado pasó de una sonrisa de petulancia a una expresión de odio profundo. Una sonrisa malvada se extendió por su rostro y sus dientes puntiagudos marcaron aún más sus facciones como un tiburón a punto de lanzarse sobre su presa. Mason era lo suficientemente ciego como para no ver el peligro que habían engendrado sus palabras.
—Me parece irónico que pienses que esto es todo y que incluso insinúes que puedes hacer un trabajo para mí. Mason, deberías saber que lo que has visto es solo la antesala del infierno. Y el secretario que mencionas está aquí por otra razón en particular, se ajusta a mis intereses más impíos pero al mismo tiempo me complementa y completa. Aunque no creo que lo entiendas —Mason se sorprendió por esto pero antes que pudiera decir o hacer algo más notó que la mirada de Hannibal se desviaba a algo detrás suyo. Y antes que pudiera voltear, el suelo bajo sus pies tembló y una grieta se abrió delante de él. Un pozo profundo hecho de lava ardiente y azufre, miles de cámaras de tortura y almas atormentadas desde el inicio de los tiempos y hasta la eternidad. El miedo empezó a invadirlo, quiso pedir ayuda o rogar, pero Hannibal seguía sin verlo, solo sonreía hacia detrás de su espalda y Mason apenas tuvo tiempo de girar un poco la cabeza cuando fue empujado.
—Disfruta tu estancia por la eternidad —dijo Will con una sonrisa radiante. Eso fue lo último que vería de felicidad Mason Verger para toda la eternidad. El agujero pronto se cerró y ambos hombres se encontraron solos en la oficina.
—¿Te he dicho que es en momentos así cuando me doy cuenta de lo afortunado que soy?— Hannibal miraba embelesado a Will. Sujetó sus manos con reverencia antes de besar sus nudillos con cuidado de no chocar sus cuernos con él.
—No creas que te salvarás tan fácilmente Hannibal. Esta sorpresita tuya casi te sale caro. Y ya te he dicho que quites el escritorio de afuera, siempre terminan pensando que soy tu secretario —a pesar de la molestia aparente en su tono, Will no se había soltado del agarre de Hannibal.
—Pero no lo eres, mi amado; eres mi compañero, cogobernante de mi reino. Y sé que amas tanto como yo, los castigos a los condenados.
—Lo sé, pero basta con eso de estar quitando almas al cielo. Alana no se merecía esto y lo sabes bien.
—Finalmente se dejó manipular.
—Tus celos hablan más fuerte que tú. Te dije que la razón para que no te hablara de ella era que no pensaba verla de nuevo. ¿Cómo iba a adivinar que era tu próximo experimento?
—Y sin embargo, abogaste por ella.
—Tiene novia, Hannibal. Y yo más que nadie sé lo que es dar hasta tu alma por amor.
Hannibal miró a Will con una intensidad que parecía destinada a penetrar hasta el fondo de su alma. A veces se arrepentía de haber dejado que Will falleciera; que hermoso debió ser poder pasar tiempo con él en la tierra, pero cuando lo conoció, Hannibal ya era inmaterial, ya era esa sombra bajo la cama; no podía mantenerse más tiempo allí y había tenido que penetrar sus sueños para seducirlo. Más de una vez quiso dejarlo ir pero al pensar en otra persona acompañando a Will se retorcía de celos. Le pidió que lo acompañara a su hogar y Will, su hermoso Will solo le había pedido tiempo para planear bien su propia muerte.
Un intento de detención a un criminal y dos disparos en los lugares adecuados hicieron el trabajo. Hannibal estuvo allí para recoger el alma de Will apenas dejó su cuerpo y lo llevó consigo a su hogar, dónde se pudo mostrar por completo a su amado, ya no solo en sueños. Will solía contarle cosas que no veía en sus sueños sobre su estancia en la tierra pero nunca mencionó amigos o familiares, al menos no hasta Alana.
Y si gracias a eso Will decidió abrirse más aún a Hannibal, este debía agradecerle a ambas mujeres, una que se volvió su secretaria y la otra que logró convencerlo de supervisar la logística de la parte inferior, asignando castigos y castigadores. Will tuvo que aceptar que la oscuridad suya y de Hannibal estaba presente y posiblemente latente incluso en almas aparentemente puras tal cual demostraba la experiencia de Alana.
Ambos gobernantes podían seguir con su reinado sobre su mundo y dar rienda suelta a sus deseos más profundos. Si Will recompensó a Hannibal por su ayuda a Alana y Margot y de qué forma lo hizo, es parte de otra historia. Solo digamos que hubo muchos mordiscos, besos y fluidos involucrados; y que finalmente Will desarrolló unos pequeños cuernos que Hannibal amaba poder limpiar, mientras frotaba aquellos rizos que lo enloquecían tanto o más que esa mirada azul fijada en él.
FIN
NOTAS FINALES:
Como leyeron, no fue demasiado Hannigram, pero amé cada parte de este fic. Hace muchos meses que no escribo y es mi primer fic de este ship. Hannibal como Satanás o el diablo fue lo primero que me vino a la mente en cuanto terminé ese podcast. Es una pareja tóxica, muy rara y complementaria: ¡LA AMO! No me decidía a escribir de ellos porque sentía que me saldría muy OOC. Espero haber logrado coger un poco de la esencia de los personajes aquí y que hayan quedado bien. Dejen sus comentarios y espero volver a escribir de estos dos.
