Una hora más tarde, mientras subía por el camino lleno de baches que daba a la casa, Sasuke seguía luchando contra la rabia y el dolor. Aceleró como siempre, subiendo a buena velocidad y dejando a Sakura atrás. Para cuando ella llegó frente a la casa Sasuke casi había terminado de descargar las cajas y la esperaba sentado en el salón. Sasuke la observó bajar del vehículo y mirar a su alrededor.

Fuera, en la paz y quietud del rancho, Sakura parecía aún más pequeña y más frágil. Dio la vuelta al coche con cuidado de no meter los tacones en un charco, tarea casi imposible, y descargó la jaula del perro. Luego se agachó y la abrió. El perrito salió saltando de alegría, haciendo piruetas entre sus piernas en un paroxismo de placer, ladrando de vez en cuando. Parecía un juguetito. Sasuke sacudió la cabeza con disgusto. Era una rata furiosa.

Justo entonces dos perros del rancho, ambos pastores australianos, se acercaron a husmear. El más viejo se tomó su tiempo, pero el joven comenzó de inmediato a ladrar como un perro de verdad. Sakura, mientras tanto, se había inclinado para entrar en el coche, pero al ver lo que sucedía salió y recogió al perrito. Luego dio un paso atrás. El lenguaje de su cuerpo mostraba claramente que estaba aterrorizada. Demonios, era imposible que le dieran miedo los perros. Después de todo tenía uno. Los perros del rancho estaban decididos a conocer de inmediato al nuevo compañero, pero Sakura lo sujetaba y escondía a la espalda.

Y tomaron el camino más directo, que era, precisamente, saltando por encima de ella. Sakura chilló y uno de los perros se alzó sobre las patas traseras poniendo las delanteras sobre sus hombros. Sasuke divisó la expresión aterrorizada de su rostro y se asustó. Entonces salió en su ayuda y ordenó apartarse a los perros. Estos obedecieron, y Sakura se sentó en el asiento de atrás del coche.

—Lo siento, no estoy acostumbrada a los perros grandes.

Sasuke estuvo a punto de decir que no eran tan grandes, pero miró al perrito y comprendió que, probablemente, para Sakura sí lo eran. —Deja a tu perro en el suelo, no van a hacerle daño.

—Pero…

Entonces Sasuke sencillamente se acercó y tomó al animal de sus brazos. El perrillo comenzó a saltar contento y a chuparle el mentón.

—Quita de ahí, bobo, o te echaré a los coyotes para que te coman.

Sasuke dejó al animal en el suelo, e inmediatamente los dos grandes lo rodearon. Tal y como había pronosticado, tras unos instantes oliéndose mutuamente, los perros se relajaron.

Sakura no les quitaba el ojo de encima, observó Sasuke. No podía culparla. Los perros le habían manchado de barro el abrigo de lana. Sakura desató la sillita de bebé del coche y miró a los perros vacilante. Sasuke pudo ver por el rabillo del ojo un piececito que salía por entre las sábanas pataleando.

—Vamos, entra —dijo, incapaz de articular palabra, sintiendo un nudo en el estómago.

Sasuke no le ofreció la mano para ayudarla, pero se mantuvo a su lado hasta que llegó al porche. El perrillo la siguió poniéndose las patas sucias de barro. Las tenía tan cortas que casi se ensuciaba el lomo al andar. Sakura subió unos cuantos escalones del porche y se detuvo para mirar a su alrededor.

—Esto es… muy grande.

—A veces puede llegar a ser muy solitario —comentó él a su vez, leyendo entre líneas su pensamiento—. Las mujeres de por aquí procuran mantenerse en contacto —añadió abriendo la puerta y haciéndola pasar—. ¡Eh, tú, quédate ahí! —le ordenó al perrito que trataba de seguirla.

Sakura se dio la vuelta. Su rostro reflejaba desánimo. —¡Pero si Inky es un perrito casero, ya te lo dije!

—No puede entrar en casa cubierto de barro —contestó Sasuke agarrando la jaula y dejándola en una pequeña habitación de servicio, junto a la cocina, que servía de lavandería—. Puede quedarse ahí hasta que lo bañes —añadió metiéndolo en la jaula.

La expresión del rostro de Sakura seguía siendo de desfallecimiento, pero al menos no discutía. Se quedó de pie, sobre la alfombra, para quitarse los zapatos y el abrigo cubiertos de barro y mirar en silencio a su alrededor.

Sasuke sabía qué era lo que veía. Estaban en la cocina, que tenía forma de L, en la parte más larga. Junto a ella, la puerta que daba a la habitación con la lavadora— secadora, el refrigerador y el fregadero. En la pared un perchero con sombreros y ropa colgada. De frente, otra puerta que daba a un baño completo con ducha, para cuando llegaba sucio de trabajar. Sobre la mesa de la cocina, las tazas y los restos del desayuno. Sasuke juró en silencio. Con las prisas, había olvidado recogerlo.

La cocina estaba decorada con un agradable tono blanco y dorado, colores que siempre le habían gustado, pero las cortinas estaban sucias, y las alfombras habían visto días mejores. La encimera estaba repleta de cosas esperando a que alguien las guardara, y el suelo necesitaba un buen fregado. Cuando tuviera tiempo.

Sasuke se volvió bruscamente, haciendo sonar las llaves de la camioneta en una mano. —Voy a casa de Itachi a buscar a Sarada. Cuando vuelva llevaré tus cajas a donde me digas.

—¿Podrías enseñarme dónde voy a dormir? —preguntó Sakura tras asentir—. Así podría comenzar a guardar mi ropa.

¿Dónde creía Sakura que iba a dormir? Itachi se preguntó qué clase de ideas se le estarían pasando por la cabeza. Llevaba toda la semana esperando con ansiedad aquella noche. Sasuke recogió la maleta más grande y la guió escaleras arriba sin decir palabra, esperando a que ella recogiera la sillita del bebé y subiera. Sabía que pesaba demasiado para ella, sabía que debía ayudarla, pero sólo de pensar en acercarse al bebé se ponía a sudar. Por eso la dejó cargar con la sillita, la esperó en el descansillo de la planta de arriba y le señaló la habitación más grande, al final del pasillo.

—Este es nuestro dormitorio —comentó con brusquedad. Estar ahí de pie, en el dormitorio, con una mujer que no era su esposa, es decir, su primera esposa, era algo muy íntimo. Sasuke señaló la enorme cómoda de pino que ocupaba una pared y añadió—: He despejado algunos cajones y parte del armario para ti.

—Gracias.

El bebé se revolvió en la sillita haciendo crujir las sábanas. Sasuke sintió pánico. Durante dos años, tras la muerte de Shion, no se había acercado a ningún bebé. Podía soportar a los niños que se arrastraban por el suelo reptando, pero era incapaz de mirar siquiera a los diminutos bebés arropados en sus cunas o sillitas. Evocaban en él demasiados recuerdos.

Incluso había rezado para que su futuro sobrino, que debía nacer en febrero, fuera niña. Pensaba que quizá, si era niña, podría mirarla. Si era niño tendría que esperar para conocer al tío Sasuke. Los recuerdos de aquellos horribles y largos días, tras la muerte de Shion, invadieron de nuevo su mente. La hermana y la madre de su primera mujer se habían turnado cuidando a Sarada. Itachi se había hecho cargo del rancho, recomendándole que se olvidara de todo.

Y eso había hecho. Había pasado cada minuto de esos días en el hospital, sentado junto a la incubadora de su hijo, en la unidad pediátrica. Y había hecho caso omiso de los médicos, que hablaban del escaso desarrollo pulmonar de su hijo, para concentrar todas sus energías en el diminuto bebé, tras las paredes de cristal de la incubadora. «Vamos, pequeño, no te rindas». Pero al tercer día el rostro de una de las enfermeras fue revelador. Estaba haciéndole a su hijo un control rutinario, y mientras lo hacía las lágrimas resbalaban por sus mejillas cayendo sobre los papeles que tenía en las manos.

Nada más verlo Sasuke se quedó paralizado. Luego, al comprender que sus esperanzas eran irracionales, que se habían evaporado, se sintió totalmente abatido. Su hijo había muerto aquella noche. En las horas bajas, mientras todo parecía dormido y solo podía escucharse el zumbido de las máquinas a su alrededor, su pequeño corazón había dejado lentamente de latir. La enfermera desconectó las máquinas y Sasuke se sentó en la mecedora en la que había permanecido vigilante, sosteniendo el cuerpo de su hijo hasta el anochecer.

El hijo de Sakura volvió a revolverse y a llorar, y Sasuke sintió que las gotas de sudor caían por su frente. Tenía que salir de allí. Sakura miró a su alrededor. Estaba en la habitación que compartiría con Sasuke. Se preguntó dónde dormiría Sanosuke. Después de ver la reacción de Sasuke se sentía reacia a mantener al niño cerca de él. Esperaría a que se marchara para echar un vistazo a la casa.

—La mujer de mi hermano ha organizado una fiesta esta noche para conocerte —comentó Sasuke.

—¿Una fiesta?

—Sí, ya sabes, una reunión.

—¿Quieres decir un banquete de bodas? —volvió a preguntar Sakura aterrorizada.

Teniendo en cuenta el estado de sus relaciones, un banquete de bodas sería la peor tortura que hubiera podido imaginar.

—Un baile —la corrigió él—. Nada elegante. Sólo para conocerte. Será en la ciudad. He conseguido una niñera para esta noche.

—Yo no bailo muy bien, ¿recuerdas? ¿Qué tendré que hacer?

—No hace falta que bailes —respondió él molesto—. Sólo tienes que… —Sasuke hizo un gesto de impaciencia y frustración—… aparecer, por decirlo de algún modo.

De modo que se trataba de una recepción nupcial, reflexionó Sakura tragando. —Pero… Sanosuke sólo tiene tres meses, jamás lo he dejado con nadie que no sea la vecina… —contestó Sakura interrumpiéndose al ver el rostro de Sasuke, a punto de estallar—. Bueno, supongo que todo irá bien —añadió, decidida a no crear más problemas—. Esa niñera, ¿tiene experiencia con bebés?

—Tiene seis hermanos pequeños —contestó Sasuke relajándose sólo en parte, manteniendo la tensión y la rabia en su interior, junto a otro sentimiento que Sakura no había tenido tiempo aún de descifrar—. Lleva toda su vida cuidando bebés.

Sanosuke comenzó a revolverse en su sillita, y Sakura lo tomó en brazos, ausente, comenzando a darle un masaje en la espalda. —Bien. ¿Ya qué hora tenemos que salir?

—Hacia las ocho, supongo. Y, sin más preámbulos, Sasuke desapareció por el pasillo.

Sakura se quedó mirándolo, a punto de llamarlo para hacerle una docena de preguntas que le rondaban por la cabeza. Pero reprimió el impulso. Era evidente que Sasuke no sentía deseos de estar con ella. O con su hijo. Las lágrimas invadieron sus ojos, pero Sakura mantuvo la cabeza bien alta y siguió acariciando a su hijo. Escuchó el motor de la camioneta, lo oyó marcharse. Una lágrima resbaló cayendo sobre su vestido blanco. Solo unos minutos antes había estado en el séptimo cielo, soñando con un nuevo comienzo y un futuro lleno de promesas.

Pero en ese momento… ni siquiera estaba segura de si deshacer la maleta. Sasuke había rechazado su oferta de anulación pero, ¿podría vivir así, con un hombre que parecía despreciarla? Cierto, había cometido un grave error, pero estaba dispuesta a enmendarse.

Sasuke, sin embargo, no parecía dispuesto a aceptar sus disculpas. Aunque la hubiera llevado a un dormitorio que, obviamente, pretendía compartir con ella. Aquello significaba que aún quería algo de ella. ¿Qué tipo de relación matrimonial tendrían, cuando en los mismos comienzos tenían tantos y tan graves problemas? Sakura suspiró. Todo era culpa suya, se reprochó. Decidió dejar a un lado, por el momento, la decisión sobre si deshacer o no la maleta, y resolvió echar un vistazo a la casa.

Sanosuke tosía, de modo que lo retiró de su hombro y lo miró de frente. —Bueno, pequeñín, ¿quieres que echemos un vistazo? El bebé parecía feliz, como siempre cuando no tenía hambre y estaba seco, así que decidió esperar un poco antes de darle el biberón. Tenía la solución de leche en una de las cajas, al pie de la escalera. Sakura comenzó por la planta de arriba. Había un baño junto al dormitorio principal, al que se accedía por el pasillo, y otro que, parecía, servía a las otras tres habitaciones. Estaba lleno de juguetes y de cepillos de dientes con muñequitos de la televisión.

Una de las habitaciones era un cuarto de invitados con cama de matrimonio. Era la habitación más próxima al dormitorio principal, así que Sakura decidió instalar allí temporalmente la cuna de Sanosuke mientras decidía qué habitación decoraría para él. El segundo dormitorio era, evidentemente, el de Sarada. Estaba decorado con un papel pintado blanco con ponys de color rosa y lavanda. Los muebles eran blancos, y sobre la cama había una colcha hecha a mano de tonos semejantes. Por el suelo, con moqueta rosa, y por todos los rincones, había juguetes, libros y ropa tirada.

Sakura sacudió la cabeza, atónita ante aquel desorden. Sarada tenía mucho que aprender acerca del orden y la limpieza. Aunque sólo tuviera cuatro años. La puerta de la tercera habitación estaba cerrada con pestillo. Sakura investigó y enseguida encontró la llave sobre el marco de la puerta. Según parecía Sasuke quería mantener alejada a Sarada de aquella habitación. Sakura abrió la puerta y entró. Era un dormitorio infantil. Enseguida supuso que había sido de Sarada, cuando era bebé. No era de extrañar que Sasuke lo mantuviera cerrado. Debía recordarle a su difunta esposa y a los bebés que, suponía, había planeado tener con ella.

Aquella idea la hizo detenerse por un momento. Durante sus conversaciones telefónicas no habían hablado una palabra sobre ese tema.

¿Querría Sasuke tener más hijos? Lo que estaba claro era que no podía hacerle esa pregunta en aquellas circunstancias. Ella siempre había querido tener más de un hijo y, en sus fantasías sobre aquel nuevo matrimonio, había soñado con darle a Sarada y a Sanosuke más hermanos. Sin embargo, era difícil imaginar la estampa después del modo en que había reaccionado Sasuke.

Sakura volvió a recordar su expresión de shock, nada más ver a Sanosuke. ¿Qué diablos le ocurría? Sakura se sentía dolida, de modo que decidió deliberadamente olvidarlo y concentrarse en aquella habitación infantil. Las cosas no iban a resultar tan fáciles como había supuesto. Sin embargo Sasuke no deseaba la anulación, y ella tampoco. Lo deseaba a él, a pesar de su extraño modo de comportarse. Y estaba segura de que, con el tiempo, todo se arreglaría.

Sakura miró a su alrededor. La habitación resultaba un poco… cursi, para su gusto. En las ventanas, un visillo de encaje con volantes un tanto discorde con la habitación, atado con metros y metros de lazo azul. Sobre la cómoda, un surtido de cepillos y peines de bebé, pañales, calcetines diminutos azules y blancos, y una cesta con medicinas. Todo estaba metido en cestitos, bien ordenado. En el suelo, en el centro, dos cajas con abrigos, botas, zapatos, bufandas y guantes de mujer. A un lado, como si alguien lo hubiera olvidado ahí descuidadamente, un enorme bolso de piel de mujer. Cerca de una de las paredes, una cuna blanca. A su lado, un cambiador a juego, una cómoda de cajones y un montón de sábanas bien dobladas. También había una mecedora blanca y un enorme oso de peluche sentado en ella. En el rincón, sobre la cuna, una manta azul. Parecía como si nadie hubiera tocado nada de aquella habitación desde la muerte de Shion.

Sakura sacudió la cabeza y miró a Sanosuke, en sus brazos. —Creo que será mejor no mencionar nada por el momento sobre esta habitación. ¿A ti qué te parece?

Sanosuke la miró con ojos enormes y verdes. Luego rio y todo su cuerpo se sacudió. Sakura rio de placer al ver sus pucheros. —Ah, ¿sí?, ¿eso crees? Muy bien, me parece un buen consejo.

Si fuera igual de fácil hacer feliz a Sasuke, reflexionó suspirando. Cerró la habitación con llave y bajó las escaleras. Nada más bajar, un pequeño vestíbulo de entrada con la puerta principal. Parecía como si jamás se usase esa puerta: no había ni rastro de barro en el felpudo ni en el porche. A la derecha, una habitación grande que debía servir de despacho para Sasuke. Tres de sus paredes estaban cubiertas de librerías. Frente a la mesa de despacho, en el rincón opuesto, una mesita infantil. Y sobre ella una hoja de papel con ceras.

El salón estaba al otro lado del vestíbulo. Estaba decorado de un modo semejante a la cocina, en tonos blancos y dorados, y ciertos toques de verde oscuro. Y necesitaba una buena limpieza. Sarada había dejado rastros de su paso por todo el salón, que estaba invadido de juguetes. Además, por suerte, había un piano en un rincón.

Sakura había estudiado piano durante los años del instituto, y le gustaba tocar, aunque jamás hubiera llegado muy lejos. En cambio, aquel instante de breve euforia se desvaneció al recordar que se había dejado todas sus cosas de música en California. Sakura frunció el ceño. Lástima. Tendría que volver a comprarlo todo. No era que no tuviera dinero, pero raramente tocaba la suma que le habían dejado sus padres.

Al casarse, Neji le había aconsejado invertirlo pensando en el futuro de los hijos que habían planeado tener. Sin embargo Sakura gastaba los intereses en lugar de ahorrarlos y volver a invertir. Se alegraba de no haberle dado todo aquel dinero a Neji para que lo invirtiera. De haberlo hecho, Anko habría dispuesto el modo de manejarlo igual que disponía sobre todo lo demás en su vida.

Sanosuke comenzó a ponerse nervioso y hacer ruidos, así que Sakura le cambió el pañal y le preparó el biberón. Tardó solo un cuarto de hora. Después el bebé se durmió, de modo que Sakura lo acostó en la sillita mientras montaba la cuna en el cuarto de invitados. Al terminar lo trasladó sin despertarlo y bajó las escaleras. Inky la esperaba ansioso. Lo sacó de la jaula y le limpió el barro. Le dio la comida y comenzó a ocuparse de las cajas mientras el perro investigaba a su alrededor.

Por suerte, deshacer las maletas y sacar las cosas de las cajas no fue difícil. Había puesto una etiqueta en cada una de ellas, señalando a qué habitación correspondían. No eran muchas cajas. Apenas tardó veinte minutos en llevar cada una a su sitio. Había transcurrido más de una hora, pero Sasuke no había vuelto. ¿A qué distancia estaría la casa de su hermano?, se preguntó Sakura. Comenzó a sacar primero la ropa. Utilizó el espacio que Sasuke había dejado vacío para ella, y colocó sus cosas en el baño junto a las de él. Al hacerlo se estremeció. ¿Estaba ocurriendo realmente todo aquello? ¿Era cierto que se había casado con un guapo cowboy al que apenas conocía, creyendo que lo amaba? Se había vuelto loca.

Sakura estaba en la cocina, desempaquetando las cosas de Sanosuke, cuando escuchó llegar la camioneta. Instantes después oyó pisadas cerca de la puerta trasera y vio entrar a su hijastra. La niña rebosaba energía aunque, nada más entrar, se quedó quieta de pronto, con aparente timidez. Sakura sonrió y se acercó.

—Hola, Sarada. Yo soy Sakura —la saludó arrodillándose y ofreciéndole la mano. La hija de Sasuke era encantadora, a pesar de tener solo cuatro años. Tenía espesos rizos morenos, que le colgaban por la espalda. Sus ojos eran enormes, negros, y su sonrisa mostraba unos dientes de perla perfectos y dos hoyuelos que volverían locos a los chicos, con el tiempo.

—Hola. ¿Eres tú la que quiere ser mi madrastra?

—Es tu madrastra —la corrigió Sasuke con suavidad desde el umbral de la puerta.

Entonces la expresión del rostro de Sarada cambió. —¡No la quiero!

Sasuke sonrió incómodo. —Lo siento, pastelito, pero ya está hecho. Apuesto a que Sakura y tú vais a…

—¡No, papi! —exclamó la niña lanzándose a las piernas de su padre—. ¡No la quiero! De pronto la niña se dio la vuelta y salió corriendo de la cocina. Entonces se hizo un silencio.

—No siempre se porta tan mal —la disculpó Sasuke—. Se acostumbrará a ti.

Sakura, sencillamente, se quedó mirándolo. De pronto un sonido en la planta de arriba la hizo volverse. Era Sanosuke. Lo había dejado durmiendo en la habitación de invitados, y Sarada acababa de subir. Sasuke y Sakura salieron corriendo al mismo tiempo. Los pasos de él eran más largos, así que enseguida la aventajó. Sakura terminó de subir las escaleras justo a tiempo de ver a la niña abrir la puerta. Sasuke la agarró de inmediato. Entonces, mientras se acercaba por el pasillo, escuchó a Sasuke que la regañaba:

—¡No, Sarada!

Sakura corrió a la habitación y se detuvo de súbito. Sarada estaba junto a la cuna, pero su padre la agarraba firmemente de un brazo. En la otra mano tenía un trozo de leña. Debe de haber golpeado a Sanosuke…

—No se puede golpear a los niños pequeños dormidos —la aleccionó Sasuke. Padre e hija se miraron por un momento.

—¡No me gusta ese bebé, no lo quiero en mi casa!

Los gritos despertaron a Sanosuke, que comenzó a llorar. Sakura estaba tan asustada y furiosa que apenas podía hablar. Sin embargo sabía que era importante hacerle comprender a la niña que era ella quien tenía el control. Por eso, con voz serena y sin gritar, dijo:

—Mira, Sarada, se ha despertado. Si quieres, puedes ayudarme a cambiarlo de pañal.

Sarada la escrutó por un momento, y cuando Sanosuke echó a llorar de nuevo le brillaron los ojos. Entonces abrió la boca y dio un grito que debió oírse en la ciudad. Sanosuke se lanzó a llorar. Sasuke se enfureció. Agarró a Sarada de la muñeca y salió arrastrándola de la habitación. Sakura tomó al bebé en brazos y lo consoló, asomando la cabeza por la puerta para mirar. Sasuke llevó a la niña a su habitación y la encerró allí.

—Cuando termines y te disculpes, podrás salir —dijo dando un portazo.

Pero la puerta del dormitorio de Sarada se abrió casi de inmediato, y la niña, llorando y casi gritando, trató de escapar.

Sasuke la pescó y la volvió a encerrar. Se volvió y miró a Sakura. —Vamos abajo, enseguida se le pasará y saldrá. Sanosuke se había vuelto a quedar dormido chupando el chupete. Sakura lo acostó en su sillita y lo llevó a la cocina, dejándolo sobre la encimera. No estaba dispuesta en modo alguno a dejarlo solo con Sarada.

—¿Has tenido tiempo de echar un vistazo a la casa? —preguntó Sasuke sacando dos vasos y abriendo la never sirvió té helado de una jarra y le ofreció uno.

—Gracias —asintió ella—. Sí, he echado un vistazo mientras guardaba mis cosas, pero me llevará tiempo acordarme de dónde está todo.

—Escucha —añadió él dando un largo trago para dejar el vaso sobre la mesa—, siento mucho la forma en que se ha comportado Sarada con el bebé.

—No, soy yo quien debe disculparse…

—Deja que hable, por favor —la interrumpió Sasuke sacando una mano para detenerla. Confusa, y con creciente aprensión al ver la seriedad con la que hablaba él, Sakura asintió—. Mi primera mujer murió al dar a luz a nuestro hijo. El bebé fue prematuro, y sólo vivió unos días.

¡Dios! El shock que le produjeron aquella palabras fue tal que Sakura solo pudo quedarse mirándolo mientras se bacía un silencio mortecino en la cocina. Sasuke se puso en pie de golpe, llevó el vaso al fregadero y agarró su chaqueta. Luego, de espaldas a ella, añadió: —Es… es muy duro para mí. Me refiero a estar cerca de tu hijo.

Entonces Sasuke se dio la vuelta y la miró. Por fin Sakura comprendió lo que significaba la expresión angustiosa de sus ojos. ¿Qué había hecho? Sakura respiró hondo, sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Sasuke… Sasuke, lo siento mucho…

—Volveré para cenar —dijo él en voz baja, abriendo la puerta y marchándose.

Sakura se sentó. Estaba helada. Escuchó las pisadas de sus botas en el porche, en las escaleras. Por fin comprendía por qué había una habitación infantil decorada en azul. Seguramente Sasuke y su primera mujer esperaban que fuera niño. El pecho de Sakura subía y bajaba pesadamente, mientras trataba de contener el llanto con una mano sobre la boca. ¿Podría haber algo peor en el mundo que perder a un hijo? No lo creía. Perder a Neji, su marido, había sido desolador, pero si le ocurría algo a Sanosuke… ni siquiera era capaz de soportar la idea.

¿Por qué Sasuke no se lo habría dicho? Nada en el mundo hubiera podido empeorar más la situación. No era de extrañar que Sasuke se hubiera comportado de aquel modo tan extraño. Probablemente el mero hecho de mirar a Sanosuke, de oírlo llorar, lo destrozara. Sakura recordó el modo en que lo había evitado a toda costa: no le había prestado ayuda para subir la sillita por las escaleras, había salido disparado del dormitorio… Al principio había creído que sólo estaba enfadado. Bueno, quizá lo estuviera, pero además tenía roto el corazón, que era mucho peor.

Tener a su hijo cerca, recordándole su pérdida, era como echarle sal a una herida que no había terminado de cicatrizar. Sasuke ensilló el caballo. Sentía como si se ahogara. Apoyó la frente por un momento sobre la silla de cuero y se aferró a ella. No estaba seguro de poder hacerlo. El llanto de aquel bebé le había hecho estremecerse. Sakura lo había tomado en brazos para consolarlo, y eso había resultado aún más duro. Su hijo jamás había sido capaz de llorar. Sólo había hecho pequeños ruiditos de impotencia. No podía soportarlo. ¿Era aquel el castigo que recibía por haberles fallado a Shion y a su hijo, por no haberlos salvado?

Sasuke pasó fuera el resto de la tarde, vigilando el rebaño y observando qué vacas estaban a punto de parir. Los becerros de un año tenían un aspecto saludable. No habían tenido problemas para pastar, porque la nieve había sido escasa y habían conseguido alcanzar la hierba que había debajo. Sin embargo los pronósticos del tiempo a corto plazo eran preocupantes, y se esperaba un mes de febrero terrible también.

Por fin, hacia las seis, tras comprobar que los tanques de agua estaban llenos, Sasuke se dirigió a casa. Le costó un inmenso esfuerzo atravesar la puerta de la cocina, y sólo comenzó a relajarse cuando vio la sillita del bebé vacía sobre la encimera. Nada más entrar lo invadió el olor de algo cocinándose. Enseguida reconoció de qué se trataba. Era la sopa de verduras que Izumi le había dado el día anterior. Pero también olía a galletas o a algo dulce en el horno. La boca se le hizo agua. ¿Cuánto tiempo hacía que no entraba en la cocina y olía a comida recién hecha? Seis meses, por lo menos. Desde que Itachi y Izumi se casaron. Al menos, cuando su hermano estaba en casa, habían compartido las tareas domésticas.

Sakura estaba junto a la mesa de la cocina y, para su sorpresa, Sarada la acompañaba. Estaba medio sentada en una silla, cortando masa de galletas con un vaso.

—Eh, ¿tengo tiempo de tomar una ducha? —preguntó con la mayor naturalidad de que fue capaz. Sasuke se acercó y besó a su hija en la frente.

Sakura levantó la vista. Su expresión era la de una yegua que no se fiara de su amo. —Claro, cenaremos cuando quieras.

—Dame unos veinte minutos —añadió colgando el abrigo y el sombrero, quitándose las botas y caminando descalzo.

Cuando volvió a la cocina con ropa limpia, recién duchado y fresco, la mesa estaba ya puesta. Solo tenía que tomar asiento. El bebé estaba despierto de nuevo, sentado en su sillita, pero en silencio. Sakura giró la silla cuidadosamente hacia la pared para que él no pudiera verlo.

Aquello fue… una verdadera cena, como la de una familia normal. Un milagro. Sakura había hecho té de verdad, no instantáneo. Pero, a pesar de que en el aspecto culinario las cosas parecieran salir tal y como había planeado, aquella cena estaba lejos de ser una cena familiar. Sakura comía en silencio, dejando que Sarada llevara la conversación. Sasuke sabía que necesitaban hablar, pero era imposible hacerlo en ese momento, con la niña delante. Sasuke ayudó a recoger los platos y se volvió hacia su mujer.

—¿Qué te parece si preparo a Sarada para irse a la cama? Así se irá acostumbrando poco a poco a los cambios, y tú tendrás tiempo para arreglarte para la fiesta de esta noche.

Sakura asintió, pero sus ojos seguían teniendo una expresión extraña. —Muy bien. Y, sin decir una palabra más, tomó la sillita del bebé y desapareció.

Sasuke se ocupó de preparar a Sarada y le leyó un par de cuentos. Para cuando terminó era ya la hora de ir a buscar a la niñera. Había oído a Sakura en las escaleras mientras estaba en el cuarto de Sarada, pero al principio le costó encontrarla. Entonces vio la luz por la rendija de la puerta del dormitorio que habían ocupado Itachi e Izumi. Atravesó el pasillo, vaciló, llamó suavemente a la puerta y esta se entornó.

Sakura estaba sentada sobre la cama, apoyada en las almohadas. Llevaba un albornoz azul largo, pero se le había abierto enseñando las rodillas y las pantorrillas, y estaba descalza. Tenía al bebé en brazos y le estaba dando el biberón y cantando. Al abrir la puerta dejó de cantar y frunció el ceño con una expresión inquisitiva, sin decir nada. Sasuke se quedó helado por un momento. Luego cerró los ojos angustiado.

—Me voy a buscar a la niñera.

—Estaré lista para cuando vuelvas —asintió ella—. Ya se está quedando dormido —añadió sonriendo al bebé tiernamente.

Sasuke recordó aquella sonrisa durante todo el camino a casa de la niñera y luego, de vuelta. Sakura le había sonreído a él aquella misma mañana, y cada una de sus sonrisas había sido una promesa de futura intimidad. Sin embargo, tras la boda, al descubrir él que lo había engañado a propósito, todo había cambiado entre ellos. ¿Le dejaría pasar aquella primera noche con ella? El pulso se le aceleró. Esperaba ardientemente que Sakura quisiera consumar el matrimonio. Ella sabía a qué atenerse cuando convinieron casarse. Al llegar a casa Sakura estaba lista, tal y como había prometido. Dio unas cuantas indicaciones a la niñera en relación a Sanosuke y le aseguró que probablemente

no se despertaría.

Sasuke no dejó de observarla. Llevaba un vestido de color rosa con una chaqueta a juego y un par de zapatos de tacón que le hacían la pierna muy esbelta. Tendría que comprarle botas aquel invierno si no quería que se congelara, aunque era una pena ocultar aquellas piernas. No obstante, Sasuke no dijo nada.

Sakura se puso un abrigo corto, otro distinto del que había manchado el perro, y dijo: —Lista.