II. GREGORY GOYLE
No es tan tonto como se creen. Es decir, no es listo como Theo o Lisa, ni inteligente como Daphne o Blaise. No le gusta leer. Ni ponerse a filosofar sobre la vida y la muerte y el amor y reyes sin coronas ¿Y quién se las pondrá, Draco, quién se las pondrá? Como hacen Blaise y Theo a las cinco de la mañana cuando ninguno de los dos puede dormir.
Él es más de no ponerse a pensar mucho en las cosas. Quedarse parado y pensar en todas las posibilidades es muy arriesgado, muy complicado. Theo se vuelve loco, haciéndolo, lleva años igual y cada vez peor y peor, cada vez más cerrado en sí mismo, apartado del mundo real hasta que llega Blaise y se mete en medio de cualquier pensamiento que le estuviera carcomiendo. No que Blaise se dé cuenta, esa clase de poder sobre otra persona podría con él, es lo que siempre ha deseado. Es algo triste, que ni siquiera de dé cuenta.
Como le gustaría andar y bailar un tango, con las manos de Draco en su cintura y Millicent mirando, mordiéndose la lengua por la envidia, disimulando tan mal como siempre, y Daphne y Blaise haciendo una apuesta sobre quien logra cumplidos de más gente y Theo haciendo ver que los ignora a todos mientras les manda miradas reprobatorias de reojo y Vince y Gregory comiendo pasteles de queso en una mesa apartada, vigilándolos a todos.
Qué bonito es el pasado, cuando ya ha pasado.
Gregory tenía ojos grandes, cuando era un niño, y nunca creció en ellos.
Pansy lleva mucho tiempo sin hablar con él, pero se ha fijado. En partícular, durante las clases de Artes Oscuras, cuando alguien cae al suelo del dolor y Gregory mira con ojos grandes las extremidades retorcerse y las sombras temblar.
—¿Te has fijado alguna vez que hay algunos que gritan sin sonido? —Golpe.
—No. Bien visto, Greg.
Golpe.
Gregory murmura algo. Pansy no le oye bien. Parpadea.
—¿Qué?
Gregory repite lo que ha dicho.
Risa. Draco olvida reír. Pansy le goplea suavemente para recordárselo. (Otro golpe). Más Risa.
Ha. (Uno)
Ha. (Dos)
Ha. (Tres)
Pansy se ha fijado: todo es mejor de tres en tres. Por ejemplo:
—¿Te has fijado alguna vez que hay algunos que gritan sin sonido?
—No. Bien visto, Greg.
Ha, ha, ha.
—Métete ahí, ¿no ves cómo te miran todos?
Son unas de las últimas palabras que oye Pansy en vida. Gregory la empuja y a Pansy no le da tiempo a responder:
—No, no tengo los ojos tan grandes como tú.
La batalla no empieza de golpe. Llega de oleadas.
Primero, caen las barreras.
O, primero los envian a las mazmorras (—Métete ahí, ¿no ves cómo te miran todos? —le dice Gregory).
O, primero buscan a Harry Potter en el castillo.
—No podías quedarte callada, eh, Parkinson.
Davis.
El cielo se deshace en pedazos, cae como copos de nieve de una bola de cristal después de sacudirla. Pansy se tambalea con el movimiento, el suelo en sus rodillas y una mano que la coge por el brazo y la levanta a la fuerza. Por un momento, Pansy siente que no toca el suelo.
—¡A la sala común! ¡Espabila, Parkinson!
Winickus. De sexto año.
Luego, como una ola, llegan todos. Rayos como arco iris por el aire. El tiempo se alarga tanto que los segundos parecen pausarse: momento de inercia, una pared explota, momento de inercia, alguien grita, momento de inercia, una piedra le roza la mejilla.
Pansy busca a su madre entre la multitud, un mechón de cabello negro que reconocer detrás de una máscara, un gesto familiar en ropas negras.
—¡Pansy! ¿Qué haces aquí?
Gregory, el cabello lleno de ceniza y olor a quemado.
—Que manos más grandes que tienes, Gregory.
Gregory la lleva a una esquina:
—No te metas en medio, Pansy.
—¿En medio de qué?
Gregory gesticula con una mano. Tiene los dedos negros.
—Gregory, ¿dónde está Draco?
Gregory hace un gesto de asco. La mira de la cabeza a los pies, con sus ojos enormes y—
Esto es lo que Pansy explica:
Hay una luz. Brilla como ningún sol lo ha hecho jamás e ilumina más que ninguna lámpara.
La vio una vez.
Y parpadeó.
