Estoy pariendo en una cama de la enfermería del Campamento Mestizo, pues ningún hospital mortal podría atender el parto de un hombre. Mi marido me coge de la mano desde la cama de al lado, también de parto. Los bebés serán gemelos a pesar de no haber sido gestados por el mismo padre, nos lo ha explicado Will. Me emociono al pensar que por fin nacerán mis pececitos, tras casi nueve meses de espera.

En medio del dolor del parto no puedo evitar distraerme (gracias TDH), pensando en lo distinto que es mi futuro de como lo había imaginado de adolescente. Siempre pensé que acabaría con Annabeth, y que ella tendría los hijos no yo, y aquí estoy. Casado y dando a luz a uno de mis dos hijos con Leo Valdez.


Supongo que todo empezó el día que los romanos se fueron. Después de vencer a Gaia, la Duodécima Legión Fulminata se quedó en el Campamento Mestizo por unos días, pero al final se marcharon de vuelta a California.

Hazel, Frank, Jason y Piper se marcharon también, como era de esperar siendo romanos, o novia de uno en el caso de Piper. Lo que nadie se esperaba era que Annabeth se fuera también.

La noche anterior, en la hoguera, me pidió hablar a solas un momento. Y rompió conmigo. Me explicó que la experiencia en el Tártaro le había hecho ver que solo me quería como a un amigo.

-Lo entiendo-respondí yo-. Creo que en el fondo yo también me di cuenta. Lo que no entiendo es por qué te vas con los romanos. Puedes quedarte aquí aunque no seamos pareja.

-Sí, supongo que tienes razón. Pero... Bueno yo...-nunca la había visto tan nerviosa- Pues Reyna me propuso... La universidad... Y estar cerca de Piper que es mi mejor amiga...

-Annabeth... No me mientas-dije, medio en broma.

-Si te lo digo tendrás que prometer que no se lo contarás a nadie, Sesos de Alga.

-No lo contaré, te lo prometo chica lista.

-A mí... Me gusta Reyna...-se pusó completamente roja. Yo me acerqué y le di un abrazo.

-¿Percy, por qué...?

-Es un abrazo de buena suerte. Lo conseguirás. Eres genial y Reyna lo verá, esa chica no es tonta.

Ella se despidió con una sonrisa agradecida y yo me quedé allí solo.

Los meses que siguieron fueron cansados. Tuve que recuperar todas las clases que había perdido durante los meses que había estado desaparecido (gracias Hera) y fue en ese memento cuando me di cuenta de lo mucho que echaba de menos a Leo. Me había acostumbrado a sus chistes malos y a que me llamara aquaboy o sirenito y fui consciente del vacío que dejó su paso Entendía por qué no me había contado que pensaba sacrificarse, yo no le habría dejado hacerlo. Pero no por eso me enfadaba menos con él por no habérnoslo contado.

Una tarde de finales de enero un dragón de bronce apareció el campamento llevando en su lomo a un chico bajito, latino, con un cinturón portaherramientas y manchado de grasa. Los sentimientos me inundaron, chocando como dos olas furiosas.

Por un lado estaba enfadado por no habernos dicho nada y por habernos dejado así de repente para luego volver como si nada. Y por el otro la alegría y el alivio de saber que estaba vivo, que estaba bien. No sabía como reaccionar, así que fui corriendo hacia él y, al llegar a su lado, le di un rodillazo entre las piernas, justo donde más duele. Leo se dobló por la mitad y se agachó, pero yo le cogí y le abracé.

-Leo Valdez, como se te ocurre matarte en una explosión de fuego gigante-le susurré al oído.

-Si que pegas fuerte-dijo, y se rio por lo bajo-. Siento haberlo hecho, pero no había otra forma de vencer a Gaia-continuó, ahora hablando en serio-. Pero ya he vuelto, sirenito, y no pienso marcharme otra vez.

Por unos segundos nos quedamos allí abrazados. Leo olía a humo. Sentí algo cálido en el pecho y deseé que ese momento no acabara nunca. Pero alguien carraspeó detrás de nosotros y Leo se separó y se dio la vuelta.

Al separarnos sentí un vacío y no entendía por qué. Entonces me fijé en la acompañante de Leo. Una chica que esperaba no volver a ver: Calipso.

De repente volvieron a mi mente todas esas conversaciones a bordo del Argo II sobre una semana que Leo había estado desaparecido mientras Annabeth y yo estábamos en el Tártaro. Había estado en Ogigia, y había vuelto allí para rescatar a su única habitante. No sé por qué, pero, aunque me alegró que ella ya no estuviera atrapada, a una parte de mí no le gustó.

Después de hacer cola para pegar a Leo mandamos un mensaje Iris a los romanos, que hicieron prometer al hijo de Hefesto ir hasta el Campamento Júpiter. Así que ese fin de semana Leo, Calipso y yo (quería ver a mis amigos, no los veía desde Navidad) nos montamos en Festo y nos dirigimos a las colinas de Berkeley.

Al llegar los romanos se emocionaron. Hicieron también cola para pegarle y Hazel hasta lloró. Jason, su mejores amigo, no se separaba de él como si tuviera miedo a perderle de nuevo. Entendía bien al hijo de Júpiter.

Los romanos decidieron hacer una fiesta en honor al héroe que nos había salvado de Gaia y que había vuelto de la muerte. No pude evitar una sonrisa cuando vi a Reyna y Annabeth (que llevaban saliendo desde Año Nuevo) organizarlo todo. Frank sería el pretor, pero no podía hacer nada contra la hija de Atenea. Leo había vuelto, estábamos todos juntos y éramos felices. No podía pedir nada más. Pero por supuesto todo se torció. Somos semidioses, todo puede salir mal.

Antes de empezar la fiesta Reyna y Frank (los pretores) dieron un discurso de agradecimiento a Leo en nombre de la Duodécima Legión Fulminata. Después empezó a correr el alcohol y todo se vuelve borroso.

Recuerdo despertar. El sol brillaba en lo alto y el frío aire de enero me golpeaba la cara. Pero yo estaba acurrucado contra algo, o alguien, que emitía calor como un radiador. Giré la cabeza y vi a Leo a mi lado. El corazón se me detuvo. Estaba adorable, con los rizo cayendo sobre la cara y los ojos abiertos mirándome con expresión dormida. Un pensamiento asaltó mi cabeza, seguido de un intenso dolor de cabeza. Volví a oír lo que me había despertado.

-¡Leo, Percy!-gritaba una voz cerca de nosotros- ¿Dónde estáis?

-Aquí-respondí. Miré a mi alrededor y vi que estábamos en una plaza de la Nueva Roma -. Detrás de la fuente.

Intenté levantarme, pero las piernas no me sostenían. Entonces Hazel apareció a nuestro lado.

-¡Los he encontrado!-gritó a alguien, y tanto Leo como yo hicimos una mueca. Maldita resaca.

Pronto llegaron Frank, Reyna, Annabeth, Piper y Jason.

-Vaya susto me has dado, Sesos de Alga-me dijo Annabeth-. ¿Qué os pasó?

-Eh... No me acuerdo de mucho-contesté La cara de Leo decía que no quería hablar, asíq eu me dispuse a contar lo que recordaba-. Estábamos con Jason, bebiendo.

-Eso se nota, Jackson -interrumpió Reyna.

-Bueno, pues después Leo y Jason quisieron ir a buscar a Piper y Calipso-continué.

-Eso nos lo ha dicho Jason, pero no nos ha dicho que pasó después-comentó Hazel.

-Jason se separó de nosotros y después Leo y yo encontramos a Calipso en un callejón besándose con un centurión romano. Umm, Larry, creo.

Todos se pusieron a hablar a la vez y no me enteraba de nada. Al final se callaron para escucharme.

-Recuerdo que saqué a Leo del callejón. Luego nos perdimos por la ciudad y entonces llegamos aquí y reconocí esta plaza, así que nos quedamos. Y nos dormimos.

Leo asintió como para apoyar mi historia.

Después el resto del día fue un caos. Leo y Calipso pelearon a gritos y rompieron. Ella se quedó allí con su nuevo novio de la Tercera Cohorte. El hijo de Hefesto estaba destrozado. Intenté animarlo, pero casi ni sonrió. Al llegar la tarde Leo y yo volvimos al Campamento Mestizo.

A Leo lo de Calipso le sentó peor de lo que estaba dispuesto a reconocer. Empezó a pasar mucho tiempo solo en el Búnker 9 trabajando en quien sabe qué. Yo quería intentar animarlo y que saliera de allí dentro, pero no podía hacerlo. Desde aquella desastrosa noche en la Nueva Roma, me ponía nervioso cada vez que él estaba cerca. Sentía que mi estomago se revolvía como una tormenta en el mar y no era capaz de unir dos frases con sentido.

No podía guardarme el secreto más tiempo, porque empezaba hacerme daño no poder ser sincero con alguien. Y solo había una persona a la que podía contarle lo que me pasaba: el hijo de Hades. Bueno y a su novio el hijo de Apolo, Will Solace; porque sabía que podía confiar en ellos.

Les pedí que vinieran a mi cabaña y cerré la puerta tras ellos. Se sentaron en una de las camas vacías. Yo empecé a dar vueltas por la cabaña, nervioso por su reacción.

-Percy, ¿estás bien?-preguntó Will.

-Yo... tengo que contaros una cosa-contesté-. Es que estoy nervioso.

-Percy, cálmate-ordenó Nico-. Y nos cuentas lo que pasa.

-Pues... Lo que pasa es...-me armé de valor y lo dije- Me gusta Leo.

Por un segundo nos quedamos en silencio y entonces Nico dijo:

-Vamos, me deben 10 dracmas.

-¿Qué?-pregunté yo.

-Una larga historia y una apuesta con los hijos de Hermes-respondió el hijo de Hades-. Pero, ¿de verdad Leo? ¿Leo Valdez? ¿El hijo de Hefesto?

-¿Cuántos Leo más conoces?-le espeté-. Lo siento, Nico. Es... Hay momentos en los que aún no me lo creo, pero luego le veo aunque sea de lejos y siento mariposas en el estómago y se me acelera el corazón. No puedo pensar en otra cosa. Y me duele no poder hablar de ello con nadie y no ser sincero con todos.

-Tú tranquilo, que no se lo diremos a nadie-prometió Will-. Pero deberías decírselo a Leo.

-No se si podré, cada vez que lo veo me pongo muy nervioso.

A pesar de todo el consejo del hijo de Apolo siguió rondando por mi mente. Una semana más tarde fui al Búnker 9.

-Hola, Leo.

-Hola, sirenito- saludó él. Me derretí por dentro al oír mi apodo.

-¿Qué haces?-pregunté.

-Estoy experimentando con las esferas de Arquímedes -contestó él-. Quiero ser capaz de construirlas, pero estos escritos-los que había rescatado de las catacumbas de Roma- son complicados.

-¿Puedo ayudarte?-Leo me miró como si me hubiera salido un tercer ojo y la cara que puso me pareció adorable- Es que... Siempre me han gustado las cosas de mecánica-en realidad no mentía, pero unca se me había ocurrido aprender-. Y me gustaría aprender. Nunca seré tan bueno como tú, pero...

Después de reponerse de la sorpresa a Leo le entusiasmó la idea. Me hizo sentarme en la mesa con él y, mientras intentaba montar la esfera me iba explicando cosas sobre mecanismos o la función de las herramientas.

Los meses pasaron y yo descubrí que de verdad me gustaba la mecánica. Poder construir cosas que fueran útiles y la satisfacción de terminar algo después de trabajar duro en ello. Además me pasaba el día con Leo trabajando en el búnker.

Una tarde de mayo conseguí construir una especie de coche teledirigido después de semanas con el proyecto. Estaba muy orgulloso de mi trabajo y Leo también. Para celebrarlo cocinamos juntos unas galletas azules (casi todo lo hizo él, yo soy un cocinero pésimo) y nos las comimos mientras mi coche corría a nuestro alrededor.

-¿Sabes, aquaboy? La verdad es que tienes talento para esto-comentó el hijo de Hefesto-. Has avanzado mucho desde que empezamos.

-Será porque tengo un gran profesor-contesté.

-Lo digo en serio, tienes una capacidad innata para la mecánica-aseguró él-. Me pregunto de donde te vendrá.

La verdad era que lo había notado. Normalmente me cuesta aprender las cosas con esto me parecía sencillo y había cosas que sabía hacer de manera instintiva, además de que se me daba bien de verdad. Pero era una buena pregunta.

-No sé, la verdad. De mi madre lo dudo. Según ella mi abuelo médico y mi abuela profesora-recordé-. Y ella es escritora. Aunque... Puede que venga del otro lado.

-¿A qué te refieres con el otro lado? ¿Poseidón?

-Bueno, los cíclopes son muy buenos construyendo cosas y la mayoría de los cíclopes son mis hermanos.

-¿Quién lo habría dicho? ¡El dios del mar tiene genes de ingeniero!-se rio Leo. Me encantaba el sonido de su risa, oírlo me hacía feliz. Yo también me reí.

Me quedé pensando en sus palabras. Tuve una idea.

-A lo mejor podría estudiar ingeniería-pensé en voz alta.

La razón por la que no había empezado la universidad era que no había logrado decidir que estudiar. Pero esta era una carrera que me hacía ilusión.

-¿En serio?-se sorprendió Leo- Podríamos estudiar juntos. Yo siempre he tenido claro que eso era lo que quería estudiar.

-¿Y por qué?-pregunté-¿Por ser hijo de Hefesto?

-No-reconoció Leo-. Mi madre fue la primera persona de la familia Valdez que hizo una carrera universitaria y estudió ingeniería. Y dentro de mí siento que me transmitió esa pasión, esa razón de que aprendiendo a mejorar en lo que ya sabes hacer es como de verdad avanzas-explicó-. No sé si tiene sentido.

-Eso no importa-contesté-. Lo importante es que hagas lo que quieras hacer y que seas feliz.

-Gracias, Percy. Nunca le había contado esto a nadie. Sienta bien sacarse las cosas de dentro.

Las palabras de Leo resonaron en mi cabeza. Sentí la presión de los sentimientos que ocultaba desde hacía tanto. Y reuní el valor necesario para seguir mi propio consejo. Me incliné hacia delante y puse mis labios sobre los de Leo.

Por un segundo él no reaccionó. Pero cuando lo hizo fue para devolver el beso. Me dejé llevar. Leo sabía a humo y embriagaba todas la células de mi cuerpo. La distancia entre nuestros cuerpos se acortó. Me hundí en sus ojos oscuros y él me agarró con fuerza del brazo, como si temiera que yo fuera a desaparecer. Notaba el latido de su corazón junto al mío. Deseé que ese momento durara para siempre. Pero todo se torció.

Olí a humo y noté calor, mucho calor, en el brazo que Leo me agarraba. Después fue el dolor. Subió desde el brazo y me golpeó con fuerza. Oí a Leo gritar mi nombre antes de caer en la oscuridad.

Abrí los ojos y volví a cerrarlos. Había demasiada luz. Abrí los ojos de nuevo poco a poco hasta que se acostumbraron a la luz solar que entraba por una ventana junto a la cama en la que estaba tumbado. Ya no estaba en el búnker 9, sino en la enfermería. Miré a mi alrededor y vi que a un lado de la cama había una mesilla con medicamentos y vendas y una silla. En el otro lado de la habitación estaba la puerta.

Intenté incorporarme, pero casi me desmayé de nuevo al apoyar al brazo izquierdo, que estaba cubierto por un vendaje que olía a aloe vera. Con cuidado y usando el otro brazo conseguí sentarme en la cama. Iba a levantarme y ir hacia la puerta cuando alguien entró.

-Hola, Percy -saludó Will-. Por fin estás despierto.

-¿Cuánto tiempo...?-pregunté yo.

-Un día-respondió el hijo de Apolo a mi pregunta incompleta-. Leo te trajo inconsciente ayer por la mañana.

-¿Dónde está Leo?

-Supongo que encerrado en el búnker 9-Will se encogió de hombros-. Tengo que cambiarte el vendaje.

El hijo de Apolo se acercó a la cama y empezó a quitar la vendas con cuidado. Ahora en mi brazo se veían unas marcas, negras como las del tatuaje romano que tenía en el otro brazo, pero estas cubrían gran parte del antebrazo y en el centro se veía la forma de una mano. La piel alrededor estaba un poco inflamada.

-¿Me vas a contar qué pasó?-preguntó Will- Está bastante claro que esto lo hizo Leo.

-Yo... Le besé-confesé.

-¿Y él se enfadó?

-No, me devolvió el beso. Me agarró del brazo y debió perder el control.

-Pues has tenido suerte, Percy -comentó-. Las quemaduras no son muy graves. Podrías haber perdido el brazo. Pero quedarán cicatrices

No supe que responder y me quedé allí, en silencio.

Por la tarde Will me dejó salir por fin. Yo no lo dudé ni un segundo y me dirigí al lugar en el que sabía que estaría él. No me equivoqué.

Al principio no le vi. Y entonces oí un sollozó y lo encontré llorando en un de las mesas de trabajo. Nunca había visto a Leo llorar, ni siquiera cuando lo de Calipso. Y verlo me rompió el corazón.

-Leo, ¿estás bien?-pregunté.

Él levantó la mirada y me vio.

-Percy -susurró-. ¿Qué haces aquí?

-Ya he salido de la enfermería-contesté.

-No, me refiero a por qué has venido a verme.

-Pensaba que estaba claro.

-¡Claro que no! Te has pasado un día en la enfermería por mi culpa. Podías haber perdido el brazo, Percy.

-¿Y yo soy el que está ciego en esto de los sentimientos? Me habría dado igual perder los dos brazos por poder repetir el beso de ayer. Fue sin duda el mejor momento de mi vida.

Los cálidos ojos castaños de Leo se abrieron de sorpresa. Tragó saliva.

-¿Lo dices de verdad?

Como respuesta me acerqué a él y le sequé las lágrimas con una caricia. Nuestros labios se juntaron de nuevo y yo sentí que me derretía por dentro. Pero él se separó. Las lágrimas asomaban de nuevo a sus ojos.

-No puedo, sirenito- susurró-. No quiero hacerte daño. ¿Cómo sé que no voy a perder el control?

Se separó y se alejó. Sentí frío y me marché del búnker 9. Me sentía como si tuviera una daga clavada en el corazón y se estuviera retorciendo para causar más dolor. Me lacé de cabeza al lago y me quedé allí abajo, sentado en el barro lleno de algas. Esa tarde descubrí que se puede llorar debajo del agua.

Me quedé dormido allí abajo y me desperté rodeado de agua. Tomé una decisión. Todavía sentía ese daga en el corazón, pero tenía que seguir adelante. Tenía que superar lo de Leo. Estuve enamorado de Annabeth y cuando me dejó no siquiera me dolió. Podría hacer lo mismo con Leo, aunque los sentimientos por él eran mucho, mucho más fuertes...

Todos se quedaron muy aliviados cuando aparecí. Al desaparecer así por tantas horas les había dado un buen susto. Nos les expliqué que hacía en el lago porque no quería hablar del tema. Pero Nico y Will ya se imaginaban por qué. Sobre todo cuando empecé a ignorar a cierto hijo de Hefesto.

Seguí como si nada con mi vida en el campamento. Daba clases de esgrima, enseñaba todo a los nuevos mestizos, participaba en las partidas de captura la bandera... Aunque en mis tiempos libres seguía construyendo pequeños mecanismos y otras cosas. Todavía me gustaba, pero no era lo mismo sin él... También llevaba siempre manga larga para que nadie viera las marcas de la quemadura y me preguntara po ellas.

Cada vez que veía el fuego o sentía el calor de las llamas le recordaba. Y el dolor me golpeaba con fuerza. Algunas noches en la hoguera no podía evitar quedarme mirándolo, mientras se reía y contaba chistes con sus hermanos de la cabaña 9. A veces él miraba en mi dirección y nuestros ojos se encontraban. Y al perderme en sus ojos color chocolate sabía que no podría seguir con esta situación mucho más. No me equivocaba.

A principios de julio Piper y Jason vinieron al Campamento Mestizo. Piper me confesó que iba a prepara una fiesta sorpresa para su novio. Y nos encargó a Leo y a mí distraer al hijo de Júpiter. Y con distraer se refería a meternos a los tres en la cabaña 1 y que nosotros evitáramos que su novio saliera.

El ambiente era tenso entre los dos. Jason se dio cuenta, pero decidió hacer como si no pasara nada. Leo y yo le respondíamos, pero sin hablar entre nosotros. Al final agotamos su paciencia.

-¿Qué os pasa a vosotros dos?-preguntó- Parecéis dos niños pequeños enfadados, ignorándoos así.

-No quiero hablar de ello-contestó Leo.

-¿Por qué? ¿Para no hacerme daño?-respondí, sacándome de dentro todo lo que me guardaba desde casi un mes- No funciona. No todas las heridas tienen que verse en la piel.

-¿Crees que no lo sé?-preguntó él, furioso- Pero esas al menos se pueden ocultar.

-¡Yo no quiero ocultar nada!-grité- Bastante aguanté desde enero sin ser capaz de decirte la verdad, para que, cuando me armo de valor, me dejes de lado. No hay nada peor para mí que esta situación.

-Para mí también es duro, ¿sabías? Pero tengo demasiado miedo. Ya estuve a punto de perderte y no quiero que pase de nuevo.

-¿Cuando estuve a punto de morir por tu culpa?

-Cuando vi a Némesis me dio una galleta de la suerte con la respuesta a un problema que no podría resolver. A cambio tendría que pagar un precio mayor que perder un ojo. Abrí la galleta en las catacumbas de Roma. Ese mismo día te lanzaste al Tártaro detrás de Annabeth. Ese fue mi precio.

-¿Por qué eso fue tan doloroso para ti? ¿Qué tenía de especial que cayera yo? Jason es tu mejor amigo.

-Fue en ese momento cuando me di cuenta de lo que sentía por ti. Justo cuando te fuiste sin saber si te volvería a ver. Y encima te lanzaste tras ella... Tuve muchísimos celos de Annabeth.

-¿Y Calipso? ¿De verdad la querías?

-Yo... Quería creer que sí. Pero creo que en realidad solo podías salir de su isla, solo llegaba el barco, cuando te dabas cuenta de que tenías a alguien esperando por ti al regresar. Cuando estaba en Ogigia estaba loco por salir de allí, pero no fue hasta que me di cuenta de que quería lograrlo para volverte a ver, si tu salías del Tártaro, que la barca mágica llegó. Pero tú tenías a Annabeth. Y la experiencia en lo más profundo del Inframundo parecía haberos unido más. Así que me convencí de que quería a Calipso y volví a por ella. Al regresar tú ya no estabas con Annabeth y me emocioné, pero no podía dejar a la chica que acababa de salvar. Aun así, aunque era lo que quería, me dolió cuando me dejó por ese romano.

-¿De verdad? ¿Todo este tiempo estabas enamorado de mí? ¿Por qué no me lo dijiste antes?

-Tenía miedo de que me rechazaras y quedarme solo. Pero cuando me besaste, dioses, fue lo mejor que me ha pasado en la vida. Y como no, nada podía salirme bien. Me descontrolé y casi te achicharro el brazo.

-Leo... Yo...-suspiré, intentando encontrar la manera de explicarme- No me di cuenta de lo mucho que me gustaba estar contigo hasta que te perdí. Deseé con toda mi alma que no estuvieras muerto y, por una vez, el destino me sonrió. Cuando volviste... Te odiaba por habernos hecho eso y a la vez me alegraba muchísimo que estuvieras vivo. Por eso reaccioné así.

-Todavía me duele ese golpe-rio él.

-También sentí celos de Calipso, pero no fue hasta la fiesta en el Campamento Júpiter cuando me di cuenta. Al despertarme abrazado a ti. Al darme cuenta de que quería protegerte de todo el dolor que te causó Calipso. Me di cuenta de que sentía algo por ti. Se lo conté a Nico y a Will y ellos me aconsejaron que te dijera la verdad. Yo no me veía capaz, pero aun así quería pasar tiempo contigo. Por eso fui a que me enseñaras.

-¿En serio? ¿Esto meses de enseñarte y no te importaba lo que explicaba?

-Sí me importaba-me defendí-. Me gusta de verdad y en el fondo creo que siempre quise aprender, pero que tu fueras mi profesor... Ayudaba. Y aquel día me armé de valor. Te besé. Fue lo mejor del mundo. Toda mi vida, las dos guerras que he tenido que vivir, el dolor y las muertes que cargo en mi conciencia... Sé que suena egoísta, pero merecen la pena si puedo estar contigo.

-Aquaboy, te juro que siento lo mismo. Pero ese es el problema. Te quiero demasiado como para poder hacerte daño-se miró las manos-. Soy un peligro para los que me importan.

-Ya te he dicho que no me importa-repetí por enésima vez-. Acepto correr ese riesgo.

-Pero yo no. ¿Es que no lo entiendes? ¡Maté a mi madre en un incendio! No puedo soportar pensar que tu seas el siguiente-se sentó en el suelo entre lágrimas.

Yo me acerqué y, con una caricia, se las sequé. Le agarré la barbilla y hice que girara su cara hacia mí. Cuando nuestros ojos se encontraron hablé en un susurro:

-Te prometo que haré lo que sea para ayudarte a controlarlo. Puede que tardemos días, meses o años, pero no voy a dejar de intentarlo. ¿Te parece esta la cara de un mentiroso?- pregunté con una sonrisa y él rio suavemente- Te quiero, Leo Valdez.

-Yo también te quiero, Percy Jackson.

Nos fundimos en un beso y el resto del mundo desapareció. Hasta que oímos a Piper dar un chillido tras nosotros:

-¿Qué?

-Te juro que hace dos minutos se estaban peleando-aseguró Jason.

Nostros nos separamos y miramos la puerta de la cabaña, tras la cual se agolpaba todo el campamento.

Según Jason nos explicó después, se marchó a buscar a Piper porque no conseguía que dejáramos de pelear y tenía miedo de que llegáramos a las manos. Todos les siguieron y cuando llegaron... En fin, no estábamos discutiendo.

Fuimos el mayor cotilleo de la cabaña de Afrodita todo el verano. Tras mucho insistir, Leo y yo empezamos a salir y todo parecía ir bien. Es verdad que gané varias cicatrices más, pero para mí solo eran un recuerdo de mi amor.

Al llegar septiembre Leo y yo empezamos a estudiar ingeniería juntos la universidad. Vivíamos juntos en la residencia de estudiantes. Fue genial. Estaba estudiando una carrera que me apasionaba y estaba con Leo. A pesar de los monstruos que nos atacaron al estar en el mundo mortal, era mucho mejor que estar solo pero a salvo.

Al acabar la carrera nos mudamos juntos a un piso en Nueva York. Los dos trabajamos muy duro, pero mereció la pena cuando conseguimos abrir nuestro propio taller mecánico. Nuestra relación tuvo momentos mejores y peores, pero siempre los superamos.

Uno de los mejores días de mi vida fue cuando me pidió matrimonio. Tendríamos unos veinticinco años. Estábamos en la playa, paseando tranquilamente. Nos atacó un grupo de empusas, pero las mandamos al Tártaro sin problema. Y mientras la última de ellas se deshacía en polvo dorado Leo se arrodilló y me pidió matrimonio con un anillo fabricado por él mismo. Yo no dudé al decir que sí y nos besamos. La gente en la playa nos aplaudió y nos dio la enhorabuena, como si fuéramos una pareja de enamorados normales. No fue la pedida de mano más espectacular del mundo, pero a mí me pareció perfecta.

Los meses siguientes fueron muy estresantes, pero mereció la pena. La boda fue preciosa, la celebramos en la playa de Campamento Mestizo. Todos nuestro amigos mestizos, griegos y romanos, estaban allí. Dejaron pasar a mi madre, Paul y mi hermanita Estelle, que tenía ocho añitos, y fue la dama de honor. Incluso Posedión y Hefesto aparecieron a darnos la enhorabuena, aunque tampoco les hizo muchísima gracia ser parientes.

-Mejor que la cara búho de Atenea-resolvió mi padre, antes de desvanecerse, dejando tras él una brisa marina.

Una de las mayores sorpresas fue cuando se nos acercaron Nico y Will y, además de felicitarnos, el segundo nos explicó que los semidioses hombres pueden quedarse embarazados.

Leo no pudo resistir a mi emoción por tener hijos. Dos años más tarde el ese sueño se hacía realidad.


Agarro la mano de Leo con más fuerza y, por fin, el bebé sale. Ni idea de como esto es posible ni de como funciona, pero tampoco necesito saberlo. Nuestro otro hijo nace unos segundos después. Will, con ayuda de Nico, que es su enfermero, los envuelven en sendas mantas y nos los entregan.

Mis pececitos... Parecen tan delicados... Pero sé que serán fuertes, como sus padres. Miro a Leo y me devuelve una mirada llena de amor. Después de un beso rápido digo en voz alta:

-Bienvenidos al mundo, Ethan y Sammy Jackson-Valdez.

No es el futuro que imaginaba, pero aun así es, simplemente, perfecto.


¿Qué os parece? Esta historia es muy especial para mí. La pareja de Percy y Leo me encanta y esta idea era una que quería escribir.

Me ha costado bastante, porque no encontraba la manera de juntar todo lo que quería decir, pero creo que ha quedado muy bien.

¿Qué os parece que Percy también sea mecánico? Si lo cíclopes hijos de Poseidón construyen cosas, ¿Por qué él no?

¿Y la pareja Reyna y Annabeth? Se me ocurrió por la predicción que Venus le da Reyna: ningún semidiós podrá curar tu corazón. ¿Y una semidiosa? Además creo que tiene personalidades muy especiales y que juntas serían imparables, además de la combinación perfecta de griegos y romanos.

Tengo algunas ideas para una continuación, sobre las aventuras de los hijos de Percy y Leo y de todos los demás. Pero sería complicado de hacer, sinceramente. Aun así se aceptan propuestas para esta continuación y me encantaría escuchar (leer) vuestras ideas.

Mil millones de gracias por leer mi historia.

Erin Luan