El domingo por la mañana Sasuke apostó con su hermano a ver quién reemplazaba los postes estropeados que sujetaban la verja de uno de los lados más largos del pasto. Tras la nevada de la semana anterior, que había alcanzado unos doce centímetros de espesor, el día parecía más cálido, así que el objetivo era trabajar al máximo antes de que llegara otra tormenta.

Sasuke sacó la pajita más corta, pero a pesar de la mala suerte su buen humor no se desvaneció.

Itachi lo miró suspicaz. —Pareces el tonto del pueblo. ¿Hay algo que quieras contarme?

—No —contestó Sasuke alzando la herramienta mientras Itachi colocaba el poste en su sitio.

—Lo único que se me ocurre que puede hacer sonreír a un hombre así es una mujer. ¿Qué hiciste anoche en Rapid City?

—Eso no es asunto tuyo.

—¡Lo sabía! —rio Itachi—. ¡Estuviste con una mujer!

Era cierto, pero no había pensado contárselo. Aún no. Era demasiado nuevo, demasiado… especial como para compartirlo. Sasuke tarareó mientras caminaba por los pastos mirando el brillante color del cielo, sin nube ni señal alguna de tormenta. Resultaba incuestionable: la noche anterior había sido lo mejor que le había ocurrido en mucho tiempo.

Estaba profundamente convencido de que lograría convencer a Sakura para casarse el viernes. Y estaba muy nervioso, como un niño, pensando en ello. Pero no, no era lo mismo. Estaba nervioso, sí, pero ningún niño se sentía jamás como se sentía él cada vez que pensaba en la esbelta figura de Sakura, en sus suaves y generosos labios, en sus ojos verdes. Todo indicaba que su sistema nervioso se mantendría alerta durante algún tiempo.

Bien, podía esperar para hacerle el amor a Sakura. No demasiado, pero sí hasta el viernes. Sasuke se quedó inmóvil hundiendo el poste dentro del hoyo que había cavado mientras reflexionaba sobre sus propios pensamientos. Aquella era la primera vez, desde la muerte de Shion, en que pensaba seriamente en una mujer. Había pensado en el matrimonio, sí, pero de un modo puramente abstracto. Y también había pensado en el sexo que, suponía, lo acompañaría; sería tranquilo y sosegado. Lo había imaginado todo de un modo puramente objetivo. Sí, después de la muerte de Shion había gozado del sexo unas pocas veces, bastante pocas, pero jamás de un modo planeado. Y las mujeres con las que se había relacionado jamás le habían importado. Solo le interesaba pasar el rato.

Pero hacer el amor… eso sí que era problemático. Había hecho el amor con Shion. Se lo había hecho a ella. Bien hecho y con frecuencia durante su matrimonio, que había durado nueve años. Shion había sido la primera y única mujer que él había conocido, y la había amado mucho. Sí, la había amado mucho. Sasuke se había casado convencido de que jamás podría ser más feliz. La boda se había celebrado una semana después de la graduación. Pero se había equivocado, porque al nacer Sarada su felicidad se había multiplicado.

Sasuke se deprimió al pensar en los embarazos de Shion. El deseaba una casa llena de niños, niños de él y de Shion. Pero no había podido ser. Shion había sufrido tres abortos antes de dar a luz a Sarada. Y después…. después volvió a quedarse embarazada. Ella había tenido antes un pequeño tumor, y el médico le advirtió que no debía hacer grandes esfuerzos. Entonces ambos habían tenido miedo de perder aquel bebé igual que habían perdido a los anteriores, de modo que Sasuke la obligó a quedarse en Rapid City con una amiga durante unas cuantas semanas.

Las cosas, sin embargo, habían ido tan bien, que ella volvió a casa enseguida, y con el correr del tiempo, mientras su vientre iba creciendo, ambos terminaron por despreocuparse. El desastre no habría podido ocurrir en peor momento. Shion se puso de parto dos meses antes de lo esperado, y sin previo aviso.

Sasuke estaba fuera, trabajando en un pasto mucho más alejado de casa de lo habitual. Shion fue a buscarlo en la vieja camioneta, y aquello no debió hacerle ningún bien. Luego ambos se apresuraron hacia el hospital. Pero jamás lograron llegar. El parto fue rápido y temerario. Habían recorrido tres cuartas partes del camino a Rapid City cuando todo se precipitó.

Sasuke tuvo que detenerse en el arcén de la I-90 para ayudar a dar a luz a su esposa. El bebé era tan pequeño y frágil que parecía un milagro incluso que respirara. Entonces Shion comenzó a desangrarse… y él no fue capaz de hacer nada excepto envolver al diminuto niño en su chaqueta y acelerar hacia el hospital. Jamás olvidaría los últimos y frenéticos momentos de aquel viaje, cuando dejó de escuchar los débiles susurros de Shion en respuesta a sus acuciantes ruegos de que se quedara con él, de que siguiera hablando…

Sasuke se sentía incapaz de recordar las terribles horas y los días que siguieron, días en los que apenas había abandonado el hospital. Por eso decidió volver a pensar en Sakura. Era completamente distinta de Shion.

Shion era alta y fuerte, con anchas caderas capaces, en apariencia, de dar a luz a una docena de bebés sin dificultad. No, Sakura no se parecía en nada a Shion. Sakura era pequeña se la mirase por donde se la mirase, esbelta y frágil, y sus huesos parecían tan finos que daba miedo romperla. ¿Cómo sería el sexo con ella? Porque con ella no se trataría de hacer el amor. No podía tratarse de hacer amor a menos que él la amara, cosa que era imposible. ¿O no? Le inquietaba pensar que con Sakura quizá no se tratara simplemente de sexo.

No, cuando tuviera el cuerpo de Sakura bajo el suyo, cuando la viera responder a las caricias de sus manos, cuando se dejara arrastrar por el placer que sabía que ella podía ofrecerle, no pensaría en Shion. Aquellos pensamientos le resultaban tan turbadores que Sasuke decidió olvidarlo. Había pensado llamar a Sakura la noche anterior, nada más llegar a casa, después de verla, pero temía mostrarse demasiado desesperado.

Sin embargo, mientras hundía el poste en el hoyo y se preparaba para asestarle un golpe, Sasuke supo que no iba a esperar otra noche más para llamarla. Sasuke apenas esperó a que el reloj diera las nueve y un minuto para marcar el número de Sakura. El teléfono sonó dos veces, y enseguida la voz de una mujer, sin aliento, contestó:

—¿Sí?

—Sakura…

—¿Sasuke?

—Sí, hola.

—Hola.

Si había albergado alguna duda acerca de ella, todas se desvanecieron en el instante mismo de oír su voz suave pronunciando su nombre. Sasuke cerró los ojos y dijo lo primero que le vino a la cabeza: —Me gustaría estar contigo ahora mismo.

Hubo un corto silencio. Sasuke se reprochó a sí mismo su atrevimiento. El hecho de que él se sintiera tan… unido a ella no significaba que a Sakura le ocurriera igual. Pero entonces ella dijo: —Yo también desearía que estuvieras aquí.

El suave tono de voz de Sakura, con cierta nota de lástima inconfundible, le satisfizo.

—Te echo de menos.

—¡Eso es una locura, no me conoces lo suficiente como para echarme de menos! —contestó Sakura. Luego se hizo un corto silencio, y ella confesó—: Yo también te echo de menos.

Sasuke respiró hondo y sintió que el pulso se le aceleraba. Tenía que luchar para reprimir sus ansias de subirse al coche en ese mismo instante y conducir hasta Rapid City. De no ser por Sarada, quizá lo hubiera hecho.

—Entonces, ¿qué te parece el viernes a la una de la mañana?

—¿A la una? —repitió Juliette con voz trémula—. ¿Lo dices en serio? ¿De verdad quieres casarte tan de repente, el viernes a la una?

—Sí, si tú aceptas.

Sasuke sabía que estaba presionándola demasiado, pero sentía la necesidad de saber que ella estaba dispuesta a comprometerse, necesitaba saber que iba a ser suya. No se dio cuenta de que contenía la respiración hasta que no la oyó contestar, con voz tímida: —Supongo que no hay razón para esperar.

—Estupendo.

Sasuke estaba encantado, todo funcionaba a la perfección. Estuvieron hablando por teléfono durante una hora, conversando para conocerse mejor. El compartió con ella todas las cosas que se le ocurrieron en relación a Sarada, y al día siguiente comenzó a hablarle a su hija de Sakura. Sarada parecía muy receptiva a la idea de tener una nueva madre en casa, y aquello lo animó.

Al día siguiente, lunes, Sasuke le contó a su hermano que se casaba aquel fin de semana. Itachi trató de reponerse del shock, y Sasuke logró arrancarle la promesa de que su mujer, Izumi, cuidaría de Sarada ese viernes. Esa misma noche, y la noche del día siguiente, martes, volvió a llamar por teléfono a su prometida. Sasuke le contó cosas sobre su familia, sobre su hermano, recién casado, y sobre sus vecinos más próximos, también recién casados.

—Fue divertido —comentó Sasuke—. Era yo el que quería casarse, pero todo el mundo, excepto yo, llegaba al altar.

—Van a creer que estamos locos —contestó Sakura.

—No me importa lo que crean mientras pueda compartir la cama contigo desde el anochecer hasta la madrugada, todos los días —respondió Sasuke.

En principio Sasuke había pretendido que fuera sólo una broma, pero para él, decir aquellas palabras, había sido como recibir un tiro por la culata. Nada más escuchar la voz dulce de Sakura se había sentido como transportado, pero de pronto la excitación amenazaba con colapsarlo. Al otro lado de la línea hubo un silencio. Sasuke juró entre dientes. ¿La habría ofendido? No era más que un bocazas. —Lo siento —se apresuró a disculparse—. ¿Podrías olvidarte de lo que he dicho?

Ella se echó a reír. Su risa era dulce, musical, como las notas de un instrumento sobre las cuerdas de sus nervios, penetrándolo hasta los huesos. —Imposible. Te tomo la palabra. Desde el anochecer hasta la madrugada, ¿eh?

Entonces fue el turno de Sasuke de echarse a reír. Verla responder así, sin enojarse, era tanto un alivio como un placer. —Eres una picara, pero espera a que te ponga las manos encima.

—Muy bien —contestó ella. Sasuke gimió—. Quizá sea mejor que cambiemos de tema —añadió Sakura entonces, con una nota de timidez que él supo reconocer.

—No es mala idea —respondió Sasuke buscando otro tema del que hablar, y quedándose en blanco. Hubo un breve silencio.

—Cuéntame más cosas sobre tu rancho —pidió ella.

—Mi rancho. Bien —comenzó Sasuke, esforzándose por concentrarse en ese tema—. Ya te he dicho que es de mi hermano y mío. Trabajamos juntos. Es bastante grande, como de unos trescientos acres.

—¿Y tu hermano y tú vivís juntos?

—No, ya no. Él y su mujer, Izumi, viven en una cabaña que construyó mi padre para mi madre nada más casarse, pero ahora se están haciendo su propia casa.

—Yo no sé mucho sobre ranchos ni sobre vacas.

—No importa, yo tampoco sé mucho sobre ropa interior femenina.

Sakura se echó a reír, y hubo una corta pausa. —¿Y has vivido siempre en ese rancho?

—Toda mi vida. No puedo soportar estar encerrado. Hubo otro silencio.

—A mí me gusta aprender —dijo entonces ella—. Algún día me gustaría volver a estudiar.

—¿Y qué quieres estudiar?

—Literatura —contestó ella echándose a reír después—. Hablaba en serio cuando decía que me gusta leer.

—¿Eras de esas que se llevaban un libro al patio a la hora del recreo, en el colegio? —preguntó él en tono de broma.

—Exacto. Mis amigos se enfadaban conmigo porque tenían que preguntarme las cosas tres veces, yo ni siquiera los oía.

—Pues recuérdame que no te hable cuando tengas un libro en las manos.

Sakura rio. Su risa era dulce y musical. Aquella risa le aceleraba el pulso y le afectaba también a otras partes de su anatomía. —¿Qué tal has pasado el día hoy? —preguntó ella—. Me gustaría poder hacerme una idea de cómo es tu vida.

—Bueno, ha sido un día normal y corriente para la temporada del año en que estamos. He estado casi todo el tiempo en el pasto de los vecinos, buscando a tres toros que no aparecían la última vez que les dimos de comer. Al final los encontramos. Dos de ellos se pusieron contentos de volver a casa, pero el tercero no se mostró tan cooperativo.

—¿Y qué hicisteis?

La vida de Sasuke le resultaba tan extraña como la de un extraterrestre. Sakura había vivido siempre cerca de una ciudad. Rapid City, que apenas podía compararse con Los Angeles o San Diego, era, sin lugar a dudas, la ciudad más pequeña en la que había vivido jamás. Y un rancho… aquella, desde luego, sí que iba a ser una nueva experiencia.

Sasuke contestó a su pregunta sin dejar de reír: —Agotarlo. No estaba dispuesto a hacer lo que queríamos, así que lo pinchamos y pinchamos hasta que al final estaba tan cansado que tuvo que ceder. Después debió pensar que volver a casa no era tan mala idea, al fin y al cabo. Sasuke escuchó un ruido que le llamó la atención. Provenía de la planta superior de la casa. Se quedó escuchando un rato sin moverse. Parecía como si Sarada tuviera una pesadilla. —Detesto tener que colgar, pero tengo que dejarte. Te llamaré mañana por la noche, ¿de acuerdo?

—De acuerdo.

—Nos vemos el viernes —añadió en tono de promesa.

—Está bien. Adiós, Sasuke.

Sasuke seguía escuchando la voz de Sakura en su imaginación mientras se apresuraba a subir las escaleras en dirección a la habitación de Sarada ¡Dios!, apenas podía esperar a verla. Durante el resto de la semana Sasuke llamó a Sakura a diario por las noches. Era una tontería depender de algo tan insignificante como una llamada telefónica, se decía ella.

Sin embargo, no podía evitar mirar la hora a cada rato, llena de entusiasmo cuando la aguja larga se acercaba a las doce. Sasuke y ella conversaron y conversaron aquella noche, hasta que Sakura hizo una mueca pensando en lo que iba a costarle tanta conferencia. —Pronto podremos charlar cara a cara cuando queramos —señaló Sasuke.

Sasuke le contó cosas sobre su hija, y Sakura comprendió enseguida que aquella niña iba a ser todo un desafío. Tenía sólo cuatro años, pero se le daba bien salirse con la suya. Bueno, le gustaban los desafíos de la vida. Y ansiaba ser madre de otra niña. Era evidente que Sarada la necesitaba. También hablaron de otros temas. Sobre sus infancias, sus familias. Él se enteró de que Sakura era la hija única de un militar, y de que jamás se había quedado el tiempo suficiente en ningún sitio como para echar raíces. Todo lo contrario que él que, según le contó, tenía raíces profundas en el rancho.

Él le habló de sus padres. Su padre había muerto, y su madre vivía en Florida, con su segundo marido Sasuke le contó cosas sobre su hermana gemela y sobre su hermano, le contó todas sus batallas de niño. Y le contó, además, el accidente reciente que había sesgado la vida de su hermana, los malentendidos y el sufrimiento que aquel acontecimiento le habían causado, y cómo había logrado, últimamente, superarlos.

Sakura, en cambio, continuó sin hablarle de Sanosuke. No sabía muy bien por qué dudaba. Después de todo él tenía una hija, así que debían gustarle los niños.

Pero Sanosuke no era hijo suyo, repetía insistentemente una voz en su interior.

Entonces Sakura desechaba la idea de inmediato. Sasuke era un hombre bueno, agradable. Un hombre maravilloso. Y tenía que saber que iba a convertirse en padrastro. Aún así… El miércoles era la víspera de Año Nuevo. Sakura no había hecho ningún plan especial. Ni Sasuke, tampoco. Él la llamó a las diez, y a media noche seguían aún al teléfono cuando dieron las campanadas de Año Nuevo.

—El año que viene por estas fechas estaremos celebrando nuestro primer aniversario —comentó él.

Eso esperaba Sakura. Sin embargo tenía que decirle lo de Sanosuke. Inky, su perrito mascota, un Pomeranian, estaba tumbado hecho un ovillo junto a ella en la cama, mientras hablaba por teléfono. También tenía que decirle que tenía perro. Quizá lo mejor fuera comenzar por lo menos importante para decirle después lo de su hijo, reflexionó.

—Mmm… Sasuke—lo interrumpió, buscando las palabras exactas—. Tengo algo que decirte.

—¿Y qué es? —preguntó él.

—Que tengo un perro —declaró ella conteniendo el aliento y esperando su reacción con el pulso acelerado, de un modo desproporcionado para la gravedad de la noticia.

—¿En serio? —preguntó él ligeramente defraudado—. No sabía que se pudieran tener perros en esos apartamentos.

—Sí, en este apartamento permiten tener perros pequeños —explicó ella mientras su tensión se iba disipando.

—Bueno, supongo que no será un problema. Podemos dejarlo fuera, con el resto de los perros del rancho. ¿Cuántos años tiene? Quizá pueda entrenarlo para que trabaje conmigo durante la cosecha —sugirió Sasuke.

—No lo creo —rio ella—. Es… probablemente es demasiado pequeño para eso.

—¿Cómo de pequeño exactamente? —volvió él a preguntar con renovada cautela.

—Pesa unos dieciocho kilos —contestó ella respirando hondo—. Es un Pomeranian. Y es muy fuerte para su raza.

—¿Dieciocho kilos? —repitió Sasuke incrédulo—. ¡Dios mío! ¡Los otros perros se lo comerán para el almuerzo! Pondrá nerviosos a los caballos, acabarán por pisarlo. No… —negó con decisión—… es demasiado pequeño. Tendrás que buscarle una casa donde pueda quedarse.

—¡Pero Sasuke… no puedo deshacerme de él! —exclamó Sakura con voz trémula, haciendo esfuerzos por permanecer serena. ¿Regalar a Inky? Había sido su mejor compañero durante el embarazo y tras la muerte de Neji. Sasuke no lo comprendía. Era excesivamente inflexible—. ¡Fue el regalo de boda de mi marido!

La respuesta de Sasuke fue, sencillamente, un mortal silencio. Sakura reunió coraje y comenzó a enumerar las virtudes de Inky: —Además, de todos modos, siempre está en casa. Apenas ladra, y está entrenado para ir a por el periódico él solo, si nadie puede sacarlo. Es lo suficientemente grande como para manejarse por la casa, subir y bajar escaleras, saltar por los muebles sin ayuda o…

—¿Le dejas saltar por los muebles? —repitió Sasuke demostrando un profundo shock—. ¡Nosotros jamás dejamos entrar a los animales en casa! Cuando hace frío duermen en el establo. No puedes tener a un perro en casa —añadió inexorable.

De pronto Sasuke había dejado de ser el hombre tierno y encantador con el que había pasado la noche del sábado, el hombre con el que acababa de estar hablando por teléfono minutos antes. Las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas, sentía que se le rompía el corazón. ¡Ni siquiera la había escuchado! Y si reaccionaba así con respecto a Inky, ¿cómo lo haría cuando le contara que tenía un hijo? La sola idea resultaba desoladora. Quizá lo de casarse fuera ridículo. Sakura quería casarse con él, lo deseaba ardientemente, pero quizá…

—¿Sakura?

La voz de Sasuke sonó tan débil que Sakura apenas lo oyó, sumida como estaba en sus pensamientos. Por fin, sin embargo, se dio cuenta de que la estaba llamando.

—¿Sí? —contestó llorando, acariciando la cabeza del perro.

—¿Estás llorando?

—No —tragó ella, tratando de respirar con normalidad.

—Sí, estás llorando —aseguró él prudente, preocupado—. Escucha, lo siento. No me he tomado la noticia demasiado bien. ¿Me concedes una segunda oportunidad?

Sasuke había hablado con una increíble y tierna humildad. Sakura podía imaginar sus ojos negros, serios y llenos de culpa. —Por supuesto, yo también lo siento.

—Supongo que tener un perrito pequeño en casa no será para tanto —afirmó él, mientras Sakura comprendía que estaba haciendo un esfuerzo para hacerse a la idea—. El hecho de que yo nunca lo haya tenido no significa que sea tan malo. Conozco a mucha gente que lo tiene.

Sakura rio ligeramente, a pesar de sí misma, y luego contestó: —Oh, Sasuke, quizá no sea tan buena idea lo de casarnos sin conocernos, después de todo. Quiero decir, ¿y si…?

Pero Sasuke no la dejó terminar. —Eh, cariño, no podemos darnos por vencidos por un desacuerdo tan insignificante. No te dejes llevar por esa idea, ¿de acuerdo?

—No, pero…

—Pero a pesar de todo te casarás conmigo el viernes —insistió él. Al ver que ella no respondía, Sasuke bajó la voz y declaró en tono cálido, tierno e íntimo—. Ángel mío, vamos a estar muy bien juntos. En muchos sentidos. Apenas puedo esperar al viernes para tenerte aquí conmigo y abrazarte de nuevo.

—Yo tampoco puedo esperar.

Y era cierto. Necesitaba sentir los brazos de Sasuke a su alrededor, necesitaba gozar de sus besos, que se le hacían olvidar todas las preocupaciones. Solo al colgar Sakura se dio cuenta de que aún no le había dicho nada acerca de Sanosuke, pero… había reaccionado tan mal a la noticia del perro. ¿Qué ocurriría si decidía que era mejor no casarse con ella?

Sakura sintió que el estómago se le agarrotaba. No estaba segura de que fuera inteligente casarse tan deprisa, pero sí estaba segura de una cosa: amaba a Sasuke Uchiha . Le había entregado su corazón a un hombre al que apenas conocía, por mucho que le pesara o su sentido común le dijera lo contrario. Y si la abandonaba jamás lo olvidaría. Pero si le contaba que tenía un hijo se arriesgaría a que la abandonara. Por otro lado, pensó, tenía tantas posibilidades de que él se sintiera encantado de tener otro hijo como de que lo rechazara. ¿Por qué razón no iba a estar encantado?

Sakura se quedó dormida, pero su sueño fue inquieto. Aún no había decidido qué hacer, no sabía si contárselo o no. Ni cuándo. A pesar de las larguísimas sesiones telefónicas la semana pareció no acabar nunca. Las horas en la tienda se le hicieron interminables, aunque trabajara lo mismo de siempre. En casa Sakura se dedicaba a meter sus pertenencias en cajas, separando sus muebles de los del apartamento para llevárselos al rancho. Sakura había advertido a su jefe de su marcha disculpándose por darle el aviso con tan poco tiempo de antelación.

Estaba convencida de que nunca llegaría el viernes, pero por fin llegó. Sakura trabajó aquella mañana unas últimas horas en la tienda, y después se fue a casa a esperar. Sasuke iría a buscarla en cuestión de una hora. La vecina había cuidado de Sanosuke todos los días, mientras trabajaba, desde que se había mudado a Rapid City. Aquel había sido un arreglo perfecto para ambas: para la madre trabajadora y para la mujer mayor, ya retirada, que iba a ser la niñera de Sanosuke durante una última mañana, mientras Sakura se casaba.

Ella le había contado sólo que se mudaba y que dejaba el trabajo. No quería que pensara que estaba loca. Afuera helaba. El hombre del tiempo había pronosticado una mañana suave, para estar a primeros de enero. Sakura esperó a Sasuke en el vestíbulo del bloque de apartamentos. Llevaba un abrigo de lana largo y un vestido blanco.

Sasuke llegó a las doce en punto, tal y como había prometido cuando ella le dio su dirección. Sakura lo observó acercarse por el cristal. Su aspecto la sorprendió. Era enorme e imponente. No recordaba que fuera tan grande. Llevaba un sombrero marrón y una chaqueta de piel a tono, y sus hombros parecían anchísimos al subir las escaleras.

Sakura sintió que se le hacía un nudo en el estómago. Respiró hondo y abrió la puerta. —Hola —dijo sin poder evitar esbozar una sonrisa. Él sonrió a su vez, y el corazón de Sakura se paró. ¡Era tan guapo!

Sasuke se detuvo delante de ella. —Hola. Sus ojos eran del color de la obsidiana, y al encontrarse los de ambos el nudo de su estómago pareció crecer hasta ahogarla. Sasuke se acercó a ella y la tomó de las manos. —No me acordaba de lo guapa que eras —dijo en voz baja.

Sakura se ruborizó. Sí, sabía que tenía una cara bonita, pero la palabra «guapa», a su parecer, solo debía aplicarse a las mujeres bien desarrolladas hacia las que los hombres volvían la vista al pasar. Sakura no tenía grandes curvas, pero a pesar de eso era muy atractiva—Gracias.

Sasuke dio un paso adelante, y el corazón de Sakura volvió a detenerse al contemplar sus ojos negros, intensamente negros. Apenas podía respirar, con las manos de Sasuke sobre su cintura. —Ha sido una semana eterna —comentó él—. Dame un beso de buena suerte.

Sasuke comenzó a inclinar lentamente la cabeza. Sakura cerró los ojos mientras los labios de él rozaban los suyos para, después, afianzar su posición muy despacio, pero con firmeza, besándola con tal dulzura que ella sintió las lágrimas correr por sus mejillas. Amaba a ese hombre. Sasuke la estrechó contra sí, y ella deslizó los dedos por su nuca jugueteando con sus cabellos azabaches. Él gimió ligeramente, dentro de su boca, apartándose después para sonreír. —Vamos, casémonos. Ya tendremos tiempo luego de pensar en… otras cosas.

Se refería al sexo, Sakura lo sabía. Todo su cuerpo se tensó deliciosamente mientras lo seguía por las escaleras, en dirección a la camioneta. Sasuke la llevó por la calle St. Joseph hasta el Ayuntamiento, y mientras tanto Sakura no dejó de pensar en Neji, su primer marido. Habían sido felices juntos. Al menos al principio, hasta que su madre decidió interponerse entre el matrimonio para formar un triángulo.

Pero aún así Sakura no recordaba haber sentido jamás aquella increíble excitación por el simple hecho de estar a su lado. ¿Cómo podía haber sido feliz durante casi dos años sin conocer en absoluto las emociones que le inspiraba Sasuke?

Sasuke la hizo sentarse a su lado, en el centro del asiento delantero, manteniendo un brazo sobre sus hombros durante todo el trayecto. Su actitud hacia ella era cortés y protectora, le hacía sentirse a salvo, segura. Por fin, tras una semana debatiéndose entre el deseo salvaje de volver a verlo y la certeza de que se había vuelto loca, Sakura comprendió que casarse con Sasuke era la decisión más inteligente que había tomado en mucho tiempo. Él aparcó la camioneta y la miró sonriente, con una sonrisa picara que iluminó sus ojos negros confiriéndole un tremendo atractivo fisico.

—¿Lista?

De pronto un sentimiento de culpabilidad la invadió. No le había dicho nada acerca de Sanosuke. En parte se debía a que no sabía ni cómo ni cuándo hacerlo. Por un lado estaba preocupada por su posible reacción, pero por otro pensaba que era una tontería. Sanosuke lo cautivaría.

Sakura se aclaró la garganta y contestó: —Sí, pero deberíamos conversar un poco más acerca de nosotros antes. Yo…

—Espera, ángel mío —la interrumpió Sasuke saliendo del vehículo para ayudarla a ella. Luego la tomó de la mano y añadió—: Ya tendremos tiempo de hablar durante el resto de nuestras vidas.

Tenía razón, pensó Sakura. Seguramente no había motivo de preocupación.

La ceremonia civil no tuvo nada que ver con la boda celebrada en la iglesia con Shion, pero mientras decía las palabras que lo atarían legalmente a aquella diminuta pelirosa para el resto de su vida Sasuke comenzó a sudar. Aquello lo había elegido él, él había escogido a esa mujer y la había perseguido. Aquel día se casaba por su propia voluntad, y no había razón alguna para sentirse culpable.

Sin embargo así era exactamente como se sentía Sasuke. Llevaba toda la semana pensando en los encantos de Sakura, fantaseando despierto con llevársela a la cama y soñando por las noches cosas más eróticas aún y, aunque en parte sabía que no había nada de malo en ello, por otro lado se despreciaba a sí mismo. Él ya había hecho promesas de matrimonio ante Dios en otra ocasión, le había prometido a Shion que la amaría toda la vida. Y así lo habría hecho de no haber muerto ella.

Pero Shion había muerto. Sasuke no podía evitar sentirse avergonzado por lo deprisa que la había olvidado. Tras acabar la ceremonia, mientras se dirigían de vuelta al apartamento de Sakura para recoger sus cosas, Sasuke permaneció callado. «Shion, te prometí que no te olvidaría nunca», iba pensando.

Sakura, a su lado, estaba igualmente callada, probablemente sufriendo un ataque de nervios similar al suyo. No hacía más que darle vueltas al anillo de platino con cinco diamantes de su dedo.

Sasuke imaginó que se sentiría extraña llevando un anillo de nuevo. Él jamás había llevado ninguno por miedo a perder un dedo trabajando con las cuerdas, un accidente muy frecuente entre los vaqueros que se empeñaban en llevarlo. Al llegar al apartamento de Sakura, Sasuke hizo un esfuerzo por sobreponerse.

—¿Tienes muchas cosas que cargar?

Ella sacudió la cabeza sin atreverse a mirarlo a los ojos. —Muy poco, en realidad. Alquilé el apartamento amueblado. Lo tengo todo amontonado en el hall, delante del ascensor.

Sasuke subió con ella y juntos cargaron con varias cajas y maletas. De pronto él se dio cuenta de que ni siquiera había visto el interior del apartamento en el que ella vivía, y sintió un pánico repentino. ¿Qué ocurriría si le volvía loca el azul? Sasuke detestaba el azul. No para los vaqueros o las camisas, pero sí, definitivamente, para las paredes. Era lo único en lo que Shion y él jamás se habían puesto de acuerdo. Ella habría pintado toda la maldita casa de azul de no haber protestado él.

Sasuke estaba de pie, junto a la camioneta a medio cargar, pensando en cosas tan estúpidas como esa, cuando escuchó a Sakura, detrás de él, decir: —¿Sasuke? Este es mi perro.

Sasuke se volvió esperando verla con una correa de perro en la mano, pero en lugar de ello llevaba una jaula en brazos. Parecía como si pesara dieciocho toneladas en vez de dieciocho kilos.

—Este es Inky. Tiene casi tres años —añadió Sakura mientras él miraba la jaula vacilante—. Se porta muy bien.

Estupendo. Regalo de su primer marido. Sasuke había tratado de prepararse para tolerar a aquella criatura en la casa, pero verla de cerca resultaba mucho más real. Alargó la mano hacia la jaula que Sakura luchaba por sostener y la levantó, dejándola con el resto de cajas. Sakura volvió dentro a por más cosas, y él se quedó colocándolas. Aquello no era un perro. Sasuke se quedó mirando a la ratita negra en su jaula. El animal lo miraba fijamente, con sus ojitos de botón. Más que un perro, tenía el tamaño de una rata. Probablemente durara menos de una semana en el rancho. —Inky —musitó—. Vaya nombre más estúpido tienes, colega.

Sasuke estaba terminando de cargar las cajas en la camioneta cuando por fin apareció Sakura. Se volvió para aconsejarle que no se dejara nada y, al ver lo que llevaba en brazos, el aire de sus pulmones pareció helarse súbitamente.

—¿Qué diablos es eso?

Sakura se enderezó. El tono de voz de Sasuke le producía deseos de darse la vuelta y desaparecer. Su corazón se hundió como una piedra en el fondo del mar. Apartó el embozo de la sábana para mostrarle la cabecita de su hijo, abrigada con un gorrito de invierno, y contestó: —Es mi hijo.

—¡Tu hijo!

El tono de voz de Sasuke era de enfado, su rostro reflejaba incredulidad, sus ojos negros enormes… furia. Sakura decidió concederle unos minutos. Sabía que aquello iba a ser un shock, pero Sasuke parecía una persona de carácter templado, un hombre razonable, y esperaba que aquello no le importara demasiado.

—Sí —contestó apresurándose a soltar la parrafada que llevaba una semana ensayando—. Tiene casi tres meses, y es un bebé muy bueno. No será un problema. Tendré tiempo para ocuparme de todas las tareas de la casa y para ser la madre de Sarada, también…

—¿Y no se te ocurrió pensar que podía ser importante preguntarme antes si me interesaba incluir a un bebé en el trato?

Aquella pregunta fue como un latigazo. El rostro de Sasuke reflejaba ira y estaba colorado. Sakura tragó mientras se le formaba un nudo en el estómago. Sasuke estaba mucho más molesto de lo que ella había imaginado. Después de todo, él tenía ya una hija.

—Pero yo… tú ya tienes una hija, pensé que otro niño más no sería un gran problema.

Sasuke cerró los puños con fuerza. Parecía dispuesto a pegar a alguien. —Pues pensaste mal —soltó.

La ira contenida en su expresión pareció diluirse de pronto, pero Sakura vio entonces la angustia reflejada en sus ojos antes de que se volviera hacia la camioneta y se aferrara a ella con ambas manos—. No es… es sólo que… ¡Oh, demonios! —exclamó enfadado.

Sakura dio un paso atrás. ¿Qué diablos le pasaba a Sasuke? ¿Cuál era la causa de aquella indescriptible pena que se reflejaba en sus ojos? —Lo siento —se disculpó ella en voz baja. Entonces acudieron a su mente todas las ideas sobre las que había estado reflexionando de camino a casa desde el Ayuntamiento—. Cometí un error al no decirte nada sobre Sanosuke antes de casarnos. Si prefieres que anulemos la boda… —continuó forzándose a sí misma a decir algo que no se sentía capaz de hacer… no me opondré.

Sasuke se volvió y la miró, y por un largo, tenso instante, ella creyó que iba a aceptar su ofrecimiento de anulación. Pero entonces contestó: —Hemos hecho un trato, y pienso mantenerlo.

Sakura se subió a su coche y lo siguió, conduciendo con manos temblorosas. En su ánimo se mezclaban el alivio por saber que él aún deseaba aquel matrimonio y la preocupación. ¿Qué estaría pensando Sasuke en ese momento? ¿Por qué estaba tan furioso? Mirándolo retrospectivamente, tenía que admitir que había sido una estupidez ocultar le la existencia de Sanosuke al hombre que iba a criarlo. Entonces comenzó a sentir que le dolía la cabeza, y a cada kilómetro que iba recorriendo el dolor se hacía más intenso.

Al llegar a Wall salieron de la autopista I-90 para hacer un pequeño descanso. Sakura paseó al perro y le cambió el pañal a Sanosuke mientras Sasuke permanecía en la camioneta, de espaldas a ella. Ni siquiera había mirado de cerca, ni una sola vez, a su hijo. Aquello comenzaba a enfadarla. ¿Cómo podía saber que no le gustaba Sanosuke cuando ni siquiera se había molestado en mirarlo? Era una suerte que el trayecto a casa fuera directo.

Sasuke condujo como un autómata, sin prestar atención. Durante aquel viaje interminable se aferró al volante hasta el punto de que para soltarlo tuvo que hacer un gran esfuerzo. Los recuerdos acudían a su mente como semillas que brotaran, como la mala hierba. No había hablado con Sakura sobre el tema de los niños, pero era porque se sentía incapaz. Y, como ella tampoco lo había sacado a relucir, Sasuke había supuesto que no era una de sus prioridades. Más niños…

¡Demonios, si ni siquiera soportaba estar cerca de un bebé! Y mucho menos, por supuesto, tenerlo como hijo. La mente de Sasuke voló, en contra de su voluntad, recordando de nuevo los días transcurridos en el ala de pediatría del hospital de Rapid City… Su esposa, su preciosa, alegre esposa, había fallecido, y su bebé, tendido en una incubadora, luchaba por sobrevivir. Apenas oía los susurros de las enfermeras o el zumbido de las máquinas. La pena lo cubría como un manto de pesada nieve.

Shion… hubiera debido estar allí. Pero no estaba. Y su vida jamás volvería a ser la que era. ¿Cómo continuar sin ella? No se sentía capaz de criar a dos niños solo. Las cosas no estaban saliendo como se suponía que debían salir. Y no terminaron bien. Su hijo, su diminuta, preciosa criatura prematura, había sido sencillamente demasiado pequeño como para sobrevivir. Eso fue lo que dijo el doctor. Así que, junto a las lápidas de la familia, se agregó una más, exactamente al lado de la de Shion.

Sasuke respiró hondo, entrecortadamente, negándose a derramar las lágrimas que inundaban sus ojos. ¿Qué diablos iba a hacer? Ni siquiera había sido capaz de mirar al hijo de Sakura cuando pararon en Wall. La mera idea de escuchar un llanto infantil lo ponía enfermo. De pronto se le ocurrió pensar en cómo afectaría eso a Sarada. Había llegado muy lejos, tratando de preparar a su hija para recibir a una nueva madre en su casa.

Sin embargo no le había dicho nada sobre bebés. Y compartir la atención de los adultos no era precisamente la especialidad de Sarada. Sasuke recordó la mirada destrozada de Sakura al ofrecerle la anulación. Probablemente aquella fuera la mejor solución, pero no había podido aceptarla. Durante aquella semana, tras conocerla, había llegado a necesitar a Sakura en su vida. Aunque desapareciera ese mismo día y no volviera a verla nunca, una parte de él la recordaría para siempre. Y se lamentaría.

Además, no solo había preparado a Sarada para el gran acontecimiento que cambiaría sus vidas, también había contado la noticia por todo Kadoka. Incluso se había molestado en poner orden en la casa para evitar que Sakura se hiciera una mala opinión de él. De ningún modo estaba dispuesto a anular el matrimonio.

Una cosa era un perro. Era molesto, desde luego, pero insignificante. Podría acostumbrarse. ¡Pero, por el amor de Dios, un bebé! Era evidente que Sakura tenía más razones para casarse de las que él había sospechado. No se trataba sencillamente de que se hubiera dejado seducir por sus encantos: lo había escogido como padre para su hijo. Su hijo, reflexionó estremeciéndose, tratando de no gritar ante aquella angustiosa idea. ¿Cómo iba a soportar ver crecer al hijo de otro hombre a su lado, día a día? Un hijo. Hijastro, tal vez, pero hijo, igualmente. Suyo no. Sasuke dio un puñetazo sobre el salpicadero con rabia e impotencia. Suyo jamás.