Sus tripas rugieron e hicieron un ruido espantoso, o al menos así lo creyó él. Miró a su alrededor y notó como decenas de miradas le juzgaban. "Tranquilízate Goko, nadie te está mirando" se repitió a sí mismo, pero aun así se sintió intranquilo. Tenía hambre, y no era extraño que la tuviese. A pesar de esto, era una sensación incómoda y desagradable. En ese momento, mientras estaba sentado delante de la puerta de un templo, recordó qué hacía cuando estaba en esta situación. El primer paso siempre era pedir limosna, y este, a todas luces, estaba siendo un fracaso. Ni una sola moneda en tres días, ni en el templo de Deneir, ni el de Azut ni en el de Gruumsch, ni en la liturgia de las mañanas ni en la de las tardes. Ni tan solo una triste moneda de bronce. También solía rebuscar en la basura, no era agradable, pero era práctico. Es más, era lo primero que hacía cuando tenía hambre. Pero esta vez buscó en norte, sur, este y oeste de Yabolchnik, en los barrios periféricos y en el centro. Sólo encontró un pequeño trozo de carne. Un trozo de carne de origen desconocido y en avanzado estado de descomposición. Un trozo de carne que más valía no comer. Después de razonarlo mucho no lo hizo, pero se lo quedó por si acaso.
Él se desesperó, y cuando lo hizo se dio cuenta de que tenía que tomar una decisión. Debía de robar para comer. No era la primera vez que tuvo que hacerlo, y por eso era consciente de que era un ladrón mediocre. Su cuerpo era demasiado grande, él era demasiado reconocible y, sobre todo, era demasiado torpe y lento. Inhaló y exhaló aire varias veces. Se preguntó cuál era la mejor manera de robar y se sorprendió cuando pensó en el viejo Zichkrut. No era mal hombre, a veces le daba algo de limosna, incluso una vez le regaló comida que estaba a punto de caducar. Aun así, era un comerciante suficientemente rico como para que el hurto no supusiera un agravio demasiado grande, era lo suficientemente viejo como para no poder perseguirlo, era lo suficientemente pobre como para no tener empleados en su tienda y estaba suficientemente cerca de una salida por si tuviera que escapar. Sí, quizás fuera lo más inteligente que podía hacer.
Se acercó a la tienda y observó que la situación era propicia. En la calle había mostradores con frutas y verduras, pero, además, de este colgaban chorizos, jamones y salchichones. Goko, con un movimiento rápido cogió un trozo de carne, suficientemente grande como para alimentarlo por dos días, y huyó. En ese momento escuchó tras él la voz del viejo Zichkrut gritando "¡al ladrón, perseguid al ladrón!" también oyó las voces de dos soldados humanos que corrían tras de él. El joven semiorco avanzó dando grandes zancadas, chocándose con diferentes personas que le maldecían de todas las maneras posibles. Sus perseguidores eran más rápidos y ágiles que él. Por eso, cuando, después de colisionar con un grupo de jóvenes se le cayó el botín, no lo recogió y continuó con su fuga hasta abandonar la ciudad. Solo dejó de correr cuando hubo entrado en el bosque que colindaba ese lugar.
Entre los árboles, lejos de sentir tranquilidad se mostró inseguro. No le gustaba estar allí. A pesar de esto, intentó ser optimista. "Quizás aquí puedo cazar algún animal, o al menos conseguir algunas bayas" se repitió varias veces, sin querer perder el buen humor. Avanzó durante un tiempo que le pareció mucho más largo de lo que realmente fue. En ocasiones escuchaba ruidos entre la maleza, en otras examinaba frutos silvestres o miraba tentado el trozo de carne que guardaba en el bolsillo. Pero no cazó, no recolectó y tampoco comió.
Sus pasos le llevaron hacia un río de agua cristalina. Se tranquilizó cuando llegó a él. Al joven semiorco no le gustaban los bosques, ya que son traicioneros y peligrosos, pero en cambio sentía que los ríos eran lugares en los que abundaba la paz y la tranquilidad. Por tanto, aprovechó el tiempo para contemplar la belleza del lugar, para escuchar el rumor del agua y del viento que le acariciaba la cara. Después de esto bebió agua, rellenó su cantimplora y limpió la suciedad de su cuerpo. Una vez se acicaló, se dio cuenta de que en este lugar podría encontrar alimento, quizás pescaría alguna trucha o salmón. ¿Cómo lo haría? Pensó. Si ideaba una red sería más efectivo que si atrapaba el pescado con sus manos desnudas, pero un arpón le resultaría más fácil de crear. Mientras debatía internamente sobre estos aspectos hubo una cosa que le llamó la atención. Parecía un objeto verde. ¿o quizás era un animal? Sea lo que sea había algo que flotaba por el agua y que su aspecto era como una lechuga pocha, o un vegetal imposible de identificar.
A los pocos instantes, pudo salir de dudas. No, no se trataba de ninguna hortaliza ni verdura, sino de un ser de entre veinte y treinta centímetros, de color verde, ojos amarillos y una boca a la que le habían empezado salido pequeños dientes, afilados como agujas. Este, estaba situado sobre un escudo circular, mucho más grande que él mismo, que le servía de balsa. Mordía sus bordes y se asustaba un poco cada vez que el agua le salpicaba en la cara. Era una criatura extraña, pensó Goko, nunca había visto nada parecido en su vida. Cuando se dio cuenta de la presencia de Goko primero le miró con un poco de miedo, después con curiosidad.
- Hola, pequeño. ¿Qué haces aquí solo?
Evidentemente, este no obtuvo ninguna respuesta. Tampoco fueron contestadas las preguntas que apelaban a su origen, raza, localización de sus progenitores o nombre. No obstante, el semiorco sintió compasión por él y le cogió en brazos. A pesar de sus buenas intenciones, la criatura intentó escapar de todas las maneras posibles. Gritó, lloró, le mordió y le arañó, sólo se tranquilizó cuando su rescatador le dio el trozo de carne que guardaba en el bolsillo. Fue en ese momento en el que el ser se tranquilizó un poco y se dedicó a masticar de forma patosa y ruidosa, pero también, en el que Goko decidió que le cuidaría, y que, además, le llamaría Lechuga. Ya que esta parecía una lechuga hambrienta y bastante fea, pero al fin y al cabo una lechuga.
Después de este suceso, Goko intentó pescar mientras sostenía la criatura entre sus brazos y cuidaba de ella. Esta misión fue mucho más dificultosa de lo que él preveía. En toda la tarde la criatura lloró innombrables veces, se le cayó al agua dos y él solo pudo conseguir atrapar un pescado. Cuando empezó a anochecer recolectó algunas bayas y frutos silvestres y comió y alimentó al cachorro que acababa de encontrar. Por suerte, toda la comida fue comestible.
Lechuga durmió bien, no lloró ni se despertó ninguna vez en toda la noche, pero Goko prácticamente no descansó. Se sentía ansioso. ¿lo estaba por dormir en un bosque, o lo estaba por su nuevo acompañante? Cuidar a una criatura es una gran responsabilidad, se dijo, debes hacerlo bien. En ese momento recordó a todos los compañeros que le habían cuidado a lo largo de los años, se preguntó qué estarían haciendo ahora ellos, pensó en los que habían caído y en los que lo habrían hecho sin que él lo supiera. Mientras cavilaba esto una lágrima humedeció su mejilla.
Las horas se convirtieron en días, los días en semanas y las semanas en meses. Lechuga, para sorpresa de Goko, demostró no ser un animal exótico sino un ser razonablemente inteligente. Era bípedo, anfibio, bastante rápido e incluso con capacidad de habla. En un año aprendió el lenguaje común y el orco con una soltura correcta, casi sin cometer errores gramaticales, y en tres años se instruyó en el arte del robo. Demostró ser un ladrón notable, era ágil y a pesar de su extraña apariencia podía pasar desapercibido entre las multitudes. Es más, a partir de este momento fue extraño el día en el que se iban a la cama con la tripa vacía, incluso había días en los que podían dormir a cubierto y tomar comida caliente. El pequeño conseguía el dinero o la comida, y el grande la gestionaba de la mejor manera posible. Goko nunca se arrepintió de haberlo rescatado.
En poco tiempo el semiorco dejó de considerarlo como una mascota extraña y poco agraciada y empezó a llamarle amigo. Él le enseñó todos los secretos de la vida en la calle, también le contó sus sueños y aspiraciones. Le explicaba como era el mundo, pero también le mostraba como consideraba que este debía de ser.
- El mundo no está dividido en razas. Esto es lo que nos han hecho creer. El mundo está dividido entre los que lo tienen todo y los que no tenemos nada, y así ha sido siempre. Primero fueron los esclavos, los que estaban sometidos por sus amos. ¿Sabes que se les consideraba cosas? Ni personas ni nada. Solo cosas. Ahora nosotros no somos esclavos, pero o trabajamos o mendigamos. Solo tenemos nuestra fuerza de trabajo ¿Y quién le daría trabajo a un goblin y a un semiorco? Ya te lo digo yo, nadie. Nadie nos quiere porque somos unos marginados del sistema, porque lo único que se fijan es en que tú eres verde y yo tengo colmillos, pero no ven nada más. Esto no es justo, no, no lo es. Pero habrá un día en el que todos los despojados nos uniremos y cambiaremos el mundo. Y ese día seremos felices. Sí, Lechuga, ese día llegará. Puede que no vivamos para verlo, pero estoy seguro de que llegará.
Lechuga lo escuchaba a veces, e incluso en ocasiones se esforzaba en comprender qué le decía su compañero. Pero la mayor parte del tiempo pensaba en robar cosas brillantes y en seducir a hembras, y como estaba en plena adolescencia, pensaba muy a menudo en lo segundo. Sentía especial devoción por los gnomos, más concreto por los ejemplares femeninos de esta raza. Es más, había tenido contacto un par de veces con ellas y siempre se había sentido maravillado por su energía y vitalidad. A pesar de esto, su gusto no se reducía únicamente en la gnomas, también le atraían las humanas, las elfas y semielfas, incluso algunas medianas. Era enteramente consciente de que todas ellas eran objetivos inalcanzables, pero esto no le impedía valorar su belleza.
En esos tiempos Lechuga y Goko vagabundearon, pidieron, robaron, huyeron, rieron, disfrutaron, lloraron, lucharon, hirieron y fueron heridos. Las calles de Yabolchnik se convirtieron en su hogar, la única familia que tenían eran el uno para el otro y sobrevivir y comer cada día se convirtió en sus únicos objetivos. Esta situación parecía que no iba a cambiar nunca, hasta que un día Goko recibió una noticia que alterará para siempre su destino y el de su amigo.
