Katekyo Hitman Reborn! Anómalo: II.
Partido de Voleibol.
Un jefe de la mafia, un líder que maneja una organización criminal, capaz de mover un gran número de miembros confiables con una mano, dispuesto a sacrificar su vida por la familia y rodeado por el respeto y admiración de todos, es visto como un héroe por los niños de los barrios...
—Que interesante. —Gokū paró su lectura y miró a Reborn—. Pero... no me gusta eso de ser criminal.
—No estas obligado a ser un criminal. Eso depende enteramente de ti, en caso de que pases a ser el jefe de la familia Vongola. —Explicó, dando un sorbo a su café, sentado en un pequeño sillón.
Al siguiente día, cuando entró en la escuela, la actitud de todos había cambiado hacia su persona, luego del incidente con Mochida. Algunos no se acercaban por temor, y otros simplemente pasaban de él sin siquiera mirarlo.
Repentinamente, pudo distinguir a distancia, un estudiante correr hasta su dirección. Se trataba del líder del club de Vóleibol, que urgente explicó la necesidad de un suplente, o el equipo sería descalificado.
Gokū aceptó, recordando que esa mañana, Reborn le había entregado una lista que debía cumplir al pie de la letra, sobre un partido de Vóleibol y algo relacionado con un estudiante de intercambio.
El partido iniciaría en un par de minutos, y el azabache fue en busca de Reborn, especialmente para invitarlo a ver el partido.
Mientras caminaba por uno de los pasillos de la escuela, observó vapor salir por las aberturas de una puerta pequeña de una caja roja metálica pegada a la pared, donde se almacenan los extintores. Tras agacharse para llamar a Reborn, recibió un golpe en la nariz de la puerta abriéndose. Dentro, sentado en una silla, el pequeño sicario prepara café sobre una pequeña mesa. Lo sorprendente de todo esto, fue que todo el interior estaba amueblado a su medida, parecido a una casa al puro estilo colonial.
—¡Ciaossu! —Saludó—. Buen trabajo al encontrarme.
—¡Maldita sea, Reborn! ¡Ten más cuidado! —Derramando sangre por la nariz, Gokū se levantó, recriminándole—. Tengo que aguantar todas las explosiones en las mañanas, y ¿ahora esto? —Suspiró—. En fin. ¿Quiero saber si vendrás a ver el partido? Además, es una de las cosas que anotaste en la lista, ¿lo recuerdas?
Reborn asintió, y saltó acomodándose en la cabeza del azabache. Pero antes de marcharse, Kyoko apareció.
—¿Gokū-kun? —El susodicho se volteó para mirarla—. Vas a jugar al Vóleibol, ¿verdad? El estadio es por aquí. Si no te apresuras, el partido comenzará. —Kyoko tomó el cuello de su chaqueta por la parte trasera, y lo arrastró por el piso, cómicamente, mientras le informaba que todos lo estaban esperando.
Llegados al lugar, Gokū fue recibido por el equipo. Por el momento iría al banco, ya que solo lo necesitaban para completar el equipo.
Minutos después, luego de ir perdiendo por una diferencia de diez puntos, y que uno de los jugadores del equipo se lesionara, Gokū fue llamado al campo para jugar.
En el Vóleibol, donde la estatura importa (y el metro con treinta no le favorecía), el azabache, según la opinión de los rivales, dejaba en gran desventaja a su equipo.
Intercambiando tiros, el equipo rival remató un balón que les daría la victoria, pero gracias a los reflejos del azabache en defensa, tras arrastrarse y alcanzar el balón, el equipo contratacó anotando a su favor.
—¡No se rindan! ¡Esto se acaba hasta que suene el silbato! —Vociferó Gokū—. ¡Yo me hare cargo de la defensa y ustedes encárguense de hacer los puntos!
Esto motivó a los jugadores, y gritos de aliento emergieron de los estudiantes que comenzaron a apoyar al equipo con más braveza.
El partido dio un giro abrupto con Gokū en la defensa. Su equipo anotó muy rápido hasta llevar la ventaja en un punto. Y solo faltaba uno para ganar.
Gokū lo estaba disfrutando, actitud que contagió a los jugadores quienes comenzaron a disfrutar del partido, con celebraciones de euforia en cada punto que anotaban.
Otra vez, Gokū intercepto un ataque de los contrarios, y esta vez, uno de sus compañeros levantó el balón para un remate.
—¡Hazlo, Gokū!
Todos miraron el gran salto del pequeño azabache, que parecía estar flotando en el aire en gravedad cero. De una fuerte palmada, Gokū remató, pero la emoción le jugo en contra, al punto de no haber medido la fuerza del golpe, causando que el balón saliera disparado y dejara un agujero en el suelo de unos setenta centímetros de circunferencia.
Todos se hallaban atónitos, y los estudiantes del equipo rival se le salían los ojos de sus cuencas, tras ver el agujero en el piso. Si alguno hubiera recibido el impacto, se habría lesionado.
Por el lado de Gokū, este solo se frotaba la parte trasera de su cabeza totalmente nervioso.
—¡Hahaha! Perdón. Creo que se me pasó la mano.
El silencio sería bastante cutre, si no fuera porque Hana reía y Kyoko daba pequeños saltos de alegría, vociferando lo increíble que era su amigo.
¡Plas, plas, plas...!
Aplausos comenzaron a oírse, seguido de gritos de alabanzas, pero las ovaciones solo ocasionaban vergüenza en el azabache, que hacía notar al frotarse la nuca por la pena.
De inmediato, el equipo y los estudiantes lo alzaron en el aire, gritando "hurra" en celebración.
—Gokū Sawada, sin duda, eres alguien fuera de lo común. —Reborn miraba el agujero en el campo que causó el susodicho.
Objetivo 1: Gokudera Hayato.
Al día siguiente, ya instalados los estudiantes en el salón de clases, una nueva noticia se les fue dada.
El profesor hizo pasar al salón a un chico de aspecto nada agradable, presentándolo como Gokudera Hayato, estudiante extranjero de intercambio venido de Italia.
Hayato es un adolescente mitad italiano y japonés de estatura promedio, acompañado de un largo cabello plateado y estrechos ojos verdes. Viste un blazer negro, camisa formal blanca, corbata azul y pantalones grises. Su atuendo va acompañado de diferentes tipos de accesorios, como pulseras y anillos.
Las chicas murmuraban de su atractivo y otras se ponían de acuerdo para hacerle fan club. Sin embargo, la atención de Gokudera iba hacia Gokū, teniendo una mirada llena de ira, que al azabache le pareció raro.
Repentinamente y sin ningún motivo, el golpe procedente del pupitre de Gokū, que cayó por obra de un rodillazo de un airado Gokudera, alertó al maestro y los alumnos.
Sin prestarle atención, en silencio, poniendo en su lugar el pupitre y regresando a su asiento sin decir una palabra, Gokū miró al techo con desinterés, ignorándolo, al tiempo que se picaba la oreja con el dedo meñique, conducta que hizo entrar más en cólera al pelo plata.
Por orden del maestro, a regañadientes, Gokudera tomó su lugar en silencio, siendo visto por el sexo femenino que seguía apreciando el atractivo de su personalidad agresiva. Daba miedo, pero eso era lo que les encantaba a las chicas.
Después de las clases, caminando por los pasillos hacia el patio trasero del aula y saliendo de ella, Gokū se encontró con Gokudera degustando un cigarrillo. Todo parecía indicar que lo esperaba.
—¿Mm...? ¡Hola, aguadera! — Gokū picaba su nariz, mientras plasmaba en su mirada total inocencia.
—¡ES GOKUDERA! —Le gritó enojado, dándole la espalda—. Si un enano como tú se convierte en el Décimo, la familia Vongola está acabada. ¡Me niego a aceptarlo! ¡Yo soy el que debe convertirse en el Décimo!
Gokū no se sintió intimidado; es más, su tranquilo semblante de inocencia, demostrable al instalar sus manos atrás de la nuca, denotaba que las amenazas no le intimidaban y/o importaban. Pese a que Gokudera sacó dos cartuchos de dinamita, los encendió con su cigarrillo y se los arrojó, no parecía inmutarse.
De un brinco hacia atrás, Gokū evadió las dinamitas con mucha tranquilidad; y antes que explotaran, las mechas de los explosivos fueron separadas de su base por dos disparos provenientes de una pequeña figura, que se hallaba parada en una de las ventanas de la escuela.
—¡Ciaossu! —Gokū y Gokudera voltearon a verlo—. Llegaste antes de lo que esperaba, Gokudera Hayato.
Según Reborn, Gokudera es un miembro de la familia que mandó a llamar desde Italia, aunque era la primera vez que se encontraban.
—Así que tú eres el asesino de más confianza del Noveno. Reborn. —El susodicho confirmó—. No estabas bromeando cuando dijiste que puedo ser un candidato a Décimo si mato a Sawada, ¿verdad?
Confuso, Gokū dio una mirada de desconcierto hacia Reborn, ¿todo lo de convertirse en el jefe de la familia Vongola era una mentira? No. Al final, por lo despistado que era, recordó la lista que debía completar. Ahora pudo entender que todo lo del listado se trataban de pruebas que debía superar como entrenamiento.
—¡Ah! ¡Ahora entiendo! ¡Tú eres el tipo de la lista! —Gokū exclamó, apuntándolo con su dedo.
Reborn se tomó el rostro ante la torpeza de su pupilo que, con manos en la cintura, daba grandes carcajadas sintiéndose orgulloso por haber creído "descifrar" lo de la lista.
—Bueno, sigamos con el asesinato.
Con un gesto de su cabeza, Reborn incitó a Gokudera para comenzar con el ataque. El joven italiano, conocido como 'Smokin' Bomb Hayato', prendió diez dinamitas y las lanzó hacia Gokū.
En el momento que observó el ataque dirigirse hacia él, reaccionó con velocidad y desplazó su brazo derecho en vertical, movimiento que causó la explosión de la dinamita por la presión que ejerció en el aire.
—Jijiji... —Reborn había sonreído.
Boquiabierto, tras ver como sus ataques fueron repelidos con una facilidad pasmosa, Gokudera contratacó con el doble de dinamita, pero fue exactamente lo mismo.
—¡Vamos, coladera! ¡Con esos ataques tan simples no me vas a ganar! —Exclamó Gokū lleno de confianza, conducta causante de una vena palpitante en la sien de Gokudera debido a la cólera.
Con algo de complicaciones, Gokudera preparó el triple de dinamita, con el fin de atacar por tercera vez. Pero antes de arrojarlas, una de las cargas cayo de entre sus dedos.
—¡Maldición!
Cuando intento tomarla, los demás detonantes cayeron de sus manos, poniéndolo en una situación bastante complicada.
Resignado, Gokudera aceptó su final. Sin embargo, se percató que alguien lo tomó por la parte trasera del cuello de su camisa, dando un impresionante salto para esquivar la explosión. En el aire, levantando su mirada, observó que Gokū fue quien lo salvo.
Cuando aterrizaron, Gokudera se inclinó agradecido, expresando su equivocación y agregando que Gokū era el indicado para ser el jefe de los Vongola. Además, con admiración en su rostro, prometió seguirlo y hacer cualquier cosa que se le ordene.
Como regla de la familia, según Reborn, el perdedor se pone al servicio del ganador.
—En verdad, no tenía ninguna ambición real de convertirme en el Décimo Vongola. —Confesó Gokudera, avergonzado—. Es solo que cuando oí que el Décimo era un chico japonés de mí misma edad, sentí que debía evaluar su fuerza. (Gokū solo se frotaba la parte trasera de su cabeza). ¡Pero eres mucho más de lo que esperaba! Por haberse puesto a sí mismo en peligro para salvarme, dejare mi vida es sus manos, ¡Décimo! Además, ¡me hace realmente feliz que la mitad de mi nombre sea igual al suyo!
—No quiero que me llames Décimo. —Gokū inflaba sus mejillas, pero fue rechazado con un 'definitivamente no'.
Gokudera se había convertido en el subordinado de Gokū por su fuerza.
Dando un suspiro, para luego retirarse (seguido por Gokudera), se topó con tres estudiantes de tercer grado que siempre se burlaban de su estatura pequeña y peinado. Aunque siempre los ignoraba, esta vez, Gokudera estaba presente. Por lo tanto, salió en su defensa y apaleó a los pseudo delincuentes sin piedad alguna.
Con esto, Gokū había adquirido al primer miembro de su familia.
Objetivo 2: Yamamoto Takeshi.
Otro día comenzaba y Gokú, esta vez, platicaba con Gokudera que lo seguía como guardaespaldas todo el tiempo durante los recesos.
A la hora de la educación física, Gokudera lo dejó solo, con el fin de ir a recargarse con dinamita. Esto, de hecho, lo tranquilizaba. No le molestaba platicar con el pelo plata, pero a veces necesitaba su espacio.
En la clase de educación física se iba a llevar a cabo un partido de Baseball. Los alumnos ya habían sido elegidos por sus respectivos capitanes, pero Gokú quedó al último, pese a ser un excelente deportista. Todo se debía a su nulo conocimiento del Baseball y esto lo sabían sus compañeros.
De entre los estudiantes, salió un chico alto de cabello negro.
—¿Esta todo bien? —Dijo, poniendo su brazo en el hombro del estudiante que escogía—. Únete a nuestro equipo.
Los susodichos no reprocharon, ya que confiaban plenamente en Yamamoto, el estudiante de primer año, capitán, y estrella del equipo, quien tiene la lealtad y respeto de toda la escuela.
Yamamoto es un joven agraciado, ya que es muy popular entre las chicas de su clase. Además, tiene la tez un poco oscura, el cabello en punta de color negro y ojos café claros. Para su edad es bastante alto, midiendo un metro con setenta y siete centímetros. Normalmente, cuando practica deporte, utiliza un traje de Baseball junto a su bate, y en su día a día utiliza un atuendo casual junto a muñequeras negras.
—Yamamoto Takeshi. Su atletismo y popularidad son necesarios para la familia. —Comentó Reborn, mirando por unos binoculares lo sucedido en el campo de juego.
Todos en sus posiciones, y Gokú quedando como jardinero central, el partido dio comienzo cuando el silbato dio su sonido.
—«Reborn me dijo que no debo utilizar mucha fuerza o los jugadores del equipo contrario podrían salir heridos». —Pensó el azabache un poco distraído, hasta que se percató de la bola que parecía perderse en las gradas directo hacia un Home Run.
El jugador que había golpeado la bola, freno en seco su carrera al ver como Gokú había dado un salto de casi 8 metros; los dos equipos tenían los ojos y bocas como platos.
—El corredor no ha llegado a segunda base. Por lo que me dijo Yamamoto, debo arrojarlo a esa base para que los eliminen. —El azabache se posicionó para arrojar la bola desde el aire—. Venga... flojito, flojito... así estará bien.
Con un sonido silbante, la bola se dirigió a toda velocidad hacia la segunda base. Tras impactar, el encargado de esa posición, recibió toda la potencia de la bola causando que cayera al suelo.
—¡Todos quedan fuera!
Fue lo único que se oyó por parte del ampáyer.
Al aterrizar, Gokú corrió hasta su área, pero no se había percatado que las miradas de sus compañeros estaban puestas en él.
—E-eso fue increíble. —Yamamoto no salía de su asombro.
El partido había finalizado con una victoria aplastante por parte del equipo de Yamamoto y Gokú.
Mas tarde, en los vestidores, los estudiantes trataban de convencer al pelo palmera de unirse al club, pero amablemente fueron rechazados.
Yamamoto y Gokú se ofrecieron a limpiar el campo. En ese momento, Yamamoto se sinceró, confesándole que había sido asombroso en el partido de Voleibol de hace unos días.
—Últimamente, sin importar cuanto entrene, mi promedio está decayendo. Si sigo así, va a ser la primera vez que no me dejen ser titular desde que comencé a jugar. —Un semblante desanimado se denotaba en Yamamoto, esperando que sus respuestas llegaran a él de alguna manera o fueran contestadas por alguien—.
Gokú se recostó en la zona verde del campo de juego y miró hacia el cielo. No sabía cómo responder al consejo que le había pedido Yamamoto.
—Mm... creo que... hay que mantener la buena actitud.
Yamamoto afirmó a la respuesta. El estudiante pensaba de la misma manera, expresándole que se quedaría a entrenar esa misma tarde como un loco.
Al siguiente día, en el primer receso, algo llamo la atención del azabache. Pudo oír como los alumnos estaban corriendo desesperados de un lado para otro, buscando a una persona que hiciera entrar en razón a Yamamoto. Su depresión lo llevo al punto de querer quitarse la vida, lanzándose desde la azotea de la escuela. ¿Razón? Entreno tanto que su brazo no soporto el sobreesfuerzo, creyendo que su carrera Beisbolista había terminado, y dramatizando que los dioses del Baseball lo habían abandonado.
Por esto, Gokú recordó que el día anterior fue quien le "aconsejó" mantener siempre la buena actitud.
—¡Rápido, ve! —Le ordenó Reborn.
Sintiéndose culpable, fue a toda velocidad hacia la azotea en donde muchos de sus compañeros de equipo, amigos y chicas de su fan club, trataban de convencerlo de no cometer una locura, pero eran ignorados.
Al pasar a través de la multitud, Gokú llamó y Yamamoto volteo para verlo desde el otro lado de la valla, muy a orillas del vacío.
—Si viniste a detenerme, no sirve de nada. —Le mencionó Yamamoto, mostrando su brazo enyesado—. Deberías ser capaz de entender mis sentimientos.
—No, no lo entiendo. —Dijo sinceramente, palabras que reprochó Yamamoto, acusándolo de arrogante por creerse mejor que él. Sin embargo, Gokú alzó la voz haciéndole callar—. ¡No, no puedo entender tus sentimientos! A diferencia tuya, jamás me he dado por vencido, a pesar que mis entrenamientos rompían huesos, causaban heridas fatales, impidiéndome dormir noches enteras, nunca me di por vencido.
Retirando su chaqueta, para luego desabrochar su camisa, Gokú dejo caer la parte superior de su uniforme, mostrando moretones y algunas heridas que estaban cicatrizando, lo cual dejo impactado a Yamamoto junto con los estudiantes presentes. Kyoko, por su parte, fue distraída por Hana para que no viera la escena.
Con su camisa y chaqueta puestas, Gokú saltó al otro lado de la valla, situándose a un lado de Yamamoto.
—¿Por qué nos caemos, Yamamoto? —El susodicho negó, observando como el pelo palmera miraba hacia el horizonte—. Para aprender a levantarnos.
Esa última frase le hizo volver a la realidad por completo, al punto que en sus cuencas se escaparon unas pequeñas gotas de líquido transparente que rápidamente fueron cubiertas por su antebrazo no dañado.
Al sentir unos sollozos, cuando Gokú y Yamamoto voltearon hacia atrás, vieron como sus compañeros lloraban a cascadas con caras un tanto cómicas, originando unas risas divertidas en los susodichos.
Todo parecía haberse resuelto para Yamamoto. No obstante, no todo terminaría en el lugar. En el momento que Gokú salto la valla, observó como Yamamoto resbaló y cayó al vacío, escena que lo hizo sobresaltarse por ver como su cabeza iba directo a estrellarse contra el concreto.
—¡GOKUUU!
El grito de Kyoko alertó al azabache que, de forma temeraria, se arrojó impulsándose con la misma valla hacia Yamamoto. Cuando lo alcanzó, lo sostuvo de su mano, y con la otra se aferró en la pared hundiendo sus dedos en el concreto para frenar su descenso... exactamente a un metro del suelo.
Al ver que Yamamoto se encontraba a salvo, todos los estudiantes y profesores se sintieron aliviados.
Gokú y Yamamoto, después del incidente, caminaron juntos hacia sus respectivos hogares, en tanto platicaban.
—Gokú, muchas gracias. No sé en qué estaba pensando. —Mientras Yamamoto sonreía, Gokú se frotaba la parte superior del cuello—. Cuando dijiste esas últimas palabras, pude notar que tu expresión parecía nostálgica.
—Si, fue mi mamá. Ella me lo dijo cuando entrenábamos. —Esto sorprendió a Yamamoto—. Desde pequeño, cuando veía peleas por la televisión, podía sentir como mi sangre hervía de emoción. Así que le pedí a papá llevarme a unas clases de lucha, pero mamá siempre intervenía y era tajantemente negativa con sus respuestas. Por algún motivo, no quería que practicara las artes marciales, aunque gracias a la ayuda de papá pudimos convencerla. Sin embargo, aceptó con la condición de que ella misma me entrenaría.
—Increíble. Por su aspecto, ella no parece ser una luchadora. —Le confesó Yamamoto—. ¿No me digas que fue tu madre la que te dejó esas heridas?
Gokú negó, y aclaró que habían sido sus propios entrenamientos los que habían ocasionado sus lesiones. Ella solo le enseñó lo más básico de las peleas, pero era él quien debía hallar una manera de aumentar su fuerza.
Ruleta Rusa y la Bala de la Última Voluntad.
En casa, más precisamente en su habitación, Gokú jugaba videojuegos con su hermano pequeño, mientras su madre preparaba la cena.
—¡Ciaossu!
De improviso, Reborn junto a Kyoko, entraron en la habitación. El lugar no se le hacía desconocido a la chica, ya que no era la primera vez que venía. En realidad, ellos llevaban conociéndose desde hace bastante tiempo, y por esta razón se tenían tanta confianza.
—¿Qué haces aquí, Kyoko? ¿Paso algo? —Preguntó el azabache con algo de desconcierto, mientras que la susodicha lo saludaba y también al Sawada menor.
—Yo le pedí que viniera para devolverle su dinero. —Aclaró el bebé sicario, recordando cierto incidente que los llevo a toparse.
Dentro de una cafetería, y frente a la caja registradora, Reborn pedía su orden: café espresso. Para su desgracia, al registrar sus bolsillos, se percató que la billetera no la llevaba consigo, así que pidió amablemente que lo anotaran en una cuenta.
La chica que atendía no parecía creer una sola palabra, y más bien, lo vio como un niño haciéndose pasar por adulto.
—Amor, ¿Dónde están tu mamá y papá? ¿Quieres que te lleve a la estación de policía?
—Inténtalo y la comisaria se verá envuelta en un mar de sangre. —Reborn le amenazó, apuntándole con su pistola, acción que la hizo palidecer y sudar en exceso.
—¡A-amor! ¡No juegues así, o me veré obligada a llamar al gerente de la tienda! —Tartamudeo, con algo de susto.
—Eso solo hará las cosas más fáciles. —Dijo Reborn, con su característico semblante neutral.
Al bebé sicario parecía no importarle las advertencias de la cajera, y solo seguía apuntando su arma a la cabeza.
Para suerte de la cajera, a un lado de Reborn, apareció Kyoko quien, muy amablemente, pagó la cuenta que tantos problemas estaba causando.
—Y así fue como pasó todo. —Explicó Reborn, entregándole el dinero del café a Kyoko.
Después, amablemente, le ofreció sentirse como en casa, pese a que no lo era. Esto, de hecho, no parecía importarle a Gokú, ya que simplemente continúo jugando videojuegos con su hermano sin prestarles atención.
Kyoko agradeció la hospitalidad de Reborn, pero se notaba un tanto sorprendida que Gokú tuviera otro hermano, sin que se lo hubieran informado.
—Creo que Gokú te lo había dicho, ¿no? No soy su hermano menor, soy su tutor. —Aclaró Reborn, y Gokú con su hermano asintieron moviendo sus cabezas al unísono.
—Aunque los dos sean unos enanos de pelos parados, Reborn no es nuestro hermano. —Dijo el Sawada menor, sin apartar la mirada de su juego, provocando un "¡oye!" por parte de su hermano y el bebé sicario... pero una dulce carcajada de Kyoko.
Por pedido de Reborn, el pequeño Sawada abandonó la habitación, usando como pretexto el estudiar. Luego de ver al niño alejarse lo bastante, el pequeño sicario sacó un revólver de su traje. Se le había ocurrido la grandiosa idea de jugar ruleta rusa.
—¿Ruleta rusa? —Preguntaron al unisonó, Gokú y Kyoko.
Por explicación de Reborn, la ruleta rusa es una práctica, en la cual recargas una bala en el barril, giras el cilindro, apuntas hacia tu propia cabeza y jalas el gatillo. Es decir, pones a prueba tu suerte mientras arriesgas la vida.
—Oye, Reborn, ¿este juego no sería muy peligroso para ella? —Gokú le susurró, viendo como Kyoko parecía muy animada por el juego.
En el momento que el arma fue disparada por Reborn, una bala de broma que se usa para fiestas de niños salió del cañón, dando a entender que no había nada de qué preocuparse.
La emocionada Kyoko fue la primera en ofrecerse. Por lo que, tomó el revólver, situó el cañón en su frente, y jaló el gatillo sin vacilación alguna. Pero el sonido del disparo no parecía ser falso, sino que fue un ruido shop de una bala real.
Gokú quedo en shock. Kyoko estaba tirada en el suelo con un agujero en su frente. ¿Su amiga de la infancia estaba muerta? No, todavía podía sentir su energía vital y no parecía descender, más bien, se incrementaba con el paso de los segundos.
—Si tiene algún arrepentimiento por algo que no hizo, quizá reviva. —Explicó Reborn.
Repentinamente, una mano salió del cuerpo de Kyoko, alertando y sorprendiendo al azabache. Al igual que una mariposa sale de su capullo, "otra Kyoko" salió de su interior, pero solo con su ropa íntima. Sin embargo, lo que más llamaba la atención, es una llama de fuego que adornaba su frente.
Con un semblante neutro, Kyoko se abalanzó sobre Gokú, sentándose en su regazo para sujetarlo de las muñecas. La chica había aumentado su fuerza excesivamente, pero esa no era la razón por la que Gokú no decidió actuar con fuerza. Para él, existen personas que por nada del mundo lastimaría, y Kyoko es una de ellas.
Sin que le opusieran resistencia, Kyoko se acercó y frenó a centímetros del rostro de Gokú.
—¿Kyoko? —Nervioso, el azabache tragó saliva.
—Gokú, tú me gus...
Antes de que Kyoko terminara su frase, Reborn, con un martillo gigante en sus manos, la golpeó por la parte trasera de su cabeza sacando la bala. Luego del golpe, la chica cayo inconsciente en el pecho del azabache.
—¡¿Qué diablos le pasó a Kyoko, Reborn?! —Exaltado, Gokú preguntó con Kyoko en sus brazos.
Tranquilamente, Reborn presentó el objeto en su mano, como la Bala de la Ultima Voluntad. La persona que recibe esta bala, resucitará con la voluntad de alguien a quien no le importa morir. Y esa voluntad está basada en lo que te arrepientes de no haber hecho al momento de tu muerte. Además, la última voluntad significa que tu cuerpo está en un estado en donde todos los interruptores de seguridad están apagados. Así que el cuerpo puede acceder a una fuerza increíble a cambio de arriesgar la vida superando las limitaciones.
—Eso explica el aumento de su fuerza. —Dijo Gokú, mirando a Kyoko mientras la tomaba y llevaba hacia su cama para recostarla—. Nunca había oído de una bala tan especial.
—La bala de la última voluntad es un secreto de la familia Vongola. —Reveló Reborn—. Sin embargo, si no tienes ningún arrepentimiento... morirás. —Dijo, tranquilo, y sin pelos en la lengua. Era un asesino después de todo
—¿Qué hiciste para que volviera a la normalidad? —Preguntó el azabache.
—¡Reverse One Tone! —Reborn mostró un martillo que tiene escrito en su acero 1T. [una tonelada]—. El golpe de Reverse One Tone puede inutilizar la bala de la última voluntad, pero solo yo puedo usar esta técnica. Ahora ella pensará que su tiempo con la última voluntad fue solo un sueño.
Gokú solo dio un suspiro de alivio.
En la tarde, en la morada de los Sasagawa (después de lo sucedido), Kyoko, sentada en su cama abrazando sus rodillas, trataba de olvidar su vergonzoso sueño más reciente.
—C-como quisiera tener ese valor. —Ruborizada, Kyoko ocultó su rostro sobre sus rodillas.
De vuelta en la residencia de los sawada, a Goku se le podía escuchar reír por leves momentos desde su habitación, mientras leía una de sus historietas cómicas, recostado en su cama. A su lado, Reborn preparaba en una cafetera, su venerado café espresso.
—¿Y qué fue lo que te dijo Kyoko? —Intrigado, pidió saber el pequeño sicario mientras degustaba de su café. El azabache froto su barbilla mientras pensaba, pero lo único que recuerda haber oído fue su nombre y nada más.
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Bueno señores, dejen un comentario por si les gustó el capítulo.
Nos vemos.
