Esperando por la lluvia.
Milán, Italia.
– Amore mío, ¿crees que llueva hoy? –preguntó Gino Hernández, como hacía cada vez que nubes oscuras y gruesas cubrían el cielo.
Erika Shanks, su novia, hizo una pausa momentánea y dejó de lado los expedientes que estaba revisando para echarle un vistazo concienzudo al cielo. Sí, parecía que en cualquier momento se soltaría a llover, pero quién sabía.
– Quizás –respondió ella–. ¿Por qué? ¿Tienes planeado ir a alguna parte?
– Tenía ganas de salir a dar un paseo –explicó él, mientras se estiraba cuan largo era.
Esta vez la joven se entretuvo el tiempo necesario para acomodar los papeles en sus respectivas carpetas, las cuales acomodó después sobre su escritorio. Gino no dejaba de asomarse a la ventana para contemplar el cielo, con actitud inquieta, lo que era una señal de que debía tomarse en serio sus palabras.
– ¿Justo ahora? –Erika levantó una de sus cejas.
– ¿Por qué no? –Él contestó con otra pregunta.
– No sé por qué pasa esto, pero he notado que, mientras más nublado está el cielo, más ganas te dan de salir a pasear –señaló ella.
– Oh, ¿de verdad? –Gino rio alegremente, con expresión de niño inocente–. Debe ser una casualidad nada más.
Pero él volvió a mirar el cielo con cierta añoranza. Erika lo notó, pero no hizo comentario alguno; ella sabía que, debido a ciertos sucesos que ocurrieron cuando Gino era muy joven, había momentos en los que él se quedaba callado, con actitud melancólica y contemplando hacia el horizonte y lo mejor que ella podía hacer entonces era darle su espacio. A la francesa no le gustaba verlo así, pero estaba consciente de que lo mejor que podía hacer era estar al pendiente por si Gino deseaba hablar.
– Huele a tierra mojada –señaló Hernández, de repente–. Definitivamente va a llover.
Esto, por alguna razón que Erika no comprendió, puso a su novio de buen humor. ¿Por qué? Sólo él se entendía, pero le alivió averiguar que Gino no se había puesto melancólico a causa de sus recuerdos sobre el accidente que les quitó la vida a sus padres.
– ¿Quieres salir a caminar? –preguntó Erika, risueña–. Podemos llevar los paraguas por si comienza a llover.
– ¿No estabas trabajando? –Gino señaló los expedientes pulcramente acomodados sobre el escritorio.
– Me vendrá bien un descanso –aseguró ella–. Terminaré mis labores más tarde. Anda, vamos a dar un paseo, sé que te mueres de ganas de hacerlo.
– De acuerdo –cedió Gino, tan emocionado que Erika supo que él había estado esperando a que ella lo sugiriera.
– Voy por mi chaqueta –comentó Erika, al tiempo en que se dirigía al clóset de abrigos que se encontraba junto a la entrada del departamento.
El edificio de apartamentos de lujo en el que ambos vivían se encontraba ubicado frente a una zona boscosa a la que se podía acceder a través de un caminito bordeado de arbustos, cerrado con una reja que estaba ahí más para delimitar la propiedad que para detener a alguien que quisiera salir. Usando zapatos cómodos, vestidos con gabardinas ligeras y llevando sendos paraguas en las manos, Gino y Erika salieron del departamento para bajar a la zona de jardines y tomar el camino que los llevaría al bosque. En el cielo, las nubes de tormenta continuaban cerniéndose sobre sus cabezas e incluso en el horizonte comenzaron a vislumbrarse algunos relámpagos; sin embargo, ellos reían y jugueteaban como si hubiesen vuelto a ser el par de adolescentes que se conocieron en París tantos años atrás, dos muchachos que sólo querían sentirse vivos y libres.
– No debería de permitir que hicieras esto, Gino –señaló Erika, cuando la humedad en el ambiente presagió el comienzo de la tormenta–. Si te mojas, te podrías resfriar y, como deportista de élite, eres más propenso a pescar las enfermedades más simples.
– Oh, vamos, estoy bien cubierto –señaló Gino su gabardina y el paraguas–. Además, es verano, seguro que la lluvia no estará muy fría.
– Sí, puede ser –aceptó Erika–. Me pregunto por qué justo ahora te han dado tantas ganas de salir a pasear, en vez de que se te hubiera ocurrido hacerlo ayer, que hacía un día precioso.
– Los días nublados y lluviosos también pueden ser preciosos –replicó Gino, con una sonrisa–. Depende de con quién los pases.
Él le tomó una mano y se la apretó. Erika le devolvió la sonrisa, halagada por su comentario; había estado temerosa de que Gino estuviera decaído, pero parecía ser precisamente lo contrario.
– Sí, supongo que tienes razón –reconoció ella.
No hacía mucho que se habían cumplido doce años del fallecimiento de los padres de Gino, ocurrido en un accidente ferroviario en el que también estuvo presente el portero y al cual sobrevivió por milagro. Erika lo acompañó a ver la tumba de sus padres, como hacía cada vez que llegaba otro aniversario luctuoso, y se había mantenido más al pendiente que nunca de su estado de ánimo, pues por obvias razones Gino se ponía muy sombrío en esas épocas. Doce años parecía mucho tiempo y a la vez muy poco para que él hubiese curado sus heridas psicológicas, todavía había noches en las que Gino gritaba en sueños y Erika tenía que moverlo con suavidad para despertarlo. En esas ocasiones, ella no necesitaba preguntarle qué había soñado, pues sabía perfectamente bien que esa pesadilla estaría relacionada con ese trágico accidente. Además, si bien Hernández permanecía de ánimo sombrío durante varias semanas tras esa obligada visita al cementerio, ahora él estaba actuando de una manera diferente, Gino se veía tranquilo y relajado, lo cual irónicamente no relajaba a Erika ya que se preguntaba si se trataba de algún síntoma de negación.
– No me molesta salir en días soleados, pero el calor hace que pierda las ganas –comentó el portero, mientras Erika y él tomaban el sendero principal del bosque.
– No niego que tienes razón en eso, pero como tu médica debería de cuidarte más –insistió la francesa, aunque sin mucha convicción. A ella tampoco le agradaba demasiado sudar en el bosque.
– Me encanta que te preocupes por mí, pero no es para tanto. –Gino se detuvo momentáneamente para darle un beso en la frente.
Quizás por la cercanía de la lluvia, el bosquecillo estaba muy silencioso; no es que éste en sí fuera muy grande, de hecho no era más que una media hectárea de árboles que el gobierno local había plantado hacía mucho tiempo, así que no habitaban en él especies salvajes de animales como sí había en otros bosques naturales, pero de cualquier manera podían verse conejos correteando por ahí y algunos gatos, además de los consabidos pájaros silvestres. Sin embargo, en ese momento los animales habían buscado refugio ante la proximidad del aguacero. Erika se rio al pensar en que ellos eran los únicos animales que iban tras la lluvia en vez de evitarla.
– Ayer hablé con mi abuelo –comentó Gino, repentinamente.
– ¿De verdad? –se sorprendió ella–. No sabía que te habías reunido con Nico.
– Fue una charla por teléfono –explicó él, despreocupadamente.
– Ya veo –dijo Erika –. ¿Y de qué hablaron?
– De que ya va siendo hora de que tú y yo nos casemos –contestó Gino, sin más.
– ¿Qué? –exclamó Erika, quien se ruborizó intensamente–. ¿Por qué se pusieron a charlar sobre eso?
– Estoy bromeando –rio él, aunque después se rascó la nariz. Bueno, sí platicamos un poco sobre el hecho de que tú y yo llevamos mucho tiempo siendo novios, pero no me está pidiendo un bisnieto, no todavía, así que no te preocupes.
– Vaya, ¡es bueno saberlo! –exclamó Erika, ofuscada.
Gino volvió a reír y la francesa supo que estaba ocultándole algo. Conocía a su novio lo suficiente como para saber que, si estaba riendo así, era porque sentía culpabilidad por no estar siendo totalmente sincero con ella. Sin embargo, Erika lo dejó pasar, porque probablemente el tema del que Nico y Gino habían tratado era el de la muerte de los señores Hernández, así que Erika no podía culparlo por no querer entrar en detalles.
– Dale saludos a Nico de mi parte la próxima vez que hables con él –continuó Erika, más tranquila–. Espero que no haya estado muy inquieto.
– No lo está –aseguró Gino, quien dejó de reírse y levantó la vista hacia el cielo una vez más–. Doce años son suficientes para apaciguar el dolor, aun cuando sepas que nunca se irá.
Los ojos azules de Gino estaban fijos en las nubes grises de tormenta. Ella, sin poder evitarlo, esbozó una sonrisa triste al analizar sus últimas palabras. Erika había perdido a su hermano mayor en un accidente de tránsito hacía pocos años y, aunque ya lo había superado, el dolor por la ausencia Elliot seguía estando presente. Erika había tratado de no pensar en él para poder apoyar a Gino, pero la última frase que éste pronunció desencadenó su recuerdo.
– Lo siento, hice que te acordaras de Elliot, ¿verdad? –soltó Gino con expresión compungida; él había sido muy cercano al hermano mayor adoptivo de Erika, así que también había sufrido con su muerte–. No era mi intención, Riky, discúlpame.
– No digas eso. – Erika sacudió la cabeza–. Estoy bien, no te preocupes. No arruinemos esta caminata con recuerdos tristes, ¿de acuerdo? Ni a Elliot ni a tus padres les gustaría eso.
– Ciertamente que no –aceptó Hernández–. ¿Continuamos?
Erika asintió y lo tomó nuevamente de la mano. Caminaron en silencio durante unos minutos más hasta que, repentinamente, gruesos goterones de lluvia comenzaron a caer por fin. Ellos se miraron durante unos segundos antes de echarse a reír y empezar a correr mientras trataban de abrir sus paraguas, aunque no tenía sentido que corrieran porque no tenían un punto cercano al cual llegar para guarecerse. Además, las sombrillas sólo los cubrían parcialmente, pero eso no les importó: la sensación de frescura y libertad que llegó con la lluvia limpió la melancolía y los inundó de una alegría infantil. En algún momento, ambos se dieron cuenta de que correr con los paraguas resultaba inútil y Gino aventó el suyo, no sin antes hacer algunas piruetas con él. Llevada por la emoción del momento, Erika lo imitó y ambos permitieron entonces que el agua les empapara la cara y el cabello. Tras juguetear y correr por un rato, al fin llegaron hasta un grupo de árboles cuyas gruesas ramas servían para resguardarlos a medias de la lluvia y se detuvieron un momento a descansar.
– Eso fue muy liberador –comentó Gino, alegremente–. ¡Hacía mucho tiempo que no me sentía tan feliz!
– Yo tampoco –reconoció Erika, mientras se limpiaba el agua de los ojos con las manos–. ¡Había olvidado lo divertido que era correr bajo la lluvia!
– Deberíamos de hacerlo más seguido –sugirió Gino, con picardía.
– ¿Qué? Por supuesto que no, ¡ya te dije que eres más propenso a resfriarte que una persona normal! –replicó ella, escandalizada.
– Gracias por considerar que no soy normal –dijo él, de buen humor.
Gino repentinamente la atrajo hacia él para abrazarla con fuerza y darle un beso intenso en los labios. Sorprendida, Erika se dejó hacer y después le echó los brazos al cuello para enfrascarse con él en una buena sesión de besos; el agua de la lluvia les escurría por el rostro pero, aunque resultaba ligeramente molesto, la sensación placentera que los envolvió gracias al contacto físico era superior, así que siguieron besándose bajo la lluvia hasta que un trueno lejano los devolvió a la realidad.
– Deberíamos de buscar un sitio para resguardarnos –murmuró Erika, aun sin soltarlo–. Por lo menos hasta que escampe un poco.
– Sí, podría caernos un rayo –admitió Gino, quien a pesar de sus palabras no se veía muy convencido–. Pero antes de hacerlo, hay algo que quiero decirte.
– ¿Aquí? –cuestionó la francesa, sorprendida–. ¿Justo ahora?
– Aquí –asintió él–. Justo ahora.
– ¿Y por qué? –insistió Erika, al tiempo en que Gino la soltaba para hincar una pierna en el suelo y tomar después sus manos, lo que hizo que ella añadiera una exclamación–: ¿Qué haces? ¡Te vas a mojar el pantalón!
– Como si no estuviera lo suficientemente empapado –se mofó Gino–. Lo único que tengo que cuidar es que ninguna piedra me lastime las rodillas, lo cual, considerando mi suerte con las lesiones, no sería algo raro.
– Levántate entonces –pidió Erika.
– No, hasta que te diga lo que quiero decirte –negó Gino, quien la miró con mucho amor y sin dejar de sostener sus manos–. Riky, en cuanto tuve la plena seguridad de que quería hacer esto, muchos escenarios pasaron por mi cabeza sobre la manera en cómo lo haría. Y todavía no estoy seguro de que ésta sea la mejor opción, porque ni siquiera traigo un anillo conmigo así que no lo cuentes como algo oficial, pero no quiero dejar pasar la oportunidad de decirte que quiero estar contigo para siempre, deseo compartir mi vida contigo, hasta el último de mis días. Lo he sabido desde hace mucho tiempo, pero no fui consciente de eso hasta hace relativamente poco, cuando caí en la cuenta de que no visualizo mi vida sin ti.
– ¿Qué dices? –La inquietud de Erika se transformó en un nerviosismo alegre, de ése que nace de la emoción pura.
– Que quiero que seas mi esposa, que tengamos muchos hijos y varios perros, es decir, que formemos juntos una familia –continuó Gino–. Eres la persona que hace que los días de lluvia sean maravillosos. Contigo ningún día nublado es un día gris, porque tú iluminas mi mundo. A tu lado, cualquier cosa negativa que ocurra la podré afrontar sin miedo, porque sé que te tengo para darme valor.
– ¡Oh, Gino! –Los ojos de Erika se humedecieron–. ¡No puedo creer que estés diciéndome esto ahora!
– Sé que no es el mejor lugar ni tampoco el momento idóneo. –Él se echó a reír y se puso en pie–. Pero hace menos de diez minutos decidí que te lo pediría en el momento en el que empezara a llover, por la simple y sencilla razón de que los días lluviosos me hacen recordar cuánto te amo.
– ¿Por qué? –quiso saber Erika, mientras intentaba limpiarle el barro que se le pegó en el pantalón, aunque él no se lo permitió.
– Porque te conocí en un día lluvioso –explicó el portero italiano–. Antes de eso, sólo relacionaba las tormentas con cosas negativas; el día en el que fallecieron mis padres, hubo un aguacero antes del accidente y, cuando llegué a Francia meses después, también estaba lloviendo a cántaros y en ese entonces no pude evitar pensar que ésa era una señal de mal agüero, una señal de lo mucho que iba a sufrir en París.
Erika lo interrumpió para acariciarle con ternura el rostro y limpiarle las gotas de lluvia (o quizás eran lágrimas) que mojaban sus mejillas. Gino se dejó acariciar antes de tomar su mano otra vez y retomar sus palabras.
– Pero entonces apareciste tú con una toalla y comida caliente, y llenaste mi mundo de esperanza –prosiguió Hernández–. No sé si alguna vez te lo he dicho, pero ese gesto tan simple me cambió el mundo. Hiciste que cada día de lluvia pasara de ser algo terrible a una oportunidad para hacerme ver que detrás de la tormenta siempre saldrá el sol. Desde que te conocí, siempre tengo presente que, tras los días de lluvia que oscurecen mi mundo, estarás tú, mi sol, para alumbrarlo y darme un motivo para seguir adelante.
Esta vez fue Gino el que limpió el rostro húmedo de Erika, cuyas lágrimas habían salido ya de sus ojos verdes. Él sí estaba seguro de que no era lluvia lo que empapaba la piel de porcelana de la francesa.
– Espero que esas lágrimas sean de felicidad –murmuró él–. Sabes lo mucho que me hiere verte llorar de tristeza.
– No es tristeza, tonto. –Erika le dio un empujoncito–. Es que me has dicho las cosas más bellas que alguien me haya dicho jamás y no puedo evitar emocionarme. No he hecho algo más que tratar de apoyarte en los momentos difíciles, Gino, porque eso es lo que haces por alguien a quien amas.
– Sí, y ha sido ese amor el que me ha salvado cada vez que hay lluvia –señaló Gino, tras lo cual besó las yemas de los dedos de la mano que sostenía; él se quedó callado unos segundos antes de añadir–: Me han salvado tu amor y tu nobleza, en realidad. Me ayudaste hace mucho tiempo y lo sigues haciendo cada vez que puedes, por eso es que me resulta difícil no emocionarme cada vez que el cielo se oscurece: no puede haber luz si primero no hay un poco de oscuridad. Sé que tendré días malos, pero te tengo a ti para rescatarme de ellos y no sabes cuán afortunado me siento por eso.
Erika se acercó a él y lo besó con ternura. La lluvia había disminuido lo suficiente como para no mojarlos tanto, pero seguían cayendo relámpagos en la lejanía.
– Tú también me salvaste a mí, cuando Elliot murió –señaló Erika, con suavidad–. Estuviste ahí para ser mi apoyo y mi guía en ese momento tan difícil; hablas como si yo fuese la única que hubiera hecho algo grande por ti, pero eso no es verdad, me habría costado mucho trabajo superar la ausencia de mi hermano si no hubiese sido por ti y lo sabes.
– Como bien has dicho, eso es lo que haces por alguien a quien amas –replicó Gino, con dulzura–. No fue la gran cosa.
– ¡Ah, no es justo! ¿Por qué minimizas lo que tú hiciste y exageras lo que yo hago? –protestó ella, en broma–. ¡Es lo mismo!
– No, no lo es –negó Gino y se puso repentinamente serio–. Yo jamás te habría dejado sola porque te amo, pero tú me ayudaste a superar la muerte de mis padres aun sin conocerme. Eso te hace a ti la más noble de los dos.
– ¿Y cómo estás seguro de que tú no habrías hecho lo mismo por mí, si los papeles se hubieran invertido? –cuestionó Erika–. Te conozco muy bien y sé que eres muy noble, estoy segura de que habrías hecho lo mismo por mí de haber estado en mi lugar.
– Tal vez –admitió él, después de pensarlo un momento–, pero no voy a afirmar que soy más noble que tú, amore mío, porque no es verdad.
Ella soltó una risita y le dio un golpecito en la mejilla de forma juguetona, casi como si le dijera: "¡Contigo no se puede!".
– Yo también quiero pasar mi vida a tu lado –manifestó Erika, con una sonrisa–. Y también estoy segura de que quiero casarme contigo. No me importa si ésta es una petición oficial o no, tampoco me interesa un anillo ni ninguna de esas cosas, lo único que quiero es tener la seguridad de que tu corazón siempre será mío, así como mi corazón te pertenece sin restricciones.
– Desde hace mucho que lo es, amore mio. –Gino esbozó una sonrisa de oreja a oreja–. Mi corazón será tuyo por el resto de mi vida y aún más allá. Y aunque digas que no lo quieres, de cualquier manera habrá una pedida de matrimonio que sea digna de ti, la mia principessa (mi princesa).
Los jóvenes volvieron a besarse un par de veces más antes de que fueran conscientes de la situación en la que estaban. Gino estrechó a Erika contra su cuerpo por última ocasión antes de tomar los paraguas.
– Creo que mejor regresamos –propuso él, alegremente–. ¡Necesito decirle a Nico que has aceptado ser mi esposa!
– Seguro que eso lo sabe desde hace mucho tiempo –se ruborizó Erika–. Pero no creo que le moleste escuchar una confirmación oficial.
– No, oficial no, extraoficial –corrigió Hernández–. Ya te dije que va a haber una petición espectacular en el salón más grande del hotel De Angelis de Milán, con un diamante engarzado tan grande como pueda soportarlo tu mano, seiscientos invitados a la fiesta y un cuarteto de cuerdas.
– ¡Seiscientos invitados! –Erika se echó a reír–. ¿Vas a invitar a todo el personal del hotel o de dónde los piensas sacar?
– Podría ser. –Hernández le guiñó un ojo con picardía–. Quiero que todos sean testigos de mi felicidad.
Gino y Erika retomaron el camino de regreso al edificio de departamentos, cubriéndose como podían con los paraguas maltratados, los cuales recuperaron a medio camino. Al poco tiempo el aguacero arreció, aunque esto no les importó pues, a partir de ese momento, ambos estarían siempre esperando por la lluvia para poder reafirmar su amor.
Fin.
Notas.
– Gino Hernández y Captain Tsubasa le pertenecen a Yoichi Takahashi ©.
– Erika Shanks es un personaje creado por Elieth Schneider.
– Hice esto como regalo para mi adorada Elieth Schneider, quien cumple años el 27 de marzo. Es una continuación del fic que escribí el año pasado para ella, "Deja que fluya el tiempo", algo así como una pequeña escena que tuvo lugar muchos años después del epílogo de dicha historia. Y al igual que ese fanfic, esto que he escrito no es canónico de la historia oficial que Elieth ha planeado para Gino y Erika, simplemente es una cosa cursi que se me ocurrió para estos dos.
– Espero que sea de tu agrado, Gatita hermosa, deseo de corazón que cumplas muchos años más y que pueda celebrarlos a tu lado. ¡Feliz cumpleaños, preciosa mía!
