IV. THEODORE NOTT

Uno no se acercaba a Theodore Nott y simplemente le pedía los deberes de Pociones, o los apuntes de Transfiguraciones o le preguntaba qué tal le había ido el día. Uno simplemente no se acercaba a Theodore Nott y punto.

Pansy y Nott no eran especialmente amigos. Nott tenía esa cara seria y esos chistes demasiado oscuros que hacían que Pansy y cualquier otra persona con medio dedo de frente no quisiese acercarse a él más de cinco pasos.

A Pansy le daba miedo. O quizás no era miedo, exactamente, pero el chico le producía un sentimiento de inseguridad que Pansy prefería ignorar en lo posible. Sentía que los ojos oscuros le perforaban el alma, le arrancaban todos los secretos (incluso los más vergonzosos, incluso los más queridos) y reprobaba cada uno de ellos.

Su relación con Theodore Nott se reducía a él y Draco haciéndose compañía (la mayoría de las veces, jugando al ajedrez) y a ella, medio tirada medio abrazada, encima de Draco.

Nott, a simple vista, parecía el típico empollón que cada casa debe tener: sacaba buenas notas, leía bastante, hacía los deberes cuando había que hacerlos y de la manera que había que hacerlos, no perfectamente pero sí correctamente.

Nott pasaba desapercibido hasta en Slytherin, no llamaba la atención como Draco, Blaise y Daphne ni era tan fácil de olvidar como Lisa, Milli y Gregory y Vincent. Pero era muy fácil de ignorar.

Solo una vez empezó él una de sus, ya por si escasas, conversaciones. Probablemente ocurrió más de una vez, pero Pansy solo se acuerda de una.

—¿Qué vas a hacer si Blaise se muere mientras está enfadado contigo? Tal como están las cosas no es imposible. ¿Y si ti mueres tú? ¿Y si lo último que sabes de Blaise es que te odia?

Fue poco después de que Blaise se enfadara con ella, cuando Draco se había levantado en medio de una partida de ajedrez con alguna excusa mal buscada, levantándose de golpe y haciendo que la cabeza que Pansy tenía apoyada en su hombro rebotara contra el respaldo del sofá. Pansy le había dicho a Nott —¿Y a ti que te pasa? —y él le había contestado con más preguntas sobre Blaise, con la misma cara aburrida de siempre y una ceja levantada, concentrado en el peón que tenía en una mano y dejándolo otra vez en el tablero, peligrosamente cerca de la reina de Draco. Entonces había levantado su mirada del tablero y Pansy le había sacado la lengua.

Pansy pensó que quizás le había sonreído en respuesta, pero no sabía leer sus expresiones. Pansy nunca podía entenderle.

—No sé porque está enfadado conmigo, —acabó por confesar.

Nott asintió, acarició el peón que acababa de mover con el dedo índice y se tapó más con la capa del uniforme escolar, como si la chimenea de la sala común no fuera suficiente para mantenerlo caliente.

El gesto hizo que Pansy recordar tener siete años y llorar a moco tendido en la alfombra persa de su salón, la piel de la mano de su padre regenerándose mientras su madre gritaba a algún elfo en la habitación de al lado y preguntarse porque su madre hacía daño a su padre si decía que le quería. Su padre había puesto su mano sana encima de su cabeza y le había sonreído. La había arrastrado hasta su pecho y le había dicho:

—El amor duele, por eso sabemos que vale la pena.

Pansy se apartó un mechón que le había caído delante de los ojos y le cosquilleaba la nariz, vio de reojo la chimenea, el rojo del fuego estridente y pensó en que Godric Gryffindor había escogido un color horrible para su casa. De repente, echó tanto de menos a su padre que buscó otra vez la mirada de Nott, que todavía miraba con ojos medio cerrados el tablero de ajedrez, donde un caballo le hacía una reverencia y le señalaba al peón que acababa de mover.

Medio burlándose, Pansy resopló:

—Oh, te gusta Blaise.

—Oh, —se imaginó pensando a Nott. —Te gusta Bulstrode. O Draco. A saber que es peor.

Nott suspiró. Volvió a tocar el mismo peón y se levantó despacio de su sillón, ojos oscuros pasando solo por encima de ella.

—Creo, Parkinson, que padeces de un narcisismo peor que el que Draco cree que Harry Potter tiene.

Se pasó las manos por los pantalones, para alisarlos o para quitarles cualquier mota de polvo que hubiera en ellas y dio dos pasos antes de pararse otra vez y mirarla otra vez, esta vez de frente, sus ojos oscuros clavándose fijamente en ella:

—Ah, sí. Quizás, quizás, quisieras evitar lamentarte por algo que no has hecho.


Pansy besó a Millicent otra vez, en la habitación de las chicas, cuando solo estaban ellas dos. Decidió que le gustaban sus dedos y sus manos, más grandes que las de Pansy, y cómo podían envolver las de ellas. Decidió que le gustaban sus hombros, la anchura de sus huesos ahí y que debería apostar con alguien cuando más crecería Milli antes de llegar a su altura máxima. Ella diría un metro ochenta, más alta que la mayoría de los chicos de su edad, quizás más que Blaise y le preguntó:

—¿Crees que debería hablar con Blaise?

Milli se sentó en la cama de Pansy y su gato le saltó a la falda. Esperó a que Pansy continuase, pero Pansy no sabía que más decir. Si Theodore no decía mucho y pocos le prestaban atención, debía ser por las tonterías que decía. Y si no eran tonterías, Pansy seguía sin saber que hacer.

Seguramente, pensó con rabia, el que quería decirle algo a Blaise era él, aunque eso no se lo dijo a Milli. Sentía que era algo que no debía compartir con nadie más, como un secreto entre el chico y ella que era mejor no repetir. Era curioso, compartir algo con alguien como Theodore Nott, alguien que pasaba tan desaparcebido en la vida de Pansy.

Theodore acabaría perdiendo una pierna cinco minutos después de la muerte de Pansy, tropezando con el brazo de su cadáver y cayendo delante de un ataque que ni siquiera era para él.

Estarías mejor muerto, –le canturrea a través de los barrotes. Los dementores pasan a través de Pansy y Pansy se ríe de Theodore Nott y de su cara indiferente y de sus ojos adormilados. —Un, dos, tres. Un, dos, tres, Theo. Piensa en algo bonito.

Theodore jugaba al ajedrez con Draco. Y Pansy se sentaba con Draco. Y, a veces, Blaise miraba las partidas con ojos interesados y se lamía los labios cuando los caballos relinchaban y sonreía cuando los peones se hacían pedazos. La vista de Theodore, Pansy se había fijado, nunca se desviaba de los mismos tres lugares: primero, el tablero; segundo, el libro que lo acompañaba; tercero, su enemigo.

No estabas mi. ran. do., Theo. —Los chasquidos de Pansy resuenan a golpes de tacón y Pansy le susurra a través de los barrotes. —Ya sabes que debes mirar. Mírame, Theo. Un, dos, tres, piensa en algo bonito.

Sexto año fueron partidas de ajedrez y Draco desapareciendo, Pansy preguntando, todos preguntando y Draco no dando explicaciones. Sexto año fue Draco con ojos fríos y ojos en los que Pansy podía leer demasiado bien el miedo:

—Te conozco, Draco. Lo que sea, puedes contármelo.

—Cállate, Pansy.

—Sabes que si necesitas ayuda, te la daré.

—Joder, cállate.

—Te quiero.

—¿Y a mi qué?

Sexto año fue crueldad y partidas de ajedrez durante las cuales Theodore se dedicaba a ignorarla y Blaise y Daphne cerca de Draco y de Theodore, cerca de Milli y de Lisa, nunca demasiado lejos y nunca demasiado cerca, los rumores que no eran rumores, besos a escondidas con Milli, cada vez más y cada vez más largos. Y al final, Albus Dumbledore cayendo desde la torre de astronomía y la luz del cielo mientras Pansy no puede encontrar a Draco y Milli y Lisa lloran en la habitación.

Theodore levantó la cara hacía la luz. A Pansy le había parecido raro, después de años viéndolo con la cabeza metida en libros, mirando hacía abajo. Theodore no había parpadeado ni movido los labios y se había girado en dirección a donde estaban Daphne y Blaise. A Pansy, le había parecido oir:

—¿Te arrepientes ya?

En Azkaban resuena el segundero de un reloj que no da la hora entre las paredes de una celda. Pansy evangeliza, dulce y suave. Paciente. La oveja oye. La oveja escucha. La oveja entiende.

El dragón ha soñado, —empieza Pansy su Pentateuco. —Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo.

Los dementores comen sin ganas en lugares como estos y Pansy grita a su oído:

¡Sea la luz!

La esperanza no nace de la nada y Pansy le canturrea lo que siempre le canturrea:

Estás muerto. Un, dos, tres, Theo. Piensa en algo bonito, Theo.

¿Te arrepientes?

Un, dos, tres, Theo.

Y se hace de la tarde y la mañana un día.

[¡Sálvame!

No (se) lo pide (a) nadie. Nadie ayuda.]

Theodore no volvió a mirar nunca hacia arriba, cambió como cambian todos los que pueden cambiar. O quizás no cambió, pero Pansy empezó a fijarse más en él. Y no miro hacia arriba y no miro a Daphne ni a Blaise. Y no jugo al ajedrez. Pero continuó leyendo. Leyó y leyó y le dijo:

—Lisa está muerta.

Y Pansy no le preguntó si la había matado él.

Por si acaso.


Hace tanto tiempo que no toco esto que ni mi manera de escribir debe ser la misma. Pero me encantaría acabar este fic. Bueno, este es el final de la primera parte, Declive.